Capítulo 12 · 36 min de lectura
La oración, remedio para el cuidado
«Por nada estéis afanosos, sino en todo, mediante oración y ruego, con acción de gracias, sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.» Filipenses 4:6, 7.
Tenemos la facultad de la previsión, pero, como todas nuestras facultades, ha sido pervertida, y a menudo se abusa de ella. Es bueno que el hombre tenga un santo cuidado y preste la debida atención a cada detalle de su vida, pero, ¡ay!, es muy fácil convertirlo en un cuidado impío y tratar de arrebatar de la mano de Dios ese oficio de la Providencia que le pertenece a Él y no a nosotros. ¡Cuánto le gustaba a Lutero hablar de las aves y de la manera en que Dios cuida de ellas! Cuando estaba lleno de sus ansiedades, solía envidiar constantemente a las aves, porque llevaban una vida tan libre y feliz. ¡Hablaba del doctor Gorrión, del doctor Zorzal y de otros que solían venir a conversar con el doctor Lutero y a decirle muchas cosas buenas! Ya saben ustedes, hermanos y hermanas, que las aves de campo abierto, allá afuera, cuidadas por Dios, viven mucho mejor que las que son cuidadas por el hombre. Una niñita de Londres, que había ido al campo, dijo una vez: «Mira, mamá, ese pobre pajarito. ¡No tiene ninguna jaula!» A mí no me habría parecido que eso fuera pérdida alguna para el ave; y si usted y yo nos quedáramos sin nuestra jaula, y sin la caja de semillas, y sin el vaso de agua, no sería gran pérdida que fuésemos lanzados a la libertad gloriosa de una vida de humilde dependencia de Dios.
Es esa jaula de la confianza carnal y esa caja de semillas que siempre nos afanamos por llenar lo que produce la inquietud de esta vida mortal. Pero quien tiene la Gracia de extender sus alas y remontar el vuelo —y llegar al campo abierto de la confianza Divina— puede cantar todo el día y tener siempre esta por melodía suya:
«Cesa, mortal, de afán y de dolor; Dios provee para el mañana.»
He aquí, pues, la enseñanza del texto: «Por nada estéis afanosos.» La palabra «afanosos» no significa hoy exactamente lo que significaba cuando se tradujo la Biblia. Al menos, a mí me transmite un sentido distinto del que tenía para los traductores. Yo diría que debemos ser cuidadosos. «Sean cuidadosos» es una buena lección para los muchachos y los jóvenes cuando comienzan la vida; pero, en el sentido en que se entendía aquella palabra en tiempo de los traductores —«lleno de cuidado»—, no debemos ser cuidadosos, es decir, no debemos estar llenos de cuidado. El texto quiere decir: no os angustiéis, no estéis pensando de continuo en las necesidades de esta vida mortal. Lo leeré de nuevo, alargando un poco la palabra, y así captará usted su sentido: «Por nada estéis lle-nos de cui-da-do.» ¡Oh, que Dios nos enseñe a evitar el mal que aquí se prohíbe, y a vivir con ese santo descuido que es la belleza misma de la vida cristiana, cuando todo nuestro cuidado lo echamos sobre Dios y podemos gozarnos y regocijarnos en su cuidado providencial sobre nosotros!
«Ah» —dice alguno—, «no puedo dejar de cuidar.» Pues bien, el tema de esta noche es ayudarle a dejar de cuidar o de inquietarse y, primero, consideremos aquí el sustituto del cuidado. Por nada estéis afanosos, sino sed dados a la oración en todo: ese es el sustituto del cuidado, «oración y ruego». En segundo lugar, note el carácter especial de esta oración que ha de convertirse en el sustituto de la ansiedad: «en todo, mediante oración y ruego, con acción de gracias, sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios». Y luego espero que nos queden unos minutos para considerar el dulce efecto de esta oración: «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús».
I. Para comenzar, pues, aquí está, en primer lugar, EL SUSTITUTO DEL CUIDADO O LA ANSIEDAD.
Supongo que es cierto de muchos de nosotros que nuestros cuidados son numerosos. Una vez que usted llega a ser cuidadoso, ansioso, inquieto, jamás podrá contar sus cuidados, aunque pudiera contar los cabellos de su cabeza. Y los cuidados tienden a multiplicarse en
aquellos que están llenos de cuidado; y cuando usted esté tan lleno de cuidado como crea posible, tenga por seguro que le brotará otra cosecha de cuidados a su alrededor. La complacencia en este mal hábito de la ansiedad lleva a que este se enseñoree de la vida, hasta que la vida no vale la pena de vivirse por razón del cuidado que tenemos acerca de ella. Los cuidados son numerosos; por tanto, que sus oraciones sean igualmente numerosas. Convierta en oración todo lo que sea un cuidado. Que sus cuidados sean la materia prima de sus oraciones y, así como los alquimistas esperaban convertir la escoria en oro, así usted, por una santa alquimia, convierta lo que naturalmente habría sido un cuidado en tesoro espiritual en forma de oración. Bautice cada ansiedad en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, ¡y hágala así una bendición!
¿Tiene usted algún afán por adquirir? ¡Cuide de que ese afán no lo adquiera a usted! ¿Desea obtener ganancia? Mire que no pierda más de lo que gana con sus ganancias. Le ruego que no tenga más afán por ganar del que se atreva a convertir en oración. No desee tener lo que no se atreva a pedir a Dios que le dé. Mida sus deseos con una medida espiritual, y así se guardará de toda avaricia. A muchos les vienen los cuidados por sus pérdidas: pierden lo que habían ganado. Pues bien, este es un mundo en que hay tendencia a perder. Los reflujos siguen a las mareas, y los inviernos aplastan las flores del verano. No se maraville si pierde como pierden los demás, sino ore acerca de sus pérdidas. Vaya a Dios con ellas y, en lugar de inquietarse, hágalas ocasión para esperar en el Señor y decir: «Jehová dió, y Jehová quitó: sea el nombre de Jehová bendito. Muéstrame por qué contiendes conmigo, y libra a tu siervo, te ruego, de quejarse jamás de ti, cualquiera que sea lo que permitas que yo pierda.»
Quizá diga usted que su cuidado no es acerca de su ganar ni de su perder, sino acerca de su pan de cada día. ¡Ah, pues bien, para eso tiene usted promesas! El Señor ha dicho: «habitarás en la tierra, y de cierto serás sustentado.» Él le da dulce aliento cuando dice que viste la hierba del campo; ¿y no le vestirá mucho más a usted, hombre de poca fe? Y el Señor Jesús le manda considerar las aves del cielo, que no siembran, ni recogen en graneros, y sin embargo su Padre celestial las alimenta. ¡Vaya, pues, a su Dios con todos sus cuidados! Si tiene usted una familia numerosa, un ingreso escaso y mucho trabajo para llegar a fin de mes y proveer cosas honradas delante de todos los hombres, tiene otras tantas excusas para llamar a la puerta de Dios, otras tantas razones más para ser hallado a menudo ante el Trono de la Gracia. Le ruego que las aproveche bien. Yo me siento libre para visitar a un amigo cuando de veras tengo algún asunto que tratar con él; y usted puede atreverse a acudir a Dios cuando las necesidades le apremian. En lugar de cuidar de algo con ansioso cuidado, conviértalo en el acto en motivo de renovada oración.
«Ah» —dice uno—, «pero estoy en perplejidad. No sé qué hacer.» Pues bien, entonces, querido amigo, ciertamente debe usted orar cuando no puede decir si el camino es a la derecha, o a la izquierda, o de frente, o si debe volverse atrás. En verdad, cuando esté usted en una niebla tan densa que no alcance a ver el farol siguiente, ese es el momento en que debe orar. El camino se despejará delante de usted de repente. A menudo he tenido que probar yo mismo este método, y doy testimonio de que cuando he confiado en mí mismo, ¡he sido un necio de proporciones descomunales! Pero cuando he confiado en Dios, entonces Él me ha conducido derecho por el buen camino, y no ha habido ningún error. Creo que los hijos de Dios a menudo cometen mayores desatinos en las cosas sencillas que en los asuntos más difíciles. Ya saben ustedes cómo fue con Israel, cuando aquellos gabaonitas vinieron con sus zapatos y vestidos viejos, y mostraron el pan mohoso que decían haber sacado fresco de sus hornos. Los hijos de Israel pensaron: “Este es un caso claro. Estos hombres son extranjeros, han venido de una tierra lejana, así que podemos hacer alianza con ellos.” Estaban seguros de que el testimonio de sus ojos probaba que aquellos no eran cananeos, ¡así que no consultaron a Dios! Todo el asunto parecía tan evidente que hicieron alianza con los gabaonitas, ¡lo cual les fue después un continuo pesar! Si en todo acudiéramos a Dios en oración, nuestras perplejidades no nos llevarían a más errores que nuestras sencilleces; y tanto en las cosas sencillas como en las difíciles seríamos guiados por el Altísimo.
Quizá otro amigo diga: «Pero estoy pensando en el futuro.» ¿De veras? Pues bien, primero permítame preguntarle qué tiene usted que ver con el futuro. ¿Sabe acaso lo que dará de sí un día? Ha estado pensando en qué será de usted cuando sea viejo; pero, ¿está seguro de que alguna vez llegará a viejo? Conocí a una mujer cristiana que solía atormentarse pensando cómo la enterrarían. Esa cuestión nunca me inquietó a mí, y hay muchos otros asuntos por los cuales no tenemos que inquietarnos. Siempre se puede hallar un palo con que pegar a un perro y, si usted necesita un cuidado, por lo general podrá hallar un cuidado con que golpear su propia alma. Pero esa es una pobre ocupación para cualquiera de ustedes. En lugar de hacer eso, convierta en asunto de oración todo lo que pudiera ser asunto de cuidado. No pasará mucho tiempo antes de que tenga un asunto de cuidado, de modo que no estará mucho tiempo sin un asunto de oración. Tache esa palabra, «cuidado», y escriba en su lugar esta palabra, «oración»; y entonces, aunque sus cuidados sean numerosos, sus oraciones serán también numerosas.
Note, en seguida, queridos amigos, que el cuidado excesivo es una intrusión en el dominio de Dios. Es hacerse a sí mismo el padre de la casa en lugar de ser un hijo; es hacerse a sí mismo el amo en lugar de ser un siervo a quien el amo provee sus raciones. Ahora bien, si, en lugar de eso, convierte usted el cuidado en oración, no habrá intrusión alguna, pues puede acudir a Dios en oración sin ser acusado de presunción. Él le invita a orar. Más aún, aquí, por medio de su siervo, le ordena: «en todo, mediante oración y ruego, con acción de gracias, sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios». Una vez más, los cuidados no nos sirven de nada, y nos causan gran daño. Aunque usted se inquietara cuanto quisiera, no podría añadir a su estatura un solo codo, ni hacer crecer un cabello más en su cabeza, ni hacer blanco o negro un solo cabello. Así nos lo dice el Salvador, y pregunta: si el cuidado fracasa en cosas tan pequeñas, ¿qué podrá hacer en los asuntos mayores de la Providencia? ¡No puede hacer nada! Un labrador estaba en sus campos y decía: «No sé qué será de todos nosotros. El trigo se echará a perder si sigue esta lluvia. No tendremos cosecha alguna a menos que tengamos buen tiempo.» Iba y venía, retorciéndose las manos, inquietándose y haciendo desdichada a toda su casa. Y no produjo ni un solo rayo de sol con todas sus inquietudes; no pudo disipar ni una de las nubes con todo su petulante hablar, ni pudo detener una gota de lluvia con todos sus murmullos.
¿De qué sirve, pues, seguir royéndose el propio corazón, cuando nada se saca de ello? Además, debilita nuestra capacidad de ayudarnos a nosotros mismos, y en especial nuestra capacidad de glorificar a Dios. Un corazón lleno de cuidado nos impide juzgar rectamente en muchas cosas. A menudo he usado la ilustración (no conozco otra mejor) de tomar un telescopio, empañarlo con el aliento caliente de nuestra ansiedad, ponerlo ante el ojo y decir luego que no podemos ver nada sino nubes. Claro que no podemos, ¡ni nunca podremos mientras sigamos empañándolo con el aliento! Si tan solo estuviésemos serenos, quietos, dueños de nosotros mismos y poseídos por Dios, haríamos lo debido. Estaríamos, como decimos, «del todo presentes» en la hora de la dificultad. Aquel que tiene la Presencia de Dios puede esperar tener presencia de ánimo. Si nos olvidamos de orar, ¿es de extrañar que andemos todos agitados e inquietos, y hagamos lo primero que se nos ocurre —que por lo general es lo peor—, en lugar de esperar hasta ver qué conviene hacer, y hacerlo entonces confiada y creyentemente, como en la presencia de Dios? El cuidado, o la inquietud, es dañino; pero si tan solo convierte usted ese cuidado en oración, entonces cada inquietud será para usted un beneficio.
La oración es material admirable para edificar la fábrica espiritual. Nosotros mismos somos edificados por la oración. Crecemos en Gracia por la oración y, si tan solo acudimos a Dios a cada momento con peticiones, ¡seremos cristianos que crecen aprisa! Le dije a una persona esta mañana: «Ore por mí, es tiempo de necesidad»; y ella respondió: «No he hecho otra cosa desde que desperté.» He hecho la misma petición a otras varias, y me han dicho que han estado orando por mí. Me sentí tan contento, no solo por mí mismo, que había recibido beneficio de sus oraciones, sino por ellas, ¡porque de seguro crecerán con ello! Cuando los pajarillos baten sin cesar sus alas, están aprendiendo a volar. Los tendones se irán fortaleciendo, y las aves dejarán el nido dentro de poco. Ese mismo batir de sus alas es una educación; y el intento de orar —el gemido, el suspiro, el clamor de un espíritu que ora— ¡es, en sí mismo, una bendición! Deje, pues, este dañino hábito de la inquietud, y tome este enriquecedor hábito de la oración. Vea cómo hará así una doble ganancia: primero, evitando una pérdida y, segundo, obteniendo aquello que de veras le beneficiará a usted y también a otros.
Luego, además, los cuidados son efecto de olvidar la cercanía de Cristo a nosotros. ¿Notó usted cómo corre el contexto? «El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos.» El Señor Jesucristo ha prometido venir otra vez, y puede venir esta misma noche. ¡En cualquier momento puede aparecer! Por eso escribe Pablo: «El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos; sino en todo, mediante oración y ruego, con acción de gracias, sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios.» ¡Oh, si tan solo pudiéramos estar sobre esta tierra como sobre una mera sombra! ¡Si tan solo pudiéramos vivir como quienes pronto habrán terminado con esta pobre vida pasajera! Si asiéramos toda cosa terrenal con mano muy floja, entonces no andaríamos cuidando, e inquietándonos, y afligiéndonos, sino que nos daríamos a la oración; pues así asiríamos lo real, y lo sustancial, y plantaríamos los pies sobre lo invisible, que es, después de todo, lo eterno. Oh, queridos amigos, dejen que el texto, que les he leído una y otra vez, caiga ahora en sus corazones como una piedrecita cae en un lago de montaña y, al entrar, ¡que forme anillos de consuelo sobre la superficie misma de su alma!
II. Ahora necesitamos examinar el texto un poco más de cerca para ver, en segundo lugar, EL CARÁCTER ESPECIAL DE ESTA ORACIÓN. ¿Qué clase de oración es la que nos aliviará del cuidado?
Pues bien, primero, es una oración que trata de todo. «En todo» «sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios». Puede usted orar acerca de la cosa más pequeña y acerca de la más grande; no solo puede orar por el Espíritu Santo, sino que puede orar por un par de zapatos nuevos. Puede acudir a Dios acerca del pan que come, del agua que bebe, del vestido que lleva, y orarle acerca de todo. No trace ninguna línea diciendo: «Hasta aquí ha de estar bajo el cuidado de Dios.» ¡Vaya, entonces! ¿Qué va usted a hacer con el resto de la vida? ¿Ha de vivirse bajo el marchitante tizón de una especie de ateísmo? ¡No lo permita Dios! ¡Oh, que vivamos en Dios en cuanto a la totalidad de nuestro ser, pues nuestro ser es de tal índole que no lo podemos dividir! Nuestro cuerpo, alma y espíritu son uno; y mientras Dios nos deje en este mundo y tengamos necesidades que surgen de la condición de nuestros cuerpos,
debemos presentar nuestras necesidades corporales delante de Dios en oración. Y hallará usted que el gran Dios le oirá en estos asuntos. No diga que son demasiado pequeños para que Él los note: ¡todo es pequeño en comparación con Él! Cuando pienso en cuán grande Dios es, me parece que este pobre y pequeño mundo nuestro no es sino un insignificante grano de arena en la playa del universo, y que no merece atención alguna. Toda la tierra es una mera mota en el gran mundo de la Naturaleza y, si Dios se digna considerarla, bien puede inclinarse un poco más y considerarnos a nosotros. Y así lo hace, pues dice: «Aun los mismos cabellos de vuestra cabeza están todos contados.» Por tanto, en todo sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios.
La clase de oración que nos salva del cuidado es la oración repetida: «en todo, mediante oración y ruego». Ore a Dios, y ore luego otra vez: «mediante oración y ruego». Si el Señor no le responde la primera vez, ¡esté muy agradecido de tener un buen motivo para orar de nuevo! Si no le concede su petición la segunda vez, crea que le ama tanto que quiere oír su voz una vez más. Y si le hace esperar hasta que haya acudido a Él siete veces, dígase a sí mismo: «Ahora sé que adoro al Dios de Elías, pues el Dios de Elías le dejó ir siete veces antes de dar la bendición.» ¡Tenga por honra que se le permita luchar con el Ángel de Dios! ¡Así es como Dios hace a sus príncipes! Jacob nunca habría sido Israel si hubiera obtenido la bendición del Ángel a la primera petición; pero cuando tuvo que seguir luchando hasta prevalecer, entonces llegó a ser un príncipe con Dios. La oración que da muerte al cuidado es la oración continua e importuna.
En seguida, es una oración inteligente: «sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios». Oí de un musulmán que pasaba, creo, seis horas en oración cada día y que, para no dormirse cuando iba a bordo de un barco, se ponía en pie y solo tenía una cuerda tendida de un lado a otro, para poder apoyarse en ella. Y si se dormía, caía. Su objetivo era continuar seis horas con lo que él llamaba oración. «Bien —dije yo a uno que lo conocía y que lo había visto a bordo de su barca en el Nilo—, ¿qué clase de oración era?» «Pues —respondió mi amigo—, seguía repitiendo: “No hay más Dios que Dios, y Mahoma es el profeta de Dios”, una y otra vez, y otra vez más.» Yo dije: «¿Pedía algo?» «¡Oh, no!» «¿Rogaba a Dios que le diese algo?» «No, sencillamente seguía con aquella perpetua repetición de ciertas palabras, tal como una hechicera repetiría un ensalmo.»
¿Cree usted que hay algo en esa manera de orar? Si se pone de rodillas y simplemente repite cierta fórmula, no será sino un puñado de palabras. ¿Qué le importa a Dios esa clase de oración? «Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios.» ¡Esa es la verdadera oración! Dios sabe cuáles son sus peticiones, pero usted ha de orarle como si Él no lo supiera. Ha de dar a conocer sus peticiones, no porque el Señor no las conozca, sino, quizá, porque usted no las conoce. Y cuando haya dado a conocer sus peticiones a Él, como le dice el texto, más claramente se las habrá dado a conocer a usted mismo. Cuando haya pedido inteligentemente, sabiendo lo que ha pedido y sabiendo por qué lo ha pedido, quizá se detenga y se diga a sí mismo: «No, después de todo, no debo hacer esa petición.» A veces, cuando ha seguido orando por lo que Dios no le da, puede ser que se apodere de su mente la convicción de que no va usted por buen camino, y ese resultado de su oración, en sí mismo, le hará bien y le será una bendición.
Pero ha de orar dando a conocer sus peticiones a Dios. Esto es, en buen romance, diga lo que necesita, porque esta es la verdadera oración. Retírese a solas y dígale al Señor lo que necesita; derrame su corazón delante de Él. No imagine que Dios necesita lenguaje elegante alguno. No, no necesita subir corriendo por su devocionario y buscar una colecta; ¡tardará mucho antes de hallar una colecta que le cuadre si de veras está orando! Ore por lo que necesita tal como si le contara a su madre o a su amigo más querido cuál es su necesidad. Acuda a Dios de ese modo, porque esa es la verdadera oración, y esa es la clase de oración que ahuyentará sus cuidados.
Así, queridos amigos, otra vez, la clase de oración que trae libertad del cuidado es la comunión con Dios. Si no le ha hablado a Dios, no ha orado de veras. Se sabe de algún niño (me atrevo a decir que los hijos de ustedes lo han hecho) que fue y metió una carta por la reja de un sumidero y, por supuesto, nunca hubo respuesta a una carta echada de ese modo. Si la carta no se pone en el buzón, para que llegue a la persona a quien va dirigida, ¿de qué sirve? Así, la oración es verdadera comunicación con Dios. Ha de darse cuenta de que Él existe y de que es galardonador de los que le buscan con diligencia, o de lo contrario no puede orar. Él ha de ser para usted una realidad, una realidad viva, y ha de creer que Él oye la oración, y luego ha de hablar con Él y creer que ha obtenido la petición que le hace; y así la obtendrá. Nunca ha dejado Él de honrar la oración creyente. Puede hacerle esperar un rato, pero las demoras no son negativas, ¡y a menudo ha respondido una oración que pedía plata dando oro! Puede haber negado un tesoro terrenal, pero ha dado riquezas celestiales diez mil veces más valiosas, ¡y el suplicante ha quedado más que satisfecho con el cambio! «Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios.»
Sé lo que hace usted cuando está en apuros: acude a su vecino; pero su vecino no desea verle tan a menudo por tal asunto. Posiblemente acude a su hermano; pero hay un texto que le advierte no entrar en casa de su hermano en el día de su calamidad. Puede visitar a un amigo demasiado a menudo cuando anda escaso de recursos; puede que se alegre mucho de verle hasta que oiga a qué va. Pero si acude a su Dios, jamás le pondrá mala cara. Nunca le dirá que acude demasiado a menudo. Al contrario, ¡hasta le reprenderá porque no acude a Él con bastante frecuencia!
Hay una palabra que pasé por alto hace un momento, porque quería dejarla para mi última observación sobre este punto: «mediante oración y ruego, con acción de gracias, sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios». Ahora bien, ¿qué significa eso? Significa que la clase de oración que da muerte al cuidado es una oración que pide con alegría, con gozo, con gratitud. «Señor, soy pobre. Permíteme bendecirte por mi pobreza y, luego, oh Señor, ¿no suplirás todas mis necesidades?» Así es como se ha de orar. «Señor, estoy enfermo. Te bendigo por esta aflicción, porque estoy seguro de que me trae algún bien. Ahora dígnate sanarme, ¡te lo suplico!» «Señor, estoy en gran tribulación, pero te alabo por la tribulación, porque sé que encierra una bendición, aunque el sobre tenga los bordes negros. ¡Señor, ayúdame a través de mi tribulación!» Esa es la clase de oración que da muerte al cuidado: «ruego, con acción de gracias». ¡Mezcle bien estas dos cosas! Una dracma —no, dos dracmas— de oración: oración y ruego, y luego una dracma de acción de gracias. Frótelas juntas y harán un bendito remedio para el cuidado. ¡Que el Señor nos enseñe a practicar este santo arte del boticario!
III. Termino con este tercer punto: EL DULCE EFECTO DE ESTA ORACIÓN: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.»
Si puede usted orar de esta manera, en lugar de entregarse a una ansiedad perniciosa, el resultado será que una paz insólita se apoderará poco a poco de su corazón y de su mente. Insólita, porque será «la paz de Dios». ¿Qué es la paz de Dios? ¡La serenidad inalterable del Dios infinitamente feliz, la eterna compostura del Dios absolutamente satisfecho! Esta poseerá su corazón y su mente. Note cómo la describe Pablo: «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento». Los demás no la entenderán. No alcanzarán a comprender cómo puede usted estar tan tranquilo. Es más, usted no podrá explicárselo, pues si sobrepasa todo entendimiento, ¡ciertamente sobrepasa toda expresión! Y lo que es aún más asombroso: ¡usted mismo no la entenderá!
Será tal paz que le resultará insondable e inconmensurable. Cuando uno de los mártires estaba a punto de ser quemado por Cristo, dijo al juez que daba órdenes de encender la hoguera: «¿Quiere venir y poner su mano sobre mi corazón?» El juez lo hizo. «¿Late aprisa? —preguntó el mártir—. ¿Doy alguna señal de temor?» «No», dijo el juez. «Ponga ahora su mano sobre su propio corazón, y vea si no está usted más agitado que yo.» Piense en aquel hombre de Dios que, la mañana en que iba a ser quemado, estaba tan profundamente dormido que tuvieron que sacudirlo para despertarlo; ¡tuvo que levantarse para ser quemado! Y sin embargo, sabiendo que así había de ser, tenía tal confianza en Dios que dormía dulcemente. Esta es «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento». En aquellas antiguas persecuciones de Diocleciano, cuando los mártires entraban en el anfiteatro para ser despedazados por las fieras —cuando a uno lo sentaban en una silla de hierro al rojo vivo, a otro lo untaban de miel para que las avispas y las abejas lo mataran a picotazos—, ¡jamás flaquearon!
Piense en aquel valiente que fue puesto sobre una parrilla para ser asado hasta morir, y que dijo a sus perseguidores: «Ya me habéis asado de un lado; volvedme ahora del otro.» ¿Por qué esta paz en tales circunstancias? Era «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento». Hoy no tenemos que sufrir de ese modo; pero, si alguna vez llegara a ser algo semejante, ¡es maravilloso qué paz disfruta un cristiano! Después de que hubo una gran tempestad, el Maestro se puso en pie en la proa de la nave y dijo a los vientos: «Calla, enmudece.» Y leemos: «se hizo grande bonanza». ¿Ha sentido usted alguna vez esto? Lo sentirá esta noche si ha aprendido este sagrado arte de dar a conocer sus peticiones a Dios en todo, y la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento está guardando sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.
Esta bendita paz guarda nuestros corazones y nuestras mentes; es una paz que hace de guardia. La palabra griega implica una guarnición. ¿No es cosa singular que aquí se use un término militar, y que sea la paz la que actúa como guardia del corazón y de la mente? Es la paz de Dios la que ha de proteger al hijo de Dios: ¡figura extraña, pero hermosa! He oído decir que el temor es el ama de llaves del cristiano. Pues bien, el temor puede ser buen guardián para mantener fuera a los perros, ¡pero no tiene la despensa llena! En cambio, la paz, aunque parezca debilidad, es la esencia de la fuerza y, mientras vigila, también nos alimenta y suple todas nuestras necesidades.
Es también una paz que nos une a Jesús: «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos». Es decir, sus afectos y sus pensamientos, sus deseos y su entendimiento —su corazón—, de modo que no tema.
Su mente, de modo que no conozca ninguna clase de perplejidad: «la paz de Dios guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». Todo es «en Cristo Jesús» y, por tanto, ¡doblemente dulce y precioso nos resulta!
Oh, queridos oyentes, algunos de ustedes vienen aquí los jueves por la noche y no saben nada de esta paz de Dios y, quizá, se preguntan por qué los cristianos hacemos tanto alboroto con nuestra religión. ¡Ah, si lo supieran, quizá harían más alboroto por ella que nosotros!, pues, aunque no hubiera un más allá —y sabemos que lo hay—, el bendito hábito de acudir a Dios en oración y de echar sobre Él todo nuestro cuidado nos ayuda a vivir del modo más gozoso, ¡aun en esta vida! No creemos en el secularismo; pero, si creyéramos, no habría preparación para la vida terrenal como esta de vivir para Dios y vivir en Dios. Si tiene usted un dios falso y meramente va a la iglesia o a la capilla y lleva consigo su devocionario o su himnario y, por eso, piensa que es cristiano, ¡se está engañando a sí mismo! Pero si tiene usted un Dios vivo y goza de verdadera comunión con Él y, de continuo, como hábito, vive bajo la sombra de las alas del Todopoderoso, entonces disfrutará de una paz que hará maravillarse a los demás y le hará maravillarse también a usted mismo, sí, «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento». ¡Que Dios se la conceda, mis amados oyentes, por amor de Cristo! Amén.
EXPOSICIÓN POR C. H. SPURGEON: Filipenses 4
Versículo 1. «Así que, hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados.» Ya saben ustedes que la iglesia de Filipos era muy querida al corazón del Apóstol. Nunca pudo olvidar aquella vez en que él y Silas oraron con las mujeres a la orilla del río, y después oraron y cantaron alabanzas a Dios en la cárcel, cuando los presos los oían. Lidia y su casa, y el carcelero de Filipos, estuvieron entre los primeros frutos de la obra de Pablo en Filipos, y siempre hubo un amor muy íntimo entre él y los miembros de la iglesia de aquel lugar. Ellos cuidaban de él, y él cuidaba de ellos. Dos veces en este solo versículo los llama sus «amados». Dice que los «deseaba», que anhelaba ir a verlos cara a cara, que anhelaba que fuesen felices en el Señor en el más alto grado. Por eso dice: «hermanos míos amados y deseados, gozo mío». Le era gozo, incluso, pensar en ellos como hijos suyos espirituales, y en especial ver con qué piadoso y generoso proceder se conducían. Sí, y los llama su «corona», ¡una guirnalda que había ganado en la lucha espiritual! Los convertidos del cristiano son su gozo aquí, y serán su corona para siempre en el Cielo. Pablo mandó a estos filipenses: «estad firmes en el Señor». Parece cosa muy sencilla estar firmes, pero quienes intentan hacerlo saben cuán difícil tarea es.
2. «Ruego a Evodia, y ruego a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor.» Solo dos mujeres que habían reñido la una con la otra; pero el Apóstol está tan ansioso por una perfecta unidad que pone un «ruego» para cada una de ellas. No dice cuál tenía razón y cuál estaba equivocada, sino que quisiera que fuesen «de un mismo sentir en el Señor». Pequeñas diferencias, aun entre miembros oscuros de la iglesia, pueden estorbar la obra del Espíritu de Dios. El Espíritu Santo es como una paloma, y las palomas aman los lugares tranquilos: no vienen donde hay ruido y contienda. ¡Oh, cultivemos el amor los unos hacia los otros! Y si en algo hemos discrepado alguna vez, pensemos que oímos a Pablo decir, esta noche: «Ruego a Evodia, y ruego a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor.» ¡Reconcíliense, hermanas mías! ¡Reconcíliense, hermanos míos! Sea cual sea la disputa, pónganle fin y «sean de un mismo sentir en el Señor». Comprados con la misma sangre preciosa, revestidos de la misma justicia perfecta, en camino al mismo Cielo, «sean de un mismo sentir en el Señor».
3. «Y te ruego también a ti, compañero fiel, que ayudes a estas mujeres que trabajaron conmigo en el evangelio, con Clemente también, y con mis demás colaboradores, cuyos nombres están en el libro de la vida.» No sabemos quién era este «compañero fiel». Muy probablemente era Epafrodito, quien llevó esta Epístola a Filipos. Quienquiera que fuese, era alguien que había trabajado con Pablo hombro con hombro. Si dos bueyes llevan el mismo yugo y, sin embargo, no concuerdan, se hacen la vida muy incómoda el uno al otro. Si uno trata de echarse y el otro quiere estar en pie, o si uno va más aprisa que el otro, el yugo se vuelve doblemente molesto. Pablo habla aquí de alguien que había sido su «compañero fiel», y le dice: «ayuda a estas mujeres que trabajaron conmigo en el evangelio».
¡Qué eminente lugar han ocupado siempre las mujeres en el servicio del Señor Jesucristo, y aquí Pablo habla de ellas como quienes trabajaban con él en el evangelio! De seguro Lidia debió de ser una de ellas. «Con Clemente también, y con mis demás colaboradores, cuyos nombres están en el libro de la vida.» Según algunos doctos comentaristas, el nombre de un hombre puede estar por un tiempo en el libro de la vida, pero puede ser borrado. Si su enseñanza es cierta, ese libro estará muy rayado y tachado. ¡Doy gracias a Dios de que no creo en semejante libro! Si el Señor Jesucristo ha escrito mi nombre en el libro de la vida, en el gran registro de familia de los redimidos, ¡desafío a todos los demonios del infierno a que jamás lo borren!
4. «Regocijaos en el Señor siempre; y otra vez digo: ¡Regocijaos!» Si alguna vez se regocija usted en el Señor, siempre podrá regocijarse en el Señor, pues Él es siempre el mismo, ¡y siempre bondadoso! Hay tanto motivo para regocijarse en Dios en un momento como en otro, puesto que Él nunca cambia.
5. «Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres.» La palabra que aquí se traduce «gentileza» es, en el griego, una palabra muy difícil de verter en nuestra lengua. No significa moderación en el sentido en que algunos usan la palabra, pues la hacen, a mi parecer, casi una palabra maldita. «Vuestra gentileza» —vuestra mansedumbre, vuestra buena disposición, vuestra tolerancia— «sea conocida de todos los hombres». Eso es lo que significa. No lleve demasiado lejos sus propios derechos; quédese corto de lo que en justicia podría reclamar y, cuando en algún momento se sienta un poco vehemente de genio, refrénese, conténgase, soporte y tolere. No vaya tan lejos como podría, ni siquiera tan lejos como algunos piensan que debiera, en la defensa de sus propios derechos. Que su gentileza, su disposición a ceder, sea conocida de todos los hombres.
5. «El Señor está cerca.» Cristo viene, ¿por qué se altera usted? El Señor está cerca de usted para ayudarle, ¿por qué anda tan excesivamente ansioso? ¿Por qué se deja arrastrar de tal modo por la prueba presente y pasajera? «El Señor está cerca.»
6. «Por nada estéis afanosos.» ¡Por nada estéis ansiosamente afanosos! Cante, con Faber:
«No tengo cuidados, oh bendito Señor, porque todos mis cuidados son tuyos.»
6-8. «Sino en todo, mediante oración y ruego, con acción de gracias, sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.» Todo lo de esta índole les concierne a ustedes; por tanto, ayúdenlo cuanto puedan. Pónganse del lado de toda causa que pueda describirse así. Si vindica la verdad, la rectitud, la reverencia, la religión, la castidad, la santidad, pónganse de ese lado. Si hay algo contrario a esto, no tengan nada que ver con ello; pero si hay algún movimiento en el mundo que haga avanzar cosas que sean verdaderas, honestas, justas, puras, amables y de buen nombre, «en esto pensad», y piensen en ello de tal modo que aumenten su influencia entre los hijos y las hijas de los hombres.
9. «Lo que aprendisteis, y recibisteis, y oísteis, y visteis en mí, esto haced.» Bien está cuando un predicador puede hablar así, cuando no tiene que decir: «Hagan lo que digo y no lo que hago», sino que, como el Apóstol, puede decir: «lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, esto haced».
9. «Y el Dios de paz estará con vosotros.» El Dios de paz está siempre con quienes reciben a su amado Hijo y ayudan a su Evangelio. Es uno de los privilegios de los verdaderos creyentes que el Dios de paz esté constantemente con ellos.
10. «Pero en gran manera me gocé en el Señor de que al fin ha reflorecido vuestro cuidado de mí; de lo cual también estabais solícitos, pero os faltaba la oportunidad.» Pablo estaba preso en Roma, y estos filipenses habían hecho una contribución. Y habían enviado a Epafrodito con ella para socorrer al Apóstol en su pobreza, por lo que les dice: «Antes cuidabais de mí; pero por un tiempo no tuvisteis la oportunidad de ayudarme, y ahora habéis vuelto a acordaros de mí; por tanto, en gran manera me gozo en el Señor.»
11. «No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.» ¿No es esa una espléndida pieza de saber? Pablo era un hombre docto, ¡y también lo es usted, si ha aprendido esta lección! Puede que no pueda poner las letras de un doctorado tras su nombre, pero es usted un hombre docto si puede decir: «He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.»
12. «Sé andar humillado, y sé tener abundancia.» Estas son dos grandes cosas que aprender. Hay quienes conocen la primera, pero no conocen la segunda. He conocido a varios hijos de Dios que parecían muy eminentes en piedad cuando andaban humillados, pero que no valían nada después de enriquecerse. No sabían tener abundancia: se volvían engreídos y demasiado grandes para su medida. No fue así con el Apóstol, pues podía decir con verdad: «Sé andar humillado, y sé tener abundancia.»
12. «En todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad.» ¿No era un verdadero Maestro en Artes? Había dominado el arte de tener hambre sin murmurar, el arte de estar saciado sin jactarse, el arte de padecer necesidad sin impaciencia, el arte de tener abundancia sin poner su afecto en las cosas del mundo. ¡Era, en verdad, un Maestro en Artes del más alto orden!
13. «Todo lo puedo—» Eso parece jactancia, ¿no es así? Complete la frase.
14. «en Cristo que me fortalece.» No hay aquí jactancia impropia, pues Pablo podía hacer todas las cosas mediante el poder de Cristo. Bien se ha dicho que los ángeles sobresalen en fuerza, pero los santos sobresalen en su debilidad. Cuando estamos más débiles, y Cristo nos fortalece, entonces se producen las virtudes más excelentes.
14-17. «Sin embargo, bien hicisteis en participar conmigo en mi tribulación. Y sabéis también vosotros, oh filipenses, que al principio del evangelio, cuando partí de Macedonia, ninguna iglesia participó conmigo en razón de dar y recibir, sino vosotros solos; pues aun a Tesalónica me enviasteis una y otra vez para mis necesidades. No es que busque dádivas, sino que busco fruto que abunde en vuestra cuenta.» Su liberalidad quedaba asentada a su cuenta en el libro de Dios.
18, 19. «Pero todo lo he recibido, y tengo abundancia; estoy lleno, habiendo recibido de Epafrodito lo que enviasteis, olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios. Pero mi Dios suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.» Es el Dios de Pablo quien cuidó de los filipenses, ¡y es el Dios de Pablo quien cuidará de usted y de mí! «Mi Dios —dice Pablo— suplirá todo lo que os falta, no como vosotros habéis suplido lo mío, de vuestra pobreza, sino conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.» No imagine que jamás agotará las riquezas de Dios en gloria, ni vaciará el tesoro nacional de la toda-suficiencia: eso no puede ser.
20. «Al Dios y Padre nuestro sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.» Él nos bendice; ¡bendigámoslo nosotros a Él! Él suple todas nuestras necesidades conforme a sus riquezas en gloria; ensalcemos su gloria por los siglos de los siglos.
21. «Saludad a todos los santos en Cristo Jesús.» Denle un apretón de manos. Digan: «¿Cómo está, hermano mío? Le deseo todo bien.» Estos cordiales saludos deberían ser comunes en toda asamblea cristiana. Siempre censuro esa asombrosa respetabilidad que existe en algunos lugares de culto, donde nadie conoce a nadie más. Son demasiado respetables para trabar amistad con sus hermanos. Si están en Cristo Jesús, ¡conózcanse los unos a los otros! «Saludad a todos los santos en Cristo Jesús.»
21, 22. «Los hermanos que están conmigo os saludan. Todos los santos os saludan, y especialmente los de la casa de César.» Supongo que la mayoría de estos eran solo esclavos de la casa imperial. Puede que hubiera uno o dos, quizá, de una clase más alta; pero, con toda probabilidad, el Evangelio llegó primero a los esclavos del palacio romano, aquel pandemonio del vicio, donde abundaban la lujuria y la crueldad. Había santos aun allí, ¡y Dios todavía tiene algunas de sus joyas tiradas sobre estercoleros!
23. «La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén.»
Capítulo 12 completado
La oración, remedio para el cuidado