Capítulo 4 · 36 min de lectura
Orden y argumento en la oración
«¡Oh, si supiera yo dónde hallarle! ¡Si pudiera llegar hasta su silla! Expondría mi causa delante de él, y llenaría mi boca de argumentos.»—Job 23:3,4
En la extremidad más honda de Job, este clamó tras el Señor. El anhelo ferviente de un hijo de Dios afligido es ver una vez más el rostro de su Padre. Su primera oración no es: «¡Oh, si pudiera ser sanado de la enfermedad que ahora supura en cada parte de mi cuerpo!», ni siquiera: «¡Oh, si pudiera ver a mis hijos rescatados de las fauces de la tumba, y mi hacienda arrancada de nuevo de la mano del despojador!»; su clamor primero y supremo es: «¡Oh, si supiera dónde hallarle a ÉL, que es mi Dios! ¡Si pudiera llegar hasta su silla!». Los hijos de Dios corren a casa cuando llega la tormenta. Es el instinto nacido del cielo de un alma llena de gracia buscar refugio de todos los males bajo las alas de Jehová. «El que ha hecho de Dios su refugio» podría servir de título para un verdadero creyente. Un hipócrita, cuando siente que Dios lo ha afligido, resiente el golpe y, como un esclavo, huiría del amo que lo ha azotado; mas no así el verdadero heredero del cielo: él besa la mano que lo hirió, y busca abrigo de la vara en el seno de aquel mismo Dios que frunció el ceño contra él. Notará usted que el deseo de comulgar con Dios se intensifica por el fracaso de todas las demás fuentes de consuelo. Cuando Job vio por primera vez a sus amigos a lo lejos, quizá abrigó la esperanza de que sus consejos bondadosos y su tierna compasión embotarían el filo de su dolor; pero no bien hubieron hablado cuando exclamó con amargura: «Consoladores molestos sois todos vosotros». Echaron sal en sus heridas, amontonaron leña sobre la llama de su tristeza, añadieron la hiel de sus reproches al ajenjo de sus pesares. Al sol de su sonrisa habían anhelado antes calentarse, y ahora se atreven a arrojar sombras sobre su reputación, del modo más mezquino e inmerecido. ¡Ay del hombre cuando su copa de vino se burla de él con vinagre, y su almohada lo punza con espinas! El patriarca se apartó de sus tristes amigos y alzó los ojos al trono celestial, como un viajero se aparta de su odre vacío y se dirige a toda prisa al pozo. Se despide de las esperanzas nacidas de la tierra, y clama: «¡Oh, si supiera dónde hallar a mi Dios!». Hermanos míos, nada nos enseña tanto la preciosidad del Creador como cuando aprendemos la vaciedad de todo lo demás. Cuando usted haya sido traspasado de parte a parte por la sentencia: «Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo», entonces sorberá una dulzura inefable de la certeza divina: «Bendito el varón que confía en el Señor, y cuya confianza es el Señor». Apartándose con amargo desdén de las colmenas de la tierra, donde no halló miel sino muchos agudos aguijones, se gozará en aquel cuya palabra fiel es más dulce que la miel y que el panal.
Es de notar, además, que aunque el hombre bueno se apresura a Dios en su angustia, y corre con tanta mayor prisa por la crueldad de sus semejantes, con todo, a veces el alma llena de gracia queda sin la presencia consoladora de Dios. Esta es la más dura de todas las penas; el texto es uno de los gemidos profundos de Job, mucho más hondo que cualquiera de los que le arrancaron la pérdida de sus hijos y de sus bienes: «¡Oh, si supiera dónde hallarle a ÉL!». La peor de todas las pérdidas es perder la sonrisa de mi Dios. Tenía ahora un anticipo de la amargura del clamor de su Redentor: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». La presencia de Dios está siempre con su pueblo en un sentido, en cuanto lo sostiene secretamente; pero de su presencia manifiesta no siempre gozan. Como la esposa del cantar, buscan de noche en su lecho a su amado; lo buscan, mas no lo hallan; y aunque se levanten y recorran la ciudad, quizá no lo encuentren, y quizá se hará una y otra vez, con tristeza, la pregunta: «¿Habéis visto al que ama mi alma?». Puede usted ser amado de Dios y, sin embargo, no tener conciencia de ese amor en su alma. Puede usted ser tan caro a su corazón como el mismo Jesucristo y, no obstante, por un breve momento él puede abandonarle, y con un poco de ira puede esconderse de usted. Pero, queridos amigos, en tales momentos el deseo del alma creyente cobra intensidad aún mayor por el hecho de que se le retiene la luz de Dios. En vez de decir con labio soberbio: «Bien, si él me deja, tendré que arreglármelas sin él; si no puedo tener su presencia consoladora, tendré que luchar lo mejor que pueda», el alma dice: «No, él es mi vida misma; he de tener a mi Dios. Perezco, me hundo en cieno profundo donde no hay dónde hacer pie, y nada sino el brazo de Dios puede librarme». El alma llena de gracia se aplica con doble celo a hallar a Dios, y envía sus gemidos, sus súplicas, sus sollozos y suspiros al cielo con más frecuencia y fervor. «¡Oh, si supiera dónde hallarle!». La distancia o el esfuerzo no son nada; si el alma tan solo supiera adónde ir, pronto salvaría la distancia. No pone condiciones sobre montes ni ríos, sino que jura que, si supiera dónde, llegaría hasta su silla. Mi alma, en su hambre, rompería muros de piedra, o escalaría las almenas del cielo para alcanzar a su Dios; y aunque hubiera siete infiernos entre él y yo, aun así afrontaría la llama con tal de alcanzarlo, sin arredrarme en nada si al menos tuviera la perspectiva de estar por fin en su presencia y sentir la delicia de su amor. Ese me parece ser el estado de ánimo en que Job pronunció las palabras que tenemos delante.
Pero no podemos detenernos en este punto, pues el objeto del discurso de esta mañana nos llama hacia adelante. Parece que el fin de Job, al desear la presencia de Dios, era orar a él. Había orado, pero quería orar como en la presencia de Dios. Deseaba interceder como ante uno que sabía que le oiría y le ayudaría. Anhelaba exponer su propia causa ante el estrado del Juez imparcial, ante el rostro mismo del Dios sapientísimo; apelaría de los tribunales inferiores, donde sus amigos juzgaban con juicio injusto, a la Corte del Rey —el Alto Tribunal del cielo—; allí, dice, «expondría mi causa delante de él, y llenaría mi boca de argumentos».
En este último versículo Job nos enseña cómo se proponía suplicar e interceder con Dios. Es como si revelara los secretos de su aposento y descorriera el velo del arte de la oración. Aquí se nos admite en el gremio de los suplicantes; se nos muestra el arte y el misterio de la súplica; se nos enseña el bendito oficio y la ciencia de la oración; y si esta mañana podemos entrar de aprendices con Job, por la hora que sigue, y recibir una lección del Maestro de Job, podremos adquirir no poca destreza en el interceder con Dios.
Aquí se presentan dos cosas como necesarias en la oración: ordenar nuestra causa y llenar nuestra boca de argumentos. Hablaremos de esas dos cosas, y luego, si hemos aprendido bien la lección, se seguirá un bendito resultado.
I. Primero: ES NECESARIO QUE NUESTRA PETICIÓN SEA ORDENADA DELANTE DE DIOS.
Hay una noción vulgar de que la oración es cosa muy fácil, una especie de asunto corriente que puede despacharse de cualquier modo, sin cuidado ni esfuerzo. Algunos piensan que basta con alcanzar un libro, recitar cierto número de palabras muy excelentes, y ya se ha orado y se puede guardar el libro de nuevo; otros suponen que usar un libro es superstición, y que más bien se deben repetir frases improvisadas, frases que acuden a la mente en tropel, como una piara de cerdos o una jauría de sabuesos, y que cuando se han pronunciado con alguna pequeña atención a lo dicho, ya se ha orado. Ahora bien, ninguno de estos modos de orar fue el que adoptaron los santos antiguos. Parecen haber pensado en la oración con mucha mayor seriedad que muchos en nuestros días. Debió de ser para ellos un asunto grandioso, un ejercicio practicado por largo tiempo, en el cual algunos alcanzaron gran eminencia, y con ello fueron singularmente bendecidos. Segaron grandes cosechas en el campo de la oración, y hallaron que el propiciatorio era una mina de tesoros incalculables.
Los santos antiguos solían, con Job, ordenar su causa delante de Dios; es decir, así como el peticionario que comparece ante el tribunal no llega allí sin haber pensado, para exponer su caso en el momento, sino que entra en la sala de audiencia con su demanda bien preparada, habiendo aprendido además cómo ha de comportarse en presencia del Grande ante quien apela. Bueno es acercarse al estrado del Rey de reyes tanto como sea posible con premeditación y preparación, sabiendo qué hacemos, dónde estamos y qué es lo que deseamos obtener. En tiempos de peligro y de angustia podemos volar a Dios tal como estamos, como la paloma entra en la hendidura de la peña, aunque sus plumas estén desgreñadas; pero en tiempos ordinarios no deberíamos venir con espíritu no preparado, así como el niño no acude a su padre por la mañana hasta haberse lavado la cara. Vea allá al sacerdote: tiene un sacrificio que ofrecer, pero no se precipita al atrio de los sacerdotes a golpear el novillo con la primera hacha que le venga a la mano, sino que, al levantarse, se lava los pies en la fuente de bronce, se pone sus vestiduras y se adorna con sus ornamentos sacerdotales; luego llega al altar con su víctima debidamente dividida conforme a la ley, y cuida de hacer según el mandamiento, hasta en cosa tan sencilla como la colocación de la grosura, y del hígado, y de los riñones; y toma la sangre en un tazón y la derrama en el lugar apropiado al pie del altar, no arrojándola como se le ocurra, y enciende el fuego no con llama común, sino con el fuego sagrado de sobre el altar. Ahora bien, todo este ritual ha quedado abolido, pero la verdad que enseñaba permanece la misma: nuestros sacrificios espirituales deben ofrecerse con santo cuidado. No permita Dios que nuestra oración sea un mero saltar de la cama, arrodillarse y decir lo primero que venga a la mano; al contrario, aguardemos al Señor con santo temor y sagrada reverencia. Vea cómo oró David cuando Dios lo hubo bendecido: entró delante del Señor. Entiéndalo bien: no se quedó fuera, a distancia, sino que entró delante del Señor y se sentó —pues estar sentado no es mala postura para orar, diga lo que diga quien quiera contra ella—, y sentado quieta y serenamente delante del Señor, entonces comenzó a orar, mas no antes de haber meditado en la bondad divina, y así alcanzado el espíritu de oración. Entonces, con la ayuda del Espíritu Santo, abrió su boca. ¡Oh, si buscáramos al Señor más a menudo de este modo! Abraham puede servirnos de modelo: se levantó muy de mañana —he aquí su prontitud—; anduvo camino de tres días —he aquí su celo—; dejó a sus siervos al pie del monte —he aquí su recogimiento—; llevó consigo la leña y el fuego —he aquí su preparación—; y por último, edificó el altar y compuso la leña en orden, y luego tomó el cuchillo —he aquí el devoto cuidado de su culto. David lo expresa así: «De mañana presentaré mi oración delante de ti, y esperaré»; lo cual muchas veces les he explicado que significa que ordenaba sus pensamientos como hombres de guerra, o que apuntaba sus oraciones como flechas. No tomaba la flecha, la ponía en la cuerda y disparaba, y disparaba, y disparaba a cualquier parte; sino que, tras sacar la saeta escogida y ajustarla a la cuerda, apuntaba con deliberación. Miraba —miraba bien— al blanco de la diana; mantenía el ojo fijo en él, dirigiendo su oración, y luego tensaba el arco con todas sus fuerzas y soltaba la flecha; y entonces, cuando la saeta había dejado su mano, ¿qué dice? «Esperaré». Miraba hacia arriba para ver adónde iba la flecha, para ver qué efecto tenía; pues esperaba respuesta a sus oraciones, y no era como muchos que apenas piensan en sus oraciones después de haberlas pronunciado. David sabía que tenía por delante un cometido que requería todas sus potencias mentales; ordenó sus facultades y se puso a la obra como un buen artífice, como quien cree en ella y se propone tener éxito. Deberíamos arar con cuidado y orar con cuidado. Cuanto mejor es la obra, más atención merece. Estar ansioso en la tienda y descuidado en el aposento es poco menos que blasfemia, pues es insinuar que a Dios cualquier cosa le sirve, mientras que el mundo ha de tener lo mejor de nosotros.
Si alguno pregunta qué orden debe observarse en la oración, no voy a darles un esquema como los que muchos han trazado, en que la adoración, la confesión, la petición, la intercesión y la alabanza se disponen en sucesión. No estoy persuadido de que semejante orden sea de autoridad divina. No me refiero a un orden meramente mecánico, pues nuestras oraciones serán igualmente aceptas, y posiblemente igualmente propias, en cualquier forma; que hay en el Antiguo y el Nuevo Testamento muestras de oraciones de toda clase. El verdadero orden espiritual de la oración me parece consistir en algo más que la mera disposición. Lo más ajustado para nosotros es sentir primero que ahora hacemos algo que es real; que vamos a dirigirnos a Dios, a quien no podemos ver, pero que está realmente presente; a quien no podemos ni tocar ni oír, ni aprehender por nuestros sentidos, pero que, no obstante, está tan verdaderamente con nosotros como si habláramos a un amigo de carne y hueso como nosotros mismos. Al sentir la realidad de la presencia de Dios, nuestra mente será llevada por la gracia divina a un estado humilde; nos sentiremos como Abraham, cuando dijo: «He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza». Por consiguiente, no soltaremos nuestra oración como niños que recitan sus lecciones, por mera rutina, y mucho menos hablaremos como si fuéramos rabinos instruyendo a nuestros alumnos, o como he oído hacer a algunos, con la rudeza de un salteador de caminos que detiene a alguien en la ruta y le exige la bolsa; sino que seremos peticionarios humildes y a la vez osados, implorando humildemente misericordia por la sangre del Salvador. No tendremos la reserva de un esclavo, sino la amorosa reverencia de un hijo; y no un hijo insolente e impertinente, sino un hijo dócil y obediente, que honra a su Padre, y por tanto pide con fervor, pero con deferente sumisión a la voluntad de su Padre. Cuando siento que estoy en la presencia de Dios, y tomo mi lugar legítimo en esa presencia, lo siguiente que querré reconocer es que no tengo derecho alguno a lo que busco, y no puedo esperar obtenerlo sino como don de gracia; y he de recordar que Dios limita el canal por el cual me dará misericordia: me la dará por medio de su amado Hijo. Póngame, pues, bajo el patrocinio del gran Redentor. Sienta yo que ahora ya no soy yo quien habla, sino Cristo quien habla conmigo, y que, mientras suplico, alego sus heridas, su vida, su muerte, su sangre, a él mismo. Esto es de veras ponerse en orden.
Lo siguiente es considerar: ¿qué he de pedir? Es muy propio, en la oración, aspirar a una gran distinción en la súplica. Hay mucha razón para lamentarse de ciertas oraciones públicas: que quienes las ofrecen no piden realmente nada a Dios. He de reconocer que temo haber orado así yo mismo, y ciertamente haber oído muchas oraciones de esa clase, en las que no sentí que se buscara nada de Dios —mucha materia doctrinal y experimental muy excelente, pero poca súplica real, y esa poca en una especie de estado nebuloso, caótico e informe. Pero me parece que la oración debe ser distinta: pedir algo definida y distintamente, porque la mente ha comprendido su necesidad distinta de tal cosa, y por tanto ha de suplicar por ella. Bueno es no andar con rodeos en la oración, sino ir derecho al grano. Me gusta aquella oración de Abraham: «¡Oh, que Ismael viva delante de ti!». Ahí están el nombre y la persona por quien se ora, y la bendición deseada, todo puesto en pocas palabras: «¡Que Ismael viva delante de ti!». Muchos habrían usado una expresión rodeada de esta clase: «Oh, que nuestra amada descendencia sea mirada con el favor que tú tienes hacia aquellos que…», etcétera. Diga «Ismael», si quiere decir «Ismael»; póngalo en palabras llanas delante del Señor. Hay quienes ni siquiera pueden orar por el ministro sin usar descripciones tan circulares que se pensaría que se trata del sacristán de la parroquia, o de alguien a quien no conviene mencionar demasiado en particular. ¿Por qué no ser distintos, y decir lo que queremos decir tan bien como querer decir lo que decimos? Ordenar nuestra causa nos llevaría a mayor distinción de mente. No es necesario, mis queridos hermanos, en el aposento pedir toda cosa buena que pueda suponerse; no es necesario recitar el catálogo de toda necesidad que usted pueda tener, haya tenido, pueda tener o vaya a tener. Pida lo que ahora necesita, y, por regla, aténgase a la necesidad presente; pida su pan cotidiano —lo que necesita ahora—, pida eso. Pídalo con llaneza, como delante de Dios, que no repara en sus finas expresiones, y para quien su elocuencia y su oratoria serán menos que nada y vanidad. Está usted delante del Señor; sean pocas sus palabras, pero sea ferviente su corazón.
No ha completado usted del todo el ordenamiento cuando ha pedido lo que quiere por medio de Jesucristo. Debe haber un examen en torno a la bendición que desea, para ver si de veras es cosa apropiada de pedir; pues algunas oraciones nunca se ofrecerían si los hombres pensaran. Una pequeña reflexión nos mostraría que ciertas cosas que deseamos más valdría dejarlas en paz. Podemos, además, tener en el fondo de nuestro deseo un motivo que no es semejante al de Cristo, un motivo egoísta, que olvida la gloria de Dios y solo atiende a nuestra propia comodidad y descanso. Ahora bien, aunque podamos pedir cosas que sean para nuestro provecho, con todo nunca debemos dejar que nuestro provecho interfiera en modo alguno con la gloria de Dios. A la oración aceptable ha de mezclarse la santa sal de la sumisión a la voluntad divina. Me gusta el dicho de Lutero: «Señor, esta vez tendré mi voluntad de ti». «¡Cómo!», dirá usted, «¿le gusta una expresión como esa?». Sí, por la cláusula que sigue, que fue: «Tendré mi voluntad, porque sé que mi voluntad es tu voluntad.». Bien dicho, Lutero; pero sin las últimas palabras habría sido una impía presunción. Cuando estamos seguros de que lo que pedimos es para la gloria de Dios, entonces, si tenemos poder en la oración, podemos decir: «No te dejaré si no me bendices»; podemos entrar en trato estrecho con Dios, y, como Jacob con el ángel, hasta ponerlo a la lucha y procurar derribar al ángel antes que ser despedidos sin la bendición. Pero hemos de tener bien claro, antes de llegar a tales términos, que lo que buscamos es de veras para la honra del Maestro.
Reúna estas tres cosas: la profunda espiritualidad que reconoce la oración como verdadera conversación con el Dios invisible; mucha distinción, que es la realidad de la oración, pedir lo que sabemos que necesitamos; y, con todo ello, mucho fervor, creyendo que la cosa es necesaria y resolviendo, por tanto, obtenerla si puede alcanzarse por la oración; y por encima de todo esto, completa sumisión, dejándola aún a la voluntad del Maestro; entremézclelo todo, y tendrá una idea clara de lo que es ordenar su causa delante del Señor.
Con todo, la oración misma es un arte que solo el Espíritu Santo puede enseñarnos. Él es el dador de toda oración. Ore por la oración; ore hasta que pueda orar; ore para ser ayudado a orar, y no deje de orar porque no puede orar, pues es cuando piensa usted que no puede orar cuando más está orando; y a veces, cuando ningún consuelo halla en sus súplicas, es entonces cuando su corazón, del todo quebrantado y abatido, está de veras luchando y prevaleciendo verdaderamente con el Altísimo.
II. La segunda parte de la oración es LLENAR LA BOCA DE ARGUMENTOS —no llenar la boca de palabras, ni de buenas frases, ni de bonitas expresiones, sino llenar la boca de argumentos, que son los golpes del aldabón por los cuales se abre la puerta.
¿Por qué han de usarse argumentos, en definitiva? Es la primera pregunta; y la respuesta es: ciertamente no porque Dios sea tardo en dar, ni porque podamos cambiar el propósito divino, ni porque Dios necesite ser informado de circunstancia alguna respecto de nosotros, o de nada relacionado con la misericordia pedida: los argumentos que han de usarse son para nuestro propio beneficio, no para el suyo. Él requiere que supliquemos con él, y que expongamos nuestras razones fuertes, como dice Isaías, porque esto mostrará que sentimos el valor de la misericordia. Cuando un hombre busca argumentos para algo, es porque da importancia a aquello que busca. Además, nuestro uso de argumentos nos enseña el fundamento sobre el cual obtenemos la bendición. Si un hombre viniera con el argumento de su propio mérito, jamás lograría nada; el argumento que triunfa se funda siempre en la gracia, y de ahí que el alma que así suplica llega a comprender intensamente que es por gracia, y solo por gracia, como el pecador obtiene algo del Señor. Por otra parte, el uso de argumentos tiene por fin avivar nuestro fervor. El hombre que usa un argumento con Dios cobrará más fuerza al usar el siguiente, y usará el siguiente con mayor poder aún, y el otro con más fuerza todavía. Las mejores oraciones que he oído en nuestras reuniones de oración han sido las más llenas de argumentos. A veces mi alma se ha deshecho por completo cuando he escuchado a hermanos que han venido delante de Dios sintiendo que la misericordia era realmente necesaria, y que habían de tenerla, pues suplicaban a Dios que la diera primero por esta razón, luego por una segunda, luego por una tercera, luego por una cuarta y una quinta, hasta que han despertado el fervor de toda la asamblea. Hermanos míos, en cuanto a Dios no hay necesidad alguna de oración; ¡pero cuánta necesidad hay de ella por causa nuestra! Si no fuéramos constreñidos a orar, dudo que pudiéramos siquiera vivir como cristianos. Si las misericordias de Dios nos llegaran sin pedirlas, no serían ni la mitad de útiles de lo que ahora son, cuando hay que buscarlas; porque ahora recibimos una doble bendición: una bendición en el obtener, y una bendición en el buscar. El acto mismo de orar es una bendición. Orar es como bañarse en un fresco arroyo murmurante, y así escapar de los calores del sol veraniego de la tierra. Orar es remontarse en alas de águila por encima de las nubes y entrar en el cielo despejado donde Dios mora. Orar es entrar en la casa del tesoro de Dios y enriquecerse de un almacén inagotable. Orar es abrazar el cielo con los brazos, estrechar a la Deidad en el alma y sentir que el propio cuerpo se hace templo del Espíritu Santo. Aparte de la respuesta, la oración es en sí misma una bendición. Orar, hermanos míos, es echar de sí las cargas, es rasgar los harapos, es sacudirse las enfermedades, es llenarse de vigor espiritual, es alcanzar el punto más alto de la salud cristiana. Dénos Dios abundar en el santo arte de argumentar con Dios en la oración.
Queda la parte más interesante de nuestro tema; es un resumen y catálogo muy rápido de unos pocos argumentos que se han empleado con gran éxito ante Dios. No puedo darles una lista completa; eso requeriría un tratado como el que pudiera producir el maestro John Owen. Bueno es, en la oración, alegar ante Jehová sus atributos. Así lo hizo Abraham cuando echó mano de la justicia de Dios. Había que interceder por Sodoma, y Abraham comienza: «Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás también y no perdonarás al lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él? Lejos de ti el hacer tal, que hagas morir al justo con el impío, y que sea el justo tratado como el impío; nunca tal hagas. El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?». Aquí comienza la lucha. Fue un poderoso argumento con que el patriarca asió la mano izquierda del Señor, y la detuvo justo cuando el rayo estaba por caer. Pero le vino una respuesta. Se le dio a entender que esto no salvaría a la ciudad, y observe usted cómo el hombre bueno, cuando se vio duramente apremiado, retrocedió palmo a palmo; y al fin, cuando ya no pudo asirse de la justicia, echó mano de la diestra de misericordia de Dios, y eso le dio un asidero prodigioso cuando pidió que, si tan solo hubiera allí diez justos, la ciudad fuese perdonada. Así, usted y yo podemos echar mano, en cualquier momento, de la justicia, la misericordia, la fidelidad, la sabiduría, la longanimidad, la ternura de Dios, y hallaremos que todo atributo del Altísimo es, por así decirlo, un gran ariete con que podemos abrir las puertas del cielo.
Otra pieza poderosa de artillería en la batalla de la oración es la promesa de Dios. Cuando Jacob estaba al otro lado del arroyo Jaboc, y su hermano Esaú venía con hombres armados, suplicó a Dios que no permitiera que Esaú destruyera a la madre con los hijos, y como razón maestra alegó: «Y tú has dicho: Yo te haré bien». ¡Oh, la fuerza de ese alegato! Tenía a Dios sujeto a su palabra: «Tú dijiste». El atributo es un espléndido cuerno del altar de que asirse; pero la promesa, que tiene en sí el atributo y algo más, es un asidero aún más poderoso. «Tú dijiste». Recuerde cómo lo expresó David. Después que Natán le hubo hablado la promesa, David dijo al cierre de su oración: «Haz como has dicho». Ese es un argumento legítimo con todo hombre honrado; y si él lo ha dicho, ¿no lo hará? «Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso». ¿No será él veraz? ¿No guardará él su palabra? ¿No permanecerá firme y se cumplirá toda palabra que sale de sus labios? Salomón, en la dedicación del templo, usó este mismo poderoso alegato. Suplica a Dios que recuerde la palabra que había hablado a su padre David, y que bendiga aquel lugar. Cuando un hombre firma un pagaré, su honor queda comprometido. Estampa su firma, y ha de saldarlo cuando llegue el vencimiento, o de lo contrario pierde el crédito. Nunca se dirá que Dios deshonra sus letras. El crédito del Altísimo jamás fue impugnado, ni lo será jamás. Es puntual al instante; nunca se adelanta a su tiempo, pero nunca se atrasa. Escudriñe usted este Libro entero, y compare con la experiencia del pueblo de Dios, y ambos concuerdan de principio a fin; y más de un cano patriarca ha dicho con Josué en su vejez: «No ha faltado ni una sola cosa de todas las buenas que el Señor vuestro Dios prometió: todo se ha cumplido». Hermano mío, si tiene usted una promesa divina, no necesita alegarla con un «si»; puede alegarla con certeza. Si para la misericordia que ahora pide tiene la palabra solemnemente empeñada de Dios, apenas habrá lugar para la cautela acerca de la sumisión a su voluntad. Usted conoce su voluntad: esa voluntad está en la promesa; aléguela. No le dé reposo hasta que la cumpla. Se propuso cumplirla, pues de lo contrario no la habría dado. Dios no da sus palabras meramente para acallar nuestro ruido, y mantenernos esperanzados por un tiempo, con la intención de darnos largas al fin; sino que, cuando habla, habla porque se propone obrar.
Un tercer argumento que emplear es el que usó Moisés: el gran nombre de Dios. ¡Con cuánto vigor argumentó con Dios en cierta ocasión sobre este fundamento! «¿Qué harás por tu gran nombre? Dirán los egipcios: Por cuanto el Señor no pudo meterlos en la tierra, por eso los mató en el desierto». Hay ocasiones en que el nombre de Dios está muy estrechamente ligado a la historia de su pueblo. A veces, confiando en una promesa divina, el creyente será llevado a emprender cierto camino. Ahora bien, si el Señor no resultara tan bueno como su promesa, no solo queda engañado el creyente, sino que el mundo impío, mirando, diría: «¡Ajá, ajá! ¿Dónde está tu Dios?». Tome el caso de nuestro respetado hermano, el señor Müller, de Brístol. Por muchos años ha declarado que Dios oye la oración; y firme en esa convicción, ha seguido edificando casa tras casa para el sostenimiento de huérfanos. Bien puedo concebir que, si se viese llevado al extremo de faltarle los medios para el sostenimiento de aquellos uno o dos mil niños, muy bien podría usar el alegato: «¿Qué harás por tu gran nombre?». Y usted, en alguna severa aflicción, cuando haya recibido de veras la promesa, puede decir: «Señor, tú has dicho: “En seis tribulaciones estaré contigo, y en la séptima no te desampararé”. He dicho a mis amigos y vecinos que pongo mi confianza en ti, y si no me libras ahora, ¿dónde está tu nombre? Levántate, oh Dios, y haz esto, no sea que tu honra sea arrojada al polvo». Unido a esto, podemos emplear el argumento ulterior de las cosas duras dichas por los ultrajadores. Bien hizo Ezequías cuando tomó la carta de Rabsaces y la extendió delante del Señor. ¿Le ayudará eso? Está llena de blasfemia, ¿le ayudará eso? «¿Dónde están los dioses de Arfad y de Sefarvaim? ¿Dónde están los dioses de las ciudades que he destruido? No os engañe Ezequías, diciendo que Jehová os librará». ¿Surte eso algún efecto? ¡Oh, sí! Fue cosa bendita que Rabsaces escribiera aquella carta, pues provocó al Señor a socorrer a su pueblo. A veces el hijo de Dios puede gozarse cuando ve a sus enemigos perder por completo los estribos y darse al ultraje. «Ahora», dice, «han ultrajado al Señor mismo; no a mí solo han asaltado, sino al Altísimo en persona. Ya no es el pobre e insignificante Ezequías con su pequeña banda de soldados, sino Jehová, el Rey de los ángeles, quien ha venido a pelear contra Rabsaces. ¿Y ahora qué harás, oh jactancioso soldado del orgulloso Senaquerib? ¿No serás del todo destruido, ya que Jehová mismo ha entrado en la lid?». Todo el avance que hace el papismo, todas las cosas torcidas dichas por ateos especulativos y demás, deberían ser usados por los cristianos como argumento ante Dios, para que socorra al evangelio. ¡Señor, mira cómo vituperan el evangelio de Jesús! ¡Saca tu diestra de tu seno! ¡Oh Dios, te desafían! El anticristo se entromete en el lugar donde tu Hijo fue una vez honrado, y desde los mismos púlpitos donde antaño se predicaba el evangelio se proclama ahora el papismo. ¡Levántate, oh Dios, despierta tu celo, ardan tus sagradas pasiones! Tu antiguo enemigo prevalece de nuevo. ¡Mira a la ramera de Babilonia cabalgar otra vez en triunfo sobre su bestia de color escarlata! ¡Ven, Jehová, ven, Jehová, y muestra una vez más lo que tu brazo desnudo puede hacer! Este es un modo legítimo de suplicar con Dios, por amor de su gran nombre.
Así también podemos alegar las tristezas de su pueblo. Esto se hace con frecuencia. Jeremías es el gran maestro de este arte. Dice: «Sus nobles fueron más puros que la nieve, más blancos que la leche; más rojizos eran sus cuerpos que el coral, su talle más hermoso que el zafiro; oscuro más que la negrura es su aspecto». «Los hijos preciosos de Sion, estimados en oro fino, ¡cómo son tenidos por vasijas de barro, obra de manos de alfarero!». Habla de todas sus penas y estrecheces en el sitio. Invoca al Señor a que mire su afligida Sion; y en poco tiempo son oídos sus lastimeros clamores. Nada tan elocuente para el padre como el llanto de su hijo; sí, hay una cosa aún más poderosa, y es un gemido: cuando el niño está tan enfermo que ya no puede llorar, y yace gimiendo con esa clase de gemido que denota sufrimiento extremo e intensa debilidad. ¿Quién puede resistir ese gemido? ¡Ah! Y cuando el Israel de Dios sea abatido tanto que apenas pueda clamar, sino que solo se oigan sus gemidos, entonces llega el tiempo de la liberación del Señor, y él sin falta mostrará que ama a su pueblo. Queridos amigos, cuando también ustedes sean llevados a esa misma condición, pueden alegar sus gemidos; y cuando vean a una iglesia muy abatida, pueden usar sus penas como argumento de por qué Dios debe volver y salvar al remanente de su pueblo.
Hermanos, bueno es alegar con Dios el pasado. ¡Ah, ustedes, pueblo experimentado de Dios, saben hacer esto! He aquí la muestra de David: «Mi ayuda has sido. No me dejes ni me desampares». Alega la misericordia de Dios para con él desde su juventud. Habla de haber sido echado sobre su Dios desde su mismo nacimiento, y luego alega: «Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares». También Moisés, hablando con Dios, dice: «Tú sacaste a este pueblo de Egipto». Como si dijera: «No dejes tu obra sin acabar; comenzaste a edificar, complétala. Has librado la primera batalla; ¡Señor, termina la campaña! Sigue hasta obtener victoria completa». ¡Cuántas veces hemos clamado en nuestra angustia: «Señor, tú me libraste en tal y tal dura prueba, cuando parecía que no había socorro cerca; nunca me has desamparado hasta ahora. He erigido mi Eben-ezer en tu nombre. Si hubieras querido dejarme, ¿por qué me has mostrado tales cosas? ¿Has traído a tu siervo hasta este lugar para avergonzarlo?». Hermanos, tenemos que tratar con un Dios inmutable, que hará en lo por venir lo que ha hecho en lo pasado, porque nunca se aparta de su propósito, ni puede ser frustrado en su designio; así el pasado viene a ser un medio muy poderoso de ganar bendiciones de él.
Podemos incluso usar nuestra propia indignidad como argumento con Dios. «Del devorador salió comida, y del fuerte salió dulzura». David, en un lugar, alega así: «Señor, ten misericordia de mi pecado, porque es grande». Ese es un modo de razonar muy singular; pero, interpretado, significa: «Señor, ¿por qué habrías de ocuparte en cosas pequeñas? Tú eres un gran Dios, y aquí hay un gran pecador. Hay en mí aptitud para el despliegue de tu gracia. La grandeza de mi pecado me hace plataforma para la grandeza de tu misericordia. Véase en mí la grandeza de tu amor». Moisés parece tener lo mismo en mente cuando pide a Dios que muestre su gran poder en perdonar a su pueblo pecador. El poder con que Dios se refrena a sí mismo es grande en verdad. ¡Oh hermanos y hermanas, hay tal cosa como arrastrarse al pie del trono, encogerse muy abajo y clamar: «Oh Dios, no me quiebres —soy una caña cascada. ¡Oh! No pises mi pequeña vida, que ahora no es sino como el pábilo que humea. ¿Me perseguirás? ¿Saldrás, como dijo David, tras un perro muerto, tras una pulga? ¿Me perseguirás como a hoja que arrebata la tempestad? ¿Me acecharás, como dice Job, cual si yo fuera un vasto mar, o una gran ballena? No; sino que, porque soy tan pequeño, y porque la grandeza de tu misericordia puede mostrarse en uno tan insignificante y a la vez tan vil, por eso, oh Dios, ten misericordia de mí».
Hubo una vez una ocasión en que la Deidad misma de Jehová hizo un alegato triunfante a favor del profeta Elías. En aquella augusta ocasión, cuando había mandado a sus adversarios ver si su dios podía responderles por fuego, poco pueden ustedes imaginar la excitación que debió de haber aquel día en el ánimo del profeta. ¡Con qué severo sarcasmo dijo: «Gritad en alta voz, porque es un dios; quizá está meditando, o tiene algún trabajo, o va de camino; tal vez duerme, y hay que despertarlo»! Y mientras ellos se sajaban con cuchillos, y saltaban sobre el altar, ¡oh, el desdén con que aquel varón de Dios debió de contemplar sus impotentes esfuerzos y sus fervientes pero inútiles clamores! Pero piense usted cómo debió de palpitar su corazón —de no ser por la fuerza de su fe— cuando reparó el altar de Dios que estaba derribado, y compuso la leña en orden, y mató el novillo. Óigalo clamar: «Derramad agua sobre él. No me sospechéis de esconder fuego; derramad agua sobre la víctima». Cuando lo hubieron hecho, les manda: «Hacedlo por segunda vez»; y lo hicieron por segunda vez; y luego dice: «Hacedlo por tercera vez». Y cuando todo quedó cubierto de agua, empapado y saturado, entonces se pone en pie y clama a Dios: «Oh Dios, sea conocido que solo tú eres Dios». Aquí todo se puso a prueba. La existencia misma de Jehová quedaba ahora, por así decirlo, en juego, ante los ojos de los hombres, por obra de este osado profeta. ¡Mas cuán bien fue oído el profeta! Descendió el fuego y devoró no solo el sacrificio, sino aun la leña, y las piedras, y hasta la misma agua que había en las zanjas, pues Jehová Dios había respondido a la oración de su siervo. A veces podemos hacer lo mismo, y decirle: «Oh, por tu Deidad, por tu existencia, si de veras eres Dios, muéstrate ahora en socorro de tu pueblo».
Por último, el gran argumento cristiano es los sufrimientos, la muerte, el mérito, la intercesión de Cristo Jesús. Hermanos, me temo que no comprendemos lo que tenemos a nuestra disposición cuando se nos permite suplicar a Dios por amor de Cristo. Di el otro día con este pensamiento: me resultó algo nuevo, aunque creo que no debiera haberlo sido. Cuando pedimos a Dios que nos oiga, alegando el nombre de Cristo, solemos querer decir: «Oh Señor, tu amado Hijo merece esto de ti; hazlo conmigo por causa de lo que él merece». Pero, si lo supiéramos, podríamos ir a la ciudad —«Señor, pase por mi oficina, y use mi nombre, y diga que le den tal cosa». Entraría yo y usaría el nombre de usted, y obtendría lo pedido como cosa de derecho y de necesidad. Esto es virtualmente lo que Jesucristo nos dice: «Si necesitas algo de Dios, todo lo que el Padre tiene me pertenece; ve y usa mi nombre». Suponga usted que diera a un hombre su chequera firmada con su propio nombre y dejada en blanco, para que la llenara a su antojo; eso sería muy semejante a lo que Jesús ha hecho en estas palabras: «Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré». Si yo tuviera un buen nombre al pie del cheque, estaría seguro de que me lo pagarían al presentarlo al banquero; así, cuando usted tiene el nombre de Cristo, de quien la justicia misma de Dios se ha hecho deudora, y cuyos méritos tienen derechos ante el Altísimo, cuando usted tiene el nombre de Cristo no hay necesidad de hablar con temor y temblor y con el aliento contenido. ¡Oh, no vacile, y no titubee su fe! Cuando usted alega el nombre de Cristo, alega aquello que sacude las puertas del infierno, y a lo cual obedecen las huestes del cielo, y Dios mismo siente el sagrado poder de ese alegato divino.
Hermanos, mejor haría usted si a veces pensara más, en sus oraciones, en las penas y gemidos de Cristo. Ponga delante del Señor sus heridas, cuéntele al Señor sus clamores, haga que los gemidos de Jesús clamen de nuevo desde Getsemaní, y que su sangre hable otra vez desde aquel yerto Calvario. Hable claro, y dígale al Señor que, con tales penas, y clamores, y gemidos que alegar, no puede aceptar una negativa: argumentos como estos le harán prosperar.
III. Si el Espíritu Santo nos enseña a ordenar nuestra causa y a llenar nuestra boca de argumentos, el resultado será que TENDREMOS LA BOCA LLENA DE ALABANZAS. El hombre que tiene la boca llena de argumentos en la oración pronto tendrá la boca llena de bendiciones en respuesta a la oración. Querido amigo, ¿tiene usted esta mañana la boca llena? ¿De qué? ¿Llena de quejas? Pida al Señor que le enjuague la boca de esa negra materia, pues de poco le servirá, y le será amarga en las entrañas uno de estos días. ¡Oh, tenga la boca llena de oración, bien llena, tan llena de argumentos que no quede espacio para nada más! Venga entonces con esa bendita boca llena, y pronto se irá con todo lo que haya pedido a Dios. Solo deléitese usted en él, y él le concederá los deseos de su corazón.
Se dice —no sé con cuánta verdad— que la explicación del texto «Abre tu boca, y yo la llenaré» puede hallarse en una costumbre oriental muy singular. Se cuenta que no hace muchos años —recuerdo que se refirió el suceso— el rey de Persia mandó al principal de sus nobles, que había hecho algo que le agradó grandemente, que abriera la boca; y cuando lo hubo hecho, comenzó a ponerle en la boca perlas, diamantes, rubíes y esmeraldas, hasta que se la llenó cuanto podía contener, y entonces le mandó irse. Se dice que esto se hacía a veces en las cortes orientales con los grandes favoritos. Ahora bien, ciertamente, sea eso o no una explicación del texto, es una ilustración de él. Dios dice: «Abre tu boca con argumentos», y entonces él la llenará de misericordias inestimables, de gemas de valor indecible. ¿No abriría un hombre la boca de par en par si se la hubieran de llenar de tal modo? De seguro, aun el más sencillo de ustedes tendría cordura bastante para eso. ¡Oh, abramos, pues, la boca de par en par cuando hayamos de suplicar con Dios! Grandes son nuestras necesidades; sean grandes nuestras peticiones, y grande será también la provisión. No están ustedes estrechados en él; están estrechados en sus propias entrañas. Dénos el Señor bocas grandes en la oración, gran potencia, no en el uso del lenguaje, sino en el empleo de argumentos.
Lo que he estado diciendo al cristiano es aplicable en gran medida al hombre no convertido. Dele Dios ver su fuerza, y volar en humilde oración al Señor Jesucristo, y hallar en él la vida eterna.
PORCIÓN DE LA ESCRITURA LEÍDA ANTES DEL SERMÓN: Números 14:1-21.
Capítulo 4 completado
Orden y argumento en la oración