Gran poder en la oración
¡Verdadera oración, verdadero poder!

Capítulo 9 · 37 min de lectura

¡Verdadera oración, verdadero poder!

«Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.»—Marcos 11:24.

ESTE VERSÍCULO tiene algo que ver con la fe de los milagros; pero creo que se refiere mucho más al milagro de la fe. En todo caso, esta mañana lo consideraremos bajo esa luz. Creo que este texto es la herencia no solo de los apóstoles, sino de todos aquellos que caminaron en la fe de los apóstoles, creyendo en las promesas del Señor Jesucristo. El consejo que Cristo dio a los doce y a sus seguidores inmediatos se nos repite esta mañana en la Palabra de Dios. Que tengamos gracia para obedecerlo constantemente. «Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.» ¡Cuántas personas hay que se quejan de que no disfrutan de la oración! No la descuidan, porque no se atreven; pero la descuidarían si se atrevieran, tan lejos están de hallar en ella placer alguno. ¿Y no hemos de lamentar que a veces se desprenden las ruedas del carro, y avanzamos con gran pesadez cuando estamos en súplica? Empleamos el tiempo señalado, pero nos levantamos de rodillas sin refrigerio, como el hombre que se ha echado en su lecho pero no ha dormido de modo que recobre de veras sus fuerzas. Cuando vuelve la hora, la conciencia nos empuja a las rodillas, pero no hay dulce comunión con Dios. No exponemos nuestras necesidades ante Él con la firme convicción de que las suplirá. Después de haber recorrido de nuevo cierta ronda de expresiones acostumbradas, nos levantamos de rodillas quizá más turbados en la conciencia y más angustiados en la mente que antes. Hay muchos cristianos, creo, que han de quejarse de esto: que oran no tanto porque sea cosa bienaventurada que se les permita acercarse a Dios, cuanto porque han de orar, porque es su deber, porque sienten que si no lo hicieran perderían una de las pruebas seguras de ser cristianos. Hermanos, no los condeno; pero, al mismo tiempo, si puedo ser el medio para levantarlos esta mañana de un estado de gracia tan bajo a una atmósfera más alta y más saludable, mi alma se alegrará en gran manera. Si puedo mostrarles un camino más excelente; si desde ahora llegan a mirar la oración como su elemento, como uno de los ejercicios más deleitosos de su vida; si llegan a estimarla más que su alimento necesario, y a valorarla como uno de los mejores deleites del cielo, de seguro habré alcanzado un gran fin, y tendrán que dar gracias a Dios por una gran bendición.

Denme, pues, su atención mientras les ruego, primero, mirar el texto; segundo, mirar a su alrededor; y luego, mirar en lo alto.

I. Primero, MIREN EL TEXTO. Si lo miran con atención, creo que percibirán las cualidades esenciales que se requieren para todo gran éxito y prevalencia en la oración. Según la descripción que nuestro Salvador hace de la oración, siempre debe haber algunos objetos definidos por los cuales rogar. Habla de cosas—«todo lo que deseareis». Parece, pues, que no lo planteó como que los hijos de Dios acudieran a orar cuando no tienen nada por qué orar. Otra cualidad esencial de la oración es el deseo ferviente; porque el Maestro supone aquí que, cuando oramos, tenemos deseos. En verdad, no es oración —puede ser algo semejante a ella, la forma exterior o el mero esqueleto—, pero no es la cosa viva, la cosa todopoderosa y prevaleciente que se llama oración, a menos que haya una plenitud y un desbordamiento de deseos. Observen, también, que la fe es cualidad esencial de la oración eficaz: «creed que lo recibiréis». No pueden orar de modo que sean oídos en el cielo y respondidos para satisfacción de su alma, a menos que crean que Dios de veras los oye y les responderá. Otra cualidad aparece aquí en la misma superficie, a saber, que una expectación viva siempre debe acompañar a una fe firme: «creed que lo recibiréis». No solo creer que «lo recibiréis», sino que «lo recibís»: cuéntenlo como si ya lo hubieran recibido, ténganlo por suyo como si ya lo poseyeran, y obren como si lo tuvieran; obren como si estuvieran seguros de que lo han de tener; «creed que lo recibís, y lo tendréis». Repasemos estas cuatro cualidades, una por una.

Para que la oración tenga valor alguno, debe haber objetos definidos por los cuales rogar. Hermanos míos, a menudo divagamos en nuestras oraciones tras esto, aquello y lo de más allá, y no obtenemos nada porque en ninguna de esas cosas deseamos realmente algo. Charlamos sobre muchos temas, pero el alma no se concentra en ningún objeto. ¿No cae usted a veces de rodillas sin pensar de antemano qué se propone pedir a Dios? Lo hace por costumbre, sin ningún movimiento del corazón. Es como el hombre que fuera a una tienda sin saber qué artículos habría de comprar. Quizá acierte con una feliz compra estando allí, pero de seguro no es un plan sabio de adoptar. Así también el cristiano puede, en la oración, alcanzar después un deseo real y conseguir su fin; pero ¡cuánto mejor le iría si, habiendo preparado su alma con reflexión y examen de sí mismo, viniera a Dios con un objeto al cual apuntar con una petición verdadera! Si pidiéramos audiencia en la corte de Su Majestad, se esperaría que respondiéramos a la pregunta: «¿Para qué desea verla?». No se esperaría que entráramos a la presencia de la realeza y que solo entonces pensáramos en alguna petición. Así también el hijo de Dios. Debe poder responder a la gran pregunta: «¿Cuál es tu petición, y cuál tu demanda, y te será concedida?». ¡Imagine a un arquero disparando con su arco sin saber dónde está el blanco! ¿Sería probable que tuviera éxito? ¡Conciba una nave en un viaje de descubrimiento, haciéndose a la mar sin que el capitán tenga idea alguna de lo que busca! ¿Esperaría que regresara cargado, ya de los descubrimientos de la ciencia, ya de tesoros de oro? En todo lo demás tiene usted un plan. No se pone a trabajar sin saber que hay algo que se propone hacer; ¿cómo, entonces, va a Dios sin saber qué se propone obtener? Si tuviera algún objeto, nunca hallaría la oración cosa insulsa y pesada; estoy persuadido de que suspiraría por ella. Diría: «Tengo algo que anhelo. ¡Oh, si pudiera acercarme a mi Dios y pedírselo! Tengo una necesidad, quiero verla satisfecha, y suspiro hasta poder quedarme a solas, para derramar mi corazón delante de Él y pedirle aquello tras lo cual mi alma tan ardientemente jadea». Hallará que ayuda a sus oraciones tener algunos objetos a los cuales apuntar, y también, creo, tener algunas personas a quienes mencionar. No ruegue a Dios meramente por los pecadores en general, sino mencione siempre a algunos en particular. Si es usted maestro de escuela dominical, no pida simplemente que su clase sea bendecida, sino ore por sus niños definidamente, por su nombre, delante del Altísimo. Y si hay una misericordia en su hogar que anhela, no vaya por rodeos, sino sea sencillo y directo en sus ruegos con Dios. Cuando le ore, dígale lo que quiere. Si no tiene bastante dinero, si está en pobreza, si está en aprietos, exponga el caso. No use falsa modestia con Dios. Vaya de una vez al grano; háblele con honradez. Él no necesita esa hermosa perífrasis que los hombres usan constantemente cuando no gustan de decir sin rodeos lo que quieren. Si quiere una misericordia temporal o espiritual, dígalo. No registre toda la Biblia para hallar las palabras con que expresarlo. Exprese sus necesidades con las palabras que naturalmente se le ocurran. Serán las mejores palabras, téngalo por seguro. Las palabras de Abraham fueron las mejores para Abraham, y las suyas serán las mejores para usted. No necesita estudiar todos los textos de la Escritura para orar tal como oraron Jacob y Elías, usando sus expresiones. Si lo hace, no los imitará. Podrá imitarlos literal y servilmente, pero le faltará el alma que sugirió y animó sus palabras. Ore con sus propias palabras. Hable con sencillez a Dios; pida de una vez lo que quiere. Nombre personas, nombre cosas, y apunte derecho al objeto de sus súplicas, y estoy seguro de que pronto hallará que el cansancio y la insulsez de que a menudo se queja en sus intercesiones ya no caerán sobre usted; o, al menos, no tan habitualmente como hasta ahora.

«Pero —dice alguno—, no siento que tenga objetos especiales por los cuales orar.» ¡Ah, querido hermano! No sé quién es usted, ni dónde vive, para carecer de objetos especiales de oración; pues yo hallo que cada día trae su necesidad o su aflicción, y que cada día tengo algo que contar a mi Dios. Pero, aun si no tuviéramos una sola aflicción, hermanos míos, si hubiéramos alcanzado tal altura en la gracia que no tuviéramos nada que pedir, ¿amamos a Cristo tanto que no necesitamos orar para amarlo más? ¿Tenemos tanta fe que hemos dejado de clamar: «Señor, auméntala»? Siempre, estoy seguro, con un poco de examen de sí mismo, descubrirá pronto que hay algún objeto legítimo por el cual puede llamar a la puerta de la Misericordia y clamar: «Dame, Señor, el deseo de mi corazón». Y si no tiene deseo alguno, no tiene sino que preguntar al primer cristiano probado que encuentre, y él le dirá de uno. «Oh —le responderá—, si no tiene nada que pedir para usted mismo, ore por mí. Pida que una esposa enferma sea sanada. Ore para que el Señor levante la luz de su rostro sobre un corazón abatido; pida que el Señor envíe ayuda a algún ministro que ha estado trabajando en vano, y gastando sus fuerzas para nada.» Cuando haya orado por usted, interceda por otros; y si no encuentra a nadie que le sugiera un tema, mire esta enorme Sodoma, esta ciudad como otra Gomorra que yace ante usted; llévela de continuo en sus oraciones delante de Dios y clame: «¡Oh, que Londres viva delante de ti, que su pecado sea refrenado, que su justicia sea exaltada, que el Dios de la tierra saque para sí mucho pueblo de esta ciudad!».

Tan necesario como el objeto definido de la oración es que haya un deseo ferviente de alcanzarlo. «Las oraciones frías —dice un antiguo teólogo— piden una negativa.» Cuando pedimos al Señor con frialdad, y no con fervor, es como si detuviéramos su mano y le impidiéramos darnos la mismísima bendición que fingimos buscar. Cuando tenga el objeto ante los ojos, su alma ha de quedar tan poseída del valor de ese objeto, de su propia y desmedida necesidad de él, del peligro en que estará a menos que ese objeto le sea concedido, que se verá compelido a rogar por él como el hombre ruega por su vida. Hubo una hermosa ilustración de la verdadera oración dirigida a un hombre en la conducta de dos nobles damas, cuyos maridos habían sido condenados a muerte y estaban a punto de ser ejecutados, cuando se presentaron ante el rey Jorge y suplicaron por su perdón. El rey, ruda y cruelmente, las rechazó. ¡Jorge Primero! Fue muy propio de su condición. Y cuando ellas rogaron una y otra y otra vez, no hubo modo de hacerlas levantar de sus rodillas; hubo que sacarlas a rastras de la corte, porque no querían retirarse hasta que el rey les sonriera y les dijera que sus maridos vivirían. ¡Ay! Fracasaron, pero fueron mujeres nobles por su perseverancia en rogar así por la vida de sus maridos. Así hemos de orar nosotros a Dios. Hemos de tener tal deseo de lo que queremos que no nos levantemos hasta obtenerlo; mas en sumisión, no obstante, a su divina voluntad. Sintiendo que lo que pedimos no puede ser malo, y que Él mismo lo ha prometido, resolvemos que ha de sernos dado; y, si no se nos da, alegaremos la promesa una y otra vez, hasta que las puertas del cielo tiemblen antes que cesen nuestros ruegos. No es de extrañar que Dios no nos haya bendecido mucho últimamente, porque no somos fervientes en la oración como debiéramos. ¡Oh, esas oraciones de corazón frío que mueren en los labios, esas súplicas heladas! No conmueven el corazón de los hombres; ¿cómo habrían de conmover el corazón de Dios? No brotan de nuestra propia alma, no manan de los hondos manantiales secretos de lo más íntimo de nuestro corazón, y por eso no pueden subir hasta Aquel que solo oye el clamor del alma, ante quien la hipocresía no puede tejer velo alguno, ni la formalidad practicar disfraz alguno. Hemos de ser fervientes; de otro modo no tenemos derecho a esperar que el Señor oiga nuestra oración.

Y de seguro, hermanos míos, bastaría para refrenar toda ligereza y para imponer un fervor incesante, si comprendiéramos la grandeza del Ser ante quien rogamos. ¿He de entrar en tu presencia, oh Dios mío, y burlarme de ti con palabras de corazón frío? ¿Cubren los ángeles su rostro delante de ti, y me contentaré yo con parlotear una fórmula sin alma y sin corazón? ¡Ah, hermanos míos! Poco sabemos cuántas de nuestras oraciones son abominación al Señor. Sería abominación para usted y para mí oír a los hombres pedirnos algo en la calle como si no quisieran lo que piden. Pero ¿no hemos hecho nosotros lo mismo con Dios? ¿No se ha vuelto para nosotros aquello que es el mayor don del cielo al hombre un deber seco y muerto? Se decía de John Bradford que tenía un arte peculiar en la oración, y, cuando le preguntaron su secreto, dijo: «Cuando sé lo que quiero, siempre me detengo en esa oración hasta sentir que la he alegado con Dios, y hasta que Dios y yo hemos tenido tratos el uno con el otro sobre ella. Nunca paso a otra petición hasta haber acabado con la primera.» ¡Ay de algunos hombres que comienzan: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre», y, antes de haber percibido el pensamiento adorador —«santificado sea tu nombre»—, ya han empezado a repetir las palabras siguientes: «Venga tu reino»; y entonces, quizá, algo golpea su mente: «¿Deseo realmente que venga su reino? Si viniera ahora, ¿dónde estaría yo?». Y, mientras piensan en eso, su voz sigue diciendo: «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra»; y así revuelven sus oraciones y atropellan unas frases con otras. ¡Oh, deténgase en cada una hasta haberla orado de veras! No trate de poner dos flechas a la vez en la cuerda; ambas errarán. Quien cargue su fusil con dos cargas no puede esperar acertar. Dispare primero un tiro, y luego vuelva a cargar. Ruegue una vez con Dios y prevalezca, y después ruegue de nuevo. Obtenga la primera misericordia, y luego vuelva por la segunda. No se contente con difuminar los colores de sus oraciones unos sobre otros, hasta que no quede cuadro que mirar, sino solo un enorme borrón, un embadurnamiento de colores mal aplicados. Mire el Padrenuestro mismo. ¡Qué contornos tan claros y nítidos tiene! Hay ciertas misericordias definidas, y no se confunden unas con otras. Ahí está; y, al mirar el conjunto, es un cuadro magnífico: no confusión, sino hermoso orden. Sea así con sus oraciones. Deténgase en una hasta haber prevalecido con ella, y luego pase a la siguiente. Con objetos definidos y con deseos fervientes mezclados, hay el despuntar de la esperanza de que prevalecerá con Dios.

Pero, además: estas dos cosas no aprovecharían si no se mezclaran con una cualidad aún más esencial y divina, a saber, una fe firme en Dios. Hermanos, ¿creen ustedes en la oración? Sé que oran, porque son pueblo de Dios; pero ¿creen en el poder de la oración? Hay muchísimos cristianos que no; piensan que es cosa buena, y creen que a veces obra maravillas, pero no piensan que la oración, la verdadera oración, sea siempre eficaz. Piensan que su efecto depende de muchas otras cosas, y que no tiene en sí misma cualidad ni poder esencial alguno. Ahora bien, la convicción de mi propia alma es que la oración es el mayor poder del universo entero; que tiene una fuerza más omnipotente que la electricidad, la atracción, la gravitación o cualquiera de esas fuerzas secretas a las que los hombres han puesto nombres, pero que no comprenden. La oración tiene una influencia tan palpable, tan verdadera, tan segura e invariable sobre el universo entero como cualquiera de las leyes de la materia. Cuando un hombre ora de veras, no es cuestión de si Dios lo oirá o no: ha de oírlo; no porque haya compulsión alguna en la oración, sino porque hay una dulce y bendita compulsión en la promesa. Dios ha prometido oír la oración, y cumplirá su promesa. Como Él es el Dios altísimo y verdadero, no puede negarse a sí mismo. ¡Oh, piense en esto: que usted, hombre débil, pueda estar aquí y hablar a Dios, y que por medio de Dios pueda mover todos los mundos! Y, sin embargo, cuando su oración sea oída, la creación no será perturbada; aunque se logren los más grandes fines, la providencia no se desordenará ni por un solo instante. Ni una hoja caerá antes del árbol, ni una estrella se detendrá en su curso, ni una gota de agua goteará más despacio de su fuente; todo seguirá igual, y con todo su oración lo habrá efectuado todo. Hablará a los decretos y propósitos de Dios, según se cumplen día tras día; y todos ellos clamarán a su oración, y dirán: «Tú eres nuestro hermano; nosotros somos decretos, y tú una oración; pero tú misma eres un decreto, tan antiguo, tan seguro, tan añejo como nosotros». Nuestras oraciones son los decretos de Dios bajo otra forma. Las oraciones del pueblo de Dios no son sino las promesas de Dios exhaladas por corazones vivos, y esas promesas son los decretos, solo que puestos en otra forma y hechura. No diga: «¿Cómo pueden mis oraciones afectar los decretos?». No pueden, salvo en cuanto sus oraciones son decretos; y en cuanto brotan, cada oración inspirada por el Espíritu Santo en su alma es tan omnipotente y tan eterna como aquel decreto que dijo: «Sea la luz; y fue la luz»; o como aquel decreto que eligió a su pueblo y ordenó su redención por la preciosa sangre de Cristo. Tiene usted poder en la oración, y está hoy entre los ministros más potentes del universo que Dios ha hecho. Tiene poder sobre los ángeles: volarán a su voluntad. Tiene poder sobre el fuego, y el agua, y los elementos de la tierra. Tiene poder para hacer que su voz se oiga más allá de las estrellas; donde los truenos se apagan en silencio, su voz despertará los ecos de la eternidad. El oído de Dios mismo escuchará, y la mano de Dios misma cederá a su voluntad. Él le manda clamar: «Hágase tu voluntad», y su voluntad se hará. Cuando pueda alegar su promesa, entonces su voluntad es la voluntad de Él. ¿No parece, queridos amigos, cosa tremenda tener tal poder en las manos como el de poder orar? Han oído ustedes a veces de hombres que pretendían tener un poder extraño y místico, con el cual podían convocar espíritus de lo hondo del abismo, con el cual podían hacer caer lluvia o detener el sol. Todo era una invención de la fantasía; pero, aun si fuera cierto, el cristiano es un mago mayor todavía. Si tan solo tiene fe en Dios, nada le es imposible. Será librado de las aguas más profundas; será rescatado de las más recias tribulaciones; en el hambre será alimentado; en la pestilencia andará ileso; en medio de la calamidad caminará firme y fuerte; en la guerra será siempre escudado; y en el día de la batalla levantará su cabeza, con solo que pueda creer la promesa, y sostenerla ante los ojos de Dios, y alegarla con el conjuro de una confianza inquebrantable. No hay nada —lo repito—, no hay fuerza tan tremenda, ni energía tan maravillosa, como la energía con que Dios ha dotado a todo hombre que, como Jacob, sabe luchar, como Israel sabe prevalecer con Él en la oración. Pero hemos de tener fe en esto; hemos de creer que la oración es lo que es, o de lo contrario no es lo que debiera ser. A menos que yo crea que mi oración es eficaz, no lo será, porque de mi fe dependerá en gran medida. Puede que Dios me conceda la misericordia aun cuando no tenga fe; eso será su propia gracia soberana, pero no ha prometido hacerlo. Mas cuando tengo fe y puedo alegar la promesa con deseo ferviente, ya no es una probabilidad el que reciba la bendición, o el que se haga mi voluntad. A menos que el Eterno se aparte de su Palabra, a menos que el juramento que ha dado sea revocado, y que Él mismo deje de ser lo que es, «sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho».

Y ahora, para subir un peldaño más: junto con los objetos definidos, los deseos fervientes y la fe firme en la eficacia de la oración, debe haber —y ¡oh, que la gracia divina lo haga así en nosotros!—, debe mezclarse una expectación viva. Deberíamos poder contar las misericordias antes de haberlas recibido, creyendo que vienen de camino. Leyendo el otro día en un dulce librito, que a todos ustedes recomendaría, escrito por un autor norteamericano que parece conocer a fondo el poder de la oración, y a quien debo muchas cosas buenas —un librito titulado La hora quieta, hallé una referencia a un pasaje del libro de Daniel, el capítulo diez, creo, donde, según él dice, toda la maquinaria de la oración parece quedar al descubierto. Daniel está de rodillas en oración, y Miguel el arcángel viene a él. Habla con él y le dice que, tan pronto como Daniel empezó a disponer su corazón para entender y a humillarse delante de Dios, sus palabras fueron oídas, y el Señor había despachado al ángel. Luego le dice, del modo más práctico del mundo: «Habría estado aquí antes, pero el príncipe de Persia se me opuso; no obstante, el príncipe de tu nación me ayudó, y he venido a consolarte e instruirte.» Vean, pues: Dios infunde el deseo en nuestros corazones, y, tan pronto como el deseo está allí, antes de que llamemos, Él empieza a responder. Antes de que las palabras hayan subido a medio camino del cielo, mientras aún tiemblan en el labio —conociendo Él las palabras que nos proponemos decir—, empieza a responderlas, envía al ángel; el ángel viene y trae la bendición necesaria. Vaya, la cosa es una revelación, si pudiera verla con los ojos. Algunos piensan que las cosas espirituales son sueños, y que hablamos de fantasías. ¡No! Creo de veras que hay tanta realidad en la oración de un cristiano como en un relámpago; y la utilidad y la excelencia de la oración de un cristiano pueden conocerse tan sensiblemente como el poder del relámpago cuando parte el árbol, quiebra sus ramas y lo hiende hasta la misma raíz. La oración no es una fantasía ni una ficción; es cosa real, actual, que coacciona al universo, que ata en grillos las mismas leyes de Dios, y que constriñe al Alto y Santo a escuchar la voluntad de su pobre pero favorecida criatura: el hombre. Pero siempre hemos de creer esto. Necesitamos una seguridad viva en la oración. ¡Contar las misericordias antes de que vengan! ¡Estar seguros de que vienen! ¡Obrar como si ya las tuviéramos! Cuando haya pedido su pan de cada día, no volver a inquietarse con cuidados, sino creer que Dios lo ha oído y se lo dará. Cuando haya llevado ante Dios el caso de su hijo enfermo, creer que el niño sanará; o, si no fuera así, que ello será mayor bendición para usted y más gloria para Dios, y dejarlo así en sus manos. Poder decir: «Sé que ahora me ha oído; me pondré en mi atalaya, buscaré a mi Dios y oiré lo que dirá a mi alma». ¿Se ha visto usted alguna vez defraudado, cristiano, cuando oró con fe y esperó la respuesta? Doy aquí mi propio testimonio esta mañana: nunca aún he confiado en Él y lo he hallado faltarme. He confiado en el hombre y he sido engañado, pero mi Dios jamás me ha negado ni una vez la petición que le he hecho, cuando la he respaldado con la creencia en su disposición a oír y con la seguridad de su promesa.

Pero oigo que alguno dice: «¿Podemos orar por lo temporal?». Sí, puede. En todo dé a conocer a Dios sus necesidades. No es solo para lo espiritual, sino para los asuntos de cada día. Lleve ante Él sus más pequeñas pruebas. Él es un Dios que oye la oración; es su Dios doméstico tanto como el Dios del santuario. Lleve siempre ante Dios todo cuanto tenga. Como me dijo de su difunta esposa un buen hombre que está por unirse a esta iglesia: «Oh —dijo—, era una mujer a quien nunca pude hacer emprender nada hasta que lo hubiera hecho asunto de oración. Fuera lo que fuera, solía decir: “Debo hacerlo asunto de oración”». ¡Oh, si tuviéramos más de ese dulce hábito de extender todo delante del Señor, tal como Ezequías hizo con la carta de Rabsaces, y de dejarlo allí, diciendo: «¡Hágase tu voluntad; te lo entrego a ti!»! Dicen los hombres que el señor Müller, de Bristol, es un exaltado, porque reúne setecientos niños y cree que Dios proveerá para ellos; aunque no haya nada en la bolsa, él no hace sino lo que debiera ser la acción común y corriente de todo cristiano. Obra según una regla de la que el mundano siempre ha de burlarse, porque no la entiende; un sistema que siempre ha de parecer débil al juicio de los sentidos, porque no se apoya en el sentido común, sino en algo más alto que el sentido común: en una fe poco común. ¡Oh, si tuviéramos esa fe poco común para tomar a Dios por su palabra! Él no puede permitir, ni permitirá, que el hombre que confía en Él sea avergonzado o confundido. Así pues, he expuesto ahora ante ustedes, lo mejor que he podido, lo que concibo ser los cuatro elementos esenciales de la oración prevaleciente: «Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá».

II. Habiéndoles pedido así que miren el texto, quiero ahora que MIREN A SU ALREDEDOR. Miren a su alrededor en nuestras reuniones de oración, y miren a su alrededor en sus intercesiones privadas, y júzguenlas ambas por el tenor de este texto. Primero, miren a su alrededor en las reuniones de oración; no puedo hablar muy puntualmente en este asunto, porque creo honradamente que las reuniones de oración que solemos tener entre nosotros adolecen mucho menos de las faltas que voy a señalar que cualesquiera otras a las que haya asistido. Pero, aun así, tienen algunas de esas faltas, y espero que lo que digamos lo tome muy en serio cada hermano que acostumbra a orar públicamente en las reuniones de oración. ¿No es un hecho que, tan pronto como uno entra en la reunión, percibe que el mérito de muchos hombres que oran (por hablar con dureza, quizá, pero creo que con honradez) está en tener buena memoria para recordar gran cantidad de textos, que se citan desde los días del abuelo de nuestro abuelo, y en poder repetirlos en buen orden regular? El don está también, en algunas iglesias, sobre todo en las de aldea, en tener pulmones fuertes, de modo que se pueda seguir sin tomar aliento durante veinticinco minutos cuando uno es breve, y tres cuartos de hora cuando se extiende un poco. El don está también en poder no pedir nada en particular, sino recorrer toda una gama de todo, haciendo de la oración no una flecha con punta, sino más bien una especie de máquina indescriptible, que no tiene punta alguna, y que, sin embargo, pretende ser toda punta, que apunta a todo y, por consiguiente, no da en nada. A esos hermanos se les pide a menudo que oren, por tener esos dones peculiares y, quizá, excelentes, aunque ciertamente he de decir que no puedo obedecer el mandato del apóstol de codiciar muy ardientemente dones como esos. Ahora bien, si en vez de eso se pide que ore algún hombre que jamás ha orado en público; supongan que se levanta y dice: «Oh, Señor, me siento tan pecador que apenas puedo hablarte; ¡Señor, ayúdame a orar! ¡Oh, Señor, salva mi pobre alma! ¡Oh, que salvaras a mis viejos compañeros! ¡Señor, bendice a nuestro ministro! Dígnate darnos un avivamiento. ¡Oh, Señor, no puedo decir más; óyeme por amor de Jesús! Amén.» Pues bien, uno siente de algún modo como si él mismo hubiera empezado a orar. Uno se interesa por ese hombre, en parte por temor de que se detenga, y también porque está seguro de que lo que dijo lo sentía de veras. Y si otro se levantara después y orara con el mismo espíritu, uno sale y dice: «Esto es oración de verdad». Antes tendría tres minutos de oración como esa que treinta minutos de la otra clase, porque la una es orar, y la otra es predicar. Permítanme citar lo que un antiguo predicador dijo sobre el tema de la oración, y dárselo como una pequeña palabra de consejo: «Recuerda que el Señor no te oirá por la aritmética de tus oraciones; no cuenta su número. No te oirá por la retórica de tus oraciones; no le importa el lenguaje elocuente en que se expresan. No te escuchará por la geometría de tus oraciones; no las mide por su largo ni por su ancho. No te atenderá por la música de tus oraciones; no le importan las voces dulces ni los períodos armoniosos. Tampoco te mirará por la lógica de tus oraciones, porque estén bien ordenadas y excelentemente dispuestas. Pero te oirá, y medirá la cantidad de bendición que te dará, según la divinidad de tus oraciones. Si puedes alegar la persona de Cristo, y si el Espíritu Santo te inspira celo y fervor, las bendiciones que pidas de seguro te vendrán.» Hermanos, quisiera quemar todas las viejas oraciones que hemos venido usando estos cincuenta años. Aquel «aceite que va de vaso en vaso», aquel «caballo que se lanza a la batalla», aquel texto mal citado y estropeado, «donde dos o tres están reunidos, tú estarás en medio de ellos, y eso para bendecirlos», y todas esas otras citas que hemos venido fabricando, y dislocando, y copiando de hombre en hombre. Ojalá viniéramos a hablar a Dios sencillamente desde nuestro propio corazón. Sería cosa grande para nuestras reuniones de oración; estarían mejor concurridas, y estoy seguro de que serían más fructíferas, si cada hombre se sacudiera ese hábito de formalidad y hablara a Dios como un niño habla a su padre; pedirle lo que necesitamos y luego sentarnos y haber terminado. Digo esto con toda seriedad cristiana. A menudo, porque no he querido orar en forma convencional alguna, la gente ha dicho: «¡Ese hombre no es reverente!». Mi querido señor, usted no es juez de mi reverencia. Ante mi propio Señor estoy en pie o caigo. No creo que Job citara a nadie. No creo que Jacob citara al viejo santo en el cielo, su padre Abraham. No hallo que Jesucristo citara la Escritura en la oración. No oraron con palabras de otros, sino con las suyas propias. Dios no quiere que anden ustedes recogiendo esas excelentes, pero muy rancias, especias del viejo santuario. Él quiere el aceite nuevo, recién destilado de la aceituna fresca de su propia alma. Quiere especias e incienso, no de los viejos arcones donde han estado guardados hasta perder su aroma, sino que quiere incienso fresco, y mirra fresca, traídos del Ofir de la experiencia de su propia alma. Miren bien que oren de veras; no aprendan el lenguaje de la oración, sino busquen el espíritu de la oración, y que Dios todopoderoso los bendiga y los haga más poderosos en sus súplicas.

He dicho: «Miren a su alrededor». Quiero que continúen la obra y miren en derredor de sus propios aposentos. ¡Oh, hermanos y hermanas! No hay lugar que algunos de nosotros debamos avergonzarnos tanto de mirar como la puerta de nuestro aposento. No puedo decir que los goznes estén oxidados; sí se abren y se cierran a sus horas señaladas. No puedo decir que la puerta esté cerrada con llave y llena de telarañas. No descuidamos la oración en sí; pero esas paredes, esas vigas de la pared, ¡qué historia podrían contar! «¡Oh —podría clamar la pared—, te he oído cuando estabas con tanta prisa que apenas podías pasar dos minutos con tu Dios; y también te he oído cuando no estabas ni dormido ni despierto, y cuando no sabías lo que decías!». Entonces una viga podría clamar: «Te he oído venir y pasar diez minutos sin pedir nada, o, al menos, sin que tu corazón pidiera. Los labios se movían, pero el corazón no pedía. Los labios se movían, pero el corazón callaba». ¡Cómo podría clamar otra viga: «¡Oh, te he oído gemir tu alma, pero te he visto marchar desconfiado, sin creer que tu oración fuera oída, citando la promesa, pero sin pensar que Dios la cumpliría!». De seguro las cuatro paredes del aposento podrían juntarse y caer sobre nosotros en su ira, porque tantas veces hemos insultado a Dios con nuestra incredulidad, y con nuestra prisa, y con toda suerte de pecados. Lo hemos insultado hasta en su propicio trono de la gracia, en el lugar mismo donde su condescendencia se manifiesta más plenamente. ¿No es así con usted? ¿No hemos de confesarlo cada cual a su vez? Cuide, pues, hermano cristiano, de que se haga una enmienda, y que Dios lo haga más poderoso y más exitoso en sus oraciones que hasta ahora.

III. Pero, por no detenerlos, el último punto es mirar hacia arriba: MIREN EN LO ALTO. Miren en lo alto, hermanos y hermanas en Cristo, y lloremos. Oh Dios, nos has dado un arma poderosa, y hemos permitido que se oxide. Nos has dado algo que es poderoso como tú mismo, y hemos dejado ese poder dormido. ¿No sería un crimen vil que a un hombre se le diera un ojo que no quisiera abrir, o una mano que no quisiera levantar, o un pie que se le entumeciera porque no quisiera usarlo? ¿Y qué hemos de decir de nosotros mismos cuando Dios nos ha dado poder en la oración, y, sin embargo, ese poder yace quieto? ¡Oh, si el universo estuviera tan quieto como nosotros, dónde estaríamos! Oh Dios, tú das luz al sol, y él brilla con ella. Tú das luz aun a las estrellas, y ellas titilan. A los vientos das fuerza, y soplan. Y al aire das vida, y se mueve, y los hombres respiran de él. Pero a tu pueblo le has dado un don que es mejor que la fuerza, y la vida, y la luz, y, con todo, lo dejan quieto. Olvidando casi que empuñan el poder, ejerciéndolo rara vez, aunque sería bendición para incontables miríadas. Llore, hombre cristiano. Constantino, el emperador de Roma, vio que en las monedas de los otros emperadores sus imágenes aparecían en postura erguida, triunfantes. En vez de eso, ordenó que su propia imagen se acuñara de rodillas, porque —dijo— «así es como yo he triunfado». Nunca triunfaremos hasta que nuestra imagen sea acuñada de rodillas. La razón por la que hemos sido derrotados, y por la que nuestros estandartes se arrastran por el polvo, es que no hemos orado. Vayan, vuelvan a su Dios con dolor, confiesen delante de Él, hijos de Efraín, que estaban armados y llevaban arcos, pero volvieron las espaldas en el día de la batalla. Vayan a su Dios y díganle que, si no se salvan almas, no es porque Él no tenga poder para salvar, sino porque ustedes nunca han estado, por así decir, con dolores de parto por los pecadores que perecen. Sus entrañas no han resonado como un arpa por Kir-hareset, ni su espíritu se ha conmovido a causa de las defensas de la tribu de Rubén. ¡Despierten, despierten, pueblo de Israel; asómbrense, oh descuidados; ustedes que han descuidado la oración; ustedes, pecadores que están en la misma Sion, y que han estado a sus anchas! Despierten; luchen y contiendan con su Dios, y entonces vendrá la bendición: la lluvia temprana y la tardía de su misericordia, y la tierra dará su fruto en abundancia, y todas las naciones lo llamarán bienaventurado. Miren en lo alto, pues, y lloren.

Una vez más, miren en lo alto y regocíjense. Aunque han pecado contra Él, Él los ama todavía. No le han orado ni han buscado su rostro; pero, he aquí, Él aún les clama: «Buscad mi rostro»; y no dice: «Buscadme en vano». Puede que no hayan ido a la fuente, pero ella fluye tan libremente como antes. No se han acercado a Dios, pero Él espera todavía para ser propicio, y está presto a oír todas sus peticiones. He aquí, les dice: «Preguntadme sobre las cosas por venir, y sobre mis hijos y mis hijas, mandadme». ¡Qué cosa tan bendita es que el Maestro en el cielo esté siempre presto a oír! Agustín tiene un pensamiento muy hermoso sobre la parábola del hombre que llamó a la puerta de su amigo a medianoche, diciendo: «Amigo, dame tres panes». Su paráfrasis viene a ser algo así: Llamo a la puerta de la misericordia, y es la muerta noche. «¿No vendrá alguno de los siervos de la casa a responderme?». No; llamo, pero duermen. ¡Oh, apóstoles de Dios, mártires glorificados, duermen; reposan en sus lechos; no pueden oír mi oración! Pero ¿no responderán los hijos? ¿No hay hijos prestos a venir y abrir la puerta a su hermano? No; duermen. Hermanos míos que han partido —con quienes tuve dulce consejo, y que fueron los compañeros de mi corazón—, no pueden responderme, porque reposan en Jesús; sus obras los siguen, pero no pueden obrar por mí. Mas, mientras los siervos duermen, y mientras los hijos no pueden responder, el Maestro está despierto: despierto también a medianoche. Puede ser medianoche para mi alma, pero Él me oye; y, cuando digo: «Dame tres panes», viene a la puerta y me da cuanto necesito. Cristiano, mire en lo alto, pues, y regocíjese. Siempre hay un oído abierto si usted tiene la boca abierta. Siempre hay una mano presta si usted tiene el corazón presto. No tiene sino que clamar, y el Señor oye; más aún, antes de que llame, Él responderá, y mientras usted habla, Él oirá. ¡Oh, no sea, pues, remiso en la oración! Vaya a Él cuando llegue a su casa; más aún, en el camino mismo levante en silencio su clamor; y sea cual sea su petición o su ruego, pídalo en el nombre de Jesús, y le será hecho.

Además, una vez más, miren en lo alto, queridos hermanos en Cristo, y enmienden sus oraciones de aquí en adelante. No miren ya la oración como una ficción romántica ni como un deber arduo; mírenla como un poder real, como un placer real. Cuando los filósofos descubren algún poder latente, parecen tener deleite en ponerlo en acción. Creo que ha habido muchos grandes ingenieros que han diseñado y construido algunas de las más asombrosas obras humanas, no porque fueran a ser lucrativas, sino sencillamente por amor a mostrar su propio poder de obrar maravillas. Para mostrar al mundo lo que la pericia podía hacer y lo que el hombre podía lograr, han tentado a compañías a especulaciones que, en apariencia, nunca podrían remunerar, hasta donde yo alcanzo a ver, para tener ocasión de desplegar su genio. Oh hombres cristianos, ¿y acaso un gran ingeniero intentará grandes obras y desplegará su poder, y ustedes, que tienen un poder más grande que el que jamás empuñó hombre alguno aparte de su Dios, dejarán que ese poder quede quieto? No; piensen en algún gran objeto, tensen los nervios de sus súplicas por él. Que cada vena de su corazón se llene hasta el borde con la rica sangre del deseo; y breguen, y luchen, y forcejeen, y contiendan con Dios por él, usando las promesas y alegando los atributos, y vean si Dios no les da el deseo de su corazón. Los reto en este día a exceder en la oración la generosidad de mi Maestro. Les arrojo el guante. Créanlo más de lo que es; abran la boca tan ancha que Él no pueda llenarla; vayan a Él ahora por más fe de la que la promesa garantiza; aventúrenlo, arriésguenlo, superen al Eterno si es posible; inténtenlo. O, mejor, permítanme decirlo así: tomen sus peticiones y necesidades, y vean si Él no los honra. Prueben si, creyéndole, no cumple la promesa y los bendice ricamente con el óleo de la unción de su Espíritu, por el cual serán fuertes en la oración.

No puedo dejar de añadir apenas estas pocas sílabas al despedirlos. Sé que hay algunos de ustedes que nunca han orado en su vida. Habrán recitado quizá una fórmula de oración durante muchos años, pero nunca han orado ni una sola vez. ¡Ah, pobre alma! Usted ha de nacer de nuevo, y, hasta que nazca de nuevo, no puede orar como he estado indicando al cristiano que ore. Pero permítame decirle esto. ¿Anhela su corazón la salvación? ¿Le ha susurrado el Espíritu: «Ven a Jesús, pecador, que Él te oirá»? Crea ese susurro, porque Él lo oirá. La oración del pecador despertado es acepta a Dios. Él oye a los quebrantados de corazón, y también los sana. Lleve a Dios sus gemidos y sus suspiros, y Él le responderá. «Ah —dice alguno—, no tengo nada que alegar.» Pues bien, alegue como alegó David: «Perdona mi iniquidad, porque es grande». Tiene ese alegato; diga: por amor de Aquel, tan querido, que derramó su sangre, y prevalecerá, pecador. Pero no vaya a Dios a pedir misericordia con su pecado en la mano. ¿Qué pensaría del rebelde que se presentara ante el rostro de su soberano y pidiera perdón con el puñal ceñido al cinto, y con la declaración de su rebelión en el pecho? ¿Merecería ser perdonado? En ningún caso podría merecerlo, y de seguro merecería doble su condena por haberse burlado así de su señor mientras fingía buscar misericordia. Si una esposa hubiera abandonado a su marido, ¿cree usted que tendría la desvergüenza, con frente de bronce, de volver y pedir perdón apoyada en el brazo de su amante? No, no podría tener tal desvergüenza; y, sin embargo, así es con usted, que quizá pide misericordia mientras sigue en el pecado, orando por reconciliarse con Dios y, con todo, albergando y consintiendo su concupiscencia. ¡Despierte! ¡Despierte, y clame a su Dios, oh durmiente! La barca se acerca a la roca; quizá mañana choque y quede hecha astillas, y usted sea arrojado a las profundidades insondables de la desdicha eterna. Clame a su Dios, le digo; y, cuando clame a Él, arroje su pecado, o no podrá oírlo. Si levanta sus manos impías con una mentira en la diestra, vana es la oración en sus labios. Oh, venga a Él; dígale: «Quita toda iniquidad, recíbenos con bondad, ámanos libremente», y Él lo oirá, y usted orará todavía como príncipe prevaleciente, y un día estará como más que vencedor ante el trono estrellado de Aquel que reina por siempre, Dios sobre todas las cosas, bendito para siempre.

Capítulo 9 completado

¡Verdadera oración, verdadero poder!

Página 1 / 1 · 37 min restantes en el capítulo