Capítulo 5 · 18 min de lectura
La cuarta etapa
Entonces comenzó a seguir adelante; pero Discreción, Piedad, Caridad y Prudencia quisieron acompañarlo hasta el pie de la colina. Así pues, prosiguieron juntos, repitiendo sus conversaciones anteriores, hasta que llegaron a la bajada de la colina. Entonces dijo Cristiano: Así como fue difícil subir, así también, por lo que alcanzo a ver, es peligroso bajar. Sí, dijo Prudencia, así es; porque es cosa ardua que un hombre descienda al Valle de la Humillación, como tú lo haces ahora, sin dar algún traspié en el camino; por eso, dijeron, hemos salido a acompañarte al bajar la colina. De modo que empezó a bajar, mas con mucha cautela; y aun así dio uno o dos traspiés.
Vi entonces en mi sueño que estos buenos compañeros, cuando Cristiano hubo llegado al pie de la colina, le dieron un pan, una botella de vino y un racimo de pasas; y luego siguió su camino,
«Mientras Cristiano está entre sus piadosos amigos,
sus bocas de oro le dan cabal remedio
por todas sus penas; y cuando lo dejan partir,
queda revestido de acero norteño de pies a cabeza.»
Pero ahora, en este Valle de la Humillación, el pobre Cristiano se vio en grandes apuros; pues había avanzado apenas un poco cuando divisó a un inmundo enemigo que venía a su encuentro atravesando el campo: su nombre es Apolión. Entonces empezó Cristiano a atemorizarse, y a deliberar en su mente si volver atrás o mantenerse firme. Pero consideró de nuevo que no tenía armadura para su espalda, y por tanto pensó que volverle la espalda podría darle a aquel mayor ventaja para atravesarlo con facilidad con sus dardos; por eso resolvió arriesgarse y mantenerse firme; porque, pensó, aunque no tuviese ante mis ojos otra cosa que salvar mi vida, lo mejor sería resistir.
Así pues, siguió adelante, y Apolión salió a su encuentro. El monstruo era horrible de contemplar: estaba cubierto de escamas como un pez, y ellas son su orgullo; tenía alas como de dragón, y pies como de oso, y de su vientre salían fuego y humo; y su boca era como boca de león. Cuando llegó hasta Cristiano, lo miró con semblante desdeñoso, y así comenzó a interrogarlo.
Apolión: ¿De dónde vienes, y a dónde te diriges?
Cristiano: Vengo de la Ciudad de Destrucción, que es el lugar de todo mal, y voy a la Ciudad de Sion.
Apolión: Por esto advierto que eres uno de mis súbditos; pues todo aquel país es mío, y yo soy su príncipe y su dios. ¿Cómo es, entonces, que has huido de tu rey? Si no fuera porque espero que aún puedas prestarme mayor servicio, te derribaría ahora al suelo de un solo golpe.
Cristiano: En verdad nací en tus dominios, pero tu servicio era duro, y tu salario tal que un hombre no podía vivir de él; porque la paga del pecado es muerte, Romanos 6:23; por eso, cuando llegué a la edad de la razón, hice, como hacen otras personas prudentes, buscar si acaso podría enmendar mi suerte.
Apolión: No hay príncipe que quiera perder así tan a la ligera a sus súbditos, ni tampoco yo te perderé todavía; pero ya que te quejas de tu servicio y de tu salario, conténtate con volver atrás, y todo lo que nuestro país pueda ofrecer, aquí prometo dártelo.
Cristiano: Mas yo me he puesto al servicio de otro, del Rey de los príncipes; ¿y cómo podría con justicia volver contigo?
Apolión: En esto has hecho conforme al proverbio, «cambiar lo malo por lo peor»; pero es cosa común que los que se han declarado siervos suyos, al cabo de un tiempo le den esquinazo y vuelvan de nuevo a mí. Haz tú lo mismo, y todo irá bien.
Cristiano: Le he dado mi fe, y le he jurado mi lealtad; ¿cómo, pues, podría retractarme de esto sin ser colgado como traidor?
Apolión: Lo mismo hiciste conmigo, y sin embargo estoy dispuesto a pasar por alto todo, si ahora todavía quieres volverte y regresar.
Cristiano: Lo que te prometí fue en mi minoría de edad; y además, tengo por cierto que el Príncipe, bajo cuyo estandarte ahora me hallo, es capaz de absolverme, sí, y de perdonar también lo que hice en cuanto a mi sumisión a ti. Y además, oh Apolión destructor, a decir verdad, prefiero su servicio, su salario, sus siervos, su gobierno, su compañía y su país, más que los tuyos; por tanto, deja de persuadirme más: soy su siervo, y a él seguiré.
Apolión: Considera otra vez, ahora que estás con la sangre fría, lo que es probable que encuentres en el camino que sigues. Sabes que, en su mayor parte, sus siervos llegan a mal fin, porque son transgresores contra mí y contra mis caminos. ¡A cuántos de ellos se ha dado muerte afrentosa! Y además, tú tienes su servicio por mejor que el mío; siendo así que él nunca ha venido todavía del lugar donde está para librar de manos de sus enemigos a ninguno que le sirviera; pero en cuanto a mí, ¡cuántas veces, como bien lo sabe todo el mundo, he librado, ya por poder, ya por engaño, a los que fielmente me han servido, de él y de los suyos, aun cuando estaban ya presos por ellos! Y así también te libraré a ti.
Cristiano: El que por ahora se abstenga de librarlos es a propósito, para probar su amor, si se aferrarán a él hasta el fin; y en cuanto al mal fin que dices que les sobreviene, ese es lo más glorioso a su parecer. Pues, en cuanto a la liberación presente, no la esperan mucho; porque aguardan su gloria; y entonces la tendrán, cuando su Príncipe venga en la suya y en la gloria de los ángeles.
Apolión: Ya has sido infiel en tu servicio a él; ¿y cómo piensas recibir salario de su mano?
Cristiano: ¿En qué, oh Apolión, he sido infiel a él?
Apolión: Desfalleciste al principio de tu partida, cuando casi te ahogaste en el golfo del Desaliento. Intentaste caminos equivocados para deshacerte de tu carga, cuando debiste haber esperado hasta que tu Príncipe te la quitara. Dormiste pecaminosamente, y perdiste tus cosas más preciadas. Estuviste también a punto de dejarte persuadir de volver atrás al ver los leones. Y cuando hablas de tu viaje, y de lo que has visto y oído, por dentro anhelas vanagloria en todo cuanto dices o haces.
Cristiano: Todo esto es verdad, y mucho más que has omitido; pero el Príncipe a quien sirvo y honro es misericordioso, y presto a perdonar. Y además, estas flaquezas se apoderaron de mí en tu país, pues allí las mamé, y he gemido bajo ellas, me he dolido de ellas, y he obtenido perdón de mi Príncipe.
Apolión: Entonces Apolión estalló en una furia terrible, diciendo: Soy enemigo de este Príncipe; aborrezco su persona, sus leyes y su pueblo; he salido a propósito para oponerme a ti.
Cristiano: Apolión, ten cuidado con lo que haces, porque estoy en el camino real del Rey, el camino de santidad; por tanto, guárdate a ti mismo.
Apolión: Entonces Apolión se plantó a horcajadas sobre toda la anchura del camino, y dijo: No tengo temor alguno en este asunto. Prepárate a morir; porque juro por mi antro infernal que no pasarás más adelante: aquí derramaré tu alma. Y diciendo esto, le arrojó un dardo llameante al pecho; pero Cristiano tenía un escudo en la mano, con el cual lo detuvo, y así evitó el peligro de aquello.
Entonces Cristiano desenvainó, pues vio que era hora de moverse con presteza; y Apolión con igual rapidez arremetió contra él, arrojando dardos tan espesos como el granizo; con los cuales, a pesar de todo lo que Cristiano pudo hacer por esquivarlos, Apolión lo hirió en la cabeza, en la mano y en el pie. Esto hizo que Cristiano retrocediera un poco; Apolión, por tanto, prosiguió su faena con todo empeño, y Cristiano de nuevo cobró ánimo, y resistió tan varonilmente como pudo. Este cruento combate duró más de medio día, hasta que Cristiano quedó casi del todo exhausto; porque habéis de saber que Cristiano, a causa de sus heridas, forzosamente se iba debilitando más y más.
Entonces Apolión, viendo su oportunidad, empezó a estrecharse contra Cristiano, y luchando con él, le dio una caída espantosa; y con esto la espada de Cristiano voló de su mano. Entonces dijo Apolión: Ahora te tengo seguro; y con esto casi lo oprimió hasta la muerte, de suerte que Cristiano comenzó a desesperar de la vida. Pero, como Dios lo dispuso, mientras Apolión cobraba impulso para su último golpe, a fin de acabar del todo con este buen hombre, Cristiano alargó ágilmente la mano hacia su espada, y la asió, diciendo: No te alegres contra mí, enemiga mía; cuando caiga, me levantaré, Miqueas 7:8; y con esto le asestó una estocada mortal, que le hizo retroceder, como quien ha recibido su herida de muerte. Cristiano, viéndolo, arremetió de nuevo contra él, diciendo: Antes bien, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Romanos 8:37. Y con esto Apolión desplegó sus alas de dragón, y se alejó a toda prisa, de modo que Cristiano no lo vio más. Santiago 4:7.
En este combate, nadie puede imaginar, a menos que lo hubiera visto y oído, como yo, qué alaridos y horrendos rugidos daba Apolión todo el tiempo de la pelea; hablaba como un dragón; y por otra parte, qué suspiros y gemidos brotaban del corazón de Cristiano. En todo aquel tiempo jamás le vi dar siquiera una mirada apacible, hasta que advirtió que había herido a Apolión con su espada de dos filos; entonces, en verdad, sonrió, y miró hacia lo alto. Mas fue el espectáculo más espantoso que jamás haya visto.
Así pues, cuando la batalla hubo terminado, Cristiano dijo: Aquí daré gracias a aquel que me ha librado de la boca del león, a aquel que me ayudó contra Apolión. Y así lo hizo, diciendo:
«El gran Beelzebú, capitán de este demonio,
trazó mi ruina; por tanto, con este fin
lo envió armado a la lid; y él, con una furia
que era infernal, me acometió con fiereza:
mas el bienaventurado Miguel me socorrió, y yo,
a fuerza de espada, pronto le hice huir:
por tanto, a Él déjame dar alabanza perpetua,
y bendecir y dar gracias por siempre a su santo nombre.»
Entonces vino a él una mano con algunas de las hojas del árbol de la vida, las cuales Cristiano tomó y aplicó a las heridas que había recibido en la batalla, y al instante quedó sano. Se sentó también en aquel lugar a comer pan, y a beber de la botella que poco antes le habían dado; y así, ya reconfortado, se dispuso a proseguir su viaje con la espada desenvainada en la mano; porque dijo: No sé si algún otro enemigo esté cerca. Pero no sufrió ningún otro ataque de Apolión en todo el resto de este valle.
Ahora bien, al final de este valle había otro, llamado el Valle de Sombra de Muerte; y Cristiano forzosamente tenía que atravesarlo, porque el camino a la Ciudad Celestial pasaba por en medio de él. Este valle es un paraje muy solitario. El profeta Jeremías lo describe así: «Un desierto, tierra de sequedales y abismos, tierra de aridez y de sombra de muerte, tierra que ningún hombre» (salvo un cristiano) «atraviesa, y donde nadie habitó.» Jeremías 2:6.
Ahora bien, aquí se vio Cristiano en peores apuros que en su pelea con Apolión, como por lo que sigue habréis de ver.
Vi entonces en mi sueño que, cuando Cristiano hubo llegado a las fronteras de Sombra de Muerte, salieron a su encuentro dos hombres, hijos de aquellos que trajeron mala fama de la buena tierra Números 13:32, que se apresuraban a volver atrás; a los cuales Cristiano habló de la manera siguiente.
Cristiano: ¿A dónde vais?
Los dos hombres: Dijeron: Atrás, atrás; y quisiéramos que tú hicieras lo mismo, si en algo aprecias la vida o la paz.
Cristiano: Pues, ¿qué ocurre?, dijo Cristiano.
Los dos hombres: ¡Que qué ocurre!, dijeron; íbamos por ese camino, como tú vas ahora, y llegamos tan lejos como nos atrevimos; y en verdad estuvimos a punto de no poder volver; pues, de haber avanzado un poco más, no estaríamos aquí para traerte la noticia.
Cristiano: Pero, ¿con qué os habéis topado?, dijo Cristiano.
Los dos hombres: Pues estuvimos casi dentro del Valle de Sombra de Muerte, salvo que por buena fortuna miramos delante de nosotros, y vimos el peligro antes de llegar a él. Salmos 44:19; 107:19.
Cristiano: Pero, ¿qué habéis visto?, dijo Cristiano.
Los dos hombres: ¡Que qué vimos! Pues el valle mismo, que es negro como la pez; vimos allí también los trasgos, los sátiros y los dragones del abismo; oímos asimismo en aquel valle un continuo aullido y alarido, como de un pueblo bajo una miseria indecible, que allí estaba sentado, atado en aflicción y en hierros; y sobre aquel valle penden las desalentadoras nubes de la confusión; también la Muerte extiende siempre sus alas sobre él. En una palabra, es espantoso por completo, hallándose del todo sin orden. Job 3:5; 10:22.
Cristiano: Entonces, dijo Cristiano, por lo que habéis dicho, no alcanzo a ver todavía sino que este es mi camino hacia el puerto deseado. Salmo 44:18,19; Jeremías 2:6.
Los dos hombres: Sea tu camino; nosotros no lo escogeremos por nuestro.
Así pues, se separaron, y Cristiano siguió su camino, mas todavía con la espada desenvainada en la mano, por temor de ser asaltado.
Vi entonces en mi sueño que, en toda la extensión de este valle, había a mano derecha una zanja muy profunda; esa zanja es aquella en la cual los ciegos han guiado a los ciegos en todas las edades, y ambos han perecido allí miserablemente. Y de nuevo, he aquí, a mano izquierda había un tremedal muy peligroso, en el cual, aun cuando un hombre bueno cae, no halla fondo donde asentar el pie; en aquel tremedal cayó una vez el rey David, y sin duda habría quedado sofocado en él, si Aquel que es poderoso no lo hubiera sacado. Salmo 69:14.
El sendero era aquí también sumamente angosto, y por eso el buen Cristiano se vio en mayores apuros; pues cuando procuraba, en la oscuridad, esquivar la zanja de un lado, estaba a punto de volcarse en el fango del otro; y también, cuando procuraba escapar del fango, sin gran cuidado estaba a punto de caer en la zanja. Así siguió adelante, y aquí le oí suspirar amargamente; pues, además del peligro antes mencionado, el sendero era aquí tan oscuro que muchas veces, cuando levantaba el pie para avanzar, no sabía dónde, ni sobre qué, habría de posarlo enseguida.
Cerca de la mitad de este valle advertí que estaba la boca del infierno, y se hallaba también muy junto al borde del camino. Ahora bien, pensaba Cristiano, ¿qué haré? Y una y otra vez salían la llama y el humo en tal abundancia, con chispas y ruidos horrendos, (cosas que no hacían caso de la espada de Cristiano, como sí lo hacía antes Apolión,) que se vio obligado a envainar su espada, y a echar mano de otra arma, llamada Toda-Oración, Efesios 6:18; así clamó, oyéndolo yo: Oh Señor, te ruego, libra mi alma. Salmo 116:4. Así siguió adelante largo rato, y con todo las llamas seguían tendiéndose hacia él; también oía voces lastimeras, y precipitadas idas y venidas, de modo que a veces pensaba que sería despedazado, o pisoteado como el lodo de las calles. Este pavoroso espectáculo fue visto, y estos espantosos ruidos fueron oídos por él, a lo largo de varias millas seguidas; y llegando a un lugar donde le pareció oír una tropa de demonios que avanzaban a su encuentro, se detuvo, y empezó a cavilar qué le convenía hacer. A veces le venía media intención de volver atrás; luego, de nuevo, pensaba que quizá estuviera a mitad del valle. Recordaba también cómo ya había vencido muchos peligros; y que el peligro de volver atrás podría ser mucho mayor que el de seguir adelante. Así pues, resolvió proseguir; y con todo, los demonios parecían acercarse más y más. Pero cuando llegaron ya casi a él, clamó con voz vehementísima: Andaré en la fortaleza del Señor Dios. Entonces retrocedieron, y no vinieron más adelante.
Una cosa no quisiera dejar pasar. Reparé en que ahora el pobre Cristiano estaba tan confundido que no reconocía su propia voz; y así lo advertí. Justo cuando llegó frente a la boca del pozo ardiente, uno de los malvados se puso detrás de él, y se acercó quedamente, y susurrando le sugirió muchas graves blasfemias, que él verdaderamente pensó que habían procedido de su propia mente. Esto puso a Cristiano en mayor apuro que cualquier cosa con que se hubiera topado antes, el pensar tan solo que ahora blasfemaría de Aquel a quien tanto había amado antes. Y sin embargo, si hubiera podido evitarlo, no lo habría hecho; pero no tuvo la discreción ni de taparse los oídos, ni de saber de dónde venían estas blasfemias.
Cuando Cristiano hubo caminado en esta condición desconsolada un tiempo considerable, le pareció oír la voz de un hombre, como que iba delante de él, diciendo: Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo. Salmo 23:4.
Entonces se alegró, y ello por estas razones:
Primero, porque de ahí coligió que algunos que temían a Dios estaban en este valle tanto como él mismo.
Segundo, porque advirtió que Dios estaba con ellos, aunque en aquel estado oscuro y lúgubre. ¿Y por qué no, pensó, conmigo?, aunque, a causa del impedimento que acompaña a este lugar, no puedo percibirlo. Job 9:11.
Tercero, porque esperaba (si lograba alcanzarlos) tener compañía dentro de poco.
Así pues, siguió adelante, y llamó al que iba delante; pero este no supo qué responder, porque también él se creía solo. Y al poco rato rompió el día: entonces dijo Cristiano: «Él ha tornado en mañana la sombra de muerte.» Amós 5:8.
Ahora bien, venida la mañana, miró hacia atrás, no por deseo de volver, sino para ver, a la luz del día, por qué peligros había pasado en la oscuridad. Así vio más claramente la zanja que estaba a un lado, y el tremedal que estaba al otro; y también cuán angosto era el camino que corría entre ambos. También vio ahora los trasgos, y los sátiros, y los dragones del abismo, mas todos a lo lejos; pues después de romper el día no se acercaban; y con todo, le fueron descubiertos, conforme a lo que está escrito: «Descubre las profundidades de las tinieblas, y saca a luz la sombra de muerte.» Job 12:22.
Ahora bien, Cristiano quedó muy conmovido por esta liberación de todos los peligros de su solitario camino; peligros que, aunque mucho los había temido antes, los veía sin embargo con más claridad ahora, porque la luz del día se los hacía manifiestos. Y por este tiempo salía el sol, y esta fue otra misericordia para Cristiano; pues habéis de notar que, aunque la primera parte del Valle de Sombra de Muerte era peligrosa, esta segunda parte, que aún le quedaba por andar, era, de ser posible, mucho más peligrosa; porque, desde el lugar donde ahora se hallaba, hasta el final del valle, el camino estaba todo él tan lleno de lazos, trampas, cepos y redes por aquí, y tan lleno de fosos, hoyos, agujeros profundos y despeñaderos por allá, que, de haber estado ahora oscuro, como lo estaba cuando recorrió la primera parte del camino, aunque hubiera tenido mil almas, con razón se habrían perdido; pero, como dije, justo ahora salía el sol. Entonces dijo: «Su lámpara resplandece sobre mi cabeza, y a su luz camino por las tinieblas.» Job 29:3.
En esta luz, pues, llegó al final del valle. Ahora bien, vi en mi sueño que al final del valle yacían sangre, huesos, cenizas y cuerpos despedazados de hombres, y aun de peregrinos que habían recorrido este camino en otro tiempo; y mientras yo cavilaba cuál sería la razón, divisé un poco delante de mí una caverna, donde en tiempos antiguos moraban dos gigantes, Papa y Pagano; por cuyo poder y tiranía los hombres cuyos huesos, sangre, cenizas, etcétera, allí yacían, fueron cruelmente muertos. Pero por este lugar pasó Cristiano sin mucho peligro, de lo cual me admiré un tanto; mas he sabido después que Pagano ha muerto hace ya muchos días; y en cuanto al otro, aunque aún vive, está, a causa de la edad, y también de los muchos y recios encuentros que tuvo en sus años más mozos, tan chocho y tan rígido de sus coyunturas que ahora poco más puede hacer que sentarse a la boca de su caverna, haciendo muecas a los peregrinos que pasan, y mordiéndose las uñas porque no puede alcanzarlos.
Así vi que Cristiano siguió su camino; y con todo, al ver al viejo que estaba sentado a la boca de la caverna, no supo qué pensar, sobre todo porque este le habló, aunque no podía ir tras él, diciendo: Nunca os enmendaréis, hasta que más de vosotros seáis quemados. Pero él guardó silencio, y puso buena cara al asunto; y así pasó de largo, y no recibió daño alguno. Entonces cantó Cristiano:
«¡Oh mundo de maravillas, (no puedo decir menos,)
que yo fuese preservado en aquella angustia
con que aquí me he topado! ¡Oh, bendita sea
aquella mano que de ella me ha librado!
Peligros en tinieblas, demonios, infierno y pecado,
me rodearon mientras estaba en este valle;
sí, lazos, y fosos, y trampas, y redes yacían
en torno a mi senda, para que yo, indigno y necio,
pudiera haber sido atrapado, enredado y derribado;
mas ya que vivo, ¡lleve Jesús la corona!»
Capítulo 5 completado
La cuarta etapa