Capítulo 10 · 35 min de lectura
La oración intercesora
«Pues aun así, mi oración estará también en sus calamidades». Salmo 141:5.
ESTE es un pasaje muy difícil en el original, y resulta arduo fijar su sentido con absoluta certeza. Sin embargo, no me corresponde ahora entrar en las diversas interpretaciones que se le han dado, pues busco otra cosa. Para mi propósito inmediato, me contento del todo con la versión autorizada. El sentido que nuestros traductores dan al pasaje es este: David dice que, aunque el justo lo reprenda con la mayor severidad, hasta herir su conciencia y poner delante de él su mal proceder —y aun cuando lo haga con considerable dureza—, no por ello se disgustaría con él. Lo amaría tanto más, le estaría agradecido por haber obrado con tal fidelidad, y probaría su amor continuando en oración por quien lo reprendió, si alguna vez el hombre bueno fuese sorprendido por la calamidad.
David siempre daría a su honesto censor un lugar cálido en sus oraciones. Ahora bien, si este es el sentido —y creo que lo es—, nos muestra que David tenía por costumbre orar por los santos. De no haber sido así, no habría dicho que aun en sus calamidades sus oraciones subirían por ellos. Había hecho su costumbre diaria traer delante de su Dios, en sus oraciones privadas, los nombres de los justos de Dios; de otro modo, digo, no habría hecho la observación de que, aunque algunos de ellos lo reprendieran y lo censuraran con dureza, aun así seguiría orando por ellos.
Nuestro tema esta mañana será el alto deber de la intercesión, un deber harto poco atendido en estos días. Hablaremos de él, primero, como el texto nos lleva a hacerlo, en referencia a los santos; y, en segundo lugar, se lo encareceremos a favor de los pecadores.
I. Primero, pues, hemos de hablar del deber de la INTERCESIÓN POR EL PUEBLO DE DIOS. Para ordenar en cierto modo nuestros pensamientos, tomaremos como primera nota clave la palabra obligación. Incumbe a todo hijo de Dios orar por el resto de la sagrada familia. ¿No nos lo enseña la naturaleza misma? No me refiero a la vieja naturaleza, sino a la nueva naturaleza creada en nosotros por el Espíritu Santo. ¿No hallaron ustedes, hermanos míos, apenas fueron poseedores de la vida divina, que comenzaron, sin exhortación alguna, a orar por otros? Sus primerísimos clamores de fe comenzaron con: «Padre nuestro que estás en los cielos», e incluían así a otros además de ustedes mismos.
Entre las primeras oraciones que ofrece un corazón renovado estará una por el hombre mediante cuya obra fue llevado a Jesús. Ningún nuevo convertido olvida orar por el ministro que fue instrumento de su conversión. El alma recién librada intercede también por otros que aún se hallan en la deplorable condición de la que la gracia le permitió escapar. «Sacaste mi alma de la prisión, Señor; libera a mis compañeros de cautiverio. En tu bondad amorosa, concede que otros gusten la dulzura de tu salvación». Luego, los cristianos que en algún momento hayan conversado con el convertido, que hayan servido a su consuelo o a su instrucción, con seguridad obtendrán parte en sus oraciones —pues un corazón renovado es un corazón tiernamente agradecido—, y no ha nacido de nuevo de lo alto el hombre que no siente gratitud alguna hacia los amigos fervorosos aquí abajo.
¡Ponga en libertad a un pájaro encerrado en su jaula y le cantará sus gracias mientras se lanza al aire! Del mismo modo, si a usted se le concede abrir las puertas de la prisión de los espíritus atados, ellos pagarán sus amorosos esfuerzos con oración. Digo que es un instinto natural del creyente recién nacido comenzar a interceder por otros, y este instinto lo acompaña toda su vida. Es una de las cosas que ha de hacer —es un placer para él hacerlo—, le sería imposible cesar por completo de ella, porque el Espíritu que mora en su pecho intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios.
Y, hermanos y hermanas, así como es un instinto de la naturaleza nacida del cielo, así también es una ley de la familia escogida. Los santos, en su debido orden, pueden describirse como «orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos». A todo creyente se le ha señalado un puesto de centinela en el asunto de la oración, y está obligado a no callar, sino a no dar reposo al Señor hasta que establezca y haga de Jerusalén una alabanza en la
tierra. Todos estamos igualmente obligados a orar por la paz de Jerusalén, y de ella se hace depender nuestra prosperidad. El mandamiento nuevo que el Señor nos ha dado, en el cual nos manda: «Amaos los unos a los otros», hace necesaria nuestra oración de unos por otros. ¿Cómo pretenderá un hombre que ama a su hermano si jamás intercede ante Dios por él?
¿Puedo vivir continuamente con mis hermanos en la fe y ver sus dolores, y jamás clamar a Dios en favor de ellos? ¿Puedo observar su pobreza, su tribulación, su tentación, su pesadumbre de corazón, y aun así olvidarlos en mis súplicas? ¿Puedo ver su obra de fe y su trabajo de amor y nunca implorar una bendición sobre ellos? ¿Puedo encerrarme dentro de mí mismo y ser indiferente a las cargas de quienes son mis hermanos y hermanas en Cristo Jesús? ¡Imposible! Y si pudiera, habría de pertenecer a otra familia que no fuese la de Dios, porque en la familia del amor la común simpatía conduce a la constante intercesión. ¡No permita Dios que pequemos contra el Señor dejando de orar por nuestros hermanos! Cada abeja en la colmena de la Iglesia debe aportar su propia porción de esta miel al depósito común. Así como todas las raíces de un árbol recorren la tierra en busca de alimento y todas absorben provisión para beneficio de todo el árbol, así cada creyente, con la boca de la oración abierta, ha de buscar y beber bendiciones espirituales para beneficio de toda la Iglesia. No olviden, pues, hermanos míos, la dulce obligación que sobre ustedes recae por su relación con los santos y con su siempre bendito Señor.
Además, amados, reconocemos una unión vital entre los creyentes, una unidad de índole muy íntima. No somos apenas hermanos, sino que somos «miembros de un mismo cuerpo». Cristo es la Cabeza de su cuerpo místico, la Iglesia, y todos nosotros somos miembros de su cuerpo. Ahora bien, así como en el organismo humano cada miembro, órgano, vena y nervio es necesario para el conjunto, así en la Iglesia cada creyente es necesario a los demás, y los demás le son necesarios a él. Quizá no podamos mostrar qué daño particular sufriría el brazo por una lesión en la rodilla; sin embargo, tengan por seguro que habría un padecimiento solidario. Ninguna célula ni vaso dentro de todo el sistema puede desordenarse sin afectar, en cierta medida, a todo el resto del organismo.
Así también nos ha hecho Dios dependientes unos de otros, mucho más de lo que imaginamos. En la unidad de la Iglesia, cada hombre contribuye a la salud o a la enfermedad de todo el cuerpo, y no puede evitar hacerlo. Ningún hombre vive para sí mismo en la Iglesia de Dios, y ninguno muere para sí. Cuando un creyente crece en la gracia, no se enriquece para sí solo: la comunidad cristiana ha aumentado su riqueza espiritual con las ganancias de él. Cuando, por el contrario, un hombre decae en las cosas divinas y se vuelve así pobre y débil, no es solo a él a quien alcanza el daño, sino que, en cierta medida, la Iglesia queda empobrecida, debilitada y perjudicada. Oh hermanos, siendo así, ¡cumplamos en abundancia los deberes que debemos al cuerpo del cual formamos parte! Y en el delicioso ejercicio de la súplica, abundemos más y más.
La intercesión debería latir como un pulso por todo el cuerpo, haciendo que cada miembro vivo sienta el sagrado impulso. La intercesión es una de las cosas más pequeñas que podemos hacer, y sin embargo es una de las más grandes; no seamos flojos en ella. Un miembro de la iglesia sin oración es un estorbo —está en el cuerpo como un hueso podrido o un diente cariado—, y, en poco tiempo, como no contribuye al beneficio de sus hermanos, llegará a ser un peligro y una tristeza para ellos. Hermanos y hermanas, ¡que no sea así con ninguno de ustedes! Además, hermanos, si hiciera falta un argumento para conmover nuestros corazones, no hay que buscarlo lejos. Nosotros mismos debemos mucho a las oraciones de otros. Muchos cristianos pueden atribuir su conversión a las oraciones de su madre, que subían al cielo por ellos cuando aún sus lenguas infantiles no podían pronunciar el nombre del Salvador.
Una madre los llevó a Jesús y le rogó que pusiera sus manos sobre ellos y los bendijera. Muchos de ustedes deben su conversión a las súplicas de los maestros de escuela dominical, o a las intercesiones de los ministros, o a fervorosos cristianos que fueron movidos a interceder por ustedes. Ahora bien, si por la vía de la oración han recibido una bendición, ¡muestren su gratitud orando por otros! Esfuércense por conferir la bendición del mismo modo en que la han recibido. En cuanto a mí, personalmente, digo esta mañana que nadie puede hacerme en este mundo una bondad más verdadera que orar por mí. Considero, hermanos, que cuantas más oraciones tengo, más rico soy en verdaderas riquezas, en esa forma de patrimonio personal que vale más que el oro y la plata.
Un antiguo puritano observa que cuando un hombre prospera en los negocios pone muchas manos a trabajar para él, y, dice, cuando un hombre crece en utilidad atrae a muchas almas a orar por él, y así se lleva adelante su negocio. Cuanto mayor es el gasto de la gracia divina en el caso del siervo del Señor, tanto más necesita la ayuda intercesora de todos sus hermanos y hermanas para poder llevar adelante su obra bajo la bendición divina. Estoy obligado, hermanos míos, a orar por ustedes, pues sé que muchos de ustedes asedian de continuo el Trono de la Gracia en mi favor. Les pongo el argumento,
por tanto, ante ustedes: si han recibido bendiciones por medio de la intercesión de los santos, ¿no serían, en verdad, ingratos si no intercedieran a su vez por otros?
¿Le llevaron a Cristo las oraciones de una madre? Entonces, querida madre joven, eleve sus ruegos al Señor por sus pequeños amados. ¿Condujeron a su salvación las súplicas de un padre? Entonces, joven, sostenga a su padre con sus constantes oraciones, y enriquezca así sus últimos días. De gracia recibió; dé de gracia. El suelo fecundado por el rocío devuelve su cosecha; devuelva usted también algo justo a la Iglesia que ha sido el canal de bendición para usted. No es, pues, cosa de nuestra elección, hoy, orar o no por nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Amados hermanos, ¡no están vivos para Dios, no tienen los instintos de la vida nueva, si no interceden por la familia de la fe! ¡No tienen el amor que viene de Dios —que es la señal segura de la regeneración— si olvidan la intercesión! Desatienden la deuda que deben y obran indignamente respecto de su profesada unión con la Iglesia de Cristo si descuidan la intercesión. Como con voz de trompeta les suplicaría, hermanos y hermanas míos, a una oración eficaz y ferviente por la familia del Dios vivo.
Cambiemos ahora nuestra consigna, de la obligación al honor. ¡Qué honor es que se nos permita orar por los santos! Porque, observen, esto nos introduce en la más estrecha comunión imaginable con el mismísimo Señor Jesucristo. No podemos colaborar en proveer una expiación por el pecado humano: «Consumado es», dijo el Salvador, y consumado está. En esa obra no podemos tener comunión sino en cuanto recibimos de sus resultados, pues «He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie estaba conmigo». Al predicar hoy el Evangelio, ejercemos un oficio en el cual nuestro Señor Jesús no tiene ya parte: el Espíritu Santo nos ayuda, pero el Hombre, Cristo Jesús, está a la diestra del Padre, y no se oye su voz proclamando las buenas nuevas. Por tanto, en algunos aspectos tenemos ocupaciones diversas y ejercemos oficios distintos; pero en el asunto de la intercesión somos uno: en este mismísimo momento nuestro Señor intercede ante la Verdad de Dios, y cuando intercedemos por su pueblo hacemos precisamente lo mismo.
Nosotros, al orar por los santos, tenemos comunión real y presente con nuestro gran Sumo Sacerdote, que intercede dentro del velo. Lo digo de nuevo: si hoy predico, no es Cristo quien predica. Pero si oro, ¡mi voz armoniza con la suya! Si oro por los hermanos, recuerdo que Él está de pie ante el Trono de Gloria, con el pectoral puesto, teniendo allí los nombres de todos sus escogidos resplandeciendo sobre sus piedras preciosas. ¿No es, pues, algo delicioso ser partícipes con el Hijo de Dios en el ministerio de la intercesión? ¡En este servicio nos ha hecho sacerdotes para nuestro Dios! Él es el gran Ángel del incensario de oro, y el humo del incienso que Él ofrece asciende con las oraciones de los santos delante del Señor. Amados, quieren ser conformados en el servicio al Señor Jesús; la oportunidad está a la mano: ¡ocúpense mucho en la intercesión por los santos!
Y ¡qué honor es que nosotros, que hace tan poco éramos mendigos por nosotros mismos a la puerta de la Misericordia, seamos ahora recibidos de tal modo en el favor real que nos atrevamos a decir una palabra al oído del rey en favor de otros! Fue la misericordia soberana la que nos permitió decir: «¡Ten misericordia de mí!». Pero ¿qué condescendencia es esta, que nos ha tomado en tal cercanía consigo que ahora podemos venir al Señor y decir: «Quisiera hablar una palabra contigo por un hermano mío. Me atrevería a pedir dádivas de tu mano, Padre mío, por una hermana que necesita compasión»? Miren, hermanos y hermanas míos, cuán eminentemente están promovidos: ¡están ordenados al alto oficio de «los recordadores del Rey», para consultarle acerca de los bienes de su Pacto! ¡Están constituidos servidores reales del Rey! Él pone delante de ustedes su tesoro abierto y les manda pedir lo que quieran. ¡Oh gracia inapreciable!
Si usted, oh creyente, sabe pedir por fe, podrá repartir a sus hermanos y hermanas riquezas más preciosas que el oro de Ofir, ¡porque la intercesión es la llave de los palacios de marfil donde están contenidos los ilimitados tesoros de Dios! ¡Los santos, en la intercesión, alcanzan un lugar donde los ángeles no pueden estar! Aquellos seres santos se regocijan por los pecadores arrepentidos, pero no leemos que se les admita como suplicantes en favor de los santos. ¡Y sin embargo nosotros, imperfectos como somos, tenemos este favor! Se nos permite abrir la boca delante del Señor por los enfermos y por los probados, por los atribulados y por los abatidos, con la certeza de que todo lo que pidamos en oración, creyendo, lo recibiremos. En esto se pone sobre nosotros un gran honor. Hermanos y hermanas, ¡aprovechen este honor!
Sé muy bien que, si Su Majestad concediera permiso a cualquiera de ustedes para presentarse en palacio y pedir lo que quisieran por sus amigos, no descuidarían la oportunidad. Pues bien, en estos días, si un hombre cree tener el oído de un miembro del Parlamento o de alguien en el poder, no es frecuente que descuide la ocasión de hablar por su primo o por su hijo que desea un cargo donde haya poco que hacer y mucho que recibir. Por todo el mundo, los buscadores de puestos
abundan. A los hombres de influencia, que tienen el oído de las autoridades, siempre se les insta a sacar todo el provecho posible de su posición en la sociedad. Y, sin embargo, tengo que estar aquí de pie esta mañana y encarecerles a ustedes, queridos hermanos y hermanas, que tienen el oído de Dios, ¡que ejerzan su selecta prerrogativa!
Tienen promesas de Dios de que su petición será concedida, y muchos están diciendo: «Quisiera que se hablara por mí ante el Rey»; oren, para no ser tardos en ayudar. ¡Usen la libertad que su Príncipe les ha dado e intercedan por sus hermanos y hermanas! Si no hubiera ningún otro que necesitara sus oraciones, con ardor pido un lugar en ellas. «Hermanos, orad por nosotros», dijo un apóstol; ¡cuánto más puedo decirlo yo! Teniendo que ministrar a diario en cosas santas, nuestras responsabilidades y necesidades son muy grandes. No nos olviden, pues, cuando les vaya bien. Digan algo bondadoso al Príncipe en favor de sus siervos, y pídanle que nos conceda más de su gracia.
Cambiaremos ahora la palabra, del honor a la excelencia. La oración intercesora es cosa de la más alta excelencia, pues, en primer lugar, beneficia a quienes la usan. Sé que ustedes desean, amados, ser de verdadero servicio en la Iglesia de Dios. Confío en que no tenemos en esta iglesia miembros que se contenten con tener su nombre en el libro, asistir a los cultos y sentir que todo está hecho cuando esto se ha hecho. No, ustedes quieren ser realmente útiles y dar gloria a Dios. Pues bien, entonces, ¡les encarezco con este fin la excelencia de la oración intercesora! Primero, hermanos, ella los moverá a conocer a sus hermanos y hermanas. No pueden orar bien por aquellos de quienes nada saben. No entrarán, pues, ni saldrán de la asamblea sin conocer a la persona que se sienta a su lado en el banco, sino que preguntarán cómo les va a los hermanos, y, cuando oigan que alguno está en aflicción de mente, de cuerpo o de bienes, estarán prestos a repararlo, para poder ofrecer oración por su causa; y entonces habrá en ustedes un conocimiento solidario de sus hermanos.
¡Pablo nos manda conocer a los que trabajan entre nosotros y están sobre nosotros en el Señor! Y quisiera que todos los miembros de la iglesia conocieran más las luchas, las tristezas y los gozos de su pastor, para que tuvieran más simpatía con él. Y lo mismo vale para el resto de los hermanos: cuanto más conozcan y compadezcan, mejores serán sus oraciones. Y porque necesitarán conocer para poder interceder, llamo a la intercesión un ejercicio excelente. La intercesión ferviente con seguridad traerá amor consigo. No creo que puedan aborrecer a un hombre por quien oran habitualmente. Si les desagrada algún cristiano, oren por él doblemente —no solo por él, sino por ustedes mismos—, para que sean curados del prejuicio y librados de todo sentimiento áspero.
¿Recuerdan la vieja historia del hombre que fue a ver a su pastor para decirle que no disfrutaba de su predicación? El ministro dijo sabiamente: «Mi querido hermano, antes de tratar ese asunto, oremos juntos»; y, después de que ambos hubieron orado, el quejoso descubrió que no tenía nada que decir, sino confesar que él mismo había sido muy negligente en la oración por su pastor. Y atribuyó a esa cuenta su falta de provecho. Yo atribuyo la falta de amor fraternal al ocaso de la oración intercesora. Oren unos por otros con fervor, con constancia, con ardor, y unirán sus corazones en amor como el corazón de un solo hombre. Este es el cemento de bellos colores con que deben asentarse las piedras de la Iglesia, si han de quedar bien trabadas.
Queridos hermanos y hermanas, cuando oren unos por otros, no solo crecerán su simpatía y su amor, sino que tendrán juicios más benignos los unos de los otros. Siempre juzgamos con indulgencia a aquellos por quienes intercedemos. Si un chismoso pinta a mi hermano con tintes muy negros, mi amor me hace tener por seguro que está equivocado. ¿Acaso no oré por él esta mañana? ¿Y cómo podría oír que lo condenan? Si me veo obligado a creer que es culpable, lo lamento mucho, pero no me airaré contra él, sino que pediré al Señor que lo perdone y lo restaure, acordándome también de mí mismo, no sea que yo también sea tentado. Tenemos por hermosos a nuestros hijos porque son nuestros y tienen un lugar en nuestro corazón. Y del mismo modo somos prontos para percibir cualquier rasgo admirable de carácter que pueda existir en aquellos por quienes intercedemos, y estamos dispuestos a proponer atenuantes para los defectos de su índole.
La oración es una maravillosa mezcladora de corazones y una poderosa creadora de amor. La oración intercesora es de mucha eficacia para fomentar la vigilancia. Suponga que usted, como miembro de esta iglesia, entra en contacto con los que se han apartado y es llevado a buscar su restauración. Sus oraciones por la recuperación de ellos naturalmente le llevarán a orar: «Señor, guárdame de este mal. Presérvame de la apostasía. Presérvame de volverme frío e indiferente como han hecho estos hermanos». Si nos encontramos con cristianos de profesión que han caído en la embriaguez, y somos fervorosos en rogar al Señor que los rescate de ese horrible foso, nuestras propias almas son movidas a aborrecer el pecado y a montar guardia en su atalaya contra él. Si percibimos que dos hermanos han disentido y no pueden ser llevados a un estado de paz, si oramos a Dios para que la unidad
sea restaurada entre ellos, somos llevados también a pedir que seamos de un espíritu manso y sosegado —que no causemos contienda— y que, si en algún momento la hemos causado, estemos dispuestos a confesar la falta y a enmendarla.
Así, los objetos de nuestra solicitud orante llegan a ser faros para nosotros. Si observan a otros con ánimo crítico y los censuran con avidez, yendo de casa en casa para esparcir diligentemente el mal olor, ese proceder profano engendrará en ustedes mismos la justicia propia. Pero, si acuden al Señor con dolor por todas las faltas de los hermanos y buscan con importunidad la restauración de los que yerran, fomentarán en su propio corazón la ternura de sentimiento y la vigilancia contra el pecado. Quienes suplican mucho por otros hallarán con frecuencia en sus propios labios la oración: «Examíname, oh Dios, y pruébame, y conoce mis caminos; ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno».
No puedo detenerme a decirles cuántas otras cosas excelentes hay encerradas en este ejercicio de la intercesión, pero estoy persuadido de que es uno de los ejercicios más santos, más sanos y más celestiales en que un hombre devoto pueda ocuparse. ¿No creen, queridos hermanos y hermanas, que si a cada uno de nosotros se nos exigiera aquí mismo dar cuenta de nuestra atención a este excelente deber, la mayoría de nosotros habríamos de avergonzarnos? ¿Me atreveré a poner la pregunta a cada cristiano aquí presente? ¿Ha rendido usted a Dios y a su Iglesia la justa porción de oración intercesora? No hemos intercedido demasiado, estoy seguro, pues de esta sal puede decirse: «sal sin medida». ¡Ningún hombre ora demasiado por su prójimo!
¿Hemos orado lo suficiente? Les doy un espacio y hago una pausa en la que puedan plantearse la pregunta. Les daré mi propia respuesta. Tengo clara mi obligación para con esta iglesia en cuanto a la predicación, pues no he rehuido anunciar todo el consejo de Dios. Si pudiera aprender a predicar mejor, con gusto lo haría. Soy consciente de mis fallas, pero les he servido de corazón y con fidelidad delante de Dios en este púlpito. Pero no puedo decir lo mismo de mis intercesiones. Tengo muchas confesiones que hacer a Dios por mis deficiencias en ese ámbito. Y me temo que un buen número de mis colaboradores aquí han de declararse culpables de la misma acusación. Usted nunca ha faltado a su clase el domingo por la tarde. Siempre está en su puesto a tiempo, con la lección de la Escritura bien estudiada. Eso está bien; pero, querido hermano, ¿ora usted siempre la lección hasta que penetre en su alma?
Querida hermana, ¿ha hecho usted el hábito de orar por las muchachas a su cuidado, una por una, con intenso fervor? No acuso, sino que le pido que mire dentro de su propia alma, pues la falta no es trivial, sino que nos causa a nosotros mismos y a la Iglesia no poco daño. Ancianos y diáconos de esta iglesia, ¿están limpios en el asunto de la intercesión? Puede que algunos hombres entre nosotros estén sin culpa en este negocio, pero me temo que la mayoría de nosotros hemos atendido a otros deberes mucho más allá de la proporción en que hemos atendido a este. Hemos orado en público en las reuniones de oración, y tampoco hemos olvidado la súplica por los santos en el altar familiar, según confío. Pero, aun así, si hubiéramos orado por nuestros hermanos diez veces más, o incluso cien veces más, ¡no habríamos ido demasiado lejos!
A veces nos ponemos de pie en la plataforma pública y acusamos a la Iglesia de Dios de enfriarse. Preguntémonos: ¿hemos, con nuestras oraciones, añadido a su calor? ¿Hemos rogado por su avivamiento? Reprochamos a las sociedades misioneras porque se ven resultados tan escasos. ¿Oramos por las misiones como deberíamos? Oigo una lamentable queja acerca de la presente y creciente generación de predicadores; ¿hemos intercedido por los estudiantes y por los pastores como deberíamos? Oigo a la gente hablar de los cristianos como mundanos, superficiales o soberbios. ¿Los han sacado ustedes de su mundanalidad y su soberbia con la oración? ¿No será que habrían hecho mucho mejor si hubieran orado por ellos que hallándoles faltas? Sí, ¿y no serán los errores que ven en ellos, en considerable medida, atribuibles al descuido del oficio de la intercesión por parte de ustedes mismos? Oh, acabemos de una vez con el murmurar y el quejarse, con la crítica y el buscar faltas, y llevémoslo todo al Propiciatorio; porque, si la mitad del aliento que en vano se gasta en quejas censuradoras se convirtiera en intercesión, ¡habría mucha más santidad en la Iglesia!
Ahora bien, debo volver de nuevo al texto, al darles otra palabra, y es la de extensión. David dice en el texto: «Pues mi oración también estará en sus calamidades», y su sentido es este: si alguno de los santos de Dios, por su fidelidad para con su alma, lo disgustara, aun así él oraría por ellos. Hermanos y hermanas, no hemos de limitar nuestras oraciones a los que nos agradan en su modo de dirigirse a nosotros, sino que hemos de orar amorosamente por aquellos que son demasiado ásperos, demasiado duros, demasiado cortantes en sus palabras.
¿Supongamos que fuesen tan severos que afligieran nuestro espíritu? ¿Supongamos que sus reprensiones parecieran inmerecidas, dañinas e injustas? Aun así estamos obligados a orar por ellos. David, en el texto, parece decir esto: hicieran con él los justos lo que hicieran, él seguiría orando por ellos en sus calamidades. Y les encarezco, hermanos míos, si hay algún miembro de
esta iglesia que los ha tratado con dureza, ¡vénguense de él amándolo diez veces más de lo que jamás lo hicieron, y orando por él con más constancia y más fervor! Si algún hermano ha quebrantado su espíritu y los ha herido de modo que pensar en él les causa dolor, ¡no importa! La mejor cura para la herida es acudir a Dios en oración y derramar su alma por él; pidan al Señor que le dé una gran bendición y que lo haga mejor cristiano, ¡que lo llene por completo de amor divino!
Y, entonces, cuando lo vean mejorado, o bien llegarán a pensar que se equivocaron al juzgar lo que dijo y que tomaron a mal lo que él pretendía para su bien, o bien hallarán que él vendrá a ustedes y dirá: «Estuve equivocado, hermano mío». O, si no lo confiesa con palabras, lo reconocerá con sus obras mediante una bondad extraordinaria hacia ustedes. Y, hermanos, si alguna vez hallamos a un hermano cristiano en una calamidad, entonces hemos de orar por él doblemente. Los hombres del mundo abandonan a sus compañeros cuando estos caen en dificultad, como la manada deja al ciervo herido. Tenemos muchos amigos cuando todo va bien. Tenemos muy pocos cuando se ciernen los días malos. ¡Pero entre los cristianos no debería ser así! Debemos ser amigos fieles; debemos ser más bondadosos con los que se empobrecen que con los demás.
Si nos encontramos con un hermano cristiano que ha perdido su consuelo y está abatido —aunque su compañía quizá no sea muy grata y hasta pueda tener una influencia deprimente sobre nosotros mismos—, deberíamos orar por él más y procurar sacarlo del Pantano del Desaliento. Especialmente si un hermano en Cristo fuese calumniado, estamos obligados a sostenerlo. Demasiados siguen la mala costumbre de apartarse del camino de un hombre que ha caído en deshonra. Alguien ha arrojado un puñado de lodo a un cristiano de profesión; despejemos la costa, no sea que el lodo caiga también sobre nosotros. Así hablan los cobardes, ¡pero nosotros no! No, hermano, si usted pertenece al ejército de Emanuel y nuestro hermano perseguido no ha hecho ningún mal, ¡mantengámonos o caigamos junto a él! ¡No desertemos jamás de un compañero!
Si el mundo dice: «¡Abajo con él! ¡Abajo con él! ¡Abajo con él!», nos lanzaremos como el antiguo héroe griego al rescate y sostendremos nuestro escudo sobre el caído, luchando por él hasta que pueda levantarse de nuevo; porque uno de estos días también nosotros podemos estar caídos, y podemos necesitar que un hermano soldado nos cubra del enemigo. Saquemos con nuestras oraciones a nuestros hermanos y hermanas de sus dificultades, y no los abandonemos; y si esa oración tardara mucho en obtener respuesta, perseveremos en la importunidad, diciendo con David: «Con todo, mi oración estará en sus calamidades».
No diré más sobre este asunto de la intercesión por los santos, sino que lo dejaré ante el Trono Eterno y en sus propias conciencias. Les ruego, a menos que sean traidores a Cristo —si son miembros de la verdadera unidad, si sus almas están unidas por el Espíritu Santo—, que luchen mucho unos por otros y que no dejen ir al Ángel del Pacto hasta que una bendición venga sobre toda la casa de Dios, y luego fluya al mundo entero.
II. Ahora, en segundo lugar, el alto oficio de la intercesión POR LOS PECADORES. Sobre esto hablaré brevemente, pero, según confío, con fervor. Como iglesia tenemos una corona, y por muchos años la hemos conservado. Pero quisiera usar el lenguaje de Cristo en el libro del Apocalipsis. Al hablar a una de las iglesias, dice: «Retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona». Ahora bien, ¿cuál ha sido nuestra corona como iglesia? No ha sido nuestra riqueza, pues en eso no sobresalimos. No ha sido nuestra erudición: no hacemos alarde de ella. No han sido nuestros cultos de buen gusto, la belleza de nuestra música ni la dulzura de nuestros cánticos.
No, no nos importan tales cosas, sino que cultivamos la sencillez. Nuestra corona ha sido esta sola cosa: que, si ha habido en la cristiandad una iglesia entregada a ganar almas, esta iglesia lo ha hecho. Nuestro ministerio siempre ha apuntado a esto: arrebatar los tizones del fuego, sacar a los pecadores de las tinieblas a la luz admirable. Y no les hago sino simple justicia, hermanos míos, al decir que, con mucho, la mayor parte de esta iglesia está realmente viva para ganar almas. Me hace bien al corazón encontrar diversos grupos de hermanos entre ustedes que, por toda esta ciudad, trabajan sin ostentación, pero con éxito, en llevar almas a Cristo. Espero que siempre sea así. ¡Retén, oh Iglesia, lo que tienes, para que ninguno tome tu corona! Sea siempre nuestro gozo y nuestra gloria que Dios nos dé hijos espirituales y que nazcan almas para Él.
Ahora bien, deseamos hacer esto, y estoy seguro de que lo deseamos, pero debemos atender más a la intercesión por las almas de los no convertidos. Oren primero, pues esto es lo más esencial que hacer. ¿Qué podemos hacer usted y yo, por nosotros solos, en la conversión de un hombre? ¡No podemos cambiar su corazón! No podemos infundirle vida; ¡lo mismo daría pensar en crear un alma entre las costillas de la muerte! Regenerar las almas es obra de Dios. ¿Qué, pues? Si he de ser su instrumento en hacerlo, mi primerísima acción ha de ser caer de rodillas y orar: «Oh Dios, obra conmigo». Ustedes van esta tarde a su escuela dominical, o salen a predicar en las calles. Ahora bien, si pudieran hacer la obra, no les instaría a perder tiempo pidiendo a Dios que hiciera
lo que ustedes solos podrían hacer. Pero, como son totalmente incapaces de ganar una sola alma para Jesús sin el Espíritu de Dios, sea su primera acción orar: «¡Oh poder divino, ven y revísteme! ¡Oh lengua de fuego, séame dada; y tú, Viento sagrado, impetuoso y poderoso, ven a soplar vida sobre las almas muertas!». La oración es lo más esencial para hacer volver a los pecadores del error de sus caminos.
Luego, la oración intercesora los capacitará para llegar a ser instrumento de Dios. Si oro por la conversión de una persona, especialmente si señalo a algún individuo, mi corazón se enardece en amor hacia ese individuo a medida que medito en su posición y su condición durante la oración. Muy bien, eso me instruye y me ayuda a darle la palabra apropiada cuando me acerco a él. Soy como un cirujano que, al llegar a un caso donde ha de usar el bisturí, sabe exactamente dónde está cada hueso y también qué parte ha sido lesionada. Mi oración me ha dado un diagnóstico del estado del hombre. Lo he examinado y considerado en mis peticiones, y, cuando llegue a obrar sobre él en la práctica, seré sabio, por el Espíritu de Dios, para hacer lo correcto y del modo correcto.
Si quisiéramos enviar a un hombre a la universidad para hacerlo un buen auxiliar de los corazones atribulados, deberíamos enviarlo a la universidad de toda oración, ¡porque la intercesión es el modo de hacerse sabio en ganar almas! Y, hermanos, la oración tendrá este efecto en ustedes: que irán a la obra con esperanza. Es cosa muy horrible pensar en personas enterradas vivas, puestas bajo tierra por sus amigos en sus ataúdes cuando aún había aliento en sus cuerpos. Cuidémonos de no enterrar jamás a un alma viva; me temo que tenemos la costumbre de hacerlo. Juzgamos de tal hombre que nunca se convertirá; es un caso, decimos, en que todo esfuerzo sería inútil. Pensamos de otra persona que está tan perdida que bien podemos darla por perdida y atender a casos más prometedores.
En todo esto erramos, ya que no tenemos derecho a firmar la sentencia de muerte de un alma, ni a decir a la gracia de Dios: «Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante». ¡Crean que, mientras un hombre viva en este mundo, hay posibilidades de gracia para él! Tómenlo en sus brazos delante de Dios en oración, y, cuando comiencen a orar por él, sentirán que hay esperanza, y después conversarán con él de manera esperanzada y, quizá, creyente. No creo que jamás se haya salvado a un hombre hablándole otro en tono de desesperación; pero la expresión alegre del amor esperanzado se abre camino. Crean que el corazón duro puede ser quebrantado, la lengua del blasfemo limpiada, la mente del perseguidor cambiada, y que el rebelde puede aún obedecer a Cristo crucificado y llegar a ser una estrella brillante en el cielo de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, les ruego, pues, ya que el poder es de Dios, y ya que la intercesión los hará aptos para ser usados por Dios, y ya que además les dará gran esperanza respecto de aquellos con quienes traten, que se ejerciten mucho más que nunca en la oración intercesora. Esta es una obra en la que todos ustedes pueden ayudar. Si viniera a ustedes esta mañana y dijera: «Hermanos y hermanas, la causa del Señor requiere dinero», sé, por larga experiencia, que harían lo mejor de su parte. Pero habría algunos que se verían obligados a responder: «Las necesidades de mi familia no me permiten hacer nada en ese sentido». Sin embargo, cuando pedimos intercesión, ningún cristiano puede decir: «No puedo interceder ante Dios». Si les urgiera en este momento la necesidad de más predicación pública, muchos de mi congregación quedarían justamente excusados, pues son torpes de palabra y sin dotes de elocuencia.
Pero, oh hermanos y hermanas, cuando se trata de interceder, ¡todos pueden desempeñar el oficio! Y, al hacerlo, pueden tener parte en todas las grandes obras de la Iglesia. He oído de una mujer santa que solía decir: «No puedo predicar, pero puedo ayudar a mi ministro a hacerlo con mis oraciones. Por eso, cada vez que lo vea subir al púlpito, oraré para que Dios bendiga su palabra, y así tendré parte en lo que él hace». Cuando oigan de un misionero que trabaja en algún país lejano, oren por él, y entonces llegarán a ser sus colaboradores. Amados, algunos de ustedes están a menudo enfermos de cuerpo, y durante la noche fatigosa duermen muy poco; ¿saben por qué el Señor los mantiene despiertos? ¡Es para que, mientras los demás dormimos, ustedes oren por nosotros!
¡Dios ha de tener quienes hagan las guardias de la noche! Él dispone que se ponga una guardia de oración en torno a su Iglesia todo el día y toda la noche; ustedes son los centinelas de las guardias nocturnas. No pueden hacer ninguna otra cosa, pero pueden orar; ¡y, orando, pueden obtener parte en las más nobles obras de la Iglesia! Ahora bien, noten: David, por implicación, nos dice que algunos de aquellos por quienes oramos quizá no se preocupen por nuestras oraciones, y quizá caigan en grandes calamidades a causa de sus pecados. ¡Ese es entonces nuestro tiempo, cuando deberíamos ser aún más fervorosos en la intercesión por ellos! Si he hablado a un hombre impío durante muchos años y él ha ridiculizado todo cuanto he dicho, entonces resolveré dentro de mí: «Nunca dejaré de orar por él. Quizá uno de estos días lo encuentre enfermo, y entonces pedirá las oraciones que ahora rechaza. Quizá lo encuentre con el corazón quebrantado, y entonces las palabras de las que ahora se burla serán muy dulces a su paladar».
Ustedes que buscan las almas deben saber cómo mantener la persecución; los que se quedan sin aliento en la conquista de almas jamás tendrán éxito. ¡Síganlos! ¡Síganlos! ¡Síganlos hasta las puertas del sepulcro! Si no se salvan tras veinte años de oración, ¡síganlos hasta las puertas del infierno! Una vez que pasen esas puertas, sus oraciones ya no son permitidas ni provechosas; pero hasta el mismísimo borde del abismo infernal, síganlos, síganlos con sus oraciones. Si no quieren oírlos hablar, no pueden impedir que ustedes oren. ¿Se burlan de sus exhortaciones? No pueden estorbarlos en sus oraciones, porque no saben cuándo las ofrecen. ¿Están tan lejos que no pueden alcanzarlos? ¡Sus oraciones sí pueden alcanzarlos! Todavía pueden bendecirlos. ¿Han declarado que nunca más los escucharán ni verán su rostro? No importa: Dios tiene una voz que ellos han de oír; háblenle a Él, y Él hará que la sientan.
Aunque ahora los traten con desprecio, pagando mal por su bien, ¡síganlos, síganlos, síganlos con sus oraciones! Nunca los dejen perecer por falta de sus súplicas. Puede llegar el momento en que aquellos que más han tardado en rendir su corazón a Cristo nos recompensen mil veces por todos los esfuerzos y súplicas que hayamos hecho. A veces he visto a un gran pecador que, cuando se salva, llega a ser tan útil como veinte convertidos comunes, pues en la misma proporción en que fue difícil de ganar, ha llegado a ser útil una vez ganado. No esperamos que cada día se conviertan Saulos en Pablos; pero, cuando así sucede, entonces la Iglesia es rica de veras, ¡porque un Pablo vale por mil creyentes comunes! Estas perlas del fondo del mar son preciosas. Estos casos difíciles pueden resultar ser Pablos; por tanto, insten a tiempo y fuera de tiempo, orando por ellos hasta que sean llevados a Cristo.
La única cosa que deseo esta mañana es que mis queridos hermanos y hermanas en Cristo se comprometan a ser más importunos en la oración por los pecadores que nos rodean. Como Abraham, tenemos ante nosotros una gran ciudad: ¡intercedamos por ella! Como Moisés, habitamos en medio de un pueblo pecador: ¡pongámonos en la brecha por ellos! Encargo a cada miembro de esta iglesia, por su lealtad a Dios, si en verdad no es un mentiroso en la profesión que ha hecho, ¡que ruegue con importunidad por los impíos, para que sean llevados a Jesús! ¡Rueguen a Jehová! Rueguen —Él ama sus oraciones—; sus intercesiones son como el dulce incienso sobre el altar de oro. Rueguen a Él, ¡y vivirán para ver una recompensa de sus ruegos en la conversión de los hijos de los hombres! Vayan a casa y hagan de sus hijos los objetos especiales de los clamores de esta tarde. Imploren al Señor que salve a sus esposos o a sus esposas, a sus parientes y a sus vecinos más cercanos.
¡Imploren una bendición sobre los que ocupan asiento y sobre los oyentes de esta congregación que permanecen sin regenerar! Luego tomen sus calles, tomen el distrito en que viven y rueguen una graciosa visitación; nunca les faltarán personas por quienes orar; por tanto, perseveren en la súplica. No hace más que unos pocos días vi a cuatro esposos que se habían convertido a Dios, pero cuyas esposas quedaban fuera de la Iglesia. Y aquellos cuatro hermanos, probablemente todos aquí esta mañana, se reunieron en oración por la conversión de sus esposas; ¡y el primer domingo de comunión del mes pasado las cuatro esposas fueron traídas, en respuesta a las oraciones de los cuatro esposos!
¡Todo es posible! ¡Al que cree, todo le es posible! Que Dios nos ayude a creer y a interceder, y que entonces envíe su bendición, por amor de Cristo. Amén.
Capítulo 10 completado
La oración intercesora