Capítulo 4 · 31 min de lectura
La Tercera Etapa
Vi entonces en mi sueño que el camino real por el cual Cristiano había de subir estaba cercado a ambos lados por un muro, y aquel muro se llamaba Salvación. Isaías 26:1. Por este camino, pues, corría el cargado Cristiano, mas no sin gran dificultad, a causa del peso sobre su espalda.
Corrió así hasta llegar a un lugar algo elevado; y sobre aquel lugar se alzaba una cruz, y un poco más abajo, en el fondo, un sepulcro. Vi entonces en mi sueño que, justo cuando Cristiano llegó a la altura de la cruz, su carga se soltó de sus hombros, y cayó de su espalda, y comenzó a rodar, y así siguió rodando hasta que llegó a la boca del sepulcro, donde cayó dentro, y no la vi más.
Entonces Cristiano se alegró y se sintió aliviado, y dijo con corazón gozoso: «Él me ha dado descanso por su dolor, y vida por su muerte». Luego se detuvo un rato, para mirar y admirarse; pues le resultaba muy sorprendente que la vista de la cruz lo aliviara así de su carga. Miró, por tanto, y volvió a mirar, hasta que las fuentes que había en su cabeza hicieron descender las aguas por sus mejillas. Zacarías 12:10. Y estando así mirando y llorando, he aquí que tres Resplandecientes vinieron a él, y lo saludaron con: «Paz sea contigo». Así el primero le dijo: «Tus pecados te son perdonados», Marcos 2:5; el segundo lo despojó de sus harapos, y lo vistió con ropas de gala, Zacarías 3:4; el tercero también puso una marca en su frente, Efesios 1:13, y le dio un rollo con un sello, que le mandó mirar mientras corría, y que debía entregar en la puerta celestial: y así se fueron por su camino. Entonces Cristiano dio tres saltos de gozo, y siguió cantando,
«Hasta aquí vine cargado con mi pecado,
y nada podía aliviar la pena en que me hallaba,
hasta que llegué acá. ¡Qué lugar es este!
¿Ha de ser aquí el comienzo de mi dicha?
¿Ha de caer aquí la carga de mi espalda?
¿Han de romperse aquí las cuerdas que a mí la ataban?
¡Bendita cruz! ¡Bendito sepulcro! ¡Y bendito más aún
el Varón que allí fue avergonzado por mí!»
Vi entonces en mi sueño que siguió así, hasta que llegó al fondo, donde vio, un poco fuera del camino, a tres hombres profundamente dormidos, con grilletes en los talones. El nombre del uno era Simple; el de otro, Pereza; y el del tercero, Presunción.
Cristiano, al verlos yacer en tal estado, se acercó a ellos, por si acaso pudiera despertarlos, y gritó: sois como los que duermen en lo alto de un mástil, Proverbios 23:34, porque el Mar Muerto está debajo de vosotros, un abismo que no tiene fondo: despertad, pues, y partid; estad también dispuestos, y os ayudaré a quitaros los hierros. También les dijo: Si pasa por aquí aquel que anda como león rugiente, 1 Pedro 5:8, ciertamente vendréis a ser presa de sus dientes. Con esto lo miraron, y comenzaron a responder de esta manera: Simple dijo: No veo ningún peligro; Pereza dijo: Un poco más de sueño todavía; y Presunción dijo: Cada cual ha de sostenerse sobre su propio fondo. Y así se acostaron a dormir de nuevo, y Cristiano siguió su camino.
Con todo, se afligió al pensar que hombres en tal peligro estimaran en tan poco la bondad de quien tan gratuitamente se ofrecía a ayudarlos, ya despertándolos, ya aconsejándolos, ya ofreciéndose a quitarles los hierros. Y mientras se afligía por esto, divisó a dos hombres que venían saltando por encima del muro, a mano izquierda del camino angosto; y se acercaron a él con presteza. El nombre del uno era Formalista, y el nombre del otro, Hipocresía. Así, como dije, se allegaron a él, quien de esta manera entró con ellos en conversación.
Cristiano: Señores, ¿de dónde venís, y adónde vais?
Formalista e Hipocresía: Nacimos en la tierra de la Vanagloria, y vamos, en busca de alabanza, al Monte Sion.
Cristiano: ¿Por qué no entrasteis por la puerta que está al principio del camino? ¿No sabéis que está escrito: «el que no entra por la puerta, sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador»? Juan 10:1.
Formalista e Hipocresía: Dijeron que ir hasta la puerta para entrar era considerado por todos sus compatriotas un rodeo demasiado largo; y que por eso su costumbre era atajar el camino, y trepar por encima del muro, como ellos habían hecho.
Cristiano: Pero ¿no se contará como una ofensa contra el Señor de la ciudad a la cual nos dirigimos, el violar así su voluntad revelada?
Formalista e Hipocresía: Le dijeron que, en cuanto a eso, no necesitaba quebrarse la cabeza: pues lo que hacían lo hacían por costumbre, y podían presentar, si fuera necesario, testimonio que lo acreditara por más de mil años.
Cristiano: Pero —dijo Cristiano—, ¿os someteréis a un juicio conforme a la ley?
Formalista e Hipocresía: Le dijeron que la costumbre, siendo de tan larga data como más de mil años, sin duda sería ahora admitida como cosa legal por un juez imparcial: y además, dijeron, si logramos entrar en el camino, ¿qué importa por dónde entremos? Si estamos dentro, dentro estamos: tú no estás sino en el camino, tú que, según percibimos, entraste por la puerta; y también nosotros estamos en el camino, nosotros que entramos saltando por encima del muro: ¿en qué, pues, es tu condición mejor que la nuestra?
Cristiano: Yo ando por la regla de mi Maestro: vosotros andáis por el burdo obrar de vuestras fantasías. Ya sois tenidos por ladrones por el Señor del camino: por eso dudo que seáis hallados hombres verdaderos al final del camino. Entráis por vosotros mismos sin su dirección, y saldréis por vosotros mismos sin su misericordia.
A esto le dieron poca respuesta; solo le dijeron que se cuidara a sí mismo. Vi entonces que siguieron adelante, cada uno por su camino, sin mucha conversación entre sí, salvo que estos dos hombres dijeron a Cristiano que, en cuanto a leyes y ordenanzas, no dudaban de que las cumplirían tan concienzudamente como él. Por tanto, dijeron, no vemos en qué te diferencias de nosotros, sino por el manto que llevas sobre la espalda, el cual, según creemos, te fue dado por alguno de tus vecinos, para cubrir la vergüenza de tu desnudez.
Cristiano: Por leyes y ordenanzas no seréis salvos, pues no entrasteis por la puerta. Gálatas 2:16. Y en cuanto a este manto que llevo sobre la espalda, me fue dado por el Señor del lugar adonde voy; y eso, como decís, para cubrir mi desnudez. Y lo tomo como muestra de bondad para conmigo; pues antes no tenía sino harapos. Y además, así me consuelo mientras camino. De seguro, pienso yo, cuando llegue a la puerta de la ciudad, el Señor de ella me reconocerá como bueno, ya que llevo su manto sobre la espalda; un manto que me dio gratuitamente el día en que me despojó de mis harapos. Tengo, además, una marca en la frente, de la cual quizá no os hayáis percatado, que uno de los más íntimos allegados de mi Señor fijó allí el día en que mi carga cayó de mis hombros. Os diré, además, que entonces se me dio un rollo sellado, para consolarme con su lectura mientras voy por el camino; también se me mandó entregarlo en la puerta celestial, en señal de mi entrada segura tras él: todo lo cual sospecho que os falta, y os falta porque no entrasteis por la puerta.
A estas cosas no le dieron respuesta; solo se miraron el uno al otro, y se rieron. Vi entonces que todos siguieron adelante, salvo que Cristiano iba delante, quien no hablaba sino consigo mismo, y esto unas veces con suspiros, y otras con consuelo: también leía a menudo en el rollo que uno de los Resplandecientes le había dado, con el cual se recreaba.
Contemplé entonces que todos siguieron adelante hasta llegar al pie de la colina Dificultad, en cuyo fondo había una fuente. Había también en aquel mismo lugar otros dos caminos, además del que venía derecho desde la puerta: uno se desviaba a la izquierda, y el otro a la derecha, al pie de la colina; pero el camino angosto subía derecho por la colina, y el nombre de la subida por la ladera de la colina es Dificultad. Cristiano fue entonces a la fuente, Isaías 49:10, y bebió de ella para refrescarse, y luego comenzó a subir la colina, diciendo,
«La colina, aunque alta, ansío escalar;
la dificultad no me ha de amedrentar;
pues percibo que aquí está el camino de la vida:
¡ánimo!, no desmayemos ni temamos.
Mejor, aunque difícil, ir por el camino recto,
que por el errado, aunque fácil, donde el fin es dolor.»
Los otros dos también llegaron al pie de la colina. Pero cuando vieron que la colina era empinada y alta, y que había otros dos caminos por donde ir; y suponiendo también que estos dos caminos podrían volver a unirse con aquel por el cual subía Cristiano, al otro lado de la colina; por eso resolvieron ir por aquellos caminos. Ahora bien, el nombre de uno de aquellos caminos era Peligro, y el nombre del otro, Destrucción. Así, el uno tomó el camino que se llama Peligro, el cual lo condujo a un gran bosque; y el otro tomó derechamente el camino a Destrucción, el cual lo condujo a un amplio campo, lleno de montañas tenebrosas, donde tropezó y cayó, y no se levantó más.
Miré entonces en pos de Cristiano, para verlo subir la colina, donde percibí que pasó de correr a andar, y de andar a trepar sobre sus manos y sus rodillas, a causa de lo empinado del lugar. Ahora bien, hacia la mitad del camino a la cima de la colina había una agradable enramada, hecha por el Señor de la colina para el refrigerio de los viajeros cansados. Allí, pues, llegó Cristiano, donde también se sentó a descansar: entonces sacó su rollo del seno, y leyó en él para su consuelo; también comenzó ahora de nuevo a repasar el manto o vestidura que se le había dado cuando estaba junto a la cruz. Complaciéndose así un rato, al fin cayó en un sopor, y de ahí en un profundo sueño, que lo retuvo en aquel lugar hasta que era casi de noche; y mientras dormía, su rollo se le cayó de la mano. Y estando durmiendo, vino uno a él, y lo despertó, diciendo: «Ve a la hormiga, oh perezoso; mira sus caminos, y sé sabio». Proverbios 6:6. Y con esto, Cristiano se levantó de repente, y se apresuró en su camino, y anduvo aprisa hasta llegar a la cima de la colina.
Ahora bien, cuando hubo llegado a la cima de la colina, vinieron dos hombres corriendo a toda prisa; el nombre del uno era Temeroso, y el del otro, Desconfiado: a quienes Cristiano dijo: Señores, ¿qué sucede? Corréis en dirección equivocada. Temeroso respondió que iban a la ciudad de Sion, y habían subido aquel lugar difícil: pero, dijo, cuanto más avanzamos, más peligro encontramos; por lo cual nos volvimos, y estamos regresando.
Sí, dijo Desconfiado, pues justo delante de nosotros yacen un par de leones en el camino, no sabemos si dormidos o despiertos; y no podíamos sino pensar que, si nos acercábamos a su alcance, al instante nos harían pedazos.
Cristiano: Entonces dijo Cristiano: Me hacéis temer; pero ¿adónde huiré para estar seguro? Si vuelvo a mi propia tierra, que está preparada para el fuego y el azufre, ciertamente pereceré allí; si logro llegar a la ciudad celestial, de seguro estaré a salvo allí: he de arriesgarme. Volver atrás no es sino muerte: seguir adelante es temor de muerte, y vida eterna más allá de él: aun así seguiré adelante. Así, Desconfiado y Temeroso corrieron colina abajo, y Cristiano siguió su camino. Pero, pensando de nuevo en lo que había oído de aquellos hombres, buscó en su seno su rollo, para leer en él y ser consolado; pero buscó, y no lo halló. Entonces Cristiano quedó en gran angustia, y no sabía qué hacer; pues echaba de menos aquello que solía aliviarlo, y aquello que debía ser su salvoconducto para entrar en la ciudad celestial. Aquí, pues, comenzó a quedar muy perplejo, y no sabía qué hacer. Al fin recordó que había dormido en la enramada que está en la ladera de la colina; y cayendo de rodillas, pidió a Dios perdón por aquel acto insensato, y luego volvió atrás a buscar su rollo. Pero en todo el camino de regreso, ¿quién podrá expresar suficientemente la tristeza del corazón de Cristiano? A veces suspiraba, a veces lloraba, y muchas veces se reprendía a sí mismo por haber sido tan necio como para dormirse en aquel lugar, que había sido erigido solo para un breve refrigerio de su cansancio. Así, pues, volvió atrás, mirando cuidadosamente a uno y otro lado, todo el camino según iba, por si acaso hallara su rollo, que había sido su consuelo tantas veces en su viaje. Anduvo así hasta que volvió a avistar la enramada donde se había sentado y dormido; pero aquella vista le renovó aún más la tristeza, al traerle de nuevo, y de manera fresca, a la mente su mal de haber dormido. Apocalipsis 2:4; 1 Tesalonicenses 5:6-8. Así, pues, siguió ahora adelante, lamentando su pecaminoso sueño, diciendo: ¡Oh miserable de mí, que haya dormido de día! ¡que haya dormido en medio de la dificultad! ¡que haya complacido de tal modo a la carne, usando para alivio de mi carne aquel descanso que el Señor de la colina ha erigido solo para el alivio de los espíritus de los peregrinos! ¡Cuántos pasos he dado en vano! Así le sucedió a Israel; por su pecado fueron enviados de vuelta por el camino del Mar Rojo; y a mí se me hace recorrer con tristeza aquellos pasos que habría podido recorrer con deleite, de no haber sido por este pecaminoso sueño. ¡Cuán adelantado estaría en mi camino a estas horas! Se me hace recorrer tres veces aquellos pasos que no habría necesitado recorrer sino una sola vez: sí, y ahora también estoy a punto de que me sorprenda la noche, pues el día casi se ha acabado. ¡Oh, si no hubiera dormido!
Ya para esto había llegado de nuevo a la enramada, donde por un rato se sentó y lloró; pero al fin (como quiso la Providencia), mirando con tristeza bajo el banco, allí divisó su rollo, el cual, con temblor y prisa, recogió, y lo metió en su seno. Pero ¿quién podrá decir cuán gozoso quedó este hombre cuando hubo recobrado su rollo? Pues este rollo era la seguridad de su vida, y de su aceptación en el puerto deseado. Por tanto lo guardó en su seno, dio gracias a Dios por haber dirigido su ojo al lugar donde yacía, y con gozo y lágrimas se entregó de nuevo a su viaje. ¡Pero, oh, con cuánta ligereza subió el resto de la colina! Sin embargo, antes de que llegara arriba, el sol se puso sobre Cristiano; y esto le hizo recordar de nuevo la vanidad de su sueño; y así comenzó otra vez a lamentarse consigo mismo: ¡Oh tú, pecaminoso sueño! ¡cómo por tu causa estoy a punto de que me sorprenda la noche en mi viaje! He de caminar sin el sol, las tinieblas han de cubrir la senda de mis pies, y he de oír el ruido de las criaturas lúgubres, a causa de mi pecaminoso sueño! Ahora también recordó el relato que Desconfiado y Temeroso le habían contado, de cómo se habían espantado a la vista de los leones. Entonces Cristiano se dijo de nuevo a sí mismo: Estas fieras rondan de noche en busca de su presa; y si me encontraran en la oscuridad, ¿cómo las esquivaría? ¿cómo escaparía de ser despedazado por ellas? Así siguió su camino. Pero mientras lamentaba su desdichado tropiezo, alzó los ojos, y he aquí que había ante él un palacio muy majestuoso, cuyo nombre era Hermoso, y estaba junto al borde del camino real.
Vi entonces en mi sueño que se apresuró, y siguió adelante, para conseguir, si era posible, alojamiento allí. Ahora bien, antes de haber avanzado mucho, entró en un pasaje muy angosto, que estaba como a un estadio de la casilla del Portero, y mirando con mucho cuidado ante sí mientras iba, divisó dos leones en el camino. Ahora, pensó, veo los peligros que hicieron retroceder a Desconfiado y a Temeroso. (Los leones estaban encadenados, pero él no veía las cadenas.) Entonces tuvo miedo, y pensó también él mismo en volver atrás tras ellos; pues creía que no tenía delante sino la muerte. Pero el Portero de la casilla, cuyo nombre es Vigilante, percibiendo que Cristiano se detenía, como si quisiera volver atrás, le gritó, diciendo: ¿Tan pequeña es tu fuerza? Marcos 4:40. No temas a los leones, pues están encadenados, y fueron puestos allí para prueba de la fe donde la hay, y para descubrir a los que no la tienen: mantente en medio de la senda, y ningún daño te sobrevendrá.
Vi entonces que siguió adelante, temblando de miedo a los leones, pero prestando buena atención a las indicaciones del Portero; los oyó rugir, pero no le hicieron ningún daño. Entonces batió palmas, y siguió adelante hasta llegar y detenerse ante la puerta donde estaba el Portero. Entonces Cristiano dijo al Portero: Señor, ¿qué casa es esta? ¿y puedo alojarme aquí esta noche? El Portero respondió: Esta casa fue edificada por el Señor de la colina, y él la edificó para el alivio y la seguridad de los peregrinos. El Portero también le preguntó de dónde era, y adónde iba.
Cristiano: He venido de la Ciudad de Destrucción, y voy al Monte Sion: pero, como el sol ya se ha puesto, deseo, si me es permitido, alojarme aquí esta noche.
El Portero: ¿Cuál es tu nombre?
Cristiano: Mi nombre ahora es Cristiano, pero mi nombre al principio era Sin-Gracia: vengo del linaje de Jafet, a quien Dios persuadirá a morar en las tiendas de Sem. Génesis 9:27.
El Portero: Pero ¿cómo es que llegas tan tarde? El sol ya se ha puesto.
Cristiano: Habría llegado aquí más pronto, si no fuera que, miserable de mí, ¡dormí en la enramada que está en la ladera de la colina! Es más, a pesar de eso, habría llegado aquí mucho más pronto, si no fuera que en mi sueño perdí mi credencial, y llegué sin ella a la cumbre de la colina; y al buscarla entonces, y no hallarla, me vi forzado, con tristeza de corazón, a volver al lugar donde dormí mi sueño, donde la encontré; y ahora he llegado.
El Portero: Bien, llamaré a una de las doncellas de este lugar, quien, si le agrada tu conversación, te introducirá al resto de la familia, según las reglas de la casa. Así Vigilante el Portero tocó una campana, a cuyo sonido salió de la puerta de la casa una doncella grave y hermosa, llamada Discreción, y preguntó por qué la habían llamado.
El Portero respondió: Este hombre está de viaje desde la Ciudad de Destrucción al Monte Sion; pero, estando cansado y sorprendido por la noche, me preguntó si podía alojarse aquí esta noche: así que le dije que te llamaría, para que tú, tras conversar con él, hagas lo que te parezca bien, conforme a la ley de la casa.
Entonces ella le preguntó de dónde era, y adónde iba; y él se lo dijo. Le preguntó también cómo había entrado en el camino; y él se lo dijo. Luego le preguntó qué había visto y encontrado en el camino, y él se lo dijo. Y al fin le preguntó su nombre. Así que él dijo: Es Cristiano; y tanto más deseo alojarme aquí esta noche, porque, por lo que percibo, este lugar fue edificado por el Señor de la colina para el alivio y la seguridad de los peregrinos. Entonces ella sonrió, pero el agua asomó a sus ojos; y tras una breve pausa dijo: Llamaré a dos o tres más de la familia. Así corrió a la puerta, y llamó a Prudencia, a Piedad y a Caridad, quienes, tras conversar un poco más con él, lo introdujeron en la familia; y muchos de ellos, saliéndole al encuentro en el umbral de la casa, dijeron: Entra, bendito del Señor; esta casa fue edificada por el Señor de la colina con el propósito de hospedar a peregrinos como tú. Entonces él inclinó la cabeza, y los siguió al interior de la casa. Así, cuando hubo entrado y se hubo sentado, le dieron algo de beber, y convinieron juntos en que, hasta que la cena estuviera lista, algunos de ellos tuvieran alguna conversación particular con Cristiano, para el mejor aprovechamiento del tiempo; y designaron a Piedad, a Prudencia y a Caridad para conversar con él: y así comenzaron.
Piedad: Ven, buen Cristiano, ya que hemos sido tan cariñosos contigo como para recibirte en nuestra casa esta noche, hablemos contigo, por si acaso nos aprovechemos con ello, de todas las cosas que te han sucedido en tu peregrinación.
Cristiano: De muy buena voluntad; y me alegra que estéis tan bien dispuestos.
Piedad: ¿Qué te movió al principio a emprender una vida de peregrino?
Cristiano: Fui expulsado de mi tierra natal por un sonido terrible que había en mis oídos; a saber, que una destrucción inevitable me aguardaba, si permanecía en aquel lugar donde estaba.
Piedad: Pero ¿cómo sucedió que salieras de tu tierra por este camino?
Cristiano: Fue como Dios quiso; pues cuando estaba bajo los temores de la destrucción, no sabía adónde ir; pero, por casualidad, vino un hombre, precisamente a mí, mientras temblaba y lloraba, cuyo nombre es Evangelista, y él me indicó la Puerta Estrecha, la cual de otro modo jamás habría hallado, y así me puso en el camino que me ha conducido directamente a esta casa.
Piedad: Pero ¿no pasaste por la casa del Intérprete?
Cristiano: Sí, y vi allí tales cosas, cuyo recuerdo me acompañará mientras viva, especialmente tres cosas: a saber, cómo Cristo, a pesar de Satanás, mantiene su obra de gracia en el corazón; cómo aquel hombre se había hundido por el pecado hasta quedar sin esperanza de la misericordia de Dios; y también el sueño de aquel que creyó, mientras dormía, que había llegado el día del juicio.
Piedad: ¿Cómo? ¿le oíste contar su sueño?
Cristiano: Sí, y terrible me pareció; me hizo doler el corazón mientras lo contaba, pero, con todo, me alegro de haberlo oído.
Piedad: ¿Fue esto todo lo que viste en la casa del Intérprete?
Cristiano: No; me llevó, y me condujo adonde me mostró un majestuoso palacio, y cómo estaban vestidas de oro las personas que había en él; y cómo llegó un hombre audaz, y se abrió paso a la fuerza entre los hombres armados que estaban en la puerta para impedirle la entrada; y cómo se le invitó a entrar, y a ganar gloria eterna. Me pareció que aquellas cosas arrebataban mi corazón. Me habría quedado un año entero en la casa de aquel buen hombre, de no haber sabido que aún me quedaba más camino por andar.
Piedad: ¿Y qué más viste en el camino?
Cristiano: ¿Que vi? Pues bien, no había avanzado sino un poco más, cuando vi a Uno, según pensé en mi mente, colgando ensangrentado de un madero; y la sola vista de él hizo que mi carga cayera de mi espalda; pues yo gemía bajo una carga muy pesada, mas entonces cayó de mí. Fue algo extraño para mí, pues nunca había visto tal cosa: sí, y mientras estaba mirando hacia arriba (pues entonces no podía dejar de mirar), tres Resplandecientes vinieron a mí. Uno de ellos testificó que mis pecados me eran perdonados; otro me despojó de mis harapos, y me dio este manto bordado que veis; y el tercero puso la marca que veis en mi frente, y me dio este rollo sellado (y con esto lo sacó de su seno).
Piedad: Pero viste más que esto, ¿no es así?
Cristiano: Las cosas que os he contado fueron las mejores: con todo, algunas otras vi, a saber, vi a tres hombres, Simple, Pereza y Presunción, yacer dormidos, un poco fuera del camino, según venía, con hierros en los talones; pero ¿creéis que pude despertarlos? También vi a Formalista y a Hipocresía venir saltando por encima del muro, para ir, según pretendían, a Sion; pero pronto se perdieron, tal como yo mismo se lo dije, mas no quisieron creer. Pero, sobre todo, hallé arduo trabajo subir esta colina, y no menos arduo pasar por las fauces de los leones; y, en verdad, si no hubiera sido por el buen hombre, el portero que está en la puerta, no sé si, después de todo, no habría vuelto atrás; pero doy gracias a Dios de estar aquí, y os agradezco el haberme recibido.
Entonces Prudencia tuvo a bien hacerle unas cuantas preguntas, y deseó que él las respondiera.
Prudencia: ¿No piensas a veces en la tierra de donde viniste?
Cristiano: Sí, pero con mucha vergüenza y aborrecimiento. En verdad, si hubiera estado pensando en aquella tierra de donde salí, habría tenido oportunidad de volver; pero ahora anhelo una patria mejor, esto es, celestial. Hebreos 11:15,16.
Prudencia: ¿No llevas todavía contigo algo de las cosas con que entonces andabas familiarizado?
Cristiano: Sí, pero muy en contra de mi voluntad; especialmente mis pensamientos internos y carnales, en los cuales todos mis compatriotas, tanto como yo, nos deleitábamos. Pero ahora todas aquellas cosas son mi pesar; y si pudiera escoger mis propias cosas, escogería no volver a pensar jamás en tales cosas: pero cuando quiero hacer lo que es mejor, lo que es peor está conmigo. Romanos 7:15, 21.
Prudencia: ¿No hallas a veces como si aquellas cosas estuvieran vencidas, las cuales en otros momentos son tu perplejidad?
Cristiano: Sí, pero eso es solo rara vez; mas son para mí horas doradas aquellas en que tales cosas me suceden.
Prudencia: ¿Puedes recordar por qué medios hallas tus molestias, a veces, como si estuvieran vencidas?
Cristiano: Sí: cuando pienso en lo que vi en la cruz, eso lo logra; y cuando miro mi manto bordado, eso lo logra; y cuando miro el rollo que llevo en mi seno, eso lo logra; y cuando mis pensamientos se enardecen acerca de adónde voy, eso lo logra.
Prudencia: ¿Y qué es lo que te hace tan deseoso de ir al Monte Sion?
Cristiano: Pues bien, allí espero ver vivo a Aquel que colgó muerto en la cruz; y allí espero verme libre de todas aquellas cosas que hasta el día de hoy son en mí una molestia: allí, dicen, no hay muerte, Isaías 25:8; Apocalipsis 21:4; y allí moraré con la compañía que más amo. Pues, a deciros la verdad, le amo porque por Él fui aliviado de mi carga; y estoy cansado de mi enfermedad interior. Bien quisiera estar donde no muera más, y con la compañía que continuamente clama, Santo, santo, santo.
Entonces dijo Caridad a Cristiano: ¿Tienes familia? ¿Eres hombre casado?
Cristiano: Tengo una esposa y cuatro hijos pequeños.
Caridad: ¿Y por qué no los trajiste contigo?
Cristiano: Entonces Cristiano lloró, y dijo: ¡Oh, con cuánto gusto lo habría hecho! pero todos ellos eran del todo contrarios a que yo fuera en peregrinación.
Caridad: Pero deberías haberles hablado, y haberte esforzado en mostrarles el peligro de quedarse atrás.
Cristiano: Así lo hice; y también les conté lo que Dios me había mostrado acerca de la destrucción de nuestra ciudad; pero les parecí como uno que se burlaba, y no me creyeron. Génesis 19:14.
Caridad: ¿Y oraste a Dios para que bendijera tu consejo para con ellos?
Cristiano: Sí, y eso con mucho afecto; pues habéis de pensar que mi esposa y mis pobres hijos me eran muy queridos.
Caridad: Pero ¿les hablaste de tu propia tristeza, y de tu temor de destrucción? pues supongo que aquella destrucción te era bastante visible.
Cristiano: Sí, una y otra vez, y otra vez. También podían ver mis temores en mi semblante, en mis lágrimas, y también en mi temblor ante la aprensión del juicio que pendía sobre nuestras cabezas; pero todo no fue suficiente para persuadirlos de que vinieran conmigo.
Caridad: Pero ¿qué podían alegar en su favor, para no venir?
Cristiano: Pues bien, mi esposa temía perder este mundo, y mis hijos estaban entregados a los necios deleites de la juventud; así que, ya por una cosa, ya por otra, me dejaron vagar de esta manera solo.
Caridad: Pero ¿no echaste a perder, con tu vida vana, todo lo que, con palabras, empleabas a modo de persuasión para llevarlos contigo?
Cristiano: En verdad, no puedo alabar mi vida, pues soy consciente en mí mismo de muchas faltas en ella. Sé también que un hombre, por su conducta, puede en poco tiempo echar por tierra lo que, con argumentos o persuasión, se afana en fijar en otros para su bien. Con todo, esto puedo decir: fui muy cuidadoso de no darles ocasión, con ninguna acción indecorosa, de hacerlos contrarios a ir en peregrinación. Sí, por esto mismo, me decían que yo era demasiado escrupuloso, y que me privaba (por causa de ellos) de cosas en las que ellos no veían mal alguno. Es más, creo que puedo decir que, si lo que veían en mí los estorbaba, era mi gran delicadeza en pecar contra Dios, o en hacer algún agravio a mi prójimo.
Caridad: En verdad, Caín aborreció a su hermano, porque sus propias obras eran malas, y las de su hermano, justas, 1 Juan 3:12; y si tu esposa y tus hijos se han ofendido contigo por esto, con ello se muestran implacables para con el bien; tú has librado tu alma de la sangre de ellos. Ezequiel 3:19.
Vi entonces en mi sueño que así estuvieron sentados conversando hasta que la cena estuvo lista. Así, cuando la hubieron preparado, se sentaron a comer. Ahora bien, la mesa estaba surtida de manjares suculentos, y de vino bien refinado; y toda su conversación en la mesa era acerca del Señor de la colina; a saber, acerca de lo que había hecho, y por qué hizo lo que hizo, y por qué había edificado aquella casa; y por lo que decían, percibí que él había sido un gran guerrero, y había luchado con aquel que tenía el poder de la muerte, y lo había matado, Hebreos 2:14,15; mas no sin gran peligro para sí mismo, lo cual me hizo amarlo más.
Pues, según dijeron, y según creo, dijo Cristiano, lo hizo con la pérdida de mucha sangre. Pero lo que puso la gloria de la gracia en todo cuanto hizo, fue que lo hizo por puro amor a su país. Y además, había algunos de los de la casa que decían que habían estado y hablado con él desde que murió en la cruz; y han atestiguado que lo tuvieron de sus propios labios, que él es tan amante de los pobres peregrinos, que no se halla semejante desde el oriente hasta el occidente. Dieron, además, un ejemplo de lo que afirmaban; y era que él se había despojado de su gloria para poder hacer esto por los pobres; y que le oyeron decir y afirmar que no moraría solo en el monte de Sion. Dijeron, además, que había hecho príncipes a muchos peregrinos, aunque por naturaleza habían nacido mendigos, y su origen había sido el muladar. 1 Samuel 2:8; Salmos 113:7.
Así conversaron juntos hasta bien entrada la noche; y después de haberse encomendado a su Señor para protección, se retiraron a descansar. Al peregrino lo alojaron en una gran cámara alta, cuya ventana se abría hacia el oriente. El nombre de la cámara era Paz, donde durmió hasta el rayar del día, y entonces despertó y cantó,
«¿Dónde estoy ahora? ¿Es este el amor y el cuidado
de Jesús, por los hombres que peregrinos son,
proveer así que yo fuese perdonado,
y morar ya en la puerta misma del cielo!»
Así, por la mañana todos se levantaron; y, tras algo más de conversación, le dijeron que no debía partir hasta que le hubieran mostrado las rarezas de aquel lugar. Y primero lo llevaron al estudio, donde le mostraron registros de la más grande antigüedad; en los cuales, según recuerdo de mi sueño, le mostraron el linaje del Señor de la colina, que él era el Hijo del Anciano de días, y procedía por generación eterna. Aquí también estaban más plenamente registrados los hechos que había realizado, y los nombres de muchos centenares que había tomado a su servicio; y cómo los había establecido en tales moradas que ni por la longitud de los días, ni por los estragos de la naturaleza, podían ser disueltas.
Luego le leyeron algunos de los dignos hechos que algunos de sus siervos habían realizado; a saber, cómo habían sojuzgado reinos, hecho justicia, alcanzado promesas, tapado bocas de leones, apagado la violencia del fuego, escapado del filo de la espada, sacado fuerzas de la debilidad, se habían hecho valientes en la batalla, y habían puesto en fuga a los ejércitos de los extranjeros. Hebreos 11:33,34.
Luego leyeron de nuevo otra parte de los registros de la casa, donde se mostraba cuán dispuesto estaba su Señor a recibir en su favor a cualquiera, aun a cualquiera, aunque en tiempos pasados hubiera ofrecido grandes afrentas a su persona y a sus procederes. Aquí había también varias otras historias de muchas otras cosas famosas, de todas las cuales Cristiano tuvo una vista; como de cosas tanto antiguas como modernas, junto con profecías y predicciones de cosas que tienen su cierto cumplimiento, tanto para el espanto y el asombro de los enemigos, como para el consuelo y el solaz de los peregrinos.
Al día siguiente lo tomaron, y lo llevaron a la armería, donde le mostraron toda clase de pertrechos que su Señor había provisto para los peregrinos, como espada, escudo, yelmo, coraza, toda oración, y calzado que no se desgastaría. Y había aquí de esto lo suficiente para armar a tantos hombres para el servicio de su Señor como estrellas hay en el cielo por su multitud.
También le mostraron algunas de las máquinas con las cuales algunos de sus siervos habían hecho cosas maravillosas. Le mostraron la vara de Moisés; el mazo y la estaca con que Jael mató a Sísara; los cántaros, las trompetas, y también las lámparas, con que Gedeón puso en fuga a los ejércitos de Madián. Luego le mostraron la aguijada de bueyes con la cual Samgar mató a seiscientos hombres. Le mostraron también la quijada con que Sansón hizo tan poderosas hazañas. Le mostraron además la honda y la piedra con que David mató a Goliat de Gat; y también la espada con que su Señor matará al hombre de pecado, en el día en que se levante a la presa. Le mostraron, por añadidura, muchas cosas excelentes, con las cuales Cristiano se deleitó mucho. Hecho esto, se retiraron de nuevo a descansar.
Vi entonces en mi sueño que a la mañana siguiente se levantó para seguir adelante, pero le rogaron que se quedara también hasta el día siguiente; y entonces, dijeron, te mostraremos, si el día está despejado, los Montes Deleitosos; los cuales, dijeron, añadirían aún más a su consuelo, porque estaban más cerca del puerto deseado que el lugar donde al presente se encontraba; así que consintió y se quedó. Cuando llegó la mañana, lo llevaron a lo alto de la casa, y le pidieron que mirara al sur. Así lo hizo, y he aquí que, a gran distancia, vio una comarca montañosa muy placentera, hermoseada con bosques, viñedos, frutos de toda clase, y también flores, con manantiales y fuentes, muy deleitable a la vista. Isaías 33:16,17. Entonces preguntó el nombre de la comarca. Dijeron que era la tierra de Emanuel; y es tan común, dijeron, como lo es esta colina, para todos los peregrinos y a disposición de ellos. Y cuando llegues allá, desde allí podrás ver hasta la puerta de la ciudad celestial, como lo mostrarán los pastores que allí viven.
Ahora pensó en ponerse en marcha, y ellos estaban dispuestos a que lo hiciera. Pero primero, dijeron, volvamos a la armería. Así lo hicieron; y cuando llegó allí, lo armaron de pies a cabeza con lo que era a prueba, no fuera que acaso encontrara asaltos en el camino. Estando, pues, así pertrechado, salió con sus amigos hasta la puerta; y allí preguntó al Portero si había visto pasar a algún peregrino. Entonces el Portero respondió: Sí.
Cristiano: Dime, ¿lo conociste? dijo él.
El Portero: Le pregunté su nombre, y me dijo que era Fiel.
Cristiano: ¡Oh!, dijo Cristiano, lo conozco; es mi paisano, mi cercano vecino; viene del lugar donde nací. ¿Cuán adelante crees que pueda estar?
El Portero: A estas horas ya ha llegado al pie de la colina.
Cristiano: Bien, dijo Cristiano, buen Portero, el Señor sea contigo, y añada a todas tus sencillas bendiciones mucho acrecentamiento, por la bondad que me has mostrado.
Capítulo 4 completado
La Tercera Etapa