Pureza de Corazón ·Pureza y amor

Capítulo 5 · 5 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Pureza y amor

Romanos 6:22 dice: “Mas ahora, librados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.”

Mis queridos camaradas: Desde que escribí mi última carta, he estado visitando a los salvacionistas de Suiza, Italia y Francia.

Dondequiera que voy, veo grandes oportunidades para el Ejército de Salvación. En todas partes encuentro a queridos camaradas que anhelan aprovechar al máximo esas oportunidades. Y en todas partes me parece que lo que se necesita es más religión al rojo vivo, para que estén a la altura de la gran obra que tienen delante.

Pero ¿no sucede lo mismo en Gran Bretaña, en América, en Australia y en todo otro lugar donde estas cartas serán leídas? ¿No sucede lo mismo en tu Cuerpo—y aun en tu propia vida? Como he explicado antes, por religión al rojo vivo entiendo corazones que arden de amor por Dios, por los camaradas, por los que están perdidos, por la obra noble y por todo lo que es bueno, tanto en la tierra como en el cielo. Me refiero a corazones llenos de un amor santo—un amor que nos impulsa a trabajar y a sacrificarnos por el bien de los demás. Un amor que nos hace siervos de aquellos a quienes amamos, y que nos da poder sobre nuestros propios deseos egoístas. Este amor refleja el amor de nuestro Maestro: “No que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó a nosotros.”

Mira el amor de una madre—¿no la lleva a renunciar a su tiempo, a su comodidad y aun a su salud por su hijo? Mira el amor de un patriota—¿no lo lleva a dejar atrás hogar y familia, y aun a afrontar la muerte por su patria? De la misma manera, este amor ardiente llevará al salvacionista a poner su tiempo, sus fuerzas, sus posesiones—todo—a los pies de su Señor, y a emplearlo todo para bendecir y salvar a otros. Es este espíritu de amor el que enciende este fuego santo interior. Así como el diablo aviva y alimenta los fuegos del orgullo, del egoísmo, de la lujuria y de otros males—llevando a las personas hacia la destrucción—así el amor intenso producido por el Espíritu Santo impulsa al creyente a velar, orar, trabajar, hablar y aun sufrir, sin reparar en el costo, con tal de cumplir el propósito que le ha sido señalado.

Pero el Espíritu Santo mora con esta plenitud de poder solo en corazones que han sido limpiados del pecado. Así que, si de veras deseas pasar tu vida bendiciendo a otros, salvando almas y sirviendo a tu Señor, debes tener un corazón limpio.

Un corazón limpio te hará una bendición para los demás—no solo por lo que haces, sino por lo que eres. Las personas pueden ser atraídas a Cristo por tus palabras, tus cantos, tus oraciones y tus llamamientos. Pero más allá de eso, si posees esta pureza interior, serán atraídas también por lo que ven en ti. Tu vida misma las señalará hacia Dios, hacia la santidad y hacia el cielo.

Como hemos visto, un corazón limpio produce una vida buena. Y la bondad es atractiva. Las personas se sienten atraídas hacia ella y la respetan por lo que es. Aun los que están atrapados en el pecado no pueden menos que admirar lo que es santo. Y si esto es verdad de los que están lejos de Dios, ¿cuánto más lo será de los que ya desean la santidad? Para tales personas, tu vida, si está moldeada por el amor puro, será una fuente constante de aliento, de fortaleza y de consuelo.

Esto es lo que llamamos influencia. Siempre está obrando. Es como la fragancia de una rosa. Pon una flor en una habitación, y llenará calladamente el lugar con su aroma. No necesitas moverla ni hacer nada con ella—sencillamente esparce su fragancia. Así sucede con la persona que tiene un corazón limpio y vive en esa realidad. Una influencia santa fluye de ella constantemente—no solo por lo que dice y hace, sino por lo que es.

Sientes la sinceridad y la profundidad de su espíritu. Cuando habla, ora o se acerca a otros, algo de esa vida interior se deja ver. Lo percibes cuando la encuentras, cuando te sientas a su lado, o aun cuando simplemente la miras. Lo ves en los tiempos de sufrimiento, al final de la vida, y aun mucho después de que ha partido. Años más tarde, la sola mención de su nombre puede conmover tu corazón, fortalecer tu fe y ahondar tu amor por lo que es bueno y verdadero.

¿Por qué es así, camaradas míos? Porque sabías que eran santos. Viste su vida abnegada. Creíste que tenían un corazón limpio. Hay todavía otra razón para buscar un corazón limpio—te da una esperanza segura y viva. Esta esperanza es un don precioso. Saber que, vengan las aflicciones que vengan, hay un futuro lleno de paz, de gozo y de victoria—eso es algo profundamente valioso. La persona que ama de veras a Dios y anda en obediencia tiene la serena confianza de que Dios cuidará de ella en toda prueba.

Pero quien sabe que aún quedan escondidos en su interior el orgullo, la amargura o la mundanalidad, y descuida sus responsabilidades, no puede tener esa misma confianza. Podrá esperar un buen futuro, pero será incierto y frágil.

Pero cuando una persona tiene tanto el testimonio del Espíritu como una vida constante que confirma esa pureza interior, puede mirar hacia adelante con confianza, segura de la victoria, de la liberación y, al fin, de la vida eterna. ¿Te atraen estas cosas, camaradas míos? Déjame recordártelas. Son verdaderamente atrayentes.

Está la vida santa que fluye de un corazón limpio—así como el agua pura fluye de un manantial limpio.

Está la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento. Cualquier pecado que quede trae inquietud, pero la pureza y la paz van siempre juntas. Está la presencia de Dios en el interior—un fuego vivo de amor santo que purifica los motivos y transforma el corazón. Está una vida de utilidad y de influencia que sigue hablando mucho después de que te hayas ido. Y está la esperanza radiante de la eternidad—la promesa de la gloria y del galardón venideros.

Todo esto, camaradas míos, depende de una sola cosa: un corazón limpio. Estas son solo algunas de las incontables bendiciones que fluyen de esta fuente de pureza y de poder. ¿Posees este tesoro? Si lo posees, da gracias a Dios. Si no, búscalo ahora.

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Pureza de Corazón William Booth

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