Con Cristo en la escuela de oración
Cristo el Sumo Sacerdote

Capítulo 28 · 9 min de lectura

Cristo el Sumo Sacerdote

«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo».—Juan 17:24.

En Su discurso de despedida, Jesús da a Sus discípulos la revelación plena de lo que había de ser la Nueva Vida, una vez que el reino de Dios hubiera venido con poder. En la morada del Espíritu Santo, en la unión con Él, la Vid celestial, en su salida a dar testimonio y a sufrir por Él, habían de hallar su vocación y su bienaventuranza. Entre la exposición de su futura vida nueva, el Señor había dado repetidamente las promesas más ilimitadas en cuanto al poder que sus oraciones podían tener. Y ahora, al concluir, Él mismo se dispone a orar. Para que Sus discípulos tengan el gozo de saber cuál será Su intercesión por ellos en el cielo como su Sumo Sacerdote, entrega este precioso legado de Su oración al Padre. Lo hace a la vez porque ellos, como sacerdotes, han de participar en Su obra de intercesión, a fin de que ellos y nosotros sepamos cómo realizar esta santa obra. En la enseñanza de nuestro Señor en esta última noche, hemos aprendido a comprender que estas asombrosas promesas sobre la oración no han sido dadas en beneficio propio, sino en interés del Señor y de Su reino: es solo del Señor mismo que podemos aprender lo que la oración en Su Nombre ha de ser y obtener. Hemos comprendido que orar en Su Nombre es orar en perfecta unidad con Él mismo: la oración sumo-sacerdotal enseñará todo lo que la oración en el Nombre de Jesús puede pedir y esperar.

Esta oración se divide de ordinario en tres partes. Nuestro Señor ora primero por Sí mismo (vv. 1-5), luego por Sus discípulos (6-19), y por último por todo el pueblo creyente a través de todas las edades (20-26). El seguidor de Jesús, que se entrega a la obra de intercesión, y quisiera de buena gana probar cuánta bendición puede hacer descender sobre su círculo en el Nombre de Jesús, se dejará con toda humildad guiar por el Espíritu para estudiar esta maravillosa oración como una de las lecciones más importantes de la escuela de oración.

Ante todo, Jesús ora por Sí mismo, por ser glorificado, para así glorificar al Padre. «¡Padre! Glorifica a tu Hijo. Y ahora, Padre, glorifícame». Y presenta los fundamentos sobre los cuales ora así. Un santo pacto había sido concertado entre el Padre y el Hijo en el cielo. El Padre le había prometido potestad sobre toda carne como recompensa de Su obra: Él había hecho la obra, había glorificado al Padre, y Su único propósito es ahora glorificarle aún más. Con la mayor osadía pide que el Padre le glorifique, para que ahora sea y haga por Su pueblo todo cuanto ha emprendido.

¡Discípulo de Jesús! aquí tiene usted la primera lección en su obra de intercesión sacerdotal, que ha de aprender del ejemplo de su gran Sumo Sacerdote. Orar en el Nombre de Jesús es orar en unidad, en simpatía con Él. Así como el Hijo comenzó Su oración dejando en claro Su relación con el Padre, alegando Su obra y obediencia y Su deseo de ver al Padre glorificado, haga usted lo mismo. Acérquese y preséntese ante el Padre en Cristo. Alegue Su obra consumada. Diga que usted es uno con ella, que confía en ella, que vive en ella. Diga que usted también se ha entregado a acabar la obra que el Padre le ha dado que haga, y a vivir solo para Su gloria. Y pida entonces con confianza que el Hijo sea glorificado en usted. Esto es orar en el Nombre, en las mismas palabras, en el Espíritu de Jesús, en unión con Jesús mismo. Tal oración tiene poder. Si con Jesús usted glorifica al Padre, el Padre glorificará a Jesús haciendo lo que usted pide en Su Nombre. Solo cuando su propia relación personal en este punto, como la de Cristo, está clara con Dios, cuando usted le glorifica y busca todo para Su gloria, entonces, como Cristo, tendrá poder para interceder por los que le rodean.

Nuestro Señor ora a continuación por el círculo de Sus discípulos. Habla de ellos como de aquellos que el Padre le ha dado. Su rasgo principal es que han recibido la palabra de Cristo. Dice de ellos que ahora los envía al mundo en Su lugar, así como el Padre le había enviado a Él. Y pide dos cosas por ellos: que el Padre los guarde del maligno, y los santifique por Su Palabra, porque Él se santifica a Sí mismo por ellos.

Igual que el Señor, cada intercesor creyente tiene su propio círculo inmediato por el que ora primero. Los padres tienen a sus hijos, los maestros a sus alumnos, los pastores a sus rebaños, todos los obreros su encargo especial, todos los creyentes a aquellos cuyo cuidado descansa sobre su corazón. Es de gran importancia que la intercesión sea personal, precisa y definida. Y entonces nuestra primera oración ha de ser siempre que reciban la palabra. Pero esta oración no valdrá a menos que, con nuestro Señor, digamos: «Yo les he dado tu palabra»; esto es lo que nos da libertad y poder en la intercesión por las almas. No solo ore por ellos, sino hábleles. Y cuando hayan recibido la palabra, oremos mucho por que sean guardados del maligno, por que sean santificados mediante esa palabra. En lugar de desesperar, o juzgar, o darnos por vencidos con los que caen, oremos por nuestro círculo: «¡Padre! Guárdalos en tu nombre»; «Santifícalos en la verdad». La oración en el Nombre de Jesús puede mucho: «Lo que queráis, os será hecho».

Y luego sigue la oración de nuestro Señor por un círculo aún más amplio. «No ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer por la palabra de ellos». Su corazón sacerdotal se ensancha para abarcar todos los lugares y todo tiempo, y ora para que todos los que le pertenecen sean en todas partes uno, como prueba de Dios ante el mundo de la divinidad de Su misión, y luego para que estén siempre con Él en Su gloria. Hasta entonces, «que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos».

El discípulo de Jesús, que ha probado primero en su propio círculo el poder de la oración, no puede encerrarse dentro de sus límites: ora por la Iglesia universal y sus distintas ramas. Ora de manera especial por la unidad del Espíritu y del amor. Ora por que sea una en Cristo, como testimonio ante el mundo de que Cristo, que ha obrado tal maravilla como hacer que el amor triunfe sobre el egoísmo y la separación, es en verdad el Hijo de Dios enviado del cielo. Todo creyente debiera orar mucho por que la unidad de la Iglesia, no en organizaciones externas, sino en espíritu y en verdad, sea manifestada.

Basta con esto en cuanto al asunto de la oración. Ahora, en cuanto a su modo. Jesús dice: «¡PADRE! YO QUIERO». Sobre la base de Su derecho como Hijo, y de la promesa del Padre para con Él, y de Su obra consumada, bien podía hacerlo. El Padre le había dicho: «Pídeme, y yo te daré». Él simplemente se valió de la promesa del Padre. Jesús nos ha dado una promesa semejante: «Todo lo que queráis os será hecho». Me pide en Su Nombre que diga lo que quiero. Permaneciendo en Él, en una unión viva con Él en la que el hombre no es nada y Cristo es todo, el creyente tiene la libertad de tomar aquella palabra de Su Sumo Sacerdote y, en respuesta a la pregunta «¿Qué quieres?» decir: «¡PADRE! QUIERO todo lo que has prometido». Esto no es sino verdadera fe; esto es honrar a Dios: estar seguro de que tal confianza al decir lo que quiero le es en verdad aceptable. A primera vista, nuestro corazón se retrae ante la expresión; no sentimos ni la libertad ni el poder de hablar así. Es una palabra para la cual solo se dará gracia en la más entera renuncia de nuestra voluntad, pero para la cual ciertísimamente se dará gracia a cada uno que pierde su voluntad en la de su Señor. El que pierde su voluntad la hallará; el que entrega su voluntad enteramente la hallará de nuevo, renovada y fortalecida con una Fuerza Divina. «¡PADRE! YO QUIERO»: este es el tono dominante de la incesante, siempre activa y todopoderosa intercesión de nuestro Señor en el cielo. Solo en unión con Él vale nuestra oración; en unión con Él vale mucho. Si tan solo permanecemos en Él, viviendo, y andando, y haciendo todas las cosas en Su Nombre; si tan solo venimos y traemos cada petición por separado, probada y tocada por Su Palabra y Espíritu, y la echamos en la poderosa corriente de intercesión que sube de Él, para ser llevada hacia arriba y presentada ante el Padre;—tendremos la plena confianza de que recibimos las peticiones que pedimos: el «¡Padre! Yo quiero» será insuflado en nosotros por el Espíritu mismo. Nos perderemos en Él, y llegaremos a ser nada, para hallar que en nuestra impotencia tenemos poder y prevalecemos.

¡Discípulos de Jesús! Llamados a ser como su Señor en Su intercesión sacerdotal, ¿cuándo, oh cuándo, despertaremos a la gloria, que sobrepasa toda concepción, de este nuestro destino de interceder y prevalecer con Dios por los hombres que perecen? ¡Oh, cuándo sacudiremos la pereza que se reviste con el pretexto de la humildad, y nos entregaremos por entero al Espíritu de Dios, para que Él llene nuestras voluntades de luz y de poder, para conocer, y tomar, y poseer todo lo que nuestro Dios espera dar a una voluntad que se aferra a Él!

«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR».

¡Oh, mi Bendito Sumo Sacerdote! ¿Quién soy yo para que Tú me invites así a compartir contigo Tu poder de intercesión prevaleciente? ¿Y por qué, oh Señor mío, soy tan tardo de corazón para comprender y creer y ejercer este maravilloso privilegio para el cual has redimido a Tu pueblo? ¡Oh Señor! da Tu gracia para que esto sea cada vez más la incesante obra de mi vida—orar sin cesar para hacer descender la bendición del cielo sobre todo cuanto me rodea en la tierra.

¡Bendito Señor! Vengo ahora a aceptar este mi llamamiento. Por esto quisiera dejarlo todo y seguirte. En Tus manos quisiera, creyendo, entregar todo mi ser: fórmame, adiéstrame, inspírame para ser uno de Tu legión de oración, luchadores que velan y se esfuerzan en oración, Israeles, príncipes de Dios, que tienen poder y prevalecen. Toma posesión de mi corazón, y llénalo del único deseo de la gloria de Dios en la reunión, y santificación, y unión de aquellos que el Padre te ha dado. Toma mi mente y sea este mi estudio y mi sabiduría: saber cuándo la oración puede traer una bendición. Tómame por entero y hazme apto como sacerdote para estar siempre ante Dios y bendecir en Su Nombre.

¡Bendito Señor! Sea aquí, como a través de toda la vida espiritual: Tú todo, yo nada. Y sea también aquí mi experiencia que el que nada tiene ni nada busca para sí, lo recibe todo, hasta la maravillosa gracia de compartir contigo Tu eterno ministerio de intercesión. Amén.

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