Capítulo 22 · 41 min de lectura
La Octava Etapa
Cuando se hubieron alejado de los pastores, llegaron pronto al lugar donde Cristiano se encontró con un tal Apártate, que moraba en la ciudad de Apostasía. Por eso el Sr. Gran-Corazón, su guía, se lo recordó ahora, diciendo: Este es el lugar donde Cristiano se encontró con un tal Apártate, que llevaba a la espalda la marca de su rebelión. Y esto tengo que decir acerca de este hombre: no quería escuchar consejo alguno, pues una vez que empezó a caer, ninguna persuasión pudo detenerlo. Cuando llegó al lugar donde estaban la cruz y el sepulcro, se topó con uno que le mandó mirar allí; pero él rechinó los dientes, y pateó, y dijo que estaba resuelto a volver a su propia ciudad. Antes de llegar a la puerta, se encontró con Evangelista, que quiso poner las manos sobre él para hacerlo volver al camino; pero este Apártate se le resistió, y habiéndole hecho mucho agravio, escapó por encima del muro, y así se libró de su mano.
Luego siguieron adelante; y justo en el lugar donde Poca-Fe había sido robado tiempo atrás, se hallaba un hombre con la espada desenvainada y el rostro todo cubierto de sangre. Entonces dijo el Sr. Gran-Corazón: ¿Quién eres tú? El hombre respondió, diciendo: Soy uno cuyo nombre es Valiente-por-la-Verdad. Soy un peregrino, y voy a la Ciudad Celestial. Ahora bien, mientras iba de camino, había tres hombres que me asaltaron, y me propusieron estas tres cosas: 1. Si me haría uno de ellos. 2. O volvería de donde había venido. 3. O moriría en el sitio. Proverbios 1:11-14. A lo primero respondí que yo había sido un hombre fiel por largo tiempo, y que, por tanto, no era de esperar que ahora echara mi suerte con ladrones. Entonces me preguntaron qué diría a lo segundo. Y les dije que el lugar de donde venía, de no haber hallado allí incomodidad, no lo habría abandonado en absoluto; pero hallándolo del todo inadecuado para mí, y muy poco provechoso, lo dejé por este camino. Luego me preguntaron qué decía a lo tercero. Y les dije que mi vida costaba mucho más cara que para entregarla a la ligera. Además, no os toca a vosotros poner así las cosas a mi elección; por tanto, corréis peligro si os entrometéis. Entonces estos tres, a saber, Cabeza-Loca, Inconsiderado y Pragmático, arremetieron contra mí, y yo también arremetí contra ellos. Así nos trabamos, uno contra tres, por espacio de más de tres horas. Me han dejado, como veis, algunas de las marcas de su valor, y también se han llevado consigo algunas de las mías. Acaban de irse ahora mismo; supongo que quizá, como suele decirse, oyeron el galope de vuestro caballo, y por eso se dieron a la fuga.
El Sr. Gran-Corazón: Pero aquí había gran desventaja, tres contra uno.
Valiente-por-la-Verdad: Es verdad; pero poco y mucho nada son para aquel que tiene la verdad de su parte: «Aunque un ejército acampe contra mí,» dijo uno, Salmos 27:3, «no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, en esto estaré confiado,» etcétera. Además, dijo, he leído en ciertos anales que un solo hombre ha combatido a un ejército; ¡y a cuántos mató Sansón con la quijada de un asno!
El Sr. Gran-Corazón: Entonces dijo el guía: ¿Por qué no clamaste, para que alguno hubiera acudido en tu socorro?
Valiente-por-la-Verdad: Así lo hice a mi Rey, quien yo sabía que podía oírme, y prestarme ayuda invisible, y eso me bastaba.
El Sr. Gran-Corazón: Entonces dijo Gran-Corazón al Sr. Valiente-por-la-Verdad: Dignamente te has portado; déjame ver tu espada. Y él se la mostró.
Cuando la hubo tomado en su mano, y la hubo contemplado un rato, dijo: ¡Ah, es una verdadera hoja de Jerusalén!
Valiente-por-la-Verdad: Así es. Tenga un hombre una de estas hojas, con una mano para blandirla, y destreza para usarla, y podrá arremeter aun contra un ángel con ella. No ha de temer que le falle, con tal que sepa cómo asestar los golpes. Su filo nunca se embotará. Cortará carne y huesos, y alma, y espíritu, y todo. Hebreos 4:12.
El Sr. Gran-Corazón: Pero peleaste largo rato; me admira que no te cansaras.
Valiente-por-la-Verdad: Peleé hasta que mi espada se pegó a mi mano; y entonces quedaron unidas como si una espada me brotara del brazo; y cuando la sangre me corría entre los dedos, entonces peleé con mayor denuedo.
El Sr. Gran-Corazón: Bien has hecho; has resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado. Quedarás con nosotros, entrarás y saldrás con nosotros; porque somos tus compañeros. Entonces lo tomaron y le lavaron las heridas, y le dieron de lo que tenían para reconfortarlo; y así siguieron juntos.
Y mientras avanzaban, como el Sr. Gran-Corazón se deleitaba en él (pues amaba en gran manera a aquel que hallaba ser hombre de valía), y como iban en la compañía algunos que eran débiles y flacos, por eso le preguntó acerca de muchas cosas; y lo primero, de qué tierra era.
Valiente-por-la-Verdad: Soy de la Tierra Oscura; pues allí nací, y allí siguen mi padre y mi madre.
El Sr. Gran-Corazón: ¡La Tierra Oscura! dijo el guía; ¿no está esa en la misma costa que la Ciudad de Destrucción?
Valiente-por-la-Verdad: Sí, así es. Ahora bien, lo que me movió a emprender la peregrinación fue esto. Vino a nuestra comarca un tal Sr. Dí-Verdad, y contó por todas partes lo que había hecho Cristiano, el que partió de la Ciudad de Destrucción; a saber, cómo había dejado a su mujer y a sus hijos, y se había entregado a la vida de peregrino. También se refería con firmeza cómo había dado muerte a una serpiente que salió a resistirle en su viaje; y cómo llegó adonde se proponía. Se contaba asimismo qué acogida tuvo en todas las posadas de su Señor, en especial cuando llegó a las puertas de la Ciudad Celestial; pues allí, dijo el hombre, fue recibido con sonido de trompeta por una compañía de seres resplandecientes. Contó también cómo todas las campanas de la ciudad repicaron de gozo por su recibimiento, y con qué vestiduras de oro fue revestido; con otras muchas cosas que ahora me abstendré de relatar. En una palabra, aquel hombre contó de tal modo la historia de Cristiano y de sus viajes, que mi corazón cayó en un ardiente afán de ir tras él; ni mi padre ni mi madre pudieron detenerme. Así que me aparté de ellos, y he llegado hasta aquí en mi camino.
El Sr. Gran-Corazón: Entraste por la puerta, ¿no es así?
Valiente-por-la-Verdad: Sí, sí; porque el mismo hombre nos dijo también que todo sería en vano si no comenzábamos a entrar en este camino por la puerta.
El Sr. Gran-Corazón: Mira, dijo el guía a Cristiana, la peregrinación de tu marido, y lo que con ella ha alcanzado, se ha divulgado por todas partes.
Valiente-por-la-Verdad: Pero ¿es esta la esposa de Cristiano?
El Sr. Gran-Corazón: Sí, lo es; y estos también son sus cuatro hijos.
Valiente-por-la-Verdad: ¿Cómo, y también van en peregrinación?
El Sr. Gran-Corazón: Sí, en verdad, vienen en pos de él.
Valiente-por-la-Verdad: Esto me alegra el corazón. ¡Buen hombre, cuán gozoso será cuando vea que los que no quisieron ir con él, entran, sin embargo, tras él por las puertas de la Ciudad Celestial!
El Sr. Gran-Corazón: Sin duda será un consuelo para él; pues, después del gozo de verse a sí mismo allí, le será un gozo encontrar allí a su mujer y a sus hijos.
Valiente-por-la-Verdad: Pero ya que estáis en eso, os ruego que me deis a conocer vuestra opinión al respecto. Algunos ponen en duda si nos conoceremos unos a otros cuando estemos allí.
El Sr. Gran-Corazón: ¿Crees que entonces se reconocerán a sí mismos, o que se regocijarán de verse en aquella bienaventuranza? Y si piensan que se conocerán y harán esto, ¿por qué no conocer a otros, y regocijarse también en su bienestar? Además, puesto que los parientes son nuestro segundo yo, aunque aquel estado quedará allí disuelto, ¿por qué no podría concluirse razonablemente que nos alegraremos más de verlos allí que de notar su falta?
Valiente-por-la-Verdad: Bien, ya veo por dónde vais en esto. ¿Tenéis algo más que preguntarme acerca de cómo empecé a venir en peregrinación?
El Sr. Gran-Corazón: Sí; ¿estaban dispuestos tu padre y tu madre a que te hicieras peregrino?
Valiente-por-la-Verdad: Oh, no; emplearon todos los medios imaginables para persuadirme de que me quedara en casa.
El Sr. Gran-Corazón: Pues ¿qué podían decir en contra?
Valiente-por-la-Verdad: Decían que era una vida ociosa; y que si yo mismo no fuera inclinado a la pereza y a la holgazanería, jamás daría mi aprobación a la condición de peregrino.
El Sr. Gran-Corazón: ¿Y qué más decían?
Valiente-por-la-Verdad: Pues me decían que era un camino peligroso; más aún, el camino más peligroso del mundo, decían, es el que andan los peregrinos.
El Sr. Gran-Corazón: ¿Te mostraron en qué es tan peligroso este camino?
Valiente-por-la-Verdad: Sí; y eso en muchos detalles.
El Sr. Gran-Corazón: Nómbrame algunos.
Valiente-por-la-Verdad: Me hablaron del Pantano del Desaliento, donde Cristiano estuvo a punto de ahogarse. Me dijeron que había arqueros apostados en el castillo de Beelzebú, prestos a disparar contra los que llamaran a la Puerta Estrecha para entrar. Me hablaron también del bosque y de los montes tenebrosos; de la colina Dificultad; de los leones; y también de los tres gigantes, Hombre-Sangriento, Maul y Mata-bueno. Dijeron, además, que un inmundo demonio rondaba el Valle de la Humillación; y que Cristiano por él casi fue privado de la vida. Además, decían, has de atravesar el Valle de Sombra de Muerte, donde están los duendes, donde la luz es tinieblas, donde el camino está lleno de lazos, hoyos, trampas y redes. Me hablaron también del Gigante Desesperación, del Castillo de la Duda, y de la ruina que los peregrinos hallaron allí. Dijeron, además, que había de pasar por la Tierra Encantada, que era peligrosa; y que después de todo esto hallaría un río sobre el cual no había puente; y que aquel río se interponía entre mí y el país Celestial.
El Sr. Gran-Corazón: ¿Y era esto todo?
Valiente-por-la-Verdad: No. También me dijeron que este camino estaba lleno de engañadores, y de personas que allí acechaban para desviar del sendero a los hombres buenos.
El Sr. Gran-Corazón: Pero ¿cómo lo probaban?
Valiente-por-la-Verdad: Me dijeron que el Sabio Mundano estaba allí al acecho para engañar. Dijeron también que Formalidad e Hipocresía andaban de continuo por el camino. Dijeron asimismo que Interesado, Charlatán o Demas estarían a punto de recogerme; que el Adulador me atraparía en su red; o que, con la verde e inexperta Ignorancia, yo presumiría de seguir hasta la puerta, desde donde este fue devuelto al agujero que había en la ladera de la colina, y obligado a tomar el atajo que baja al infierno.
El Sr. Gran-Corazón: Te aseguro que esto bastaba para desanimarte; pero ¿acabaron aquí?
Valiente-por-la-Verdad: No, espera. Me hablaron también de muchos que habían probado antaño ese camino, y que habían avanzado mucho por él, para ver si podían hallar algo de la gloria de que tantos habían hablado tanto de tiempo en tiempo, y cómo volvieron atrás, y se tuvieron por necios por haber puesto un pie fuera de casa en aquel sendero, con la satisfacción de toda la comarca. Y nombraron a varios que así lo hicieron, como Obstinado y Flexible, Recelo y Timorato, Apártate y el viejo Ateo, con otros más; algunos de los cuales, decían, habían ido lejos para ver qué podían hallar, pero ninguno de ellos había sacado del ir tanto provecho como el peso de una pluma.
El Sr. Gran-Corazón: ¿Dijeron algo más para desanimarte?
Valiente-por-la-Verdad: Sí. Me hablaron de un tal Sr. Temeroso, que era peregrino, y de cómo halló su camino tan solitario que nunca tuvo en él una hora de consuelo; también, que el Sr. Abatimiento estuvo a punto de morir de hambre en él; y aun también (lo que casi había olvidado) que el propio Cristiano, acerca de quien tanto se ha hablado, después de todas sus aventuras por una corona celestial, se ahogó sin remedio en el Río Negro, y no dio un paso más adelante; aunque el asunto se encubrió.
El Sr. Gran-Corazón: ¿Y no te desanimó ninguna de estas cosas?
Valiente-por-la-Verdad: No; no me parecían sino otras tantas naderías.
El Sr. Gran-Corazón: ¿Cómo fue eso?
Valiente-por-la-Verdad: Pues es que yo seguía creyendo lo que el Sr. Dí-Verdad había dicho; y eso me llevó más allá de todos ellos.
El Sr. Gran-Corazón: Entonces esta fue tu victoria, a saber, tu fe.
Valiente-por-la-Verdad: Así fue. Creí, y por eso salí, me puse en el camino, combatí a todos los que se pusieron contra mí, y, por creer, he llegado a este lugar.
«El que quiera ver el verdadero valor,
que venga aquí;
uno aquí constante será,
venga viento, venga tormenta.
No hay desaliento
que le haga desistir jamás
de su primer declarado propósito
de ser un peregrino.
Cualquiera que lo rodee
con historias funestas,
solo a sí mismos se confunden;
tanto más crece su fuerza.
Ningún león puede espantarlo,
con un gigante peleará,
mas tendrá derecho
de ser un peregrino.
Ni duende ni inmundo demonio
pueden amedrentar su ánimo;
sabe que al final
la vida heredará.
Huyan, pues, las quimeras,
no temerá lo que digan los hombres;
trabajará noche y día
de ser un peregrino.
Para entonces habían llegado a la Tierra Encantada, donde el aire por naturaleza tendía a producir modorra. Y aquel lugar estaba todo cubierto de zarzas y espinos, salvo aquí y allá, donde había un cenador encantado, sobre el cual, si un hombre se sienta, o en el cual, si un hombre duerme, es cuestión, dicen algunos, de si alguna vez volverá a levantarse o a despertar en este mundo. Por este bosque, pues, pasaron, unos y otros, y el Sr. Gran-Corazón iba delante, por cuanto era el guía; y el Sr. Valiente-por-la-Verdad venía detrás, como retaguardia, por temor de que acaso algún demonio, o dragón, o gigante, o ladrón, cayera sobre su retaguardia, y así hiciera daño. Avanzaban aquí, cada hombre con su espada desenvainada en la mano; pues sabían que era un lugar peligroso. También se animaban unos a otros lo mejor que podían. El Sr. Gran-Corazón mandó que Ánimo-Débil viniera tras él; y el Sr. Abatimiento quedó bajo la mirada del Sr. Valiente.
Y no habían andado mucho, cuando una gran niebla y oscuridad cayó sobre todos ellos; de modo que apenas podían, por un buen rato, verse el uno al otro. Por eso se vieron forzados, por algún tiempo, a buscarse unos a otros por medio de la voz; pues no andaban por vista. Pero cualquiera bien puede pensar que aquí el andar era penoso aun para el más fuerte de todos; ¡cuánto más para las mujeres y los niños, que eran tiernos así de pies como de corazón! Con todo, sucedió que, por las palabras alentadoras del que iba al frente, y del que los conducía por detrás, se dieron bastante buena maña para seguir avanzando.
El camino aquí era también muy fatigoso, por el lodo y el fango. Ni había, en todo este terreno, ni siquiera una posada o casa de comidas donde reponer a los más débiles. Aquí, pues, había resoplidos, jadeos y suspiros, mientras uno tropieza y cae sobre un arbusto, otro se queda atascado en el barro, y los niños, algunos de ellos, perdían sus zapatos en el cieno; mientras uno grita: ¡Me he caído!; y otro: ¡Eh! ¿dónde estás?; y un tercero: Las zarzas me tienen tan bien sujeto que creo que no podré librarme de ellas.
Entonces llegaron a un cenador, cálido, y que prometía mucho refrigerio a los peregrinos; pues estaba primorosamente labrado por encima, adornado de verdor, provisto de bancos y escaños. Tenía también en su interior un blando lecho, sobre el cual podían recostarse los cansados. Esto, bien puedes pensarlo, considerándolo todo, era tentador; pues los peregrinos ya comenzaban a sentirse rendidos por lo malo del camino; mas no hubo ni uno de ellos que hiciera siquiera el ademán de detenerse allí. Antes bien, por lo que pude percibir, prestaban de continuo tanta atención al consejo de su guía, y él les advertía tan fielmente de los peligros, y de la naturaleza de los peligros cuando estaban en ellos, que de ordinario, cuando más cerca estaban de ellos, más cobraban ánimo, y se alentaban unos a otros a negar la carne. Este cenador se llamaba El Amigo del Perezoso, y estaba hecho a propósito para atraer, si fuera posible, a algunos de los peregrinos a que allí tomaran reposo cuando estuvieran cansados.
Vi en mi sueño que siguieron por esta su solitaria tierra, hasta que llegaron a un lugar donde el hombre es propenso a perder el camino. Ahora bien, aunque cuando había luz su guía sabía bastante bien cómo evitar aquellos senderos que llevaban por mal camino, en la oscuridad, sin embargo, quedó detenido. Pero tenía en el bolsillo un mapa de todos los caminos que llevan hacia o desde la Ciudad Celestial; por lo cual encendió una luz (pues nunca va tampoco sin su yesquero), y echa una mirada a su libro o mapa, que le manda ser cuidadoso en aquel lugar de torcer a la mano derecha. Y de no haber tenido cuidado aquí de mirar en su mapa, todos, con toda probabilidad, habrían quedado sepultados en el fango; pues justo un poco delante de ellos, y eso al extremo del camino más limpio, había un hoyo, nadie sabe cuán hondo, lleno de nada sino de lodo, hecho allí a propósito para destruir en él a los peregrinos.
Entonces pensé para mí: ¿Quién que va en peregrinación no querría llevar consigo uno de estos mapas, para poder mirar, cuando esté detenido, cuál es el camino que ha de tomar?
Luego siguieron por esta Tierra Encantada hasta que llegaron a donde había otro cenador, y estaba construido al borde del camino real. Y en aquel cenador yacían dos hombres, cuyos nombres eran Descuidado y Demasiado-Osado. Estos dos habían llegado hasta aquí en su peregrinación; pero aquí, rendidos por su viaje, se sentaron a descansar, y así cayeron en profundo sueño. Cuando los peregrinos los vieron, se detuvieron, y menearon la cabeza; pues sabían que los durmientes se hallaban en lastimoso estado. Entonces deliberaron qué hacer, si seguir adelante y dejarlos en su sueño, o acercarse a ellos y tratar de despertarlos; así que resolvieron ir a ellos y despertarlos, es decir, si podían; mas con esta precaución, a saber, guardarse de que ellos mismos no se sentaran ni aceptaran el ofrecido beneficio de aquel cenador.
Así que entraron, y hablaron a los hombres, y llamaron a cada uno por su nombre, pues el guía, según parece, los conocía; mas no hubo voz ni respuesta. Entonces el guía los sacudió, e hizo cuanto pudo por importunarlos. Entonces dijo uno de ellos: Te pagaré cuando cobre mi dinero. Ante lo cual el guía meneó la cabeza. Pelearé mientras pueda sostener la espada en la mano, dijo el otro. Ante eso, uno de los niños se rió.
Entonces dijo Cristiana: ¿Qué significa esto? Dijo el guía: Hablan en sueños. Si los golpeáis, los apaleáis, o cualquier otra cosa que les hagáis, os responderán de esta manera; o, como dijo uno de ellos en tiempos antiguos, cuando las olas del mar batían sobre él, y él dormía como quien está en lo alto del mástil de un navío, Proverbios 23:34,35: «Cuando despierte, aún lo volveré a buscar.» Ya sabéis que, cuando los hombres hablan en sueños, dicen cualquier cosa; pero sus palabras no están gobernadas ni por la fe ni por la razón. Hay ahora una incoherencia en sus palabras, como la había antes entre su ir en peregrinación y su sentarse aquí. Este, pues, es el mal del asunto: cuando los descuidados van en peregrinación, es veinte contra uno que se vean tratados así. Porque esta Tierra Encantada es uno de los últimos refugios que tiene el enemigo de los peregrinos; por eso está, como veis, colocada casi al fin del camino, y así se levanta contra nosotros con mayor ventaja. Pues ¿cuándo, piensa el enemigo, desearán estos necios sentarse tanto como cuando están cansados? ¿y cuándo estarán tan propensos a cansarse como cuando ya están cerca del fin de su viaje? Por eso es, digo, que la Tierra Encantada está colocada tan cerca de la tierra de Beulá, y tan próxima al fin de su carrera. Por tanto, mírense los peregrinos a sí mismos, no sea que les suceda como les ha sucedido a estos que, como veis, han caído dormidos, y nadie puede despertarlos.
Entonces los peregrinos desearon con temblor seguir adelante; solo rogaron a su guía que encendiera una luz, para poder hacer el resto de su camino con la ayuda de la luz de una linterna. Así que encendió una luz, y con la ayuda de ella recorrieron el resto de este camino, aunque la oscuridad era muy grande. 2 Pedro 1:19. Pero los niños empezaron a cansarse en gran manera, y clamaron a aquel que ama a los peregrinos, para que hiciera su camino más llevadero. Y así, cuando hubieron avanzado un poco más, se levantó un viento que ahuyentó la niebla, de modo que el aire se aclaró más. Con todo, no habían salido (ni con mucho) de la Tierra Encantada; solo que ahora podían verse mejor unos a otros, y el camino por donde debían andar.
Y cuando estaban casi al fin de esta tierra, percibieron que un poco delante de ellos había un ruido solemne, como de alguien muy afligido. Así que siguieron adelante y miraron ante sí: y he aquí que vieron, según pensaron, a un hombre de rodillas, con las manos y los ojos alzados, y hablando, según pensaron, con fervor a uno que estaba en lo alto. Se acercaron, pero no podían saber qué decía; así que anduvieron quedamente hasta que él hubo terminado. Cuando hubo terminado, se levantó, y comenzó a correr hacia la Ciudad Celestial. Entonces el Sr. Gran-Corazón le llamó, diciendo: ¡Hola, amigo! danos tu compañía, si es que vas, como supongo que vas, a la Ciudad Celestial. Entonces el hombre se detuvo, y ellos llegaron hasta él. Pero tan pronto como el Sr. Honesto lo vio, dijo: Conozco a este hombre. Entonces dijo el Sr. Valiente-por-la-Verdad: Dime, te ruego, ¿quién es? Es uno, dijo, que viene de por donde yo moraba. Su nombre es Firme; es, ciertamente, un peregrino muy bueno.
Así llegaron el uno al otro; y en seguida Firme dijo al viejo Honesto: ¡Hola, padre Honesto! ¿estáis ahí? Sí, dijo él, aquí estoy, tan cierto como que vos estáis ahí. Muy contento estoy, dijo el Sr. Firme, de haberos hallado en este camino. Y tan contento estoy yo, dijo el otro, de haberos divisado de rodillas. Entonces el Sr. Firme se sonrojó, y dijo: Pero ¿cómo, me visteis? Sí que os vi, respondió el otro, y de corazón me alegré al veros. Pues ¿qué pensasteis? dijo Firme. ¡Pensar! dijo el viejo Honesto; ¿qué podía pensar? Pensé que teníamos un hombre honrado en el camino, y que por tanto tendríamos su compañía dentro de poco. Si no pensasteis mal, dijo Firme, ¡cuán dichoso soy! Pero si no soy como debiera, yo solo he de cargar con ello. Eso es verdad, dijo el otro; pero vuestro temor me confirma aún más en que las cosas andan bien entre el Príncipe de los peregrinos y vuestra alma. Porque él dice: «Bienaventurado el hombre que siempre teme.» Proverbios 28:14.
Valiente-por-la-Verdad: Pero bien, hermano, te ruego que nos digas cuál fue la causa de que estuvieras de rodillas hace un momento: ¿fue por alguna misericordia especial que te puso en obligación, o cómo?
Firme: Pues, estamos, como veis, en la Tierra Encantada; y mientras venía de camino, iba yo meditando conmigo mismo cuán peligrosa por naturaleza era la senda en este lugar, y cuántos, que aun habían llegado hasta aquí en su peregrinación, habían sido aquí detenidos y destruidos. Pensaba también en la manera de la muerte con que este lugar destruye a los hombres. Los que aquí mueren, no mueren de ningún mal violento: la muerte con que estos mueren no les es penosa. Pues el que se va durmiendo, comienza aquel viaje con deseo y placer. Sí, tales se conforman con la voluntad de aquella dolencia.
El Sr. Honesto: Entonces el Sr. Honesto, interrumpiéndole, dijo: ¿Visteis a los dos hombres dormidos en el cenador?
Firme: Sí, sí, allí vi a Descuidado y a Demasiado-Osado; y, por lo que sé, allí quedarán tendidos hasta pudrirse. Proverbios 10:7. Pero dejadme seguir con mi relato. Mientras así meditaba, como dije, había una, de muy agradable atavío, pero vieja, que se me presentó, y me ofreció tres cosas, a saber, su cuerpo, su bolsa y su lecho. Ahora bien, lo cierto es que yo estaba a la vez cansado y soñoliento. Soy también pobre como una lechuza, y eso quizá lo sabía la bruja. Pues bien, la rechacé una y otra vez, pero ella hizo a un lado mis rechazos, y sonrió. Entonces empecé a enojarme; mas eso a ella nada le importó. Luego hizo de nuevo sus ofrecimientos, y dijo que, si me dejaba gobernar por ella, me haría grande y feliz; porque, dijo, soy la señora del mundo, y por mí son felices los hombres. Entonces le pregunté su nombre, y me dijo que era Doña Burbuja. Esto me apartó aún más de ella; pero ella seguía persiguiéndome con halagos. Entonces me postré, como visteis, de rodillas, y con las manos alzadas, y con clamores, oré a Aquel que había dicho que ayudaría. Así, justo cuando llegasteis, la dama se fue por su camino. Entonces seguí dando gracias por esta mi
grande liberación; pues creo de veras que ella no se proponía nada bueno, sino que más bien buscaba detenerme en mi viaje.
El Sr. Honesto: Sin duda sus designios eran malos. Pero aguardad, ahora que habláis de ella, me parece que, o bien la he visto, o bien he leído alguna historia acerca de ella.
Firme: Quizá hayáis hecho ambas cosas.
El Sr. Honesto: ¡Doña Burbuja! ¿No es una dama alta y agraciada, de tez algo morena?
Firme: Cierto, dais en el clavo: es justamente así.
El Sr. Honesto: ¿No habla con mucha suavidad, y os regala una sonrisa al final de cada frase?
Firme: De nuevo dais justo en ello, pues estos son precisamente sus gestos.
El Sr. Honesto: ¿No lleva una gran bolsa a su costado, y no mete a menudo la mano en ella, palpando su dinero, como si eso fuera la delicia de su corazón?
Firme: Así es exactamente; si hubiera estado a nuestro lado todo este rato, no podríais haberla retratado ante mí con más amplitud, ni haber descrito mejor sus facciones.
El Sr. Honesto: Entonces el que trazó su retrato fue un buen pintor, y el que escribió de ella dijo la verdad.
El Sr. Gran-Corazón: Esta mujer es una bruja, y es en virtud de sus hechicerías que esta tierra está encantada. Cualquiera que reclina su cabeza en el regazo de ella, bien podría reclinarla sobre aquel tajo sobre el que pende el hacha; y cuantos ponen los ojos en su hermosura son tenidos por enemigos de Dios. Esta es la que mantiene en su esplendor a todos los que son enemigos de los peregrinos. Santiago 4:4. Sí, esta es la que ha comprado a muchos hombres, apartándolos de la vida de peregrino. Es una gran chismosa; ella y sus hijas andan siempre pisando los talones a uno u otro peregrino, ya ensalzando, ya poniendo por delante las excelencias de esta vida. Es una descarada y desvergonzada ramera: hablará con cualquier hombre. Siempre se burla con desprecio de los peregrinos pobres, pero alaba mucho a los ricos. Si hay en un lugar alguno mañoso para hacer dinero, hablará bien de él de casa en casa. Ama sobremanera los banquetes y los festines; siempre está en una u otra mesa bien servida. Ha propalado en algunos lugares que es una diosa, y por eso algunos la adoran. Tiene su tiempo, y lugares abiertos para su fraude; y dirá y afirmará que nadie puede mostrar un bien comparable al suyo. Promete morar con los hijos de los hijos, con tal que la amen y la tengan en mucho. En algunos lugares, y para algunas personas, esparcirá de su bolsa el oro como polvo. Ama que la busquen, que hablen bien de ella, y reposar en el seno de los hombres. Nunca se cansa de alabar sus mercancías, y ama más a los que mejor piensan de ella. Prometerá a algunos coronas y reinos, con tal que sigan su consejo; y, sin embargo, a muchos ha llevado a la horca, y diez mil veces más al infierno.
Firme: ¡Oh! dijo Firme, ¡qué misericordia es que yo la resistiera; pues adónde me habría podido arrastrar!
El Sr. Gran-Corazón: ¿Adónde? No, nadie sino Dios sabe adónde. Pero, en general, de seguro te habría arrastrado a muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición. 1 Timoteo 6:9. Fue ella la que puso a Absalón contra su padre, y a Jeroboam contra su señor. Fue ella la que persuadió a Judas a vender a su Señor; y la que prevaleció sobre Demas para que abandonara la piadosa vida de peregrino. Nadie puede contar el daño que ella hace. Siembra discordia entre gobernantes y súbditos, entre padres e hijos, entre vecino y vecino, entre un hombre y su mujer, entre un hombre y sí mismo, entre la carne y el espíritu. Por tanto, buen Sr. Firme, sé conforme a tu nombre, y cuando lo hayas hecho todo, permanece firme.
Ante este discurso hubo entre los peregrinos una mezcla de gozo y de temblor; mas al fin prorrumpieron y cantaron:
«¡Qué peligro corre el Peregrino!
¡Cuántos son sus enemigos!
¡Cuántas maneras hay de pecar
ningún mortal viviente sabe!
Algunos en la zanja se pierden, sí, quedan
revolcándose en el fango:
algunos, aunque esquivan la sartén,
saltan dentro del fuego.»
Después de esto, contemplé hasta que hubieron llegado a la tierra de Beulá, donde el sol brilla de noche y de día. Aquí, por estar cansados, se entregaron un rato al reposo. Y como este país era de uso común para los peregrinos, y como los huertos y las viñas que había aquí pertenecían al Rey del país Celestial, por eso tenían licencia para disponer con libertad de cualquiera de sus cosas. Mas un breve rato pronto los reanimó aquí; pues las campanas repicaban de tal manera, y las trompetas sonaban de continuo tan melodiosamente, que no podían dormir, y con todo recibían tanto refrigerio como si hubieran dormido su sueño del modo más profundo. Aquí también todo el clamor de los que andaban por las calles era: ¡Más peregrinos han llegado a la ciudad! Y otro respondía, diciendo: ¡Y tantos han pasado hoy las aguas, y han sido admitidos por las puertas de oro! Volvían a gritar: ¡Ha llegado ahora a la ciudad una legión de seres resplandecientes, por lo cual sabemos que hay más peregrinos en el camino; pues aquí vienen a esperarlos, y a consolarlos después de toda su tribulación! Entonces los peregrinos se levantaron, y anduvieron de un lado a otro. ¡Mas cómo se llenaban ahora sus oídos de sonidos celestiales, y sus ojos se deleitaban con visiones celestes! En esta tierra nada oían, nada veían, nada sentían, nada olían, nada gustaban que fuera desagradable a su estómago o a su mente; solo que, cuando probaban el agua del río que habían de pasar, les parecía que sabía un poco amarga al paladar; mas resultaba más dulce una vez pasada.
En este lugar se llevaba un registro de los nombres de los que habían sido peregrinos de antaño, y una historia de todos los hechos famosos que habían realizado. Aquí se hablaba también mucho de cómo el río para algunos había tenido sus crecidas, y qué menguas ha tenido mientras otros lo cruzaban. Para algunos ha estado poco menos que seco, mientras que para otros se ha desbordado de sus riberas.
En este lugar los niños del pueblo iban a los jardines del Rey, y recogían ramilletes para los peregrinos, y se los llevaban con mucho cariño. Aquí crecían también el alheña, con el nardo y el azafrán, el cálamo y la canela, con todos los árboles de incienso, mirra y áloes, con todas las especias principales. Con estas se perfumaban las estancias de los peregrinos mientras se hospedaban aquí; y con estas eran ungidos sus cuerpos, para prepararlos a pasar el río, cuando llegara el tiempo señalado.
Y mientras se hospedaban aquí, y aguardaban la buena hora, corrió la voz en la ciudad de que había llegado un mensajero de la Ciudad Celestial, con un asunto de gran importancia para una tal Cristiana, la esposa de Cristiano el peregrino. Así que se preguntó por ella, y se dio con la casa donde estaba. Entonces el mensajero le presentó una carta. El contenido era: Salve, buena mujer; te traigo nuevas de que el Maestro te llama, y espera que te presentes en su presencia, con vestiduras de inmortalidad, dentro de estos diez días.
Cuando le hubo leído esta carta, le dio con ella una señal segura de que era un verdadero mensajero, y de que había venido a ordenarle que se apresurara a partir. La señal era una flecha, con la punta aguzada de amor, que se le hincó suavemente en el corazón, la cual poco a poco obró en ella con tal eficacia, que al tiempo señalado ella habría de partir.
Cuando Cristiana vio que su tiempo había llegado, y que era la primera de esta compañía que había de pasar, mandó llamar al Sr. Gran-Corazón, su guía, y le contó cómo estaban las cosas. Él le dijo que se alegraba de todo corazón por la noticia, y que se habría alegrado si el mensajero hubiera venido por él. Entonces ella le rogó que diera su parecer sobre cómo debía prepararse todo para su viaje. Y él le dijo, diciendo: Así y así ha de ser, y los que sobrevivimos te acompañaremos hasta la orilla del río.
Entonces llamó a sus hijos, y les dio su bendición, y les dijo que había leído con consuelo la marca que estaba puesta en sus frentes, y que se alegraba de verlos allí con ella, y de que hubieran conservado sus vestiduras tan blancas. Por último, legó a los pobres lo poco que tenía, y ordenó a sus hijos e hijas que estuvieran prontos para cuando el mensajero viniera por ellos.
Cuando hubo dicho estas palabras a su guía, y a sus hijos, mandó llamar al Sr. Valiente-por-la-Verdad, y le dijo: Señor, en todo lugar os habéis mostrado de corazón sincero; sed fiel hasta la muerte, y mi Rey os dará la corona de la vida. Apocalipsis 2:10. Quisiera también rogaros que tengáis cuidado de mis hijos; y si en algún momento los veis desfallecer, habladles con consuelo. En cuanto a mis hijas, las esposas de mis hijos, han sido fieles, y el cumplimiento de la promesa sobre ellas será su fin. Pero al Sr. Firme le dio un anillo.
Entonces llamó al viejo Sr. Honesto, y dijo de él: «¡He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño!» Juan 1:47. Entonces dijo él: Os deseo un buen día cuando partáis hacia el Monte Sion, y me alegraré de ver que pasáis el río a pie enjuto. Mas ella respondió: Venga mojado, venga seco, anhelo partir; pues, sea cual fuere el tiempo en mi viaje, tendré tiempo de sobra, cuando llegue allá, para sentarme y descansar y secarme.
Entonces entró aquel buen hombre, el Sr. Presto-a-Cojear, a verla. Y ella le dijo: Tu andar hasta aquí ha sido con dificultad; pero eso hará tu reposo más dulce. Vela, y está preparado; pues a la hora que menos pienses, puede venir el mensajero.
Después de él vinieron el Sr. Abatimiento y su hija Muy-Temerosa, a quienes ella dijo: Debéis, con gratitud, recordar para siempre vuestra liberación de las manos del Gigante Desesperación, y de fuera del Castillo de la Duda. El efecto de aquella misericordia es que habéis sido traídos con salvamento hasta aquí. Sed vigilantes, y desechad el temor; sed sobrios, y esperad hasta el fin.
Entonces dijo al Sr. Ánimo-Débil: Tú fuiste librado de la boca del Gigante Mata-bueno, para que vivieras en la luz de los vivientes, y vieras a tu Rey con consuelo. Solo te aconsejo que te arrepientas de tu propensión a temer y a dudar de su bondad, antes de que él envíe por ti; no sea que, cuando venga, te veas forzado a presentarte ante él por aquella falta con rubor.
Y se acercaba el día en que Cristiana había de partir. Así que el camino estaba lleno de gente para verla emprender su viaje. Pero he aquí que todas las riberas del otro lado del río estaban llenas de caballos y de carros, que habían descendido de lo alto para acompañarla hasta la puerta de la ciudad. Así que salió, y entró en el río, con un gesto de despedida a los que la seguían. Las últimas palabras que se le oyeron decir fueron: ¡Voy, Señor, a estar contigo y a bendecirte! Entonces sus hijos y amigos volvieron a su lugar, pues los que aguardaban a Cristiana la habían llevado fuera de su vista. Así que ella marchó y llamó, y entró por la puerta con todas las ceremonias de gozo con que su marido Cristiano había entrado antes que ella. A su partida, los niños lloraron. Pero el Sr. Gran-Corazón y el Sr. Valiente tañeron el címbalo y el arpa bien afinados de gozo. Y todos se retiraron a sus respectivos lugares.
Andando el tiempo, llegó de nuevo un mensajero a la ciudad, y su encargo era para el Sr. Presto-a-Cojear. Así que preguntó por él, y dijo: Vengo de parte de Aquel a quien has amado y seguido, aunque sobre muletas; y mi mensaje es decirte que él te espera a su mesa, para cenar con él en su reino, el día siguiente a la Pascua; por tanto, prepárate para este viaje. Entonces le dio también una señal de que era un verdadero mensajero, diciendo: «He quebrado tu cuenco de oro, y he soltado tu cordón de plata.» Eclesiastés 12:6.
Después de esto, el Sr. Presto-a-Cojear llamó a sus compañeros de peregrinación, y les dijo, diciendo: Me han mandado llamar, y Dios ciertamente os visitará también a vosotros. Así que rogó al Sr. Valiente que redactara su testamento. Y como no tenía nada que legar a los que le sobrevivieran, sino sus muletas y sus buenos deseos, por eso dijo así: Estas muletas las lego a mi hijo que ha de seguir mis pasos, con cien fervientes deseos de que resulte mejor de lo que yo he sido.
Entonces dio gracias al Sr. Gran-Corazón por su guía y su bondad, y así se dispuso para su viaje. Cuando llegó a la orilla del río, dijo: Ya no tendré más necesidad de estas muletas, pues allá hay carros y caballos para que yo cabalgue. Las últimas palabras que se le oyeron decir fueron: ¡Bienvenida, vida! Y siguió su camino.
Después de esto, al Sr. Ánimo-Débil le llegó la noticia de que el mensajero tocaba su cuerno a la puerta de su aposento. Entonces este entró, y le dijo, diciendo: Vengo a decirte que tu Maestro tiene necesidad de ti, y que dentro de muy poco tiempo has de contemplar su rostro en resplandor. Y toma esto como señal de la verdad de mi mensaje: «Las que miran por las ventanas se oscurecerán.» Eclesiastés 12:3. Entonces el Sr. Ánimo-Débil llamó a sus amigos, y les contó qué encargo se le había traído, y qué señal había recibido de la verdad del mensaje. Luego dijo: puesto que no tengo nada que legar a nadie, ¿de qué serviría hacer testamento? En cuanto a mi ánimo débil, ese lo dejaré tras de mí, porque no tendré necesidad de él en el lugar adonde voy, ni es digno de darse ni al más pobre de los peregrinos; por eso, cuando yo me haya ido, deseo que vos, Sr. Valiente, lo enterréis en un muladar. Hecho esto, y llegado el día en que había de partir, entró en el río como los demás. Sus últimas palabras fueron: ¡Resistid, fe y paciencia! Y pasó al otro lado.
Cuando ya habían pasado muchos días, se mandó llamar al Sr. Abatimiento; pues había llegado un mensajero, y le trajo este mensaje: ¡Hombre tembloroso! estas letras son para citarte a que estés preparado para con el Rey el próximo día del Señor, a fin de gritar de gozo por tu liberación de todas tus dudas. Y, dijo el mensajero, para que sepas que mi mensaje es verdadero, toma esto por prueba: y le dio un saltamontes para que le fuera una carga. Eclesiastés 12:5.
Y la hija del Sr. Abatimiento, cuyo nombre era Muy-Temerosa, dijo, cuando oyó lo que se había hecho, que iría con su padre. Entonces el Sr. Abatimiento dijo a sus amigos: Vosotros sabéis lo que hemos sido yo y mi hija, y cuán fastidiosamente nos hemos comportado en toda compañía. Mi voluntad, y la de mi hija, es que nuestros abatimientos y nuestros temores serviles no sean jamás acogidos por hombre alguno, desde el día de nuestra partida, para siempre; pues sé que, después de mi muerte, se ofrecerán a otros. Porque, para hablaros con franqueza, son fantasmas que hospedamos cuando empezamos a ser peregrinos, y de los que nunca después pudimos desprendernos; y andarán por ahí, buscando hospedaje entre los peregrinos; pero, por amor de nosotros, cerradles las puertas. Cuando llegó el tiempo de su partida, subieron a la orilla del río. Las últimas palabras del Sr. Abatimiento fueron: ¡Adiós, noche; bienvenido, día! Su hija atravesó el río cantando, mas nadie pudo entender lo que decía.
Y aconteció un tiempo después que había en la ciudad un mensajero que preguntaba por el Sr. Honesto. Así que llegó a la casa donde estaba, y le entregó en su mano estas líneas: Se te ordena estar preparado para de aquí a ocho días, a fin de presentarte ante tu Señor en la casa de su Padre. Y por señal de que mi mensaje es verdadero: «Todas las hijas del canto serán abatidas.» Eclesiastés 12:4. Entonces el Sr. Honesto llamó a sus amigos, y les dijo: Muero, mas no haré testamento. En cuanto a mi honradez, irá conmigo; que se le diga esto al que venga después. Cuando llegó el día en que había de partir, se dispuso a pasar el río. Ahora bien, el río en aquel tiempo se desbordaba de sus riberas en algunos lugares; pero el Sr. Honesto, en vida, había hablado con un tal Buena-Conciencia para que se encontrara allí con él, lo cual este también hizo, y le tendió la mano, y así lo ayudó a pasar. Las últimas palabras del Sr. Honesto fueron: ¡La gracia reina! Y así dejó el mundo.
Después de esto se divulgó que el Sr. Valiente-por-la-Verdad había sido llamado con una citación por el mismo mensajero que los otros, y tuvo por señal de que la citación era verdadera: «que su cántaro se quebró junto a la fuente.» Eclesiastés 12:6. Cuando lo comprendió, llamó a sus amigos, y se lo contó. Entonces dijo: Voy a la casa de mi Padre; y aunque con gran dificultad he llegado hasta aquí, con todo, ahora no me pesa toda la fatiga que he pasado por arribar adonde estoy. Mi espada la doy a aquel que me suceda en mi peregrinación, y mi valor y mi destreza a aquel que los pueda conseguir. Mis marcas y cicatrices las llevo conmigo, para que sean testimonio a mi favor de que he combatido las batallas de Aquel que ahora será mi galardonador. Cuando llegó el día en que había de partir de aquí, muchos lo acompañaron hasta la orilla del río, en el cual, al entrar, dijo: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» Y al descender más hondo, dijo: «¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» 1 Corintios 15:55. Así pasó al otro lado, y todas las trompetas sonaron por él al otro lado.
Entonces salió una citación para el Sr. Firme. Este Sr. Firme era aquel a quien el resto de los peregrinos habían hallado de rodillas en la Tierra Encantada. Y el mensajero se la trajo abierta en las manos: su contenido era que debía prepararse para un cambio de vida, pues su Maestro no quería que estuviera más tiempo tan lejos de él. Ante esto, el Sr. Firme quedó pensativo. No, dijo el mensajero, no tenéis por qué dudar de la verdad de mi mensaje; pues aquí hay una señal de su verdad: «Tu rueda se ha quebrado junto a la cisterna.» Eclesiastés 12:6. Entonces llamó al Sr. Gran-Corazón, que era su guía, y le dijo: Señor, aunque no fue mi suerte gozar mucho de vuestra buena compañía durante los días de mi peregrinación, con todo, desde el tiempo en que os conocí, me habéis sido de provecho. Cuando salí de mi casa, dejé tras de mí una esposa y cinco hijos pequeños; permitidme rogaros que, a vuestro regreso (pues sé que vais y volvéis a la casa de vuestro Maestro, con la esperanza de que podáis aún ser guía de otros de los santos peregrinos), enviéis recado a mi familia, y les deis a conocer todo lo que me ha sucedido y me sucederá. Contadles, además, de mi feliz llegada a este lugar, y de la bienaventurada condición, presente y reciente, en que me hallo. Contadles también de Cristiano y de Cristiana su esposa, y cómo ella y sus hijos vinieron en pos de su marido. Contadles también qué feliz fin tuvo ella, y adónde ha ido. Tengo poco o nada que enviar a mi familia, si no son oraciones y lágrimas por ellos; de lo cual bastará que los enteréis, por si acaso prevalecen. Cuando el Sr. Firme hubo puesto así las cosas en orden, y llegado el tiempo de apresurarse a partir, también él descendió al río. Ahora bien, había en aquel tiempo gran calma en el río; por lo cual el Sr. Firme, cuando estaba más o menos a la mitad, se detuvo un rato, y habló con sus compañeros que lo habían acompañado hasta allí. Y dijo: Este río ha sido un terror para muchos; sí, aun el solo pensarlo me ha atemorizado a menudo; pero ahora me parece que estoy sereno; mi pie está afirmado sobre aquello en que estuvieron los pies de los sacerdotes que llevaban el arca del pacto, mientras Israel pasaba el Jordán. Josué 3:17. Las aguas, en verdad, son amargas al paladar, y frías al estómago; con todo, el pensamiento de aquello adonde voy, y del cortejo que me aguarda al otro lado, reposa como un carbón encendido en mi corazón. Me veo ahora al fin de mi viaje; mis días fatigosos han terminado. Voy a ver aquella cabeza que fue coronada de espinas, y aquel rostro que fue escupido por mí. Antes vivía de oídas y por fe; pero ahora voy adonde viviré por vista, y estaré con aquel en cuya compañía me deleito. He amado oír hablar de mi Señor; y dondequiera que he visto en la tierra la huella de su calzado, allí he anhelado poner también mi pie. Su nombre ha sido para mí como un pomo de perfume; sí, más dulce que todos los perfumes. Su voz me ha sido muy dulce, y su rostro lo he deseado más que los que más han deseado la luz del sol. Sus palabras solía recogerlas para mi alimento, y como antídotos contra mis desfallecimientos. Él me ha sostenido, y me ha guardado de mis iniquidades; sí, ha fortalecido mis pasos en su camino.
Y mientras estaba así hablando, su semblante cambió; su hombre fuerte se dobló bajo él; y después de haber dicho: Tómame, porque vengo a ti, dejó de ser visto por ellos.
Mas era glorioso ver cómo la región abierta se llenaba de caballos y de carros, de trompeteros y de flautistas, de cantores y de tañedores de instrumentos de cuerda, para dar la bienvenida a los peregrinos según subían, y entraban unos tras otros por la hermosa puerta de la ciudad.
En cuanto a los hijos de Cristiana, los cuatro muchachos que Cristiana trajo, con sus esposas e hijos, no me quedé donde estaba hasta que hubieran pasado. Además, desde que me vine, oí decir a uno que aún estaban vivos, y que así seguirían, para el crecimiento de la iglesia, en aquel lugar donde estaban, por un tiempo.
Si me tocara en suerte ir de nuevo por aquel camino, quizá dé a los que lo deseen una relación de aquello sobre lo que aquí guardo silencio; entretanto, digo a mi lector
ADIÓS.
FIN.
Capítulo 22 completado
La Octava Etapa