Capítulo 10 · 8 min de lectura · 11 min de escucha
Los hombres en la iglesia
Ancianos y servicio
«Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de las aflicciones de Cristo, que soy también participante de la gloria que ha de ser revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, teniendo cuidado de ella, no por fuerza, sino voluntariamente, según Dios; no por ganancia deshonesta, sino de un ánimo pronto».
— 1 Pedro 5:1–2 Dios ha ordenado su Iglesia con pastores. Desde los primeros días, los apóstoles constituyeron ancianos en cada ciudad (Hechos 14:23, Tito 1:5). A estos hombres —maduros, probados, con las cualidades que pide la Biblia— se les confía la tarea de pastorear al pueblo de Dios. No para ser reyes, sino siervos. No para enriquecerse, sino para alimentar al rebaño. No para dominar, sino para guiar con el ejemplo.
Hermano, el liderazgo espiritual en el hogar y el liderazgo espiritual en la iglesia no son dos vidas separadas. Brotan del mismo pozo. El hombre que pastorea bien a su esposa y a sus hijos es la clase de hombre que Dios escoge para pastorear su Iglesia. Y el hombre que sirve con fidelidad en su iglesia local recibe fuerzas para servir mejor en casa. El hogar prepara al hombre para la iglesia; la iglesia capacita al hombre para el hogar.
Veamos con cuidado quién puede ser anciano en la Iglesia de Cristo. Pablo le escribe a Timoteo: «Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Conviene, pues, que el obispo sea irreprensible, marido de una mujer, sobrio, templado, compuesto, hospedador, apto para enseñar; no amador del vino, no heridor, sino moderado, no litigioso, ajeno de avaricia; que gobierne bien su casa, que tenga sus hijos en sujeción con toda honestidad (porque el que no sabe gobernar su casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?); no un neófito, porque inflándose no caiga en juicio del diablo. También conviene que tenga buen testimonio de los extraños, porque no caiga en afrenta y en lazo del diablo» (1 Timoteo 3:1–7).
Observa primero: «si alguno anhela obispado, buena obra desea». Es correcto y bueno que un hombre aspire a ser anciano en la Iglesia. No es una ambición nacida del orgullo, sino un santo deseo de servir al pueblo de Dios. Si el Señor ha puesto este deseo en ti, no lo sofoques. Pero tampoco lo apresures. La mayoría de las cualidades de esta lista requieren años de vida fiel para desarrollarse.
Observa en segundo lugar: esta es una lista de carácter, no una lista de dones. El único don mencionado es ser «apto para enseñar». Todo lo demás tiene que ver con quién es el hombre. Es irreprensible: en su vida no hay ningún secreto sucio a punto de estallar. Es fiel a su esposa —«hombre de una sola mujer», como dice literalmente el griego—, es decir, está consagrado solo a ella. Es sobrio: no lo gobiernan sus apetitos. Es templado: su boca, su genio y sus deseos están gobernados por el Espíritu. Es compuesto: su vida inspira honra sin exigirla. Es hospedador: su casa está abierta y su mesa recibe a los invitados. No es amador del vino, y esto es crucial en toda cultura donde el alcohol destruye tantos hogares. No es heridor, sino moderado. No es litigioso. Es ajeno de avaricia.
Observa en tercer lugar: debe gobernar bien su propia casa. Pablo dice que si un hombre no puede pastorear en casa, no puede pastorear en la iglesia. El hogar es el campo de prueba. Muchos hombres en nuestras iglesias quieren el título de anciano, el micrófono, el respeto, la influencia, pero no se han probado primero en casa. Sus esposas les tienen miedo. Sus hijos andan descontrolados. Sus hogares están en desorden. Esos hombres todavía no están listos. Ve a casa, pastorea a tu esposa, cría a tus hijos en el Señor y deja que el fruto madure antes de lanzarte a tomar el puesto.
Observa en cuarto lugar: no debe ser un neófito, un recién convertido. En muchas iglesias que crecen con rapidez, esta advertencia suele pasarse por alto. Entregamos púlpitos a hombres que nacieron de nuevo hace apenas uno o dos años. A veces se los damos a hombres que nunca se convirtieron de verdad, pero que tienen carisma y dinero. Esto produce orgullo en el líder joven y desastre en el rebaño. Deja que la madurez crezca. Deja que el carácter sea probado. Deja que se soporten las pruebas. Entonces levanta a un hombre.
Observa en quinto lugar: debe tener buen testimonio de los de afuera. Los vecinos que te conocen —el comerciante que te vende la comida, el chofer que te ha llevado, el empleado que trabaja bajo tus órdenes— saben si eres un cristiano verdadero o solo uno de domingo. Si el mundo piensa que eres deshonesto, mujeriego, tramposo o abusador, no estás calificado para dirigir la iglesia, por muy fuerte que cantes en la alabanza.
Ahora bien, hermano, quizá no eres anciano y nunca lo serás. Quizá no aspiras a ese oficio. Está bien. No todo hombre está llamado a ser anciano. Pero todo hombre está llamado a servir en la iglesia local. Escucha esto con claridad: si eres un hombre cristiano, tu iglesia te necesita, y tú necesitas a tu iglesia.
Piensa en la iglesia como un cuerpo (1 Corintios 12). Cada miembro aporta algo. Si los ujieres son siempre las mismas mujeres, ¿dónde están los hombres? Si la limpieza del templo recae sobre las viudas, ¿dónde están los hombres? Si quienes dirigen los grupos pequeños son siempre la esposa del pastor y sus amigas, ¿dónde están los hombres? Si todas las maestras de la escuela dominical son mujeres, ¿quién les está mostrando a Cristo a los niños varones? Si las finanzas de la iglesia las maneja una sola persona agotada, ¿dónde están los hombres fieles que aporten su sabiduría?
Sirve donde se te necesite. Enseña si sabes enseñar. Da si puedes dar. Canta si sabes cantar.
Arregla cosas si eres hábil con las manos. Visita a los enfermos. Recibe al recién llegado. Ora en la reunión de oración. Ayuda en las actividades de los jóvenes. Discipula a un hombre más joven. Apoya a tu pastor. Lleva una comida a la familia que está de luto. El cuerpo se edifica cuando cada miembro hace su parte (Efesios 4:16).
Honra a tus pastores. Hebreos dice: «Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso» (Hebreos 13:17). Tu pastor es un hombre como tú, con sus propias luchas. Necesita tus oraciones, tu ánimo, tu apoyo sincero. No murmures de él. No le restes autoridad. No lo derribes a sus espaldas.
Si no estás de acuerdo con él, ve a hablarle en privado y con amor.
Una palabra de advertencia también: no lo idolatres. El pastor es un hombre, no un mesías. No edifiques tu fe sobre su personalidad. En nuestros días hemos visto demasiadas iglesias de un solo hombre, donde al pastor se le trata como a un rey o a un profeta, donde nadie puede cuestionarlo, donde el dinero va a parar a sus bolsillos y el edificio nunca se termina. Eso no es cristianismo bíblico. Son los ancianos —en plural— quienes guían la iglesia (Hechos 14:23, Tito 1:5). Una iglesia sana tiene una pluralidad de hombres calificados, no un solo gobernante que no rinde cuentas a nadie. Si tu iglesia no tiene esto, ora por ello, trabaja para lograrlo y quizá, con humildad y paciencia, ayuda a edificarlo.
Piensa en Atanasio, el gran obispo africano de Alejandría en el siglo IV. Se le conoce como «Atanasio contra el mundo», porque defendió la deidad de Cristo cuando la mayor parte de la iglesia había caído en la herejía arriana. Cinco veces fue desterrado por emperadores que querían que cediera. Cinco veces regresó. Fue fiel a la verdad de las Escrituras sin importar el costo.
Y porque un hombre africano no quiso doblegarse, la Iglesia todavía hoy confiesa que Jesús es plenamente Dios. Un anciano fiel puede cambiar el curso de la historia. No pienses que tu servicio es demasiado pequeño para importar.
Piensa también en el humilde pastor de una pequeña iglesia de aldea, en algún rincón olvidado del mundo. Nunca será famoso. Nunca escribirá un libro. Dentro de cincuenta años nadie recordará su nombre.
Pero ora por su rebaño. Predica la Palabra con fidelidad domingo tras domingo. Visita a los enfermos. Entierra a los muertos. Casa a los jóvenes. Les enseña el catecismo a los niños. Un día oirá de labios de Jesús: «Bien, buen siervo y fiel». Esa es gloria suficiente. No menosprecies a hombres así. No los dejes solos. Ponte a su lado.
Hermano, comprométete con una iglesia local. Sé miembro, no visitante. Sé siervo, no un simple consumidor.
Está presente en las alegrías y en las dificultades. Está ahí cuando el techo gotea y cuando no hay dinero para pagar la luz. Está ahí cuando los jóvenes andan descontrolados y necesitan hombres piadosos. Está ahí cuando un anciano cae en pecado y la iglesia llora. Está ahí cuando llega el avivamiento y cuando las temporadas son secas. «Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hechos 2:42). Así debes hacerlo tú.
Una oración
Padre, gracias por tu Iglesia, el cuerpo de Cristo, columna y apoyo de la verdad. Perdóname por las veces que he sido un consumidor y no un siervo, un crítico y no un edificador, un errante y no un miembro. Dame un corazón para tu iglesia local. Si me estás llamando a ser anciano, prepárame y no me dejes adelantarme a tus tiempos. Si me llamas a otro servicio, hazme fiel en la tarea más pequeña. Ayúdame a honrar a mis pastores, a sostener a mis hermanos y a edificar el cuerpo. Hazme un hombre de quien pueda decirse: «Amó a la Iglesia de Dios».
En el nombre de Jesús, el Príncipe de los pastores, amén.
Capítulo 10 completado
Los hombres en la iglesia