Gran poder en la oración
Pedid y tendréis

Capítulo 5 · 35 min de lectura

Pedid y tendréis

«Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastarlo en vuestros deleites.» Santiago 4:2,3.

QUE estas palabras tan impactantes nos sean provechosas por la enseñanza del Espíritu Santo. El hombre es una criatura llena de necesidades y siempre inquieta y, por tanto, su corazón está lleno de deseos. Apenas puedo imaginar a un hombre que no tenga muchos deseos de una clase u otra. El hombre es comparable a la anémona de mar, con su multitud de tentáculos que siempre andan cazando alimento en el agua; o a ciertas plantas que echan zarcillos, buscando cómo trepar. El poeta dice: «El hombre nunca es, sino que siempre desea ser, dichoso». Pone rumbo a lo que cree que es su puerto, pero, hasta ahora, anda zarandeado sobre las olas. Espera hallar, uno de estos días, el deleite de su corazón, y sigue deseando con mayor o menor expectativa.

Este hecho atañe tanto a los peores hombres como a los mejores. En los hombres malos, los deseos se corrompen en concupiscencias: anhelan lo que es egoísta, sensual y, por consiguiente, malo. La corriente de sus deseos discurre con fuerza en una dirección equivocada. Estas concupiscencias, en muchos casos, se vuelven sumamente intensas: hacen del hombre su esclavo. Dominan su juicio; lo incitan a la violencia; combate y lucha; quizá llega literalmente a matar. A los ojos de Dios, que tiene la ira por homicidio, mata a menudo. Tal es la fuerza de sus deseos que comúnmente se les llama pasiones. Y cuando estas pasiones se excitan por completo, entonces el hombre mismo forcejea con vehemencia, de modo que el reino del diablo padece violencia, ¡y los violentos lo arrebatan por la fuerza!

Entretanto, también en los hombres piadosos hay deseos. Despojar a los santos de sus deseos sería perjudicarlos grandemente, porque por ellos se elevan por encima de su yo inferior. Los deseos de los piadosos van tras las mejores cosas: cosas puras y apacibles, loables y elevadas. Desean la gloria de Dios y, por tanto, sus deseos brotan de motivos más altos que los que inflaman a la mente no renovada. Tales deseos, en los hombres cristianos, son a menudo muy fervientes y poderosos. Siempre deberían serlo. Esos deseos engendrados por el Espíritu de Dios agitan la naturaleza renovada, excitándola y estimulándola, y haciendo que el hombre gima y se angustie con dolores de parto hasta alcanzar aquello que Dios le ha enseñado a anhelar. La concupiscencia del impío y el santo anhelo del justo tienen cada uno su propia manera de buscar satisfacción. La concupiscencia del impío se desarrolla en contienda: mata y desea tener, riñe y guerrea. Mientras que, por otro lado, el deseo del justo, cuando es rectamente guiado, toma un camino mucho más ardiente para lograr su propósito, pues se expresa en oración ferviente e importuna. El hombre piadoso, cuando está lleno de deseo, pide y recibe de la mano de Dios.

En esta ocasión, con la ayuda de Dios, procuraré exponer, a partir de nuestro texto: primero, la pobreza del codiciar: «Codiciáis, y no tenéis». En segundo lugar, mostraré con tristeza la pobreza de muchos que profesan ser cristianos en las cosas espirituales, especialmente en su capacidad como Iglesia: también ellos anhelan y no tienen. En tercer lugar, hablaremos, para concluir, de la riqueza con que serán recompensados los santos deseos si tan solo empleamos los medios correctos. Si pedimos, recibiremos.

Primero, considere LA POBREZA DEL CODICIAR: «Codiciáis, y no tenéis». Las concupiscencias carnales, por fuertes que sean, no obtienen, en muchos casos, aquello que buscan. Como dice el texto: «deseáis tener, y no podéis alcanzar». El hombre anhela ser feliz, pero no lo es. Suspira por ser grande, pero cada día se vuelve más ruin. Aspira a esto y a aquello que cree que lo contentará, pero sigue insatisfecho. Es como el mar agitado que no puede reposar. De un modo u otro, su vida es una desilusión. Trabaja como en el fuego mismo, pero el resultado es vanidad y aflicción de espíritu. ¿Cómo podría ser de otro modo? Si sembramos viento, ¿no habremos de segar torbellino y nada más?

O si, acaso, las fuertes concupiscencias de un hombre activo, talentoso y perseverante le dan lo que busca, ¡cuán pronto lo pierde! Lo tiene de tal manera que no lo tiene. La búsqueda es fatigosa, pero la posesión es un sueño. Se sienta a comer y, ¡he aquí!, el banquete le es arrebatado, ¡la copa se desvanece cuando la tiene en los labios! ¡Gana para perder! Edifica, y su cimiento de arena se le escurre bajo la torre, y sus esfuerzos yacen en ruinas. El que conquistó reinos murió descontento sobre una roca solitaria en medio del océano, y el que reavivó su imperio cayó para no volver a levantarse. Como la calabacera de Jonás se secó en una noche, así han caído de repente los imperios, y sus señores han muerto en el destierro. Lo que los hombres obtienen guerreando y combatiendo es una heredad de corto arriendo; la obtención es tan pasajera que sigue siendo verdad: «codician, y no tienen».

O si tales hombres tienen dotes y poder suficientes para retener lo que han ganado, aun así, en otro sentido, no lo tienen mientras lo tienen, pues el placer que esperaban de ello no está allí. Arrancan la manzana y resulta ser una de esas manzanas del mar Muerto que se deshacen en ceniza en la mano. El hombre es rico, pero Dios le quita el poder de gozar de su riqueza. Por sus concupiscencias y sus guerras, el hombre licencioso al fin obtiene el objeto de sus antojos y, tras un momento de satisfacción, ¡aborrece aquello que con tanta pasión codició! ¡Anhela el placer tentador, lo aferra y lo aplasta con su ávido puño!

Mire al niño que persigue la mariposa que revolotea de flor en flor mientras él la sigue con ardor. ¡Al fin la tiene a su alcance y con la gorra la derriba! Pero cuando recoge los pobres restos, halla que la pintada mariposa quedó estropeada por el mismo acto que la conquistó. Así podría decirse de multitudes de los hijos de los hombres: «Codiciáis, y no tenéis». Su pobreza se expone de una triple manera: «Matáis, y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar»; «no tenéis, porque no pedís»; «pedís, y no recibís, porque pedís mal». Si los codiciosos fracasan, no es porque no se pusieran a la obra para lograr sus fines, pues, conforme a su naturaleza, emplearon los medios más prácticos a su alcance, ¡y los emplearon con ansia!

Según la mente de la carne, la única manera de obtener algo es luchando por ello, y Santiago señala esto como la causa de toda contienda. «¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?». Esta es la forma de esfuerzo de la que leemos: «Combatís y lucháis, pero no tenéis». A este modo de obrar los hombres se aferran de época en época. Si un hombre ha de prosperar en este mundo, me dicen, ha de contender con sus prójimos y desplazarlos de su ventaja. No debe reparar en cómo prosperarán ellos, sino atender al negocio principal por su propia cuenta y cuidar de encumbrarse, sin importar a cuántos pise. ¡No puede esperar salir adelante si ama a su prójimo como a sí mismo! ¡Es una lucha franca y cada cual debe mirar por sí mismo!

¿Cree usted que estoy siendo satírico? Quizá lo sea, pero he oído esta clase de discurso de labios de hombres que lo decían en serio. Así que se dan a luchar, y esa lucha es a menudo victoriosa, pues, según el texto, «matáis»; es decir, luchan de tal modo que derriban a su adversario, y ahí acaba con él. Son hombres de gran fuerza, leoncillos que salen a despedazar su presa y, sin embargo, de ellos se dice que «tienen necesidad y padecen hambre». Pero los que esperan en el Señor no carecerán de bien alguno, mientras que estos codiciosos no ponen freno a sus esfuerzos por alcanzar su objetivo. No se detienen ante nada; matan y desean tener.

Además, luchan con gran perseverancia, pues el texto dice: «Combatís y lucháis». Ahora bien, la guerra es una continuación del acto de luchar, prolongándolo de campaña en campaña y conduciéndolo según las reglas del arte militar hasta que se gana la victoria. Multitudes de hombres viven para sí mismos, compitiendo aquí y guerreando allá, luchando por su propia mano con la mayor perseverancia. Poca elección tienen en cuanto al modo de hacerlo. No se permite que la conciencia interfiera en sus tratos, sino que el viejo consejo les resuena en los oídos: «¡Consigue dinero! Consíguelo honradamente, si puedes, pero, sea como sea, consigue dinero». No importa que cuerpo y alma queden arruinados y otros sean anegados en miseria: sigue luchando, ¡pues en esta guerra no hay licencia! Si has de vencer, debes luchar, ¡y en la guerra todo vale!

Así reúnen sus fuerzas, forcejean con sus semejantes, hacen la batalla de la vida cada vez más encarnizada, destierran el amor y tachan de necedad la ternura; y, sin embargo, con todos sus planes, no alcanzan el fin de la vida en ningún sentido verdadero. Bien dice Santiago: «Matáis, y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis». Cuando los hombres muy empeñados en sus propósitos egoístas no lo logran, quizá lleguen a oír que la razón de su fracaso es «porque no pedís». ¿Se alcanza, pues, el éxito pidiendo? Así parece insinuarlo el texto, y así lo hallan los justos. ¿Por qué no se da este hombre de intensos deseos a pedir? La razón es, primero, que orar es antinatural para el hombre natural: ¡tanto valdría esperar que volara!

Desprecia la idea de la súplica. «¿Orar?», dice. «No, yo quiero estar trabajando. No puedo perder el tiempo en devociones; las oraciones no son prácticas. Yo quiero abrirme camino luchando. Mientras usted ora, yo habré vencido a mi rival. Me voy a mi despacho de cuentas y le dejo a usted con sus Biblias y sus oraciones». No tiene disposición para pedir a Dios. Declara que solo los hipócritas melindrosos se preocupan de orar, confesando así que, si él orara, ¡sería un hipócrita melindroso! En cuanto a él, su orar es de muy otra clase, ¡y ay de los que caigan en sus garras! Descubrirán que, con él, los negocios son los negocios, y bien duros, por cierto. Jamás se rebajará a orar; es demasiado orgulloso. La confianza en Dios no la entiende: ¡su lema es la confianza en sí mismo! Su yo es su dios, ¡y a su dios mira para tener éxito!

Es tan orgulloso que se tiene a sí mismo por su propia Providencia. Su propia diestra y su brazo activo le darán la victoria. Cuando se pone muy liberal en sus opiniones, admite que, aunque él no ora, quizá haya algo de bueno en ello, pues aquieta la mente de la gente y la hace sentir más cómoda. Pero en cuanto a que de la oración venga jamás alguna respuesta, se ríe de la idea y diserta, filosófica y teológicamente, sobre lo absurdo de suponer que Dios altere su modo de proceder por consideración a las oraciones de hombres y mujeres. «Ridículo», dice, «¡completamente ridículo!». Y, por tanto, en su gran sabiduría, vuelve a su luchar y a su guerrear, pues por tales medios espera alcanzar su fin. ¡Y no obstante no lo obtiene!

Toda la historia de la humanidad muestra el fracaso de las malas concupiscencias en obtener su objetivo. Por un tiempo el hombre carnal sigue luchando y guerreando, pero, poco a poco, cambia de parecer, pues cae enfermo, o se asusta. Su propósito es el mismo, pero si no puede lograrse de un modo, probará otro. Si ha de pedir, pues bien, pedirá: se volverá religioso y se hará el bien de esa manera. Descubre que algunas personas religiosas prosperan en el mundo y que aun los cristianos sinceros no son en absoluto necios para los negocios y, por tanto, probará su plan. Y ahora cae bajo la tercera censura de nuestro texto: «Pedís, y no recibís». ¿Cuál es la razón de que el hombre esclavo de sus concupiscencias no obtenga su deseo, aun cuando se da a pedir?

La razón es que su pedir es mera cuestión de forma. Su corazón no está en su adoración. Compra un libro que contiene lo que se llaman «formularios de oración», y los repite, pues repetir es más fácil que orar y no exige pensamiento alguno. No tengo objeción a que usted use un formulario de oración si ora con él, pero conozco a muchísimos que no oran con él, sino que solo repiten la fórmula. Imagine qué sería de nuestras familias si, en vez de que nuestros hijos nos hablaran francamente cuando tienen alguna necesidad, siempre creyeran preciso ir a la biblioteca, buscar un formulario de oración y leérnoslo. ¡De seguro se acabaría todo sentimiento y amor de hogar! ¡La vida andaría entre grilletes! Nuestro hogar vendría a ser una especie de internado, o de cuartel, y todo sería desfile y formalidad, en lugar de ojos alegres que miran hacia arriba, con amoroso confiar, hacia unos ojos entrañables que se deleitan en responder.

Muchos hombres espirituales usan un formulario, pero los hombres carnales es casi seguro que lo hagan, pues acaban en la forma. La oración de este hombre es un pedir mal, porque es enteramente para sí mismo. Quiere prosperar para poder gozar. Quiere ser grande simplemente para ser admirado: su oración empieza y termina en sí mismo. Vea la indecencia de tal oración, aun cuando sea sincera. Cuando un hombre ora así, pide a Dios que sea su siervo y satisfaga sus deseos. ¡No, peor aún! ¡Quiere que Dios se le una en el servicio de sus concupiscencias! ¡Él satisfará sus concupiscencias y Dios vendrá a ayudarle a hacerlo! Semejante oración es blasfema, pero se ofrece en gran cantidad, ¡y ha de ser una de las cosas más provocadoras para Dios que el Cielo jamás contemple!

No; si un hombre quiere vivir para sí mismo y para sus concupiscencias, que lo haga, y cuanto más se aparte de Dios, más consecuente será. ¡Que no recite el Padrenuestro como si Dios fuera su padre, ni arrastre el sagrado nombre de Cristo para santificar su codicia, ni invoque el bendito poder del Espíritu en relación con su propio engrandecimiento o su egoísta ambición! Si lo hace, no estará mejor de lo que estaba al principio: pedirá, y no tendrá. Su pedir errará porque pide mal, para gastarlo en sus concupiscencias. Si sus deseos son los anhelos de la naturaleza caída; si sus deseos empiezan y terminan en usted mismo, y si el fin principal para el que vive no es glorificar a Dios, sino glorificarse a sí mismo, entonces podrá luchar, ¡pero no tendrá!

Podrá madrugar y trasnochar, ¡pero nada que valga la pena ganar saldrá de ello! Recuerde cómo ha hablado el Señor en el Salmo 37: «Deja la ira, y desecha el enojo; no te excites en manera alguna a hacer lo malo. Porque de aquí a poco no existirá el malo; observarás su lugar, y no estará allí. Pero los mansos heredarán la tierra, y se recrearán con abundancia de paz».

Baste esto sobre la pobreza del codiciar.

II. En segundo lugar, tengo ahora ante mí un asunto serio, a saber: mostrar CÓMO LAS IGLESIAS CRISTIANAS PUEDEN PADECER POBREZA ESPIRITUAL, de modo que también ellas «deseen tener, y no puedan alcanzar». Por supuesto, el cristiano busca cosas más altas que el mundano, pues de otro modo no sería digno de ese nombre en absoluto. Al menos, según profesa, su objetivo es obtener las verdaderas riquezas y glorificar a Dios en espíritu y en verdad. Sí, pero mire, queridos hermanos y hermanas: no todas las iglesias obtienen lo que desean. Tenemos que lamentar, no aquí y allá, sino en muchos lugares, iglesias que están casi dormidas y que van decayendo poco a poco.

Por supuesto, encuentran excusas. La población mengua, o algún otro lugar de culto atrae a la gente. Siempre hay una excusa a la mano cuando un hombre la necesita. Pero, aun así, ahí está el hecho: el culto público está casi desierto en algunos lugares, el ministerio no tiene poder de convocatoria, y los que se presentan están descontentos o indiferentes. En tales iglesias no hay conversiones. ¡Si les fueran añadidos media docena en un año, tendrían que cantar el «Coro Aleluya»! Pero en cuanto a llevar a millares a Cristo, temen en secreto que esto sería algo indeseable, pues podría implicar agitación, ¡y son tan formales que les espanta cualquier cosa de esa clase!

No hacer nada y dejar que los hombres se condenen es, a su juicio, propio y respetable. Pero estar vivos y llenos de energía es un estado de cosas peligroso, ¡pues podría conducir al fanatismo y a la indecencia! Temen de manera especial cualquier cosa que se parezca al «sensacionalismo». Esa palabra de feo aspecto la colocan ante nosotros muy al modo en que los chinos tratan de asustar a sus enemigos pintando rostros horribles en sus escudos. ¡No se inquiete por esa palabra terrible: no hará daño a nadie! Estas iglesias «no tienen», porque ninguna Verdad de Dios prevalece por medio de su celo; ningún pecado es herido; ninguna santidad promovida; nada se hace por lo cual Dios sea glorificado. ¿Y cuál es la razón de ello?

Primero, aun entre los que profesan ser cristianos puede darse la búsqueda de cosas deseables por un método equivocado. «Combatís y lucháis, pero no tenéis». ¿No han pensado las iglesias prosperar compitiendo con otras iglesias? En tal o cual lugar de culto tienen un hombre muy hábil; ¡también nosotros hemos de conseguir un hombre hábil! Es más, ha de ser un poco más hábil que el héroe de nuestro vecino. ¡Esa es la cuestión: un hombre hábil! Ay de mí, ¡que vivamos en una época en que hablamos de hombres hábiles para predicar el Evangelio de Jesucristo! ¡Ay, que se piense que este santo servicio depende de la habilidad humana! Las iglesias han competido unas con otras en arquitectura, en música, en atavío y en posición social. Los dirigentes se imaginan que, para triunfar, deben tener algo más vistoso, artístico o costoso que sus vecinos; por eso levantan edificios góticos en los que la voz del ministro se pierde entre las vigas y nunca se oye bien, o bien compran un órgano con todos los registros menos el que suena a lleno.

Parecería estar muy extendida la opinión de que hay mucha gracia en un órgano. Orar a Dios con un molino de viento, como los tártaros, ¡sería muy absurdo! Pero alabar a Dios con viento que pasa por una serie de tubos, ¡eso es eminentemente apropiado! Nunca he visto la distinción, y sigo sin verla. Órgano o no órgano no es ahora la cuestión, sino que hablo de casos en que estas máquinas se instalan por pura rivalidad. ¿No es acaso el propósito de muchos triunfar con un edificio más fino, mejor música y un ministerio más hábil que los demás? ¿No es tanto una cuestión de competencia como lo son, para los pañeros, un escaparate y una vidriera bien vestida? ¿Es esta la manera en que el Reino de Dios ha de crecer entre nosotros?

En algunos casos hay cierta amargura en la rivalidad. No les resulta grato a las almas pequeñas ver a otras iglesias prosperar más que la suya. Puede que sean más fervorosas que nosotros y que estén haciendo mejor la obra de Dios, pero somos demasiado propensos a volver hacia ellas un ojo celoso; y, francamente, preferiríamos que no les fuera tan bien. ¿Cree usted que en vano dice la Escritura: «El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente»? Si viéramos un disturbio entre ellos, de modo que se disolvieran y quedaran eclesiásticamente muertos, no nos regocijaríamos. ¡Claro que no! Pero ¡tampoco sufriríamos ninguna pena mortal! En algunas iglesias se demora un mal espíritu. No traigo acusación injuriosa y, por tanto, no digo más que esto: Dios nunca bendecirá tales medios ni tal espíritu; los que se dejan llevar por ellos desearán tener, pero nunca obtendrán.

Entretanto, ¿cuál es la razón de que no tengan bendición? El texto dice: «porque no pedís». Me temo que hay iglesias que no piden. La oración, en todas sus formas, está demasiado descuidada. Se deja marchitar la oración privada. Dejo a la conciencia de cada hombre cuánto se atiende a la oración en secreto y cuánta comunión con Dios hay en secreto entre los miembros de nuestras iglesias. Ciertamente, su sana existencia es vital para la prosperidad de la Iglesia. De la oración en familia es más fácil juzgar, pues podemos verla. Me temo que en estos días muchos han abandonado del todo la oración en familia. ¡Le ruego que no los imite!

Quisiera que todos fueran del mismo parecer que aquel jornalero escocés que consiguió empleo en la casa de un granjero acaudalado, conocido por pagar bien. Todos sus amigos lo envidiaban por haber ido a servir a semejante casa. Al poco tiempo regresó a su aldea natal. Y cuando le preguntaron por qué había dejado su puesto, respondió que «no podía vivir en una casa que no tenía techo». ¡Una casa sin oración es una casa sin techo! ¡No podemos esperar bendiciones sobre nuestras iglesias si no las tenemos sobre nuestras familias! En cuanto a la oración congregacional, el reunirnos en lo que llamamos nuestras Reuniones de Oración, ¿no hay acaso un menoscabo? En muchos casos la Reunión de Oración es despreciada y mirada con desdén como una especie de reunión de segunda categoría. Hay miembros de iglesias que nunca están presentes y no les remuerde la conciencia por quedarse fuera.

Algunas congregaciones mezclan la Reunión de Oración con una conferencia, para tener un solo culto en la semana. Leí el otro día una excusa para todo esto: se dice que la gente está mejor en casa, atendiendo los asuntos de la familia. ¡Eso es palabrería ociosa! ¿Quién de nosotros desea que la gente descuide sus asuntos domésticos? Se hallará que atienden mejor sus propios asuntos quienes son diligentes en ponerlo todo en orden, de modo que puedan salir a las asambleas de adoración. ¡El descuido de la Casa de Dios es a menudo un índice del descuido de sus propias casas! No están llevando sus hijos a Cristo, estoy persuadido, o los educarían para asistir a los cultos. Sea como fuere, las oraciones de la Iglesia miden su prosperidad. Si restringimos la oración, restringimos la bendición.

Nuestro verdadero éxito como iglesias solo puede lograrse pidiéndolo al Señor. ¿No estamos dispuestos a reformarnos y enmendarnos en este asunto? ¡Oh, que llegue la hora de los dolores de parto de Sion, cuando una agonía de oración conmueva a todo el cuerpo de los fieles! Pero algunos replican: «Hay Reuniones de Oración y sí pedimos la bendición, y con todo no viene». ¿No se halla la explicación en la otra parte del texto: «No tenéis, porque pedís mal»? Cuando las Reuniones de Oración se vuelven mera forma; cuando hermanos y hermanas se levantan y malgastan el tiempo con largas peroratas en vez de hablar a Dios con palabras fervientes y ardientes; cuando no hay expectación de bendición; cuando la oración es fría y helada, entonces nada saldrá de ella. ¡El que ora sin fervor no ora en absoluto! ¡No podemos tener comunión con Dios, que es fuego consumidor, si no hay fuego en nuestras oraciones!

Muchas oraciones fracasan en su encargo porque no hay fe en ellas. Las oraciones llenas de duda son peticiones de rechazo. Imagine que le escribe a un amigo y le dice: «Querido amigo: estoy en grave apuro y, por tanto, te lo cuento y te pido ayuda, porque parece lo correcto. Pero, aunque te escribo así, no tengo ninguna creencia de que vayas a enviarme ayuda alguna. Es más, me sorprendería enormemente que lo hicieras y lo comentaría como una gran maravilla». ¿Cree usted que conseguiría la ayuda? Yo diría que su amigo tendría el suficiente juicio para notar la poca confianza que usted tiene en él, y respondería que, ya que usted no esperaba nada, no lo asombraría. Su opinión de la generosidad de él es tan baja que no se siente obligado a molestarse por causa de usted. Cuando las oraciones son de esa clase, no puede extrañarnos que «no tengamos, porque pedimos mal».

Además, si nuestro orar, por ferviente y creyente que sea, es un mero pedir que nuestra iglesia prospere porque queremos gloriarnos en su prosperidad; si queremos ver nuestra propia denominación grandemente aumentada y mejorada su respetabilidad, para compartir de sus honores, entonces nuestros deseos, después de todo, no son sino concupiscencias. ¿Es posible que los hijos de Dios manifiesten las mismas emulaciones, celos y ambiciones que los hombres del mundo? ¿Ha de ser la obra religiosa cuestión de rivalidad y contienda? ¡Ah, entonces las oraciones que buscan el éxito no tendrán aceptación ante el Propiciatorio! Dios no nos oirá, sino que nos mandará marchar, pues no le importan las peticiones cuyo objeto es el yo. «No tenéis, porque no pedís, o porque pedís mal».

III. En tercer lugar, tengo una labor mucho más grata que hacer, y es apuntar a LA RIQUEZA QUE AGUARDA AL USO DE LOS MEDIOS CORRECTOS, a saber, el pedir rectamente a Dios. Invito a su más solemne atención a este asunto, pues es de vital importancia. Y mi primera observación es esta: cuán pequeña es, después de todo, esta demanda que Dios nos hace. ¿Pedir? Vaya, es lo mínimo que puede esperar de nosotros, ¡y no es más de lo que ordinariamente exigimos de quienes necesitan nuestra ayuda! Esperamos que un pobre pida, y si no lo hace, achacamos a él mismo la culpa de su carencia. Si Dios da por el pedir y nosotros seguimos pobres, ¿de quién es la culpa? ¿No es la más grave de las culpas? ¿No parece como si estuviéramos reñidos con Dios, a tal punto que ni siquiera nos dignamos a pedirle un favor? De seguro debe de haber, en nuestros corazones, una enemistad oculta hacia Él, pues de otro modo, en lugar de ser una necesidad no deseada, se tendría por gran deleite.

Sin embargo, hermanos y hermanas, nos guste o no, recuerden: el pedir es la regla del Reino. «Pedid, y recibiréis». Es una regla que jamás se alterará en el caso de nadie. Nuestro Señor Jesucristo es el hermano mayor de

la familia, ¡pero Dios no ha relajado la regla para Él! Recuerden este texto: el Señor dice a su propio Hijo: «Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra». Si el regio y divino Hijo de Dios no puede quedar exento de la regla de pedir para tener, ¡usted y yo no podemos esperar que la regla se relaje en nuestro favor!

¿Por qué habría de serlo? ¿Qué razón puede alegarse para que quedemos exentos de la oración? ¿Qué argumento puede haber para que se nos prive del privilegio y se nos libre de la necesidad de la súplica? Yo no veo ninguno; ¿lo ve usted? Dios bendecirá a Elías y enviará lluvia sobre Israel, pero Elías ha de orar por ella. Si la nación escogida ha de prosperar, Samuel ha de interceder. Si los judíos han de ser librados, Daniel ha de interceder. Dios bendecirá a Pablo y las naciones serán convertidas por medio de él, pero Pablo ha de orar. Y oró sin cesar: sus Epístolas muestran que no esperaba nada sino pidiéndolo. Si usted puede tenerlo todo pidiendo y nada sin pedir, ¡le ruego que vea cuán absolutamente vital es la oración! Y le suplico que abunde en ella.

Además, resulta claro aun para el pensador más superficial que hay ciertas cosas necesarias para la Iglesia de Dios que no podemos obtener sino por la oración. Usted puede conseguir aquel hombre hábil de que hablé; ¡cuanto menos ore por él, tanto mejor, quizá! Y aquella nueva iglesia, y el nuevo órgano, y el coro, también los puede conseguir sin oración; pero no puede conseguir la unción celestial: ¡el don de Dios no se compra con dinero! Algunos de los miembros de una iglesia en una aldea primitiva de América pensaron que atraerían una congregación colgando una araña de luces muy vistosa en la sala de reuniones. La gente hablaba de aquella araña y algunos fueron a verla, pero su luz pronto se apagó.

¡Usted puede comprar toda clase de mobiliario eclesiástico! Puede adquirir cualquier tipo de pintura, latón, muselina, escarlata y azul y lino fino, junto con flautas, arpas, sacabuches, salterios y toda clase de música; puede conseguir todo esto sin oración. En realidad, ¡sería una impertinencia orar por semejante fruslería! Pero no puede conseguir el Espíritu Santo sin oración. «Sopla donde quiere». No se le hará acercarse por ningún proceso o método a nuestras órdenes, aparte del pedir. ¡No hay medios mecánicos que suplan su ausencia! Si el Espíritu Santo no está allí, ¿de qué sirve ese hombre hábil de ustedes? ¿Se convertirá alguien? ¿Será consolada alguna alma? ¿Serán renovados en vida espiritual algunos hijos de Dios sin el Espíritu Santo? Tampoco puede usted tener comunión con Dios sin oración. El que no quiere orar, no puede tener comunión con Dios. Aún más, no hay verdadera comunión espiritual de la Iglesia con sus propios miembros cuando la oración está suspendida. La oración ha de estar en acción, pues de otro modo aquellas bendiciones que son vitalmente esenciales para el éxito de la Iglesia jamás podrán llegarle. La oración es la gran puerta de la bendición espiritual y, si la cierra, deja fuera el favor.

Amados hermanos y hermanas, ¿no creen que este pedir que Dios requiere es un gran privilegio? Supongan que se publicara un edicto de que no deben orar: ¡eso sí que sería una penalidad! Si la oración más bien interrumpiera que aumentara la corriente de la bendición, sería una triste calamidad. ¿Ha visto usted alguna vez a un mudo bajo una fuerte agitación, o padeciendo gran dolor y, por tanto, ansioso de hablar? ¡Es un espectáculo terrible de ver! El rostro se contorsiona, el cuerpo se agita espantosamente; el mudo se retuerce y forcejea en penosa angustia. Cada miembro se crispa con el deseo de ayudar a la lengua, ¡pero esta no puede romper sus ataduras! Sonidos huecos salen del pecho, y el tartamudeo de un habla ineficaz despierta la atención, aunque no alcanza a llegar hasta la expresión. ¡La pobre criatura padece un dolor indecible!

Supongan que en nuestra naturaleza espiritual estuviéramos llenos de fuertes deseos y, sin embargo, mudos en cuanto a la lengua de la oración. ¡Creo que sería una de las más terribles aflicciones que pudieran sobrevenirnos! ¡Quedaríamos espantosamente lisiados y descoyuntados, y nuestra agonía sería abrumadora! ¡Bendito sea su nombre: el Señor ordena una vía de expresión y manda a nuestro corazón que se desahogue con Él! Amados, hemos de orar; me parece que debería ser lo primero en que pensáramos cuando estamos en necesidad. ¡Si los hombres estuvieran bien con Dios y de veras lo amaran, orarían con tanta naturalidad como respiran! Espero que algunos de nosotros estemos bien con Dios y no necesitemos que se nos empuje a orar, pues ha llegado a ser un instinto de nuestra naturaleza.

Un amigo me contó ayer la historia de un niñito alemán, una historia que su pastor gustaba de referir. El querido pequeño creía a su Dios y se deleitaba en la oración. Su maestro había instado a los alumnos a llegar puntuales a la escuela, y este niño siempre procuraba hacerlo. Pero su padre y su madre eran gente lenta y, una mañana, por culpa de ellos solamente, apenas salía por la puerta cuando el reloj daba la hora de abrir la escuela. Un amigo, que estaba cerca, oyó al pequeño clamar: «Querido Dios, concédeme llegar a tiempo a la escuela». Le pareció al que escuchaba que, por esta vez, la oración no podría ser oída, pues al niño le quedaba un buen trecho por delante y la hora ya había llegado. Sentía curiosidad por ver el resultado.

Pues bien, sucedió aquella mañana que el maestro, al tratar de abrir la puerta de la escuela, giró la llave al revés y no pudo mover el cerrojo. Tuvieron que mandar llamar a un cerrajero para abrir la puerta. De ahí una demora y, justo cuando la puerta

se abrió, nuestro amiguito entró con los demás, ¡todos a buena hora! Dios tiene muchas maneras de conceder los rectos deseos. Lo más natural era que, en vez de llorar y lloriquear, un niño que de veras amaba a Dios le hablara de su apuro. ¿No debería sernos natural a usted y a mí, espontáneamente y de inmediato, contar al Señor nuestras tristezas y pedirle ayuda? ¿No debería ser este el primer recurso? Ay, según la Escritura y la observación —y, me duele añadirlo, según la experiencia—, ¡la oración es a menudo lo último!

Mire al enfermo del Salmo 107. Los amigos le traen diversos alimentos, pero su alma abomina todo manjar. Los médicos hacen lo que pueden por sanarlo, pero él empeora cada vez más y se acerca a las puertas de la muerte: «Entonces clamaron al Señor en su angustia». ¡Se puso al final lo que debió ser lo primero! «¡Manden por el médico! ¡Prepárenle alimento! ¡Envuélvanlo en franelas!». Todo muy bien, pero ¿cuándo orarán a Dios? ¡A Dios se le invoca cuando el caso se torna desesperado! Mire a los marineros descritos en el mismo Salmo. La nave está a punto de naufragar. «Suben a los cielos, descienden a los abismos; sus almas se derriten con el mal». Aún así, hacen cuanto pueden por capear la tormenta. Pero cuando «tiemblan y titubean como ebrios, y toda su ciencia es inútil, entonces claman al Señor en su angustia».

¡Oh, sí! A Dios se le busca cuando se nos arrincona y estamos a punto de perecer. ¡Y qué misericordia es que Él oiga oraciones tan rezagadas y libre a los suplicantes de sus angustias! Pero ¿debería ser así con usted y conmigo, y con las iglesias de Cristo? ¿No debería ser el primer impulso de una iglesia en decadencia este: «Oremos día y noche hasta que el Señor aparezca por nosotros. Reunámonos unánimes en un mismo lugar y no nos separemos hasta que descienda sobre nosotros la bendición»? ¿Saben ustedes, hermanos y hermanas, qué grandes cosas pueden obtenerse con solo pedir? ¿Lo han pensado alguna vez? ¿No los estimula a orar fervientemente? ¡Todo el Cielo está al alcance del hombre que pide! ¡Todas las promesas de Dios son ricas e inagotables, y su cumplimiento se obtiene mediante la oración!

Jesús dice: «Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre», y Pablo dice: «Todo es vuestro, y vosotros de Cristo». ¿Quién no oraría cuando así se nos entregan todas las cosas? Sí, y las promesas que primero se hicieron a personas particulares son todas para nosotros si sabemos alegarlas en oración. Israel pasó por el mar Rojo hace siglos y, sin embargo, leemos en el Salmo 66: «Allí nos alegramos en él». Solo Jacob estuvo presente en Peniel y, con todo, Oseas dice: «Allí habló con nosotros». Pablo quiere darnos una gran promesa para los tiempos de necesidad y cita del Antiguo Testamento: «Porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré». ¿De dónde sacó Pablo eso? Esa es la seguridad que el Señor dio a Josué: «No te desampararé, ni te dejaré».

¡Seguramente la promesa era solo para Josué! ¡No, es para nosotros! «Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada». Toda la Escritura es nuestra. Vea cómo Dios se aparece a Salomón de noche y le dice: «Pide lo que quieras que yo te dé». Salomón pide sabiduría. «Ah, ese es Salomón», dice usted. ¡Escuche!: «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios». ¡Dios le dio a Salomón riqueza y fama de añadidura! ¿No es eso propio de Salomón? No, pues de la verdadera sabiduría se dice: «Largura de días está en su mano derecha; en su izquierda, riquezas y honra»; ¿y no se parece mucho esto a las palabras de nuestro Salvador: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas»? Así, ya lo ve usted, las promesas del Señor tienen muchos cumplimientos y están esperando derramar sus tesoros en el regazo de la oración. ¿No eleva esto la oración a un alto nivel, cuando Dios está dispuesto a repetir en nosotros las biografías de sus santos, cuando espera para tener piedad y colmarnos de sus beneficios?

Mencionaré otra Verdad de Dios que debería movernos a orar, y es que, si pedimos, Dios nos dará mucho más de lo que pedimos. Abraham pidió a Dios que Ismael viviese delante de Él. Pensaba: «De seguro esta es la simiente prometida; no puedo esperar que Sara dé a luz un hijo en su vejez. Dios me ha prometido descendencia, y seguramente ha de ser este hijo de Agar. ¡Oh, que Ismael viva delante de ti!». Dios se lo concedió, y le dio además a Isaac, ¡y todas las bendiciones del Pacto! Ahí está Jacob. Se arrodilla a orar y pide al Señor que le dé pan que comer y vestido que ponerse. Pero ¿qué le dio su Dios? Cuando regresó a Betel, tenía dos campamentos, millares de ovejas y camellos, ¡y mucha riqueza! ¡Dios lo había oído y había hecho mucho más abundantemente de lo que él pidió!

De David se dice: «Vida te demandó, y se la diste», sí, le dio no solo largura de días, sino un trono para sus hijos por todas las generaciones, hasta que David entró y se sentó delante del Señor, abrumado por la bondad del Señor. «Bien», dice usted, «pero ¿es eso verdad de las oraciones del Nuevo Testamento?». ¡Sí, así es con los que suplican en el Nuevo Testamento, sean santos o pecadores! Trajeron a Cristo un hombre enfermo, paralítico, y le pidieron que lo sanara. Y Él dijo: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Eso no lo habían pedido, ¿verdad? No, ¡pero Dios da cosas mayores que las que pedimos!

Oiga la humilde oración de aquel pobre ladrón moribundo: «Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino». Jesús responde: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». ¡No había soñado con semejante honor!

Aun la historia del Pródigo nos enseña esto. Resolvió decir: «No soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros». ¿Cuál es la respuesta? «Este mi hijo muerto era, y ha revivido: sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies». ¡Póngase una vez en la posición del que pide y tendrá lo que nunca pidió y nunca pensó recibir! El texto a menudo se cita mal: «Dios es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos, o siquiera pensamos». Podríamos pedir, si tan solo fuéramos más sensatos y tuviéramos más fe, las cosas más grandes; ¡pero Dios está dispuesto a darnos infinitamente más de lo que pedimos!

En este momento creo que la Iglesia de Dios podría tener bendiciones inconcebibles si tan solo estuviera dispuesta, ahora mismo, a orar. ¿Ha notado usted alguna vez ese cuadro maravilloso del capítulo 8 del Apocalipsis? Merece atención cuidadosa. No intentaré explicarlo en su contexto, sino solo señalar el cuadro tal como cuelga por sí solo en la pared. Siga leyendo: «Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora». ¡¿Silencio en el cielo?! No había himnos, ni aleluyas, ¡ni un ángel movió un ala! ¡¿Silencio en el cielo?! ¿Puede usted imaginarlo? Y, ¡mire!: ve a siete ángeles de pie delante de Dios, y les son dadas siete trompetas. Allí esperan, trompeta en mano, ¡pero no hay sonido! Ni una sola nota de aliento o de advertencia durante un intervalo lo bastante largo para suscitar viva emoción, pero lo bastante breve para impedir la impaciencia.

¡Un silencio inquebrantable, profundo, sobrecogedor, reinaba en el cielo! La acción queda suspendida en el cielo, centro de toda actividad. «Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro». Allí está de pie, pero no se presenta ninguna ofrenda: todo se ha detenido. ¿Qué podrá ponerlo en movimiento? «Y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono». ¡La oración se presenta junto con el mérito del Señor Jesús! Ahora, vea lo que sucederá: «Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos». ¡Esa es la clave de todo el asunto!

Ahora verá: el ángel comienza a obrar; toma el incensario, lo llena del fuego del altar y lo arroja sobre la tierra, «y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto». «Y los siete ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas». ¡Todo está en movimiento ahora! Tan pronto como las oraciones de los santos se mezclaron con el incienso del eterno mérito de Cristo y comenzaron a humear desde el altar, ¡entonces la oración se hizo eficaz! Cayeron las brasas encendidas entre los hijos de los hombres, mientras que los ángeles de la divina Providencia, que antes estaban quietos, hacen sonar sus estruendos de trueno, ¡y la voluntad del Señor se cumple! Tal es la escena en el cielo, en cierta medida, aun hasta el día de hoy. ¡Traigan aquí el incienso! ¡Traigan aquí las oraciones de los santos! ¡Enciéndanlas con los méritos de Cristo y, sobre el altar de oro, que humeen delante del Altísimo! ¡Entonces veremos al Señor obrar y su voluntad se hará en la tierra como en el cielo! Envíe Dios su bendición con estas palabras, por amor de Cristo. Amén.

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