Capítulo 7 · 35 min de lectura
Orando en el Espíritu Santo
«Orando en el Espíritu Santo.» Judas 1:20.
Estas palabras aparecen en un pasaje donde el Apóstol señala el contraste entre los impíos y los piadosos. Los impíos se burlan, hablan palabras infladas y arrogantes y andan tras sus concupiscencias impías, mientras que los justos se edifican sobre su santísima fe y se conservan en el amor de Dios. Los impíos manifiestan el veneno de sus corazones murmurando y quejándose, mientras que los justos manifiestan el nuevo principio que hay en ellos «orando en el Espíritu Santo». El impío lleva ajenjo en su boca, mientras que de los labios del cristiano destila la miel virgen de la devoción. Y así como se dice que la araña halla veneno en las mismas flores de las que las abejas chupan miel, así los malvados pervierten para pecado las mismas misericordias que los piadosos usan para la gloria de Dios.
Tan lejos como la luz está de las tinieblas, y la vida de la muerte, así de lejos difiere el creyente del impío. Mantengamos este contraste bien vivo. Mientras los malvados se vuelven aún más malvados, seamos nosotros más santos, más dados a la oración y más devotos, diciendo con el buen y anciano Josué: «Hagan los demás lo que quieran, pero yo y mi casa serviremos al Señor». Observe que el texto ocupa cierto orden dentro de su contexto. Los justos son descritos, ante todo, como edificándose sobre su santísima fe. La fe es la primera Gracia divina, la raíz de la piedad, el fundamento de la santidad, el amanecer de la devoción; a ella debe darse el primer cuidado.
Pero no debemos detenernos en los primeros principios. ¡Adelante es nuestro rumbo! ¿Qué sigue, entonces, tras los pasos de la fe? ¿Cuál es el primogénito de la fe? Cuando la vid de la fe se vuelve vigorosa y produce fruto para santidad, ¿cuál es el primer racimo maduro? ¿No es la oración: «orando en el Espíritu Santo»? No tiene fe quien no tiene oración, y el hombre que abunda en fe pronto abundará en súplica. La fe, la madre, y la oración, la hija, rara vez se apartan la una de la otra. La fe lleva a la Oración en sus brazos, y la Oración extrae vida del pecho de la Fe. La edificación en la fe conduce al fervor en la súplica. Elías manifiesta primero su fe ante los sacerdotes de Baal, y luego se retira a luchar con Dios en el Carmelo.
Estudien nuestro texto con cuidado y vean qué sigue después de «orando en el Espíritu Santo». «Conservaos en el amor de Dios». Junto a la oración viene un sentido permanente del amor de Dios hacia nosotros y el fluir de nuestro amor hacia Dios. La oración edifica un altar y coloca en orden el sacrificio y la leña, y entonces el Amor, como el sacerdote, trae fuego santo del Cielo y hace arder la ofrenda en llamas. La fe es, como hemos dicho, la raíz de la Gracia. La oración es el tallo del lirio, y el amor es la flor inmaculada. La fe ve al Salvador, la oración le sigue hasta la casa, pero el amor quiebra el vaso de alabastro de precioso ungüento y lo derrama sobre su cabeza.
Hay, sin embargo, un paso más allá aun de los santos gozos del amor. Queda una piedra angular que corona el edificio: es el creer con expectación, «esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna». La Esperanza, que ve de lejos, sube la escalera que la Fe ha edificado, y, doblándose sobre las rodillas de la Oración, mira por la ventana que el Amor ha abierto, y ve al Señor Jesucristo viniendo en su gloria y dotando a todo su pueblo de la vida eterna que ha de ser su porción. Vean, pues, el valor de la oración como señal de la posesión de la fe, y como anticipo y sostén de la fuerza y el crecimiento del amor.
Viniendo directamente al texto, notamos que el Apóstol habla de la oración, pero menciona una sola clase de orar. Vistas desde cierto punto, las oraciones son de muchas clases. Supongo que no habría dos oraciones genuinas, de hombres distintos, que fueran exactamente iguales. Los grandes artistas no suelen multiplicar el mismo cuadro; prefieren dar expresión a ideas nuevas cada vez que empuñan el pincel. Y así el Artista Maestro, el Espíritu Santo, que es el Autor de la oración, no suele producir dos oraciones que sean exactamente la misma sobre las tablas del corazón de su pueblo.
Las oraciones pueden dividirse en varios órdenes distintos. Hay la oración deprecatoria, en la que rogamos que se aparte la ira de Dios, y le suplicamos que aleje su ardiente enojo, que retire su vara, que envaine su espada. Las oraciones deprecatorias han de ofrecerse en todo tiempo en que se teme la calamidad, y cuando el pecado ha provocado a celos al Señor. Luego están las oraciones suplicatorias, en las que suplicamos bendiciones e imploramos misericordias de la mano generosa de Dios, y rogamos a nuestro Padre celestial que supla nuestras necesidades conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús. Hay oraciones que son personales, en las que el suplicante intercede principalmente por sí mismo. Y hay ruegos que son intercesorios, en los que, como Abraham, el peticionario intercede por Sodoma, o suplica que Ismael viva delante de Dios.
Estas oraciones por otros han de multiplicarse tanto como las oraciones por nosotros mismos, no sea que hagamos del Propiciatorio un lugar para la exhibición del egoísmo espiritual. La oración puede ser pública o privada, vocal o mental, prolongada o jaculatoria. La oración puede estar sazonada con confesión, o perfumada con acción de gracias. Puede ser cantada con música, o llorada con gemidos. ¡Cuantas son las flores del verano, tantas son las variedades de la oración! Pero, aunque las oraciones sean de estos diversos órdenes, hay un aspecto en el que todas son una sola, si han de ser aceptas delante de Dios: todas ellas han de ser, cada una, «en el Espíritu Santo».
La oración que no es en el Espíritu Santo es en la carne. Lo que es nacido de la carne, carne es, y se nos dice que los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Todo lo que procede de nuestra naturaleza corrompida está contaminado y estropeado, y no puede ser acepto delante del Dios santísimo. Si los cielos no son puros a sus ojos, ¿cómo serán aceptas delante de Él las oraciones que nacen de la tierra? La semilla de la devoción aceptable ha de venir del granero del Cielo. ¡Solo la oración que viene de Dios puede ir a Dios! La paloma solo llevará una carta al palomar del cual salió, y así también la oración volverá al Cielo si del Cielo vino. Hemos de disparar de vuelta al Señor sus propias saetas.
Aquel deseo que Él escribe sobre nuestro corazón moverá su corazón y hará descender una bendición, pero los deseos de la carne no tienen poder alguno con Él. Deseoso de grabar esta gran Verdad de Dios en las mentes de mis hermanos y hermanas esta mañana, usaré las pocas palabras del texto de cinco maneras.
I. Primero, usaremos el texto como un CRISOL en el cual probar nuestras oraciones. ¡Les ruego, examínense a sí mismos con riguroso cuidado! ¡Usen el texto como crisol de refinación, como horno, como piedra de toque o crisol con el cual discernir si sus oraciones han sido verdaderas o no! Esta es la prueba: ¿han sido, en verdad, «orando en el Espíritu Santo»? Hermanos y hermanas, no necesitamos juzgar a los que oran oraciones ininteligibles, oraciones en lengua extraña, oraciones que ellos mismos no entienden. Sabemos, sin necesidad de discutir un instante la cuestión, que la oración que no se entiende no puede ser oración en el Espíritu, pues ni siquiera el propio espíritu del hombre entra en ella; ¿cómo, entonces, podría estar allí el Espíritu de Dios?
¡Las palabras misteriosas o la jerga latina de los sacerdotes no pueden subir delante de Dios con aceptación! Guardemos, pues, nuestro juicio para nosotros mismos. Puede haber presentes algunos que, desde su infancia, han tenido la costumbre de usar una fórmula de oración. Tal vez ustedes no se atreverían a salir a las ocupaciones del día sin haber repetido esa fórmula junto al lecho. Tendrían miedo de dormirse por la noche sin recitar las palabras que se han propuesto repetir. Mis queridos amigos, ¿puedo hacerles la pregunta —tratarán de responderla con honradez? ¿Han orado en el Espíritu Santo? ¿Ha tenido el Espíritu Santo algo que ver con esa fórmula? ¿Les ha hecho realmente sentirla en el corazón? ¿No es posible que hayan burlado a Dios con un sonido solemne sobre una lengua irreflexiva? ¿No es probable que, por la manera descuidada con que uno llega a repetir una fórmula bien conocida, no haya en ella corazón alguno, ni un ápice de sinceridad?
¿No aborrece Dios el sacrificio donde no se halla el corazón? ¡Sería cosa muy triste que hubiéramos aumentado nuestros pecados con nuestras oraciones! ¡Sería un hecho muy desdichado que resultara que, cuando doblamos la rodilla en lo que creíamos ser el servicio de Dios, en realidad estábamos insultando al Dios del Cielo al pronunciar palabras que no podían menos que serle repugnantes, porque nuestro corazón no acompañaba a nuestros labios! Tengamos por seguro que, si durante setenta años hemos cumplido puntualmente nuestras devociones usando el libro, o la fórmula que hemos aprendido, es posible que, en los setenta años enteros, jamás hayamos orado ni una sola vez. Y durante todo ese tiempo podemos haber vivido, a los ojos de Dios, una vida impía y sin oración, porque nunca hemos adorado a Dios, que es Espíritu, en espíritu y en verdad, ¡y nunca hemos orado en el Espíritu Santo! ¡Júzguense a sí mismos, hermanos y hermanas, para que no sean juzgados!
Pero, ¿no hay otros entre nosotros que jamás usamos una oración escrita? ¿Que desde nuestra más tierna niñez hemos rehuido, y aun aborrecido, las fórmulas de oración, y que, sin embargo, tenemos buena razón para probar nuestra oración tanto como los demás? Hemos proferido expresiones improvisadas, y esas expresiones improvisadas requerían necesariamente algún pequeño ejercicio de la mente, alguna pequeña atención; pero, aun así, podemos haber estado sin corazón en ellas. Supongo que bien sabemos que podemos caer en tal hábito de oración improvisada que resulte muy poco o nada mejor que si repitiéramos lo que hemos aprendido. Puede adquirirse por la práctica tal fluidez que el discurso de uno fluya sin cesar por cinco o diez minutos, o un cuarto de hora, ¡y sin embargo el corazón ande errante en la vanidad o estancado en la indiferencia! El cuerpo puede estar de rodillas, pero el alma en sus alas, lejos del Propiciatorio.
Examinemos hasta qué punto nuestras oraciones públicas han sido en el Espíritu Santo. El predicador que aquí está de pie ruega a Dios que le escudriñe en este asunto. Si él ha cumplido meramente el oficio de la oración pública porque es su deber oficial dirigir las devociones de la congregación, mucho tiene de qué dar cuenta delante de Dios; ¡dirigir las devociones de esta gran multitud sin buscar la ayuda del Espíritu Santo no es pecado leve! ¿Y qué se dirá de las oraciones en las Reuniones de Oración? ¿No son muchas de ellas meras palabras? ¡Mejor sería que nuestros amigos no hablaran en absoluto, antes que hablar en la carne!
Estoy seguro de que la única oración a la que puede unirse el oyente devoto, y que es acepta delante de Dios, es la que verdaderamente es oración del corazón —oración del alma, en efecto—, una oración que el Espíritu Santo nos mueve a orar. Todo lo demás es dar golpes al aire y ocupar el tiempo en vano. Hermanos míos, doy gracias a Dios de que haya tantos de ustedes en relación con esta Iglesia que están dotados para la oración, y quisiera que todo miembro de toda Iglesia cristiana pudiera orar en público. Todos ustedes deberían procurarlo, y ninguno debería abandonarlo, a menos que llegue a ser una imposibilidad absoluta. Pero, oh, hermanos míos que oran en público, ¿no será a veces con ustedes como con otros de nosotros: el ejercicio del don y no el fluir de la Gracia divina? Y si así fuere, pidan al Señor que les perdone tal orar y les capacite para esperar en Él en el poder del Espíritu Santo.
No debemos olvidar escudriñar nuestras oraciones más privadas, nuestras súplicas en el altar familiar y, sobre todo, nuestras oraciones en aquel pequeño aposento que hemos dedicado a la comunión con Dios. ¡Oh hermanos y hermanas, bien podríamos hastiarnos de nuestras oraciones si tan solo viéramos qué cosa tan pobre son! Hay ocasiones en que es cosa dulce y bendita asirse de los cuernos del altar y sentir que la sangre que rocía el altar les ha rociado a ustedes; ¡que han hablado con Dios y han prevalecido! ¡Oh, es cosa bendita aferrarse al Ángel del Pacto, y luchar con Él hora tras hora, diciendo: «No te dejaré, si no me bendices»! Pero temo que estas no son cosas constantes. Podemos decir de ellas que son visitas de ángeles, raras y espaciadas.
Vengan, hermanos míos, echen sus oraciones en este crisol de «orar en el Espíritu Santo». Echarán en él mucho metal, pero saldrá poco oro fino. Vengan y pongan sus oraciones sobre esta era, y tríllenlas con este texto: «orar en el Espíritu Santo». ¡Y oh, cuánta paja y cuánto tamo habrá, y qué poco del grano bien aventado! ¡Vengan y miren por esta ventana los campos de nuestras devociones, cubiertos de ortigas, zarzas y cardos: un desierto de meros ejercicios exteriores! ¡Y qué pequeña aquella parcela, cercada por la Gracia, que Dios el Espíritu Santo mismo ha desbrozado, cavado y plantado, de la cual el fruto de la oración ha sido llevado hasta la perfección!
¡Que nuestro Padre celestial nos enseñe a ser humildes en su Presencia, al reflexionar cuán poco, aun de nuestras mejores cosas, resistirá la prueba de sus ojos escudriñadores; y que aquellos de nosotros que somos sus santos vengamos a Él de nuevo, y le pidamos que nos llene de su Espíritu, y que nos acepte en su Hijo!
II. Usaremos a continuación el texto como un CORDIAL. Es reflexión muy deleitosa para la mente cristiana que Dios observa a su pueblo y no se sienta como espectador indiferente de sus conflictos y dificultades. Por ejemplo, Él nos observa de cerca en nuestras oraciones. Sabe que la oración, aunque debiera ser la cosa más fácil del mundo, no lo es. Sabe que nosotros, los errantes, no siempre hallamos fácil acercarnos a Él en el verdadero espíritu de súplica, y esto lo observa con condescendiente compasión. Precioso versículo es aquel para los corazones muy débiles y quebrantados: «Él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo». Y aquel otro: «Como el padre se compadece de los hijos, así se compadece el Señor de los que le temen».
Él toma nota de nuestras flaquezas y de nuestros fracasos en la obra de la súplica. Ve caer a su hijo cuando intenta andar, y advierte las lágrimas con que este llora su debilidad. «Los ojos del Señor están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos». Un pensamiento aún más dulce queda en el texto, a saber, que, habiendo considerado estos fracasos nuestros, muchos de los cuales son pecaminosos, nuestro Señor no se enoja con nosotros a causa de ellos. Y en lugar de volverse a ira, es movido a compasión por nosotros y a amor hacia nosotros. En lugar de decir: «Si no puedes orar, no tendrás. Si no tienes
Gracia suficiente ni siquiera para pedir como es debido, cerraré contra ti las puertas de la misericordia». ¡No, más bien Él idea medios para traer al cojo y al desterrado a su Presencia! ¡Enseña al ignorante a orar y fortalece al débil con su propia fuerza!
En esto también hace maravillas, pues los medios con que socorre nuestra debilidad son sumamente admirables. Ese socorro no se halla en un libro, ni en el dictado de ciertas palabras en ciertos lugares consagrados, sino en la asistencia condescendiente de Dios mismo; pues, ¿quién es Aquel de quien se habla en el texto, sino Dios? ¡El Espíritu Santo, la tercera Persona de la adorable Trinidad, ayuda nuestras debilidades, intercediendo por nosotros con gemidos indecibles! ¡Es señal de asombrosa condescendencia que Dios no solo responda a nuestras oraciones cuando se hacen, sino que haga nuestras oraciones por nosotros! Que el Rey diga al peticionario: «Presenta tu causa delante de mí, y concederé tu deseo», es bondad. ¡Pero que Él diga: «Yo seré tu secretario. Yo redactaré tu petición por ti. La pondré en palabras adecuadas y usaré frases apropiadas, para que tu petición quede formulada de modo aceptable», esto es la bondad llevada a su máxima extensión!
Y esto es precisamente lo que el Espíritu Santo hace por nosotros, pobres, ignorantes, vacilantes y débiles hijos de los hombres. He de entender, por la expresión «orando en el Espíritu Santo», que el Espíritu Santo está realmente dispuesto a ayudarme a orar, ¡que Él me dirá cómo orar! Y que, cuando llegue a un punto en que me detenga y no pueda expresar mis deseos, Él aparecerá en mi extremidad e intercederá en mí con gemidos indecibles. A Jesús, en su agonía, le fortaleció un ángel; ¡a ustedes ha de socorrerles Dios mismo! Aarón y Hur sostuvieron las manos de Moisés, ¡pero el Espíritu Santo mismo ayuda sus debilidades!
¡Mis amados hermanos y hermanas en Cristo, el pensamiento no necesita adorno de expresiones oratorias! Tómenlo como una barra de oro de Ofir y vallórenlo. No tiene precio, está por encima de todo precio. Dios mismo, el Espíritu Santo, condesciende a asistirles cuando están de rodillas, y si no pueden juntar dos palabras en el habla común con los hombres, ¡Él les ayudará a hablar con Dios! Ah, y si en el Propiciatorio les faltan las palabras, no les faltará la realidad, porque su corazón vencerá. Dios no necesita palabras. Nunca lee nuestras peticiones según la expresión externa, sino según el gemido interior. Nota el anhelo, el deseo, el suspiro, el clamor.
Recuerden que lo externo de la oración no es sino la cáscara; lo interno de la oración es su verdadero grano y esencia. Si la oración es llevada al Cielo en el canto de la multitud, con el oleaje de música gloriosa, no es ni una pizca más acepta a Dios que cuando es gemida en el amargo clamor de angustia de un espíritu desolado. Aquel clamor, tan discordante a los oídos humanos, es música a los oídos de Dios:
«Para Él hay música en un suspiro, y hermosura en una lágrima». Noten esto, pues, y consuélense.
III. El texto puede servir además como una CARTA DE NAVEGACIÓN para dirigirnos en el camino de la oración. Aquí necesitaré hablar con mayor extensión. ¿Orar cómo? ¿Con el libro? ¿Sin libro? ¿En público? ¿En privado? ¿De camino? ¿En casa? ¿De rodillas? ¿De pie? ¿Sentados? ¿Arrodillados? ¡Nada se dice de esto! La postura, el lugar y el tiempo quedan todos abiertos. No hay más rúbrica que una: «en el Espíritu Santo».
Eso es indispensable. Concedido eso, ninguna otra cosa importa ni una pizca. Si es orar en el Espíritu Santo, todo lo demás puede ser como ustedes quieran. ¿Qué significa orar en el Espíritu Santo? La palabra puede traducirse «por el Espíritu Santo», o «mediante el Espíritu Santo», tanto como «en el Espíritu Santo». Y la frase significa, primero, orar en el poder del Espíritu Santo. La mente carnal no sabe nada de esto. Igual me daría expresarme en alto alemán que en castellano sobre este punto a un hombre no regenerado. Pero los hombres regenerados, que son nacidos del Espíritu y viven en el mundo del Espíritu, tienen conciencia de las comunicaciones entre su espíritu y el Espíritu Santo, que ahora reside en medio de la Iglesia de Dios.
Sabemos que el Espíritu divino, sin el uso de sonidos, habla en nuestros corazones. Sabemos que, sin una expresión que los oídos puedan oír, Él puede hacer que nuestra alma conozca su Presencia y entienda su sentido. Extiende sobre nosotros la sombra espiritual de su influencia, coloreando nuestros pensamientos y sentimientos conforme a su propio designio y voluntad. Es un gran hecho espiritual, que el cristiano sabe con certeza, que el Espíritu Santo, el Espíritu divino, trata con frecuencia con las mentes espirituales y les imparte su poder. Nuestro espíritu recién nacido tiene en sí cierto grado de poder, pero ese poder nunca se manifiesta ni se despliega plenamente, sino cuando el Espíritu de Dios vivifica nuestro espíritu y lo excita a la actividad.
Nuestro espíritu ora, pero es porque está cubierto y lleno del poder del Espíritu Santo. No puedo explicarme del todo ahora, pero quiero decir esto: que si yo, como hombre, pudiera ir al Trono de la Gracia y orar solo como oraría mi naturaleza carnal, esa oración sería inaceptable. Pero cuando voy al Propiciatorio y mi nueva naturaleza ora como el Espíritu Santo me capacita para orar, entonces mi oración tendrá éxito con Dios. Si hago delante de Dios, ante el trono, lo que la carne y la sangre pueden hacer, y nada más, no he hecho nada; porque lo que es de la carne no se eleva más alto que la carne.
Pero si, al venir ante el Trono de la Gracia celestial, el Espíritu eterno de Dios habla a mi alma y la levanta del nivel muerto de la humanidad caída. Y si la eleva para ser llena de fuerza divina; si ese Espíritu es en mí una fuente de agua que salta para vida eterna; si recibo esa luz y ese poder divinos del Espíritu Santo; y si en su poder me acerco fervientemente a Dios, ¡mi oración ha de prevalecer con Dios! Este poder puede poseerlo todo cristiano. ¡Que Dios lo conceda ahora a todo su pueblo, para que todos oren en el Espíritu!
Ese, creo, es uno de los sentidos del texto: orar en el poder del Espíritu. Sin duda, el sentido principal del texto es orar en el Espíritu en cuanto a la materia. No siempre sabemos qué pedir, y, hermanos y hermanas, si nos abstuviéramos de orar por unos minutos hasta saberlo, sería regla buena y sabia. El hábito en que hemos caído, al orar de improviso, de orar siempre directamente lo que estamos pidiendo, sin una pausa de un instante en que pensar qué vamos a pedir, es muy perjudicial para el espíritu de la oración. Me gustaría, cuando estoy a solas, tomar unos minutos para considerar qué voy a pedir a Dios, pues de otro modo me parece que es como buscar una audiencia con uno de los oficiales del Estado para pedirle algo que se nos ocurriera en el momento.
¿Cómo les gustaría tener una audiencia con Lord Derby, y luego considerar de repente a qué habían venido? Sin duda el sentido común diría: Detengámonos un momento, hasta tener nuestro caso trazado en nuestra propia mente, y entonces, cuando sepamos claramente qué es lo que queremos, podremos pedir lo que necesitamos. ¿No deberíamos esperar en Dios en oración, pidiéndole que nos revele cuáles son aquellos asuntos acerca de los cuales debemos suplicarle? ¡Guárdense de las oraciones al azar! Nunca hagan de la súplica una obra hecha a la ligera. Vengan al Trono de la Gracia entendiendo con inteligencia qué es lo que necesitan.
Bien nos va en la oración cuando el Espíritu Santo guía la mente. ¿No son conscientes de esto todos los hombres espirituales: que se sienten cerrados en cuanto a ciertos asuntos, y libres solo en otra dirección? Obedezcan, pues, al Espíritu Santo y oren como Él dirige, porque Él sabe cuál debe ser nuestra petición. Y bien, ¿entonces qué? Mis queridos hermanos y hermanas, oren por aquello que Dios el Espíritu les mueve a orar, y sean muy sensibles a la influencia del Espíritu Santo. Me agrada una metáfora que usa Thomas Shillitoe en su Vida, cuando dice que deseaba que su propia mente fuera como un corcho sobre el agua, consciente de cada movimiento del Espíritu de Dios. Bueno sería ser tan sensibles al Espíritu de Dios que su más leve soplo causara una onda en el mar de nuestra alma y la hiciera moverse como el Espíritu quisiera.
Hemos alcanzado un alto estado de santificación cuando Dios el Espíritu y nuestro propio espíritu interior están en perfecto acuerdo. ¡Que seamos llevados a ese estado indeciblemente bendito! No oramos rectamente si pensamos qué es lo que queremos y deseamos, y luego lo pedimos con obstinación egoísta. Oramos rectamente cuando consentimos en aquello que es el sentir del Espíritu, y hablamos como Él nos mueve a hablar. Seremos ciertamente enriquecidos con bienes cuando esperemos recibir de Él la materia misma de nuestras súplicas. ¡Señor, enséñanos a orar! Pon los pensamientos en nuestras mentes, los deseos en nuestros corazones, y las palabras mismas en nuestros labios, si es tu voluntad, para que todas nuestras oraciones sean orar en el Espíritu y no en la carne.
La parte principal de orar en el Espíritu ha de radicar no meramente en el poder del Espíritu, ni en que el Espíritu nos enseñe la materia, sino en que el Espíritu nos asista en la manera. Observen, hermanos y hermanas, las muchas maneras de orar que son detestables a Dios; ¡obsérvenlas y evítenlas! No hay más que una manera de orar que el Señor acepta. Ustedes saben cuál es. Describiré brevemente sus atributos. El que viene a Dios debe recordar que Él es «Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren, porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren». Lo primero esencial de la oración es orar en verdad, y no oramos en verdad a menos que el Espíritu de Dios lleve nuestras mentes vanas a la sinceridad y realidad de la devoción.
Orar en verdad es esto: no es usar la expresión vacía de la oración, sino sentir de veras lo que decimos. Es que el corazón agonice con Dios y se agite con fuertes deseos. Y ¿dónde obtendrán ustedes tal manera de orar, sino en el hombre espiritual, cuando es movido por el Espíritu Santo? El hombre carnal, si es bastante necio, puede entonar una oración. El hombre carnal puede «leer el oficio» y «cumplir con el deber» tan bien como cualquiera que sepa leer un libro, ¡pero no está orando! Ninguna oración puede venir de él. Solo el hombre espiritual puede suspirar y anhelar, y clamar en lo más íntimo de su corazón, y en la cámara de su alma delante de Dios; pero no lo hará sino cuando el Espíritu de Verdad le lleve, en sinceridad, al secreto de la oración del corazón.
Orar en el Espíritu Santo es orar con fervor. Las oraciones frías, hermanos y hermanas míos, ¡le piden al Señor que no las oiga! Los que no suplican con fervor, no suplican en absoluto. ¡Lo mismo daría hablar de fuego tibio que de oración tibia! Es esencial que esté al rojo vivo. La verdadera oración se graba, como con hierro candente, en el alma del hombre, y entonces brota del alma del hombre como brasas de enebro que tienen un calor vehementísimo. Tales oraciones nadie sino el Espíritu Santo puede darlas. He oído desde este lugar oraciones que jamás podré olvidar, ni ustedes las olvidarán tampoco.
El pasado enero y febrero hubo ocasiones en que ciertos de nuestros hermanos fueron ayudados a orar con tal poder que fuimos abatidos en humillación, ¡y después levantados como sobre alas de águila en el poder de la súplica! Hay una manera de orar con poder en la cual el hombre parece asirse de los postes de la puerta del Cielo, como Sansón asió las columnas del templo, y parece que fuera a derribarlo todo sobre sí mismo antes que perder la bendición. Es cosa valiente que el corazón haga voto: «No te dejaré, si no me bendices». Eso es orar en el Espíritu Santo. ¡Que seamos instruidos en el arte de ofrecer oración eficaz y ferviente!
Después de eso, es esencial en la oración que oremos con perseverancia. Cualquier hombre puede correr aprisa en un arranque, pero mantenerlo milla tras milla: ¡ahí está la batalla! Y así, ciertos espíritus ardientes pueden orar muy fervientemente de vez en cuando, pero perseverar en la oración: ¿quién hará esto, sino aquel a quien sostiene el Espíritu de Dios? Los espíritus mortales desfallecen y se cansan. El curso de la mera devoción carnal es como el curso del caracol que se deshace mientras se arrastra. Las mentes carnales avanzan, y su devoción se va haciendo pequeña por grados, y miserablemente menor, mientras claman: «¡Qué fastidio es esto!». Pero cuando el Espíritu Santo llena a un hombre y le conduce a la oración, este cobra fuerza a medida que avanza, ¡y se vuelve más ferviente aun cuando Dios tarda en responder! ¡Cuanto más tiempo permanece cerrada la puerta, con más vehemencia usa el aldabón, hasta que truena en su oración! Y cuanto más se demora el Ángel, más resuelto está en que, si le ase con abrazo de muerte, jamás le dejará ir sin la bendición.
Hermosa a los ojos de Dios es la importunidad llorosa y, sin embargo, invencible. Jesús se deleita en ser asido por aquel que dice: «No puedo aceptar un no por respuesta; esta bendición he de tenerla, porque tú la has prometido y tú me has enseñado a pedirla, y no creeré que tú puedas desmentirte a ti mismo». Ciertamente hemos de tener al Espíritu Santo para que nos ayude a orar así. Orando en el Espíritu, oraremos con seguridad en un santo estado de ánimo. Hermanos y hermanas, ¿se distraen alguna vez en su mente? «Ah», dicen ustedes, «me pregunto cuándo no». Me atrevo a decir que ustedes han entrado en esta casa cargados y, sin embargo, por el camino iban diciendo: «Este es un domingo bendito; siento que tengo la Presencia de Dios».
Entonces algún necio chismoso les salió al encuentro en las gradas y les contó un cuento ocioso que les distrajo. Puede que hasta se sienten aquí tranquilamente, y entonces el recuerdo de un hijo en casa, o la memoria de lo que alguien dijo hace unas seis semanas, perturbe su mente de modo que no puedan orar. Pero cuando viene el Espíritu Santo, toma un azote de cuerdas y echa fuera del templo a estos que compran y venden, y lo deja despejado para Dios. Y entonces pueden venir con un estado de ánimo santo y devoto, fijos y establecidos en su gran objetivo de acercarse a Dios. Esto es acercarse a Él en el Espíritu. ¡Oh, quién tuviera más de esta bendita, imperturbable devoción!
No podría, sin embargo, terminar la descripción de orar en el Espíritu si no dijera que significa orar con humildad, porque el Espíritu Santo nunca nos hincha de orgullo. Él es el Espíritu que convence de pecado y así nos inclina en contrición y quebranto de espíritu. Debemos orar delante de Dios como el humilde publicano, o nunca saldremos justificados como él salió. ¡Nunca cantaremos el Gloria in Excelsis si no oramos a Dios De Profundis; de lo profundo hemos de clamar, o nunca veremos la gloria en las alturas! La verdadera oración ha de ser oración amorosa, si es orar en el Espíritu Santo. La oración debe estar perfumada de amor, saturada de amor: amor a nuestros consiervos santos, y amor a Cristo. Además, ha de ser una oración llena de fe. La oración eficaz y ferviente del hombre prevalece solo en la medida en que él cree en Dios, y el Espíritu Santo es el Autor de la fe en nosotros, y la nutre y fortalece, de modo que oramos creyendo las promesas de Dios.
¡Oh, que esta bendita combinación de Gracias excelentes, preciosas y dulces como las especias del mercader, sea fragante dentro de nosotros, porque el poder del Espíritu Santo es derramado en nuestros corazones! El tiempo me falta; por tanto, debo prescindir de una descripción completa de lo que es orar en el Espíritu Santo, pero espero que ustedes lo posean y así lo entiendan.
IV. En cuarto lugar, usaré el texto como un QUERUBÍN para proclamar nuestro éxito en la oración. Orar en el Espíritu: ¡palabras benditas! Entonces, con tal oración, es certeza absoluta que he de tener éxito con Dios en la oración. Si mi oración fuera mi propia oración, tal vez no estaría tan seguro de ella. Pero si la oración que profiero es la propia oración de Dios escrita en mi alma, Dios es siempre Uno consigo mismo, y lo que Él escribe en el corazón solo está escrito allí porque está escrito en sus propósitos.
Dice un antiguo teólogo que la oración es la sombra de la Omnipotencia. Nuestra voluntad, cuando Dios el Espíritu Santo la influye, es el indicador de la voluntad de Dios. ¡Cuando el pueblo de Dios ora, es porque la bendición viene, y sus oraciones son la sombra de la bendición que llega! Tengan por seguro esto, hermanos y hermanas: ¡Dios jamás se desmintió a sí mismo! Nunca contradijo en un lugar lo que dijo en otro. Ustedes y yo podemos contradecirnos, no solo por falta de veracidad, sino aun por flaqueza.
Puede que no seamos capaces de mantener nuestra palabra, y puede que olvidemos lo que dijimos, y así en otro lugar digamos algo que la contradiga; pero Dios no es enfermo en cuanto a la memoria, ni mudable en cuanto a la voluntad. Lo que prometió ayer, lo cumple hoy. Lo que dijo en un lugar, lo declara en otro. Así pues, si Dios dijo en mi corazón: «Ora por fulano de tal», es porque lo ha dicho en el libro de sus decretos. El escribir del Espíritu de Dios en el corazón siempre concuerda con lo escrito del destino en el libro del eterno propósito de Dios. ¡Tengan por seguro que no pueden menos que triunfar cuando han puesto su alma, como una hoja de papel, delante del Señor, y le han pedido que escriba sobre ella! Entonces ya no es meramente su propia oración, sino el Espíritu intercediendo en ustedes conforme a la voluntad de Dios.
En tal momento no necesitan decir: «Espero que Dios responda la oración». Él lo hará; está comprometido a hacerlo. Es una especie de incredulidad decir: «No sé si el Señor es fiel a su promesa o no, pero espero que lo sea». ¡Él es fiel! Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso. ¡Oh, si más de ustedes le probaran como algunos de nosotros nos hemos visto obligados a hacerlo, tendrían que alzar las manos de asombro y decir: «En verdad, sea lo que sea que no sea un hecho, es un hecho que Dios, que se sienta en los cielos más altos, escucha los clamores de su pueblo, y les da conforme al deseo de su corazón»! Si el Espíritu les enseña a orar, tan cierto es como que dos por dos son cuatro que Dios les dará lo que buscan.
V. Por último, usaré el texto, en conclusión, como un CARRO en el cual llevar adelante nuestras propias almas en el deleitoso ejercicio de la oración. El ejercicio que se nos ha asignado hoy y mañana es el de orar en el Espíritu. Hermanos y hermanas, es deleitoso para algunos de nosotros creer que el Espíritu de Dios es el Autor de la gran ola de oración que ahora rompe sobre las Iglesias a las que pertenecemos. No fue de nuestra invención ni de nuestro plan, sino que fue el movimiento del Espíritu Santo de Dios sobre unos pocos hermanos que desearon pasar un día en oración solemne, ¡y hallaron en ello tal bendición que no pudieron menos que contárselo a otros!
Entonces, otros se movieron espontáneamente, y sin una palabra de oposición ni diferencia de parecer, todos dijeron: «Amén. Reunámonos también nosotros para orar». Se dio a nuestra denominación el espíritu de bondad fraternal, de unanimidad y de amor, y luego un espíritu de ferviente deseo de hacer descender de Dios una bendición. Hemos conocido el tiempo en que no era así. Hemos conocido el tiempo en que un día de ayuno y oración, si no despreciado, al menos no habría sido apreciado como lo será ahora. Somos de un mismo corazón en este asunto, y sé, por comunicaciones con muchos hombres cristianos, que muchos del pueblo de Dios ya se sienten como si estuvieran singularmente en oración; como si ya no fuera esfuerzo orar, sino como si fuera su mismo aliento exhalar ahora deseos anhelantes por el avivamiento de los santos y la recolección de los pecadores.
Hermanos y hermanas de esta Iglesia, ustedes han tenido la Presencia de Dios. Por muchos años han sido favorecidos con mucho de «orar en el Espíritu Santo», y han visto con sus propios ojos las grandes cosas que Dios ha hecho en respuesta a la súplica. ¿Se echará atrás ahora alguno de ustedes? ¿Habrá un solo hombre, hoy o mañana, que no sea ferviente en la oración? ¿Habrá un solo hombre, o siquiera un solo niño en unión con esta Iglesia, que sea tibio en la oración? Yo diría: No pequen contra el Señor absteniéndose de subir al Propiciatorio con sus hermanos y hermanas. No ofendan al Señor, de modo que Él les prive de la bendición porque ustedes se privan de participar en el ejercicio.
Mis queridos amigos, fue cuando estaban todos reunidos unánimes en un mismo lugar que de repente oyeron el estruendo como de un viento recio que soplaba. No podemos estar todos en un mismo lugar, pero, sea como sea, estemos todos unánimes. ¿Qué? ¿Dicen ustedes que no tienen nada por qué orar? ¿Qué? ¿Ningún hijo sin convertir, ningún amigo sin salvar, ningún vecino que aún esté en tinieblas? ¿Qué? ¿Vivir en Londres y no orar por los pecadores? ¿Dónde viven ustedes? ¿Acaso en algún vasto desierto, en medio de «alguna ilimitada extensión de sombra», donde jamás ha llegado a su oído rumor de pecado y de ignorancia? ¡No, ustedes viven en medio de millones, millones de impíos! ¡Millones que desprecian al Dios que los hizo! ¡Millones que desprecian el Evangelio de Cristo!
¡Millones, no miles! ¡Oigan esa palabra y vean si pueden decir su significado! ¡Millones que viven sin Dios y sin esperanza, y que descienden al Infierno! Tenemos también, por todo el reino, males peligrosos que se propagan. ¿Necesito recordárselos de continuo? ¡La incredulidad ciñendo la mitra, y el papado usurpando el lugar del protestantismo! ¡Son asaltados por el lobo y el león, la serpiente y el oso! ¡Toda forma de mal está saliendo a atacar a la
Iglesia. ¿No orar? Si ustedes no oran, ¿diré: Sufran ustedes por su negligencia? No, no me atrevo en lo más mínimo a hablar como si imprecara una maldición sobre ustedes, pero el ay vendrá sobre ustedes, ¡ténganlo por seguro! Si no lo digo yo, lo dirá Dios en esta misma hora: «Maldecid a Meroz, dijo el Señor, porque no vinieron al socorro del Señor, al socorro del Señor contra los fuertes».
No les estamos pidiendo, en este caso, que contribuyan de su riqueza. Si lo hiciéramos, el Señor Jesús tiene derecho a ella, y ustedes deberían darla de buena gana. Tampoco les estamos pidiendo a todos ustedes que prediquen hoy. Si lo hiciéramos, algunos de ustedes podrían ser excusados por falta de capacidad. ¡Pero reclamamos sus oraciones, y no se nos ha de negar! ¿No son capaces de orar? Entonces están sin gracia, sin Cristo, sin esperanza, perdidos, ¡y no les pediré que se unan a nosotros! Pero les pido que primero vayan a Dios por ustedes mismos. Y si son cristianos, pueden orar. La pobreza no los hace pobres en la oración. La falta de educación no tiene por qué estorbarles de rodillas. La falta de posición y rango en la sociedad no será obstáculo cuando traten con Dios, ¡que oye al pobre cuando clama y le responde con largueza de Gracia divina!
Hermanos y hermanas, si aman a Cristo, si alguna vez sintieron su amor derramado en su corazón. Si han sido lavados en su sangre. Si han sido salvados de la ira por medio de Él. Si son nuevas criaturas en Él. Si esperan ver su rostro con aceptación en el día final, ¡bien podría plantearlo como una exigencia! Pero se lo insto como un ruego fraternal: ¡únanse a nosotros en orar en el Espíritu Santo! ¿Se echará atrás alguno? Tengan cuidado, pues, si rehúsan unirse a sus hermanos en la oración, ¡no sea que, cuando escojan clamar, se hallen estrechados y encerrados en prisión! Cuídense, no sea que, por rehusar orar ahora que el Espíritu de Dios ha venido, después se sientan privados de la Presencia consoladora del Espíritu Santo y hallen que la dulzura de la devoción se ha apartado de ustedes.
El Señor envíe una bendición. Él ha de enviarla; ¡nuestros corazones se quebrantarán si no lo hace! Sentimos que viene. Hemos asido la promesa. ¡Hemos suplicado al Señor! ¡Hemos alegado la sangre de Jesús! ¡La estamos alegando ahora! Nos proponemos continuar en tal ruego hasta que venga la bendición, ¡y podemos confiar en que pronto descenderá la lluvia celestial! Él no ha dicho a la descendencia de Jacob: «En vano me buscáis». Hermanos y hermanas, tengan esperanza, ¡y unámonos unánimemente en orar en el Espíritu Santo!
Que el Señor los bendiga, queridos amigos, en este respecto, por amor de Jesús.
Capítulo 7 completado
Orando en el Espíritu Santo