Capítulo 8 · 34 min de lectura
Orad sin cesar
«Orad sin cesar». —1 Tesalonicenses 5:17.
LA POSICIÓN DE NUESTRO TEXTO es muy sugerente. Observe lo que le precede. Viene inmediatamente después del precepto: «Estad siempre gozosos»; como si ese mandato hubiera dejado algo perplejo al lector, y le hubiera hecho preguntar: «¿Cómo puedo gozarme siempre?»; y por eso el apóstol añadió como respuesta: «Orad siempre». Cuanto más oración, más gozo. La oración da un cauce a las penas represadas del alma, se van fluyendo, y en su lugar corrientes de sagrado deleite se derraman en el corazón. Al mismo tiempo, cuanto más gozo, más oración; cuando el corazón está en apacible condición, y lleno de gozo en el Señor, entonces también, con toda seguridad, se acercará al Señor en adoración. El gozo santo y la oración actúan y reaccionan el uno sobre el otro.
Observe, sin embargo, lo que sigue inmediatamente al texto: «Dad gracias en todo». Cuando el gozo y la oración se desposan, su primogénito es la gratitud. Cuando nos gozamos en Dios por lo que tenemos, y creyendo le pedimos más, entonces nuestras almas le dan gracias tanto en el disfrute de lo que tenemos como en la expectativa de lo que aún ha de venir. Esos tres textos son tres cuadros compañeros, que representan la vida de un verdadero cristiano; el bosquejo central es el eslabón que une a los de uno y otro lado. Estos tres preceptos son un adorno de gracia para el cuello de todo creyente; llévenlos todos ustedes, para gloria y para hermosura: «Estad siempre gozosos»; «Orad sin cesar»; «dad gracias en todo».
Pero no podemos dedicar tiempo a la consideración del contexto, sino que debemos avanzar al precepto que tenemos entre manos. Nuestro texto, aunque sumamente breve, es maravillosamente pleno, y lo trataremos bajo los siguientes puntos. Haremos y responderemos cuatro preguntas. ¿Qué implican estas palabras? En segundo lugar, ¿qué significan realmente? En tercer lugar, ¿cómo hemos de obedecerlas? Y, en cuarto lugar, ¿por qué debemos NOSOTROS obedecerlas de manera especial?
I. ¿QUÉ IMPLICAN ESTAS PALABRAS? «Orad sin cesar». ¿No implican que el uso de la voz no es un elemento esencial en la oración? Sería de lo más impropio, aun si fuera posible, que continuáramos sin cesar orando en voz alta. No habría, por supuesto, ocasión para predicar y oír, para el trato amistoso, para los negocios, ni para ninguno de los demás deberes de la vida; mientras que el estrépito de tantas voces recordaría a nuestros vecinos más bien el culto de Baal que el de Sion. Nunca fue el designio del Señor Jesús que nuestras gargantas, pulmones y lenguas estuvieran para siempre en labor. Puesto que hemos de orar sin cesar, y sin embargo no podríamos orar con la voz sin cesar, es claro que el lenguaje audible no es esencial a la oración. Podemos hablar mil palabras que parecen ser oración, y sin embargo no orar nunca; por otro lado, podemos clamar al oído de Dios de la manera más eficaz, y sin embargo no decir una sola palabra. En el libro de Éxodo se representa a Dios diciendo a Moisés: «¿Por qué clamas a mí?»; y sin embargo no está registrado que Moisés hubiera pronunciado ni una sola sílaba en aquel momento. Es cierto que el uso de la voz a menudo ayuda a la oración. Encuentro, en lo personal, que puedo orar mejor cuando estoy a solas si puedo oír mi propia voz; al mismo tiempo, no es esencial, no entra en absoluto en la aceptabilidad, la realidad ni la eficacia de la oración. El silencio es tan apropiado vestido para la devoción como cualquiera que el lenguaje pueda confeccionar.
Es igualmente claro que la postura en la oración no es de gran importancia, pues si fuera necesario que oráramos de rodillas no podríamos orar sin cesar, ya que la postura se volvería dolorosa y dañina. ¿Para qué fin nos ha dado pies nuestro Creador, si desea que nunca nos pongamos de pie sobre ellos? Si hubiera querido que estuviéramos de rodillas sin cesar, habría formado el cuerpo de otro modo, y no nos habría dotado de una longitud de miembros tan innecesaria. Es bueno orar de rodillas; es una postura de lo más apropiada; es una que expresa humildad, y cuando la humildad se siente de veras, el arrodillarse es señal natural y hermosa de ella; pero, al mismo tiempo, hombres buenos han orado postrados sobre sus rostros, han orado sentados, han orado de pie, han orado en cualquier postura, y la postura no entra en la esencia de la oración. No consienta en ser puesto en esclavitud por aquellos para quienes la rodilla doblada se estima de más importancia que el corazón contrito.
Es claro, también, por el texto, que el lugar no es esencial a la oración, pues si solo hubiera ciertos lugares santos donde la oración fuera aceptable, y tuviéramos que orar sin cesar, nuestras iglesias tendrían que ser sumamente grandes, para que pudiéramos vivir siempre en ellas, y habrían de comprender todas las disposiciones necesarias para habitaciones humanas. Si fuera cierto que hay más santidad de este lado de un muro de ladrillo que del otro, si fuera cierto que el aire fresco se lleva la gracia, y que para la más alta aceptación necesitamos arcos de cruceria, columnas, naves, presbiterio y crucero, entonces adiós, verdes senderos, y hermosos jardines, y bellos bosques, pues de aquí en adelante debemos, sin cesar, morar donde vuestra fragancia y frescura nunca puedan alcanzarnos. Pero esto es ridículo; por lo cual concluyo que el frecuentar algún lugar en particular tiene poco o nada que ver con la oración; y tal conclusión concuerda con el dicho de Pablo en el Areópago: «El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas».
«Orad sin cesar». Ese precepto, de un solo golpe, derriba la idea de tiempos particulares en los que la oración sea más aceptable o más propia que en otros. Si he de orar sin cesar, entonces cada segundo debe ser apto para la oración, y no hay un solo momento profano en la hora, ni una sola hora no aceptada en el día, ni un solo día no santo en el año. El Señor no ha señalado cierta semana para la oración, sino que todas las semanas deberían ser semanas de oración; tampoco ha dicho que una hora del día sea más aceptable que otra. Todo tiempo es igualmente legítimo para la súplica, igualmente santo, igualmente aceptado por Dios, pues de otro modo no se nos habría dicho que oráramos sin cesar. Es bueno tener sus tiempos de oración; es bueno apartar temporadas para la súplica especial —de eso no tenemos duda—; pero jamás debemos permitir que esto engendre la superstición de que hay cierta hora santa para orar por la mañana, una hora especialmente aceptable para orar por la tarde, y un tiempo sagrado para orar en ciertas estaciones del año. Dondequiera que buscamos al Señor con corazón sincero, él se deja hallar de nosotros; siempre que clamamos a él, él nos oye. Todo lugar es tierra santa para un corazón santo, y todo día es día santo para un hombre santo. De enero a diciembre el calendario no tiene una sola fecha en la que la oración esté prohibida. Todos los días son días señalados, sean sábados o días de semana; todos son tiempos aceptados para la oración. Claro es, pues, por el texto, que la voz, la postura, el lugar, el tiempo —ninguno de ellos entra en la esencia de la oración—, pues de lo contrario, en tal caso, se nos mandaría realizar un imposible, lo cual estamos bien seguros de que no es propio del modo de proceder del Señor nuestro Dios.
Hay otra cosa más implícita en el texto, a saber, que un cristiano no tiene derecho a entrar en ningún lugar donde no pudiera continuar orando. ¿Orar sin cesar? Entonces nunca he de estar en un lugar donde no pudiera orar sin cesar. De ahí que muchas diversiones mundanas, sin necesidad de especificarlas, puedan ser juzgadas y condenadas de inmediato. Ciertas personas creen en oraciones prefabricadas, ya listas para toda ocasión, y, al mismo tiempo, creen que las personas son regeneradas en el bautismo aunque sus vidas sean cualquier cosa menos cristianas; ¿no deberían proveer oraciones para todas las circunstancias en que se hallen estos, los queridos hijos e hijas regenerados pero sin gracia de su iglesia? Como, por ejemplo, una piadosa colecta para un joven príncipe o noble que está por ir a un torneo de tiro, para que sea perdonado por su crueldad hacia esas pobres palomas que quedan solo malheridas y son forzadas a languidecer en la miseria; y también una oración para un caballero religioso y regenerado que va a una carrera de caballos, y una colecta para los jóvenes que han recibido la gracia de la confirmación, al ir al teatro a asistir a una obra muy cuestionable. ¿No podrían hacerse por encargo tales colectas especiales? La idea le repugna. Pues bien, entonces, no tenga nada que ver con aquello sobre lo cual no pueda pedir la bendición de Dios; no tenga nada que ver con ello, porque si Dios no puede bendecirlo, puede estar seguro de que el diablo lo ha maldecido. Cualquier cosa que sea recto que usted haga puede consagrarla con oración; y sea esto para usted una medida y una prueba segura: si siente que sería un insulto a la majestad del cielo pedir la bendición del Señor sobre lo que se le propone, entonces manténgase apartado de esa cosa impía. Si Dios no lo aprueba, tampoco debe usted tener comunión con ello.
Estas cosas están claramente implícitas en el precepto: «Orad sin cesar».
II. Pero ahora, ¿QUÉ SIGNIFICA ESTO REALMENTE? Si no significa que hemos de estar siempre de rodillas, ni siempre diciendo oraciones, ni siempre en la iglesia o en la reunión, y no significa que hayamos de considerar día alguno como impropio para orar, ¿qué, entonces? Las palabras significan, primero, un privilegio; segundo, un precepto: «Orad sin cesar». Nuestro Señor Jesucristo, con estas palabras, le asegura que usted puede orar sin cesar. No hay tiempo en que no podamos orar. Aquí tiene usted el permiso concedido de venir al propiciatorio cuando quiera, pues el velo del Lugar Santísimo está rasgado en dos de arriba abajo, y nuestro acceso al propiciatorio es indiscutido e indiscutible. Los reyes celebran sus audiencias en ciertos días señalados, y entonces son admitidos sus cortesanos; pero el Rey de reyes celebra una audiencia constante. El monarca cuyo palacio estaba en Susa no permitía que nadie se le acercara a menos que él lo mandara llamar; pero el Rey de reyes ha llamado a todo su pueblo, y pueden venir en todo tiempo. Eran muertos los que entraban ante el rey Asuero, a menos que él les extendiera su cetro; pero nuestro Rey nunca retira su cetro: siempre está extendido, y todo el que desee venir a él puede venir ahora, y venir en cualquier momento. Entre los persas había unos pocos de la nobleza que tenían el peculiar y especial derecho de una audiencia con el rey en cualquier momento que quisieran. Ahora bien, lo que era el peculiar derecho de muy pocos y de los muy grandes es el privilegio de todo hijo de Dios. Puede entrar ante el Rey en todo tiempo. Lo profundo de la noche no es demasiado tarde para Dios; el romper de la mañana, cuando se ve la primera luz gris, no es demasiado temprano para el Altísimo; al mediodía no está demasiado ocupado; y cuando cae la tarde no está fatigado de las oraciones de sus hijos. «Orad sin cesar» es, si lo leo bien, un dulcísimo y precioso permiso para que el creyente derrame su corazón en todo tiempo delante del Señor. Oigo su voz apacible y delicada que dice: «Ven al propiciatorio, oh hijo mío, cuando quieras; ven al tesoro de la gracia cuando lo desees»
«Las felices puertas de la gracia del evangelio
abiertas están de noche y de día».
Las puertas del templo del amor divino no serán cerradas. Nada puede poner una barrera entre un alma que ora y su Dios. El camino de los ángeles y de las oraciones está siempre abierto. Enviemos tan solo la paloma de la oración, y podemos estar seguros de que volverá a nosotros con una rama de olivo de paz en su pico. Para siempre el Señor atiende a las súplicas de sus siervos, y espera para ser bondadoso con ellos.
Con todo, sin embargo, es un precepto, «Orad sin cesar». ¿Y qué significa? Significa una gran verdad que no puedo transmitirle muy bien en pocas palabras, y, por tanto, debo intentar exponerla bajo cuatro o cinco puntos.
Significa, primero, nunca abandonar la oración. Nunca, por causa o razón alguna, deje de orar. No imagine que debe orar hasta ser salvo, y que entonces puede dejarlo. Para aquellos cuyos pecados están perdonados, la oración es tan necesaria como para los que lloran bajo el sentido del pecado. «Orad sin cesar», porque para que usted persevere en la gracia debe perseverar en la oración. Aunque llegue a ser experimentado en la gracia y enriquecido con mucho conocimiento espiritual, no sueñe con refrenar la oración a causa de sus dones y gracias. «Orad sin cesar», o de lo contrario su flor se marchitará y su fruto espiritual jamás madurará. Continúe en oración hasta el último momento de su vida.
«Mientras vivan, deben orar los cristianos,
pues solo mientras oran, viven».
Como respiramos sin cesar, así debemos orar sin cesar. Como no hay logro en la vida, ni de salud, ni de fuerza, ni de vigor muscular, que pueda colocar a un hombre más allá de la necesidad de respirar, así ninguna condición de crecimiento espiritual o de avance en la gracia permitirá a un hombre prescindir de la oración.
«¡Oremos! nuestra vida es orar;
solo con el tiempo la oración podrá cesar:
entonces en el cielo, obedeciendo la voluntad de Dios,
la vida es alabanza y perfecta paz».
Nunca deje de orar, ni siquiera aunque Satanás le sugiera que es en vano que clame a Dios. Ore a pesar de él; «orad sin cesar». Si por un tiempo los cielos son como bronce y su oración solo resuena en truenos sobre su cabeza, siga orando; si mes tras mes su oración parece haberse malogrado, y ninguna respuesta se le ha concedido, aun así continúe acercándose al Señor. No abandone el propiciatorio por razón alguna, sea cual sea. Si es cosa buena lo que ha estado pidiendo, y está seguro de que es conforme a la voluntad divina, aunque la visión tarde, espérela: ore, llore, ruegue, luche, agonice hasta obtener aquello por lo que ora. Si su corazón está frío en la oración, no refrene la oración hasta que su corazón se caldee, sino ore hasta llevar su alma al calor con la ayuda del siempre bendito Espíritu que ayuda nuestras flaquezas. Si el hierro está caliente, entonces golpéelo, y si está frío, golpéelo hasta calentarlo. Nunca cese la oración por ninguna clase de razón o argumento. Si el filósofo le dijera que todo acontecimiento está fijado, y que, por tanto, la oración no puede cambiar nada, y que, en consecuencia, ha de ser locura; aun así, si no puede responderle y queda algo perplejo, prosiga con sus súplicas a pesar de todo. Ningún problema difícil acerca de la digestión le impediría comer, pues el resultado justifica la práctica; y así ningún sofisma debería hacernos cesar la oración, pues su seguro éxito nos la recomienda. Usted sabe lo que su Dios le ha dicho, y si no puede responder a cada dificultad que el hombre pueda plantear, resuelva ser obediente a la voluntad divina, y siga: «Orad sin cesar». Nunca, nunca, nunca renuncie al hábito de la oración, ni a su confianza en el poder de ella.
Un segundo significado es este. Nunca suspenda la ofrenda regular de la oración. Usted, si es un cristiano vigilante, tendrá sus tiempos de devoción diaria, fijados no por superstición, sino por su conveniencia y recuerdo; tal como David, tres veces al día, y como otro santo, siete veces al día, buscaban al Señor: ahora bien, asegúrese de mantener esta oración diaria sin interrupción. Este consejo no abarcará todo el alcance del texto, no pretendo que lo haga; solo lo menciono ahora como complemento de otros pensamientos. «Orad sin cesar»; esto es, nunca abandone la oración de la mañana, ni la oración de la tarde, ni la oración del mediodía si tal ha llegado a ser su costumbre. Aunque cambie las horas y los tiempos, como bien puede hacerlo, mantenga con todo la práctica del retiro, la meditación y la oración que regularmente se repiten. Puede decirse que usted continúa en oración si mantiene sus devociones habituales. Sería del todo correcto que yo dijera que conozco a un hombre que ha estado siempre mendigando desde que estoy en Londres. No creo haber pasado jamás por el sitio donde él se coloca sin verlo allí. Es una persona ciega, y está cerca de una iglesia. Hasta donde me alcanza la memoria, ha estado mendigando sin cesar; por supuesto, no ha mendigado cuando ha estado dormido, no ha mendigado cuando se ha ido a casa a sus comidas, ni entendieron ustedes que yo hubiera afirmado algo tan absurdo cuando dije que había mendigado sin cesar durante años. Y así, si en aquellos tiempos en que es propio que usted se aparte de sus labores ordinarias, continúa perseverando en la mendicidad ante el trono de la misericordia, puede decirse de usted, con relativa corrección, que ora sin cesar. Aunque todas las horas me son iguales, encuentro provechoso reunirme con Dios en períodos fijos, pues estos me parecen ser como dar cuerda al reloj. El reloj ha de andar todo el día, pero hay un tiempo para darle cuerda; y esa pequeña temporada especial que apartamos y cercamos para la comunión con nuestro Dios parece darnos cuerda para el resto del día. Por tanto, si quiere orar sin cesar, continúe en la ofrenda del sacrificio de la mañana y de la tarde, y sea perpetuamente una ordenanza para usted que sus tiempos de oración no sean interrumpidos.
Eso, sin embargo, es solo una ayuda, pues debo añadir, en tercer lugar: entre estos tiempos de devoción, procure abundar en la oración jaculatoria. Mientras sus manos están ocupadas con el mundo, deje que su corazón siga hablando con Dios; no en veinte frases seguidas, pues tal intervalo podría ser incompatible con su vocación, sino en frases entrecortadas e interjecciones. Siempre es malo presentar a Dios un deber manchado con la sangre de otro, y eso haríamos si echáramos a perder el estudio o el trabajo huyendo a orar a todas horas; pero podemos, sin esto, dejar que breves frases suban al cielo; sí, y podemos lanzar hacia arriba clamores, y palabras sueltas, como un «¡Ah!», un «¡Oh!», un «¡Oh, si...!»; o, sin palabras, podemos orar en la mirada del ojo alzada hacia lo alto o en el suspiro del corazón. El que ora sin cesar usa muchos pequeños dardos y granadas de mano de santo deseo, que arroja en cada intervalo disponible. A veces avivará el horno de sus deseos hasta un gran calor en la oración regular, y como consecuencia, en otros momentos, las chispas seguirán subiendo al cielo en forma de breves palabras, y miradas, y deseos.
En cuarto lugar, si queremos orar sin cesar, debemos estar siempre en el espíritu de oración. Nuestro corazón, renovado por el Espíritu Santo, debe ser como la aguja imantada, que siempre tiene una inclinación hacia el polo. No siempre apunta a ese polo, usted puede apartarla si quiere; en un barco de hierro muestra graves desviaciones, y bajo toda circunstancia no es exactamente fiel; pero si pone el dedo sobre esa aguja y la fuerza hacia el este, no tiene más que quitar la presión, e inmediatamente vuelve de nuevo a su amado polo. Así, deje que su corazón esté imantado con la oración, de modo que si el dedo del deber lo aparta del acto inmediato de la oración, quede aún en su alma el anhelo ferviente de orar, y en el momento en que pueda, su corazón vuelva a su amada tarea. Como el perfume yace en las flores aun cuando no derraman su fragancia en la brisa, así deje que la oración yazga en su corazón.
Pero, quizá, el último significado que daré tiene en sí más de la verdad del texto, a saber, este: Que todas sus acciones sean congruentes con sus oraciones, y sean de hecho una continuación de sus oraciones. Si he de orar sin cesar, no puede significar que haya de estar siempre en el acto de la devoción directa; pues la mente humana, tal como está ahora constituida, necesita variedad de ocupación, y no podría, sin producir locura o imbecilidad, continuar siempre en el ejercicio de una sola función. Debemos, por tanto, cambiar el modus, o la manera de operar, si hemos de continuar sin cesar en la oración. Debemos proseguir nuestras oraciones, pero hacerlo de otra manera. Tomemos un ejemplo. Esta mañana oré a Dios para que despertara a su pueblo a la oración; muy bien; al venir a esta casa mi alma continuó exclamando: «Oh Señor, despierta a tus hijos a la oración».: Ahora bien, mientras les predico a ustedes y apunto al mismo fin, ¿no estoy orando? ¿No es mi sermón la continuación de mi oración, puesto que deseo y persigo lo mismo? ¿No es un continuar orando cuando usamos los mejores medios para obtener aquello por lo que oramos? ¿No ve mi punto? El que ora por sus semejantes, y luego busca su bien, sigue orando. En este sentido hay verdad en aquel viejo pareado.
«Mejor ora quien mejor ama
al hombre, y al ave, y a la bestia».
Amar es orar. Si busco en oración el bien de mi semejante, y luego voy y trato de promoverlo, prácticamente estoy orando por su bien en mis acciones. Si busco, como debería, la gloria de Dios por encima de todo, entonces, si todas mis acciones tienden a la gloria de Dios, estoy continuando en oración, aunque no esté orando con mis pensamientos ni con mis labios. Oh, que toda nuestra vida fuera una oración. Puede serlo. Puede haber un orar sin cesar delante del Señor, aunque haya muchas pausas en lo que la mayoría de los hombres llamaría oración. Ore, pues, sin cesar, hermano mío. Que toda su vida sea oración. Si cambia el método, no cambie la búsqueda; sino continúe adorando, continúe rindiendo culto. Este creo que es el sentido de nuestro texto: nunca abandonar del todo la oración; no suspender la ofrenda regular de la oración; abundar en fervientes jaculatorias; estar siempre en el espíritu de oración; y que toda su vida sea congruente con su oración, y llegue a ser parte de ella.
III. ¿CÓMO PODEMOS OBEDECER ESTAS PALABRAS? Primero, trabajemos cuanto podamos por impedir todas las interrupciones pecaminosas. «Orad sin cesar». Entonces, si es imposible estar siempre en el acto de la oración, al menos estemos en ese acto cuanto sea posible; e impidamos aquellas interrupciones que mencioné al principio de mi discurso, las interrupciones ocasionadas por nuestro propio pecado. Procuremos mantenernos libres, hasta donde podamos, de todo y de cualquier cosa en nosotros mismos, o a nuestro alrededor, que impida que abundemos en la súplica. Y mantengámonos también libres de las interrupciones que vienen de los pecados de otros. ¿Nos prohíben otros orar? No temamos su ira. Recuerde a Daniel, quien, mientras estaba bajo la pena de ser echado en un foso de leones, abrió con todo su ventana hacia Jerusalén, y oró siete veces al día como lo había hecho antes. Bajo ninguna amenaza, y por ningún soborno, cesemos jamás de orar. En privado, oremos siempre; y si el deber nos llama a hacerlo donde otros nos observan, temamos de tal modo el ojo de Dios que no nos atrevamos a temer el ojo del hombre.
Evitemos, a continuación, toda interrupción innecesaria, de cualquier clase, a nuestra oración. Si sabemos que algún asunto, del cual podemos escapar, tiene tendencia a perturbar dentro de nosotros el espíritu de oración, evitémoslo con ahínco. Tratemos, cuanto sea posible, de no ser desviados del rastro en la oración. El objeto de Satanás será distraer la mente, sacarla de los rieles, desviar su blanco; pero resolvamos delante de Dios que no nos apartaremos de seguir de cerca en pos de él. Sir Thomas Abney había practicado durante muchos años la oración familiar con regularidad; fue elegido Lord Mayor de Londres, y la noche de su elección debía estar presente en un banquete; pero cuando llegó el momento de reunir a su familia en oración, no queriendo ni ser fariseo ni renunciar a su práctica, se excusó ante los invitados de esta manera: dijo que tenía un compromiso importante con un amigo muy querido, y que debían disculparlo por unos minutos. Era muy cierto: su amigo más querido era el Señor Jesús, y la oración familiar era un compromiso importante; y así se retiró por un tiempo al altar familiar, y en ese sentido oró sin cesar. A veces permitimos que cosas buenas interrumpan nuestra oración, y así las volvemos malas. La señora Rowe observa en una de sus cartas que, si los doce apóstoles estuvieran predicando en el pueblo donde ella vivía y nunca más pudiera oírlos, si fuera su tiempo de devoción privada, no se dejaría sobornar para salir de su aposento por la esperanza de oírlos. No estoy seguro de que no hubiera podido tomar otro momento para sus devociones privadas, y así gozar de ambos privilegios; pero, al mismo tiempo, suponiendo que hubiera de perder la oración y solo obtener la predicación a cambio, coincido con ella: habría sido cambiar oro por plata. Le sería más provechoso orar que oír, pues la oración es el fin de las predicaciones. La predicación no es más que el tallo del trigo, pero la oración es el grano dorado mismo, y tiene lo mejor quien lo obtiene.
A veces pensamos que estamos demasiado ocupados para orar. Ese también es un gran error, pues orar es ahorrar tiempo. Recuerde usted el dicho de Lutero: «Tengo tanto que hacer hoy que jamás lo lograré con menos de tres horas de oración». No acostumbraba dedicar tanto tiempo a la oración en los días ordinarios, pero, como aquel era un día ajetreado, necesitaba tener más comunión con su Dios. Pero, quizá, nuestras ocupaciones comienzan temprano, y por eso decimos: «¿Cómo puedo quedarme a solas con Dios en oración?». Se cuenta de Sir Henry Havelock que cada mañana, cuando la marcha comenzaba a las seis, él siempre se levantaba a las cuatro, para no perder su tiempo de lectura de la Escritura y de comunión con su Dios. Si no tenemos tiempo, debemos hacer tiempo, pues si Dios nos ha dado tiempo para los deberes secundarios, debe habernos dado tiempo para los primarios; y acercarse a él es un deber primario, y no debemos permitir que nada lo deje a un lado. No hay verdadera necesidad de sacrificar deber alguno; tenemos tiempo suficiente para todo si no somos perezosos; y, en efecto, el uno ayudará al otro en vez de chocar con él. Cuando Edward Payson era estudiante en la universidad, halló que tenía tanto que hacer para atender sus clases y prepararse para los exámenes, que no podía dedicar a la oración privada tanto tiempo como debía; pero, al fin, despertando al sentimiento de que estaba retrocediendo en las cosas divinas por causa de sus hábitos, tomó el tiempo debido para la devoción, y afirma en su diario que hizo más en sus estudios en una sola semana, después de haber pasado tiempo con Dios en oración, que lo que había logrado en doce meses antes. Dios puede multiplicar nuestra capacidad de aprovechar el tiempo. Si damos al Señor lo que le corresponde, tendremos suficiente para todos los fines necesarios. En este asunto, busque primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas le serán añadidas. Sus demás compromisos marcharán sin tropiezo si no olvida su compromiso con Dios.
Debemos, queridos amigos, para poder orar sin cesar, luchar contra la indolencia en la oración. Creo que ningún hombre ama la oración hasta que el Espíritu Santo le ha enseñado su dulzura y su valor. Si alguna vez ha orado sin cesar, orará sin cesar. Los hombres que no aman orar deben de ser extraños a su gozo secreto. Cuando la oración es un acto mecánico, y no hay alma en ella, es una esclavitud y un fastidio; pero cuando es de veras oración viva, y cuando el hombre ora porque es cristiano y no puede evitar orar, cuando ora por la calle, ora en sus negocios, ora en la casa, ora en el campo, cuando toda su alma está llena de oración, entonces nunca puede tener demasiada de ella. No será remiso en la oración quien se encuentra con Jesús en ella; pero quien no conoce al Amado la tendrá por una faena penosa.
Evitemos, sobre todas las cosas, la modorra y la indiferencia en la oración. Oh, es cosa terrible que alguna vez insultemos la majestad del cielo con palabras de las que nuestro corazón se ha ausentado. Debo, alma mía, debo enseñarte esto: que has de tener comunión con Dios; y si en tu oración no hablas con Dios, seguirás orando hasta que lo hagas. No te apartes del propiciatorio hasta haber orado.
Amado hermano, diga así a su alma: «he venido aquí al trono de la gracia para adorar a Dios y buscar su bendición, y no me iré hasta haberlo hecho; no me levantaré de mis rodillas por haber gastado mis minutos acostumbrados, sino que aquí oraré hasta hallar la bendición». Satanás a menudo dejará de tentar cuando le encuentre a usted así de resuelto en la oración. Hermanos, necesitamos despertar. La rutina crece sobre nosotros. Caemos en la senda del caballo de noria: vuelta, y vuelta, y vuelta al molino. De esto, líbrenos Dios. Es mortal. Un hombre puede orar veinte años con regularidad, en cuanto al tiempo y en cuanto a la forma, y no haber orado ni un solo grano de oración en todo ese período. Un solo gemido genuino arrancado del corazón vale por un millón de letanías; un solo aliento vivo de un alma llena de gracia vale por diez mil colectas. Que la gracia de Dios nos mantenga despiertos, orando sin cesar.
Y debemos cuidar, queridos hermanos, de nuevo, si hemos de cumplir este deber, de luchar contra todo lo que se parezca a la desesperación de ser oídos. Si no hemos sido oídos después de seis veces, debemos, como Elías, ir otra vez siete veces; si nuestro Pedro está en prisión, y la iglesia ha rogado a Dios que lo libere, y él sigue en cadenas, atado en la cárcel interior, sigamos orando, pues uno de estos días Pedro llamará a la puerta. Sea importuno; la puerta del cielo no se abre a todo llamado de quien huye. Llame, y llame, y llame otra vez; y añada a su llamar y a su pedir el buscar, y no se contente hasta obtener una verdadera respuesta.
Nunca cese de orar por presunción; guárdese de eso. Sienta, oh cristiano, que siempre necesita orar. No diga: «Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad». Por naturaleza usted sigue estando desnudo, y pobre, y miserable; por tanto, persevere en la oración, y compre del Señor oro fino y vestiduras limpias, para que sea rico y esté debidamente vestido.
Así he tratado de exponerle a usted, amado, cómo, al resistir la presunción y la desesperación, la indolencia y la modorra, y al tratar de poner a un lado todas las interrupciones pecaminosas y de otra clase, podemos orar sin cesar.
IV. Ahora, muy brevemente, en último lugar, ¿POR QUÉ DEBEMOS OBEDECER ESTE PRECEPTO? Por supuesto, debemos obedecerlo porque es de autoridad divina; pero, además, debemos atenderlo porque el Señor siempre merece ser adorado. La oración es un método de adoración; continúe, por tanto, rindiendo siempre a su Creador, su Preservador, su Redentor, su Padre, el homenaje de sus oraciones. Con tal Rey, no seamos flojos en el homenaje. Paguémosle sin cesar el tributo de la alabanza. Para siempre engrandezcamos y bendigamos su nombre. Sus enemigos le maldicen; bendigámosle nosotros sin cesar. Además, hermanos, el espíritu de amor que hay en nosotros seguramente nos impulsa a acercarnos a Dios sin cesar. Cristo es nuestro esposo. ¿Es fiel la esposa a sus votos matrimoniales si no le importa la compañía de su amado? Dios es nuestro Padre. ¿Qué clase de hijo es el que no desea subir a la rodilla de su padre y recibir una sonrisa del rostro de su padre? Si usted y yo podemos vivir día tras día y semana tras semana sin nada parecido a la comunión con Dios, ¿cómo mora el amor de Dios en nosotros? «Orad sin cesar», porque el Señor nunca cesa de amarle, nunca cesa de bendecirle, y nunca cesa de considerarle su hijo.
«Orad sin cesar», porque usted necesita una bendición sobre toda la obra que hace. ¿Es obra común? «Si el Señor no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican». ¿Son negocios? En vano es levantarse temprano y acostarse tarde, y comer el pan de la fatiga, pues sin Dios usted no puede prosperar. Se le enseña a decir: «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy» —una oración inspirada por las cosas seculares. Oh, consagre lo secular con oración. Y, si está ocupado en el servicio de Dios, ¿qué obra hay en la que pueda esperar éxito sin su bendición? Enseñar a los jóvenes, predicar el evangelio, distribuir tratados, instruir al ignorante: ¿no necesitan todas estas cosas su bendición? ¿Qué son si ese favor es negado? Ore, por tanto, mientras trabaja.
Siempre está usted en peligro de ser tentado; no hay posición en la vida en la que no pueda ser asaltado por el enemigo. «Orad sin cesar», por tanto. Un hombre que va por un camino oscuro donde sabe que hay enemigos, si ha de ir solo y lleva una espada consigo, la lleva desenvainada en la mano, para hacer saber a los ladrones que está listo para ellos. Así, cristiano, ore sin cesar; lleve su espada en la mano, blanda esa poderosa arma de la oración total de la que habla Bunyan. Nunca la envaine; atravesará cotas de malla. No necesita temer a enemigo alguno si tan solo puede orar. Como es tentado sin cesar, así ore sin cesar.
Siempre necesita orar, pues siempre le hace falta algo. En ninguna condición es usted tan rico como para no necesitar algo de su Dios. No le es posible decir: «Lo tengo todo»; o, si puede, lo tiene solo en Cristo, y de Cristo debe continuar buscándolo. Como siempre está en necesidad, mendigue siempre a la puerta de la misericordia. Además, siempre le esperan bendiciones. Los ángeles están listos con favores que usted no conoce, y no tiene más que pedir y tener. Oh, si pudiera ver lo que podría obtenerse con solo pedir, no sería tan remiso. Las inapreciables bendiciones del cielo que por ahora quedan a un lado: oh, si tan solo percibiera que solo esperan a que usted ore, no vacilaría ni un momento. El hombre que sabe que su labranza es rentable, y que su tierra produce en abundancia, se alegrará de sembrar otra extensión más amplia de tierra al año siguiente; y quien sabe que Dios responde a la oración, y que aún está listo para responderla, abrirá su boca aún más ancha para que Dios la llene.
Continúe orando, hermanos, pues aunque usted mismo no necesitara oración, hay otros que sí —los moribundos, los enfermos, los pobres, los ignorantes, los que se apartan, los que blasfeman, los paganos en casa y los paganos en el extranjero. «Orad sin cesar», pues el enemigo obra incesantemente, y hasta ahora el reino no ha venido a Sion. Nunca podrá usted decir: «Dejé de orar, porque no tenía nada por qué orar». De este lado del cielo, los motivos para orar son tan innumerables como las estrellas del cielo.
Y, ahora, dije que diría una palabra sobre por qué NOSOTROS debemos orar de manera especial, y con eso cerraré el sermón. Amados amigos, esta iglesia debe orar sin cesar. Hemos sido, en años pasados, notables por la oración. Si alguna iglesia ha orado, ha sido esta iglesia. Podría hallar muchas faltas en algunos que estorban la oración, pero aun así debo decir, delante de Dios, que sé y siento que ha habido oración viva en esta iglesia durante muchos años, y de ahí que hayamos tenido muchos años de paz y prosperidad. Nada nos ha faltado porque no nos ha faltado la oración. No dudo de que habríamos podido tener mucho más si hubiéramos orado más; con todo, la oración ha sido muy poderosa aquí. Ahora bien, hermanos, supongan que no tuvieran pastor, supongan que el predicador se hubiera ido de ustedes, y que el paño negro sobre este púlpito no fuera por un anciano difunto de la iglesia, sino por el predicador mismo; ustedes orarían, ¿no es así? ¿No orarán por mí, entonces, mientras vivo? Si oraran por que viniera otro, ¿no orarán por mí mientras estoy aquí? Deseo desempeñar mi oficio ante ustedes, delante de Dios, con toda diligencia, pero no puedo sin sus oraciones; y así como, de haberme ido de ustedes, elevarían muchos suspiros, y con oraciones pedirían un sucesor, oren por mí mientras aún estoy con ustedes. Amados, han orado con mucho fervor por el pastor cuando ha estado enfermo; sus oraciones han sido su consuelo y su restauración; ¿no orarán por él ahora que puede predicar el evangelio, para que su salud sea santificada al servicio de Dios, y el ministerio de la verdad sea poderoso en la conquista de las almas? Se lo pido, creo que podría reclamárselo. Se lo ruego, hermanos, oren por nosotros.
Supongan de nuevo, queridos hermanos, que no hubiera conversiones en medio de nosotros: ¿no orarían? Y puesto que hay muchísimas conversiones, ¿debería eso ser razón para dejarlo? ¿Adoraremos a Dios menos porque nos da más? En lugar de una sola oración que subiría si no hubiera conversiones, debería haber diez ahora que él continúa obrando salvación entre nosotros.
Supongan que estuviéramos divididos, y tuviéramos muchas disensiones, y celos, y rencillas: ¿no orarían los fieles con amargura de espíritu? ¿No orarán, puesto que no hay divisiones, sino mucho amor cristiano? Sin duda, lo digo otra vez, no tratarán ustedes peor a Dios porque él les trata mejor. Eso sería en verdad necio.
Supongan que estuviéramos hoy rodeados de huestes de perseguidores, y que el error se colara por todas partes en medio de nosotros y nos hiciera daño: ¿no orarían ustedes, los que aman al Señor? Y ahora que vivimos en días de paz, y el error, aunque merodea alrededor, es mantenido fuera de nuestro redil, ¿no tendrán ustedes comunión con el Señor mucho más? Lo diré aún una tercera vez: ¿oraremos menos porque Dios nos da más? Oh, no; sino que cuanto mejor es él con nosotros, tanto más adoremos y engrandezcamos su nombre.
Justo ahora necesitamos orar, pues algunos se están enfriando, y volviendo a sus viejos pecados. Necesitamos orar, pues estamos haciendo mucho por Cristo. Cada obra está en pleno trabajo. Queremos una gran bendición sobre grandes esfuerzos. Hemos tenido tales resultados de la oración que harían zumbar los oídos de un hombre que los oyera por primera vez: nuestra historia como iglesia no ha sido inferior ni a la misma historia apostólica; hemos visto el brazo de Dios descubierto a los ojos de todo el pueblo, y hasta los confines de la tierra ha salido el testimonio de este púlpito, y miles han hallado al Salvador —todo en respuesta a muchas oraciones. Ore, pues, sin cesar. Oh iglesia del Tabernáculo, retén lo que tienes, para que nadie tome tu corona. Oh, continúa siendo una iglesia que ora, para que juntos, cuando estemos ante el tribunal de Cristo, pastor y pueblo, no seamos acusados de ser sin oración, ni de ser flojos en la obra del Señor. Espero con vehemencia que todo esto contribuya a hacer más ferviente e intenso el día de oración de mañana; pero aún más ruego que en todo tiempo todos nosotros seamos fervientes, frecuentes, incesantes y constantes en la oración; orando en el Espíritu Santo, en el nombre de Jesús.
PORCIÓN DE LA ESCRITURA LEÍDA ANTES DEL SERMÓN: 1 Tesalonicenses 4:13-18 y 5.
Capítulo 8 completado
Orad sin cesar