Con Cristo en la escuela de oración
Cristo el Intercesor

Capítulo 27 · 14 min de lectura

Cristo el Intercesor

«Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte.»—Lucas 22:32.

«No os digo que yo rogaré al Padre por vosotros.»—Juan 16:26.

«Vive siempre para interceder.»—Hebreos 7:25.

TODO crecimiento en la vida espiritual está ligado a una visión más clara de lo que Jesús es para nosotros. Cuanto más comprendo que Cristo ha de serlo todo para mí y en mí, que todo lo que hay en Cristo es en verdad para mí, más aprendo a vivir la verdadera vida de fe, la cual, muriendo al yo, vive por entero en Cristo. La vida cristiana ya no es el vano esfuerzo por vivir rectamente, sino el reposar en Cristo y hallar fuerza en Él como nuestra vida, para pelear la batalla y alcanzar la victoria de la fe. Esto es especialmente cierto de la vida de oración. Al quedar también ella bajo la ley de la sola fe, y al ser vista a la luz de la plenitud y perfección que hay en Jesús, el creyente entiende que ya no necesita ser cuestión de tensión ni de ansioso cuidado, sino una experiencia de lo que Cristo hará por él y en él: una participación en aquella vida de Cristo que, así como en la tierra, también en el cielo, sube siempre al Padre como oración. Y comienza a orar, no sólo confiando en los méritos de Jesús, o en la intercesión por la cual nuestras indignas oraciones son hechas aceptables, sino en aquella unión íntima y estrecha en virtud de la cual Él ora en nosotros y nosotros en Él. La salvación entera es Cristo mismo: Él se ha dado a SÍ MISMO a nosotros; Él mismo vive en nosotros. Porque Él ora, también nosotros oramos. Así como los discípulos, cuando vieron orar a Jesús, le pidieron que los hiciera partícipes de lo que Él sabía acerca de la oración, así nosotros, ahora que le vemos como intercesor en el trono, sabemos que Él nos hace participar con Él mismo en la vida de oración.

Cuán claramente se manifiesta esto en la última noche de su vida. En su oración sumo-sacerdotal (Juan 17), nos muestra cómo y qué ha de orar al Padre, y qué orará una vez ascendido al cielo. Y sin embargo, en su discurso de despedida, había ligado también tan repetidas veces su ida al Padre con la nueva vida de oración de ellos. Ambas cosas habrían de quedar al fin unidas: su entrada en la obra de su eterna intercesión sería el comienzo y el poder de la nueva vida de oración de ellos en su nombre. Es la contemplación de Jesús en su intercesión lo que nos da poder para orar en su nombre: todo derecho y poder de oración es de Cristo; Él nos hace participar en su intercesión.

Para entender esto, piense primero en su intercesión: Él vive siempre para interceder. La obra de Cristo en la tierra como Sacerdote no fue sino un comienzo. Fue como Aarón que derramó su sangre; es como Melquisedec que ahora vive dentro del velo para continuar su obra, según el poder de la vida eterna. Así como Melquisedec es más glorioso que Aarón, así es en la obra de intercesión donde la expiación tiene su verdadero poder y gloria. «Cristo es el que murió; más aun, el que está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.» Esa intercesión es una realidad intensa, una obra absolutamente necesaria, y sin la cual no puede tener lugar la continua aplicación de la redención. En la encarnación y resurrección de Jesús se realizó la maravillosa reconciliación por la cual el hombre llegó a ser partícipe de la vida y bienaventuranza divinas. Pero la apropiación real y personal de esta reconciliación en cada uno de sus miembros aquí abajo no puede tener lugar sin el incesante ejercicio de su poder divino por parte de la cabeza en el cielo. En toda conversión y santificación, en toda victoria sobre el pecado y el mundo, hay un despliegue real del poder de Aquel que es poderoso para salvar. Y este ejercicio de su poder sólo tiene lugar por medio de su oración: Él pide al Padre, y recibe del Padre. «Él puede salvar perpetuamente, porque vive siempre para interceder.» No hay necesidad alguna de su pueblo sin que Él reciba en intercesión lo que la Deidad tiene para dar: su mediación en el trono es tan real e indispensable como en la cruz. Nada acontece sin su intercesión: ella ocupa todo su tiempo y sus fuerzas, es su incesante ocupación a la diestra del Padre.

Y participamos no sólo en los beneficios de esta obra suya, sino en la obra misma. Y esto porque somos su cuerpo. El cuerpo y los miembros son uno: «La cabeza no puede decir a los pies: No tengo necesidad de vosotros.» Compartimos con Jesús en todo lo que Él es y tiene: «La gloria que me diste, yo les he dado.» Somos partícipes de su vida, de su justicia, de su obra: compartimos también con Él en su intercesión; no es una obra que Él realice sin nosotros.

Hacemos esto porque somos partícipes de su vida: «Cristo, que es nuestra vida»; «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.» La vida en Él y en nosotros es idéntica, una y la misma. Su vida en nosotros es una vida siempre orante. Cuando desciende y toma posesión de nosotros, no pierde su carácter; también en nosotros es la vida siempre orante: una vida que sin cesar pide y recibe de Dios. Y esto no como si hubiera dos corrientes separadas de oración que suben, una de Él y otra de su pueblo. No, sino que la sustancial unión de vida es también unión de oración: lo que Él ora pasa a través de nosotros, lo que nosotros oramos pasa a través de Él. Él es el ángel del incensario de oro: «A ÉL le fue dado mucho incienso», el secreto de la oración aceptable, «para que lo añadiese a las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro.» Vivimos, permanecemos en Él, el Intercesor.

El Unigénito es el único que tiene el derecho de orar: sólo a Él le fue dicho: «Pídeme, y te será dado.» Así como en todas las demás cosas la plenitud mora en Él, así también la verdadera plenitud de oración; sólo Él tiene el poder de la oración. Y así como el crecimiento de la vida espiritual consiste en la visión más clara de que todos los tesoros están en Él, y que también nosotros estamos en Él, para recibir en cada momento lo que poseemos en Él, gracia sobre gracia, así también con la vida de oración. Nuestra fe en la intercesión de Jesús no sólo ha de ser que Él ora en nuestro lugar, cuando no oramos o no podemos orar, sino que, como Autor de nuestra vida y de nuestra fe, Él nos atrae a orar al unísono con Él mismo. Nuestra oración ha de ser una obra de fe también en este sentido: que, así como sabemos que Jesús comunica toda su vida en nosotros, también, de aquella disposición a orar que sólo a Él pertenece, infunde en nosotros nuestra oración.

Para muchos creyentes fue una nueva época en su vida espiritual cuando les fue revelado cuán verdadera y enteramente Cristo era su vida, sirviendo de fiador de que permanecerían fieles y obedientes. Fue entonces cuando de veras comenzaron a vivir una vida de fe. No menos bienaventurado será el descubrimiento de que Cristo es también fiador de nuestra vida de oración, el centro y la encarnación de toda oración, para ser comunicada por Él, mediante el Espíritu Santo, a su pueblo. «Vive siempre para interceder» como Cabeza del cuerpo, como Guía en aquel camino nuevo y vivo que Él ha abierto, como Autor y Consumador de nuestra fe. Él provee en todo para la vida de sus redimidos dándoles su propia vida en ellos: cuida de la vida de oración de ellos tomándolos en su celestial vida de oración, dando y sosteniendo su vida de oración dentro de ellos. «Yo he rogado por ti», no para hacer innecesaria tu fe, sino «que tu fe no falte:» nuestra fe y oración de fe está arraigada en la suya. Es: «si permanecéis en mí», el siempre viviente Intercesor, y orad conmigo y en mí: «pedid todo lo que queréis, y os será hecho.»

El pensamiento de nuestra comunión en la intercesión de Jesús nos recuerda lo que Él nos ha enseñado más de una vez, cómo todas estas maravillosas promesas de oración tienen por fin y por justificación la gloria de Dios en la manifestación de su reino y la salvación de los pecadores. Mientras oremos sólo o principalmente por nosotros mismos, las promesas de la última noche habrán de permanecer para nosotros como un libro sellado. Es a los pámpanos fructíferos de la Vid; es a los discípulos enviados al mundo como el Padre le envió a Él, para vivir por los hombres que perecen; es a sus siervos fieles y amigos íntimos que toman la obra que Él deja tras de sí, que, como su Señor, se han hecho como el grano de trigo, que pierde su vida para multiplicarla muchas veces; es a los tales a quienes son dadas las promesas. Descubra cada uno cuál es la obra, y quiénes son las almas confiadas a sus oraciones especiales; hagamos de nuestra intercesión por ellas nuestra vida de comunión con Dios, y no sólo hallaremos cumplidas en nosotros las promesas de poder en la oración, sino que entonces comenzaremos por primera vez a comprender cómo nuestro permanecer en Cristo y el permanecer de Él en nosotros nos hace partícipes de su propio gozo de bendecir y salvar a los hombres.

¡Oh, intercesión maravillosísima de nuestro bendito Señor Jesús, a la cual no sólo debemos todo, sino en la cual somos acogidos como socios activos y colaboradores! Ahora entendemos lo que es orar en el nombre de Jesús, y por qué tiene tal poder. En su nombre, en su Espíritu, en Él mismo, en perfecta unión con Él. ¡Oh, maravillosa, siempre activa y eficacísima intercesión del hombre Cristo Jesús! ¿Cuándo seremos acogidos por entero en ella y oraremos siempre en ella?

«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR.»

¡Bendito Señor! En humilde adoración me postro de nuevo delante de ti. Toda tu obra de redención ha pasado ahora a ser oración; todo lo que ahora te ocupa en mantener y dispensar lo que compraste con tu sangre es sólo oración. Tú vives siempre para orar. Y porque somos y permanecemos en ti, el acceso directo al Padre está siempre abierto, nuestra vida puede ser una de oración incesante, y la respuesta a nuestra oración es segura.

¡Bendito Señor! Has invitado a tu pueblo a ser tus colaboradores en una vida de oración. Te has unido con tu pueblo y haces que ellos, como cuerpo tuyo, participen contigo en aquel ministerio de intercesión por el cual únicamente el mundo puede ser lleno del fruto de tu redención y de la gloria del Padre. Con más libertad que nunca vengo a ti, Señor mío, y te ruego: Enséñame a orar. Tu vida es oración, tu vida es la mía. ¡Señor! Enséñame a orar, en ti, como tú.

Y, ¡oh Señor mío! Concédeme especialmente conocer, como prometiste a tus discípulos, que tú estás en el Padre, y yo en ti, y tú en mí. Que el poder unificador del Espíritu Santo haga de toda mi vida un permanecer en ti y en tu intercesión, de modo que mi oración sea su eco, y el Padre me oiga en ti y a ti en mí. ¡Señor Jesús! Que tu sentir esté en todo en mí, y mi vida esté en todo en ti. Así estaré preparado para ser el canal por el cual tu intercesión derrama su bendición sobre el mundo. Amén.

NOTA.

«La nueva época de la oración en el nombre de Jesús es señalada por Cristo como el tiempo del derramamiento del Espíritu, en el cual los discípulos entran en una comprensión más iluminada de la economía de la redención, y llegan a ser tan claramente conscientes de su unidad con Jesús como de la unidad de Él con el Padre. Su oración en el nombre de Jesús es ahora directamente al Padre mismo. “No os digo que yo rogaré por vosotros, porque el Padre mismo os ama,” dice Jesús; mientras que antes había hablado del tiempo anterior a la venida del Espíritu: “Yo rogaré al Padre, y él os dará el Consolador.” Esta oración tiene así como su pensamiento central la visión de que estamos unidos a Dios en Cristo como, por ambos lados, el vínculo vivo de unión entre Dios y nosotros (Juan 17:23: “Yo en ellos, y tú en mí”), de modo que en Jesús contemplamos al Padre como unido a nosotros, y a nosotros mismos como unidos al Padre. Jesucristo ha de habérsenos revelado, no sólo por medio de la verdad en la mente, sino en nuestra más íntima conciencia personal como la viva reconciliación personal, como Aquel en quien la paternidad de Dios y el amor de Padre han sido perfectamente unidos con la naturaleza humana, y ésta con Dios. No es que, con la oración inmediata al Padre, quede a un lado la mediación de Cristo; sino que ya no se la mira como algo externo, existente fuera de nosotros, sino como una existencia espiritual real y viva dentro de nosotros, de modo que el Cristo por nosotros, el Mediador, ha llegado a ser en verdad el Cristo en nosotros.

«Cuando la conciencia de esta unidad entre Dios en Cristo y nosotros en Cristo aún falta, o ha sido oscurecida por el sentimiento de culpa, entonces la oración de fe mira a nuestro Señor como el Abogado, que paga al Padre por nosotros. (Compárese Juan 16:26 con Juan 14:16, 17; 9:20; Lucas 21:32; 1 Juan 2:1.) Tomar así a Cristo en la oración como Abogado no es, según Juan 16:26, del todo lo mismo que la oración en su nombre. La abogacía de Cristo tiene por fin llevarnos a aquella interior y propia unión de vida con Él, y con el Padre en Él, en virtud de la cual Cristo es Aquel en quien Dios entra en relación inmediata y se une con nosotros, y en quien nosotros, en toda circunstancia, entramos en relación inmediata con Dios. Así también la oración en el nombre de Jesús no consiste en nuestra oración por mandato suyo: los discípulos habían orado así desde que el Señor les había dado su “Padre Nuestro”, y sin embargo Él dice: “Hasta ahora no habéis orado en mi nombre.” Sólo cuando la mediación de Cristo ha llegado a ser, por la morada del Espíritu Santo, vida y poder dentro de nosotros, y así su sentir, tal como halló expresión en su palabra y en su obra, ha tomado posesión de nuestra conciencia y voluntad personales y las ha llenado, de modo que en fe y amor tenemos a Jesús en nosotros como el Reconciliador que realmente nos ha hecho uno con Dios: sólo entonces su Nombre, que incluía su naturaleza y su obra, ha llegado a ser verdad y poder en nosotros (no sólo por nosotros), y tenemos en el nombre de Jesús el libre y directo acceso al Padre que tiene la certeza de ser oído. La oración en el nombre de Jesús es la libertad de un hijo con el Padre, tal como Jesús la tenía como el Primogénito. Oramos en lugar de Jesús, no como si pudiéramos ponernos en su lugar, sino en cuanto estamos en Él y Él en nosotros. Vamos directamente al Padre, pero sólo como el Padre está en Cristo, no como si estuviera separado de Cristo. Así, dondequiera que el hombre interior no vive en Cristo ni le tiene presente como el Viviente, donde su palabra no gobierna en el corazón con su poder de Espíritu, donde su verdad y su vida no han llegado a ser la vida de nuestra alma, es vano pensar que una fórmula como “por amor de tu amado Hijo” valdrá de algo.»—Christliche Ethik, von Dr. I. T. Beck, Tubingen, iii. 39.

Página 1 / 1 · 14 min restantes en el capítulo