Gran poder en la oración
Las condiciones del poder en la oración

Capítulo 6 · 35 min de lectura

Las condiciones del poder en la oración

«Y cualquier cosa que pidamos, la recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él. Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado. Y el que guarda sus mandamientos permanece en él, y él en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado.» 1 Juan 3:22-24.

PENSÉ dirigirme a ustedes esta mañana sobre la importancia de la oración, y me propuse con toda seriedad animarlos a orar por mí y por la obra del Señor en este lugar. En verdad, no creo que hubiera podido tener un tema de mayor peso, ni uno que pese más sobre mi alma. Si solo se me permitiera dirigirles una única petición, sería esta: «Hermanos, orad por nosotros». ¿De qué sirve nuestro ministerio sin la bendición divina, y cómo podemos esperar la bendición divina si la iglesia de Dios no la busca? Lo diría incluso con lágrimas: «Hermanos, orad por nosotros». No retengan la oración; al contrario, sean abundantes en intercesión, porque así, y solo así, puede crecer, o siquiera continuar, nuestra prosperidad como iglesia.

Pero entonces me surgió la pregunta: ¿y si hubiera algo en la iglesia que impidiera que nuestras oraciones fueran atendidas? Esa es una pregunta importante, y una que debe considerarse con la mayor seriedad antes incluso de exhortarlos a la intercesión. Como ya nos ha enseñado el primer capítulo de Isaías, las oraciones de un pueblo impío pronto se vuelven abominación para Dios. «Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré.» Las iglesias pueden caer en tal estado que sus devociones lleguen a ser iniquidad. «La asamblea solemne misma» será una carga para el Señor. Puede haber en el corazón de cualquiera de nosotros males que hagan imposible que Dios, en consonancia con su propio carácter y atributos, atienda nuestras intercesiones.

Si miramos la iniquidad en nuestro corazón, el Señor no nos oirá. Según nuestro texto, hay algunas cosas que son esenciales para prevalecer en la oración. Dios oirá toda oración verdadera, pero hay ciertas cosas que el pueblo de Dios debe poseer, o de lo contrario sus oraciones no darán en el blanco. El texto nos dice: «Cualquier cosa que pidamos, la recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de él.» Ahora bien, esta mañana el tema que consideraremos serán los elementos esenciales del poder en la oración —lo que debemos hacer, lo que debemos ser, lo que debemos tener— si hemos de prevalecer habitualmente con Dios en oración, como un hecho constante. Aprendamos a llegar a ser como Elías y Jacob.

I. Comenzaré, en primer lugar, considerando LOS ELEMENTOS ESENCIALES DEL PODER EN LA ORACIÓN. Debemos hacer algunas distinciones desde el principio. Entiendo que hay una gran diferencia entre la oración de un alma que busca misericordia y la oración de un hombre que ya es salvo. Diría a toda persona aquí presente, cualquiera que sea su carácter: si usted busca sinceramente la misericordia de Dios por medio de Jesucristo, la obtendrá. Cualquiera que haya sido su condición de vida anterior, si ahora, con arrepentimiento, busca el rostro del Señor por medio del Mediador designado, él se dejará hallar de usted.

Si el Espíritu Santo le ha enseñado a orar, no vacile más, sino corra a la cruz y allí descanse su alma culpable en Jesús. No conozco más requisito para la primera oración del pecador que la sinceridad; pero debemos hablar de otra manera a quienes de ustedes son salvos. Ustedes han llegado ahora a ser el pueblo de Dios, y aunque serán oídos igual que sería oído el pecador, y hallarán a diario la gracia necesaria que todo buscador recibe en respuesta a la oración, sin embargo son ahora hijos de Dios y están bajo una disciplina especial, propia de la familia regenerada. En esa disciplina, las respuestas a la oración ocupan un lugar elevado y son de eminente utilidad.

Hay algo de que el creyente puede gozar por encima de la mera salvación. Hay misericordias, bendiciones, consuelos y favores que hacen su vida presente útil, feliz y honrosa. Y estos los tendrá con independencia de su carácter. No son cuestiones vitales en cuanto a la salvación: el creyente los posee incondicionalmente, pues son bendiciones del pacto. Pero ahora nos referimos a las honras y los manjares de la casa, que se conceden o se retienen según nuestra obediencia como hijos del Señor. Si usted descuida las condiciones que van unidas a ellos, su Padre celestial se los retendrá. Las bendiciones esenciales del pacto de gracia permanecen sin condición; la invitación a buscar misericordia se dirige a quienes no tienen requisito alguno, salvo su necesidad.

Pero entre en la familia divina como hombres y mujeres salvos, y hallará que otras bendiciones escogidas se conceden o se retienen según nuestra atención a las reglas del Señor en su familia. Para dar una ilustración común: si una persona hambrienta estuviera a su puerta y le pidiera pan, usted se lo daría fuese cual fuese su carácter. También dará usted alimento a su hijo, cualquiera que sea su conducta; no le negará a su hijo nada de lo necesario para la vida. Nunca emprendería contra él ninguna clase de disciplina que llegara a negarle su alimento necesario, o una prenda que lo abrigue del frío. Pero hay muchas otras cosas que su hijo puede desear, y que usted le dará si es obediente, y no le dará si se le rebela. Entiendo que esto ilustra hasta dónde llevará este asunto el gobierno paternal de Dios, y hasta dónde no.

Comprenda, además, que el texto no se refiere tanto a que Dios oiga de vez en cuando una oración de sus siervos, pues eso lo hará, aun cuando sus siervos anden desviados de él y él les esconda su rostro. El poder en la oración que aquí se pretende es un poder continuo y absoluto para con Dios, de modo que, por citar las palabras del texto, «cualquier cosa que le pidamos, la recibimos». Para esta oración hay ciertos requisitos y elementos esenciales de los que ahora hemos de hablar, y el primero es la obediencia filial: «Cualquier cosa que pidamos, la recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos.» Si carecemos de esto, el Señor puede decirnos, como dijo a su pueblo Israel: «Me habéis dejado, y habéis servido a dioses ajenos; por tanto, yo no os libraré más. Andad y clamad a los dioses que os habéis escogido.»

Cualquier padre le dirá que conceder la petición de un hijo desobediente sería fomentar la rebelión en la familia y hacerle imposible gobernar su propia casa. A menudo le corresponde al padre decir: «Hijo mío, hace un momento no escuchaste mi palabra, y por eso yo no puedo escuchar la tuya.» No es que el padre no ame, sino que sí ama al hijo, y por su amor se siente obligado a mostrar su desagrado negando la petición de su descarriado retoño. Dios obra con nosotros como nosotros deberíamos obrar con nuestros hijos rebeldes. Y si ve que nos empeñamos en pecar y transgredir, es parte de su bondadosa disciplina paternal decir: «Cerraré tu oración cuando clames a mí; no te oiré cuando me supliques; no te destruiré, serás salvo, tendrás el pan de vida y el agua de vida, pero no tendrás más: los lujos de mi reino te serán negados, y nada semejante a un especial prevalecer conmigo en la oración poseerás.»

Que el Señor trata así con su propio pueblo se ve claro en el Salmo 81: «¡Oh, si me hubiera oído mi pueblo, si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos, y vuelto mi mano contra sus adversarios. Los habría sustentado, además, con lo mejor del trigo, y con miel de la peña te habría saciado.» Pues bien, si al hijo desobediente de Dios se le pusiera en las manos la promesa «Todo lo que pidiereis en oración, lo recibiréis», de seguro pediría algo que lo afianzara en su rebelión. Pediría provisión para su propia concupiscencia y ayudas para su rebeldía. ¡Esto jamás puede tolerarse! ¿Habrá de solapar Dios nuestras corrupciones? ¿Habrá de hallar combustible para las llamas de la pasión carnal?

Un corazón obstinado ansía mayor libertad para ser más terco. Un espíritu altivo anhela mayor elevación para ser aún más soberbio. Un espíritu perezoso pide mayor comodidad para ser todavía más indolente. Y un espíritu dominante pide más poder para tener más ocasiones de oprimir. Cual es el hombre, tal será su oración: un espíritu rebelde ofrece oraciones obstinadas y soberbias. ¿Habrá Dios de escuchar oraciones semejantes? ¡No puede ser! Nos dará lo que pidamos si guardamos sus mandamientos; pero si nos volvemos desobedientes y rechazamos su gobierno, él también rechazará nuestras oraciones y dirá: «Si andáis conmigo en oposición, yo también andaré con vosotros en oposición. Con el perverso, perverso me mostraré.» Dichosos seremos si, por la gracia divina, podemos decir con David: «Lavaré en inocencia mis manos, y así andaré alrededor de tu altar, oh Señor.» Nunca será una inocencia perfecta, pero será al menos inocencia del amor al pecado y de la voluntaria rebelión contra Dios.

Junto a esto hay otro elemento esencial de la oración victoriosa: la reverencia filial. Note la frase siguiente. Recibimos lo que pedimos «porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de él». No permitimos que los hijos, cuando reciben un mandato de su padre, cuestionen su conveniencia o su sabiduría. La obediencia termina donde empieza el cuestionamiento. El criterio que el hijo tiene de su deber no ha de convertirse en la medida del derecho del padre a mandar; los buenos hijos dicen: «Nuestro padre nos ha mandado tal o cual cosa, y por eso la haremos, porque nos deleitamos en agradarle siempre.» La razón de más peso para el proceder de un hijo amoroso es la convicción de que agradaría a sus padres. Y lo más fuerte que puede decirse para contener a un hijo bondadoso es probarle que tal proceder desagradaría a sus padres. Exactamente así es con nosotros para con Dios, que es un Padre perfecto; por eso podemos, sin temor a equivocarnos, hacer siempre de su agrado la regla de lo recto, mientras que la regla de lo malo puede quedar con seguridad en aquello que le desagradaría.

Supongamos que alguno de nosotros fuera obstinado y dijera: «No haré lo que agrada a Dios; haré lo que me agrada a mí mismo.» Entonces, observe, ¿cuál sería la naturaleza de nuestras oraciones? Nuestras oraciones podrían resumirse en la petición: «Déjame salir con la mía.» ¿Y podemos esperar que Dios consienta en ello? ¿Hemos de ser señores no solo de la heredad de Dios, sino del mismo Dios? ¿Querría usted que el Todopoderoso renunciara a su trono para colocar allí a un mortal soberbio? Si tiene usted en su casa un hijo que no siente respeto alguno por su padre, sino que dice: «Quiero salirme con la mía en todo», cuando viniera a usted con una petición, ¿se rebajaría ante él? ¿Le permitiría dictarle a usted y olvidaría la honra que le es debida? ¿Diría usted: «Sí, hijo querido, reconozco tu importancia. Serás señor en la casa, y todo cuanto pidas lo tendrás»?

¿Qué clase de casa sería esa? Me temo que hay casas así, pues hay padres necios que consienten que sus hijos se conviertan en sus amos, y así se fabrican un azote para sus propias espaldas. ¡Pero la casa de Dios no está ordenada de ese modo! No escuchará a sus hijos obstinados, ¡a menos que sea para oírlos con ira y responderles con furor! ¿Recuerda cómo oyó la oración de Israel que pedía carne, y cuando la carne estaba aún en su boca se les volvió maldición? Muchos son castigados obteniendo sus propios deseos, así como los descarriados se hartan de sus propios caminos. Debemos tener una reverencia filial hacia Dios, de suerte que sintamos: «Señor, si lo que pido no te agrada, tampoco a mí me agradaría. Mis deseos los pongo en tus manos para que los corrijas. Tacha con la pluma toda petición que yo ofrezca que no sea recta, y, Señor, añade cuanto haya omitido, aunque no lo hubiera deseado si lo hubiera recordado. Buen Señor, si debiera haberlo deseado, óyeme como si lo hubiera deseado. “No como yo quiero, sino como tú quieres.”» Ahora bien, creo que puede usted ver que este espíritu dócil es esencial para prevalecer continuamente con Dios en la oración. Lo contrario es una barrera segura contra la excelencia en la súplica. El Señor será reverenciado por quienes le rodean. Han de tener puesta la mirada en su agrado en todo lo que hacen y en todo lo que piden, o no los mirará con favor.

En tercer lugar, el texto sugiere la necesidad de la confianza filial: «Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo.» Por toda la Escritura se habla de la fe en Dios como necesaria para la oración eficaz. Debemos creer que Dios existe, y que es galardonador de los que con diligencia le buscan, o de lo contrario no hemos orado en absoluto. En proporción a nuestra fe será el éxito de nuestra oración. Es regla permanente del reino: «Conforme a vuestra fe os sea hecho.» ¿Recuerda cómo habla el Espíritu Santo por boca del apóstol Santiago? «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.»

El texto habla de la fe en el nombre de su Hijo Jesucristo, lo cual entiendo que significa fe en su carácter declarado, fe en su evangelio, fe en la verdad acerca de su sustitución y salvación. O puede significar fe en la autoridad de Cristo, de modo que, cuando yo suplico a Dios y digo: «Hazlo en el nombre de Jesús», quiero decir: «Haz por mí como habrías hecho por Jesús, pues él me ha autorizado a usar su nombre. Hazlo por mí como lo habrías hecho por él.» El que puede orar con fe en el nombre de Jesús no puede fallar, porque el Señor Jesús ha dicho: «Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.» Pero debe haber fe, y si no hay fe no podemos esperar ser oídos. ¿Entiende usted

eso?

Volvamos de nuevo a nuestras semejanzas familiares. ¿Supongamos que un hijo en la casa no cree la palabra de su padre y anda diciendo constantemente que tiene la mente llena de dudas respecto a la veracidad de su padre? ¿Supongamos, en efecto, que les dice a sus hermanos y hermanas que su fe en su padre es muy débil? Menciona ese lamentable hecho sin escandalizarse en absoluto de decir tal cosa, sino que más bien siente que se le debería compadecer, como si fuera una debilidad que no puede

evitar. De un modo u otro no cree que su padre diga la verdad, y declara que, aunque intenta creer la promesa de su padre, no puede.

Creo que un padre tan vilmente desconfiado no tendría mucha prisa en conceder las peticiones de semejante hijo. En efecto, es muy probable que las peticiones del hijo desconfiado fueran tales que no pudieran cumplirse, aunque su padre estuviera dispuesto a ello, ¡ya que equivaldrían a satisfacer su propia incredulidad y a deshonrar a su padre! Por ejemplo, ¿suponga que a este hijo se le metiera en la cabeza dudar de si su padre habría de proveerle su alimento diario? Podría entonces venir a su padre y decir: «Padre, dame dinero suficiente para los próximos diez años, pues para entonces seré un hombre y podré proveer para mí mismo. Dame el dinero por adelantado para acallar mis temores, porque estoy en gran angustia.» El padre responde: «Hijo mío, ¿por qué habría de hacer eso?»

Y recibe por respuesta: «Lamento mucho decirlo, querido padre, pero no puedo confiar en ti. Tengo una fe tan débil en ti y en tu amor que temo que cualquier día me dejes morir de hambre. Y por eso quisiera tener algo seguro en el banco.» ¿Cuál de ustedes, padres, escucharía la petición de un hijo si buscara tal cosa? ¡Les dolería que pensamientos tan deshonrosos para ustedes pasaran por la mente de uno de sus propios seres queridos! Y no cederían ante ellos, ni podrían hacerlo. Permítanme, pues, pedirles que apliquen la parábola a ustedes mismos. ¿Nunca ofrecieron ustedes peticiones muy parecidas a esta? Han sido incapaces de confiar en que Dios les dé, día tras día, su pan cotidiano, y por eso han estado anhelando lo que llaman «alguna provisión para el futuro».

¡Usted quiere un proveedor más digno de confianza que la Providencia, una garantía mejor que la promesa de Dios! Es usted incapaz de confiar en la palabra de su Padre celestial. Unos cuantos bonos de algún gobierno extranjero medio en quiebra los considera mucho más fiables. ¡Puede confiar en el sultán de Turquía, o en el virrey de Egipto, pero no en el Dios de toda la tierra! De mil maneras insultamos al Señor al imaginar que «las cosas que se ven» son más sólidas que su omnipotencia invisible. ¡Pedimos a Dios que nos dé de inmediato lo que ahora no necesitamos y quizá nunca necesitaremos! En el fondo, la razón de tales deseos puede hallarse en una vergonzosa desconfianza de él, que nos hace imaginar que grandes reservas son necesarias para asegurar nuestro sustento.

Hermanos y hermanas, ¿no tienen ustedes aquí la culpa, y esperan que el Señor secunde y sostenga su necedad? ¿Habrá Dios de solapar su desconfianza? ¿Habrá de darles un montón de oro y plata que se corroen, para que los ladrones los roben, y arcones de vestidos para alimentar a la polilla? ¿Querrían que el Señor obrara como si admitiera la exactitud de sus sospechas y confesara ser infiel? ¡De ninguna manera! No esperen, pues, ser oídos cuando su oración procede de un corazón incrédulo: «Encomienda al Señor tu camino, y confía en él; y él hará.» El siguiente elemento esencial para el éxito continuado en la oración es el amor filial: «que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado.»

El gran mandamiento después de la fe es el amor. Así como se dice de Dios: «Dios es amor», así podemos decir: «El cristianismo es amor». Si cada uno de nosotros fuéramos encarnaciones del amor, habríamos alcanzado la completa semejanza de Cristo. ¡Abundaríamos en amor a Dios, amor a Cristo, amor a la iglesia, amor a los pecadores y amor a los hombres en todas partes! Cuando un hombre no tiene amor a Dios, está en la condición de un hijo sin amor a su padre. ¿Habrá de prometer su padre, de manera absoluta, cumplir todos los deseos de su corazón desamorado y sin afecto filial? O, si un hijo no tiene amor a sus hermanos y hermanas, ¿le confiará el padre una promesa absoluta, y le dirá: «Pide, y se te dará»? ¡Pues el hijo desamorado empobrecería a toda la familia con sus egoístas exigencias! Sin cuidarse del resto de la casa, solo le importaría satisfacer sus propias pasiones. Su petición pronto sería: «Padre, dame toda la herencia.» O: «Padre, ordena la casa a mi gusto y haz que todos mis hermanos se sometan a mis deseos.»

Vanidoso de su aspecto personal, como Absalón, que estaba orgulloso de su cabellera, ¡pronto buscaría el reino para sí mismo! Pocos Josés pueden llevar la túnica de muchos colores sin convertirse en tiranos de la casa. ¿Quién permitiría que un pródigo se fugara con la hacienda? ¿Quién sería tan insensato como para instalar a un hermano codicioso y dominante en el asiento de honor, por encima de sus hermanos y hermanas? Por tanto, ve usted que al egoísmo no se le puede confiar poder en la oración. A los espíritus desamorados, que no aman ni a Dios ni a los hombres, no se les pueden confiar promesas grandes, amplias e ilimitadas. Si Dios ha de oírnos, debemos amar a Dios y amar a nuestros semejantes; porque, cuando amamos a Dios, no oraremos por nada que no honre a Dios, ni desearemos que nos suceda cosa alguna que no bendiga también a nuestros hermanos. Nuestro corazón latirá fiel a Dios y a sus criaturas, y no estaremos absortos en nosotros mismos. Tiene usted que deshacerse del egoísmo antes de que Dios

pueda confiarle las llaves del cielo. Cuando el yo haya muerto, entonces le permitirá abrir sus tesoros, y, como un príncipe, tendrá usted poder con Dios y prevalecerá.

Junto a esto, debemos tener también un modo de ser filial. Lea el versículo siguiente: «El que guarda sus mandamientos permanece en él, y él en él.» Es uno de los modos del hijo amar su hogar. El buen hijo, a cuyas peticiones su padre siempre atiende, no ama ningún lugar tanto como la querida y vieja casa donde viven sus padres. Ahora bien, de quien ama y guarda los mandamientos de Dios se dice que permanece en él: ha hecho del Señor su morada y habita en santa familiaridad con Dios. En él se cumplen las palabras de nuestro Señor: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.» La fe y el amor, como dos alas de querubín, han levantado el alma del creyente por encima del mundo y la han llevado cerca del trono de Dios. Se ha vuelto semejante a Dios, y es entonces cuando sus oraciones son tales que Dios puede responderlas; pero hasta que así quede conformado a la mente divina, ha de haber cierto límite a la potencia de sus ruegos. Morar en Dios es necesario para tener poder con Dios.

Suponga que uno de ustedes tuviera un hijo que dijera: «Padre, no me gusta mi hogar, no me importas y no soportaré las restricciones de la regla familiar. Me voy a vivir con extraños; pero fíjate, padre, vendré a ti cada semana y te exigiré muchas cosas. Y esperaré que me des todo cuanto te pida.» Pues bien, si usted es en algo apto para estar a la cabeza de la casa, dirá: «Hijo mío, ¿cómo puedes hablarme de esa manera? Si eres tan obstinado como para dejar mi casa, ¿puedes esperar que yo haga tu voluntad? Si me desprecias por completo, ¿puedes esperar que te sostenga en tu cruel dureza y en tu perversa insubordinación? No, hijo mío; si no quieres quedarte conmigo y reconocerme como padre, no puedo prometerte nada.»

Y así es con Dios. Si moramos con él y tenemos comunión con él, nos dará todas las cosas. Si le amamos como debe ser amado, y confiamos en él como debe confiarse, entonces oirá nuestras peticiones. Pero si no, no es razonable esperarlo. En verdad, sería una afrenta al carácter divino que él cumpliera deseos impíos y satisficiera antojos malvados. «Deléitate asimismo en el Señor, y él te concederá las peticiones de tu corazón»; pero si usted no se deleita en Dios y él no es su morada, no le responderá. Puede darle el pan de angustia y el agua de angustia, y amargarle la vida, pero de cierto no le dará lo que su corazón desea.

Una cosa más: por el texto se ve que debemos tener un espíritu filial, pues «en esto sabemos que él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado». ¿Qué es esto sino el Espíritu de adopción, el Espíritu que gobierna en todos los hijos de Dios? ¡Los obstinados, que piensan, sienten y obran de modo distinto a Dios, no deben esperar que Dios se pliegue a su manera de pensar, sentir y obrar! ¡Los egoístas, movidos por el espíritu de soberbia, y los perezosos, movidos por el amor a la comodidad, no deben esperar que Dios los consienta! El Espíritu Santo, si gobierna en nosotros, subordinará nuestra naturaleza a su propio dominio, y entonces las oraciones que broten de nuestros corazones renovados estarán en conformidad con la voluntad de Dios; y tales oraciones serán oídas con naturalidad.

Ningún padre pensaría en escuchar a un hijo obstinado, a un hijo que dijera: «Sé que mi padre no quiere que yo tenga esto, pero lo tendré.» ¡Pues, como hombre, usted no se dejaría manejar así por un mozalbete presuntuoso! ¿Habrá Dios de concedernos lo que pedimos cuando es contrario a su santa mente? ¡No debe ser! ¡Tal posibilidad es inconcebible! Ha de estar en nosotros la misma mente que hubo también en Cristo Jesús, y entonces podremos decir: «Yo sé que siempre me oyes.» Pero debemos seguir adelante y ocupar su atención, por unos minutos, con otra rama del mismo asunto.

II. En segundo lugar, notaremos LA EFICACIA DE ESTAS COSAS ESENCIALES. Si están en nosotros y abundan, nuestras oraciones no pueden ser estériles ni infructuosas. Primero, si tenemos fe en Dios, no hay duda alguna de que Dios oirá nuestra oración. Si podemos alegar, con fe, el nombre y la sangre de Jesús, hemos de obtener respuestas de paz. Pero se sugieren mil argumentos. ¿Y si estas oraciones tienen que ver con las leyes de la naturaleza? Entonces los hombres de ciencia están contra nosotros. ¿Y qué? Me gloriaré en dar a estos hombres de ciencia bastante campo... por poco digo campo de sobra.

No conozco ninguna oración digna de orarse que no entre en contacto con alguna ley natural u otra, ¡y sin embargo creo que las oraciones son oídas! Se dice que Dios no cambiará las leyes de la naturaleza por nosotros, y respondo: «¿Quién dijo que lo haría?» El Señor tiene modos de responder a nuestras oraciones al margen de obrar milagros o de suspender leyes. Solía oír la oración por medio del milagro; pero, como a menudo les he dicho, ese parece un modo más tosco de lograr su propósito —es como detener una enorme máquina para un pequeño resultado—; él sabe cómo alcanzar sus fines y oír nuestras oraciones por no sé qué medios secretos.

Quizá haya otras fuerzas y leyes que él ha dispuesto poner en acción justo en los momentos en que también actúa la oración. Leyes tan fijas y fuerzas tan naturales como las que nuestros doctos teorizantes han logrado descubrir. ¡Los hombres más sabios no conocen todas las leyes que rigen el universo; no, ni la décima parte de ellas! Creemos que las oraciones de los cristianos son parte de la maquinaria de la Providencia, engranajes de la gran rueda del destino; y cuando Dios mueve a sus hijos a orar, ya ha puesto en marcha una rueda que ha de producir el resultado pedido, y las oraciones ofrecidas se mueven como parte de esa rueda. Con tal que haya fe en Dios, ¡Dios tendría que dejar de existir, o dejar de ser veraz, o de lo contrario ha de oír la oración!

El versículo anterior al texto dice: «Si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquier cosa que pidamos, la recibimos de él.» El que tiene la conciencia limpia se acerca a Dios con confianza, y esa confianza de la fe le asegura la respuesta de su oración. La confianza filial nos hace orar como ninguna otra cosa. Hace que un hombre pida grandes cosas que jamás habría pedido si no hubiera aprendido esta confianza. Le hace pedir pequeñas cosas que muchísimos temen pedir, porque aún no han sentido para con Dios la confianza de los hijos. A menudo he dicho que se necesita más confianza en Dios para pedirle una cosa pequeña que una grande. ¡Nos figuramos que nuestras cosas grandes son de algún modo dignas de la atención de Dios, aunque en verdad son bien pequeñas para él! Y luego imaginamos que nuestras cosas pequeñas han de ser tan insignificantes que sería casi un insulto presentárselas, cuando debiéramos saber que lo que es muy grande para un niño puede ser muy pequeño para su padre; y, con todo, el padre no mide la cosa desde su propio punto de vista, sino desde el del niño.

El otro día oyó usted a su pequeño llorar amargamente. Su madre lo llamó y le preguntó qué le dolía. Era una astilla en el dedo. Bueno, era un asunto pequeño. ¡No quiso usted llamar a tres cirujanos para extraerla, ni armar un alboroto en la prensa pública! Traigan una aguja y pronto lo arreglaremos. ¡Ah, pero qué gran cosa era para aquel lindo pequeño sufriente, mientras estaba allí con los ojos todos mojados de lágrimas de angustia! ¡Era para él una gran preocupación! Ahora bien, ¿se le ocurrió a aquel niño que su dolor fuera cosa demasiado pequeña para que su madre lo atendiera? ¡En absoluto! ¿Para qué fueron hechos las madres y los padres sino para atender las pequeñas necesidades de los pequeños hijos? Y Dios, nuestro Padre, es un buen Padre. Se compadece de nosotros como los padres se compadecen de sus hijos, y se rebaja hasta nosotros. Conoce el número de las estrellas y a todas las llama por sus nombres, y sin embargo sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas. El mismo Dios que enciende el sol ha dicho: «El pábilo que humea no apagaré.» Con tal que tenga usted confianza en Dios, le llevará sus cosas grandes y sus cosas pequeñas, y él nunca defraudará su confianza; porque ha dicho que los que en él confían jamás serán avergonzados ni confundidos, por los siglos de los siglos. ¡La fe ha de triunfar!

Pero, en segundo lugar, también el amor ha de triunfar, pues ya hemos visto que el hombre que ama, en el sentido cristiano, está en concordia con Dios. Si usted limita su amor a su propia familia, no debe esperar que Dios haga lo mismo, y las oraciones estrechadas dentro de ese círculo él las desatenderá. Si un hombre ama a su pequeño yo y espera que se malogre la cosecha de trigo de todos, para que su propio producto alcance mayor precio, ¡ciertamente no puede esperar que el Señor concuerde con tan ruin egoísmo! Si un hombre tiene corazón bastante para abrazar en su afecto a todas las criaturas de Dios, mientras ora de modo especial por la familia de la fe, sus oraciones serán conforme a la mente divina. Su amor y la bondad de Dios corren lado a lado. Aunque el amor de Dios es como un poderoso río caudaloso y el suyo como un arroyuelo que apenas fluye, ambos corren en la misma dirección y ambos llegarán al mismo fin. Dios siempre oye las oraciones del hombre amoroso, porque esas oraciones son las sombras de sus propios decretos.

Además, el hombre obediente es aquel a quien Dios oirá, porque su corazón obediente lo lleva a orar con humildad y sumisión, pues siente que su deseo más alto es que se haga la voluntad del Señor. Por eso el hombre de corazón obediente ora como un profeta: sus oraciones son profecías. ¿No es uno con Dios? ¿No desea y pide exactamente lo que Dios se propone? ¿Cómo podría una oración disparada desde tal arco dejar de dar en el blanco? ¡Si su alma llega a concordar con el alma de Dios, deseará usted los mismos deseos de Dios! La dificultad está en que no permanecemos, como suele decirse, en sintonía con Dios. Pero si lo hiciéramos, entonces daríamos la misma nota que da Dios, y aunque la suya sonaría como el trueno y la nuestra como un susurro, habría, con todo, un perfecto unísono: la nota que la oración pulsa en la tierra coincidiría con la que resuena desde los decretos en el cielo.

Además, el hombre que vive en comunión con Dios prevalecerá sin duda en la oración, porque, si él mora en Dios y Dios mora en él, deseará lo que Dios desea. El creyente en comunión con el Señor desea el bien del hombre, y también lo desea Dios. Desea la gloria de Cristo, y también lo desea Dios. Desea la prosperidad de la iglesia, y también lo desea Dios. Desea él mismo ser un dechado de santidad, y Dios también lo desea. Si en algún momento ese hombre tiene un deseo que no está conforme a

la voluntad de Dios, es fruto de la ignorancia, pues el hombre no es más que hombre, y no Dios. Aun cuando esté en su mejor momento, ha de errar; pero él provee para este defecto por la forma de su oración, que siempre lleva al final este añadido: «Señor, si en esta mi oración he pedido algo que no está conforme a tu mente, te ruego que no me atiendas. Y si algún deseo que te he expresado —aunque sea el anhelo que arde en mi pecho por encima de todos los demás— es un deseo que no es recto ante tus ojos, no me atiendas, Padre mío, sino que, en tu infinito amor y compasión, haz por tu siervo algo mejor de lo que tu siervo sabe pedir.»

Ahora bien, cuando una oración es de ese modo, ¿cómo puede fracasar? El Señor mira desde las ventanas del cielo y ve tal oración que viene hacia él, tal como Noé vio a la paloma que volvía al arca, y extiende su mano hacia esa oración. Y como Noé metió a la paloma en el arca, así también Dios recoge esa oración hacia sí y la pone en su propio seno, y dice: «Saliste de mi seno, y te doy la bienvenida de vuelta a mí; mi Espíritu te compuso, por tanto te responderé.» Y aquí, de nuevo, digamos que nuestro texto habla del hombre cristiano como lleno del Espíritu de Dios: «Sabemos que él permanece en nosotros por el Espíritu que nos ha dado.» ¿Quién conoce la mente de un hombre sino el espíritu del hombre? Así pues, ¿quién conoce las cosas de Dios sino el Espíritu de Dios? Y si el Espíritu de Dios mora en nosotros, entonces él nos dice cuál es la mente de Dios. ¡Él intercede en los santos conforme a la voluntad de Dios!

A veces se imagina que los hombres que prevalecen en la oración pueden orar por lo que les plazca, pero puedo asegurarles que cualquiera de ellos les dirá que no es así. Puede usted acudir a tal hombre y pedirle que ore por usted, pero él no puede prometer que lo hará. Hay extraños frenos en tales hombres cuando sienten, sin saber cómo ni por qué, que no pueden orar con oración eficaz y ferviente en ciertos casos, aunque quisieran hacerlo. Como Pablo, cuando intentó ir a Bitinia y el Espíritu no se lo permitió, así hay peticiones que naturalmente quisiéramos elevar, pero estamos atados en el espíritu. Puede que en apariencia no haya nada objetable en la oración, pero el secreto del Señor es con los que le temen, y él da secretos avisos de cuándo y dónde sus escogidos pueden esperar prevalecer. Le da a usted la promesa de que oirá su oración de fe, siendo usted un hombre que anda con él, lleno de su Espíritu. Pero no le da, al mismo tiempo, fe acerca de todo lo que a cualquiera le plazca ponerle delante; al contrario, le da discreción, juicio y sabiduría; y el Espíritu intercede en los santos conforme a la voluntad de

Dios.

Así pues, creo que he expuesto la doctrina con bastante claridad. Ahora, unos minutos de aplicación práctica, como solían decir los viejos puritanos. Solo deseo que sea de provecho para muchos de nosotros. Lo primero es que queremos orar por una gran bendición como iglesia. Creo que contaría con el voto de ustedes si dijera que nos proponemos pedir a Dios que envíe una bendición sobre la iglesia entera. Muy bien. ¿Tenemos los elementos esenciales para el éxito? ¿Estamos creyendo en el nombre de Jesucristo? Pues creo que sí. No creo que pudiera hallarse falta en la solidez de nuestra fe, aunque mucho hay que confesar acerca de su debilidad.

Pasemos a la pregunta siguiente. ¿Estamos llenos de amor a Dios y de amor los unos a los otros? El doble mandamiento es que creamos en el nombre de Jesucristo y que nos amemos unos a otros. ¿Nos amamos unos a otros? ¿Andamos en amor? Ninguno de nosotros es perfecto en ello. Comenzaré la confesión reconociendo que yo no soy lo que debiera ser en ese aspecto. ¿Dejará usted que la confesión dé la vuelta y que cada uno piense cuántas veces hemos hecho cosas desamoradas, pensado cosas desamoradas, dicho cosas desamoradas, escuchado chismes desamorados, retirado la mano sin amor cuando debíamos haber prestado ayuda, y extendido la mano sin amor para derribar a un hombre que caía? Si en la iglesia de Dios hay falta de amor, no podemos esperar que la oración sea oída, porque Dios dirá: «Pedís prosperidad. ¿Para qué? ¿Para añadir más a una comunidad que ni siquiera se ama a sí misma? Pedís conversiones. ¿Qué? ¿Para traer a otros a unirse a una comunidad desamorada?»

¿Espera usted que Dios salve a pecadores a quienes usted no ama, y convierta almas por las que a usted no le importa ni un ápice? ¡Debemos amar a las almas hacia Cristo, pues, bajo el Espíritu Santo de Dios, el gran instrumento para la conquista del mundo es el amor! ¡Si los cristianos aman más de lo que aman los musulmanes y los judíos, vencerán a los musulmanes y a los judíos! ¡Y si muestran menos amor, los musulmanes y los judíos los vencerán a ellos! La espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, es el arma maestra. Pero, después de ella, está el porte amoroso y la conversación generosa de los cristianos para con sus semejantes. ¿Cuánto de eso tenemos? ¿Diré cuán poco?

En seguida, ¿estamos haciendo lo que es agradable ante los ojos de Dios? No podemos esperar respuestas a la oración si no lo hacemos. Háganse la pregunta todos ustedes, cada uno. Que cada miembro de la iglesia, en especial, responda a esa pregunta. ¿Ha estado usted haciendo, últimamente, aquello que le gustaría que Jesucristo viera? ¿Está su casa ordenada de tal modo que agrade a Dios? Suponga que Jesús

Cristo hubiera visitado su casa esta semana, sin invitación y sin ser esperado, ¿qué habría pensado de lo que habría visto? «Ah», dice alguno, «yo sé que fulano obra de manera muy incoherente.» Señor, le ruego que piense en usted mismo. Ese es el punto. Corríjase a sí mismo. A menos que los miembros de la iglesia de Dios hagan lo que es agradable ante sus ojos, cierran la puerta a la prosperidad: impiden que las oraciones de la iglesia tengan éxito. ¿Quién desea ser el hombre que se interpone en el camino de la prosperidad de la iglesia de Dios por la incoherencia de su conducta? ¿Quién querría ser tan culpable? Dios perdone a algunos de ustedes. Podríamos hablar de algunos hasta con lágrimas, pues, ay, aunque profesan ser seguidores de Cristo, son tan incoherentes que no son amigos, sino enemigos de la cruz de Cristo.

La pregunta siguiente es: ¿moramos en Dios? El texto dice que, si guardamos sus mandamientos, Dios mora en nosotros y nosotros en él. ¿Es así? Quiero decir, durante el día, ¿pensamos en Dios? En nuestros negocios, ¿seguimos con Dios? El cristiano no ha de correr a Dios por la mañana y de nuevo por la noche, y usarlo como refugio y recurso improvisado, al modo en que la gente usa un arco o un pórtico bajo el cual se resguarda de un chaparrón. Hemos de morar en Dios y vivir en él desde que sale el sol hasta que se pone, haciéndolo nuestra meditación diaria y andando como en su presencia, sintiendo siempre: «Tú, Dios, me ves.» ¿Cómo va la cosa con usted, queridos amigos? Oh, que la pregunta corra de banco en banco y de corazón a corazón, y de mente en mente; que cada uno responda por sí mismo.

Por último, ¿nos mueve el Espíritu de Dios, o es otro espíritu? ¿Esperamos en Dios y decimos: «Señor, que tu Espíritu me diga qué decir en este caso, y qué hacer. Gobierna mi juicio, sujeta mis pasiones, refrena mis impulsos más bajos y deja que tu Espíritu me guíe. Señor, sé tú para mí mejor que yo mismo. Sé alma y vida para mí, y en el triple reino de mi espíritu, alma y cuerpo, buen Señor, sé tú Maestro supremo, para que en toda provincia de mi naturaleza se establezca tu ley y se respete tu voluntad»? Tendríamos una iglesia poderosa si todos fuéramos de esta mente. Pero la multitud mezclada está con nosotros, la multitud mezclada que salió de Egipto y que se entrega a la concupiscencia. El mal siempre comienza con ellos. Dios nos guarde, como iglesia, de perder su presencia.

La multitud mezclada ha de estar con nosotros para probarnos, pues el Señor ha dicho: «Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega»; y si tratáramos de arrancar la cizaña, arrancaríamos también el trigo; pero, sea como sea, pidamos a Dios que haga que el trigo sea el más fuerte. Una de dos cosas sucede siempre en una iglesia. O el trigo ahoga a las malas hierbas, o las malas hierbas ahogan al trigo. Quiera Dios que, en nuestro caso, el trigo sobrepase a las malas hierbas. Conceda Dios gracia a sus siervos para ser lo bastante fuertes para vencer el mal que los rodea, y, habiéndolo hecho todo, para permanecer firmes, para alabanza de la gloria de su gracia, quien también nos hizo aceptos en el Amado. El Señor los bendiga y esté con ustedes para siempre. Amén y amén.

PORCIÓN DE LA ESCRITURA LEÍDA ANTES DEL SERMÓN: 1 Juan 3; Isaías 1:10-20.

Capítulo 6 completado

Las condiciones del poder en la oración

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