El progreso del peregrino
La quinta etapa

Capítulo 6 · 34 min de lectura

La quinta etapa

Ahora bien, mientras Cristiano seguía su camino, llegó a una pequeña cuesta, que había sido levantada a propósito para que los peregrinos pudieran ver lo que tenían por delante; subió, pues, Cristiano hasta allí; y mirando hacia adelante, vio a Fiel delante de él en su jornada. Entonces Cristiano gritó en voz alta: ¡Eh, eh! ¡Hola! ¡Detente, y seré tu compañero! Al oír esto, Fiel miró hacia atrás; y Cristiano le gritó de nuevo: ¡Espera, espera, hasta que te alcance! Pero Fiel respondió: No, corro por mi vida, y el vengador de la sangre viene tras de mí.

Ante esto, Cristiano se sintió algo conmovido, y aplicando todas sus fuerzas, pronto alcanzó a Fiel, y aun lo dejó atrás; de modo que el último llegó a ser el primero. Entonces Cristiano sonrió con vanagloria, porque había tomado la delantera a su hermano; pero no cuidando bien de sus pies, de repente tropezó y cayó, y no pudo levantarse de nuevo hasta que Fiel llegó a socorrerlo.

Entonces vi en mi sueño que siguieron adelante juntos con mucho afecto, y tuvieron dulce conversación acerca de todas las cosas que les habían acontecido en su peregrinaje; y así comenzó Cristiano.

Cristiano: Mi honrado y muy amado hermano Fiel, me alegro de haberte alcanzado, y de que Dios haya templado de tal manera nuestros ánimos que podamos caminar como compañeros por esta senda tan agradable.

Fiel: Yo había pensado, querido amigo, tener tu compañía desde nuestra ciudad misma, pero tú me tomaste la delantera; por lo cual me vi obligado a recorrer solo buena parte del camino.

Cristiano: ¿Cuánto tiempo permaneciste en la Ciudad de Destrucción antes de partir tras de mí en tu peregrinaje?

Fiel: Hasta que ya no pude quedarme más; porque poco después de tu partida corrió el rumor de que nuestra ciudad sería, en breve tiempo, reducida a cenizas con fuego del cielo.

Cristiano: ¿Cómo? ¿Hablaban así tus vecinos?

Fiel: Sí, por un tiempo estuvo en boca de todos.

Cristiano: ¿Y qué, ninguno más que tú salió para escapar del peligro?

Fiel: Aunque había, como dije, mucha habladuría al respecto, no creo que lo creyeran con firmeza; porque, en el calor de la conversación, oí a algunos de ellos hablar con burla de ti y de tu desesperada jornada, pues así llamaban a este tu peregrinaje. Pero yo creí, y aún creo, que el fin de nuestra ciudad será con fuego y azufre de lo alto; y por eso he escapado.

Cristiano: ¿No oíste hablar del vecino Flexible?

Fiel: Sí, Cristiano, oí que te siguió hasta llegar al Pantano del Desaliento, donde, según algunos decían, cayó dentro; aunque no quería que se supiera que tal cosa le había sucedido; pero estoy seguro de que quedó bien embadurnado con aquella clase de fango.

Cristiano: ¿Y qué le dijeron los vecinos?

Fiel: Desde que regresó, ha sido objeto de gran escarnio, y eso entre toda clase de gente; unos se burlan de él y lo desprecian, y apenas hay quien le dé trabajo. Está ahora siete veces peor que si nunca hubiera salido de la ciudad.

Cristiano: Pero ¿por qué habrían de estar tan en contra de él, si ellos también desprecian el camino que él abandonó?

Fiel: ¡Oh!, dicen: ¡Que lo cuelguen; es un renegado; no fue fiel a su profesión! Creo que Dios ha suscitado aun a sus enemigos para que silben contra él, y lo hagan objeto de refrán, porque ha abandonado el camino. Jer. 29:18,19.

Cristiano: ¿No hablaste con él antes de salir?

Fiel: Lo encontré una vez en las calles, pero apartó la mirada hacia el otro lado, como quien está avergonzado de lo que ha hecho; así que no le hablé.

Cristiano: Pues bien, al principio de mi partida tenía esperanzas de aquel hombre; pero ahora temo que perecerá en la destrucción de la ciudad. Porque le ha sucedido conforme al verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno. 2 Ped. 2:22.

Fiel: Estos son también mis temores respecto de él; pero ¿quién puede impedir lo que ha de suceder?

Cristiano: Bien, vecino Fiel, dijo Cristiano, dejémoslo, y hablemos de cosas que más de cerca nos conciernen. Dime ahora qué has encontrado en el camino al venir; porque sé que has topado con algunas cosas, o de lo contrario habría que anotarlo como una maravilla.

Fiel: Escapé del pantano en el que, según percibo, tú caíste, y llegué hasta la puerta sin aquel peligro; solo que me topé con una cuyo nombre era Lasciva, que estuvo a punto de hacerme daño.

Cristiano: Bien hiciste en escapar de su red; José se vio en apuros por ella, y escapó de ella como tú lo hiciste; pero estuvo a punto de costarle la vida. Gén. 39:11-13. Pero ¿qué te hizo?

Fiel: No puedes imaginar (a no ser que algo sepas) qué lengua tan aduladora tenía; me insistió con ahínco para que me apartara con ella, prometiéndome toda clase de deleites.

Cristiano: No, ella no te prometía el contento de una buena conciencia.

Fiel: Ya sabes a qué me refiero; a todo deleite carnal y de la carne.

Cristiano: Da gracias a Dios de que escapaste de ella; el aborrecido del Señor caerá en su fosa. Prov. 22:14.

Fiel: No sé si escapé de ella del todo o no.

Cristiano: Pero, supongo que no consentiste a sus deseos, ¿verdad?

Fiel: No, no hasta contaminarme; porque recordé un antiguo escrito que había visto, que decía: «Sus pasos conducen al Seol.» Prov. 5:5. Así que cerré los ojos, para no ser hechizado por sus miradas. Job 31:1. Entonces ella me injurió, y yo seguí mi camino.

Cristiano: ¿No sufriste ningún otro asalto al venir?

Fiel: Cuando llegué al pie de la colina llamada Dificultad, me topé con un hombre muy anciano, que me preguntó qué era yo y a dónde iba. Le dije que era un peregrino, que iba a la Ciudad Celestial. Entonces dijo el anciano: Tienes aspecto de hombre honrado; ¿querrías contentarte con morar conmigo por el salario que yo te diere? Le pregunté entonces su nombre, y dónde moraba. Dijo que su nombre era Adán el Primero, y que moraba en el pueblo del Engaño. Ef. 4:22. Le pregunté luego cuál era su trabajo, y qué salario me daría. Me dijo que su trabajo eran muchos deleites; y su salario, que al fin yo sería su heredero. Le pregunté además qué casa mantenía, y qué otros siervos tenía. Me dijo entonces que su casa se sostenía con todas las delicias del mundo, y que sus siervos eran los que él mismo había engendrado. Luego le pregunté cuántos hijos tenía. Dijo que tenía solo tres hijas, la Concupiscencia de la Carne, la Concupiscencia de los Ojos y la Soberbia de la Vida, 1 Juan 2:16; y que me casaría con ellas si quisiera. Después le pregunté cuánto tiempo querría que viviese con él; y me dijo que tanto como él mismo viviera.

Cristiano: Bien, ¿y a qué conclusión llegasteis por fin el anciano y tú?

Fiel: Pues, al principio me sentí algo inclinado a irme con aquel hombre, porque me pareció que hablaba muy bien; pero al mirar su frente, mientras conversaba con él, vi allí escrito: «Despojaos del viejo hombre con sus hechos.»

Cristiano: ¿Y qué pasó entonces?

Fiel: Entonces me vino ardiente al pensamiento que, dijera lo que dijese, y por mucho que adulara, en cuanto me llevara a su casa me vendería como esclavo. Así que le pedí que dejara de hablar, pues no me acercaría a la puerta de su casa. Entonces me injurió, y me dijo que enviaría tras de mí a uno tal que amargaría mi camino hasta el alma. Me volví, pues, para alejarme de él; pero justo cuando me giraba para irme de allí, sentí que me asía de la carne, y me dio hacia atrás un tirón tan mortal que creí que se había llevado consigo parte de mí; esto me hizo clamar: «¡Miserable de mí!» Rom. 7:24. Así seguí mi camino cuesta arriba.

Ahora bien, cuando ya había subido más de la mitad, miré hacia atrás, y vi a uno que venía tras de mí, veloz como el viento; y me alcanzó justo cerca del lugar donde está el banco.

Cristiano: Justo allí, dijo Cristiano, me senté yo a descansar; pero vencido por el sueño, perdí allí este rollo de mi seno.

Fiel: Pero, buen hermano, escúchame hasta el final. Tan pronto como el hombre me alcanzó, fue apenas una palabra y un golpe; pues me derribó, y me dejó por muerto. Mas cuando volví un poco en mí, le pregunté por qué me trataba así. Dijo que era por mi secreta inclinación hacia Adán el Primero. Y con eso me dio otro golpe mortal en el pecho, y me tumbó de espaldas; de modo que quedé a sus pies tan muerto como antes. Así que, al volver de nuevo en mí, le pedí clemencia; pero él dijo: No sé cómo mostrar clemencia; y con eso me derribó otra vez. Sin duda habría acabado conmigo, de no ser porque pasó uno y le ordenó que se detuviera.

Cristiano: ¿Quién fue el que le ordenó que se detuviera?

Fiel: Al principio no lo reconocí; pero al pasar, percibí las llagas en sus manos y en su costado; entonces concluí que era nuestro Señor. Así subí la colina.

Cristiano: Aquel hombre que te alcanzó era Moisés. No perdona a ninguno; ni sabe cómo mostrar clemencia a los que quebrantan la ley.

Fiel: Lo sé muy bien; no fue la primera vez que se topó conmigo. Fue él quien vino a mí cuando yo moraba tranquilo en casa, y me dijo que quemaría mi casa sobre mi cabeza si me quedaba allí.

Cristiano: Pero ¿no viste la casa que se alzaba allí en la cima de la colina, a cuyo costado te encontró Moisés?

Fiel: Sí, y también los leones, antes de llegar a ella. Pero, en cuanto a los leones, creo que estaban dormidos, porque era cerca del mediodía; y como tenía tanto del día por delante, pasé de largo ante el Portero, y bajé la colina.

Cristiano: En verdad me dijo que te vio pasar; pero ojalá te hubieras detenido en la casa, porque te habrían mostrado tantas maravillas que difícilmente las habrías olvidado hasta el día de tu muerte. Pero dime, te ruego: ¿no encontraste a nadie en el Valle de la Humillación?

Fiel: Sí, me topé con uno llamado Descontento, que de buena gana me habría persuadido a volverme atrás con él; su razón era que el valle estaba del todo desprovisto de honra. Me dijo, además, que ir allá era el modo de disgustar a todos mis amigos, como la Soberbia, la Arrogancia, la Presunción, la Gloria Mundana, entre otros, quienes, según él sabía, se ofenderían muchísimo si yo cometía la necedad de vadear este valle.

Cristiano: Bien, ¿y cómo le respondiste?

Fiel: Le dije que, aunque todos aquellos que nombraba pudieran reclamar parentesco conmigo, y con razón (pues en verdad eran mis parientes según la carne), sin embargo, desde que me hice peregrino me han desconocido, y yo también los he rechazado; y por tanto ya no eran para mí más que si nunca hubieran sido de mi linaje. Le dije, además, que en cuanto a este valle, había tergiversado por completo el asunto; porque antes de la honra está la humildad, y el espíritu altivo precede a la caída. Por tanto, dije yo, prefiero atravesar este valle hacia la honra que los más sabios así tuvieron, antes que escoger lo que él estimaba más digno de nuestros afectos.

Cristiano: ¿No te topaste con nada más en aquel valle?

Fiel: Sí, me topé con la Vergüenza; pero de todos aquellos con quienes me topé en mi peregrinaje, ella, creo, lleva el nombre equivocado. Al otro se le podía decir que no, tras un poco de discusión, y algo más; pero esta Vergüenza de rostro descarado nunca terminaba.

Cristiano: Pero ¿qué te dijo?

Fiel: ¿Que qué? Pues, objetó contra la religión misma. Dijo que era un asunto lamentable, bajo y rastrero que un hombre se ocupara de la religión. Dijo que una conciencia sensible era cosa poco varonil; y que el que un hombre vigilara sus palabras y sus caminos, hasta atarse a sí mismo de aquella libertad fanfarrona a la que los bravos espíritus de la época se acostumbraban, lo haría el hazmerreír de los tiempos. Objetó también que pocos de los poderosos, ricos o sabios habían sido jamás de mi opinión; ni ninguno de ellos, tampoco, antes de que se les persuadiera a ser necios, y a caer en la voluntaria locura de arriesgar la pérdida de todo por lo que nadie sabe qué. 1 Cor. 1:26; 3:18; Fil. 3:7-9; Juan 7:48. Objetó, además, el vil y bajo estado y condición de quienes eran principalmente los peregrinos de los tiempos en que vivían; también su ignorancia y falta de entendimiento en toda ciencia natural. Sí, y me presionó a ese respecto también acerca de muchas más cosas de las que aquí relato; como que era una vergüenza sentarse gimoteando y lamentándose bajo un sermón, y una vergüenza volver a casa suspirando y gimiendo; que era una vergüenza pedir a mi vecino perdón por faltas pequeñas, o hacer restitución allí donde había tomado algo de alguien. Dijo también que la religión hacía que un hombre se volviera extraño a los grandes, por unos cuantos vicios, a los que él llamaba con nombres más finos, y lo hacía reconocer y respetar a los viles, por causa de la misma fraternidad religiosa. Y ¿no es esto, dijo, una vergüenza?

Cristiano: ¿Y qué le dijiste?

Fiel: ¿Decir? Al principio no sabía qué decir. Sí, me acorraló de tal modo que la sangre me subió al rostro; esta misma Vergüenza me la hizo subir, y casi me venció del todo. Pero al fin comencé a considerar que lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación. Lucas 16:15. Y pensé de nuevo: esta Vergüenza me dice lo que son los hombres; pero nada me dice de lo que es Dios, o la palabra de Dios. Y pensé, además, que en el día del juicio no seremos condenados a muerte o a vida según los espíritus fanfarrones del mundo, sino según la sabiduría y la ley del Altísimo. Por tanto, pensé, lo que Dios dice que es lo mejor, es en verdad lo mejor, aunque todos los hombres del mundo estén en contra. Viendo, pues, que Dios prefiere su religión; viendo que Dios prefiere una conciencia sensible; viendo que los que se hacen necios por el reino de los cielos son los más sabios, y que el hombre pobre que ama a Cristo es más rico que el hombre más grande del mundo que le aborrece; ¡Vergüenza, apártate, tú eres enemiga de mi salvación! ¿He de acogerte contra mi soberano Señor? ¿Cómo podría entonces mirarle a la cara en su venida? Marcos 8:38. Si ahora me avergonzara de sus caminos y de sus siervos, ¿cómo podría esperar la bendición? Pero en verdad esta Vergüenza era una villana atrevida; apenas podía sacudírmela de mi compañía; sí, me acosaba, y continuamente me susurraba al oído alguna que otra de las flaquezas que acompañan a la religión. Pero al fin le dije que era en vano intentar más en este asunto; porque en aquellas cosas que ella desdeñaba, en esas veía yo la mayor gloria; y así, por fin, dejé atrás a esta importuna. Y cuando me la hube sacudido de encima, entonces comencé a cantar,

«Las pruebas con que aquellos hombres se topan,

los que obedientes al llamado celestial andan,

son muchas, y a la carne bien ajustadas,

y vienen, y vuelven, y de nuevo llegan;

para que ahora, o en otro tiempo, por ellas quizá

seamos presos, vencidos, y arrojados sin más.

¡Oh, que los peregrinos, los peregrinos entonces,

vigilen, y se porten como varones.»

Cristiano: Me alegro, hermano mío, de que resistieras a esta villana con tanta valentía; porque de todos, como dices, creo que ella lleva el nombre equivocado; pues es tan atrevida que nos sigue por las calles, y procura avergonzarnos ante todos los hombres; esto es, hacernos sentir vergüenza de aquello que es bueno. Pero si ella misma no fuera audaz, nunca intentaría hacer lo que hace. Mas sigamos resistiéndola; porque, a pesar de todas sus bravatas, no enaltece sino al necio, y a nadie más. «Los sabios heredarán gloria», dijo Salomón; «mas la vergüenza será la exaltación de los necios.» Prov. 3:35.

Fiel: Creo que hemos de clamar a Él por ayuda contra la Vergüenza, Él que quiere que seamos valientes por la verdad sobre la tierra.

Cristiano: Dices bien; pero ¿no encontraste a nadie más en aquel valle?

Fiel: No, yo no; pues tuve sol durante todo el resto del camino a través de aquel, y también a través del Valle de Sombra de Muerte.

Cristiano: Bien te fue; estoy seguro de que a mí me sucedió muy de otro modo. Tuve, por largo tiempo, casi tan pronto como entré en aquel valle, un terrible combate con aquel inmundo demonio Apolión; sí, de veras creí que me habría matado, sobre todo cuando me derribó, y me aplastó bajo de sí, como si quisiera hacerme pedazos; porque al arrojarme, la espada saltó de mi mano; más aún, me dijo que estaba seguro de tenerme; pero clamé a Dios, y Él me oyó, y me libró de todas mis angustias. Entonces entré en el Valle de Sombra de Muerte, y no tuve luz durante casi la mitad del camino a través de él. Pensé que sería muerto allí una y otra vez; pero al fin amaneció, y salió el sol, y recorrí lo que quedaba con mucha más facilidad y sosiego.

Además, vi en mi sueño que, mientras seguían adelante, Fiel, al mirar por casualidad a un lado, vio a un hombre cuyo nombre era Charlatán, que caminaba a cierta distancia junto a ellos; porque en aquel lugar había espacio suficiente para que todos caminaran. Era un hombre alto, y algo más apuesto de lejos que de cerca. A este hombre se dirigió Fiel de esta manera.

Fiel: Amigo, ¿a dónde vas? ¿Vas al país celestial?

Charlatán: Voy al mismo lugar.

Fiel: Eso está bien; entonces espero que tendremos tu buena compañía.

Charlatán: Con muy buena voluntad seré tu compañero.

Fiel: Vamos, pues, y caminemos juntos, y pasemos el tiempo conversando de cosas que sean provechosas.

Charlatán: Hablar de cosas buenas me es muy grato, contigo o con cualquier otro; y me alegro de haberme topado con los que se inclinan a tan buena obra; porque, a decir verdad, pocos hay que se preocupen de emplear así su tiempo mientras van de viaje, sino que prefieren mucho más hablar de cosas sin provecho; y esto ha sido para mí una molestia.

Fiel: Eso es, en verdad, cosa que lamentar; porque ¿qué cosa hay tan digna del uso de la lengua y la boca de los hombres en la tierra, como son las cosas del Dios del cielo?

Charlatán: Me agradas maravillosamente, porque tu dicho está lleno de convicción; y añadiré: ¿Qué cosa hay tan placentera, y qué tan provechosa, como hablar de las cosas de Dios? ¿Qué cosas tan placenteras? Es decir, si un hombre halla algún deleite en cosas maravillosas. Por ejemplo, si a un hombre le deleita hablar de la historia, o del misterio de las cosas; o si a un hombre le agrada hablar de milagros, prodigios o señales, ¿dónde hallará cosas consignadas tan deliciosas, y tan dulcemente escritas, como en la santa Escritura?

Fiel: Eso es cierto; pero ser edificados por tales cosas en nuestra conversación debería ser nuestro principal propósito.

Charlatán: Eso es lo que dije; pues hablar de tales cosas es sumamente provechoso; porque al hacerlo un hombre puede adquirir conocimiento de muchas cosas; como de la vanidad de las cosas terrenales, y del beneficio de las cosas de arriba. Así en general; pero más en particular, por esto un hombre puede aprender la necesidad del nuevo nacimiento, la insuficiencia de nuestras obras, la necesidad de la justicia de Cristo, etc. Además, por esto un hombre puede aprender qué es arrepentirse, creer, orar, sufrir, y cosas semejantes; por esto, también, un hombre puede aprender cuáles son las grandes promesas y consolaciones del Evangelio, para su propio consuelo. Y aún más, por esto un hombre puede aprender a refutar opiniones falsas, a defender la verdad, y también a instruir a los ignorantes.

Fiel: Todo esto es cierto; y me alegro de oírte decir estas cosas.

Charlatán: ¡Ay! La falta de esto es la causa de que tan pocos entiendan la necesidad de la fe, y la necesidad de una obra de gracia en su alma, para la vida eterna; sino que ignorantemente viven en las obras de la ley, por las cuales un hombre de ningún modo puede obtener el reino de los cielos.

Fiel: Pero, con tu permiso, el conocimiento celestial de estas cosas es don de Dios; ningún hombre las alcanza por industria humana, o solo por hablar de ellas.

Charlatán: Todo esto lo sé muy bien; porque un hombre no puede recibir nada, si no le fuere dado del cielo; todo es de gracia, no de obras. Podría darte cien pasajes de la Escritura para confirmación de esto.

Fiel: Pues bien, dijo Fiel, ¿cuál es esa única cosa sobre la que hemos de fundar en esta ocasión nuestra conversación?

Charlatán: Lo que quieras. Hablaré de cosas celestiales, o de cosas terrenales; de cosas morales, o de cosas evangélicas; de cosas sagradas, o de cosas profanas; de cosas pasadas, o de cosas por venir; de cosas de fuera, o de cosas de casa; de cosas más esenciales, o de cosas circunstanciales; con tal que todo se haga para nuestro provecho.

Fiel: Entonces comenzó Fiel a maravillarse; y acercándose a Cristiano (pues este había caminado todo este tiempo aparte), le dijo, mas en voz baja: ¡Qué gallardo compañero hemos hallado! De seguro, este hombre será un peregrino excelentísimo.

Cristiano: Ante esto, Cristiano sonrió con modestia, y dijo: Este hombre, de quien estás tan prendado, engañará con esa lengua suya a veinte de los que no le conocen.

Fiel: ¿Le conoces, entonces?

Cristiano: ¿Conocerle? Sí, mejor de lo que él se conoce a sí mismo.

Fiel: Dime, te ruego, ¿qué es él?

Cristiano: Su nombre es Charlatán; mora en nuestra ciudad. Me extraña que te sea un desconocido, solo que considero que nuestra ciudad es grande.

Fiel: ¿De quién es hijo? ¿Y por dónde mora?

Cristiano: Es hijo de un tal Bien-Dice. Moraba en el Callejón de la Cháchara; y es conocido por todos los que tienen trato con él por el nombre de Charlatán del Callejón de la Cháchara; y, a pesar de su fina lengua, no es más que un pobre sujeto.

Fiel: Pues bien, parece ser un hombre muy agradable.

Cristiano: Eso, para los que no tienen un trato cabal con él, porque es mejor fuera de casa; cerca de su hogar es bastante feo. Tu decir que es un hombre agradable me trae a la mente lo que he observado en la obra de un pintor, cuyos cuadros lucen mejor de lejos; pero muy de cerca, más desagradables.

Fiel: Pero estoy dispuesto a pensar que no haces más que bromear, porque sonreíste.

Cristiano: No permita Dios que yo bromee (aunque sonreí) en este asunto, ni que acuse a nadie falsamente. Te daré un mayor descubrimiento de él. Este hombre es para cualquier compañía, y para cualquier charla; así como habla ahora contigo, así hablará cuando esté en el banco de la taberna; y cuanta más bebida tiene en la cabeza, tanto más de estas cosas tiene en la boca. La religión no tiene lugar en su corazón, ni en su casa, ni en su conversación; todo lo que tiene está en su lengua, y su religión consiste en hacer ruido con ella.

Fiel: ¿Eso dices? Entonces estoy en gran manera engañado respecto de este hombre.

Cristiano: ¡Engañado! Puedes estar seguro de ello. Recuerda el proverbio: «Dicen, y no hacen»; pero el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder. Mat. 23:3; 1 Cor. 4:20. Habla de oración, de arrepentimiento, de fe y del nuevo nacimiento; pero solo sabe hablar de ellos. He estado en su familia, y lo he observado tanto en casa como fuera de ella; y sé que lo que digo de él es la verdad. Su casa está tan vacía de religión como la clara de un huevo está de sabor. No hay allí ni oración, ni señal de arrepentimiento por el pecado; sí, el bruto, en su especie, sirve a Dios mucho mejor que él. Es la mancha misma, el oprobio y la vergüenza de la religión para todos los que le conocen, Rom. 2:24,25; apenas puede oírse una buena palabra en todo aquel extremo de la ciudad donde mora, por causa de él. Así dicen las gentes comunes que le conocen: «Un santo fuera de casa, y un diablo dentro de ella.» Su pobre familia lo comprueba así; es tan grosero, tan injurioso, y tan irrazonable con sus siervos, que ellos no saben ni cómo servirle ni cómo hablarle. Los hombres que tienen algún trato con él dicen que es mejor tratar con un turco que con él, pues obtendrán de sus manos un trato más justo. Este Charlatán (si es posible) los superará, los defraudará, los engañará y los sobrepasará. Además, cría a sus hijos para que sigan sus pasos; y si halla en alguno de ellos una necia timidez (pues así llama a la primera aparición de una conciencia sensible), los llama necios y zoquetes, y de ningún modo les confiará mucho, ni hablará en elogio suyo delante de otros. Por mi parte, soy de la opinión de que él ha hecho, con su vida perversa, que muchos tropiecen y caigan; y será, si Dios no lo impide, la ruina de muchos más.

Fiel: Pues bien, hermano mío, estoy obligado a creerte, no solo porque dices que le conoces, sino también porque, como buen cristiano, das tus informes de los hombres. Porque no puedo pensar que digas estas cosas por mala voluntad, sino porque es tal como dices.

Cristiano: Si no le conociera más que tú, quizá habría pensado de él como al principio pensaste tú; sí, si hubiera recibido este informe solo de manos de los que son enemigos de la religión, habría creído que era una calumnia, suerte que a menudo cae de la boca de los hombres malos sobre los nombres y las profesiones de los hombres buenos. Pero todas estas cosas, sí, y muchas más igual de malas, por conocimiento propio, puedo probar que es culpable de ellas. Además, los hombres buenos se avergüenzan de él; no pueden llamarle ni hermano ni amigo; el solo nombrarlo entre ellos les hace ruborizarse, si le conocen.

Fiel: Pues bien, veo que decir y hacer son dos cosas, y en adelante observaré mejor esta distinción.

Cristiano: En verdad son dos cosas, y tan diversas como lo son el alma y el cuerpo; porque, así como el cuerpo sin el alma no es más que un cadáver, así el decir, si está solo, no es tampoco más que un cadáver. El alma de la religión es la parte práctica. «La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.» Santiago 1:27; véanse también los versículos 22 al 26. De esto no se percata Charlatán; piensa que el oír y el decir harán a un buen cristiano; y así engaña a su propia alma. El oír no es sino como la siembra de la semilla; el hablar no basta para probar que el fruto está en verdad en el corazón y en la vida. Y aseguremos a nosotros mismos que, en el día del juicio, los hombres serán juzgados conforme a sus frutos. Mat. 13:23. No se dirá entonces: ¿Creíste?, sino: ¿Fuiste hacedor, o solo hablador?; y conforme a ello serán juzgados. El fin del mundo se compara con nuestra siega, Mat. 13:30, y ya sabes que los hombres en la siega no atienden a nada sino al fruto. No que pueda aceptarse algo que no sea de fe; pero digo esto para mostrarte cuán insignificante será la profesión de Charlatán en aquel día.

Fiel: Esto me trae a la mente aquello de Moisés, con lo cual describe al animal que es limpio. Lev. 11; Deut. 14. Es tal aquel que tiene pezuña hendida, y que rumia; no el que solo tiene la pezuña hendida, o el que solo rumia. La liebre rumia, pero es inmunda, porque no tiene la pezuña hendida. Y esto en verdad se asemeja a Charlatán: rumia, busca conocimiento; masca la palabra, pero no divide la pezuña. No se aparta del camino de los pecadores; sino que, como la liebre, conserva la pata del perro o del oso, y por tanto es inmundo.

Cristiano: Has expresado, hasta donde alcanzo a saber, el verdadero sentido evangélico de estos textos. Y añadiré otra cosa: Pablo llama a ciertos hombres, sí, y a esos grandes habladores también, metal que resuena, o címbalo que retiñe, 1 Cor. 13:1, 3; es decir, como él lo explica en otro lugar, cosas sin vida que dan sonido. 1 Cor. 14:7. Cosas sin vida; esto es, sin la verdadera fe y gracia del evangelio; y por consiguiente, cosas que jamás serán colocadas en el reino de los cielos entre los que son hijos de la vida; aunque su sonido, por su charla, sea como si fuera la lengua o la voz de un ángel.

Fiel: Pues bien, al principio no estaba yo tan encariñado con su compañía, pero ahora estoy tan harto de ella. ¿Qué haremos para librarnos de él?

Cristiano: Sigue mi consejo, y haz lo que te indique, y verás que pronto él también se hartará de tu compañía, a no ser que Dios toque su corazón, y lo cambie.

Fiel: ¿Qué quieres que haga?

Cristiano: Pues, ve a él, y entabla alguna conversación seria acerca del poder de la religión; y pregúntale sin rodeos (cuando la haya aprobado, pues lo hará) si esta cosa está establecida en su corazón, en su casa, o en su conversación.

Fiel: Entonces Fiel se adelantó de nuevo, y dijo a Charlatán: Ven, ¿qué tal? ¿Cómo va todo ahora?

Charlatán: Gracias, bien; pensé que a estas alturas ya habríamos conversado bastante.

Fiel: Pues bien, si quieres, comencemos ahora; y ya que dejaste en mis manos el plantear la cuestión, sea esta: ¿Cómo se manifiesta la gracia salvadora de Dios cuando está en el corazón del hombre?

Charlatán: Percibo, entonces, que nuestra plática ha de ser acerca del poder de las cosas. Pues bien, es una muy buena pregunta, y estaré dispuesto a responderte. Y toma mi respuesta en breve, así: Primero, donde la gracia de Dios está en el corazón, provoca allí un gran clamor contra el pecado. Segundo…

Fiel: No, detente; consideremos una a la vez. Creo que más bien deberías decir que se manifiesta inclinando el alma a aborrecer su pecado.

Charlatán: Pero ¿qué diferencia hay entre clamar contra el pecado y aborrecerlo?

Fiel: ¡Oh! Mucha. Un hombre puede clamar contra el pecado por conveniencia; pero no puede aborrecerlo sino en virtud de una piadosa antipatía contra él. He oído a muchos clamar contra el pecado en el púlpito, que sin embargo lo toleran bastante bien en el corazón, en la casa y en la conversación. Gén. 39:15. La señora de José clamó a gran voz, como si hubiera sido muy santa; pero de buena gana, a pesar de eso, habría cometido impureza con él. Algunos claman contra el pecado, así como la madre clama contra el hijo que tiene en su regazo, cuando lo llama sucio y niño malo, y luego se pone a abrazarlo y besarlo.

Charlatán: Estás al acecho para pillarme, según percibo.

Fiel: No, yo no; solo busco poner las cosas en su lugar. Pero ¿cuál es la segunda cosa por la que probarías la manifestación de una obra de gracia en el corazón?

Charlatán: Gran conocimiento de los misterios del evangelio.

Fiel: Esta señal debería haber sido la primera; pero, primera o última, es también falsa; porque el conocimiento, un gran conocimiento, puede obtenerse en los misterios del Evangelio, y sin embargo no haber obra de gracia en el alma. Sí, si un hombre tuviese todo el conocimiento, aún podría no ser nada, y por consiguiente, no ser hijo de Dios. 1 Cor. 13:2. Cuando Cristo dijo: «¿Sabéis todas estas cosas?», y los discípulos respondieron: Sí, él añadió: «Bienaventurados seréis si las hiciereis.» Él no pone la bienaventuranza en el saberlas, sino en el hacerlas. Porque hay un conocimiento que no va acompañado del hacer: «El que conoce la voluntad de su Señor, y no la hace.» Un hombre puede saber como un ángel, y sin embargo no ser cristiano; por tanto, tu señal no es verdadera. En verdad, el saber es cosa que agrada a los habladores y jactanciosos; pero el hacer es lo que agrada a Dios. No que el corazón pueda ser bueno sin conocimiento, porque sin él el corazón es nada. Hay, pues, dos clases de conocimiento: el conocimiento que descansa en la mera especulación de las cosas, y el conocimiento que va acompañado de la gracia de la fe y del amor, el cual mueve a un hombre a hacer aun la voluntad de Dios de corazón; el primero de estos le servirá al hablador; pero sin el otro, el verdadero cristiano no se contenta. «Dame entendimiento, y guardaré tu ley; y la cumpliré de todo corazón.» Sal. 119:34.

Charlatán: Otra vez estás al acecho para pillarme; esto no es para edificación.

Fiel: Pues bien, si te place, propón otra señal de cómo esta obra de gracia se manifiesta allí donde está.

Charlatán: Yo no, porque veo que no nos pondremos de acuerdo.

Fiel: Pues bien, si tú no quieres, ¿me darás permiso para hacerlo yo?

Charlatán: Puedes usar de tu libertad.

Fiel: Una obra de gracia en el alma se manifiesta, o bien al que la posee, o bien a los que están presentes.

Al que la posee, así: le da convicción de pecado, especialmente de la corrupción de su naturaleza, y del pecado de incredulidad, por causa del cual con seguridad será condenado, si no halla misericordia de la mano de Dios, por la fe en Jesucristo. Esta visión y este sentir de las cosas obran en él dolor y vergüenza por el pecado. Sal. 38:18; Jer. 31:19; Juan 16:8; Rom. 7:24; Mar. 16:16; Gál. 2:16; Apoc. 1:6. Halla, además, revelado en él al Salvador del mundo, y la absoluta necesidad de unirse a él para tener vida; ante lo cual siente hambres y sedes de él; a cuyas hambres, etc., se ha hecho la promesa. Ahora bien, conforme a la fuerza o la debilidad de su fe en su Salvador, así es su gozo y su paz, así es su amor a la santidad, así son sus deseos de conocerle más, y también de servirle en este mundo. Pero aunque, digo, se manifiesta así a él, con todo, es raro que sea capaz de concluir que esto es una obra de gracia; porque sus corrupciones ahora, y su razón corrompida, hacen que su mente juzgue mal en este asunto; por tanto, en aquel que tiene esta obra se requiere un juicio muy sano, antes de que pueda con firmeza concluir que esto es una obra de gracia. Juan 16:9; Gál. 2:15,16; Hech. 4:12; Mat. 5:6; Apoc. 21:6.

A los demás se manifiesta así:

1. Por una confesión experimental de su fe en Cristo. 2. Por una vida acorde con esa confesión; a saber, una vida de santidad: santidad de corazón, santidad de familia (si tiene familia), y santidad de conversación en el mundo; la cual, en general, le enseña interiormente a aborrecer su pecado, y a sí mismo por él, en secreto; a reprimirlo en su familia, y a promover la santidad en el mundo; no solo de palabra, como puede hacerlo un hipócrita o una persona habladora, sino por una sujeción práctica, en fe y amor, al poder de la palabra. Job 42:5,6; Sal. 50:23; Ezeq. 20:43; Mat. 5:8; Juan 14:15; Rom. 10:10; Ezeq. 36:25; Fil. 1:27; 3:17-20. Y ahora, señor, en cuanto a esta breve descripción de la obra de gracia, y también de su manifestación, si tienes algo que objetar, objeta; si no, dame permiso para proponerte una segunda pregunta.

Charlatán: No, mi parte ahora no es objetar, sino oír; déjame, pues, escuchar tu segunda pregunta.

Fiel: Es esta: ¿Experimentas tú esta primera parte de la descripción de ella?; y ¿tu vida y tu conversación dan de ello el mismo testimonio? ¿O consiste tu religión en palabra o en lengua, y no en hecho y en verdad? Te ruego que, si te inclinas a responderme en esto, no digas más de lo que sabes que el Dios de lo alto dirá Amén, y tampoco nada sino aquello en que tu conciencia pueda justificarte; porque no es aprobado el que a sí mismo se alaba, sino aquel a quien el Señor alaba. Además, decir que soy de tal y tal manera, cuando mi conversación, y todos mis vecinos, me dicen que miento, es gran maldad.

Entonces Charlatán al principio comenzó a ruborizarse; pero, recobrándose, replicó así: Vienes ahora a la experiencia, a la conciencia y a Dios; y a apelar a él para justificación de lo que se dice. Esta clase de discurso no la esperaba; ni estoy dispuesto a dar respuesta a tales preguntas, porque no me considero obligado a ello, a menos que tú te arrogues el papel de catequista; y aun cuando así lo hicieras, con todo, puedo rehusar hacerte mi juez. Pero, te ruego, ¿me dirás por qué me haces tales preguntas?

Fiel: Porque te vi presto para hablar, y porque no sabía que tuvieras nada más que nociones. Además, para decirte toda la verdad, he oído de ti que eres un hombre cuya religión está en el hablar, y que tu conversación desmiente esta tu profesión de boca. Dicen que eres una mancha entre los cristianos, y que a la religión le va peor por tu impía conversación; que algunos ya han tropezado con tus perversos caminos, y que otros están en peligro de ser destruidos por ellos; tu religión, y una taberna, y la codicia, y la impureza, y el jurar, y el mentir, y el frecuentar compañías vanas, etc., pueden estar juntos. El proverbio que se dice de una ramera es verdadero de ti, a saber: «Que ella es una vergüenza para todas las mujeres»; así también tú eres una vergüenza para todos los que profesan la fe.

Charlatán: Ya que estás tan dispuesto a dar crédito a los rumores, y a juzgar tan temerariamente como lo haces, no puedo sino concluir que eres algún hombre irritable o melancólico, con quien no conviene conversar; y así, adiós.

Entonces se acercó Cristiano, y dijo a su hermano: Te dije cómo sucedería; tus palabras y sus concupiscencias no podían concordar. Prefiere dejar tu compañía antes que reformar su vida. Pero se ha ido, como dije; déjalo ir; la pérdida no es de nadie sino de él mismo. Nos ha ahorrado la molestia de apartarnos de él; porque, continuando (como supongo que hará) tal como es, no habría sido más que un borrón en nuestra compañía; además, el apóstol dice: «Apártate de los tales.»

Fiel: Pero me alegro de que tuviéramos esta pequeña conversación con él; puede suceder que vuelva a pensar en ella; de todos modos, he tratado con él sin rodeos, y así estoy libre de su sangre si perece.

Cristiano: Hiciste bien en hablarle con tanta franqueza como lo hiciste. Poco hay hoy en día de este trato fiel con los hombres, y eso hace que la religión hieda tanto en las narices de muchos como sucede; porque son estos necios habladores, cuya religión está solo en la palabra, y que son disolutos y vanos en su conversación, los que (siendo tan admitidos en la comunión de los piadosos) confunden al mundo, mancillan el cristianismo, y entristecen a los sinceros. Ojalá que todos los hombres trataran con tales como tú lo has hecho; entonces, o serían hechos más conformes a la religión, o la compañía de los santos les resultaría demasiado ardiente. Entonces dijo Fiel:

«¡Cómo alza al principio Charlatán sus plumas!

¡Con qué gallardía habla! ¡Cómo presume

de arrollar cuanto encuentra! Mas apenas

habla Fiel de la obra del corazón, cual la luna

que ha pasado su lleno, en menguante se va;

y así harán todos, salvo el que la obra del corazón conocerá.»

Así siguieron adelante, hablando de lo que habían visto por el camino, y de este modo hicieron fácil aquel camino, que de otro modo sin duda les habría sido tedioso, porque ahora atravesaban un desierto.

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