Capítulo 20 · 1 h de lectura
La Sexta Etapa
Ahora vi que siguieron hasta la subida que estaba un poco más adelante, levantada para servir de mirador a los peregrinos. Aquel era el lugar desde donde Cristiano tuvo la primera vista de Fiel, su hermano. Por eso, aquí se sentaron y descansaron. También aquí comieron y bebieron, y se alegraron, por cuanto habían obtenido liberación de este enemigo tan peligroso. Mientras estaban así sentados y comían, Cristiana preguntó al guía si no había recibido daño alguno en la batalla. Entonces dijo el Sr. Gran-Corazón: No, salvo un poco en mi carne; pero aun eso, lejos de serme perjuicio, es al presente una prueba de mi amor a mi señor y a ustedes, y será un medio, por la gracia, para acrecentar mi recompensa al fin.
Cristiana: Mas ¿no tuviste miedo, buen señor, cuando lo viste venir con su maza?
El Sr. Gran-Corazón: Es mi deber, dijo, desconfiar de mi propia capacidad, para poder apoyarme en Aquel que es más fuerte que todos.
Cristiana: Mas ¿qué pensaste cuando te derribó a tierra al primer golpe?
El Sr. Gran-Corazón: Pues pensé, dijo, que así fue tratado mi propio Maestro, y sin embargo fue él quien venció al fin. 2 Corintios 4:10,11; Romanos 8:37.
Mateo: Piensen ustedes lo que gusten, yo creo que Dios ha sido maravillosamente bueno con nosotros, tanto al sacarnos de este valle como al librarnos de la mano de este enemigo. Por mi parte, no veo razón para que desconfiemos más de nuestro Dios, pues ahora, y en un lugar como este, nos ha dado tal testimonio de su amor. Entonces se levantaron y siguieron adelante.
Ahora bien, un poco delante de ellos había un roble; y debajo de él, cuando llegaron, hallaron a un viejo peregrino profundamente dormido. Conocieron que era peregrino por sus ropas, su bordón y su cinto.
Así que el guía, el Sr. Gran-Corazón, lo despertó; y el anciano, al alzar los ojos, exclamó: ¿Qué sucede? ¿Quiénes son ustedes, y qué asunto los trae aquí?
El Sr. Gran-Corazón: Vamos, hombre, no te acalores tanto; aquí no hay sino amigos. Con todo, el anciano se levanta, se pone en guardia y quiere saber de ellos quiénes son. Entonces dijo el guía: Mi nombre es Gran-Corazón; soy el guía de estos peregrinos que van a la tierra Celestial.
El Sr. Honesto: Entonces dijo el Sr. Honesto: Les pido perdón; temí que ustedes fueran de la cuadrilla de aquellos que hace tiempo robaron su dinero a Poca-Fe; mas ahora que miro mejor a mi alrededor, percibo que son gente más honrada.
El Sr. Gran-Corazón: Pues ¿qué habrías hecho, o qué habrías podido hacer para defenderte, si en verdad hubiéramos sido de aquella cuadrilla?
El Sr. Honesto: ¡Hacer! Pues habría peleado mientras me quedara aliento; y de haberlo hecho así, estoy seguro de que jamás me habrías vencido; porque un cristiano nunca puede ser vencido, a menos que él mismo se rinda.
El Sr. Gran-Corazón: Bien dicho, padre Honesto, dijo el guía; pues por esto conozco que eres gallo de buena casta, porque has dicho la verdad.
El Sr. Honesto: Y por esto también conozco que sabes lo que es la verdadera peregrinación; porque todos los demás piensan que nosotros somos los que más pronto somos vencidos.
El Sr. Gran-Corazón: Bien, ya que tan felizmente nos hemos encontrado, te ruego me digas tu nombre, y el nombre del lugar de donde viniste.
El Sr. Honesto: Mi nombre no te lo puedo decir, pero vine del pueblo de la Estupidez; queda como a cuatro grados más allá de la Ciudad de Destrucción.
El Sr. Gran-Corazón: ¡Oh! ¿Eres tú aquel paisano? Entonces creo que medio te adivino: tu nombre es Vieja Honestidad, ¿no es así?
El Sr. Honesto: Entonces el anciano se sonrojó, y dijo: No la honestidad en abstracto, sino Honesto es mi nombre; y quisiera que mi naturaleza concuerde con lo que me llaman. Pero, señor, dijo el anciano, ¿cómo pudiste adivinar que soy tal hombre, viniendo de tal lugar?
El Sr. Gran-Corazón: Ya había oído de ti antes, por mi Maestro; porque él conoce todas las cosas que se hacen en la tierra. Pero muchas veces me he admirado de que alguno venga de tu lugar; porque tu pueblo es peor aún que la misma Ciudad de Destrucción.
El Sr. Honesto: Sí, estamos más apartados del sol, y por eso somos más fríos e insensibles. Mas aunque un hombre estuviera en una montaña de hielo, si el Sol de justicia se levantara sobre él, su corazón helado sentiría el deshielo; y así ha sido conmigo.
El Sr. Gran-Corazón: Lo creo, padre Honesto, lo creo; porque sé que esto es verdad.
Entonces el anciano saludó a todos los peregrinos con un santo beso de caridad, y les preguntó sus nombres, y cómo les había ido desde que emprendieron su peregrinación.
Cristiana: Entonces dijo Cristiana: Mi nombre supongo que lo has oído; el buen Cristiano fue mi esposo, y estos cuatro son sus hijos. Pero ¿pueden imaginar cómo quedó el anciano cuando ella le dijo quién era? Dio saltos, sonrió, los bendijo con mil buenos deseos, diciendo:
El Sr. Honesto: Mucho he oído de tu esposo, y de sus viajes y guerras que soportó en sus días. Dígase para tu consuelo: el nombre de tu esposo resuena por todas estas partes del mundo; su fe, su valor, su perseverancia y su sinceridad en medio de todo habían hecho famoso su nombre. Entonces se volvió a los muchachos, y les preguntó sus nombres, los cuales le dijeron. Entonces les dijo: Mateo, sé tú como Mateo el publicano, no en el vicio, sino en la virtud. Mateo 10:3. Samuel, dijo, sé tú como Samuel el profeta, varón de fe y de oración. Salmos 99:6. José, dijo, sé tú como José en la casa de Potifar, casto, y de los que huyen de la tentación. Génesis 39. Y Jacobo, sé tú como Jacobo el justo, y como Jacobo el hermano de nuestro Señor. Hechos 1:13. Entonces le hablaron de Misericordia, y de cómo ella había dejado su pueblo y su parentela para venir con Cristiana y sus hijos. Ante esto dijo el viejo y honesto hombre: Misericordia es tu nombre; por la misericordia serás sostenida y llevada a través de todas las dificultades que te asalten en tu camino, hasta que llegues allá donde mirarás con consuelo el rostro de la Fuente de la misericordia. Durante todo este tiempo el guía, el Sr. Gran-Corazón, estaba muy complacido, y sonreía a sus compañeros.
Ahora bien, mientras caminaban juntos, el guía preguntó al anciano si no conocía a cierto Sr. Temeroso, que había salido en peregrinación de sus tierras.
El Sr. Honesto: Sí, muy bien, dijo. Era un hombre que tenía en sí la raíz del asunto; pero fue uno de los peregrinos más fastidiosos con que jamás me haya topado en todos mis días.
El Sr. Gran-Corazón: Percibo que lo conociste, pues has dado de él un retrato muy acertado.
El Sr. Honesto: ¡Que si lo conocí! Fui gran compañero suyo; estuve con él casi hasta el fin; cuando comenzó a pensar por primera vez en lo que vendría sobre nosotros en el más allá, yo estaba con él.
El Sr. Gran-Corazón: Yo fui su guía desde la casa de mi Maestro hasta las puertas de la Ciudad Celestial.
El Sr. Honesto: Entonces sabías que era de los fastidiosos.
El Sr. Gran-Corazón: Así es; pero bien podía sobrellevarlo; porque a los hombres de mi oficio muchas veces se nos confía la conducción de personas como él era.
El Sr. Honesto: Pues bien, te ruego que oigamos un poco de él, y de cómo se condujo bajo tu guía.
El Sr. Gran-Corazón: Pues siempre tenía miedo de quedarse corto de aquello adonde deseaba llegar. Todo lo asustaba, cuanto oía decir a cualquiera, con tal que tuviese la menor apariencia de oposición. Oí que estuvo bramando junto al Pantano del Desaliento por más de un mes seguido; y, aunque vio a varios pasar antes que él, no se atrevía a arriesgarse, por más que muchos de ellos le ofrecían sus manos. Y tampoco quería volverse atrás. La Ciudad Celestial: decía que moriría si no llegaba a ella; y sin embargo se abatía ante cada dificultad, y tropezaba con cada pajita que alguien le arrojaba en el camino. Pues bien, después de haber estado tendido junto al Pantano del Desaliento largo tiempo, como te he dicho, una mañana de sol, no sé cómo, se arriesgó, y así lo cruzó; pero cuando estuvo al otro lado, apenas podía creerlo. Tenía, creo, un Pantano del Desaliento en su mente, un pantano que llevaba consigo a todas partes, pues de otro modo nunca habría sido como era. Así llegó a la puerta, ya sabes a cuál me refiero, la que está a la entrada de este camino, y allí también se quedó buen rato antes de atreverse a llamar. Cuando la puerta se abría, retrocedía, cedía el paso a otros, y decía que no era digno. Porque, aunque llegó a la puerta antes que algunos, muchos de ellos entraron antes que él. Allí el pobre hombre se quedaba temblando y encogido; me atrevo a decir que habría dado lástima al corazón verlo. Y tampoco quería volverse atrás. Al fin tomó en su mano el aldabón que colgaba de la puerta, y dio uno o dos golpecitos; entonces alguien le abrió, pero él se encogió como antes. El que abrió salió tras él, y dijo: Tú, tembloroso, ¿qué deseas? Con esto cayó a tierra. El que le habló se maravilló de verlo tan desfallecido, y le dijo: Paz a ti; levántate, porque te he abierto la puerta; entra, porque bendito eres. Con esto se levantó, y entró temblando; y cuando estuvo dentro, tuvo vergüenza de mostrar el rostro. Pues bien, después de haber sido allí atendido un rato, como sabes que es la costumbre, se le mandó seguir su camino, y también se le indicó la ruta que debía tomar. Así siguió hasta que llegó a nuestra casa; pero tal como se portó en la puerta, así lo hizo a la puerta de mi Maestro el Intérprete. Estuvo por allí en el frío buen rato antes de aventurarse a llamar; mas no quería volverse atrás; y las noches eran entonces largas y frías. Es más, llevaba en su seno una nota de necesidad para mi señor, pidiéndole que lo recibiera, y le concediera el consuelo de su casa, y también le asignara un conductor recio y valiente, por ser él hombre tan pusilánime; y con todo eso tenía miedo de llamar a la puerta. Así andaba de un lado a otro por allí, hasta que, pobre hombre, casi se muere de hambre; sí, tan grande era su abatimiento, que aunque veía entrar a varios otros por haber llamado, aun así tenía miedo de arriesgarse. Al fin, creo que me asomé por la ventana, y al percibir a un hombre que andaba de un lado a otro cerca de la puerta, salí a él, y le pregunté quién era; pero, pobre hombre, se le llenaron los ojos de lágrimas; así percibí lo que quería. Entré, pues, y lo conté en la casa, y expusimos el asunto a nuestro Señor; entonces me envió de nuevo afuera, a rogarle que entrara; pero me atrevo a decir que me costó gran trabajo lograrlo. Al fin entró; y he de decir esto en favor de mi Señor: lo trató con maravillosa ternura. No había sino unos pocos buenos bocados en la mesa, pero algo de ello se puso en su plato. Entonces presentó la nota; y mi Señor la miró, y dijo que su deseo le sería concedido. Y así, cuando hubo estado allí buen tiempo, pareció cobrar algún ánimo, y estar un poco más consolado. Porque mi Maestro, has de saberlo, es de entrañas muy tiernas, especialmente para con los que tienen miedo; por lo cual lo trató de la manera que más pudiera alentarlo. Pues bien, cuando hubo visto las cosas del lugar, y estaba listo para emprender su viaje hacia la ciudad, mi Señor, como antes hizo con Cristiano, le dio una botella de licores, y algunas cosas reconfortantes para comer. Así partimos, y yo iba delante de él; pero el hombre era de pocas palabras, solo que suspiraba en alta voz.
Cuando llegamos adonde estaban colgados los tres compañeros, dijo que temía que aquel fuera también su fin. Solo pareció alegrarse cuando vio la cruz y el sepulcro. Allí, lo confieso, deseó detenerse un poco a mirar; y por un rato después pareció estar un tanto animado. Cuando llegó a la Colina de la Dificultad, no se detuvo en ello, ni temió mucho a los leones; porque has de saber que sus congojas no eran acerca de cosas como estas; su temor era acerca de su aceptación al fin.
Lo hice entrar en la Casa Hermosa, creo, antes de que él quisiera. También, cuando estuvo dentro, le presenté a las doncellas del lugar; pero le daba vergüenza mostrarse mucho en compañía. Deseaba mucho estar solo; y sin embargo siempre amaba la buena conversación, y a menudo se ponía detrás del biombo para oírla. Amaba también mucho ver cosas antiguas, y ponerse a meditarlas en su mente. Después me dijo que le gustaba estar en aquellas dos casas de donde había venido últimamente, a saber, la de la puerta, y la del Intérprete, pero que no se atrevía a ser tan osado como para pedirlo.
Cuando bajamos también de la Casa Hermosa, colina abajo, al Valle de la Humillación, descendió tan bien como jamás vi a hombre alguno en mi vida; porque no le importaba cuán abatido estuviera, con tal de ser feliz al fin. Sí, creo que había una especie de simpatía entre aquel Valle y él; porque nunca lo vi mejor en toda su peregrinación que como estuvo en aquel Valle.
Aquí se tendía, abrazaba el suelo, y besaba las mismísimas flores que crecían en este valle. Lamentaciones 3:27-29. Ahora se levantaba cada mañana al despuntar el día, recorriendo y paseando de un lado a otro por el valle.
Pero cuando llegó a la entrada del Valle de Sombra de Muerte, pensé que iba a perder a mi hombre; no porque tuviese inclinación alguna a volverse atrás, cosa que siempre aborreció; sino que estaba a punto de morir de miedo. ¡Oh, los duendes me atraparán! ¡los duendes me atraparán!, gritaba; y no podía sacárselo de la cabeza. Aquí hizo tal ruido, y tal clamor, que si acaso lo hubieran oído, bastaba para animarlos a venir y caer sobre nosotros.
Pero de esto tomé muy gran nota: que este valle estuvo tan tranquilo cuando lo atravesamos, como jamás lo conocí antes ni después. Supongo que aquellos enemigos tenían aquí ahora un freno especial de nuestro Señor, y una orden de no entrometerse hasta que el Sr. Temeroso lo hubiera cruzado.
Sería demasiado tedioso contarte todo; así que solo mencionaremos un pasaje o dos más. Cuando llegó a la Feria de la Vanidad, pensé que iba a pelear con todos los hombres de la feria. Temí que allí nos partieran la cabeza a los dos, tan encendido estaba contra sus necedades. En la Tierra Encantada estuvo muy despierto. Pero cuando llegó al río donde no había puente, allí de nuevo se halló en grave apuro. Ahora, ahora, decía, se ahogaría para siempre, y así nunca vería con consuelo aquel rostro que había venido tantas millas a contemplar.
Y aquí también observé algo muy notable: el agua de aquel río estaba más baja en esta ocasión que como jamás la vi en toda mi vida; así que al fin lo cruzó, sin mojarse mucho más que los pies. Cuando iba subiendo hacia la puerta, comencé a despedirme de él, y a desearle una buena acogida en las alturas. Entonces dijo: La tendré, la tendré. Luego nos separamos, y no lo vi más.
El Sr. Honesto: ¿Entonces parece que al fin le fue bien?
El Sr. Gran-Corazón: Sí, sí, nunca tuve duda acerca de él. Era hombre de espíritu escogido, solo que siempre se le mantuvo muy abatido, y eso hizo su vida tan pesada para sí mismo, y tan fastidiosa para los demás. Salmos 88. Era, por encima de muchos, sensible al pecado; tenía tanto temor de hacer agravios a otros, que a menudo se privaba de lo que era lícito, por no ofender. Romanos 14:21; 1 Corintios 8:13.
El Sr. Honesto: Pero ¿cuál sería la razón de que un hombre tan bueno estuviera todos sus días tan a oscuras?
El Sr. Gran-Corazón: Hay dos clases de razones para ello. Una es que el sabio Dios así lo quiere: unos han de tocar la flauta, y otros han de llorar. Mateo 11:16. Ahora bien, el Sr. Temeroso era de los que tocaban el bajo. Él y sus compañeros tañen el sacabuche, cuyas notas son más lastimeras que las notas de la demás música; aunque, en verdad, algunos dicen que el bajo es el fundamento de la música. Y por mi parte, no me importa nada aquella profesión que no comienza en pesadumbre de ánimo. La primera cuerda que el músico suele tocar es el bajo, cuando se propone poner todo a tono. También Dios toca primero esta cuerda, cuando afina el alma para sí mismo. Solo que en esto estaba la imperfección del Sr. Temeroso: no sabía tocar otra música sino esta, hasta cerca de su fin.
[Me tomo la libertad de hablar así metafóricamente para el aguzamiento del ingenio de los lectores jóvenes, y porque, en el libro del Apocalipsis, los salvos son comparados a una compañía de músicos, que tañen sus trompetas y arpas, y cantan sus cánticos ante el trono. Apocalipsis 5:8; 14:2,3.]
El Sr. Honesto: Era hombre muy celoso, como se puede ver por el relato que has hecho de él. Las dificultades, los leones, o la Feria de la Vanidad, no los temía en absoluto; solo el pecado, la muerte y el infierno le eran un terror, porque tenía algunas dudas acerca de su parte en aquella tierra celestial.
El Sr. Gran-Corazón: Dices bien; esas eran las cosas que lo atribulaban; y ellas, como bien has observado, brotaban de la flaqueza de su mente en ese punto, no de flaqueza de espíritu en cuanto a la parte práctica de la vida del peregrino. Me atrevo a creer que, como dice el proverbio, habría podido morder un tizón encendido, si se le hubiera puesto en el camino; pero las cosas con que estaba oprimido, ningún hombre pudo jamás sacudírselas con facilidad.
Cristiana: Entonces dijo Cristiana: Este relato del Sr. Temeroso me ha hecho bien; pensaba que nadie había sido como yo. Pero veo que había cierta semejanza entre este buen hombre y yo; solo que nos diferenciábamos en dos cosas. Sus congojas eran tan grandes que estallaban; pero las mías las guardaba dentro. Las suyas también le pesaban tanto, que hacían que no pudiera llamar a las casas dispuestas para el hospedaje; pero mi congoja era siempre tal que me hacía llamar con más fuerza.
Misericordia: Si también me es permitido hablar mi corazón, he de decir que algo de él ha morado también en mí. Porque siempre he tenido más miedo del lago, y de perder un lugar en el paraíso, que de la pérdida de otras cosas. Oh, pensaba yo, ¡ojalá tenga la dicha de tener una morada allí! Basta con eso, aunque me desprenda de todo el mundo para ganarlo.
Mateo: Entonces dijo Mateo: El temor fue una cosa que me hacía pensar que estaba lejos de tener en mí aquello que acompaña a la salvación. Pero si así fue con un hombre tan bueno como él, ¿por qué no habría de irme bien también a mí?
Jacobo: Sin temores no hay gracia, dijo Jacobo. Aunque no siempre hay gracia donde hay temor del infierno, sin embargo, con seguridad, no hay gracia donde no hay temor de Dios.
El Sr. Gran-Corazón: Bien dicho, Jacobo; has dado en el blanco. Porque el temor de Dios es el principio de la sabiduría; y con seguridad, los que carecen del principio no tienen ni medio ni fin. Pero aquí concluiremos nuestro discurso sobre el Sr. Temeroso, después de haberle enviado esta despedida.
«Bien, maestro Temeroso, tú temiste
a tu Dios, y tuviste miedo
de hacer cosa alguna, mientras aquí,
que te hubiera traicionado.
¿Y temiste tú el lago y el abismo?
¡Ojalá otros hicieran igual!
Pues, en cuanto a los que carecen de tu juicio,
ellos mismos se arruinan.»
Ahora vi que aún seguían en su conversación. Porque después de que el Sr. Gran-Corazón hubo terminado con el Sr. Temeroso, el Sr. Honesto comenzó a hablarles de otro, cuyo nombre era el Sr. Voluntad-Propia. Se hacía pasar por peregrino, dijo el Sr. Honesto; pero me persuado de que nunca entró por la puerta que está a la entrada del camino.
El Sr. Gran-Corazón: ¿Alguna vez hablaste con él acerca de ello?
El Sr. Honesto: Sí, más de una o dos veces; pero siempre era como él mismo, voluntarioso. No le importaban ni el hombre, ni el argumento, ni tampoco el ejemplo; lo que su mente le sugería, eso hacía, y a ninguna otra cosa se le podía llevar a hacer.
El Sr. Gran-Corazón: Dime, ¿qué principios sostenía? pues supongo que lo puedes decir.
El Sr. Honesto: Sostenía que un hombre podía seguir tanto los vicios como las virtudes de los peregrinos; y que si hacía ambas cosas, sería ciertamente salvo.
El Sr. Gran-Corazón: ¿Cómo? Si hubiera dicho que es posible que el mejor sea culpable de los vicios, así como partícipe de las virtudes de los peregrinos, no se le podría haber culpado mucho; porque en verdad no estamos exentos de ningún vicio de manera absoluta, sino a condición de que velemos y luchemos. Pero esto, percibo, no es lo que dice; sino que, si te entiendo bien, tu sentido es que él era de la opinión de que era permitido ser así.
El Sr. Honesto: Sí, sí, eso quiero decir, y así lo creía y lo practicaba.
El Sr. Gran-Corazón: Pero ¿qué fundamentos tenía para decir tal cosa?
El Sr. Honesto: Pues decía que tenía la Escritura por garantía.
El Sr. Gran-Corazón: Te ruego, Sr. Honesto, que nos presentes unos cuantos pormenores.
El Sr. Honesto: Así lo haré. Decía que el tener trato con las mujeres de otros hombres lo había practicado David, el amado de Dios; y por tanto él podía hacerlo. Decía que tener más de una mujer era cosa que Salomón practicó, y por tanto él podía hacerlo. Decía que Sara y las piadosas parteras de Egipto mintieron, y también así se salvó Rahab, y por tanto él podía hacerlo. Decía que los discípulos, por mandato de su Maestro, tomaron el asna del dueño, y por tanto él también podía hacerlo. Decía que Jacob obtuvo la herencia de su padre por vía de engaño y disimulo, y por tanto él también podía hacerlo.
El Sr. Gran-Corazón: ¡Vileza de la más alta, en verdad! ¿Y estás seguro de que era de esta opinión?
El Sr. Honesto: Lo oí alegar en su favor, traer Escritura para ello, traer argumentos para ello, etc.
El Sr. Gran-Corazón: ¡Una opinión que no merece consentimiento alguno en el mundo!
El Sr. Honesto: Debes entenderme rectamente: no decía que cualquier hombre pudiera hacer esto; sino que los que tenían las virtudes de aquellos que hicieron tales cosas, podían también hacer lo mismo.
El Sr. Gran-Corazón: Pero ¿qué más falso que semejante conclusión? Porque esto equivale a decir que, porque hombres buenos pecaron antaño por flaqueza, por eso él tenía licencia para hacerlo con ánimo presuntuoso; o que si, porque un niño, por el soplo del viento, o por haber tropezado con una piedra, cayó y se ensució en el lodo, por eso él pudiera adrede echarse a revolcarse como un cerdo en él. ¿Quién habría pensado que alguien pudiera ser tan cegado por el poder de la concupiscencia? Pero lo que está escrito ha de ser verdad: «tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados». 1 Pedro 2:8. Su suponer que tales pueden tener las virtudes de los hombres piadosos, siendo así que se entregan a sus vicios, es también un engaño tan fuerte como el otro. Devorar el pecado del pueblo de Dios, Oseas 4:8, como un perro lame la inmundicia, no es señal de que uno esté poseído de sus virtudes. Ni puedo creer que quien es de esta opinión pueda al presente tener fe o amor en sí. Pero sé que le has hecho fuertes objeciones; dime, ¿qué puede decir en su favor?
El Sr. Honesto: Pues dice que hacer esto por vía de opinión parece con mucho más honesto que hacerlo, y sin embargo sostener en la opinión lo contrario.
El Sr. Gran-Corazón: Respuesta muy perversa. Porque aunque soltar la rienda a las concupiscencias, mientras nuestras opiniones están contra tales cosas, es malo; sin embargo, pecar, y alegar una tolerancia para hacerlo, es peor: lo uno hace tropezar a los que miran accidentalmente, lo otro los conduce al lazo.
El Sr. Honesto: Hay muchos del sentir de este hombre, que no tienen la boca de este hombre; y eso hace que el ir en peregrinación sea de tan poca estima como lo es.
El Sr. Gran-Corazón: Has dicho la verdad, y es cosa de lamentar; pero el que teme al Rey del paraíso, saldrá de todas ellas.
Cristiana: Hay opiniones extrañas en el mundo. Conozco a uno que decía que había tiempo de sobra para arrepentirse cuando llegáramos a morir.
El Sr. Gran-Corazón: Tales no son muy sabios; aquel hombre, si hubiera tenido una semana para correr veinte millas en su vida, habría sido reacio a diferir su viaje hasta la última hora de esa semana.
El Sr. Honesto: Dices bien; y sin embargo la generalidad de los que se cuentan por peregrinos, en verdad hacen así. Yo soy, como ves, un hombre viejo, y he sido viajero en este camino muchos días; y he tomado nota de muchas cosas.
He visto a algunos que partieron como si fueran a arrear ante sí a todo el mundo, quienes sin embargo, en pocos días, murieron como aquellos en el desierto, y así nunca alcanzaron a ver la tierra prometida. He visto a algunos que no prometían nada al principio, al ponerse en marcha como peregrinos, y de quienes se habría pensado que no vivirían ni un día, y que sin embargo resultaron ser muy buenos peregrinos. He visto a algunos que corrieron precipitadamente hacia adelante, y que de nuevo, al cabo de poco tiempo, corrieron con igual rapidez hacia atrás. He visto a algunos que hablaron muy bien de la vida del peregrino al principio, y que al cabo de un tiempo hablaron otro tanto en contra de ella. He oído a algunos que, cuando por primera vez partieron hacia el paraíso, afirmaban positivamente que tal lugar existe, quienes, estando casi allí, se volvieron atrás, y dijeron que no lo hay. He oído a algunos jactarse de lo que harían en caso de ser opuestos, y que, aun ante una falsa alarma, huyeron dejando la fe, el camino del peregrino, y todo.
Ahora bien, mientras iban así por su camino, vino uno corriendo a su encuentro, y dijo: Señores, y ustedes los del sexo más débil, si aman la vida, pónganse a salvo, porque los ladrones están delante de ustedes.
El Sr. Gran-Corazón: Entonces dijo el Sr. Gran-Corazón: Son los tres que antaño atacaron a Poca-Fe. Bien, dijo, estamos listos para ellos; y así siguieron su camino. Ahora bien, en cada recodo miraban por si se topaban con los bellacos; pero, ya sea que hubieran oído del Sr. Gran-Corazón, ya sea que tuvieran alguna otra presa, no se acercaron a los peregrinos.
Cristiana deseó entonces una posada para reponerse ella y sus hijos, porque estaban cansados. Entonces dijo el Sr. Honesto: Hay una un poco delante de nosotros, donde mora un discípulo muy honorable, cierto Gayo. Romanos 16:23. Así que todos resolvieron entrar allí; y tanto más, por cuanto el anciano dio de él tan buen informe. Cuando llegaron a la puerta entraron, sin llamar, porque no se acostumbra llamar a la puerta de una posada. Entonces preguntaron por el amo de la casa, y él vino a ellos. Y le preguntaron si podían alojarse allí aquella noche.
Gayo: Sí, señores, si son hombres de verdad; porque mi casa no es sino para peregrinos. Entonces Cristiana, Misericordia y los muchachos se alegraron tanto más, por cuanto el posadero era amante de los peregrinos. Así que pidieron habitaciones, y él les mostró una para Cristiana y sus hijos y Misericordia, y otra para el Sr. Gran-Corazón y el anciano.
El Sr. Gran-Corazón: Entonces dijo el Sr. Gran-Corazón: Buen Gayo, ¿qué tienes para la cena? porque estos peregrinos han venido de lejos hoy, y están cansados.
Gayo: Es tarde, dijo Gayo, así que no podemos salir con comodidad a buscar comida; pero de lo que tenemos serán bienvenidos a servirse, si con eso se conforman.
El Sr. Gran-Corazón: Nos conformaremos con lo que tengas en la casa; pues por lo mucho que te he probado, nunca estás falto de lo que conviene.
Entonces bajó y habló al cocinero, cuyo nombre era Prueba-lo-que-es-bueno, para que preparara la cena para tantos peregrinos. Hecho esto, sube de nuevo, diciendo: Vengan, mis buenos amigos, son bienvenidos a mi lado, y me alegro de tener una casa donde hospedarlos; y mientras se prepara la cena, si les place, entretengámonos unos a otros con algún buen discurso; así que todos dijeron: De acuerdo.
Gayo: Entonces dijo Gayo: ¿De quién es esposa esta anciana matrona? ¿y de quién es hija esta joven doncella?
El Sr. Gran-Corazón: Esta mujer es la esposa de cierto Cristiano, peregrino de tiempos pasados; y estos son sus cuatro hijos. La doncella es una de sus conocidas, a quien ella ha persuadido de venir con ella en peregrinación. Los muchachos salen todos a su padre, y ansían andar por sus pasos; sí, con solo ver algún lugar donde el viejo peregrino se haya recostado, o alguna huella de su pie, brota gozo en sus corazones, y ansían recostarse o pisar en el mismo.
Gayo: Entonces dijo Gayo: ¿Es esta la esposa de Cristiano, y son estos los hijos de Cristiano? Conocí al padre de tu esposo, sí, y también al padre de su padre. Muchos de este linaje han sido buenos; sus antepasados moraron primero en Antioquía. Hechos 11:26. Los progenitores de Cristiano (supongo que has oído a tu esposo hablar de ellos) fueron hombres muy dignos. Se han mostrado, por encima de cuantos conozco, hombres de gran virtud y valor por el Señor de los peregrinos, sus caminos, y los que le amaban. He oído de muchos parientes de tu esposo que sostuvieron toda prueba por amor de la verdad. Esteban, que fue uno de los primeros de la familia de donde tu esposo procedía, fue muerto a pedradas en la cabeza. Hechos 7:59, 60. Jacobo, otro de esta generación, fue muerto a filo de espada. Hechos 12:2. Por no decir nada de Pablo y Pedro, hombres antiguamente de la familia de donde vino tu esposo, estuvo Ignacio, que fue arrojado a los leones; Romano, cuya carne fue cortada a pedazos de sus huesos; y Policarpo, que se portó como hombre en el fuego. Estuvo aquel que fue colgado en una cesta al sol para que las avispas lo comieran; y aquel a quien metieron en un saco, y lo arrojaron al mar para que se ahogara. Sería imposible contar del todo a todos los de aquella familia que han sufrido agravios y muerte por el amor a la vida del peregrino. Ni puedo menos que alegrarme de ver que tu esposo ha dejado tras de sí cuatro muchachos como estos. Espero que sostengan el nombre de su padre, y anden por los pasos de su padre, y lleguen al fin de su padre.
El Sr. Gran-Corazón: En verdad, señor, son muchachos prometedores; parece que escogen de corazón los caminos de su padre.
Gayo: Eso es lo que dije. Por lo cual la familia de Cristiano es probable que aún se extienda por la faz del suelo, y sea numerosa sobre la faz de la tierra; que Cristiana busque algunas doncellas para sus hijos, con quienes puedan desposarse, etc., para que el nombre de su padre, y la casa de sus progenitores, jamás sean olvidados en el mundo.
El Sr. Honesto: Es lástima que su familia caiga y se extinga.
Gayo: Caer no puede, pero menguar sí puede; mas que Cristiana tome mi consejo, y ese es el modo de sostenerla. Y, Cristiana, dijo este posadero, me alegro de verte a ti y a tu amiga Misericordia juntas aquí, una pareja encantadora. Y si se me permite aconsejar, toma a Misericordia en un parentesco más cercano a ti: si ella quiere, que sea dada a Mateo, tu hijo mayor. Es el modo de preservar una posteridad en la tierra. Así que este enlace quedó concertado, y con el correr del tiempo se casaron; pero más de eso más adelante.
Gayo prosiguió también, y dijo: Hablaré ahora en favor de las mujeres, para quitar su reproche. Porque así como la muerte y la maldición entraron en el mundo por una mujer, Génesis 3, así también entraron la vida y la salud: Dios envió a su Hijo, nacido de mujer. Gálatas 4:4. Sí, para mostrar cuánto aborrecieron los que vinieron después el acto de la madre, este sexo en el Antiguo Testamento ansiaba tener hijos, por si acaso esta o aquella mujer llegara a ser la madre del Salvador del mundo. Diré de nuevo que, cuando el Salvador hubo venido, las mujeres se regocijaron en él, antes que ningún hombre o ángel. Lucas 1:42-46. No leo que jamás hombre alguno diera a Cristo ni siquiera una moneda; pero las mujeres le seguían, y le servían de sus bienes. Lucas 8:2,3. Fue una mujer la que lavó sus pies con lágrimas, Lucas 7:37-50, y una mujer la que ungió su cuerpo para la sepultura. Juan 11:2; 12:3. Fueron mujeres las que lloraron cuando él iba camino de la cruz, Lucas 23:27, y mujeres las que le siguieron desde la cruz, Mateo 27:55,56; Lucas 23:55, y se sentaron enfrente de su sepulcro cuando fue sepultado. Mateo 27:61. Fueron mujeres las primeras que estuvieron con él en la mañana de su resurrección, Lucas 24:1, y mujeres las que primero llevaron a sus discípulos la nueva de que había resucitado de los muertos. Lucas 24:22,23. Por tanto las mujeres son altamente favorecidas, y muestran por estas cosas que son partícipes con nosotros de la gracia de la vida.
Ahora el cocinero mandó recado de que la cena estaba casi lista, y envió a uno a poner el mantel, y los platos, y a disponer en orden la sal y el pan.
Entonces dijo Mateo: La vista de este mantel, y de este precursor de la cena, engendra en mí mayor apetito de mi comida que el que tenía antes.
Gayo: Así, que todas las doctrinas que te sirven en esta vida engendren en ti un mayor deseo de sentarte a la cena del gran Rey en su reino; porque toda predicación, libros y ordenanzas de aquí, no son sino como el poner los platos, y el disponer la sal sobre la mesa, comparado con el festín que nuestro Señor nos hará cuando lleguemos a su casa.
Y así subió la cena. Y primero se puso sobre la mesa delante de ellos una espaldilla elevada y un pecho mecido; para mostrar que debían comenzar su comida con oración y alabanza a Dios. Con la espaldilla elevada, David alzaba su corazón a Dios; y con el pecho mecido, donde estaba su corazón, solía recostarse sobre su arpa cuando tañía. Levítico 7:32-34; 10:14,15; Salmos 25:1; Hebreos 13:15. Estos dos platos estaban muy frescos y buenos, y todos comieron de ellos de buena gana.
Lo siguiente que subieron fue una botella de vino, tan rojo como la sangre. Deuteronomio 32:14; Jueces 9:13; Juan 15:5. Entonces Gayo les dijo: Beban libremente; este es el verdadero zumo de la vid, que alegra el corazón de Dios y del hombre. Así que bebieron y se alegraron.
Lo siguiente fue un plato de leche con pan bien migado; Gayo dijo: Que los muchachos tomen eso, para que con ello crezcan. 1 Pedro 2:1,2.
Luego trajeron a su turno un plato de mantequilla y miel. Entonces dijo Gayo: Coman libremente de esto, porque es bueno para animar y fortalecer sus juicios y entendimientos. Este fue el plato de nuestro Señor cuando era niño: «Comerá mantequilla y miel, hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno». Isaías 7:15.
Luego les subieron un plato de manzanas, y eran fruta de muy buen sabor. Entonces dijo Mateo: ¿Podemos comer manzanas, siendo así que fue con tal fruta con la que la serpiente engañó a nuestra primera madre?
Entonces dijo Gayo:
«Manzanas fueron aquellas con que fuimos engañados,
mas el pecado, no las manzanas, nuestras almas ha manchado:
Manzanas prohibidas, si se comen, corrompen la sangre;
comer tales, cuando se ordena, nos hace bien:
Bebe, pues, de sus copas, tú iglesia, su paloma,
y come sus manzanas, tú que estás enferma de amor.»
Entonces dijo Mateo: Puse el reparo, porque hace algún tiempo enfermé por comer fruta.
Gayo: La fruta prohibida te hará enfermar; pero no la que nuestro Señor ha tolerado.
Mientras así conversaban, les presentaron otro plato, y era un plato de nueces. Cantares 6:11. Entonces dijeron algunos a la mesa: Las nueces estropean los dientes delicados, especialmente los dientes de los niños; lo cual, cuando Gayo lo oyó, dijo:
«Los textos difíciles son nueces (no las llamaré tramposas),
cuyas cáscaras guardan el meollo de los que comen:
Abre las cáscaras, y tendrás la pulpa;
aquí las traen para que las partas y comas.»
Entonces se pusieron muy alegres, y estuvieron largo rato a la mesa, hablando de muchas cosas. Entonces dijo el anciano: Mi buen posadero, mientras partimos tus nueces, si te place, resuelve este acertijo:
«Hubo un hombre, aunque algunos lo tenían por loco,
cuanto más desechaba, más tenía.»
Entonces todos prestaron buena atención, preguntándose qué diría el buen Gayo; así que él se quedó quieto un rato, y luego respondió así:
«El que da sus bienes a los pobres,
tendrá otro tanto de nuevo, y diez veces más.»
Entonces dijo José: A fe mía, señor, no pensé que pudieras dar con la respuesta.
Oh, dijo Gayo, hace ya gran tiempo que he sido instruido en este camino: nada enseña como la experiencia. He aprendido de mi Señor a ser bondadoso, y he hallado por experiencia que con ello he ganado. Hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza. Hay quienes pretenden ser ricos, y no tienen nada; y hay quienes pretenden ser pobres, y tienen muchas riquezas. Proverbios 11:24; 13:7.
Entonces Samuel susurró a Cristiana, su madre, y dijo: Madre, esta es la casa de un hombre muy bueno; quedémonos aquí buen tiempo, y que mi hermano Mateo se case aquí con Misericordia, antes de que sigamos más adelante. Lo cual, oyéndolo Gayo el anfitrión, dijo: De muy buena gana, hijo mío.
Así que se quedaron allí más de un mes, y Misericordia fue dada a Mateo por esposa.
Mientras se quedaron aquí, Misericordia, como era su costumbre, se dedicaba a hacer túnicas y vestidos para dar a los pobres, con lo cual atrajo muy buen renombre sobre los peregrinos.
Pero, volviendo de nuevo a nuestra historia: después de la cena, los muchachos pidieron una cama, porque estaban cansados del camino. Entonces Gayo llamó para que les mostraran su aposento; pero dijo Misericordia: Yo los llevaré a la cama. Así que los llevó a la cama, y durmieron bien; pero los demás velaron toda la noche; porque Gayo y ellos eran compañía tan a propósito, que no sabían cómo separarse. Después de mucho hablar de su Señor, de sí mismos, y de su viaje, el viejo Sr. Honesto, el que había propuesto el acertijo a Gayo, comenzó a cabecear. Entonces dijo Gran-Corazón: ¿Qué, señor, comienzas a adormecerte? vamos, despabílate, que ahora hay aquí un acertijo para ti. Entonces dijo el Sr. Honesto: Oigámoslo. Entonces respondió el Sr. Gran-Corazón:
«El que quisiera matar, primero debe ser vencido:
el que quisiera vivir afuera, primero debe morir en casa.»
Ja, dijo el Sr. Honesto, es uno difícil; difícil de exponer, y más difícil de practicar. Pero vamos, posadero, dijo, si te place, te dejaré mi parte a ti: exponlo tú, y yo oiré lo que digas.
No, dijo Gayo, se te propuso a ti, y se espera que tú lo respondas. Entonces dijo el anciano:
«Por la gracia primero ha de ser conquistado
el que quisiera al pecado mortificar;
el que quiera convencerme de que vive,
a sí mismo ha de morir.»
Es correcto, dijo Gayo; la buena doctrina y la experiencia enseñan esto. Porque, primero, hasta que la gracia se despliega, y vence al alma con su gloria, esta está del todo sin ánimo para oponerse al pecado. Además, si el pecado son las cuerdas de Satanás, con que el alma yace atada, ¿cómo habría de hacer resistencia antes de ser soltada de aquella flaqueza? En segundo lugar, ni ninguno que conozca la razón o la gracia creerá que pueda ser monumento viviente de gracia un hombre que es esclavo de sus propias corrupciones. Y ahora que me viene a la mente, les contaré una historia digna de oírse. Había dos hombres que iban en peregrinación; el uno comenzó cuando era joven, el otro cuando era viejo. El joven tenía fuertes corrupciones con que forcejear; las del viejo estaban debilitadas por los estragos de la naturaleza. El joven anduvo sus pasos tan parejo como el viejo, y era en todo tan ligero como él. ¿Cuál de ellos, ahora, tenía sus gracias brillando con más claridad, siendo así que ambos parecían iguales?
El Sr. Honesto: Las del joven, sin duda. Porque aquello que hace frente a la mayor oposición da la mejor demostración de que es lo más fuerte; especialmente cuando además lleva el paso con aquello que no encuentra ni la mitad de tanto, como de seguro no lo encuentra la vejez. Además, he observado que los viejos se han felicitado a sí mismos con este error; a saber, tomando los estragos de la naturaleza por una conquista de gracia sobre las corrupciones, y así han sido propensos a engañarse a sí mismos. En verdad, los viejos que son de gracia son los más capaces de dar consejo a los jóvenes, porque han visto más de la vanidad de las cosas; pero aun así, cuando un viejo y un joven parten juntos, el joven tiene la ventaja del descubrimiento más patente de una obra de gracia en su interior, aunque las corrupciones del viejo sean naturalmente las más débiles. Así estuvieron hablando hasta el despuntar del día.
Ahora bien, cuando la familia se hubo levantado, Cristiana pidió a su hijo Jacobo que leyera un capítulo; así que leyó el 53 de Isaías. Cuando hubo terminado, el Sr. Honesto preguntó por qué se decía que el Salvador había de venir «como raíz de tierra seca»; y también, que «no hay parecer en él, ni hermosura».
El Sr. Gran-Corazón: Entonces dijo el Sr. Gran-Corazón: A lo primero respondo que la iglesia de los judíos, de la cual vino Cristo, había perdido entonces casi toda la savia y el espíritu de la religión. A lo segundo digo que las palabras se dicen en la persona de los incrédulos, quienes, por cuanto les falta el ojo que puede ver dentro del corazón de nuestro Príncipe, por eso lo juzgan por la humildad de su exterior; tal como aquellos que, no sabiendo que las piedras preciosas están cubiertas de una costra tosca, cuando han hallado una, por no saber lo que han hallado, la arrojan de nuevo, como hacen los hombres con una piedra común.
Bien, dijo Gayo, ya que están aquí, y puesto que, según sé, el Sr. Gran-Corazón es diestro con sus armas, si les place, después de refrescarnos, saldremos a los campos, a ver si podemos hacer algún bien. A cosa de una milla de aquí hay cierto Mata-Buenos, un gigante, que causa mucho estorbo en el camino real del Rey por estas partes; y sé por dónde está su guarida. Es amo de una banda de ladrones; sería bueno que pudiéramos limpiar estas partes de él. Así que consintieron y fueron: el Sr. Gran-Corazón con su espada, yelmo y escudo; y los demás con lanzas y bastones.
Cuando llegaron al lugar donde él estaba, lo hallaron con un tal Débil-de-Ánimo en su mano, a quien sus siervos le habían traído, habiéndolo apresado en el camino. Ahora bien, el gigante lo estaba despojando, con el propósito de después roer sus huesos; porque era de la naturaleza de los comedores de carne.
Pues bien, tan pronto como vio al Sr. Gran-Corazón y a sus amigos a la boca de su cueva, con sus armas, demandó qué querían.
El Sr. Gran-Corazón: A ti te queremos; porque hemos venido a vengar las querellas de los muchos peregrinos que has matado, cuando los has arrastrado fuera del camino real del Rey; por lo cual sal de tu cueva. Así que se armó y salió, y fueron a la batalla, y pelearon por más de una hora, y luego se detuvieron a tomar aliento.
Mata-Buenos: Entonces dijo el gigante: ¿Por qué están aquí en mi terreno?
El Sr. Gran-Corazón: Para vengar la sangre de los peregrinos, como te dije antes. Así que volvieron a ello, y el gigante hizo retroceder al Sr. Gran-Corazón; pero él se recobró, y en la grandeza de su ánimo descargó con tal brío sobre la cabeza y los costados del gigante, que le hizo soltar el arma de la mano. Así lo hirió, y lo mató, y le cortó la cabeza, y la trajo consigo a la posada. También tomó a Débil-de-Ánimo el peregrino, y lo trajo consigo a su alojamiento. Cuando llegaron a casa, mostraron su cabeza a la familia, y la clavaron en alto, como habían hecho antes con otras, por terror de los que en adelante intentaran hacer como él.
Entonces preguntaron al Sr. Débil-de-Ánimo cómo cayó en sus manos.
El Sr. Débil-de-Ánimo: Entonces dijo el pobre hombre: Soy un hombre enfermizo, como ven; y por cuanto la muerte solía llamar una vez al día a mi puerta, pensé que nunca estaría bien en casa; así que me entregué a la vida del peregrino, y he viajado hasta aquí desde el pueblo de la Incertidumbre, donde mi padre y yo nacimos. Soy un hombre sin fuerza alguna, ni de cuerpo, ni de mente, pero quisiera, si pudiera, aunque no puedo sino arrastrarme, gastar mi vida en el camino del peregrino. Cuando llegué a la puerta que está a la entrada del camino, el Señor de aquel lugar me acogió libremente; ni objetó contra mi aspecto enfermizo, ni contra mi débil ánimo; sino que me dio las cosas que eran necesarias para mi viaje, y me mandó esperar hasta el fin. Cuando llegué a la casa del Intérprete, recibí allí mucha bondad; y porque la Colina de la Dificultad se juzgó demasiado ardua para mí, fui subido por ella por uno de sus siervos. En verdad, he hallado mucho alivio de parte de los peregrinos, aunque ninguno estaba dispuesto a ir tan despacio como yo me veo forzado a hacer; sin embargo, según iban avanzando, me mandaban tener buen ánimo, y decían que era la voluntad de su Señor que se diera consuelo a los de poco ánimo, 1 Tesalonicenses 5:14; y así seguían a su propio paso. Cuando llegué al Callejón del Asalto, entonces este gigante se topó conmigo, y me mandó prepararme para un encuentro. Pero, ¡ay, débil como yo era!, tenía más necesidad de un cordial; así que se acercó y me apresó. Me figuré que no me mataría. También, cuando me hubo metido en su guarida, puesto que no fui con él de buena gana, creí que saldría con vida de nuevo; porque he oído que ningún peregrino apresado por manos violentas, si conserva el corazón entero hacia su Maestro, ha de morir, por las leyes de la providencia, a manos del enemigo. Esperaba ser robado, y robado de seguro lo estoy; pero he, como ven, escapado con vida, por lo cual doy gracias a mi Rey como al autor, y a ustedes como al medio. Otros embates también espero; pero en esto me he resuelto, a saber, a correr cuando pueda, a andar cuando no pueda correr, y a arrastrarme cuando no pueda andar. En cuanto a lo principal, doy gracias al que me amó, estoy firme; mi camino está delante de mí, mi mente está más allá del río que no tiene puente, aunque soy, como ven, de un débil ánimo.
El Sr. Honesto: Entonces dijo el viejo Sr. Honesto: ¿No has estado tú, hace algún tiempo, relacionado con un tal Sr. Temeroso, peregrino?
El Sr. Débil-de-Ánimo: ¡Que si lo conocí! Sí, venía del pueblo de la Estupidez, que queda cuatro grados al norte de la Ciudad de Destrucción, y otros tantos de donde yo nací; sin embargo estábamos bien relacionados, porque en verdad era mi tío, hermano de mi padre. Él y yo hemos sido muy parecidos de temple: él era un poco más bajo que yo, pero aun así éramos muy parecidos de semblante.
El Sr. Honesto: Percibo que lo conociste, y me inclino también a creer que eran parientes uno del otro; porque tienes su mirada pálida, un sesgo como el suyo en tu ojo, y tu habla es muy parecida.
El Sr. Débil-de-Ánimo: Así lo han dicho la mayoría de los que nos han conocido a ambos; y, además, lo que he leído en él lo he hallado en su mayor parte en mí mismo.
Gayo: Vamos, señor, dijo el buen Gayo, ten buen ánimo; eres bienvenido a mi lado, y a mi casa. Lo que te apetezca, pídelo libremente; y lo que quieras que mis siervos hagan por ti, lo harán de buena gana.
Entonces dijo el Sr. Débil-de-Ánimo: Este es un favor inesperado, y como el sol brillando desde una nube muy oscura. ¿Acaso el gigante Mata-Buenos me destinaba este favor cuando me detuvo, y resolvió no dejarme seguir más adelante? ¿Acaso pretendía que, después de vaciar mis bolsillos, yo fuera a dar con Gayo, mi anfitrión? Y sin embargo así es.
Ahora bien, justo cuando el Sr. Débil-de-Ánimo y Gayo estaban así conversando, vino uno corriendo, y llamó a la puerta, y dijo que a cosa de milla y media de allí había un tal Sr. No-Recto, peregrino, que fue muerto en el lugar donde estaba, por un rayo.
El Sr. Débil-de-Ánimo: ¡Ay!, dijo el Sr. Débil-de-Ánimo, ¿ha sido muerto? Me alcanzó algunos días antes de que yo llegara tan lejos como hasta aquí, y quiso ser mi acompañante. También estaba conmigo cuando el gigante Mata-Buenos me apresó, pero él fue ligero de pies, y escapó; pero parece que escapó para morir, y yo fui apresado para vivir.
«Lo que uno pensaría que busca matar de un golpe,
muchas veces libra del más triste apuro.
Aquella misma Providencia cuyo rostro es muerte,
muchas veces al humilde la vida lega.
Yo fui apresado, él escapó y huyó;
manos cruzadas dieron muerte a él y vida a mí.»
Ahora bien, por este tiempo Mateo y Misericordia se casaron; también Gayo dio a su hija Febe por esposa a Jacobo, hermano de Mateo; después de lo cual todavía se quedaron unos diez días en casa de Gayo, pasando su tiempo y las temporadas como suelen hacer los peregrinos.
Cuando iban a partir, Gayo les hizo un festín, y comieron y bebieron, y se alegraron. Ahora había llegado la hora de que debían irse; por lo cual el Sr. Gran-Corazón pidió la cuenta. Pero Gayo le dijo que en su casa no era costumbre que los peregrinos pagaran por su hospedaje. Él los alojaba por el año, pero esperaba su paga del buen samaritano, quien le había prometido que, a su regreso, cualquier gasto que hiciera con ellos, fielmente se lo repagaría. Lucas 10:34,35. Entonces le dijo el Sr. Gran-Corazón:
El Sr. Gran-Corazón: Amado, fielmente te conduces en todo lo que haces para con los hermanos, y para con los extraños, los cuales han dado testimonio de tu amor ante la iglesia; y si aún los encaminas en su viaje, como es digno de Dios, harás bien. 3 Juan 5,6. Entonces Gayo se despidió de todos ellos, y de sus hijos, y en particular del Sr. Débil-de-Ánimo. También le dio algo de beber para el camino.
Ahora bien, el Sr. Débil-de-Ánimo, cuando salían por la puerta, hizo como si tuviera intención de rezagarse. Lo cual, cuando el Sr. Gran-Corazón lo advirtió, dijo: Vamos, Sr. Débil-de-Ánimo, te ruego que vengas con nosotros: yo seré tu conductor, y correrás la misma suerte que los demás.
El Sr. Débil-de-Ánimo: ¡Ay! Me falta un compañero a propósito. Ustedes son todos vigorosos y fuertes, pero yo, como ven, soy débil; escojo, por tanto, más bien venir detrás, no sea que, a causa de mis muchas dolencias, sea una carga tanto para mí mismo como para ustedes. Soy, como dije, un hombre de mente débil y flaca, y me ofenderé y me debilitaré con aquello que otros pueden soportar. No me gustará ninguna risa; no me gustará ningún atavío vistoso; no me gustarán las preguntas inútiles. Es más, soy hombre tan débil que me ofende aquello que otros tienen libertad de hacer. Aún no conozco toda la verdad: soy un hombre cristiano muy ignorante. A veces, si oigo a algunos regocijarse en el Señor, me apesadumbra, porque yo no puedo hacer lo mismo. Ocurre conmigo como con un hombre débil entre los fuertes, o como con un enfermo entre los sanos, o como una lámpara despreciada; de modo que no sé qué hacer. «Aquel cuyos pies van a resbalar es como una lámpara despreciada de aquel que está a sus anchas». Job 12:5.
El Sr. Gran-Corazón: Pero, hermano, dijo el Sr. Gran-Corazón, tengo por encargo consolar a los de poco ánimo, y sostener a los débiles. Es menester que vengas con nosotros; te esperaremos; te prestaremos nuestra ayuda; nos privaremos de algunas cosas, tanto de opinión como de práctica, por amor a ti; no entraremos en disputas dudosas delante de ti; nos haremos todo para ti, antes que dejarte atrás. 1 Tesalonicenses 5:14; Romanos 14; 1 Corintios 8:9-13; 9:22.
Ahora bien, todo este tiempo estaban a la puerta de Gayo; y he aquí que, estando así en el calor de su conversación, pasó el Sr. Presto-a-Claudicar, con sus muletas en la mano, y él también iba en peregrinación.
El Sr. Débil-de-Ánimo: Entonces le dijo el Sr. Débil-de-Ánimo: Hombre, ¿cómo llegaste aquí? Ahora mismo me quejaba de que no tenía un compañero a propósito, pero tú eres conforme a mi deseo. Bienvenido, bienvenido, buen Sr. Presto-a-Claudicar; espero que tú y yo podamos sernos de alguna ayuda.
El Sr. Presto-a-Claudicar: Me alegraré de tu compañía, dijo el otro; y, buen Sr. Débil-de-Ánimo, antes que separarnos, ya que tan felizmente nos hemos encontrado, te prestaré una de mis muletas.
El Sr. Débil-de-Ánimo: No, dijo, aunque te agradezco tu buena voluntad, no me inclino a cojear antes de estar lisiado. Con todo, creo que, llegada la ocasión, puede servirme contra un perro.
El Sr. Presto-a-Claudicar: Si yo mismo o mis muletas podemos hacerte un servicio, ambos estamos a tu mandar, buen Sr. Débil-de-Ánimo.
Así, pues, siguieron adelante. El Sr. Gran-Corazón y el Sr. Honesto iban delante, Cristiana y sus hijos iban después, y el Sr. Débil-de-Ánimo venía detrás, y el Sr. Presto-a-Claudicar con sus muletas. Entonces dijo el Sr. Honesto:
El Sr. Honesto: Te ruego, señor, ahora que estamos en el camino, cuéntanos algunas cosas provechosas de algunos que han ido en peregrinación antes que nosotros.
El Sr. Gran-Corazón: De buena gana. Supongo que han oído cómo Cristiano, antaño, se topó con Apolión en el Valle de la Humillación, y también qué duro trabajo tuvo para atravesar el Valle de Sombra de Muerte. También creo que no pueden menos que haber oído cómo Fiel fue puesto a prueba por la Dama Lasciva, por Adán el Primero, por cierto Descontento, y por Vergüenza; cuatro bellacos tan engañosos como los que un hombre pueda encontrar en el camino.
El Sr. Honesto: Sí, he oído todo esto; pero en verdad el buen Fiel fue puesto en el mayor aprieto con Vergüenza: era uno incansable.
El Sr. Gran-Corazón: Sí; porque, como bien dijo el peregrino, él de todos los hombres tenía el nombre menos apropiado.
El Sr. Honesto: Pero dime, señor, ¿dónde fue que Cristiano y Fiel se encontraron con Charlatán? Aquel también era uno de nota.
El Sr. Gran-Corazón: Era un necio confiado; y sin embargo muchos siguen sus caminos.
El Sr. Honesto: Estuvo a punto de engañar a Fiel.
El Sr. Gran-Corazón: Sí, pero Cristiano lo puso pronto en camino de descubrirlo.
Así siguieron hasta que llegaron al lugar donde Evangelista se encontró con Cristiano y Fiel, y les profetizó lo que les acontecería en la Feria de la Vanidad. Entonces dijo su guía: Por aquí se encontraron Cristiano y Fiel con Evangelista, quien les profetizó de las tribulaciones con que se toparían en la Feria de la Vanidad.
El Sr. Honesto: ¿Eso dices? A fe mía, fue un capítulo duro el que entonces les leyó.
El Sr. Gran-Corazón: Lo fue, pero además les dio aliento. Pero ¿qué hablamos de ellos? Eran un par de hombres como leones; habían puesto sus rostros como un pedernal. ¿No recuerdas cuán impávidos estuvieron cuando comparecieron ante el juez?
El Sr. Honesto: Bien: Fiel sufrió valerosamente.
El Sr. Gran-Corazón: Así fue, y cosas valerosas resultaron de ello; porque Esperanzado, y algunos otros, según lo relata la historia, fueron convertidos por su muerte.
El Sr. Honesto: Bien, pero te ruego que continúes; porque estás bien enterado de las cosas.
El Sr. Gran-Corazón: Por encima de todo lo que Cristiano encontró después de haber pasado por la Feria de la Vanidad, cierto Interesado fue el más taimado.
El Sr. Honesto: ¡Interesado! ¿quién era ese?
El Sr. Gran-Corazón: Un tipo muy taimado, un hipócrita redomado; uno que sería religioso, hacia cualquier lado que soplara el mundo; pero tan astuto, que se cuidaba de nunca perder ni sufrir por ello. Tenía su modo de religión para cada nueva ocasión, y su esposa era tan diestra en ello como él. Cambiaba de opinión en opinión; sí, y hasta abogaba por hacerlo. Pero, por lo que pude averiguar, llegó a mal fin con sus fines interesados; ni jamás oí que ninguno de sus hijos fuera de estima alguna para con quienes verdaderamente temían a Dios.
Ahora bien, por este tiempo habían llegado a la vista del pueblo de la Vanidad, donde se celebra la Feria de la Vanidad. Así que, cuando vieron que estaban tan cerca del pueblo, consultaron unos con otros cómo habrían de pasar por el pueblo; y unos decían una cosa, y otros otra. Al fin dijo el Sr. Gran-Corazón: Yo he sido, como pueden entender, muchas veces conductor de peregrinos a través de este pueblo. Ahora bien, conozco a un tal Sr. Mnasón, Hechos 21:16, chipriota de nación, un antiguo discípulo, en cuya casa podemos alojarnos. Si les parece bien, entraremos allí.
De acuerdo, dijo el viejo Honesto; De acuerdo, dijo Cristiana; De acuerdo, dijo el Sr. Débil-de-Ánimo; y así dijeron todos. Ahora deben pensar que era ya el atardecer cuando llegaron a las afueras del pueblo; pero el Sr. Gran-Corazón conocía el camino a la casa del anciano. Así que allá llegaron; y él llamó a la puerta, y el anciano de dentro conoció su voz tan pronto como la oyó; así que abrió la puerta, y todos entraron. Entonces dijo Mnasón, su anfitrión: ¿Cuánto han caminado hoy? Y ellos dijeron: desde la casa de Gayo, nuestro amigo. Les aseguro, dijo, que han andado un buen trecho. Bien pueden estar cansados; siéntense. Así que se sentaron.
El Sr. Gran-Corazón: Entonces dijo su guía: Vamos, ¿qué ánimo, buenos señores? A fe mía, son bienvenidos por mi amigo.
El Sr. Mnasón: Yo también, dijo el Sr. Mnasón, les doy la bienvenida; y cualquier cosa que quieran, no tienen más que decirlo, y haremos cuanto podamos para conseguírsela.
El Sr. Honesto: Nuestra gran necesidad, hace un rato, era abrigo y buena compañía, y ahora espero que tengamos ambos.
El Sr. Mnasón: En cuanto al abrigo, ya ven lo que es; pero en cuanto a la buena compañía, eso se verá en la prueba.
El Sr. Gran-Corazón: Bien, dijo el Sr. Gran-Corazón, ¿quieres subir a los peregrinos a su alojamiento?
El Sr. Mnasón: Lo haré, dijo el Sr. Mnasón. Así que los llevó a sus respectivos lugares; y también les mostró un comedor muy hermoso, donde podían estar, y cenar juntos hasta que llegara la hora de ir a descansar.
Ahora bien, cuando estuvieron sentados en sus lugares, y estaban un poco animados después de su viaje, el Sr. Honesto preguntó a su posadero si había buen número de buena gente en el pueblo.
El Sr. Mnasón: Tenemos unos pocos; porque en verdad son pocos comparados con los del otro lado.
El Sr. Honesto: Pero ¿qué haremos para ver a algunos de ellos? porque la vista de hombres buenos, para los que van en peregrinación, es como la aparición de la luna y las estrellas para los que navegan sobre los mares.
El Sr. Mnasón: Entonces el Sr. Mnasón dio una patada con el pie, y su hija Gracia subió. Y le dijo: Gracia, ve, di a mis amigos, el Sr. Contrito, el Sr. Hombre-Santo, el Sr. Ama-Santos, el Sr. No-Osa-Mentir, y el Sr. Penitente, que tengo en mi casa a uno o dos amigos que tienen deseo de verlos esta noche. Así que Gracia fue a llamarlos, y vinieron; y, hecho el saludo, se sentaron todos juntos a la mesa.
Entonces dijo el Sr. Mnasón, su posadero: Vecinos míos, tengo, como ven, una compañía de forasteros que han venido a mi casa; son peregrinos: vienen de lejos, y van al Monte Sion. Pero ¿quién, dijo, piensan que es esta? señalando con el dedo a Cristiana. Es Cristiana, la esposa de Cristiano, el famoso peregrino, quien, junto con Fiel su hermano, fue tan vergonzosamente tratado en nuestro pueblo. Ante esto quedaron atónitos, diciendo: Poco pensábamos ver a Cristiana cuando Gracia vino a llamarnos; por lo cual esta es una sorpresa muy grata. Entonces le preguntaron por su bienestar, y si estos jóvenes eran hijos de su esposo. Y cuando ella les dijo que lo eran, dijeron: El Rey a quien aman y sirven los haga como su padre, y los lleve adonde él está en paz.
El Sr. Honesto: Entonces el Sr. Honesto (cuando todos se hubieron sentado) preguntó al Sr. Contrito y a los demás en qué estado estaba su pueblo al presente.
El Sr. Contrito: Pueden estar seguros de que estamos llenos de ajetreo en tiempo de feria. Es difícil mantener nuestros corazones y espíritus en buen orden cuando estamos en condición tan atareada. El que vive en un lugar como este, y tiene que tratar con gente como la que tratamos, tiene necesidad de un aviso que lo prevenga a tener cuidado en cada momento del día.
El Sr. Honesto: Pero ¿cómo están ahora tus vecinos en cuanto a tranquilidad?
El Sr. Contrito: Están ahora mucho más moderados que antes. Ya saben cómo trataron a Cristiano y a Fiel en nuestro pueblo; pero de un tiempo a esta parte, digo, han sido mucho más moderados. Creo que la sangre de Fiel pesa como una carga sobre ellos hasta ahora; porque desde que lo quemaron, han tenido vergüenza de quemar a nadie más. En aquellos días teníamos miedo de andar por la calle; pero ahora podemos mostrar la cabeza. Entonces el nombre de un profesante era odioso; ahora, especialmente en algunas partes de nuestro pueblo (porque ya saben que nuestro pueblo es grande), la religión es tenida por honorable. Entonces les dijo el Sr. Contrito: Díganme, ¿cómo les va en su peregrinación? ¿cómo está dispuesta la tierra hacia ustedes?
El Sr. Honesto: Nos sucede como sucede a los caminantes: unas veces nuestro camino está limpio, otras sucio; unas veces cuesta arriba, otras cuesta abajo; rara vez estamos en algo seguro. El viento no siempre está a nuestras espaldas, ni todo aquel con quien nos topamos en el camino es amigo. Ya nos hemos topado con algunos tropiezos de nota, y lo que aún queda por venir no lo sabemos; pero en su mayor parte, hallamos verdadero lo que se ha dicho de antiguo: Un hombre bueno ha de padecer tribulación.
El Sr. Contrito: Hablas de tropiezos; ¿con qué tropiezos se han topado?
El Sr. Honesto: No, pregunta al Sr. Gran-Corazón, nuestro guía; porque él puede dar la mejor cuenta de eso.
El Sr. Gran-Corazón: Ya nos han acometido tres o cuatro veces. Primero, Cristiana y sus hijos fueron acometidos por dos rufianes, de quienes temieron que les quitaran la vida. Fuimos acometidos por el Gigante Sanguinario, el Gigante Maza, y el Gigante Mata-Buenos. En verdad, más bien acometimos al último que fuimos acometidos por él. Y fue así: después de haber estado algún tiempo en casa de Gayo, mi anfitrión, y de toda la iglesia, nos propusimos cierta vez llevar nuestras armas con nosotros, e ir a ver si dábamos con alguno de los que son enemigos de los peregrinos; porque oímos que había uno de nota por aquellos parajes. Ahora bien, Gayo conocía su guarida mejor que yo, porque moraba por allí. Así que buscamos, y buscamos, hasta que al fin divisamos la boca de su cueva: entonces nos alegramos, y cobramos ánimo. Así nos acercamos a su guarida; y he aquí, cuando llegamos allí, había arrastrado, a pura fuerza, hasta su red, a este pobre hombre, el Sr. Débil-de-Ánimo, y estaba a punto de darle fin. Pero cuando nos vio, suponiendo, según pensamos, que tenía otra presa, dejó al pobre hombre en su hoyo, y salió. Así que nos enzarzamos con todo rigor, y él repartió golpes con brío; pero, en conclusión, fue derribado a tierra, y su cabeza cortada, y clavada al borde del camino por terror de los que después practicaran tal impiedad. Y para que sepan que les digo la verdad, aquí está el hombre mismo para afirmarlo, el que fue como cordero sacado de la boca del león.
El Sr. Débil-de-Ánimo: Entonces dijo el Sr. Débil-de-Ánimo: Hallé esto verdadero, para mi costa y para mi consuelo: para mi costa, cuando amenazaba a cada momento con roer mis huesos; y para mi consuelo, cuando vi al Sr. Gran-Corazón y a sus amigos, con sus armas, acercarse tan cerca para mi liberación.
El Sr. Hombre-Santo: Entonces dijo el Sr. Hombre-Santo: Hay dos cosas que necesitan poseer los que van en peregrinación: valor, y una vida sin mancha. Si no tienen valor, nunca podrán perseverar en su camino; y si sus vidas son licenciosas, harán que el mismo nombre de peregrino apeste.
El Sr. Ama-Santos: Entonces dijo el Sr. Ama-Santos: Espero que esta advertencia no sea necesaria entre ustedes; pero en verdad hay muchos que van por el camino, que más bien se declaran extraños a la peregrinación, que extranjeros y peregrinos sobre la tierra.
El Sr. No-Osa-Mentir: Entonces dijo el Sr. No-Osa-Mentir: Es verdad. No tienen ni la vestidura del peregrino, ni el valor del peregrino; no andan rectamente, sino todo torcido con sus pies; un zapato va hacia adentro, otro hacia afuera; y sus calzas van descosidas por detrás: aquí un harapo, y allá un desgarrón, para descrédito de su Señor.
El Sr. Penitente: De estas cosas, dijo el Sr. Penitente, deberían afligirse; ni es probable que los peregrinos reciban sobre sí, y sobre su Progreso del Peregrino, aquella gracia que desean, hasta que el camino sea limpiado de tales manchas y defectos. Así estuvieron hablando y pasando el tiempo hasta que la cena fue puesta sobre la mesa, a la cual fueron, y refrescaron sus cuerpos cansados; y así se fueron a descansar.
Ahora bien, se quedaron en la feria mucho tiempo, en casa del Sr. Mnasón, quien con el correr del tiempo dio a su hija Gracia por esposa a Samuel, hijo de Cristiano, y a su hija Marta a José.
El tiempo, como dije, que se quedaron aquí fue largo, porque ya no era como en tiempos pasados. Por lo cual los peregrinos trabaron conocimiento con muchos de la buena gente del pueblo, y les prestaron cuanto servicio pudieron. Misericordia, como acostumbraba, trabajó mucho por los pobres; por lo cual sus vientres y sus espaldas la bendecían, y ella fue allí un ornamento a su profesión. Y, para decir la verdad de Gracia, Febe y Marta, todas eran de muy buena índole, e hicieron mucho bien en sus lugares. También todas ellas fueron muy fecundas; de modo que el nombre de Cristiano, como se dijo antes, era probable que viviera en el mundo.
Mientras estaban aquí, salió un monstruo del bosque, y mató a mucha de la gente del pueblo. También se llevaba a sus hijos, y les enseñaba a mamar de sus cachorros. Ahora bien, ningún hombre en el pueblo osaba siquiera hacer frente a este monstruo; sino que todos huían cuando oían el estruendo de su venida.
El monstruo no se parecía a ninguna bestia de la tierra. Su cuerpo era como el de un dragón, y tenía siete cabezas y diez cuernos. Hacía gran estrago entre los niños, y sin embargo era gobernado por una mujer. Apocalipsis 17:3. Este monstruo proponía condiciones a los hombres; y los hombres que amaban su vida más que sus almas, aceptaban aquellas condiciones. Y así se sometían.
Ahora bien, el Sr. Gran-Corazón, junto con los que habían venido a visitar a los peregrinos en casa del Sr. Mnasón, entraron en pacto de ir a acometer a esta bestia, por si acaso pudieran librar a la gente de este pueblo de las garras y la boca de tan devoradora serpiente.
Entonces el Sr. Gran-Corazón, el Sr. Contrito, el Sr. Hombre-Santo, el Sr. No-Osa-Mentir, y el Sr. Penitente, con sus armas, salieron a su encuentro. Ahora bien, el monstruo al principio estaba muy furioso, y miraba a estos enemigos con gran desdén; pero de tal modo lo maltrataron, siendo hombres recios en las armas, que le hicieron emprender la retirada: así que volvieron de nuevo a casa del Sr. Mnasón.
El monstruo, han de saber, tenía sus ciertas temporadas para salir, y para hacer sus intentos sobre los niños de la gente del pueblo. En estas temporadas lo acechaban estos valientes varones, y de continuo lo asaltaban; a tal punto que, con el correr del tiempo, quedó no solo herido, sino lisiado. Además, no ha hecho tal estrago entre los niños de los del pueblo como antes había hecho; y algunos creen de veras que esta bestia morirá de sus heridas.
Esto, por tanto, dio al Sr. Gran-Corazón y a sus compañeros gran fama en este pueblo; de modo que muchos de la gente que carecía de gusto para estas cosas, sin embargo tenían por ellos un reverente aprecio y respeto. Por esta razón, pues, fue que estos peregrinos no recibieron mucho daño aquí. Cierto es que había algunos de la clase más ruin, que no veían más que un topo, ni entendían más que una bestia; estos no tenían reverencia por estos hombres, y no hacían caso de su valor y de sus aventuras.
Capítulo 20 completado
La Sexta Etapa