Capítulo 8 · 36 min de lectura
La séptima etapa
Vi entonces en mi sueño que Cristiano no salió solo; porque había uno cuyo nombre era Esperanzado (hecho tal por haber contemplado a Cristiano y a Fiel en sus palabras y conducta, en sus padecimientos en la feria), el cual se le unió y, entrando en un pacto fraternal, le dijo que sería su compañero. Así, uno murió para dar testimonio de la verdad, y otro se levanta de sus cenizas para ser compañero de Cristiano en su peregrinación. Este Esperanzado también le dijo a Cristiano que había en la feria muchos más de aquellos hombres que aguardarían su ocasión y les seguirían después.
Vi, pues, que muy poco después de haber salido de la feria alcanzaron a uno que iba delante de ellos, cuyo nombre era Interesado; así que le dijeron: ¿De qué tierra sois, señor? ¿Y hasta dónde vais por este camino? Él les dijo que venía de la villa de Buen-Hablar, y que iba a la Ciudad Celestial; pero no les dijo su nombre.
¿De Buen-Hablar? dijo Cristiano; ¿vive allí alguna cosa buena? Proverbios 26:25.
Interesado: Sí, dijo Interesado, así lo espero.
Cristiano: Decidme, señor, ¿cómo puedo llamaros? dijo Cristiano.
Interesado: Yo os soy un extraño, y vosotros a mí; si vais por este camino, me alegraré de vuestra compañía; si no, tendré que conformarme.
Cristiano: De esta villa de Buen-Hablar, dijo Cristiano, he oído hablar; y, según recuerdo, dicen que es un lugar rico.
Interesado: Sí, os aseguro que lo es; y tengo allí muchísimos parientes ricos.
Cristiano: Decidme, ¿quiénes son vuestros parientes allí, si a un hombre le es lícito atreverse a preguntarlo?
Interesado: Casi toda la villa; y en particular mi señor Voltario, mi señor Contemporizador, mi señor Buen-Hablar, de cuyos antepasados tomó primero su nombre aquella villa; también el Sr. Suave, el Sr. Mira-a-Dos-Lados, el Sr. Cualquier-Cosa; y el cura de nuestra parroquia, el Sr. Dos-Lenguas, era hermano carnal de mi madre, por parte de padre; y, a deciros la verdad, he llegado a ser un caballero de buena calidad; sin embargo, mi bisabuelo no fue sino un barquero, que miraba hacia un lado y remaba hacia el otro, y yo gané la mayor parte de mi hacienda con el mismo oficio.
Cristiano: ¿Sois hombre casado?
Interesado: Sí, y mi esposa es una mujer muy virtuosa, hija de una mujer virtuosa; era hija de mi señora Fingida; por tanto, procede de una familia muy honorable, y ha alcanzado tal grado de crianza que sabe comportarse con todos, lo mismo con el príncipe que con el campesino. Es verdad que diferimos algo en religión de los de la clase más estricta, mas solo en dos pequeños puntos: primero, nunca luchamos contra viento y marea. Segundo, siempre somos más fervorosos cuando la religión anda en sus zapatillas de plata; nos gusta mucho pasear con ella por la calle, si brilla el sol y la gente la aplaude.
Entonces Cristiano se apartó un poco hacia su compañero Esperanzado, diciendo: se me viene a la mente que este es cierto Interesado, de Buen-Hablar; y si es él, tenemos en nuestra compañía a uno tan bellaco como el que más habite en toda esta comarca. Dijo entonces Esperanzado: Pregúntaselo; me parece que no debería avergonzarse de su nombre. Así que Cristiano volvió a alcanzarle y le dijo: Señor, habláis como si supierais algo más que todo el mundo; y, si no me equivoco en mi conjetura, creo que a medias os adivino. ¿No es vuestro nombre el Sr. Interesado, de Buen-Hablar?
Interesado: Ese no es mi nombre, sino que en verdad es un apodo que me dan algunos que no me pueden soportar, y debo conformarme con llevarlo como un oprobio, así como otros hombres buenos llevaron el suyo antes de mí.
Cristiano: Pero ¿nunca disteis ocasión a los hombres para que os llamaran por este nombre?
Interesado: ¡Nunca, nunca! Lo peor que hice jamás para darles ocasión de ponerme este nombre fue que siempre tuve la suerte de coincidir en mi parecer con la corriente presente de los tiempos, fuera cual fuese, y mi fortuna fue sacar provecho de ello; pero si las cosas caen así sobre mí, permítaseme tenerlas por una bendición; mas no me carguen por eso de oprobio los malintencionados.
Cristiano: En verdad pensé que erais el hombre de quien había oído; y, a deciros lo que pienso, temo que este nombre os pertenece con más propiedad de la que estáis dispuesto a que creamos.
Interesado: Bien, si así queréis imaginarlo, no puedo evitarlo; me hallaréis un buen compañero de camino, si aún queréis admitirme por vuestro asociado.
Cristiano: Si queréis ir con nosotros, habréis de ir contra viento y marea; lo cual, según percibo, va contra vuestra opinión: habréis también de reconocer a la Religión en sus harapos, tanto como en sus zapatillas de plata; y estar a su lado, además, cuando esté cargada de hierros, tanto como cuando anda por las calles entre aplausos.
Interesado: No debéis imponeros, ni enseñorearos de mi fe; dejadme en mi libertad, y permitidme ir con vosotros.
Cristiano: Ni un paso más, a menos que hagáis, en lo que propongo, como nosotros.
Dijo entonces Interesado: Nunca abandonaré mis viejos principios, ya que son inofensivos y provechosos. Si no me es dado ir con vosotros, tendré que hacer como hacía antes de que me alcanzarais, es decir, ir por mi cuenta, hasta que alguno me alcance que se alegre de mi compañía.
Vi entonces en mi sueño que Cristiano y Esperanzado le dejaron, y guardaron su distancia por delante de él; pero uno de ellos, mirando atrás, vio a tres hombres que seguían al Sr. Interesado; y, he aquí, cuando le alcanzaron, él les hizo una reverencia muy profunda, y también ellos le dieron un cumplido. Los nombres de aquellos hombres eran el Sr. Aferra-Mundo, el Sr. Amor-al-Dinero y el Sr. Guarda-Todo, hombres a quienes el Sr. Interesado había conocido antes; pues en su niñez fueron condiscípulos, y los enseñó un tal Sr. Agarra, maestro de escuela en Amor-de-la-Ganancia, que es una villa mercantil del condado de Codicia, en el Norte. Este maestro les enseñó el arte de adquirir, ya fuera por violencia, engaño, adulación, mentira, o revistiéndose de una apariencia de religión; y estos cuatro caballeros habían alcanzado mucho del arte de su maestro, de modo que cada uno de ellos podría haber regentado por sí mismo una escuela semejante.
Pues bien, cuando se hubieron, como dije, saludado así unos a otros, el Sr. Amor-al-Dinero dijo al Sr. Interesado: ¿Quiénes son aquellos que van por el camino delante de nosotros? Pues Cristiano y Esperanzado aún estaban a la vista.
Interesado: Son un par de hombres de tierras lejanas, que, a su manera, van en peregrinación.
Sr. Amor-al-Dinero: ¡Ay! ¿Por qué no se quedaron, para que hubiéramos tenido su buena compañía? Pues ellos, y nosotros, y vos, señor, según espero, todos vamos en peregrinación.
Interesado: Así es, en verdad; pero los hombres que van delante de nosotros son tan rígidos, y aman tanto sus propias ideas, y estiman también en tan poco las opiniones de los demás, que, por piadoso que un hombre sea, si no coincide con ellos en todas las cosas, lo echan del todo de su compañía.
Sr. Guarda-Todo: Eso está mal; pero leemos de algunos que son demasiado justos, y la rigidez de tales hombres los lleva a juzgar y condenar a todos menos a sí mismos. Mas os ruego, ¿cuáles, y cuántas, eran las cosas en que diferíais?
Interesado: Pues bien, ellos, a su manera testaruda, concluyen que es su deber lanzarse a su viaje con todo tiempo, y yo soy de aguardar el viento y la marea. Ellos son de arriesgarlo todo por Dios de un solo golpe; y yo soy de aprovechar todas las ventajas para asegurar mi vida y mi hacienda. Ellos son de sostener sus ideas, aunque todos los demás estén en contra de ellos; pero yo soy de la religión en cuanto, y hasta donde, los tiempos y mi seguridad la consientan. Ellos son de la religión cuando está en harapos y desprecio; pero yo soy de ella cuando anda en sus zapatillas de plata, bajo el sol, y entre aplausos.
Sr. Aferra-Mundo: Sí, y manteneos ahí firme, buen Sr. Interesado; pues, por mi parte, no puedo tener sino por necio a aquel que, teniendo la libertad de conservar lo que posee, sea tan insensato que lo pierda. Seamos prudentes como serpientes. Lo mejor es hacer heno mientras brilla el sol. Ya veis cómo la abeja se está quieta en invierno, y solo se mueve cuando puede tener provecho con placer. Dios envía a veces lluvia, y a veces sol: si ellos son tan necios como para pasar por la primera, contentémonos nosotros con llevar el buen tiempo con nosotros. Por mi parte, la religión que más me gusta es la que se aviene con la seguridad de las buenas bendiciones de Dios para con nosotros; pues ¿quién puede imaginar, si se rige por su razón, que, habiéndonos otorgado Dios los bienes de esta vida, no quiera que se los guardemos por amor a él? Abraham y Salomón se hicieron ricos en religión; y Job dice que el hombre bueno atesorará oro como polvo; pero no ha de ser tal como los hombres que van delante de nosotros, si son como los habéis descrito.
Sr. Guarda-Todo: Creo que todos estamos de acuerdo en este asunto; y, por tanto, no hacen falta más palabras al respecto.
Sr. Amor-al-Dinero: No, en verdad no hacen falta más palabras sobre este asunto; pues quien no cree ni en la Escritura ni en la razón (y ya veis que tenemos ambas de nuestra parte), ni conoce su propia libertad ni busca su propia seguridad.
Interesado: Hermanos míos, vamos todos, como veis, en peregrinación; y para apartarnos mejor de las cosas que son malas, permitidme proponeros esta cuestión.
Supongamos que un hombre, un ministro, o un comerciante, etc., tuviera ante sí la ventaja de alcanzar las buenas bendiciones de esta vida, mas de tal modo que de ninguna manera pudiera obtenerlas, si no fuera, al menos en apariencia, volviéndose extraordinariamente celoso en algunos puntos de religión con los que antes no se metía; ¿no podría usar este medio para alcanzar su fin, y ser, con todo, un hombre bien honrado?
Sr. Amor-al-Dinero: Veo el fondo de vuestra cuestión; y, con el buen permiso de estos caballeros, procuraré daros forma a una respuesta. Y primero, para hablar de vuestra cuestión en cuanto concierne al ministro mismo: supongamos un ministro, un hombre digno, que posee tan solo un beneficio muy pequeño, y tiene puesta la mira en uno mayor, con mucho más pingüe y opulento; tiene también ahora la ocasión de obtenerlo, mas de tal modo que ha de ser mostrándose más estudioso, predicando con más frecuencia y celo, y, porque el temple del pueblo lo requiere, alterando algunos de sus principios; por mi parte, no veo razón por la que un hombre no pueda hacer esto, con tal que tenga un llamamiento, sí, y mucho más aún además, y ser con todo un hombre honrado. ¿Por qué no?
1. Su deseo de un beneficio mayor es lícito (esto no puede contradecirse), puesto que la Providencia se lo pone delante; así, pues, puede obtenerlo si le es posible, sin hacer cuestión de ello por causa de la conciencia.
2. Además, su deseo de aquel beneficio lo hace más estudioso, un predicador más celoso, etc., y así lo hace mejor hombre, sí, le hace aprovechar mejor sus dotes, lo cual es conforme a la mente de Dios.
3. Ahora bien, en cuanto a su acomodarse al temple de su pueblo, abandonando, por servirlo, algunos de sus principios, esto arguye: 1. Que es de un temple abnegado. 2. De un porte dulce y ganador. Y, 3. Así, más apto para la función ministerial.
4. Concluyo, pues, que un ministro que cambia uno pequeño por uno grande no debería, por hacerlo así, ser juzgado como codicioso; sino más bien, puesto que con ello mejora en sus dotes y en su diligencia, ser tenido por uno que sigue su llamamiento, y la ocasión puesta en su mano para hacer el bien.
Y ahora a la segunda parte de la cuestión, que concierne al comerciante que mencionasteis. Supongamos que uno tal tenga tan solo un pobre oficio en el mundo, pero que al volverse religioso pueda mejorar su negocio, quizá conseguir una esposa rica, o más y mucho mejores clientes para su tienda; por mi parte, no veo razón por la que esto no pueda hacerse lícitamente. ¿Por qué no?
1. Volverse religioso es una virtud, por cualquier medio que un hombre llegue a serlo.
2. Ni es ilícito conseguir una esposa rica, o más clientela para mi tienda.
3. Además, el hombre que consigue estas cosas al volverse religioso, obtiene lo que es bueno de los que son buenos, volviéndose él mismo bueno; así, pues, aquí hay una buena esposa, y buenos clientes, y buena ganancia, y todo esto por volverse religioso, lo cual es bueno: por tanto, volverse religioso para conseguir todas estas cosas es un designio bueno y provechoso.
Esta respuesta, dada así por el Sr. Amor-al-Dinero a la cuestión del Sr. Interesado, fue muy aplaudida por todos ellos; por lo cual concluyeron, en suma, que era de lo más sano y ventajoso. Y porque, según pensaban, ningún hombre era capaz de contradecirla; y porque Cristiano y Esperanzado aún estaban al alcance de la voz, acordaron de común acuerdo asaltarlos con la cuestión tan pronto como los alcanzaran; y con más razón, porque estos habían contradicho antes al Sr. Interesado. Así que los llamaron, y ellos se detuvieron y aguardaron quietos hasta que los otros llegaron hasta ellos; pero acordaron, mientras iban, que no el Sr. Interesado, sino el viejo Sr. Aferra-Mundo debía proponerles la cuestión, porque, según suponían, la respuesta que le dieran a él estaría sin aquel resto de calor que se había encendido entre el Sr. Interesado y ellos en su despedida un poco antes.
Así que llegaron unos hasta otros, y tras un breve saludo, el Sr. Aferra-Mundo propuso la cuestión a Cristiano y a su compañero, y luego les pidió que respondieran si podían.
Dijo entonces Cristiano: Hasta un niño en la religión puede responder diez mil cuestiones semejantes. Pues si es ilícito seguir a Cristo por los panes, como lo es, Juan 6:26, ¡cuánto más abominable es hacer de él y de la religión un señuelo para conseguir y disfrutar del mundo! Ni hallamos a otros que a paganos, hipócritas, demonios y hechiceros que sean de esta opinión.
1. Los paganos: pues cuando Hamor y Siquem pusieron los ojos en la hija y en el ganado de Jacob, y vieron que no había otro modo de alcanzarlos sino circuncidándose, dijeron a sus compañeros: Si cada varón de entre nosotros se circuncida, como ellos están circuncidados, ¿no serán nuestros su ganado, sus bienes y todas sus bestias? Sus hijas y su ganado eran lo que buscaban obtener, y su religión el señuelo del que se sirvieron para alcanzarlos. Leed toda la historia, Génesis 34:20-24.
2. Los fariseos hipócritas eran también de esta religión: largas oraciones eran su pretexto, pero apoderarse de las casas de las viudas era su intento; y mayor condenación de parte de Dios fue su sentencia. Lucas 20:46,47.
3. Judas el diablo era también de esta religión: era religioso por la bolsa, para poseer lo que en ella se echaba; pero se perdió, fue desechado, y fue el mismísimo hijo de perdición.
4. Simón el hechicero era también de esta religión; pues quiso tener el Espíritu Santo, para conseguir dinero con él; y su sentencia de la boca de Pedro fue conforme a ello. Hechos 8:19-22.
5. Ni se me quita de la mente que el hombre que toma la religión por el mundo, arrojará la religión por el mundo; pues tan ciertamente como Judas se propuso el mundo al volverse religioso, tan ciertamente vendió también la religión y a su Maestro por lo mismo. Responder, pues, a la cuestión afirmativamente, como veo que habéis hecho, y aceptar por auténtica tal respuesta, es propio de paganos, de hipócritas y de diablos; y vuestra recompensa será conforme a vuestras obras.
Entonces se quedaron mirándose unos a otros, mas no tenían con qué responder a Cristiano. Esperanzado aprobó también la solidez de la respuesta de Cristiano; así que hubo un gran silencio entre ellos. El Sr. Interesado y su compañía también vacilaron y se quedaron atrás, para que Cristiano y Esperanzado se les adelantaran. Dijo entonces Cristiano a su compañero: Si estos hombres no pueden mantenerse ante la sentencia de los hombres, ¿qué harán con la sentencia de Dios? Y si enmudecen cuando los tratan vasos de barro, ¿qué harán cuando sean reprendidos por las llamas de un fuego devorador?
Entonces Cristiano y Esperanzado se les adelantaron de nuevo, y anduvieron hasta que llegaron a una deliciosa llanura, llamada Sosiego, por donde caminaron con mucho contento; pero aquella llanura era estrecha, de modo que pronto la atravesaron. Ahora bien, al extremo más lejano de aquella llanura había un pequeño monte, llamado Lucro, y en aquel monte una mina de plata, que algunos de los que antes habían ido por aquel camino, por lo raro de ella, se habían apartado a ver; pero, acercándose demasiado al borde del pozo, el suelo, siendo engañoso bajo ellos, se quebró, y perecieron: algunos también habían quedado allí lisiados, y no pudieron, hasta el día de su muerte, volver a valerse por sí mismos.
Vi entonces en mi sueño que, un poco fuera del camino, frente a la mina de plata, estaba Demas (con aire de caballero) para llamar a los caminantes a que vinieran a ver; el cual dijo a Cristiano y a su compañero: ¡Eh! Apartaos hacia aquí, y os mostraré una cosa.
Cristiano: ¿Qué cosa tan digna hay como para desviarnos del camino a verla?
Demas: Aquí hay una mina de plata, y algunos cavando en ella en busca de tesoro; si venís, con un poco de esfuerzo podréis proveeros ricamente.
Esperanzado: Dijo entonces Esperanzado: Vamos a ver.
Cristiano: Yo no, dijo Cristiano: he oído hablar de este lugar antes de ahora, y de cuántos han perecido allí; y además, ese tesoro es un lazo para los que lo buscan, pues los estorba en su peregrinación.
Entonces Cristiano llamó a Demas, diciendo: ¿No es peligroso el lugar? ¿No ha estorbado a muchos en su peregrinación? Oseas 9:6.
Demas: No muy peligroso, salvo para los descuidados; pero al decirlo se ruborizó.
Cristiano: Dijo entonces Cristiano a Esperanzado: No demos ni un paso, sino sigamos nuestro camino.
Esperanzado: Os aseguro que, cuando llegue Interesado, si recibe la misma invitación que nosotros, se desviará allá a ver.
Cristiano: No hay duda de ello, pues sus principios le llevan por ese camino, y ciento contra uno a que muere allí.
Demas: Entonces Demas volvió a llamar, diciendo: Pero ¿no vendréis a ver?
Cristiano: Entonces Cristiano respondió rotundamente, diciendo: Demas, tú eres enemigo de los rectos caminos del Señor de este camino, y ya has sido condenado por tu propia desviación por uno de los jueces de su Majestad, 2 Timoteo 4:10; ¿y por qué procuras traernos a la misma condenación? Además, si nos desviamos siquiera un poco, nuestro Señor el Rey ciertamente lo oirá, y allí nos avergonzará, donde quisiéramos estar con confianza delante de él.
Demas volvió a gritar que también él era de su hermandad; y que si aguardaban un poco, él mismo también caminaría con ellos.
Cristiano: Dijo entonces Cristiano: ¿Cuál es tu nombre? ¿No es el mismo por el que te he llamado?
Demas: Sí, mi nombre es Demas; soy hijo de Abraham.
Cristiano: Yo te conozco; Giezi fue tu bisabuelo, y Judas tu padre, y has seguido sus pasos; no es sino una diablura la que empleas: tu padre fue colgado por traidor, y tú no mereces mejor recompensa. 2 Reyes 5:20-27; Mateo 26:14,15; 27:3-5. Ten por seguro que, cuando lleguemos al Rey, le hablaremos de esta tu conducta. Así siguieron su camino.
Para entonces Interesado y sus compañeros habían vuelto a estar a la vista, y a la primera seña se pasaron adonde Demas. Ahora bien, si cayeron en el pozo por asomarse a su borde, o si bajaron a cavar, o si se ahogaron en el fondo por los vapores que comúnmente se levantan, de estas cosas no estoy seguro; pero esto observé: que nunca más se les vio en el camino. Entonces cantó Cristiano:
«Interesado y el plateado Demas bien concuerdan;
uno llama, el otro corre, para poder
ser partícipe de su lucro: así estos dos
se quedan en este mundo, y no van más allá.»
Vi ahora que, justo al otro lado de esta llanura, los peregrinos llegaron a un lugar donde se alzaba un antiguo monumento, muy junto a la vera del camino, cuya vista los turbó a ambos, por lo extraño de su forma; pues les pareció como si hubiera sido una mujer transformada en figura de columna. Aquí, pues, se quedaron mirándolo y mirándolo, mas por un tiempo no supieron qué hacer de aquello. Al fin Esperanzado divisó, escrito arriba, sobre la cabeza del monumento, un escrito de letra insólita; pero, no siendo él hombre de letras, llamó a Cristiano (pues este era instruido) para ver si podía descifrar el sentido: vino, pues, y tras juntar un poco las letras, halló que decía esto: «Acordaos de la mujer de Lot.» Así se lo leyó a su compañero; después de lo cual ambos concluyeron que aquella era la columna de sal en que fue convertida la mujer de Lot, por haber mirado atrás con corazón codicioso cuando salía de Sodoma en busca de seguridad. Génesis 19:26. Cuya súbita y asombrosa vista les dio ocasión para este discurso.
Cristiano: Ah, hermano mío, esta es una vista oportuna: nos vino a propósito después de la invitación que Demas nos hizo a ir a ver el monte Lucro; y si hubiéramos ido allá, como él nos pedía, y como tú estabas inclinado a hacer, hermano mío, habríamos, por lo que sé, sido hechos, como esta mujer, un espectáculo para que lo contemplen los que vengan después.
Esperanzado: Lamento haber sido tan necio, y me maravillo de no ser ahora como la mujer de Lot; pues ¿en qué estaba la diferencia entre su pecado y el mío? Ella solo miró atrás, y yo tuve el deseo de ir a ver. Sea adorada la gracia; y avergüénceme de que jamás semejante cosa estuviera en mi corazón.
Cristiano: Tomemos nota de lo que vemos aquí, para nuestra ayuda en el tiempo venidero. Esta mujer escapó de un juicio, pues no cayó en la destrucción de Sodoma; sin embargo, fue destruida por otro, como vemos: está convertida en una columna de sal.
Esperanzado: Verdad, y puede sernos a ambos advertencia y ejemplo; advertencia, para que rehuyamos su pecado; o señal del juicio que alcanzará a los que no se dejen prevenir por esta advertencia: así Coré, Datán y Abiram, con los doscientos cincuenta hombres que perecieron en su pecado, también vinieron a ser señal o ejemplo para que otros escarmienten. Números 16:31,32; 26:9,10. Pero, sobre todo, me admira una cosa, a saber: cómo Demas y sus compañeros pueden estar tan confiadamente allá buscando aquel tesoro, cuando esta mujer, solo por mirar tras de sí (pues no leemos que pusiera un pie fuera del camino), fue convertida en columna de sal; especialmente cuando el juicio que la alcanzó la hizo un ejemplo a la vista misma de donde ellos están; pues no pueden menos que verla, con solo que alzaran los ojos.
Cristiano: Es cosa de maravillarse, y arguye que sus corazones se han vuelto desesperados en el caso; y no sé a quién compararlos con tanta propiedad como a los que roban bolsillos en presencia del juez, o que cortan bolsas bajo la horca. Se dice de los hombres de Sodoma que eran «pecadores en gran manera», porque eran pecadores «delante del Señor», esto es, ante sus ojos, y a pesar de las bondades que él les había mostrado; pues la tierra de Sodoma era entonces como el huerto del Edén, como lo había sido antes. Génesis 13:10-13. Esto, por tanto, le provocó tanto más a celo, e hizo su plaga tan ardiente como el fuego del Señor desde el cielo podía hacerla. Y con toda razón ha de concluirse que tales, aun tales como estos, que pequen a la vista, sí, y eso a pesar de tales ejemplos que continuamente se les ponen delante, para advertirles de lo contrario, han de ser partícipes de los más severos juicios.
Esperanzado: Sin duda has dicho la verdad; pero ¡qué misericordia es que ni tú, y sobre todo yo, hayamos sido hechos nosotros mismos este ejemplo! Esto nos da ocasión de dar gracias a Dios, de temer delante de él, y de acordarnos siempre de la mujer de Lot.
Vi entonces que siguieron su camino hacia un río ameno, que el rey David llamó «el río de Dios», mas Juan, «el río de agua de vida». Salmos 65:9; Apocalipsis 22:1; Ezequiel 47:1-9. Ahora bien, su camino iba justo por la orilla de este río: aquí, pues, Cristiano y su compañero caminaron con gran deleite; bebieron también del agua del río, que era grata y vivificante para sus espíritus cansados. Además, en las orillas de este río, a uno y otro lado, había árboles verdes con toda clase de fruto; y las hojas las comían para prevenir empachos y otras enfermedades propias de los que se acaloran la sangre con el viaje. A cada lado del río había también un prado, curiosamente hermoseado con lirios; y estaba verde todo el año. En este prado se recostaron y durmieron, pues aquí podían recostarse con seguridad. Salmos 23:2; Isaías 14:30. Cuando despertaron, recogieron de nuevo del fruto de los árboles, y bebieron otra vez del agua del río, y luego se recostaron de nuevo a dormir. Así hicieron varios días y noches. Entonces cantaron:
«Mirad cómo se deslizan estos cristalinos arroyos,
para consolar a los peregrinos a la vera del camino.
Los prados verdes, además de su fragante olor,
les brindan delicias; y quien pueda decir
qué grato fruto, sí, qué hojas dan estos árboles,
pronto lo venderá todo, para poder comprar este campo.»
Así que, cuando quisieron seguir adelante (pues aún no estaban al fin de su viaje), comieron, bebieron y partieron.
Vi ahora en mi sueño que no habían andado mucho, cuando el río y el camino por un tiempo se apartaron, de lo cual no se dolieron poco; con todo, no se atrevieron a salir del camino. Ahora bien, el camino que se alejaba del río era áspero, y sus pies estaban tiernos a causa de sus jornadas; así que las almas de los peregrinos se desanimaron mucho por causa del camino. Números 21:4. Por lo cual, según iban avanzando, deseaban un camino mejor. Ahora bien, un poco delante de ellos, había a la mano izquierda del camino un prado, y una escalerilla para pasar a él, y aquel prado se llama el prado de la Senda-Lateral. Dijo entonces Cristiano a su compañero: Si este prado corre a lo largo de la vera de nuestro camino, pasemos a él. Fue entonces a la escalerilla a mirar, y he aquí que un sendero corría a lo largo del camino, al otro lado de la cerca. Es conforme a mi deseo, dijo Cristiano; aquí se anda con más facilidad; ven, buen Esperanzado, y pasemos.
Esperanzado: Pero ¿y si este sendero nos sacara del camino?
Cristiano: Eso no es probable, dijo el otro. Mira, ¿no va a lo largo de la vera del camino? Así que Esperanzado, persuadido por su compañero, fue tras él por la escalerilla. Cuando hubieron pasado, y se hallaron en el sendero, lo encontraron muy cómodo para sus pies; y, además, mirando delante de ellos, divisaron a un hombre que caminaba como ellos, y su nombre era Vana-Confianza: así que le llamaron, y le preguntaron adónde llevaba aquel camino. Él dijo: A la Puerta Celestial. Mira, dijo Cristiano, ¿no te lo dije? Por esto puedes ver que vamos bien. Así que le siguieron, y él iba delante de ellos. Pero he aquí que vino la noche, y se hizo muy oscuro; de modo que los que iban detrás perdieron de vista al que iba delante.
Así, pues, el que iba delante (Vana-Confianza de nombre), no viendo el camino ante sí, cayó en un hoyo profundo, hecho allí a propósito, por el príncipe de aquellos terrenos, para atrapar en él a los necios vanagloriosos, y quedó hecho pedazos con su caída. Isaías 9:16.
Ahora bien, Cristiano y su compañero le oyeron caer. Así que llamaron para saber qué pasaba, pero no hubo quien respondiera, solo oyeron un gemido. Dijo entonces Esperanzado: ¿Dónde estamos ahora? Entonces su compañero calló, como recelando que le había sacado del camino; y ahora comenzó a llover, a tronar y a relampaguear de la manera más espantosa, y el agua subió con fuerza.
Entonces Esperanzado gimió para sí, diciendo: ¡Oh, si me hubiera quedado en mi camino!
Cristiano: ¿Quién hubiera pensado que este sendero nos habría de sacar del camino?
Esperanzado: Lo temí desde el mismísimo principio, y por eso te di aquella suave advertencia. Habría hablado más claro, si no fuera que eres mayor que yo.
Cristiano: Buen hermano, no te ofendas; siento haberte sacado del camino, y haberte puesto en tan inminente peligro. Te ruego, hermano mío, que me perdones; no lo hice con mala intención.
Esperanzado: Consuélate, hermano mío, pues yo te perdono; y cree, además, que esto será para nuestro bien.
Cristiano: Me alegro de tener conmigo un hermano misericordioso: pero no debemos quedarnos aquí; tratemos de volver atrás.
Esperanzado: Pero, buen hermano, déjame ir delante.
Cristiano: No, si te place, déjame ir primero, para que, si hay algún peligro, sea yo el primero en él, porque por mi causa nos hemos salido ambos del camino.
Esperanzado: No, dijo Esperanzado, tú no irás primero, pues, estando tu mente turbada, podría sacarte otra vez del camino. Entonces, para aliento suyo, oyeron la voz de uno que decía: «Aplica tu corazón a la calzada, al camino por donde fuiste; vuélvete.» Jeremías 31:21. Pero para entonces las aguas habían subido mucho, por lo cual el modo de volver atrás era muy peligroso. (Pensé entonces que es más fácil salir del camino cuando estamos en él, que entrar en él cuando estamos fuera.) Con todo, se aventuraron a volver atrás; pero estaba tan oscuro, y la crecida era tan alta, que en su regreso estuvieron a punto de ahogarse nueve o diez veces.
Tampoco pudieron, con toda la destreza que tenían, volver a la escalerilla aquella noche. Por lo cual, al fin, refugiándose bajo un pequeño cobertizo, se sentaron allí hasta que rompió el día; pero, estando cansados, se quedaron dormidos. Ahora bien, no lejos del lugar donde yacían, había un castillo, llamado el Castillo de la Duda, cuyo dueño era el Gigante Desesperación, y era en sus terrenos donde ahora dormían: por lo cual él, levantándose muy de mañana, y paseándose de un lado a otro por sus campos, sorprendió a Cristiano y a Esperanzado dormidos en sus terrenos. Entonces, con voz torva y hosca, les mandó despertar, y les preguntó de dónde eran, y qué hacían en sus terrenos. Ellos le dijeron que eran peregrinos, y que habían perdido su camino. Dijo entonces el gigante: Esta noche habéis cometido intrusión contra mí, hollando y echándoos en mis terrenos, y por tanto habréis de venir conmigo. Así que se vieron forzados a ir, porque él era más fuerte que ellos. Tenían también poco que decir, pues se sabían en falta. El gigante, pues, los llevó por delante de sí, y los metió en su castillo, en una mazmorra muy oscura, asquerosa y hedionda para los espíritus de estos dos hombres. Aquí, pues, yacieron desde el miércoles por la mañana hasta el sábado por la noche, sin un bocado de pan, ni gota de bebida, ni luz, ni nadie que les preguntara cómo estaban; se hallaban, por tanto, aquí en mala situación, y lejos de amigos y conocidos. Salmos 88:18. Ahora bien, en este lugar Cristiano tuvo doble pesar, porque fue por su desatinado consejo que fueron traídos a esta angustia.
Ahora bien, el Gigante Desesperación tenía una esposa, y su nombre era Desconfianza: así que, cuando se hubo acostado, le contó a su esposa lo que había hecho, a saber, que había tomado un par de prisioneros, y los había arrojado a su mazmorra por haber cometido intrusión en sus terrenos. Luego le preguntó también qué era lo mejor que podría hacerles después. Así que ella le preguntó qué eran, de dónde venían, y adónde se dirigían, y él se lo dijo. Entonces ella le aconsejó que, cuando se levantara por la mañana, los apaleara sin misericordia. De modo que, cuando se levantó, se hace con un recio garrote de manzano silvestre, y baja a la mazmorra adonde ellos, y allí primero se pone a increparlos como si fueran perros, aunque ellos no le dieron ni una palabra de disgusto. Luego se lanza sobre ellos, y los golpea terriblemente, de tal suerte que no eran capaces de valerse por sí mismos, ni de darse vuelta sobre el suelo. Hecho esto, se retira y los deja allí para que se conduelan de su miseria, y giman bajo su angustia: así que todo aquel día lo pasaron en nada sino en suspiros y amargas lamentaciones. A la noche siguiente, ella, hablando más con su marido acerca de ellos, y sabiendo que aún estaban vivos, le aconsejó que les aconsejara quitarse la vida. Así que, venida la mañana, va a ellos de modo hosco, como antes, y percibiéndolos muy doloridos por los azotes que les había dado el día anterior, les dijo que, ya que nunca era probable que salieran de aquel lugar, su único recurso sería acabar cuanto antes consigo mismos, ya con cuchillo, ya con soga, ya con veneno; pues ¿por qué, dijo, habríais de escoger vivir, viendo que va acompañado de tanta amargura? Pero ellos le pidieron que los dejara ir. Con esto los miró con fealdad, y, arremetiendo contra ellos, sin duda él mismo habría acabado con ellos, de no haber caído en uno de sus ataques (pues a veces, en tiempo soleado, caía en ataques), y perdido por un tiempo el uso de las manos; por lo cual se retiró, y los dejó como antes para que consideraran qué hacer. Entonces los prisioneros consultaron entre sí si era mejor seguir su consejo o no; y así comenzaron a discurrir:
Cristiano: Hermano, dijo Cristiano, ¿qué haremos? La vida que ahora vivimos es miserable. Por mi parte, no sé si es mejor vivir así, o morir de una vez. Mi alma prefiere la estrangulación más que la vida, y la sepultura me es más llevadera que esta mazmorra. Job 7:15. ¿Nos dejaremos gobernar por el gigante?
Esperanzado: En verdad nuestra condición presente es espantosa, y la muerte me sería mucho más bienvenida que morar así para siempre; pero, con todo, consideremos: el Señor del país al que vamos ha dicho: «No matarás», no, ni a la persona de otro hombre; mucho más, pues, nos está prohibido seguir su consejo de matarnos a nosotros mismos. Además, el que mata a otro no puede sino cometer homicidio contra su cuerpo; pero que uno se mate a sí mismo, es matar cuerpo y alma a la vez. Y aún más, hermano mío, hablas de descanso en la sepultura; pero ¿has olvidado el infierno adonde con certeza van los homicidas? Pues «ningún homicida tiene vida eterna», etc. Y consideremos de nuevo que no toda la ley está en la mano del Gigante Desesperación: otros, por lo que puedo entender, han sido apresados por él tanto como nosotros, y sin embargo han escapado de sus manos. ¿Quién sabe si Dios, que hizo el mundo, no hará que el Gigante Desesperación muera; o que, en algún momento u otro, se olvide de encerrarnos; o que, dentro de poco, tenga ante nosotros otro de sus ataques, y pierda el uso de sus miembros? Y si eso volviera a suceder alguna vez, por mi parte, estoy resuelto a cobrar ánimo de hombre, y a intentar cuanto pueda para librarme de su mano. Fui un necio en no haber intentado hacerlo antes. Pero, sea como fuere, hermano mío, seamos pacientes, y soportemos un poco: puede llegar el tiempo que nos dé una feliz liberación; mas no seamos homicidas de nosotros mismos. Con estas palabras Esperanzado moderó por el momento el ánimo de su hermano; así que continuaron juntos en la oscuridad aquel día, en su triste y dolorosa condición.
Pues bien, hacia el anochecer el gigante baja de nuevo a la mazmorra, para ver si sus prisioneros habían seguido su consejo. Pero cuando llegó allí, los halló vivos; y, en verdad, vivos era todo lo que estaban; pues ahora, ya por falta de pan y agua, ya a causa de las heridas que recibieron cuando los golpeó, poco podían hacer sino respirar. Pero, digo, los halló vivos; ante lo cual cayó en una terrible furia, y les dijo que, viendo que habían desobedecido su consejo, les iría peor que si nunca hubieran nacido.
Ante esto temblaron en gran manera, y creo que Cristiano cayó en un desmayo; pero, volviendo un poco en sí, renovaron su plática acerca del consejo del gigante, y de si aún les convenía seguirlo o no. Ahora bien, Cristiano parecía de nuevo inclinado a hacerlo; pero Esperanzado dio su segunda réplica como sigue:
Esperanzado: Hermano mío, dijo, ¿no te acuerdas de cuán valiente has sido hasta ahora? Apolión no pudo aplastarte, ni pudieron todo lo que oíste, viste o sentiste en el Valle de Sombra de Muerte. ¡Qué penalidades, terror y espanto has atravesado ya; y ahora no eres sino temores! Ves que estoy en la mazmorra contigo, siendo por naturaleza un hombre mucho más débil que tú. También este gigante me ha herido a mí tanto como a ti, y ha cortado igualmente el pan y el agua de mi boca, y contigo lloro sin la luz. Pero ejerzamos un poco más de paciencia. Recuerda cómo te portaste como un hombre en la Feria de la Vanidad, y no tuviste miedo ni de la cadena ni de la jaula, ni tampoco de una muerte sangrienta: por lo cual (al menos para evitar la vergüenza en que no conviene que un cristiano sea hallado) resistamos con paciencia como mejor podamos.
Ahora bien, venida otra vez la noche, y estando el gigante y su esposa en la cama, ella le preguntó acerca de los prisioneros, y si habían seguido su consejo: a lo cual él respondió: Son unos bellacos tercos; prefieren soportar todas las penalidades antes que quitarse la vida. Dijo entonces ella: Llévalos mañana al patio del castillo, y muéstrales los huesos y las calaveras de los que ya has liquidado, y hazles creer que, antes de que acabe una semana, los harás pedazos, como has hecho antes con sus compañeros.
Así que, venida la mañana, el gigante va a ellos de nuevo, y los lleva al patio del castillo, y les muestra lo que su esposa le había mandado. Estos, dijo, fueron peregrinos, como vosotros lo sois, en otro tiempo, y cometieron intrusión en mis terrenos, como vosotros habéis hecho; y cuando lo tuve por conveniente los hice pedazos; y así, dentro de diez días haré con vosotros: bajaos otra vez a vuestro cubil. Y con eso los apaleó todo el camino hasta allá. Yacieron, por tanto, todo el sábado en un estado lamentable, como antes. Ahora bien, venida la noche, y cuando la señora Desconfianza y su marido el gigante se hubieron acostado, comenzaron a renovar su plática acerca de sus prisioneros; y, además, el viejo gigante se admiraba de no poder, ni con sus golpes ni con su consejo, darles fin. Y a eso su esposa replicó: Temo, dijo, que viven con la esperanza de que alguno venga a librarlos; o que llevan encima ganzúas, por medio de las cuales esperan escapar. ¿Y eso dices, querida mía? dijo el gigante; los registraré, pues, por la mañana.
Pues bien, el sábado, cerca de la medianoche, comenzaron a orar, y continuaron en oración hasta casi el romper del día.
Ahora bien, un poco antes de que fuera de día, el buen Cristiano, como medio pasmado, prorrumpió en este apasionado discurso: ¡Qué necio, dijo, soy yo, en yacer así en una hedionda mazmorra, cuando bien podría andar en libertad! Tengo en mi seno una llave, llamada Promesa, que, estoy persuadido, abrirá cualquier cerradura del Castillo de la Duda. Dijo entonces Esperanzado: Esa es una buena noticia; buen hermano, sácala de tu seno, y prueba.
Entonces Cristiano la sacó de su seno, y comenzó a probar en la puerta de la mazmorra, cuyo cerrojo, al girar él la llave, cedió, y la puerta se abrió con facilidad, y Cristiano y Esperanzado salieron ambos. Luego fue a la puerta exterior que da al patio del castillo, y con su llave abrió también aquella puerta. Después fue a la verja de hierro, pues aquella también había de abrirse; pero aquella cerradura fue endiabladamente dura, y con todo la llave la abrió. Empujaron entonces la verja para escapar con presteza; pero aquella verja, al abrirse, hizo tal chirrido, que despertó al Gigante Desesperación, quien, levantándose apresuradamente a perseguir a sus prisioneros, sintió que sus miembros le fallaban, pues sus ataques le acometieron de nuevo, de modo que de ninguna manera pudo ir tras ellos. Entonces siguieron adelante, y llegaron al camino real del Rey, y así estuvieron a salvo, porque estaban fuera de su jurisdicción.
Ahora bien, cuando hubieron pasado la escalerilla, comenzaron a idear entre sí qué habrían de hacer en aquella escalerilla, para impedir que los que vengan después cayeran en las manos del Gigante Desesperación. Así que acordaron erigir allí una columna, y grabar en su costado esta sentencia: «Por encima de esta escalerilla está el camino al Castillo de la Duda, que es guardado por el Gigante Desesperación, quien desprecia al Rey del país Celestial, y busca destruir a sus santos peregrinos.» Muchos, por tanto, de los que siguieron después, leyeron lo que estaba escrito, y escaparon del peligro. Hecho esto, cantaron como sigue:
«Del camino nos salimos, y entonces hallamos
lo que era pisar terreno prohibido:
y tengan cuidado los que vengan después,
no sea que el descuido los haga correr nuestra suerte;
no sea que, por su intrusión, sean prisioneros de aquel
cuyo castillo es la Duda, y cuyo nombre es Desesperación.»
Capítulo 8 completado
La séptima etapa