Capítulo 9 · 50 min de lectura · 1 h 5 min de escucha
Notas
DIOS GLORIFICADO EN LA DEPENDENCIA DEL HOMBRE
1. Dios glorificado. La portada de la edición original de este sermón, la primera obra publicada por el autor, dice así: «Dios glorificado en la obra de la redención por la grandeza de la dependencia del hombre respecto de él en la totalidad de ella. Predicado en la Lección Pública de Boston, el 8 de julio de 1731. Y publicado a petición de varios ministros y otras personas de Boston que lo oyeron. Por Jonathan Edwards, A. M., pastor de la Iglesia de Cristo en Northampton. Jueces 7:2.—Para que no se alabe Israel contra mí, diciendo: Mi mano me ha salvado. Boston: impreso por S. Kneeland y T. Green, para D. Henchman, en la tienda de la esquina, al lado sur de la Casa del Ayuntamiento. 1731».
La Lección Pública o Lección de los Jueves, que databa de la ordenación del Rev. John Cotton en 1633, continuó con interrupciones ocasionales hasta el asedio de 1775, se reanudó más tarde y existe todavía, según se afirma, o existía hasta hace poco (véase el prefacio del Dr. Samuel A. Eliot a Pioneers of Religious Liberty in America, Boston, 1903); fue célebre entre las instituciones sociales y religiosas del Boston colonial. Hubo un tiempo en que el Tribunal General levantaba regularmente sus sesiones para asistir a ella; que el gobernador celebrara la Navidad y la descuidara era considerado por el anciano juez Sewall motivo de grave reproche. Los predicadores se escogían entre los teólogos más eminentes, no solo de Boston, sino de toda la colonia. Consta, por ejemplo, de Solomon Stoddard, abuelo de Edwards y su predecesor en el pastorado de Northampton, que asistía cada año a la ceremonia de graduación de Harvard y al día siguiente predicaba la Lección Pública. Fue, por tanto, un gran honor para Edwards, un joven de veintisiete años, ser invitado a predicar en esta institución.
Él mismo parece haber apreciado plenamente tanto el honor como la oportunidad. El manuscrito original muestra la preparación más cuidadosa. En el enunciado de la Doctrina, por ejemplo, hay varias tachaduras y correcciones antes de dar con la fórmula adecuada. El sermón impreso muestra una elaboración todavía mayor. Edwards eligió como tema un aspecto de una idea que era central y rectora en su pensamiento: la soberanía de Dios. Su mente se había detenido en este asunto, en todas sus implicaciones, desde la niñez. Había meditado especialmente en él en su relación con la doctrina de los decretos, una doctrina que al principio le resultó repugnante, pero que al final le pareció «sobremanera agradable, luminosa y dulce». Nadie desde Agustín ha recalcado como él la soberanía absoluta de Dios y la correspondiente dependencia del hombre. Esta concepción de la voluntad arbitraria de Dios —arbitraria no por irracional o ajena a la justicia y la benevolencia divinas, sino por ser «sin restricción, ni coacción, ni obligación»— no era solo la columna vertebral de su sistema, sino su corazón, el principio que anima y late a través de todo él. Es la base última tanto de su filosofía como de su fe religiosa. En esta, su primera publicación, como en los grandes tratados teológicos que fueron los últimos, es en todas partes el campeón, a la manera de un profeta, de esta idea suprema, en oposición a todos aquellos sistemas de teología, generalmente llamados arminianos, que a su juicio implicaban en el hombre un grado de independencia incompatible con la soberanía absoluta que él consideraba la gloria distintiva de Dios.
El sermón causó una impresión profunda, como se ve tanto por la inmediata petición de que se publicara, indicada en la portada, como por el prefacio elogioso de la edición original, firmado por dos de los ministros más destacados de Boston, el Rev. Thomas Prince, de la Old South Church, y el Rev. William Cooper, de la Brattle Street Church. «No sin poca dificultad —escriben estos señores— se logró vencer la juventud y la modestia del autor para que consintiera en presentarse como predicador en nuestra lección pública y, después, en darnos una copia de su discurso, a petición de diversos ministros y otras personas que lo oyeron. Pero, como pronto vimos que era un obrero que no tiene de qué avergonzarse ante sus hermanos, tanto mayor fue nuestra satisfacción al verle escoger un tema tan noble y tratarlo con tanta fuerza y claridad como los juiciosos percibirán en la composición que sigue: un tema que asegura a Dios su gran designio en la obra de la redención del hombre caído por el Señor Jesucristo, la cual está evidentemente dispuesta de tal manera que la gloria del todo vuelva a él, el bendito que la ordenó, la adquirió y la aplica; un tema que penetra hondo en la religión práctica, sin cuya creencia esta pronto habría de morir en los corazones y las vidas de los hombres. No podemos, por tanto, sino expresar nuestro gozo y gratitud de que la gran Cabeza de la Iglesia se complazca todavía en levantar, de entre los hijos de su pueblo, para provisión de sus iglesias, a quienes afirman y sostienen estos principios evangélicos, y de que nuestras iglesias, no obstante todas sus degeneraciones, tengan todavía en alta estima los principios justos y a quienes públicamente los profesan y enseñan. Y, así como no podemos sino desear y pedir en oración que el Colegio de la colonia vecina, igual que el nuestro, sea madre fecunda de muchos hijos como el autor, así nos regocijamos de corazón en el favor especial de la Providencia al otorgar un don tan rico a la dichosa iglesia de Northampton, que durante tantos lustros ha florecido bajo la influencia de tan piadosas doctrinas, que le fueron enseñadas en el excelente ministerio de su difunto y venerable pastor, cuyo don y espíritu esperamos que vivan y brillen largo tiempo en su nieto, a fin de que abunden en todos los hermosos frutos de la humildad y la gratitud evangélicas, para la gloria de Dios».
6. Fue por pura gracia ... para nuestras almas. Este pasaje puede servir para ilustrar el modo en que Edwards ampliaba sus sermones para la imprenta (véase Introducción, p. xxix). El manuscrito dice así: «La Gracia al dar este Don fue grande en proporción a nuestra indignidad, nos fue dado a nosotros que en lugar de merecer aquello de D. que es de tan Infinito Valor merecíamos Infinito Mal de él». Sigue luego un espacio, por encima y por debajo del cual, entre las líneas, están las palabras: «en proporción a la bienaventuranza que tenemos beneficio que tenemos dado en él». Y continúa: «el dador al dar este don es grande según la manera de dar. Nos lo dio Encarnado nos lo dio inmolado para que fuese un banquete para nuestras almas».
LA REALIDAD DE LA LUZ ESPIRITUAL
21. Una luz divina y sobrenatural. La portada original de este, el segundo sermón publicado por el autor, dice así: «Una luz divina y sobrenatural, impartida inmediatamente al alma por el Espíritu de Dios, mostrada como doctrina a la vez bíblica y racional; en un sermón predicado en Northampton y publicado a petición de algunos de los oyentes. Por Jonathan Edwards, A. M., pastor de la iglesia de dicho lugar. Job 28:20. ¿De dónde, pues, vendrá la sabiduría? ¿Y dónde está el lugar de la inteligencia? Proverbios 2:6. El Señor da la sabiduría. Isaías 42:18. Vosotros ciegos, mirad para ver. 2 Pedro 1:19. Hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones. Boston: impreso por S. Kneeland y T. Green, MDCCXXXIV». El sermón lleva un prefacio en el que Edwards rechaza con modestia toda presunción o vanidad al publicarlo, y ruega a sus lectores que lo lean sin prejuicio por este motivo, o por lo poco que el tema está de moda. Esto, al público en general. Lo que dice a su propio pueblo muestra cuán afectuosa era en aquel tiempo su relación con su joven ministro y cuán alta la estima que él les tenía; y cobra un interés conmovedor a la vista del apasionado rechazo con que al final lo despidieron. «Tengo motivo para bendecir a Dios —escribe— porque hay entre nosotros una unión demasiado feliz para que estéis prevenidos contra cosa alguna mía por el hecho de ser mía». Los felicita por haber sido instruidos desde el principio en doctrinas como las del sermón. «Y me regocijo —añade— de que la Providencia, en este día de corrupción y confusión, haya echado mi suerte donde tales doctrinas, que considero en tan gran manera la vida y la gloria del evangelio, no solo son reconocidas, sino donde hay tantos en quienes su verdad se manifiesta tan claramente en su experiencia que quien haya tenido la oportunidad de conocerlos en tales asuntos, como yo la he tenido, tendría que ser muy irrazonable para dudar de ella».
Este sermón se considera con justicia «uno de los más hermosos y elocuentes» de Edwards (A. V. G. Allen, Jonathan Edwards, p. 67). Fue predicado en un tiempo en que se multiplicaban las señales de un creciente interés por la religión entre el pueblo de Northampton, preludio del gran avivamiento del año siguiente y de los posteriores. El manuscrito original lleva la fecha de agosto de 1733. La muerte del Sr. Stoddard en 1729 había quitado los frenos de una autoridad largamente establecida e incuestionada, y los resultados, tal como Edwards los describe, fueron deplorables. «Parecía —dice— un tiempo de extraordinario embotamiento en la religión: durante algunos años el libertinaje prevaleció en gran manera entre los jóvenes del pueblo; muchos de ellos eran muy dados a vagar de noche, a frecuentar la taberna y a prácticas lascivas, en las que algunos, con su ejemplo, corrompían sobremanera a otros». «Pero en dos o tres años ... comenzó a haber una enmienda perceptible de estos males», y «a fines del año 1733 apareció una docilidad y una disposición a seguir consejos muy poco comunes» en los jóvenes (Narración de conversiones sorprendentes). Las condiciones mejoradas repercutieron en el predicador y, como consecuencia, tenemos el sermón sobre la luz espiritual.
El principio enunciado en este sermón es el principio cardinal y rector de todo el avivamiento. El avivamiento es precisamente su manifestación y la prueba experimentada, al menos para Edwards, de su verdad. Nada en su relato del movimiento impresiona más que el modo en que lo estudia, trazando minuciosamente los detalles del proceso y maravillándose de su variedad, por la cual el Espíritu Santo hace real y eficaz el mensaje divino (véase Allen, op. cit. pp. 143 ff.). No había nada esencialmente nuevo en el principio mismo; que Dios influye directamente en el alma, que el alma es capaz de una intuición inmediata de las cosas divinas, había sido la enseñanza común de todos los místicos, y especialmente de todos los místicos cristianos. De hecho, cabe preguntarse si la religión, como forma de experiencia personal, no implica universalmente la conciencia de alguna relación trascendente de esta clase (véase W. James, Varieties of Religious Experience, Boston, 1902, passim). Lo nuevo en la formulación de la doctrina por Edwards fue su manera de definirla, el modo en que la relaciona con las demás partes de su sistema, su insistencia en el carácter sobrenatural de esta iluminación divina y su tajante distinción entre la gracia común y la gracia especial. Su doctrina de la luz sobrenatural aparece, de hecho, como un corolario necesario de su concepción de la relación entre el hombre y Dios en la obra de la redención, expresada en su sermón sobre la dependencia del hombre. En parte, al menos, es desde este punto de vista como le parece no solo bíblica, sino razonable. Era una doctrina íntimamente ligada a sus ideas sobre la conversión. Por esta razón, no menos que por su énfasis en un principio místico, más que moral o legal, en la religión, puede Edwards hablar de la doctrina como «poco de moda». La tendencia de la época era hallar en la constitución natural del hombre más poder del que él estaba dispuesto a conceder. Históricamente, sin embargo, es precisamente en este énfasis en la experiencia interior de la luz y la vida de Dios en el corazón donde Edwards efectúa la transición del calvinismo antiguo a la teología más liberal de nuestros días.
El manuscrito de este sermón está, más de lo habitual, lleno de tachaduras e inserciones, lo que lo hace casi imposible de leer, pero sugiere algo del trabajo y el cuidado invertidos en su composición. Está escrito en veintiséis páginas del tamaño del facsímil de este volumen, y la última página contiene solo una línea y media. Pero el sermón impreso está elaborado con mayor amplitud.
LA RESOLUCIÓN DE RUT
45. La resolución de Rut. Este sermón fue uno de cinco «Discursos sobre diversos asuntos importantes, que conciernen de cerca al gran negocio de la salvación eterna del alma, a saber: I. La justificación solo por la fe. II. El esforzarse por entrar en el reino de Dios. III. La resolución de Rut. IV. La justicia de Dios en la condenación de los pecadores. V. La excelencia de Jesucristo. Pronunciados en Northampton, principalmente en el tiempo del reciente y maravilloso derramamiento del Espíritu de Dios en aquel lugar. Por Jonathan Edwards, A. M., pastor de la Iglesia de Cristo en Northampton. Deuteronomio 4:8 [9]—Guárdate, y guarda tu alma con diligencia, que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida. Boston: impreso y vendido por S. Kneeland y T. Green, en Queen Street, frente a la cárcel. MDCCXXXVIII». Los cuatro primeros de estos discursos fueron predicados durante el avivamiento de 1734-1735 y fueron escogidos por deseo del pueblo como aquellos de los que habían sacado especial provecho; el quinto lo escogió el propio Edwards a petición de algunas personas de un pueblo vecino que lo oyeron, y porque pensó que un sermón sobre la excelencia de Cristo podía seguir oportunamente a los demás, que eran de carácter despertador. Se antepusieron a la reimpresión americana de la Narración de conversiones sorprendentes, que se había publicado primero en Inglaterra. El costo de su publicación lo sufragó la congregación, clara prueba de su profundo interés, pues en aquel tiempo estaba muy cargada con los gastos de la nueva casa de reuniones. Véase Dwight, Life of Edwards, pp. 140 f.; cf. la nota que sigue, p. 162.
El sermón sobre La resolución de Rut se ha escogido, por ser el más breve de los discursos mencionados, para ilustrar un tipo de sermón de avivamiento en marcado contraste con el sermón Pecadores en manos de un Dios airado. Todos ellos, sin embargo, confirman el propio testimonio de Edwards acerca de su predicación: «No solo me he esforzado por despertaros, para que os movierais por temor, sino que he empleado mis mayores esfuerzos para ganaros» (Sermón de despedida). El manuscrito del sermón está fechado en abril de 1735, y parece haberse impreso casi tal como fue escrito.
LAS MUCHAS MORADAS
59. Las muchas moradas. El manuscrito de este sermón, hasta ahora inédito, está fechado: «El día de reposo siguiente a la distribución de asientos en la nueva casa de reuniones, 25 de dic. de 1737». La ocasión era de especial interés para el pueblo de Northampton. La antigua casa de reuniones, levantada en 1661, se había quedado pequeña para la congregación y estaba peligrosamente ruinosa; de hecho, un domingo de marzo del año en que se terminó el nuevo edificio, mientras Edwards predicaba, justo después de haber «expuesto sus doctrinas» a partir del texto «Mirad, oh menospreciadores, asombraos y pereced», la galería delantera se desplomó de repente y de forma dramática, «con un estruendo como el de un trueno». Afortunadamente —por una providencia especial, según le pareció a Edwards—, ninguna de las ciento cincuenta personas, poco más o menos, afectadas por la catástrofe pereció, ni siquiera se rompió un hueso, y solo diez resultaron heridas «de modo que valga la pena mencionarlo». Pero el suceso mostró que la construcción de una nueva casa de reuniones no se había emprendido demasiado pronto. La cuestión de este nuevo edificio se había planteado en la asamblea municipal de la primavera de 1733, pero no se decidió hasta noviembre de 1735, determinada en parte, sin duda, por el gran avivamiento de aquel año, cuando sesenta, ochenta y cien personas fueron recibidas en la iglesia en comuniones sucesivas. Luego se tardó dos años en terminar la estructura. Dicho sea de paso, los obreros consumieron sesenta y nueve galones de ron, además de numerosos barriles de «sidra» y cerveza, solo durante el levantamiento del armazón. Sesenta hombres fueron contratados a 5s. por día para esta parte de la obra, «manteniéndose ellos mismos» —como dice el diario del diácono Hunt— «excepto las bebidas».
Cuando el edificio, como varios otros de la época una estructura oblonga y espaciosa, con una torre, campanario y veleta en uno de sus extremos, estaba casi terminado, se abordó el importante asunto de asignar los asientos a la congregación. También esto era asunto del municipio. Ya se había decidido en la asamblea municipal anual de la primavera que hubiera bancos cerrados a lo largo de las paredes y solo «asientos» o bancos corridos a ambos lados del «pasillo» (la nave central). El plano real de los asientos, que todavía se conserva, muestra también bancos cerrados alrededor de los bancos corridos de la planta, separados de los bancos cerrados de las paredes por los pasillos estrechos, y cinco bancos cerrados en la galería. Estos bancos eran de la clase alta y cuadrada, con asientos abatibles sobre bisagras, y evidentemente se consideraban lugares de dignidad superior. Hacia fines del año, el municipio celebró una serie de asambleas con especial atención a la asignación de asientos. La cuestión de primera importancia era el reparto de los asientos según el rango social. En la asamblea de noviembre se encargó a un comité de cinco de los ciudadanos más prominentes que elaborara «su Esquema o Plano para la Distribución de los asientos de la casa de reuniones y lo presentara al Municipio» para su aprobación. Al mes siguiente, el comité recibió nuevas instrucciones mediante las siguientes votaciones:
«1. Se votó que en la Distribución de asientos de la nueva casa de reuniones el comité tenga en cuenta principalmente la hacienda de los hombres.
«2. Que se tenga en cuenta la Edad de los hombres.
«3. Se votó que se tenga alguna Consideración y Respeto [por] la utilidad de los hombres, pero en Grado menor». Y, para que no se cometiera ningún error, se nombró un comité de seis para «tasar los bancos y asientos», es decir, para «dignificarlos» o valorar su valor social.
Otra cuestión relacionada era la del lugar de cada sexo. En la asamblea de noviembre se votó que los varones estuvieran en el extremo sur y las mujeres en el norte; los hombres a la derecha del púlpito y las mujeres a la izquierda. En la primera asamblea de diciembre el municipio se negó expresamente a permitir que los hombres se sentaran junto a sus esposas. Pero esto era claramente contrario al sentir de algunos de los miembros más influyentes de la comunidad, pues en la sesión aplazada, cuatro días después, cuando «se sometió a votación si se prohibía al Comité Sentar juntos a los hombres y sus esposas, Especialmente a los que Desean Sentarse juntos: Resultó en Negativo». Bajo esta autorización indirecta y condicionada, los matrimonios se sentaron en su mayoría juntos en los bancos cerrados, pero separados en los bancos corridos, mientras que en algunos casos al marido se le asignó un banco cerrado y a la esposa un banco corrido.
Los sucesos y circunstancias aquí descritos se reflejan en el sermón de Edwards, especialmente en lo que dice sobre la amplitud del «acomodo» en el cielo y en sus observaciones sobre los «asientos de diversa dignidad y de distintos grados y circunstancias de honra y de felicidad» que allí hay, en comparación con lo que hallamos en las casas de culto en la tierra.
Como indicación del tamaño de la congregación de Edwards en Northampton, puede ser interesante observar que el plano de asientos antes mencionado contiene los nombres de casi seiscientas personas. Y tenía a su auditorio todo a su alrededor. El púlpito, coronado por un enorme tornavoz, estaba en medio de uno de los lados más largos del edificio, no en un extremo, como es costumbre ahora. Para más detalles, véase J. R. Trumbull, History of Northampton, vol. II, cap. vi.
Este sermón está redactado de manera más completa que la mayoría de los sermones inéditos de Edwards. Al preparar el texto para el presente volumen, el editor tuvo presente la analogía general de los demás sermones aquí publicados. En consecuencia, se han interpretado las abreviaturas —X (Cristo), G. (Dios), F. H. (la casa del Padre), etc.—, y las oraciones o frases omitidas, indicadas en el manuscrito mediante rayas o espacios, se han suplido a partir del contexto. Todas estas adiciones, sin embargo, van entre corchetes.
PECADORES EN MANOS DE UN DIOS AIRADO
78. Pecadores en manos de un Dios airado. La portada completa de este sermón, el más famoso de Edwards, decía así en la edición original: «Pecadores en manos de un Dios airado. Sermón predicado en Enfield, el 8 de julio de 1741. En tiempo de grandes despertamientos; y acompañado de notables impresiones en muchos de los oyentes. Por Jonathan Edwards, A. M., pastor de la Iglesia de Cristo en Northampton. Amós 9:2, 3.—Aunque cavasen hasta el infierno, de allá los tomará mi mano; y aunque subieren hasta el cielo, de allá los haré descender. Y si se escondieren en la cumbre del Carmelo, allí los buscaré y los tomaré; y aunque se escondieren de delante de mis ojos en lo profundo del mar, allí mandaré a la serpiente, y los morderá. Boston: impreso y vendido por S. Kneeland y T. Green en Queen Street, frente a la cárcel, 1741.»
Benjamin Trumbull, en su History of Connecticut (New Haven, 1818), vol. II, p. 145, consigna las circunstancias en que se pronunció este sermón, tal como se las refirió el señor Wheelock, ministro de Connecticut (Enfield, Conn., pertenecía entonces al condado de Hampshire, Mass.), que lo oyó. «Mientras la gente de los pueblos vecinos —escribe Trumbull— estaba en gran angustia por sus almas, los habitantes de aquel pueblo se mostraban muy confiados, disolutos y frívolos. Se había señalado una lectura en Enfield, y la gente de los alrededores, la noche anterior, estaba tan afectada por la despreocupación de los habitantes, y tan temerosa de que Dios, en su justo juicio, los pasara por alto mientras las lluvias divinas caían por todas partes a su alrededor, que estuvo postrada delante de él buena parte de la noche, suplicando misericordia por sus almas. Cuando llegó la hora señalada para la lectura, asistieron varios de los ministros vecinos, y algunos de lejos. Al entrar en la casa de reunión, la asamblea tenía un aspecto despreocupado y frívolo. La gente apenas se comportaba con la decencia común. Predicó el reverendo señor Edwards, de Northampton, y antes de que terminara el sermón la asamblea apareció profundamente impresionada y abatida, con una tremenda convicción de su pecado y de su peligro. Hubo tal suspirar de angustia y tal llanto, que el predicador se vio obligado a hablar a la gente y pedir silencio para poder ser oído. Este fue el comienzo, en aquel lugar, de la misma grande y extendida inquietud con que fue visitada la colonia en general.» Las circunstancias en que se predicó este sermón fueron, pues, excepcionales: la agitación del Gran Despertar estaba en su punto culminante; la congregación a la que se dirigía el sermón era notoria por su apatía; Edwards sintió sin duda que era necesaria una presentación excepcionalmente vigorosa de su peligro para despertarla. Y este sermón es probablemente el más tremendo de su género que haya pronunciado jamás un ministro cristiano.
El género, sin embargo, no era en modo alguno excepcional en la predicación de Edwards, sobre todo en este período. Convencido como estaba de que las decisiones de los hombres en esta vida acarreaban las consecuencias más trascendentales para toda la eternidad, tenía por deber ineludible presentarles esas consecuencias de la manera más viva posible. La justicia de Dios en la condenación de los pecadores; El castigo futuro de los impíos, inevitable e intolerable; La eternidad de los tormentos del infierno; Cuando los impíos hayan colmado la medida de su pecado, la ira vendrá sobre ellos hasta el extremo; El fin de los impíos contemplado por los justos, o Los tormentos de los impíos en el infierno, ningún motivo de pesar para los santos en el cielo; Los hombres impíos, útiles solo en su destrucción: estos se cuentan entre los títulos de sus sermones. Además, hay razones para creer que este mismo sermón, u otro semejante, se usó en otras ocasiones además de aquella a la que se atribuye expresamente. Existe una tradición según la cual Edwards lo predicó una vez en que Whitfield había defraudado a un auditorio al no presentarse, y que produjo con él un gran efecto. El manuscrito está fechado en junio de 1741, lo que sugiere que pudo haberse predicado en Northampton, o en otra parte, el mes anterior a aquel en que fue acompañado de tan notables impresiones en los oyentes de Enfield. Pero más significativa aún es la existencia de un segundo sermón, sin fecha, sobre el mismo texto. En este, que sin duda es de origen anterior, el pensamiento se desarrolla de modo algo distinto: es menos lúgubre, menos elaborado, menos terrible; pero contiene muchas de las ideas que se hallan en el sermón de Enfield, por ejemplo, sobre la incertidumbre de la vida, la rapidez con que la destrucción puede sorprender al pecador, etc. Es evidente que el tema fascinaba a Edwards; lo desarrolla con el pulso seguro de un gran artista, con la fuerza intelectual del dialéctico consumado. Y proclama su mensaje con la intensa convicción de un profeta del Antiguo Testamento. No es de extrañar que sus oyentes se conmovieran. El efecto habría sido sin duda menor si en la predicación hubiera habido alguna nota de rencor personal. Pero no hay nada de esto; no es en este sentido en el que el sermón puede llamarse «imprecatorio». Por el contrario, en lo que toca a la actitud personal de Edwards, no es difícil percibir en él el patetismo y la compasión del más manso de los hombres, que llora sobre la insensata locura de quienes, ciegos ante la destrucción inminente, rechazan las repetidas invitaciones a ponerse a salvo (cf. Mateo 23:37). Por lo demás, es del todo impersonal, distante; la verdad que predica es segura, tremenda, pero objetiva. En el lector moderno, el sermón probablemente producirá una impresión muy penosa, a menos que este, por su parte, lo lea de la misma manera impersonal y distante. No es solo el realismo de la presentación, sino la dureza de la doctrina, lo que ofende. Edwards, por ejemplo, habla con frecuencia de la razón por la que los pecadores no son arrojados inmediatamente al infierno; pero la razón que aduce no es la misericordia, ni la bondad, ni el amor de Dios, sino su mero poder y su soberano beneplácito. Este es un aspecto de la verdad del universo espiritual tal como Edwards lo ve. No es un sentimental; proclama la verdad tal como la encuentra. En lo que respecta al propio Edwards, no hay nada en todo el sermón, ni en ninguno de sus sermones llamados «imprecatorios», que sea ni la mitad de repugnante que la actitud de Dante hacia los pecadores en el infierno. Tómese, por ejemplo, el caso de Filippo Argenti en el lago de fango (Infierno, canto VIII): «“Maestro, mucho me gustaría verlo zambullido en este caldo antes de que salgamos del lago.” Y él a mí: “Antes de que la orilla te deje verla, quedarás satisfecho; conviene que goces de tal deseo.” Poco después vi que la gente fangosa lo despedazaba de tal modo que aún alabo a Dios por ello y le doy gracias. Todos gritaban: “¡A Filippo Argenti!”, y el furioso espíritu florentino se revolvía contra sí mismo con los dientes.»
89. El Dios que os sostiene ... caéis en este mismo instante al infierno. Este es probablemente el párrafo más recordado de este sermón tan sobradamente recordado. La comparación con el manuscrito original revela algunas variantes interesantes respecto del texto impreso y, al mismo tiempo, da testimonio de la deliberación con que se labraron las frases en vista del efecto calculado. Por ambas razones, el pasaje se reproduce aquí tal como fue escrito.
«Estáis sobre el abismo del infierno en la mano de Dios, muy semejante a como uno sostiene una araña o algún Insecto repugnante sobre el fuego & no es nada para Dios soltaros & caéis dentro.» (Siguen aquí cuatro líneas indescifrables, que, sin embargo, al parecer no pertenecen a este contexto. El pasaje continúa luego en la página siguiente del manuscrito.) «& este D. que así os sostiene en su mano está muy airado con vosotros & terriblemente provocado. su ira arde como fuego. sois repugnantes y aborrecibles a sus ojos & y dignos de ser quemados—os mira como dignos de nada más que de ser arrojados al fuego sois diez mil veces más repugnantes a sus ojos que el insecto más inmundo a los ojos de nosotros los hombres & le habéis ofendido mil veces más de lo que jamás un rebelde obstinado ofendió a su príncipe. & sin embargo estáis en sus manos & no es absolutamente nada sino su mero beneplácito lo que os guarda de caer en el infierno a cada momento no hay otra razón que dar de por qué no fuisteis al infierno anoche por qué no despertasteis en el infierno después de haber cerrado los ojos para dormir & no hay otra razón que dar de por qué [no] habéis caído desde que os levantasteis por la mañana sí desde que estáis aquí sentados en la casa de D. Provocando sus puros Ojos con vuestra pecaminosa y perversa manera de asistir a su Santo culto Sí no hay ninguna otra cosa que dar como la Razón de por qué no caéis en este mismo instante al infierno.»
Entre las frases aquí separadas por espacios más largos hay trazadas líneas que se curvan desde la parte inferior de la precedente hasta la parte superior de la siguiente, lo que indica posiblemente pausas retóricas en la pronunciación y sugiere al lector moderno una sucesión de olas, ola tras ola de horror, cada una más abrumadora que la anterior.
El pasaje anterior se encuentra en el manuscrito bajo la división I de la «Aplicación»; la división II comienza: «Y considerad aquí más en particular» (p. 89). Las cuatro divisiones que siguen después corresponden aproximadamente a las de la edición impresa, pero son meros encabezados, y difieren de las seis divisiones esbozadas en un principio. Intercalada en el manuscrito hay una hoja suelta que contiene, de puño y letra de Edwards, un esquema cuidadoso de todo el sermón, como el que pudo haber hecho al preparar el sermón para la imprenta o haber usado como notas para predicar. El manuscrito del sermón entero es breve: apenas veintidós páginas de escritura y una hoja en blanco.
UNA VARA FUERTE QUEBRADA
98. El terrible juicio de Dios. El manuscrito de este sermón lleva la fecha: «Con ocasión de la muerte del coronel Stoddard, junio de 1748». Consta de cincuenta y dos páginas del tamaño habitual de los sermones manuscritos de Edwards, pero con la particularidad poco común de estar escrito a dos columnas. El papel empleado era en parte el de cartas dirigidas a Edwards, con la escritura en algunos lugares atravesando la dirección y con las marcas del sello quitadas; y en parte —unas veinte páginas— trozos de papel fino y suave, recortados en hondas formas en los bordes superiores, que se cree que eran retazos del papel que la señora Edwards y sus hijas usaban para hacer abanicos. Es evidente que el sermón fue escrito a toda prisa, con pocas correcciones y de manera bastante completa. La portada de la primera edición dice así: «Una vara fuerte quebrada y seca. Sermón predicado en Northampton, en el Día del Señor, 26 de junio de 1748, con motivo de la muerte del Honorable John Stoddard, Esq., miembro en repetidas ocasiones del Consejo de Su Majestad, durante muchos años presidente del Tribunal de Causas Comunes del condado de Hampshire, juez de Sucesiones y coronel en jefe del regimiento, &c., que murió en Boston el 19 de junio de 1748, a los 67 años de edad. Por Jonathan Edwards, A. M., pastor de la primera Iglesia de Northampton. Daniel 4:35—Hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra; y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? Boston, impreso por Rogers y Fowle para J. Edwards, en Cornhill, 1748.»
El coronel Stoddard era el octavo hijo y cuarto varón del reverendo Solomon Stoddard y, por tanto, tío de Edwards por parte de madre. Fue un hombre de gran relieve en todos los asuntos principales del pueblo, del condado y de la colonia. «Su vida —dice Trumbull (History of Northampton, vol. II, p. 172)— fue el eslabón entre las dos series de grandes dirigentes que gobernaron los asuntos del oeste de Massachusetts durante casi siglo y tres cuartos. Sus predecesores fueron John Pynchon, de Springfield, y Samuel Partridge, de Hatfield; tras él vinieron Joseph Hawley y Caleb Strong, de Northampton, y estos cinco hombres fueron los dirigentes en la Colonia, la Provincia y el Estado.» Fue un firme defensor de la realeza y de la prerrogativa real, y por esta razón tuvo muchos adversarios; pero la estima general de que gozaba la prueban sus numerosos cargos y el hecho de que fue reelegido diecisiete veces representante del condado ante el Tribunal General. Fue un apreciado amigo del gobernador Shirley, en relación con quien se cuenta de él una anécdota característica. Se dice que una vez se presentó y pidió ver al gobernador cuando este tenía invitados a comer, pero declinó la invitación del criado a pasar. Los comensales quedaron sorprendidos y escandalizados por lo que consideraron un acto de descortesía hacia el primer magistrado. «¿Cómo se llama el caballero?», preguntó el gobernador. «Creo —respondió el criado— que me dijo que se llamaba Stoddard.» «¿De veras? —dijo el gobernador—. Disculpadme, caballeros; si es el coronel Stoddard, debo ir a verlo.» (De Dwight’s Travels, vol. I, p. 332, citado por Trumbull, op. cit. p. 173.) Su muerte privó a Edwards de uno de sus más firmes partidarios y probablemente contribuyó al trágico desenlace de la gran controversia en que el predicador se hallaba entonces envuelto. A este respecto, es interesante comprobar que el coronel Stoddard ayudó en 1736 a trazar el municipio de Stockbridge y que tuvo mucho que ver en el establecimiento de la misión entre los indios de aquel lugar, a cuya dirección fue llamado Edwards tras su destitución en Northampton. El sermón de Edwards es un elogio, pero hay toda razón para suponer que da, en conjunto, una impresión justa del carácter, los servicios y las cualidades de Stoddard. Sobre él, véase además Trumbull, op. cit. vol. II, cap. xiii.
116. La guerra presente. La guerra del rey Jorge contra los franceses y los indios (1744-1748-9). El coronel Stoddard, como comandante de las fuerzas de Hampshire, dirigió las operaciones militares en aquella parte del país hasta su muerte. El mayor Israel Williams, de Hatfield, que más tarde le sucedió en el mando, escribiendo con fecha 25 de junio de 1748 al secretario Willard, dice: «Ahora estamos como ovejas sin pastor.... Dios ha tenido a bien quitárnoslo (a él, que era en gran medida nuestra sabiduría, nuestra fuerza y nuestra gloria) en un tiempo en que menos podíamos prescindir de él.» (Trumbull, op. cit. vol. II, p. 158.)
SERMÓN DE DESPEDIDA
118. Sermón de despedida. «Sermón de despedida predicado en el primer distrito de Northampton, tras el rechazo público de su ministro por parte del pueblo, y la renuncia a su relación con él como pastor de la Iglesia de aquel lugar, el 22 de junio de 1750, ocasionado por diferencia de pareceres acerca de las cualidades requeridas en los miembros de la Iglesia en plena comunión. Por Jonathan Edwards, A. M. Hechos 20:18. Vosotros sabéis cómo, desde el primer día que entré en Asia, he estado con vosotros todo el tiempo. vers. 20. Y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas. vers. 26, 27. Por tanto, yo os protesto en el día de hoy que estoy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios. Gálatas 4:15, 16. ¿Dónde está, pues, vuestra bienaventuranza? Porque os doy testimonio de que, si hubiera sido posible, os hubierais sacado vuestros propios ojos para dármelos. ¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad? Boston, impreso y vendido por S. Kneeland, frente a la cárcel, en Queen Street. 1751.»—Portada de la primera edición.
El prefacio de este sermón es un documento tan importante para su comprensión que se imprime aquí íntegro, como es habitual también en otras ediciones.
Prefacio. No es improbable que algunos de los lectores del sermón que sigue sientan curiosidad por las circunstancias de la diferencia entre mí y el pueblo de Northampton que desembocó en la separación entre ellos y yo que dio ocasión a la predicación de este sermón de despedida. No hay aquí, en modo alguno, lugar para una relación completa de ese asunto; pero parece conveniente, y aun necesario, corregir aquí algunas burdas tergiversaciones que se han hecho de esa diferencia con abundancia y (es de temer) por parte de algunos con afectación y empeño: tales como que yo insistía en que las personas estuvieran seguras de hallarse en estado de salvación para admitirlas en la iglesia; que yo exigía un relato particular del método y orden de la experiencia interior de una persona, y del tiempo y la manera de su conversión, como prueba de su idoneidad para la comunión cristiana; más aún, que yo había emprendido la tarea de establecer una iglesia pura, y de hacer una distinción exacta y cierta entre santos e hipócritas, mediante un pretendido discernimiento infalible [del] estado de las almas de los hombres; que en estas cosas me había unido a esa gente exaltada que ha aparecido últimamente en Nueva Inglaterra, llamados separatistas; y que yo mismo me había convertido en un gran separatista; y que me arrogaba enteramente todo el poder de juzgar las cualidades de los candidatos a la comunión, e insistía en actuar por mi sola autoridad en la admisión de miembros en la iglesia, &c.
Frente a estas representaciones calumniosas, por ahora solo daré a mi lector cuenta de algunas cosas que expuse ante el concilio que hizo la separación entre mí y mi pueblo, a fin de que tuviera una visión justa y completa de mis principios relativos al asunto en controversia.
Mucho antes de que se reuniera el concilio, mi pueblo había enviado recado al reverendo señor Clark, de Salem Village, pidiéndole que escribiera en contra de mis principios. Lo cual me dio ocasión de escribir al señor Clark, para que tuviera información veraz de cuáles eran mis principios. Y durante la sesión del concilio, hice, para información de sus miembros, una declaración pública de mis principios ante ellos y ante la iglesia, en la casa de reunión, del mismo tenor que la de mi carta al señor Clark, y en gran medida con las mismas palabras; y luego, después, envié por escrito al concilio un extracto de aquella carta, que contenía la información que yo había dado al señor Clark, con las mismas palabras de mi carta a él, a fin de que el concilio pudiera leerlo y considerarlo con calma, y tener un conocimiento más cierto y satisfactorio de cuáles eran mis principios. El extracto que les envié decía lo siguiente:
«A menudo, y no sé si de manera bastante general, en el país, se me presenta como sosteniendo una opinión nueva y extraña respecto de las condiciones de la comunión cristiana, y como empeñado en introducir un camino peculiar de mi propia invención. Sin embargo, no percibo que difiera en absoluto del esquema del doctor Watts en su libro titulado The Rational Foundation of a Christian Church, and the Terms of Christian Communion, el cual, según dice, es el parecer común de todas las iglesias reformadas. Yo no había visto este libro del doctor Watts cuando publiqué lo que he escrito sobre el tema. Y, con todo, creo que mis opiniones, tal como las he expresado, concuerdan tan exactamente con lo que él establece como si hubiera sido su discípulo. Tampoco voy en absoluto más allá de lo que el doctor Doddridge muestra claramente que es su parecer, en su Rise and Progress of Religion, y en sus Sermons on Regeneration, y en su Paráfrasis y notas sobre el Nuevo Testamento. Ni, en verdad, señor, cuando considero las opiniones que ha expresado en sus cartas al mayor Pomroy y al señor Billing, alcanzo a ver sino que vienen a ser exactamente lo mismo que yo sostengo. Supone que los sacramentos no son ordenanzas de conversión, sino que, “como sellos del pacto, presuponen la conversión, especialmente en el adulto; y que es la santidad visible, o, en otras palabras, una profesión creíble de fe y arrepentimiento, un solemne consentimiento al pacto del evangelio, unido a una buena conducta y a una medida competente de conocimiento cristiano, lo que da un derecho evangélico a todas las sagradas ordenanzas; pero que es necesario, en los que se acercan a estas ordenanzas y en los que profesan consentir al pacto del evangelio, que sean sinceros en su profesión”, o al menos que se tengan por tales.—Lo principal en que he tenido escrúpulos en el método establecido de proceder de esta iglesia, y en lo cual ya no me atrevo a continuar, es que asientan públicamente a la fórmula de palabras recitada con ocasión de su admisión a la comunión, sin pretender significar con ello cosa alguna como un consentimiento cordial a las condiciones del pacto del evangelio, ni significar una fe o un arrepentimiento como los que pertenecen al pacto de gracia y son las grandes condiciones de ese pacto; siendo, al mismo tiempo que se usan las palabras, su principio conocido y establecido, que profesan abiertamente y conforme al cual proceden, que los hombres pueden y deben usar estas palabras sin significar tal cosa, sino otra de naturaleza muy inferior; de la cual creo que no tienen noción distinta ni determinada, sino algo compatible con saber que no escogen a Dios como su bien principal, sino que aman al mundo más que a él, y que no se entregan enteramente a Dios, sino que se reservan algo; y, en suma, compatible con saber que no consienten de corazón al pacto del evangelio, sino que viven todavía bajo el poder reinante del amor al mundo y de la enemistad contra Dios y contra Cristo. De modo que las palabras de su profesión pública, según su uso abiertamente establecido, dejan de tener la naturaleza de una profesión de fe y arrepentimiento evangélicos, o de una verdadera conformidad con el pacto; porque es su profesión que las palabras, tal como se usan, no significan tal cosa. Las palabras usadas en estas circunstancias dejan, por lo menos, de ser una profesión creíble de estas cosas. No puedo concebir en un determinado conjunto de palabras una virtud tal que sea apropiado, por el mero hecho de emitir esos sonidos, admitir a personas a los sacramentos cristianos sin consideración alguna a ningún pretendido significado de esos sonidos; ni puedo creer que institución alguna de Cristo haya establecido semejantes condiciones de admisión en la iglesia cristiana. No pertenece a la controversia entre mi pueblo y yo cuán particular o amplia deba ser la profesión que se exija. No quisiera verme confinado a límites exactos en esa materia; antes que contender, me contentaría con unas pocas palabras que expresaran brevemente las virtudes o actos cardinales implicados en una cordial conformidad con el pacto, hechas con entendimiento (según se viera al indagar el conocimiento doctrinal de la persona), si hubiera una conducta exterior conforme a ello; más aún, pensaría que tal persona, al hacer solemnemente tal profesión, tenía derecho a ser recibida como objeto de una caridad pública, por mucho que ella misma tuviera escrúpulos acerca de su propia conversión, por no recordar el tiempo, no conocer el método de su conversión, o hallar tanto pecado remanente, &c. Y (si sus propios escrúpulos no le impidieran acercarse a la mesa del Señor) pensaría que el ministro o la iglesia no tenían derecho a excluir a tal profesante, aunque dijera que no se creía convertido; porque llamo profesión de piedad a la que es una profesión de las grandes cosas en que consiste la piedad, y no una profesión de su propia opinión acerca de su buen estado.»
Northampton, 7 de mayo de 1750.
Hasta aquí mi carta al señor Clark.
Habiendo oído el concilio que yo había hecho ciertos borradores del pacto, o fórmulas de una profesión pública de religión que estaba dispuesto a aceptar de los candidatos a la comunión de la iglesia, mandó pedirlos para su mayor información. En consecuencia, le envié cuatro borradores o fórmulas distintos, que había redactado como un año antes, como lo que estaba dispuesto a aceptar (cualquiera de ellos) antes que contender y romper con mi pueblo.
Las dos más breves de estas fórmulas se insertan aquí para satisfacción del lector. Son las siguientes.
«Espero hallar de veras un corazón dispuesto a entregarme enteramente a Dios, conforme al tenor de aquel pacto de gracia que fue sellado en mi bautismo; y a andar en el camino de aquella obediencia a todos los mandamientos de Dios que el pacto de gracia exige, mientras viva.» Otra:
«Espero hallar de veras en mi corazón la voluntad de cumplir todos los mandamientos de Dios, que me exigen entregarme enteramente a él y servirle con mi cuerpo y con mi espíritu. Y, en consecuencia, prometo ahora andar en el camino de la obediencia a todos los mandamientos de Dios, mientras viva.»
Profesiones de esta clase estaba yo dispuesto a aceptar, antes que contender y romper con mi pueblo. No porque no piense que es mucho más conveniente que, de ordinario, la profesión pública de religión que hacen los cristianos sea mucho más completa y particular; y que (como insinué en mi carta al señor Clark) no quisiera verme atado a ninguna fórmula fija de palabras, sino tener libertad para variar las expresiones de una profesión pública, a fin de ajustarlas con más exactitud a los sentimientos y la experiencia del profesante, para que sea una expresión más justa y libre de lo que cada uno halla en su corazón.
Y, además, ha de notarse que siempre insistí en que me correspondía como pastor, antes de aceptar una profesión, tener plena libertad para instruir al candidato en el significado de sus términos y en la naturaleza de las cosas que se proponía profesar; y para indagar su entendimiento doctrinal de estas cosas, según mi mejor criterio; y para prevenir a la persona, según lo juzgara necesario, contra la temeridad al hacer tal profesión, o el hacerla principalmente por el crédito propio o de su familia, o por cualesquiera miras seculares; y para moverla a un serio examen de sí misma, a escudriñar su propio corazón y a orar a Dios que la escudriñe e ilumine, para que no sea hipócrita ni se engañe en la profesión que hace; señalándole a la vez las muchas maneras en que los profesantes están expuestos a ser engañados.
Tampoco creo impropio que, en tal caso, un ministro indague y conozca del candidato lo que pueda recordarse de las circunstancias de su experiencia cristiana, ya que esto puede contribuir mucho a ilustrar su profesión y dar al ministro gran ventaja para impartir las instrucciones adecuadas; aunque el conocimiento y el recuerdo particulares del tiempo y del método de la primera conversión a Dios no han de hacerse la prueba de la sinceridad de una persona, ni exigirse como necesarios para que sea recibida en plena caridad. No es que crea en absoluto impropio o inútil que, en algunos casos especiales, se exponga públicamente ante toda la congregación, con ocasión de su admisión en la iglesia, una declaración de las circunstancias particulares del primer despertar de una persona y de la manera de sus convicciones, iluminaciones y consuelos, aunque esto no se exija como necesario para la admisión. Siempre me declaré en contra de insistir en un relato de la experiencia en este sentido (a saber, un relato del tiempo particular y de los pasos de la obra del Espíritu en la primera conversión) como condición de la comunión; pero, si por relato de las experiencias se entiende una declaración de la experiencia de las grandes cosas obradas en que consisten la verdadera gracia y los actos y hábitos esenciales de la santidad, en este sentido creo necesario un relato de las experiencias de una persona para su admisión en la plena comunión de la iglesia. Pero que, en cualesquiera indagaciones que se hagan y en cualesquiera relatos que se den, ni el ministro ni la iglesia han de erigirse en escudriñadores de corazones, sino que han de aceptar la profesión seria y solemne del profesante bien instruido y de buena vida, como el más capaz de determinar lo que halla en su propio corazón.
Estas cosas pueden servir en alguna medida para corregir a aquellos de mis lectores que hayan sido inducidos a error en su concepto del estado de la controversia entre mi pueblo y yo por las tergiversaciones antes mencionadas.
Jonathan Edwards.
135. Pero, con toda probabilidad, esto no volverá a suceder jamás. A veces se afirma que Edwards nunca volvió a ocupar el púlpito de Northampton. Esto no es cierto. De hecho, predicó doce domingos antes de su traslado a Stockbridge, aunque, a decir verdad, no consecutivos y solo cuando no se podía conseguir otro suplente. Hay quizá más fundamento para la afirmación del doctor Hopkins, citada por Dwight (op. cit. p. 418), de que el pueblo acabó votando —se cree que en noviembre de 1750— que no predicara más. Pero los registros del pueblo y del distrito callan por igual sobre este asunto, y la única votación relacionada con él es una aprobada por el distrito en noviembre, «para pagar al señor Edwards 10 libras de la antigua emisión por cada día de reposo durante el tiempo que ha predicado aquí desde su destitución». Trumbull, que ha establecido este hecho (History of Northampton, vol. II, p. 227), dice que el último sermón de Edwards en Northampton fue en la tarde del 13 de octubre de 1751, sobre el texto de Hebreos 11:16. Pero aun esto es dudoso; pues entre los manuscritos de New Haven el profesor Dexter descubrió un sermón sobre 2 Corintios 4:6 marcado como predicado en Northampton en mayo de 1755, y, en un cuaderno de esquemas de sermones, por lo menos tres apuntes de textos y doctrinas del mismo período marcados como destinados a Northampton. (F. B. Dexter, The Manuscripts of Jonathan Edwards, p. 8.)
145. Por las cuales llegué a ser tan aborrecido. A la agitación del Gran Despertar siguió un período de relajación. En 1744 se informó a Edwards de que varios jóvenes de su congregación, de ambos sexos, leían libros inmorales que fomentaban una conversación lasciva y obscena. Para atajar el mal, predicó un sermón, de cuya franqueza podemos juzgar por el sermón publicado sobre «La tentación de José», sobre Hebreos 12:15, 16, y después del culto comunicó a los hermanos de la iglesia las pruebas que tenía en su poder con vistas a nuevas medidas. Se nombró una comisión de investigación para ayudar al pastor a examinar el asunto en una reunión en su casa. Edwards leyó entonces los nombres de los jóvenes que debían ser citados como testigos o como acusados, pero sin distinguir entre ambas clases. Al hacerse así públicos los nombres, resultó que la mayoría de las principales familias del pueblo estaban implicadas. «El pueblo ardió de repente.» Muchos de los cabezas de familia se negaron a proseguir la investigación; muchos de los jóvenes citados a la reunión se negaron a acudir, y los que acudieron se comportaron con insolencia. Edwards nunca logró después restablecer su autoridad. Durante años no se presentó ni un solo candidato para ser admitido en la iglesia. Véase Hopkins, Life of Edwards (1765), pp. 53 ss. Dwight, op. cit. pp. 299 s., copia el relato de Hopkins casi palabra por palabra, pero sin reconocerlo.
146. Una y otra vez os he advertido ... nos encontremos delante de él. Las compañías y las diversiones mundanas de los jóvenes eran un antiguo motivo de queja para Edwards. Escribiendo acerca del período anterior al avivamiento de 1734-1735, dice: «Tenían por costumbre reunirse con mucha frecuencia en juntas de ambos sexos, para la alegría y el regocijo, que llamaban parrandas; y a menudo pasaban en ellas la mayor parte de la noche, sin consideración alguna al orden de las familias a que pertenecían.» Cómo se divertían los jóvenes en esas «juntas», solo podemos conjeturarlo; lo cierto es que algunos de los padres, por lo menos, no veían en ellas mal alguno. Pero la idea que Edwards tenía del gobierno de la familia era muy distinta. «No permitía que sus hijos estuvieran fuera de casa después de las nueve de la noche cuando salían a ver a sus amigos y compañeros. Tampoco se les permitía quedarse levantados mucho después de esa hora, en su propia casa, cuando alguien venía a visitarlos. Si algún caballero deseaba tratar a alguna de sus hijas, después de presentarse debidamente consultando como era propio a los padres, se le concedía toda oportunidad conveniente para ello: una habitación y fuego, si hacía falta; pero no debía invadir las horas propias del descanso y el sueño, ni la religión y el orden de la familia.» (Hopkins, op. cit. p. 44.) Tenemos razones para pensar que algunas de las «otras libertades que comúnmente se toman los jóvenes en esta tierra» estaban calculadas para favorecer cualquier cosa antes que el refinamiento y la espiritualidad.
149. Un espíritu contencioso. La historia corrobora en términos generales el siguiente testimonio de Edwards acerca del espíritu contencioso del pueblo de Northampton: «Hubo algunas grandes contiendas y controversias entre ellos en tiempos del señor Stoddard, que se llevaron con gran acaloramiento y violencia; algunas grandes disputas en la iglesia, en las que el señor Stoddard, con toda su gran autoridad, no sabía qué hacer con ellos. En una controversia eclesiástica de tiempos del señor Stoddard, en la que la iglesia se dividió en dos partidos, el acaloramiento de los ánimos subió a tal grado que se llegó a las manos. Un miembro de uno de los partidos se encontró con el jefe del partido contrario, lo atacó y lo golpeó sin piedad. Ha habido durante cuarenta o cincuenta años una especie de división asentada del pueblo en dos partidos, algo semejante al partido de la Corte y al del Campo en Inglaterra (si se me permite comparar lo pequeño con lo grande). Ha habido algunos de los hombres principales del pueblo, de la mayor autoridad y riqueza, grandes propietarios de sus tierras, que han tenido consigo a un partido. Y el otro partido, que por lo común ha sido el mayor, lo han formado quienes los miraban con recelo, propensos a envidiarlos y temerosos de que tuvieran demasiado poder e influencia en el pueblo y en la iglesia. Este ha sido el fundamento de innumerables contiendas entre la gente, de tiempo en tiempo, que me han resultado sumamente dolorosas, y por las cuales sin duda Dios ha sido terriblemente provocado, y su Espíritu contristado y apagado, y se han introducido mucha confusión y muchas malas obras.» Carta del 1 de julio de 1751 al reverendo Thomas Gillespie. Cf. Trumbull, History of Northampton, vol. II, p. 36.
Notas:
Véase J. A. Stoughton, Windsor Farmes, p. 39 y p. 69 n. Quienes estudian la herencia quizá encuentren aquí una pista del carácter del brillante y díscolo nieto de Edwards, Aaron Burr.
Véase H. N. Gardiner, The Early Idealism of Edwards, en Jonathan Edwards: a Retrospect, pp. 115-160: Boston, 1901. Cf. J. H. MacCracken, The Sources of Jonathan Edwards’s Idealism, Philos. Rev., xi. 26 ss. (enero de 1902).
La de la iglesia de Bolton, Conn. Pero, por alguna razón que hoy no se advierte, nunca fue instalado allí. Véase S. Simpson, Jonathan Edwards—a Historical Review, Hartford Seminary Record, xiv. 11 (noviembre de 1903).
Publicado por primera vez por Dwight, Life of President Edwards, p. 114, y reproducido con frecuencia. Se ha comparado con la descripción de Beatriz por Dante, a la que sin duda iguala en pura calidad lírica, aunque carece del colorido sensual y de la idealización imaginativa de esta. La comparación la hace A. V. G. Allen, The Place of Edwards in History, en Jonathan Edwards: a Retrospect, p. 7; el contraste lo señala John De Witt, Stockbridge (1903), Oration, p. 45 (publicado por la Berkshire Conference).
Solomon Clark, Historical Catalogue of the Northampton First Church, pp. 40-67 (Northampton, 1891), imprime la lista completa.
Véase la nota, p. 179.
No es posible entrar aquí en la historia de esta famosa controversia. Algo acerca de ella se hallará en las notas, pp. 172 ss.; Dwight, op. cit., pp. 298-448, imprime íntegros los documentos del diario de Edwards; los registros de la iglesia guardan silencio. Quizá deba decirse, en justicia para con la gente de Northampton, que la relación pastoral no se consideraba entonces indisoluble, como a veces se supone; seis clérigos fueron «destituidos» de iglesias vecinas entre 1721 y 1755. Además, Edwards, por eminente que fuera sin duda como predicador, era para ellos solo el ministro de la parroquia; su gran fama como teólogo se estableció más tarde. Cf. Trumbull, History of Northampton, II, 225. Tampoco es irrazonable suponer que las capacidades espirituales del pueblo habían sido estimuladas en exceso. El posterior arrepentimiento de Joseph Hawley (véase Dwight, op. cit., p. 421), primo de Edwards, que había tenido un papel principal en el movimiento contra él, atañe solo al espíritu de la oposición; no pone seriamente en duda la sabiduría, dadas las circunstancias, de la separación.
Aaron Burr, vicepresidente de los Estados Unidos, que mató a Alexander Hamilton en un duelo, era hijo de ellos.
Véase, p. ej., el episodio que consigna Dwight, op. cit., p. 133, donde el arrobamiento dura cerca de una hora, acompañado durante la mayor parte del tiempo «de lágrimas y de llanto en alta voz».
Véase F. B. Dexter, The Manuscripts of Jonathan Edwards, p. 7. (Reimpreso de los Proceedings of the Mass. Hist. Soc., marzo de 1901.)
Como, p. ej., en el gran sermón ético sobre el pecado del robo y de la injusticia, sobre el texto «No hurtarás». Works, reimpresión de Worcester, IV, 601.
Se hallan ejemplos de ello en los sermones manuscritos sobre Juan 1:47 y Juan 1:41, 42, que se toman aquí como típicos.
Samuel Hopkins, Life of Edwards, p. 48.
Como ilustración de la ampliación del sermón impreso en comparación con el manuscrito preparado para la predicación, véase la nota, p. 157.
El pueblo vecino más próximo.
«Si estoy en peligro de ir al infierno, me alegraría saber cuanto me sea posible de su horror. Si soy muy propenso a descuidar el debido cuidado para evitarlo, me hace el mayor favor quien más hace por representarme la verdad del caso, quien expone mi miseria y mi peligro de la manera más viva.»—Sermón sobre Las marcas distintivas de una obra del Espíritu de Dios.
Según informa al editor el profesor A. V. G. Allen en una carta del 23 de enero de 1904.
Capítulo 9 completado
Notas