Capítulo 13 · 34 min de lectura
El clamor de los cuervos
«Él da a la bestia su mantenimiento, y a los hijos de los cuervos que claman». Salmo 147:9.
ABRIRÉ este sermón con una cita. He de darles, en las propias palabras de Caryl, su nota acerca de los cuervos. «Los naturalistas nos dicen que, cuando el cuervo ha alimentado a sus crías en el nido hasta que están bien emplumadas y pueden volar por su cuenta, las echa fuera del nido y no les permite quedarse allí, sino que las obliga a salir a ganarse su propio sustento. Ahora bien, cuando estas crías emprenden su primer vuelo desde el nido y poco saben de cómo procurarse alimento, entonces el Señor provee alimento para ellas.
«Se dice, por autoridades dignas de crédito, que el cuervo es maravillosamente estricto y severo en esto: tan pronto como sus crías son capaces de valerse por sí mismas, no les trae más alimento. Algunos afirman que los viejos no les permiten quedarse en el mismo país donde fueron criados, y, si es así, entonces han de vagar. Decimos proverbialmente: “La necesidad hace trotar a la vieja”. Bien podemos decir: “y también a las crías”. «
Ha sido, y posiblemente aún es, la práctica de algunos padres para con sus hijos: tan pronto como estos pueden valerse por sí mismos y están en condición suficiente para ganarse el pan, los echan de casa como el cuervo echa a sus crías del nido. Ahora bien, dijo el Señor en el texto, cuando las crías del cuervo se hallan en este aprieto, cuando son expulsadas y vagan por falta de alimento, ¿quién, entonces, provee para ellas? «¿No soy yo, el Señor? ¿No soy yo, quien provee para el cuervo viejo, quien provee para sus crías, tanto mientras moran en el nido como cuando vagan por falta de alimento?»
Salomón envió al perezoso a la hormiga, y él mismo aprendió lecciones de los conejos, los galgos y las arañas. Estemos dispuestos a ser instruidos por cualquiera de las criaturas de Dios, y vayamos esta noche al nido de los cuervos para aprender como en una escuela. Para el puro nada es inmundo, y para el sabio nada es trivial. Que el supersticioso tema al cuervo como ave de mal agüero, y que el irreflexivo no vea en él sino una cosa alada de negro reluciente; nosotros estamos dispuestos a ver más, y sin duda no quedaremos sin recompensa si tan solo somos enseñables.
El cuervo de Noé no le trajo ninguna rama de olivo, ¡pero el nuestro sí puede traérnosla! Y hasta pudiera suceder que los cuervos nos traigan alimento esta noche, como en otro tiempo alimentaron a Elías junto al arroyo de Querit. Nuestro bendito Señor derivó una vez un argumento muy poderoso de los cuervos: un argumento destinado a consolar y animar a aquellos siervos suyos que estaban agobiados por ansiedades innecesarias acerca de sus circunstancias temporales. A tales les dijo: «Considerad los cuervos, que ni siembran, ni siegan; que ni tienen despensa, ni granero, y Dios los alimenta. ¿Cuánto más valéis vosotros que las aves?»
Siguiendo la lógica del Maestro —que todos ustedes convendrán en que ha de haber sido sólida, pues Él jamás fue falso en su razonamiento, como tampoco en sus afirmaciones—, argumentaré esta noche de esta manera: ¡Considerad los cuervos cuando claman! Con notas ásperas, inarticuladas y roncas dan a conocer sus necesidades, ¡y su Padre celestial responde a su oración y les envía alimento! Usted también ha comenzado a orar y a buscar su favor; ¿no vale usted mucho más que ellos? ¿Cuida Dios de los cuervos, y no cuidará de usted? ¿No presta oído a los clamores de los cuervos aún sin plumas en sus nidos, cuando tienen hambre y claman a Él para ser alimentados?
¿Los provee, digo, en respuesta a sus clamores, y no le responderá a usted, pobre y tembloroso hijo de los hombres que busca su rostro y su favor por medio de Cristo Jesús? Todo el asunto de esta noche será, sencillamente, desarrollar ese único pensamiento. Me propongo esta noche, bajo la guía del Espíritu Santo, decir algo a quienes han estado orando por misericordia y aún no la han recibido; a quienes han estado de rodillas, quizá durante meses, con un clamor grandísimo y amargo, y todavía no conocen el camino de la paz.
Su pecado todavía cuelga como una piedra de molino en torno a su cuello. Se sientan en el valle de sombra de muerte. Ninguna luz ha amanecido sobre ellos, y se retuercen las manos gimiendo: «¿Se ha olvidado Dios de tener piedad? ¿Ha cerrado su oído a las oraciones de las almas que le buscan? ¿No se acordará ya más de los lastimeros clamores de los pecadores? ¿Caerán las lágrimas de los penitentes sobre la tierra sin conmover ya su compasión?» También Satanás les está diciendo, queridos amigos que ahora se hallan en este estado de ánimo, que Dios nunca les oirá. ¡Que les dejará clamar hasta morir! ¡Que exhalarán su vida entre suspiros y lágrimas, y que al final serán arrojados al Lago de Fuego!
Anhelo, esta noche, darles algún consuelo y aliento. ¡Quiero instarles a que clamen aún con mayor vehemencia! Vengan a la Cruz y aférrense a ella, y prometan que nunca dejarán su sombra hasta hallar el don que su alma anhela. Quiero conmoverles, si Dios el Espíritu Santo me ayuda, de modo que se digan a sí mismos, como la reina Ester: «Entraré a ver al rey, y si perezco, que perezca». Y ojalá añadan a eso el voto de Jacob: «¡No te dejaré, si no me bendices!». He aquí, pues, la cuestión que nos ocupa: DIOS OYE A LOS CUERVOS PEQUEÑOS. ¿NO LE OIRÁ A USTED?
I. Sostengo que sí lo hará, primero, cuando recuerdo que Él oye el clamor del humilde cuervo, y que usted, en cierto sentido, vale mucho más que un cuervo. El cuervo no es sino una pobre ave inmunda cuya muerte instantánea no dejaría en la creación ningún vacío doloroso. ¡Si a miles de cuervos les torcieran mañana el cuello, no sé que habría en el universo alguna pena ni dolor vehemente por ellos! Sería sencillamente un número de pobres aves muertas, y eso sería todo.
¡Pero usted es un alma inmortal! El cuervo desaparece cuando la vida termina; ya no hay cuervo. Pero cuando su vida presente haya pasado, usted no habrá dejado de existir; apenas habrá sido lanzado al mar de la vida; apenas habrá comenzado a vivir para siempre. ¡Verá desmoronarse en la nada las canosas montañas de la tierra antes de que expire su espíritu inmortal! La luna habrá apagado su débil luz, y los más poderosos fuegos del sol se habrán extinguido en perpetua oscuridad, y aun así su espíritu seguirá avanzando en su curso eterno; un curso eterno de miseria, a menos que Dios oiga su clamor—
«¡Oh, verdad inmensa: este ser mortal se ha de vestir de inmortalidad! El pulso de la mente jamás cesará de latir; despertado por Dios, palpita para siempre, eterno como su propia eternidad, por encima de los ángeles o por debajo de los demonios: para ascender en gloria o descender en vergüenza; la humanidad está destinada por un decreto irresistible». ¿Cree usted, entonces, que Dios oirá a la pobre ave que es y no es —que está aquí un instante y es borrada de la existencia—, y no le oirá a usted, alma inmortal cuya duración ha de ser coetérnea con la suya? Me parece que seguramente ha de impresionarle que, si Él oye al cuervo moribundo, también oirá al hombre que no muere. Los antiguos decían de Júpiter que no tenía tiempo para ocuparse de las cosas pequeñas, ¡pero Jehová se digna cuidar de la menor de sus criaturas, y hasta mira dentro de los nidos de las aves! ¿No cuidará misericordiosamente de los espíritus que son herederos de una temible eternidad?
Además, ¡nunca oí que los cuervos fueran hechos a imagen de Dios! Pero sí encuentro que, por envilecida, deformada y degradada que esté nuestra raza, en el principio Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen». Hay algo en el hombre que no se halla en las criaturas inferiores, cuyos ejemplares mejores y más nobles están inconmensurablemente por debajo del más ínfimo hijo de Adán. Se celebró un consejo acerca de la creación del hombre, y en su mente, y aun en la adaptación de su cuerpo para asistir a la mente, hay un despliegue maravilloso de la sabiduría del Altísimo.
Traigan aquí al más deforme, oscuro y perverso de la raza humana y —aunque no me atrevo a adular moralmente a la naturaleza humana— hay, sin embargo, una dignidad en el hecho mismo de ser hombre que no se halla en todas las bestias del campo, sean lo que sean. Behemot y Leviatán están puestos en sujeción bajo el pie del hombre. El águila no puede remontarse tan alto como se remonta el alma del hombre, ni el león se alimenta de manjar tan regio como el que anhela el espíritu del hombre. ¿Y cree usted que Dios oirá a una criatura tan baja y tan vil como un cuervo, y sin embargo no le oirá a usted, siendo uno de la raza que fue formada a su propia imagen?
¡Oh, no piensen tan dura y neciamente de Aquel cuyos caminos son siempre rectos! Les propondré esto a ustedes mismos. ¿No enseña la naturaleza misma que el hombre ha de ser cuidado por encima de las aves del cielo? Si ustedes oyeran los clamores de los cuervos pequeños, tal vez sentirían compasión suficiente por esas aves como para darles alimento, si supieran cómo alimentarlas. ¡Pero no puedo creer que alguno de ustedes socorriera a las aves y, en cambio, no volara sobre las alas de la compasión al rescate de un niño moribundo cuyos gritos oyera desde el lugar donde fue arrojado por cruel abandono! Si, en el silencio de la noche, oyeran el lastimero clamor de un hombre que expira enfermo, sin que nadie se compadezca de él en las calles, ¿no se levantarían para socorrerlo?
Estoy seguro de que lo harían, si son de los que socorrerían a un cuervo. Si tienen alguna compasión por un cuervo, ¡sin duda mucho más se compadecerían de un hombre! Sé que se murmura que hay algunos simplones que se preocupan más por los perros sin hogar que por los hombres y las mujeres sin hogar; y, sin embargo, es mucho más probable que quienes se conmueven por los perros sean los que con mayor ternura cuidan de los hombres. En todo caso, sentiría una fuerte presunción a su favor si necesitara ayuda. ¿Y no creen ustedes que Dios, el Todo-Sabio, cuando cuida de estas aves sin plumas en el nido, cuidará ciertamente también de usted?
Su corazón dice: «Sí». Entonces, de ahora en adelante, responda a la incredulidad de su corazón volviendo contra ella su propio y justo razonamiento. Pero le oigo decir: «¡Ah, pero el cuervo no es pecador como yo! Podrá ser un ave inmunda, mas no puede ser tan inmundo como lo soy yo moralmente. Podrá ser negro de color, ¡pero yo soy negro de pecado! ¡Un cuervo no puede quebrantar el día de reposo, no puede blasfemar, no puede cometer adulterio! ¡Un cuervo no puede ser un borracho! No puede mancharse con vicios como aquellos con los que yo estoy contaminado».
Todo eso lo sé, amigo, y puede parecerle que hace su caso más desesperado, pero no creo que realmente sea así. Piénselo por un instante. ¿Qué prueba esto? Pues que usted es una criatura capaz de pecar y, por consiguiente, que es un espíritu inteligente que vive en un sentido en que el cuervo no vive. ¡Usted es una criatura que se mueve en el mundo del espíritu! Usted pertenece al mundo de las almas, en el cual el cuervo no tiene parte. El cuervo no puede pecar, porque no tiene espíritu ni alma. Pero usted es un agente inteligente cuya mejor parte es su alma. ¡Y como el alma es infinitamente más preciosa que el cuerpo! Y como el cuervo —hablo ahora de manera popular— no es sino cuerpo, mientras que usted es evidentemente alma además de cuerpo —pues de otro modo no sería capaz de pecar—, ¡veo aun en aquel negro y desalentador pensamiento algún destello de luz!
¿Cuida Dios de la carne, la sangre, los huesos y las negras plumas, y no cuidará de su razón, su voluntad, su juicio, su conciencia, su alma inmortal? Oh, si tan solo lo piensa, ha de ver que no es posible que el clamor de un cuervo obtenga audiencia ante el oído de la Benevolencia divina y que su oración sea despreciada y desatendida por el Altísimo—
«El insecto que, con alas diminutas, apenas se lanza a lo largo de un rayo de verano; la flor que el aliento de la primavera despierta a la vida por medio día; la mota más pequeña, el cabello más tierno: todos sienten el cuidado de nuestro Padre celestial». ¡Seguramente, entonces, Él atenderá el clamor del humilde y no rechazará su oración!
Difícilmente puedo dejar este punto sin observar que la mención de un cuervo debería animar al pecador. Como escribe un autor antiguo: «Entre las aves no menciona al halcón ni al gavilán, que son muy apreciados y alimentados por los príncipes. Sino que escoge a esa ave odiosa y maligna, el cuervo graznador, a quien nadie estima, salvo porque devora la carroña que pudiera molestarnos. Contemplen, pues, y admiren la Providencia y la bondad de Dios, que provea alimento para el cuervo, criatura de color tan sombrío y de tono tan desapacible; criatura que es tan odiosa para la mayoría de los hombres y de mal agüero para algunos. Grande es la Providencia de Dios que se ve al proveer para la hormiga, que recoge su alimento en verano; pero mayor en el cuervo, que, aunque olvida o descuida proveerse a sí mismo, con todo Dios provee y almacena para él».
Cabría pensar que el Señor diría de los cuervos: ¡que se las arreglen solos o que perezcan! No; el Señor Dios no desprecia ninguna obra de sus manos. El cuervo tiene su ser de Dios, y por tanto el cuervo será provisto por Él. No solo la hermosa e inocente paloma, sino también el feo cuervo recibe su alimento de Dios. ¡Lo cual muestra claramente que la falta de excelencia en usted, negro pecador semejante al cuervo, no impedirá que su clamor sea oído en el Cielo! La indignidad, la sangre de Jesús la quitará, y la contaminación Él la limpiará por completo. ¡Solo crea en Jesús, y hallará paz!
II. Luego, en segundo lugar, hay una gran diferencia entre su clamor y el clamor de un cuervo. Cuando los cuervos pequeños claman, supongo que apenas saben lo que quieren. Tienen un instinto natural que les hace clamar por alimento, pero su clamor no expresa, en sí mismo, su necesidad. Pronto descubriría usted, supongo, que querían decir alimento; pero no tienen habla articulada; ¡no pronuncian ni una sola palabra! Es solo un clamor constante, ronco y ávido, y eso es todo.
Pero usted sabe lo que necesita, y por pocas que sean sus palabras, su corazón conoce su propia amargura y su terrible angustia. Sus suspiros y gemidos tienen un sentido evidente. Su entendimiento está a la diestra de su hambriento corazón. Usted sabe que quiere paz y perdón. Sabe que necesita a Jesús, su sangre preciosa, su justicia perfecta. Ahora bien, si
Dios oye un clamor tan extraño, parlanchín e indistinto como el de un cuervo, ¿no cree usted que también oirá la oración racional y expresiva de un alma pobre, necesitada y culpable que clama a Él: «Dios, sé propicio a mí, pecador»? ¡Seguramente su razón se lo dice!
Además, los cuervos pequeños no pueden usar argumentos, pues no tienen entendimiento. No pueden decir como usted puede decir—
«Él sabe qué argumentos yo tomaría para luchar con mi Dios; abogaría por amor de su propia misericordia, y por la sangre de un Salvador».
Tienen un solo argumento, a saber, su terrible necesidad, que les arranca su clamor, pero más allá de esto no pueden ir. Y ni siquiera esto pueden exponerlo con orden ni describirlo con palabras. ¡Pero usted tiene una multitud de argumentos a mano, y tiene un entendimiento con el cual disponerlos en orden y ordenarlos para sitiar el Trono de la Gracia! Seguramente, si el mero ruego de la necesidad no expresada del cuervo prevalece con Dios, ¡mucho más prevalecerá usted con el Altísimo si puede argumentar su caso ante Él y venir a Él con argumentos en su boca! ¡Venga, desesperado, y pruebe a mi Señor! ¡Se lo suplico, ahora, deje que esa doliente tonada suba a los oídos de la misericordia! ¡Abra ese corazón que revienta y déjelo salir en lágrimas, si las palabras están más allá de su poder!
Sin embargo, temo que un cuervo tenga a veces gran ventaja sobre algunos pecadores que buscan a Dios en oración, a saber, en esto: los cuervos pequeños ponen más empeño en su alimento que algunos en sus almas. Esto, no obstante, no es para desanimarle, sino más bien razón para que ponga más empeño del que ha puesto. Cuando los cuervos necesitan alimento, no cesan de clamar hasta tenerlo. No hay modo de acallar a un cuervo hambriento hasta que su boca esté llena, ni hay modo de acallar a un pecador cuando de veras está empeñado hasta que llena su corazón de la misericordia divina. ¡Quisiera que algunos de ustedes oraran con más vehemencia! «El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan».
Un viejo puritano dijo: «La oración es un cañón asestado a la puerta del Cielo para hacer saltar sus portones». ¡Ha de tomar la ciudad por asalto si quiere poseerla! No cabalgará al Cielo sobre un lecho de plumas. Ha de emprender una peregrinación —no se llega a la tierra de la Gloria mientras se duerme profundamente—; ¡los soñadores perezosos habrán de despertar en el Infierno! Si Dios le ha hecho sentir en el alma la necesidad de salvación, ¡clame como quien está despierto y vivo! ¡Sea diligente! ¡Clame en alta voz! ¡No se contenga! Y entonces, creo, hallará que mi argumento es del todo justo: que en todos los aspectos una oración razonable, argumentada e inteligente tiene más probabilidad de prevalecer con Dios que el mero chillido y parloteo del cuervo; y que, si Él oye un clamor como el del cuervo, mucho más cierto es que oirá el suyo.
III. Recuerde que el asunto de su oración es más grato al oído de Dios que el clamor del cuervo por carne. Todo lo que los cuervos pequeños piden es alimento; denles un poco de carroña y quedan satisfechos. Su clamor ha de ser mucho más agradable al oído de Dios, pues usted suplica el perdón por medio de la sangre de su amado Hijo. Ocupación más noble es para el Altísimo otorgar dones espirituales que naturales. Las corrientes de la Gracia divina fluyen de los manantiales de lo alto. Sé que Él es tan condescendiente que no se deshonra ni siquiera cuando deja caer alimento en la boca del cuervo pequeño, pero, con todo, hay más honra en la obra de dar paz, perdón y reconciliación a los hijos de los hombres.
El Amor eterno dispuso un camino de misericordia desde antes de la fundación del mundo, y la Sabiduría infinita está empeñada, con poder ilimitado, en llevar a cabo el designio divino. ¡Seguramente el Señor ha de complacerse mucho en salvar a los hijos de los hombres! Si a Dios le agrada proveer para la bestia del campo, ¿no cree usted que se deleita mucho más en proveer para sus propios hijos? Creo que hallaría ocupación más grata en enseñar a sus propios hijos que en meramente dar forraje a su buey o esparcir cebada entre las aves a la puerta del granero, porque en la primera obra habría algo más noble, que pondría en juego más plenamente todas sus facultades y sacaría a relucir su ser interior.
No quedo aquí librado a conjeturas. Está escrito: «se deleita en misericordia». Cuando Dios usa su poder no puede estar triste, pues es un Dios feliz. Pero, si es posible tal cosa como que la Deidad infinita sea más feliz en un momento que en otro, es cuando está perdonando pecadores por medio de la preciosa sangre de Jesús. ¡Ah, pecador, cuando usted clama a Dios le da una oportunidad de hacer aquello que más ama hacer! Se deleita en perdonar, en estrechar a su Efraín contra su pecho, en decir de su hijo pródigo: «Perdido estaba, y es hallado; muerto era, y ha revivido». Esto es más grato al corazón del Padre que el alimentar al becerro engordado o el cuidar del ganado de mil colinas.
Puesto que, entonces, queridos amigos, ustedes están pidiendo algo cuya concesión honra a Dios mucho más que el mero don de alimento a los cuervos, ¡creo que esta noche cae un golpe muy contundente de mi martillo argumentativo para hacer pedazos su incredulidad! ¡Que Dios el Espíritu Santo, el verdadero Consolador, obre poderosamente en ustedes! Seguramente el Dios que da alimento a los cuervos no negará paz y perdón a los pecadores que le buscan. ¡Pruébelo! ¡Pruébelo en este momento! ¡No, no se mueva! ¡Pruébelo ahora!
IV. No debemos detenernos en ningún punto cuando todo el tema es tan fecundo. Hay otra fuente de consuelo para usted, a saber, que a los cuervos en ninguna parte se les manda clamar. Cuando claman, su petición no está autorizada por ninguna exhortación específica de la boca divina. ¡Pero usted tiene una autorización derivada de exhortaciones divinas para acercarse al Trono de Dios en oración!
Si un hombre rico abriera su casa a los que no fueron invitados, ciertamente recibiría a los que sí lo fueron. ¡Los cuervos vienen sin que se les mande venir, y con todo no son despedidos vacíos! A usted se le manda venir como huésped invitado; ¿cómo va a serle negado? ¿Cree que no se le manda venir? Escuche esto: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo». «Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me glorificarás». «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado». «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo». «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre del Señor Jesús».
Estas son exhortaciones dadas sin limitación alguna en cuanto al carácter. Le invitan libremente; más aún, le mandan venir. Oh, después de esto, ¿puede pensar que Dios le rechazará? ¡La ventana está abierta, el cuervo entra volando y el Dios de misericordia no lo echa fuera! La puerta está abierta, y la Palabra de la Promesa le manda venir; no piense que Él le negará, sino crea más bien que Él le «recibirá con bondad y le amará libremente», y entonces usted le «ofrecerá los becerros de sus labios». ¡En todo caso, pruébelo! ¡Pruébelo ahora mismo!
V. De nuevo, hay todavía otro argumento, y mucho más poderoso. El clamor de un cuervo pequeño no es sino el clamor natural de una criatura, pero su clamor, si es sincero, es el resultado de una obra de la Gracia divina en su corazón. Cuando el cuervo clama al Cielo, no es sino el cuervo mismo el que clama; ¡pero cuando usted clama: «Dios, sé propicio a mí, pecador», es Dios el Espíritu Santo el que clama en usted!
Es la nueva vida que Dios le ha dado, que clama a la fuente de donde vino, para tener comunión y comunicación con su gran Original. ¡Se necesita a Dios mismo para poner a un hombre a orar en sinceridad y en verdad! Podemos, si lo pensamos, enseñar a nuestros hijos a «rezar sus oraciones», pero no podemos enseñarles a «orar». Usted puede hacer un «devocionario», pero no puede poner un solo grano de «oración» en un libro, pues es un asunto demasiado espiritual para ser encerrado entre hojas. Algunos de ustedes, quizá, «lean oraciones» en familia. No condenaré la práctica, pero diré esto de ella: usted puede leer esas «oraciones» durante setenta años y, sin embargo, quizá nunca ore ni una sola vez, pues la oración es algo muy distinto de las meras palabras.
La verdadera oración es el comercio del corazón con Dios, y el corazón nunca entra en comercio espiritual con los puertos del Cielo hasta que Dios el Espíritu Santo pone viento en las velas y hace que la nave se apresure a su puerto. «Os es necesario nacer de nuevo». Si hay alguna oración verdadera en su corazón, aunque quizá no conozca el secreto, ¡Dios el Espíritu Santo está allí! Ahora bien, si Él oye clamores que no proceden de sí mismo, ¡cuánto más oirá los que sí proceden de Él! Quizá usted se haya devanado los sesos por saber si su clamor es natural o espiritual. Esto puede parecer muy importante, y sin duda lo es; pero, sea su clamor lo uno o lo otro, ¡siga buscando al Señor!
Posiblemente usted dude de que Dios oiga los clamores naturales. Permítame asegurarle que sí los oye. Recuerdo haber dicho algo sobre este tema en una ocasión, en cierto lugar de culto ultracalvinista. En aquel entonces predicaba yo a los niños y les exhortaba a orar. Sucedió que dije que, mucho antes de cualquier conversión real, yo había orado por misericordias comunes, y que Dios había oído mis oraciones. ¡Esto no agradó a mis buenos hermanos de la escuela superfina! Y después todos me rodearon, so pretexto de saber qué quería decir, pero en realidad para objetar y criticar, conforme a su naturaleza y costumbre.
«Me rodearon como abejas; sí, ¡como abejas me rodearon!». Al cabo de un rato, como yo esperaba, se dieron a su acostumbrada diversión de poner motes. ¡Empezaron a decir qué craso arminianismo era este! Y otra expresión con que se dignaron honrarme fue el título de «fullerista»; título, por cierto, tan honroso que de buena gana podría haberles dado las gracias por aplicarlo a lo que yo había expuesto. Pero decir que Dios oiría la oración de los hombres naturales era para ellos algo peor que el arminianismo, ¡si es que algo podía ser peor! Citaron aquel pasaje falso: «La oración del impío es abominación al Señor», al cual respondí prontamente pidiéndoles que me hallaran ese texto en la Palabra de Dios, pues me atreví a afirmar que el diablo era el autor de aquel dicho, y que no estaba en la Biblia en absoluto.
«El sacrificio de los impíos es abominación al Señor» sí está en la Biblia, pero eso es cosa muy distinta de la «oración del impío». Y, además, hay una diferencia marcada entre la palabra «impío» que allí se entiende y el hombre natural del que discutíamos. No creo que un hombre que comienza a orar, en ningún sentido, pueda ser contado del todo entre «los impíos» que Salomón tenía en mente; y ciertamente no está entre aquellos que apartan sus oídos para no oír la Ley, de quienes está escrito que su oración es abominación.
«Bien —dijeron—, pero ¿cómo podría ser que Dios oyera una oración natural?». Y, mientras yo me detenía un momento, una anciana con una capa roja se abrió paso hasta el pequeño círculo que me rodeaba y les dijo de manera muy enérgica, como la madre en Israel que era: «¿Por qué plantean esta cuestión, olvidando lo que Dios mismo ha dicho? ¿Qué es esto que dicen, que Dios no oye la oración natural? Pues ¿acaso no oye a los cuervos pequeños cuando claman a Él? ¿Y creen ustedes que ellos ofrecen oraciones espirituales?».
Al instante los hombres de guerra pusieron pies en polvorosa —no hubo derrota más completa—, ¡y por una vez en su vida han de haber sentido que quizá podían errar! ¡Seguramente, hermanos, esto puede animarle y consolarle! No voy a ponerle ahora a la tarea de averiguar si sus oraciones son naturales o espirituales —si proceden del Espíritu de Dios o si no—, porque eso quizá pudiera desanimarle. Si la oración procede de su mismo corazón, sabemos cómo llegó allí, aunque usted no lo sepa. Dios oye a los cuervos, y creo de veras que le oirá a usted; y creo, además, aunque no quiero ahora suscitar la cuestión en su corazón, que Él oye su oración, porque —aunque quizá usted no lo sepa— hay una obra secreta del Espíritu de Dios en su interior que le está enseñando a orar.
VI. Pero tengo argumentos más poderosos y más al blanco. Cuando los cuervos pequeños claman, claman solos. ¡Pero cuando usted ora, tiene a Uno más poderoso que usted orando con usted! ¿Oye a aquel pecador que clama: «Dios, sé propicio a mí, pecador»? ¡Escuche! ¿Oye aquel otro clamor que sube junto con el suyo? No, no lo oye, porque sus oídos son torpes y pesados, pero Dios lo oye. Hay otra voz, mucho más fuerte y más dulce que la primera, y mucho más prevaleciente, que se eleva en el mismo instante e intercede: «Padre, perdónalos por medio de mi preciosa sangre».
¡El eco del susurro del pecador es tan majestuoso como el estampido del trueno! ¡Jamás ora de veras un pecador sin que Cristo ore al mismo tiempo! Usted no puede verle ni oírle, pero nunca conmueve Jesús las profundidades de su alma por su Espíritu sin que también su propia alma se conmueva. ¡Oh, pecador, su oración, cuando llega ante Dios, es cosa muy distinta de lo que es cuando brota de usted!
A veces gente pobre viene a nosotros con peticiones que desean enviar a alguna Compañía o gran Personaje. Traen la petición y nos piden que se la presentemos. Está muy mal escrita, redactada de manera muy extraña, y apenas podemos entender lo que quieren decir. Pero, con todo, hay lo suficiente para hacernos saber lo que necesitan. Ante todo les hacemos una copia en limpio, y luego, habiendo expuesto su caso, ponemos nuestro propio nombre al pie. Y, si tenemos alguna influencia, por supuesto obtienen lo que desean por el poder del nombre firmado al pie de la petición.
¡Esto es precisamente lo que el Señor Jesucristo hace con nuestras pobres oraciones! Les hace una copia en limpio, las sella con el sello de su propia sangre expiatoria, pone su propio nombre al pie, y así suben al Trono de Dios. ¡Es su oración de usted, pero, oh, también es la de ÉL! Y es el hecho de ser su oración lo que la hace prevalecer. Ahora bien, este es un argumento de mazazo: si los cuervos prevalecen cuando claman completamente solos, si su pobre parloteo les trae por sí mismo lo que necesitan, ¡cuánto más prevalecerán las lastimeras peticiones del pobre pecador tembloroso que puede decir: «Por amor de Jesús», y que puede rematar todos sus propios argumentos con el bendito ruego: «¡El Señor Jesucristo lo merece! Oh Señor, dámelo por amor de Él»?
Confío de veras en que estos buscadores a quienes he estado hablando, que han estado clamando tanto tiempo y, sin embargo, temen que nunca serán oídos, no tengan que esperar mucho más, ¡sino que pronto reciban una graciosa respuesta de paz! Y, si aún no obtienen el deseo de su corazón, espero que se animen a perseverar hasta que amanezca el día de la Gracia. Usted tiene una promesa que los cuervos no tienen, y eso podría constituir otro argumento si el tiempo nos permitiera detenernos en ello. ¡Tembloroso, teniendo una promesa que alegar, no tema jamás sino que será oído en el Trono de la Gracia!
Y ahora, permítame decir al pecador, para terminar: SI HA CLAMADO SIN ÉXITO, SIGA CLAMANDO. «Vuelve siete veces», sí, ¡y setenta veces siete! ¡Recuerde que la misericordia de Dios en Cristo Jesús es su única esperanza!
Aférrese a ella, pues, como un hombre que se ahoga se aferra a la única cuerda a su alcance. Si perece orando por misericordia mediante la preciosa sangre, ¡será usted el primero que jamás pereció así! ¡Siga clamando! ¡Siga clamando sin más! ¡Pero, oh, crea también! Porque el creer trae el lucero de la mañana y el amanecer del día.
Cuando la esposa de John Ryland, Betty, yacía moribunda, estaba en gran angustia de espíritu, aunque había sido cristiana durante muchos años. Su marido le dijo, a su manera peculiar pero sabia: «Bien, Betty, ¿qué te aqueja?». «¡Oh, John, me muero, y no tengo esperanza, John!». «Pero, querida mía, ¿adónde vas, entonces?». «¡Voy al Infierno!», fue la respuesta. «Bien —dijo él, encubriendo su honda angustia con su acostumbrado humor, y con el propósito de asestar un golpe que seguramente diera en el clavo y pusiera en rápida fuga sus dudas—, ¿qué piensas hacer cuando llegues allí, Betty?». La buena mujer no supo dar respuesta, y el señor Ryland prosiguió: «¿Crees que orarás cuando llegues allí?».
«Oh, John —dijo ella—, yo oraría en cualquier parte. ¡No puedo dejar de orar!». «Bien, entonces —dijo él—, dirán: “Aquí está Betty Ryland orando aquí. ¡Échenla fuera! ¡No queremos a nadie orando aquí! ¡Échenla fuera!”». Esta extraña manera de exponerlo trajo luz a su alma, ¡y vio al instante lo absurdo de la mera sospecha de que un alma que busca de veras a Cristo fuese, con todo, desechada para siempre de su Presencia! ¡Siga clamando, alma! ¡Siga clamando! Mientras el niño puede llorar, vive. ¡Y mientras usted pueda sitiar el Trono de la Misericordia, hay esperanza para usted! Pero oiga tanto como clama, y crea lo que oye, pues es creyendo como se obtiene la paz.
Pero deténgase un momento, tengo algo más que decir. ¿Es posible que usted haya obtenido ya la mismísima bendición tras la cual clama? «Oh —dice usted—, ¡yo no pediría una cosa que ya tuviera! Si supiera que la tengo, dejaría de clamar y comenzaría a alabar y bendecir a Dios». Ahora bien, no sé si todos ustedes, buscadores, se hallan en estado tan seguro, pero estoy persuadido de que hay algunas almas que buscan y que ya han recibido la misericordia que piden. El Señor, en lugar de decirles esta noche: «Buscad mi rostro», les está diciendo: «¿Por qué clamas a mí? En hora aceptable te oí, y en tiempo aceptable te socorrí. Yo deshice como a nube tus rebeliones, y como a niebla tus pecados. Te he salvado. Eres mío. Te he limpiado de todos tus pecados. Vete, y regocíjate».
En tal caso, la alabanza que cree es más apropiada que la oración que agoniza. «Oh —dice usted—, pero no es probable que yo tenga la misericordia mientras todavía la busco». Bien, no lo sé. La misericordia a veces cae desmayada fuera de la puerta. ¿No es posible que la lleven adentro mientras está en el desmayo, y que ella crea todo el tiempo que sigue estando afuera? Aún puede oír al perro ladrando, pero, ah, pobre alma, ¡cuando vuelva en sí hallará que está dentro del postigo y a salvo!
Así, a algunos de ustedes puede haberles sucedido que cayeran en un desmayo de abatimiento justo cuando venían a Cristo. Si es así, que la Gracia soberana les restaure, y quizá yo sea el medio, esta noche, de lograrlo. ¿Qué es lo que ustedes andan buscando? Algunos esperan ver visiones resplandecientes, pero espero que nunca queden complacidos, pues no valen ni un centavo el millar. Todas las visiones del mundo desde los días de los milagros, juntas, no son al fin y al cabo sino meros sueños; ¡y los sueños no son sino vanidad! La gente cena demasiado y luego sueña; es indigestión, o una actividad morbosa del cerebro, ¡y eso es todo! Si esa es toda la evidencia que tiene de conversión, hará bien en dudar de ella. Le ruego que nunca descanse satisfecho con ella; es un despreciable desperdicio sobre el cual edificar sus esperanzas eternas.
Quizá usted esté buscando sentimientos muy extraños; no exactamente una descarga eléctrica, pero sí algo muy singular y peculiar. Créame, no necesita jamás sentir las extrañas conmociones que tanto estima. Todos esos extraños sentimientos de los que algunas personas hablan en relación con la conversión pueden serles de provecho o no, ¡pero estoy seguro de que en realidad nada tienen que ver con la conversión como para serle en absoluto necesarios!
Le haré una pregunta o dos. ¿Se cree usted pecador? «Sí», dice usted. Pero ¿y si dejo a un lado esa palabra, «pecador»? ¿Quiere decir que cree haber quebrantado la Ley de Dios, que es un despreciable ofensor contra el gobierno de Dios? ¿Cree que, al menos en su corazón, ha quebrantado todos los Mandamientos y que merece el castigo correspondiente? «Sí —dice usted—, ¡no solo lo creo, sino que lo siento! Es una carga que llevo conmigo a diario».
Ahora algo más: ¿cree usted que el Señor Jesucristo puede quitar todo este pecado suyo? Sí, eso lo cree. Entonces, ¿puede confiar en que Él le salve? Usted necesita ser salvado. No puede salvarse a sí mismo. ¿Puede confiar en que Él le salve? «Sí —dice usted—, eso ya lo hago». Pues bien, mi querido amigo, si de veras confía en Jesús, es cierto que está salvado, ¡pues tiene la única evidencia de salvación que es permanente en cualquiera de nosotros! Hay otras evidencias que vienen después, como la santidad y las Gracias del Espíritu, pero la única evidencia que es permanente en el mejor de los hombres que viven es esta—
«Nada en mis manos traigo,
solo a tu Cruz me aferro».
¿Puede usar el verso de Jack el buhonero—
«Soy un pobre pecador y nada en absoluto,
pero Jesucristo es mi Todo en todo»?
Espero que, con el tiempo, avance usted mucho más en experiencia en algunos puntos que esto; pero no quiero que avance ni una pulgada más en cuanto al fundamento de su evidencia y la razón de su esperanza. Deténgase ahí, y si ahora aparta la vista de todo lo que hay dentro o fuera de usted para mirar a Jesucristo, y confía en sus padecimientos en el Calvario y en toda su obra expiatoria como fundamento de su aceptación ante Dios, ¡está salvado! ¡No necesita nada más! Ha pasado de muerte a vida. «El que en él cree, no es condenado». «El que cree tiene vida eterna».
Si me encontrara con un ángel dentro de poco en aquel pasillo, al salir de mi puerta hacia mi sacristía, y él me dijera: «Charles Spurgeon, he venido del Cielo a decirte que estás perdonado», yo le diría: «¡Eso lo sé sin que tú me digas nada de eso! Lo sé por una autoridad mucho mejor que la tuya». Y si me preguntara cómo lo sé, yo le respondería: «La Palabra de Dios es para mí mejor que la palabra de un ángel, y Él lo ha dicho: “El que en él cree, no es condenado”. Yo creo en Él, y por tanto no soy condenado; y lo sé sin que un ángel me lo diga».
No anden, ustedes los atribulados, buscando ángeles, señales, evidencias y prodigios. ¡Si descansan en la obra consumada de Jesús, ya tienen la mejor evidencia de su salvación en el mundo! Tienen para ello la Palabra de Dios; ¿qué más se necesita? ¿No pueden aceptar la Palabra de Dios? Pueden aceptar la palabra de su padre. Pueden aceptar la palabra de su madre; ¿por qué no pueden aceptar la palabra de Dios? ¡Oh, qué corazones tan viles hemos de tener para sospechar del mismo Dios!
Quizá diga usted que no haría tal cosa. Oh, pero usted duda de Dios si no confía en Cristo, pues «el que no cree ha hecho a Dios mentiroso». Si usted no confía en Cristo, ¡en efecto está diciendo que Dios es mentiroso! No quiere decir eso, ¿verdad? ¡Oh, crea en la veracidad de Dios! ¡Que el Espíritu de Dios le constriña a creer la misericordia del Padre, el poder de la sangre del Hijo y la disposición del Espíritu Santo a llevar a los pecadores hacia Sí!
Vengan, mis queridos oyentes, únanse conmigo en la oración de que la Gracia divina les lleve a ver en Jesús todo lo que necesitan—
«La oración es la fuerza de la criatura, su aliento y su ser mismo.
La oración es la llave de oro que puede abrir el postigo de la misericordia.
La oración es el sonido mágico que dijo al destino: que así sea.
La oración es el tenue nervio que mueve los músculos de la Omnipotencia;
por tanto, ora, oh criatura, pues muchas y grandes son tus necesidades.
Tu mente, tu conciencia y tu ser, tus necesidades te encomiendan a la oración,
la cura de todos los cuidados, la gran panacea para todos los dolores,
destructora de la duda, remedio de la ruina, antídoto de todas las ansiedades».
Capítulo 13 completado
El clamor de los cuervos