Capítulo 23 · 10 min de lectura
La Palabra y la oración
«Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.»—Juan 15:7.
LA conexión vital entre la palabra y la oración es una de las lecciones más sencillas y tempranas de la vida cristiana. Como lo expresó aquel pagano recién convertido: yo oro—hablo a mi padre; yo leo—mi Padre me habla a mí. Antes de la oración, es la palabra de Dios la que me prepara para ella, revelándome lo que el Padre me ha mandado pedir. En la oración, es la palabra de Dios la que me fortalece, dando a mi fe su fundamento y su alegato. Y después de la oración, es la palabra de Dios la que me trae la respuesta cuando he orado, porque en ella el Espíritu me da a oír la voz del Padre. La oración no es monólogo, sino diálogo; la voz de Dios en respuesta a la mía en su parte más esencial. Escuchar la voz de Dios es el secreto de la certeza de que Él escuchará la mía. «Inclina tu oído, y escucha;» «Préstame oído;» Atiende a mi voz;» son palabras que Dios dice al hombre tanto como el hombre a Dios. Su atender dependerá del nuestro; la entrada que sus palabras hallen en mí será la medida del poder de mis palabras con Él. Lo que las palabras de Dios son para mí es la prueba de lo que Él mismo es para mí, y así de la rectitud de mi deseo por Él en la oración.
Es a esta conexión entre su palabra y nuestra oración a la que Jesús apunta cuando dice: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.» La profunda importancia de esta verdad se hace clara si observamos la otra expresión cuyo lugar esta ha ocupado. Más de una vez había dicho Jesús: «Permaneced en mí, y yo en vosotros.» Su permanecer en nosotros era el complemento y la corona de nuestro permanecer en Él. Pero aquí, en lugar de «Vosotros en mí y yo en vosotros,» dice: «Vosotros en mí y mis palabras en vosotros.» Sus palabras permaneciendo equivalen a Él mismo permaneciendo.
¡Qué visión se nos abre aquí del lugar que las palabras de Dios en Cristo han de tener en nuestra vida espiritual, y especialmente en nuestra oración! En las palabras de un hombre él se revela a sí mismo. En sus promesas se entrega a sí mismo, se liga a aquel que recibe su promesa. En sus mandatos expone su voluntad, busca hacerse dueño de aquel cuya obediencia reclama, para guiarlo y usarlo como si fuera parte de sí mismo. Es por medio de nuestras palabras que el espíritu tiene comunión con el espíritu, que el espíritu de un hombre pasa y se transfiere a otro. Es por medio de las palabras de un hombre, oídas y aceptadas, retenidas y obedecidas, que él puede impartirse a otro. Pero todo esto en un sentido muy relativo y limitado.
Pero cuando Dios, el Ser infinito, en quien todo es vida y poder, espíritu y verdad, en el sentido más profundo de las palabras—cuando Dios se expresa a Sí mismo en sus palabras, da en verdad a SÍ MISMO, su Amor y su Vida, su Voluntad y su Poder, a los que reciben estas palabras, en una realidad que sobrepasa toda comprensión. En cada promesa pone a Sí mismo en nuestro poder para que le asgamos y le poseamos; en cada mandato pone a Sí mismo en nuestro poder para que compartamos con Él su Voluntad, su Santidad, su Perfección. En la Palabra de Dios, Dios nos da a SÍ MISMO; su Palabra no es nada menos que el Hijo Eterno, Cristo Jesús. Y así todas las palabras de Cristo son palabras de Dios, llenas de una vida y un poder vivificadores y divinos. «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.»
Quienes han hecho de los sordomudos su estudio nos dicen cuánto depende el poder de hablar del de oír, y cómo la pérdida del oído en los niños va seguida también de la del habla. Esto es cierto en un sentido más amplio: según oímos, así hablamos. Esto es cierto en el más alto sentido de nuestro trato con Dios. Ofrecer una oración—dar expresión a ciertos deseos y apelar a ciertas promesas—es cosa fácil, y puede aprenderse de los hombres por la sabiduría humana. Pero orar en el Espíritu, hablar palabras que alcanzan y tocan a Dios, que afectan e influyen en los poderes del mundo invisible—tal oración, tal hablar, depende enteramente de que oigamos la voz de Dios. En la medida en que escuchamos la voz y el lenguaje que Dios habla, y en las palabras de Dios recibimos en nuestro corazón sus pensamientos, su mente, su vida, aprenderemos a hablar en la voz y el lenguaje que Dios oye. Es el oído del que aprende, despertado mañana tras mañana, el que prepara la lengua del enseñado, para hablar a Dios tanto como a los hombres, como debe ser (Is. 50:4).
Este oír la voz de Dios es algo más que el estudio reflexivo de la Palabra. Puede haber un estudio y un conocimiento de la Palabra en el que hay muy poca comunión real con el Dios vivo. Pero hay también una lectura de la Palabra, en la presencia misma del Padre y bajo la dirección del Espíritu, en la que la Palabra viene a nosotros con poder vivo de parte de Dios mismo; es para nosotros la voz misma del Padre, una verdadera comunión personal con Él mismo. Es la voz viva de Dios la que entra en el corazón, la que trae bendición y fortaleza, y despierta la respuesta de una fe viva que alcanza de nuevo el corazón de Dios.
Es de este oír la voz de lo que depende el poder tanto para obedecer como para creer. Lo principal no es saber qué ha dicho Dios que debemos hacer, sino que Dios mismo nos lo dice. No es la ley, ni el libro, ni el conocimiento de lo que es recto, lo que obra la obediencia, sino la influencia personal de Dios y su comunión viva. Y del mismo modo, no es el conocimiento de qué ha prometido Dios, sino la presencia de Dios mismo como el que promete, lo que despierta la fe y la confianza en la oración. Solo en la plena presencia de Dios llegan a ser imposibles la desobediencia y la incredulidad.
«Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.» Vemos lo que esto significa. En las palabras el Salvador se da a Sí mismo. Debemos tener las palabras en nosotros, asumidas en nuestra voluntad y nuestra vida, reproducidas en nuestro carácter y nuestra conducta. Debemos tenerlas permaneciendo en nosotros: toda nuestra vida una continua exposición de las palabras que están dentro y nos llenan; las palabras revelando a Cristo por dentro, y nuestra vida revelándolo por fuera. Es a medida que las palabras de Cristo entran en nuestro mismo corazón, se hacen nuestra vida y la influyen, que nuestras palabras entrarán en su corazón y le influirán. Mi oración dependerá de mi vida; lo que las palabras de Dios son para mí y en mí, eso serán mis palabras para Dios y en Dios. Si hago lo que Dios dice, Dios hará lo que yo digo.
¡Cuán bien entendieron los santos del Antiguo Testamento esta conexión entre las palabras de Dios y las nuestras, y cuán verdaderamente la oración era para ellos la amorosa respuesta a lo que habían oído hablar a Dios! Si la palabra era una promesa, contaban con que Dios haría como había dicho. «Haz como has dicho;» «Porque tú, Señor, lo has dicho;» «Conforme a tu promesa;» «Conforme a tu palabra;» en tales expresiones mostraban que lo que Dios hablaba en promesa era la raíz y la vida de lo que ellos hablaban en oración. Si la palabra era un mandato, ellos simplemente hacían como el Señor había dicho: «Y se fue Abram, como el Señor le dijo.» Su vida era comunión con Dios, el intercambio de palabra y pensamiento. Lo que Dios hablaba, ellos lo oían y lo hacían; lo que ellos hablaban, Dios lo oía y lo hacía. En cada palabra que Él nos habla, Cristo entero se da a Sí mismo para cumplirla por nosotros. Por cada palabra Él no pide menos que le demos el hombre entero para guardar esa palabra y para recibir su cumplimiento.
«Si mis palabras permanecen en vosotros;» la condición es sencilla y clara. En sus palabras se revela su voluntad. A medida que las palabras permanecen en mí, su voluntad me gobierna; mi voluntad se hace el vaso vacío que su voluntad llena, el instrumento dispuesto que su voluntad maneja; Él llena mi ser interior. En el ejercicio de la obediencia y la fe mi voluntad se hace cada vez más fuerte, y es llevada a una armonía interior más profunda con Él. Puede confiar plenamente en que no querrá nada sino lo que Él quiere; no teme dar la promesa: «Si mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.» A todos los que lo crean y obren conforme a ello, Él se lo hará literalmente verdadero.
¡Discípulos de Cristo! ¿No se nos hace cada vez más claro que, mientras hemos venido excusando nuestras oraciones no respondidas, nuestra impotencia en la oración, con una supuesta sumisión a la sabiduría y la voluntad de Dios, la verdadera razón ha sido que nuestra propia vida débil ha sido la causa de nuestras oraciones débiles? Nada puede hacer fuertes a los hombres sino la palabra que nos viene de la boca de Dios: de ella hemos de vivir. Es la palabra de Cristo, amada, habitada, permaneciendo en nosotros, hecha por la obediencia y la acción parte de nuestro ser, la que nos hace uno con Cristo, la que nos capacita espiritualmente para tocar a Dios, para asirnos de Él. Todo lo que es del mundo pasa; el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. Oh, entreguemos el corazón y la vida a las palabras de Cristo, las palabras en las que Él siempre se da a SÍ MISMO, el Salvador personal y vivo, y su promesa será nuestra rica experiencia: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.»
«¡SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR!»
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¡Bendito Señor! Tu lección de este día me ha descubierto de nuevo mi necedad. Veo cómo es que mi oración no ha sido más creyente y prevaleciente. Estaba más ocupado en mi hablarte a Ti que en tu hablarme a mí. No entendía que el secreto de la fe es este: no puede haber más fe que la que hay de la Palabra Viva morando en el alma.
Y tu palabra me había enseñado tan claramente: Sea todo hombre pronto para oír, tardo para hablar; no se apresure tu corazón a proferir palabra alguna delante de Dios. Señor, enséñame que solo con tu palabra asumida en mi vida pueden mis palabras ser recibidas en tu corazón; que tu palabra, si es un poder vivo dentro de mí, será un poder vivo contigo; lo que tu boca ha hablado, tu mano lo cumplirá.
¡Señor! líbrame del oído incircunciso. Dame el oído abierto del que aprende, despertado mañana tras mañana para oír la voz del Padre. Así como Tú solo hablabas lo que oías, sea mi hablar el eco de tu hablarme a mí. «Cuando Moisés entraba en el tabernáculo para hablar con Dios, oía la voz que le hablaba de encima del propiciatorio.» Señor, sea así también conmigo. Que una vida y un carácter que lleven la única marca de que tus palabras permanecen y se ven en ellos sean la preparación para la plena bendición: «Pedid todo lo que queréis, y os será hecho.» Amén.
Capítulo 23 completado
La Palabra y la oración