Capítulo 29 · 10 min de lectura
Cristo el sacrificio
«Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»—Marcos 14:36.
¡QUÉ contraste dentro del espacio de unas pocas horas! ¡Qué transición desde la serena elevación de aquel momento en que alzó los ojos al cielo y dijo: PADRE, YO QUIERO,» hasta aquel caer en tierra y clamar en agonía. «¡Padre mío! No lo que yo quiero.» En la una vemos al Sumo Sacerdote dentro del velo en su intercesión que todo lo prevalece; en la otra, el sacrificio sobre el altar abriendo el camino a través del velo rasgado. El sacerdotal «¡Padre! Yo quiero», en orden de tiempo precede al sacrificial «¡Padre! No lo que yo quiero»; pero esto era solo por anticipación, para mostrar cuál sería la intercesión una vez ofrecido el sacrificio. En realidad fue aquella oración ante el altar, «¡Padre! No lo que yo quiero», en la que la oración ante el trono, «¡Padre! Yo quiero», tuvo su origen y su poder. Es de la entera entrega de su voluntad en Getsemaní de donde el Sumo Sacerdote en el trono tiene el poder de pedir lo que quiere, tiene el derecho de hacer que su pueblo participe también de ese poder, y pida lo que quiera.
Para todos los que quisieran aprender a orar en la escuela de Jesús, esta lección de Getsemaní es una de las más sagradas y preciosas. A un discípulo superficial puede parecerle que quita el ánimo para orar con fe. Si ni siquiera la ferviente súplica del Hijo fue oída, si aun el Amado hubo de decir: «¡NO LO QUE YO QUIERO!», ¿cuánto más necesitamos nosotros hablar así? Y así parece imposible que las promesas que el Señor había dado solo unas pocas horas antes, «TODO LO QUE PIDIEREIS», «TODO LO QUE QUISIEREIS», hubieran sido dadas en sentido literal. Una comprensión más profunda del significado de Getsemaní nos enseñaría que precisamente aquí tenemos el fundamento seguro y el camino abierto a la certeza de una respuesta a nuestra oración. Acerquémonos con reverente y adorante asombro a contemplar esta gran escena: el Hijo de Dios ofreciendo así oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas, y sin obtener lo que pide. Él mismo es nuestro Maestro, y nos abrirá el misterio de su santo sacrificio, tal como se revela en esta maravillosa oración.
Para entender la oración, notemos la infinita diferencia entre lo que nuestro Señor oró poco antes como Real Sumo Sacerdote, y lo que aquí suplica en su debilidad. Allí oraba por la glorificación del Padre, y la glorificación de sí mismo y de su pueblo como cumplimiento de promesas concretas que le habían sido dadas. Pedía lo que sabía que era conforme a la palabra y a la voluntad del Padre; bien podía decir: «¡PADRE! YO QUIERO.» Aquí ora por algo respecto de lo cual la voluntad del Padre aún no le es clara. Hasta donde sabe, es la voluntad del Padre que beba la copa. Había hablado a sus discípulos de la copa que debía beber: poco después diría de nuevo: «La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?» Para esto había venido a esta tierra. Pero cuando, en la indecible agonía del alma que se abatió sobre él al venir sobre él el poder de las tinieblas, y comenzó a gustar las primeras gotas de la muerte como la ira de Dios contra el pecado, su naturaleza humana, estremeciéndose ante la terrible realidad de ser hecho maldición, dio expresión en este clamor de angustia a su deseo de que, si el propósito de Dios podía cumplirse sin ella, le fuese ahorrada la terrible copa: «Pase de mí esta copa.» Aquel deseo era la evidencia de la intensa realidad de su humanidad. El «No como yo quiero» guardaba aquel deseo de ser pecaminoso: mientras clama suplicante: «Todas las cosas te son posibles», y vuelve de nuevo a una oración aún más ferviente para que le sea quitada la copa, es su tres veces repetido «NO LO QUE YO QUIERO» lo que constituye la esencia misma y el valor de su sacrificio. Había pedido algo de lo cual no podía decir: sé que es tu voluntad. Había apelado al poder y al amor de Dios, y luego lo había retirado en su final: «HÁGASE TU VOLUNTAD.» La oración de que la copa pasase no podía ser respondida; la oración de sumisión de que se hiciera la voluntad de Dios fue oída, y gloriosamente respondida en su victoria primero sobre el temor, y luego sobre el poder de la muerte.
Es en esta negación de su voluntad, esta completa entrega de su voluntad a la voluntad del Padre, donde la obediencia de Cristo alcanzó su más alta perfección. Es del sacrificio de la voluntad en Getsemaní de donde el sacrificio de la vida en el Calvario deriva su valor. Es aquí, como dice la Escritura, donde aprendió la obediencia, y vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen. Fue porque allí, en aquella oración, se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo que Dios le exaltó hasta lo sumo, y le dio el poder de pedir lo que quiere. Fue en aquel «¡Padre! No lo que yo quiero» donde obtuvo el poder para aquel otro «¡PADRE! Yo quiero.» Fue por la sumisión de Cristo en Getsemaní a que no se hiciera su voluntad, que aseguró para su pueblo el derecho de decirles: «Pedid todo lo que queréis.»
Permítaseme mirarlos de nuevo, los profundos misterios que Getsemaní ofrece a mi vista. Está el primero: el Padre ofrece a su Amado la copa, la copa de la ira. El segundo: el Hijo, siempre tan obediente, retrocede, e implora no tener que beberla. El tercero: el Padre no concede al Hijo su petición, sino que aun así le da la copa. Y luego el último: el Hijo entrega su voluntad, se contenta con que su voluntad no se haga, y sale al Calvario a beber la copa. ¡Oh Getsemaní! en ti veo cómo mi Señor pudo darme una seguridad tan ilimitada de respuesta a mis oraciones. Como fiador mío la ganó para mí, por su consentimiento en que su petición quedara sin respuesta.
Esto está en armonía con todo el plan de la redención. Nuestro Señor siempre gana para nosotros lo contrario de lo que padeció. Fue atado para que nosotros quedáramos libres. Fue hecho pecado para que nosotros llegásemos a ser justicia de Dios. Murió para que nosotros viviésemos. Llevó la maldición de Dios para que la bendición de Dios fuese nuestra. Soportó la no respuesta de su oración, para que nuestras oraciones hallasen respuesta. Sí, él dijo: «No como yo quiero,» para poder decirnos: «Si permanecéis en mí, pedid lo que queréis; os será hecho.»
Sí, «Si permanecéis en mí;» aquí en Getsemaní la palabra adquiere nueva fuerza y profundidad. Cristo es nuestra Cabeza, quien como fiador está en nuestro lugar, y lleva lo que nosotros para siempre habríamos tenido que llevar. Habíamos merecido que Dios volviese hacia nosotros un oído sordo, y nunca escuchase nuestro clamor. Cristo viene, y sufre también esto por nosotros: sufre lo que nosotros habíamos merecido; por nuestros pecados sufre bajo la carga de aquella oración sin respuesta. Pero ahora este sufrimiento suyo me aprovecha: lo que él ha llevado me es quitado; su mérito ha ganado para mí la respuesta a toda oración, si permanezco en él.
Sí, en él, mientras se inclina allí en Getsemaní, he de permanecer. Como mi Cabeza, no solo sufrió una vez por mí, sino que vive por siempre en mí, respirando y obrando en mí también su propia disposición. El Espíritu Eterno, por el cual se ofreció a sí mismo a Dios, es el Espíritu que mora en mí también, y me hace partícipe de la misma obediencia, y del sacrificio de la voluntad a Dios. Aquel Espíritu me enseña a entregar mi voluntad enteramente a la voluntad del Padre, a rendirla aun hasta la muerte, a estar en Cristo muerto a ella. Todo lo que sea mi propia mente y pensamiento y voluntad, aunque no sea directamente pecaminoso, me enseña a temerlo y a huir de ello. Abre mi oído para esperar con gran mansedumbre y docilidad de alma lo que el Padre tiene día tras día que hablar y enseñar. Me descubre cómo la unión con la voluntad de Dios en el amor de ella es unión con Dios mismo; cómo la entera entrega a la voluntad de Dios es el derecho del Padre, el ejemplo del Hijo, y la verdadera bienaventuranza del alma. Conduce mi voluntad a la comunión de la muerte y resurrección de Cristo; mi voluntad muere en él, para en él ser vuelta a la vida. Sopla en ella, como voluntad renovada y vivificada, una santa percepción de la perfecta voluntad de Dios, un santo gozo en entregarse a ser instrumento de esa voluntad, una santa libertad y poder para asirse de la voluntad de Dios para responder a la oración. Con toda mi voluntad aprendo a vivir para los intereses de Dios y de su reino, a ejercer el poder de esa voluntad —crucificada pero resucitada— en la naturaleza y en la oración, en la tierra y en el cielo, con los hombres y con Dios. Cuanto más profundamente entro en el «¡PADRE! NO LO QUE YO QUIERO» de Getsemaní, y en Aquel que lo pronunció, para permanecer en él, tanto más pleno es mi acceso espiritual al poder de su «¡PADRE! YO QUIERO. Y el alma experimenta que es la voluntad —la que se ha hecho nada para que la voluntad de Dios lo sea todo— la que ahora queda inspirada con una fuerza divina para querer de veras lo que Dios quiere, y para reclamar lo que le ha sido prometido en el nombre de Cristo.
¡Oh, escuchemos a Cristo en Getsemaní, cuando llama: «Si permanecéis en mí, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.» Estar en un mismo sentir y espíritu con él en su entrega de todo a la voluntad de Dios, viviendo como él en obediencia y sumisión al Padre; esto es permanecer en él; este es el secreto del poder en la oración.
«SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR.»
¡Bendito Señor Jesús! Getsemaní fue tu escuela, donde aprendiste a orar y a obedecer. Sigue siendo tu escuela, donde conduces a todos tus discípulos que de buen grado quisieran aprender a obedecer y a orar como tú. ¡Señor! enséñame allí a orar, en la fe de que has expiado y vencido nuestra propia voluntad, y de que puedes en verdad darnos gracia para orar como tú.
¡Oh Cordero de Dios! quisiera seguirte hasta Getsemaní, para allí llegar a ser uno contigo, y permanecer en ti como tú, hasta la muerte misma, entregas tu voluntad al Padre. Contigo, por ti, en ti, entrego mi voluntad en absoluta y entera entrega a la voluntad del Padre. Consciente de mi propia debilidad, y del secreto poder con que la propia voluntad se afirmaría y volvería a ocupar su lugar en el trono, reclamo por fe el poder de tu victoria. Tú triunfaste sobre ella y me libraste de ella. En tu muerte quisiera vivir cada día; en tu vida quisiera morir cada día. Permaneciendo en ti, que mi voluntad, por el poder de tu Espíritu eterno, sea solo el instrumento afinado que cede a cada toque de la voluntad de mi Dios. Con toda mi alma digo contigo y en ti: «¡Padre! No como yo quiero, sino como tú quieres.»
Y entonces, ¡Bendito Señor! abre mi corazón y el de todo tu pueblo, para captar plenamente la gloria de la verdad de que una voluntad entregada a Dios es una voluntad aceptada por Dios para ser usada en su servicio, para desear, y proponerse, y determinar, y querer lo que es conforme a la voluntad de Dios. Una voluntad que, en el poder del Espíritu Santo, el Dios que mora dentro, ha de ejercer su prerrogativa real en la oración, para desatar y atar en el cielo y en la tierra, para pedir todo lo que quiera, y para decir que será hecho.
¡Oh Señor Jesús! enséñame a orar. Amén.
Capítulo 29 completado
Cristo el sacrificio