Capítulo 21 · 18 min de lectura
La Séptima Etapa
Pues bien, se acercaba el tiempo en que los peregrinos debían proseguir su camino; por lo cual se prepararon para su jornada. Mandaron llamar a sus amigos; conversaron con ellos; apartaron algún tiempo para encomendarse unos a otros a la protección de su Príncipe. Hubo también quienes les trajeron de las cosas que tenían, apropiadas para los débiles y los fuertes, para las mujeres y los hombres, y así los cargaron de cuanto les era necesario. Hechos 28:10. Luego emprendieron su camino; y acompañándolos sus amigos hasta donde era conveniente, de nuevo se encomendaron unos a otros a la protección de su Rey, y se despidieron.
Así pues, los que eran de la compañía de los peregrinos siguieron adelante, y el Sr. Gran-Corazón iba delante de ellos. Ahora bien, como las mujeres y los niños eran débiles, se vieron obligados a caminar según lo que podían soportar; con lo cual el Sr. Presto-a-Claudicar y el Sr. Débil-de-Ánimo tuvieron mayor motivo para compadecerse de su condición.
Cuando se hubieron alejado de los habitantes del pueblo, y sus amigos les hubieron dado el último adiós, pronto llegaron al lugar donde Fiel había sido llevado a la muerte. Allí, pues, se detuvieron, y dieron gracias a Aquel que le había dado fuerzas para llevar su cruz tan bien; y con mayor razón, porque ahora hallaban que sacaban provecho de un sufrimiento tan varonil como el suyo.
Después de esto, pues, prosiguieron un buen trecho más, hablando de Cristiano y de Fiel, y de cómo Esperanzado se unió a Cristiano después de que Fiel hubo muerto.
Llegaron entonces al monte Lucro, donde estaba la mina de plata que apartó a Demas de su peregrinación, y en la cual, según algunos piensan, Interesado cayó y pereció; por lo cual meditaron sobre ello. Mas cuando llegaron al antiguo monumento que se hallaba frente al monte Lucro, es decir, a la columna de sal, que estaba también a la vista de Sodoma y de su lago fétido, se maravillaron, como antes lo hizo Cristiano, de que hombres de tanto conocimiento y madurez de juicio como aquellos hubiesen quedado tan cegados que se apartaran allí. Solo que consideraron de nuevo que la naturaleza no escarmienta con los daños que otros han sufrido, sobre todo si aquello que miran tiene una virtud atractiva sobre el ojo insensato.
Vi ahora que siguieron adelante hasta llegar al río que estaba a este lado de los Montes Deleitosos; al río donde crecen los hermosos árboles a ambas orillas, y cuyas hojas, si se toman por dentro, son buenas contra los hartazgos; donde los prados están verdes todo el año, y donde podían recostarse con seguridad. Salmos 23:2.
A la orilla de este río, en los prados, había apriscos y rediles para las ovejas, y una casa edificada para alimentar y criar a aquellos corderos, los pequeñuelos de aquellas mujeres que van en peregrinación. Había también aquí uno a quien estaban encomendados, que sabía compadecerse; y que podía recoger a estos corderos con su brazo, y llevarlos en su seno, y pastorear con dulzura a las recién paridas. Hebreos 5:2; Isaías 40:11. Ahora bien, al cuidado de este hombre exhortó Cristiana a sus cuatro hijas a que confiaran sus pequeñitos, para que junto a estas aguas fuesen albergados, cobijados, socorridos y alimentados, y para que ninguno de ellos faltase en el tiempo por venir. Este hombre, si alguno de ellos se extravía o se pierde, lo traerá de nuevo; también vendará al que fue quebrantado, y fortalecerá a los que están enfermos. Jeremías 23:4; Ezequiel 34:11-16. Aquí jamás les faltará comida, bebida ni vestido; aquí serán guardados de ladrones y salteadores; porque este hombre morirá antes de que se pierda uno solo de los que le han sido confiados. Además, aquí tendrán con certeza buena crianza y amonestación, y se les enseñará a andar por sendas rectas, y eso, como bien se sabe, es un favor de no poca cuenta. También aquí, como veis, hay aguas delicadas, prados amenos, flores exquisitas, variedad de árboles, y de los que dan fruto saludable: fruto, no como aquel que comió Mateo, que cayó por encima del muro desde el jardín de Beelzebú; sino fruto que procura salud donde no la hay, y que la conserva y la acrecienta donde la hay. Así que se contentaron con confiarle sus pequeñitos; y lo que también los animó a hacerlo así fue que todo esto había de correr por cuenta del Rey, y era, por tanto, como un hospital para niños pequeños y huérfanos.
Prosiguieron ahora. Y cuando llegaron al Prado del Atajo, al portillo por donde Cristiano pasó con su compañero Esperanzado, cuando fueron apresados por el Gigante Desesperación y encerrados en el Castillo de la Duda, se sentaron y consultaron qué sería lo mejor que se pudiera hacer: es decir, ahora que eran tan fuertes, y habían conseguido a un hombre como el Sr. Gran-Corazón por guía, si no convendría hacer un intento contra el gigante, demoler su castillo, y, si había en él algunos peregrinos, ponerlos en libertad antes de seguir más adelante. Así que uno decía una cosa, y otro decía lo contrario. Uno preguntaba si era lícito entrar en terreno no consagrado; otro decía que sí podían, con tal que su fin fuese bueno; mas el Sr. Gran-Corazón dijo: Aunque esa afirmación que se ha propuesto en último lugar no puede ser universalmente verdadera, tengo, no obstante, un mandamiento de resistir al pecado, de vencer al mal, de pelear la buena batalla de la fe; y pregunto: ¿con quién había yo de pelear esta buena batalla, sino con el Gigante Desesperación? Intentaré, por tanto, quitarle la vida y demoler el Castillo de la Duda. Luego dijo: ¿Quién irá conmigo? Entonces dijo el anciano Honesto: Yo iré. Y también nosotros, dijeron los cuatro hijos de Cristiana, Mateo, Samuel, José y Jacobo; porque eran jóvenes y fuertes. 1 Juan 2:13,14. Así que dejaron a las mujeres en el camino, y con ellas al Sr. Débil-de-Ánimo, y al Sr. Presto-a-Claudicar con sus muletas, para que fuesen su guardia hasta que ellos volviesen; pues en aquel lugar, donde el Gigante Desesperación moraba tan cerca, si ellos se mantenían en el camino, un niño pequeño podría conducirlos. Isaías 11:6.
Así, pues, el Sr. Gran-Corazón, el anciano Honesto y los cuatro jóvenes subieron hacia el Castillo de la Duda, en busca del Gigante Desesperación. Cuando llegaron a la puerta del castillo, llamaron para entrar con un ruido inusitado. Al oírlo, el viejo Gigante viene a la puerta, y Desconfianza, su mujer, le sigue. Entonces dijo él: ¿Quién y qué es el que es tan osado que de esta manera importuna al Gigante Desesperación? El Sr. Gran-Corazón respondió: Soy yo, Gran-Corazón, uno de los guías del Rey del país Celestial que conducen a los peregrinos hasta su lugar; y te exijo que abras tus puertas para que yo entre: prepárate también a pelear, pues he venido a quitarte la cabeza y a demoler el Castillo de la Duda.
Ahora bien, el Gigante Desesperación, por ser gigante, pensaba que ningún hombre podía vencerlo; y pensó además: Puesto que en otro tiempo he hecho conquista de ángeles, ¿me habrá de amedrentar Gran-Corazón? Así que se armó y salió. Tenía sobre la cabeza un casco de acero, ceñida una coraza de fuego, y salió con zapatos de hierro y una gran maza en la mano. Entonces estos seis hombres se le echaron encima, y lo acosaron por detrás y por delante; también, cuando Desconfianza la giganta acudió a ayudarlo, el anciano Sr. Honesto la derribó de un solo golpe. Entonces pelearon por sus vidas, y el Gigante Desesperación fue derribado a tierra, mas de muy mala gana moría. Luchó reciamente, y tenía, según dicen, tantas vidas como un gato; pero Gran-Corazón fue su muerte, porque no lo dejó hasta que le hubo separado la cabeza de los hombros.
Luego se pusieron a demoler el Castillo de la Duda, lo cual, como bien se sabe, podía hacerse con facilidad, muerto ya el Gigante Desesperación. Emplearon siete días en destruirlo; y en él, de peregrinos, hallaron a un Sr. Abatimiento, casi muerto de hambre, y a una Mucho-Miedo, su hija: a estos dos salvaron con vida. Mas os habría causado asombro ver los cuerpos muertos que yacían por acá y por allá en el patio del castillo, y cuán lleno de huesos de hombres muertos estaba el calabozo.
Cuando el Sr. Gran-Corazón y sus compañeros hubieron realizado esta hazaña, tomaron bajo su protección al Sr. Abatimiento y a su hija Mucho-Miedo; porque eran gente honrada, aunque estuvieran presos en el Castillo de la Duda a merced de aquel tirano, el Gigante Desesperación. Ellos, pues, digo, se llevaron consigo la cabeza del gigante (pues su cuerpo lo habían enterrado bajo un montón de piedras), y bajaron al camino y a sus compañeros, y les mostraron lo que habían hecho. Ahora bien, cuando Débil-de-Ánimo y Presto-a-Claudicar vieron que era en verdad la cabeza del Gigante Desesperación, se pusieron muy jubilosos y alegres. Ahora bien, Cristiana, si hacía falta, sabía tocar la viola, y su hija Misericordia el laúd: así que, ya que estaban de tan buen humor, ella les tocó una pieza, y Presto-a-Claudicar se puso a bailar. Tomó, pues, de la mano a la hija de Abatimiento, Mucho-Miedo, y se pusieron a bailar en el camino. Es cierto que no podía bailar sin una muleta en la mano, pero os aseguro que llevaba bien el paso: también la muchacha era digna de elogio, pues respondía airosamente a la música.
En cuanto al Sr. Abatimiento, la música no le decía tanto; más era para comer que para bailar, pues estaba casi muerto de hambre. Así que Cristiana le dio un poco de su frasco de licores para alivio inmediato, y luego le preparó algo de comer; y al poco tiempo el anciano caballero volvió en sí, y comenzó a reanimarse notablemente.
Vi entonces en mi sueño que, terminadas todas estas cosas, el Sr. Gran-Corazón tomó la cabeza del Gigante Desesperación y la puso sobre un poste junto al borde del camino real, justo frente a la columna que Cristiano erigió como advertencia para los peregrinos que vinieran después, a fin de que se guardaran de entrar en sus tierras.
Luego escribió debajo, sobre una piedra de mármol, los versos siguientes:
«Esta es la cabeza de aquel cuyo solo nombre
en tiempos pasados hacía temblar a los peregrinos.
Su castillo está por tierra, y a Desconfianza, su mujer,
el valiente Sr. Gran-Corazón ha privado de la vida.
A Abatimiento y a su hija Mucho-Miedo,
también por ellos ha obrado Gran-Corazón.
Quien de esto dude, si tan solo alza la mirada
hasta aquí, podrá dar satisfacción a sus escrúpulos.
Esta cabeza también, cuando los tullidos dudosos danzan,
muestra que de sus temores tienen liberación.»
Cuando estos hombres se hubieron mostrado así valientes contra el Castillo de la Duda, y hubieron dado muerte al Gigante Desesperación, avanzaron y prosiguieron hasta llegar a los Montes Deleitosos, donde Cristiano y Esperanzado se habían recreado con las variedades del lugar. También trabaron conocimiento con los pastores de allí, quienes les dieron la bienvenida, como antes habían hecho con Cristiano, a los Montes Deleitosos.
Ahora bien, viendo los pastores tan gran comitiva seguir al Sr. Gran-Corazón (pues bien lo conocían), le dijeron: Buen señor, hermosa compañía traéis aquí; decidnos, os rogamos, ¿dónde hallasteis a todos estos?
Entonces el Sr. Gran-Corazón respondió:
«Primero, aquí está Cristiana y su comitiva,
sus hijos, y las esposas de sus hijos, quienes, como el Carro celeste,
se guían por la estrella polar, y por la brújula gobiernan su rumbo
del pecado a la gracia, pues de otro modo no estarían aquí.
Luego, aquí ha venido en peregrinación el anciano Honesto,
y también Presto-a-Claudicar, de quien me atrevo a asegurar
que es de corazón sincero, y otro tanto es Débil-de-Ánimo,
que no quiso quedarse atrás.
Abatimiento, buen hombre, viene detrás,
y así también Mucho-Miedo, su hija.
¿Podremos hallar hospedaje aquí, o hemos
de seguir adelante? Sepamos en qué confiar.»
Entonces dijeron los pastores: Esta es una compañía reconfortante. Bien venidos seáis a nosotros; porque tenemos tanto para los débiles como para los fuertes. Nuestro Príncipe pone su mirada en lo que se hace al más pequeño de estos; por tanto, la Flaqueza no ha de ser estorbo para nuestro hospedaje. Mateo 25:40. Así, pues, los llevaron a la puerta del palacio, y luego les dijeron: Entrad, Sr. Débil-de-Ánimo; entrad, Sr. Presto-a-Claudicar; entrad, Sr. Abatimiento, y la Sra. Mucho-Miedo, su hija. A estos, Sr. Gran-Corazón, dijeron los pastores al guía, los llamamos por su nombre, porque son los más propensos a retroceder; mas en cuanto a vos, y a los demás que son fuertes, os dejamos con vuestra acostumbrada libertad. Entonces dijo el Sr. Gran-Corazón: Hoy veo que la gracia resplandece en vuestros rostros, y que sois de veras pastores de mi Señor; pues no habéis empujado a estos achacosos ni con el costado ni con el hombro, sino que más bien habéis sembrado de flores su camino hacia el palacio, como debíais. Ezequiel 34:21.
Así, pues, entraron los flacos y débiles, y el Sr. Gran-Corazón y los demás les siguieron. Cuando también se hubieron sentado, dijeron los pastores a los del grupo más débil: ¿Qué es lo que deseáis? porque, decían, todo ha de disponerse aquí para el sostén de los débiles, así como para la advertencia de los rebeldes. Así que les hicieron un banquete de cosas fáciles de digerir, y que eran agradables al paladar y nutritivas; las cuales, después de recibirlas, se fueron a su reposo, cada uno respectivamente a su propio lugar.
Cuando llegó la mañana, porque los montes eran altos y el día claro, y porque era costumbre de los pastores mostrar a los peregrinos, antes de su partida, algunas maravillas, por tanto, después de que estuvieron listos y se hubieron reconfortado, los pastores los sacaron a los campos, y les mostraron primero lo que ya habían mostrado antes a Cristiano.
Luego los llevaron a algunos lugares nuevos. El primero fue el Monte Maravilla, donde miraron y contemplaron a lo lejos a un hombre que trastornaba los cerros con palabras. Entonces preguntaron a los pastores qué significaría aquello. Y les dijeron que aquel hombre era el hijo de un tal Sr. Gran-Gracia, de quien leéis en la primera parte de las crónicas del Progreso del Peregrino; y que está puesto allí para enseñar a los peregrinos cómo derribar por la fe, o apartar de su camino, cuantas dificultades hubieren de encontrar. Marcos 11:23,24. Entonces dijo el Sr. Gran-Corazón: Yo lo conozco; es un hombre por encima de muchos.
Luego los llevaron a otro lugar, llamado el Monte Inocencia. Y allí vieron a un hombre vestido todo de blanco; y a dos hombres, Prejuicio y Mala-Voluntad, que de continuo le arrojaban lodo. Mas he aquí que el lodo, cualquiera que le arrojasen, al poco tiempo se caía de nuevo, y su vestidura quedaba tan limpia como si ningún lodo se le hubiera arrojado. Entonces dijeron los peregrinos: ¿Qué significa esto? Respondieron los pastores: Este hombre se llama Piadoso, y esta vestidura muestra la inocencia de su vida. Ahora bien, los que le arrojan lodo son los que aborrecen su bien obrar; pero, así como veis que el lodo no se pega a sus ropas, así será con el que vive inocentemente en el mundo. Sean quienes sean los que quisieran ensuciar a tales hombres, en vano se afanan; porque Dios, pasado un poco de tiempo, hará que su inocencia resplandezca como la luz, y su justicia como el mediodía.
Luego los tomaron y los llevaron al Monte Caridad, donde les mostraron a un hombre que tenía ante sí un fardo de paño, del cual cortaba abrigos y vestidos para los pobres que le rodeaban; y con todo, su fardo o rollo de paño no menguaba nunca. Entonces dijeron: ¿Qué será esto? Esto es, dijeron los pastores, para mostraros que quien tiene corazón para dar de su trabajo a los pobres, jamás carecerá de con qué. El que riega, también será regado. Y la torta que la viuda dio al profeta no hizo que ella tuviese menos en su tinaja.
Los llevaron también al lugar donde vieron a un tal Necio y a un tal Falto-de-Seso lavando a un etíope, con intención de volverlo blanco; pero cuanto más lo lavaban, más negro se ponía. Entonces preguntaron a los pastores qué significaría aquello. Y ellos les dijeron: Así sucede con la persona vil; todos los medios empleados para procurarle buen nombre, al fin no harán sino volverla más abominable. Así fue con los fariseos; y así será con todos los hipócritas.
Entonces dijo Misericordia, la esposa de Mateo, a Cristiana su madre: Madre, quisiera, si fuese posible, ver el agujero de la ladera, o el que comúnmente llaman el Camino Lateral al infierno. Así que su madre expuso su deseo a los pastores. Fueron entonces a la puerta; estaba en la falda de una colina; y la abrieron, y pidieron a Misericordia que escuchara un rato. Ella escuchó, pues, y oyó a uno que decía: Maldito sea mi padre por haber retenido mis pies del camino de paz y de vida. Otro decía: ¡Ojalá hubiera sido despedazado antes que, por salvar mi vida, perder mi alma! Y otro decía: ¡Si hubiera de vivir de nuevo, cómo me negaría a mí mismo, antes que venir a este lugar! Entonces fue como si la mismísima tierra gimiera y temblara de espanto bajo los pies de esta joven; de suerte que se puso pálida, y vino temblando, diciendo: ¡Bienaventurado el hombre y la mujer que son librados de este lugar!
Ahora bien, cuando los pastores les hubieron mostrado todas estas cosas, los llevaron de vuelta al palacio, y los agasajaron con lo que la casa podía ofrecer. Mas Misericordia, siendo mujer joven y casada, anhelaba algo que había visto allí, pero le daba vergüenza pedirlo. Su suegra le preguntó entonces qué le aquejaba, pues parecía no estar bien. Entonces dijo Misericordia: Hay un espejo colgado en el comedor, del cual no puedo apartar mi pensamiento; si, por tanto, no lo tengo, creo que malograré mi criatura. Entonces dijo su madre: Mencionaré tus deseos a los pastores, y no te lo negarán. Mas ella dijo: Me da vergüenza que estos hombres sepan que lo anhelaba. No, hija mía, dijo ella, no es vergüenza, sino virtud, anhelar una cosa como esa. Así que dijo Misericordia: Entonces, madre, si te place, pregunta a los pastores si están dispuestos a venderlo.
Ahora bien, aquel espejo era uno entre mil. Presentaba a un hombre, de un modo, con sus propios rasgos exactamente; y sin más que volverlo de otro modo, mostraba el rostro mismo y la semejanza del Príncipe de los peregrinos en persona. Sí, he hablado con los que saben, y han dicho que han visto la mismísima corona de espinas sobre su cabeza al mirar en aquel espejo; han visto también en él las heridas de sus manos, de sus pies y de su costado. Más aún, tal es la excelencia que hay en este espejo, que lo mostrará a quien tenga deseo de verlo, ya vivo, ya muerto; ya en la tierra, ya en el cielo; ya en estado de humillación, ya en su exaltación; ya viniendo a padecer, ya viniendo a reinar. Santiago 1:23; 1 Corintios 13:12; 2 Corintios 3:18.
Cristiana, por tanto, fue aparte con los pastores (ahora bien, los nombres de los pastores eran Conocimiento, Experiencia, Vigilante y Sincero), y les dijo: Hay una de mis hijas, mujer encinta, que a mi parecer anhela algo que ha visto en esta casa; y piensa que malogrará su criatura si vosotros se lo negáis.
Experiencia: Llamadla, llamadla; de seguro tendrá aquello en que podamos ayudarla. Así que la llamaron, y le dijeron: Misericordia, ¿qué es esa cosa que quisieras tener? Entonces ella se sonrojó y dijo: El gran espejo que cuelga en el comedor. Así que Sincero corrió y lo trajo, y con gozoso consentimiento le fue dado. Entonces ella inclinó la cabeza, y dio gracias, y dijo: Por esto conozco que he hallado favor a vuestros ojos.
Dieron también a las otras jóvenes las cosas que deseaban, y a sus maridos grandes elogios, por cuanto se habían unido al Sr. Gran-Corazón en dar muerte al Gigante Desesperación, y en demoler el Castillo de la Duda.
Al cuello de Cristiana pusieron los pastores un brazalete, y así lo hicieron también en los cuellos de sus cuatro hijas; les pusieron asimismo zarcillos en las orejas, y joyas en la frente.
Cuando quisieron partir de allí, los dejaron ir en paz, mas no les dieron aquellas ciertas advertencias que antes se habían dado a Cristiano y a su compañero. La razón era que estos tenían a Gran-Corazón por guía, el cual conocía bien las cosas, y así podía darles sus advertencias más oportunamente, es decir, justo cuando el peligro estaba cercano. Las advertencias que Cristiano y su compañero habían recibido de los pastores, también las habían perdido para cuando llegó el tiempo en que tuvieron necesidad de ponerlas en práctica. Por lo cual, aquí estaba la ventaja que esta compañía tenía sobre la otra.
De allí siguieron adelante cantando, y decían:
«Ved cuán oportunamente están dispuestas las etapas
para el alivio de los que peregrinos se han hecho,
y cómo nos reciben sin estorbo alguno,
a nosotros que hacemos de la otra vida nuestra meta y hogar.
¡Cuántas novedades tienen para darnos,
a fin de que, aun peregrinos, vivamos vidas gozosas!
También nos otorgan tales cosas,
que muestran que peregrinos somos, dondequiera que vamos.»
Capítulo 21 completado
La Séptima Etapa