Discursos sobre el avivamiento de la religión
Prefacio del conferenciante

Capítulo 1 · 6 min de lectura · 7 min de escucha

Prefacio del conferenciante

Recuérdese que estos discursos fueron pronunciados ante mi propia congregación. Los comencé sin haber trazado de antemano ningún plan ni esquema, y los he proseguido, semana tras semana, a medida que un tema introducía naturalmente otro y que, de un discurso al siguiente, veía yo lo que el estado de nuestra gente parecía requerir.

Consentí en que el director del Evangelist los publicara en reseña, bajo su propia responsabilidad, porque él pensaba que eso podría despertar un interés más profundo por su periódico y extender su utilidad. Y como ahora soy pastor, y no tengo salud suficiente para trabajar como evangelista, y como ha placido a la Cabeza de la Iglesia darme alguna experiencia en avivamientos de la religión, pensé que, mientras hacía la obra de pastor en mi propia iglesia, quizá podría de este modo prestar algún pequeño servicio a las iglesias de fuera.

Hallé un motivo particular para seguir este camino en el hecho de que, a mi regreso del Mediterráneo, supe con dolor que el espíritu de avivamiento había decaído grandemente en los Estados Unidos, y que prevalecía de forma alarmante un espíritu de disputa y controversia.

Las circunstancias peculiares de la iglesia, y el estado de los avivamientos, eran tales que me llevaron inevitablemente a tratar algunos puntos que con gusto habría evitado, si la omisión hubiera sido compatible con mi propósito principal: alcanzar y despertar a la iglesia cuando rápidamente se iba asentando sobre sus heces.

Estoy lejos de reclamar infalibilidad sobre este o cualquier otro asunto. He expuesto mis propias opiniones, hasta donde he llegado, sin pretender haber agotado el tema ni haber hablado de la mejor manera posible sobre los puntos que he tratado.

Conozco demasiado bien el estado de la iglesia, y especialmente el de algunos de sus ministros, para esperar escapar sin censura. Me he sentido obligado a decir algunas cosas que temo que no serán recibidas, en todos los casos, con la misma bondad con que fueron dichas. Pero sea cual fuere el resultado de decir la verdad en lo que toca a algunos, tengo motivos para creer que el gran cuerpo del pueblo que ora recibirá lo que he dicho y sacará provecho de ello.

Lo que he dicho sobre el tema de la oración no será entendido ni recibido, bien lo sé, por cierta parte de la iglesia, y todo lo que puedo decir es: «El que tiene oídos para oír, oiga».

Hasta hace poco no tenía la más remota idea de que estos discursos, en esta o en cualquier otra forma, llegaran jamás a convertirse en un libro; pero la urgente petición de que se publicaran en un volumen, y el hecho de que he recibido repetidas garantías de que su lectura en el Evangelist, ha sido reconocida y bendecida para el avivamiento de individuos y de iglesias, y ha resultado en la conversión de muchos pecadores, me han llevado a consentir en su publicación en esta forma imperfecta.

El reportero ha logrado, en general, dar un esbozo de los discursos tal como fueron pronunciados. Su reseña, sin embargo, no pasaría en general de ser un esqueleto completo de lo que se dijo sobre el tema en su momento. En justicia al reportero, diré que, al leer sus reseñas en su periódico, aunque había algunos errores y malentendidos, me sorprendió que, sin taquigrafía, pudiera reproducir tan de cerca lo que yo quería decir.

En cuanto a mérito literario, no tienen ninguno, ni lo pretenden. No entraba en mi propósito pronunciar discursos elegantes. Eran mis pláticas más familiares de los viernes por la tarde; y mi gran objetivo, y puedo añadir que el único, era que fueran entendidas y sentidas.

Al corregir los discursos para el volumen, no he tenido tiempo, ni se consideró aconsejable, de rehacerlos y cambiar el estilo en que habían sido reseñados. En algunos pocos casos he cambiado la redacción, cuando un pensamiento había sido expresado con mucha torpeza o cuando no se había dado la idea verdadera. Pero en casi todos los casos he dejado las frases tal como fueron reseñadas cuando el pensamiento estaba expresado con claridad, aunque el estilo pudiera haberse mejorado con enmiendas. Eran las reseñas del editor, y como tales deben presentarse al público, con las pequeñas adiciones y modificaciones que he tenido tiempo de hacer. Si hubiera podido escribirlos por extenso, no dudo que habrían sido más aceptables para muchos lectores. Pero eso era imposible, y la única alternativa era dejar que el público los tuviera tal como están, o negarme del todo a que salieran en forma de volumen. Lamento que no sean mejores discursos y que no tengan una forma más atractiva; pero he hecho lo que he podido dadas las circunstancias; y, puesto que es el deseo de muchos a quienes amo y a quienes me deleito en complacer y honrar tenerlos, aunque sea en esta forma imperfecta, han de tenerlos.

C. G. FINNEY.

Al leer detenidamente el prefacio anterior, el lector tendrá una clave del momento y de las circunstancias que llevaron a pronunciar y publicar estos discursos. Al revisarlos para una nueva edición, he hecho poco más que corregir la redacción en algunos casos, añadir algunas notas a pie de página y sustituir los dos últimos discursos por otros recién escritos sobre los mismos textos, preparados especialmente para esta edición. Estos discursos son distintos del curso que doy a mi clase de teología sobre el mismo tema. Ese curso quizá lo publique antes de mi muerte. Estos discursos han sido traducidos al galés y al francés, y han circulado muy ampliamente dondequiera que se entiende el inglés o cualquiera de esas lenguas. Una sola casa editorial de Londres publicó 80.000 ejemplares en inglés. Todavía están compuestos en imprenta y a la venta en Europa, y tengo la gran satisfacción de saber que han sido de gran bendición para miles de almas. Por consiguiente, no he creído prudente refundirlos con el fin de darles una forma más atractiva. Dios ha reconocido y bendecido su lectura tal como han sido, y con las excepciones arriba señaladas, los he entregado a las generaciones presentes y venideras. Si el lector lee con atención y recuerda el prefacio anterior, entenderá lo que dije de la iglesia y de algunos de los ministros, y por qué lo dije. Ruego a mis hermanos que no tomen a mal lo que he dicho, sino que más bien tengan la seguridad de que cada frase ha sido dicha con amor, y a menudo con el corazón afligido. Quiera Dios seguir añadiendo su bendición a la lectura de estos discursos.

EL AUTOR.

COLEGIO DE OBERLIN, 22 de oct. de 1868.

Página 1 / 1 · 6 min restantes en el capítulo
Siguiente