Capítulo 14 · 20 min de lectura
Al lector
Corteses compañeros,
Hace algún tiempo, contaros el sueño que tuve acerca de Cristiano el peregrino, y de su peligroso viaje hacia el país Celestial, me fue grato a mí y provechoso a vosotros. Os conté entonces también lo que vi acerca de su esposa e hijos, y cuán renuentes estaban a ir con él en peregrinación; a tal punto que se vio obligado a seguir su marcha sin ellos; pues no se atrevía a correr el riesgo de aquella destrucción que temía que vendría por quedarse con ellos en la Ciudad de Destrucción; por lo cual, como entonces os mostré, los dejó y partió.
Ahora bien, ha sucedido, por la multiplicidad de los negocios, que me he visto muy impedido y retenido de mis acostumbrados viajes a aquellas regiones de donde él partió, y así no pude, hasta ahora, hallar ocasión de indagar más acerca de aquellos que dejó atrás, para poder daros cuenta de ellos. Mas habiendo tenido últimamente algunos asuntos por aquel rumbo, bajé de nuevo hacia allá. Y habiendo tomado alojamiento en un bosque a cosa de una milla del lugar, mientras dormía, soñé otra vez.
Y estando yo en mi sueño, he aquí que un anciano caballero pasó por donde yo yacía; y, como él había de recorrer parte del camino que yo andaba, me pareció que me levantaba y marchaba con él. Así, mientras caminábamos, y como suelen hacer los viajeros, fue como si entrásemos en conversación; y sucedió que nuestra plática vino a ser acerca de Cristiano y sus viajes; pues así comencé yo con el anciano:
Señor, dije yo, ¿qué ciudad es aquella allá abajo, que está a la mano izquierda de nuestro camino?
Entonces dijo el Sr. Sagacidad (pues tal era su nombre): Es la Ciudad de Destrucción, un lugar populoso, pero habitado por una gente de muy mala índole y ociosa.
Pensé que era esa ciudad, dije yo; una vez pasé yo mismo por aquel pueblo; y por eso sé que este informe que dais de él es cierto.
El Sr. Sagacidad: ¡Demasiado cierto! Ojalá pudiera decir la verdad hablando mejor de los que allí moran.
Pues bien, señor, dije yo, entonces advierto que sois un hombre bien intencionado, y por tanto de los que se complacen en oír y contar lo que es bueno. Decidme, ¿nunca oísteis lo que le sucedió a un hombre, tiempo atrás, de este pueblo (cuyo nombre era Cristiano), que fue en peregrinación hacia las regiones superiores?
El Sr. Sagacidad: ¡Oír de él! Sí, y también oí de los agravios, aflicciones, guerras, cautiverios, clamores, gemidos, sobresaltos y temores que encontró y padeció en su viaje. Además, os diré que todo nuestro país resuena con su nombre; pocas son las casas que han oído de él y de sus hechos que no hayan buscado y obtenido la crónica de su peregrinación; sí, creo poder decir que su arriesgado viaje le ha ganado muchos partidarios de sus caminos; porque, aunque cuando estaba aquí era el necio en boca de todos, ahora que se ha ido es muy alabado por todos. Pues se dice que vive gloriosamente allí donde está; sí, muchos de los que están resueltos a no correr jamás sus peligros, con todo se les hace agua la boca ante sus ganancias.
Bien pueden, dije yo, pensar, si piensan algo que sea cierto, que vive bien allí donde está; pues ahora vive junto a la fuente de la vida y en ella, y tiene lo que tiene sin trabajo ni pesar, porque no hay allí dolor mezclado. Mas decidme, ¿qué dice la gente acerca de él?
El Sr. Sagacidad: ¡Que qué dicen! La gente habla de él extrañamente: unos dicen que ahora anda vestido de blanco, Ap. 3:4; que lleva una cadena de oro al cuello; que tiene sobre la cabeza una corona de oro engastada de perlas; otros dicen que los seres resplandecientes, que a veces se le mostraban en su viaje, se han hecho sus compañeros, y que él es tan familiar con ellos allí donde está como aquí lo es un vecino con otro. Además, se afirma con seguridad acerca de él que el Rey del lugar donde está le ha otorgado ya una morada muy rica y placentera en la corte, y que cada día come y bebe, y anda y habla con él, y recibe las sonrisas y los favores de aquel que es Juez de todos allí. Zac. 3:7; Lucas 14:14,15. Más aún, algunos esperan que su Príncipe, el Señor de aquel país, venga pronto a estas partes, y quiera saber la razón, si alguna pueden dar, de por qué sus vecinos le tuvieron en tan poco, y le tuvieron en tanta burla, cuando percibieron que quería ser peregrino. Judas 14,15.
Porque dicen que ahora está tan metido en el afecto de su Príncipe, que su Soberano se preocupa tanto por las afrentas que se lanzaron contra Cristiano cuando se hizo peregrino, que mirará todo como si se hubiera hecho a él mismo, Lucas 10:16; y no es de extrañar, pues fue por el amor que tenía a su Príncipe por lo que se aventuró como lo hizo.
Bien lo creo, dije yo; me alegro de ello; me alegro por amor del pobre hombre, porque ahora tiene descanso de su trabajo, y porque ahora recoge con gozo el fruto de sus lágrimas; y porque ha quedado fuera del alcance de los tiros de sus enemigos, y lejos del alcance de los que le aborrecen. Ap. 14:13; Sal. 126:5,6. También me alegro de que un rumor de estas cosas se haya difundido por este país; ¿quién sabe si no obrará algún buen efecto en algunos de los que quedaron atrás? Mas decidme, señor, mientras lo tengo fresco en la mente, ¿sabéis algo de su esposa e hijos? ¡Pobres corazones! Me pregunto en mi interior qué harán.
El Sr. Sagacidad: ¿Quiénes? ¿Cristiana y sus hijos? Es probable que les vaya tan bien como al mismo Cristiano; porque aunque todos hicieron el necio al principio, y de ningún modo se dejaron persuadir ni por las lágrimas ni por las súplicas de Cristiano, las segundas reflexiones han obrado maravillosamente en ellos; así que han recogido sus cosas, y también han partido tras él.
Cada vez mejor, dije yo; pero, ¡cómo! ¿esposa e hijos, y todos?
El Sr. Sagacidad: Es cierto; puedo daros cuenta del asunto, pues estuve en el lugar en aquel instante, y conocí a fondo todo el suceso.
Entonces, dije yo, un hombre, al parecer, puede referirlo como una verdad.
El Sr. Sagacidad: No temáis afirmarlo; quiero decir, que todos se han ido en peregrinación, tanto la buena mujer como sus cuatro muchachos. Y puesto que, según advierto, vamos a recorrer juntos un buen trecho, os daré cuenta de todo el asunto.
Esta Cristiana (pues tal fue su nombre desde el día en que ella con sus hijos se entregaron a la vida de peregrinos), después que su esposo hubo cruzado el río, y ya no pudo saber más de él, comenzaron a agitarse sus pensamientos en su mente. Primero, porque había perdido a su esposo, y porque el amoroso vínculo de aquella relación quedaba del todo roto entre ellos. Porque ya sabéis, me dijo él, la naturaleza no puede menos que entretener a los vivos con muchos pesados pensamientos, al recordar la pérdida de seres amados. Esto, pues, de su esposo le costó muchas lágrimas. Pero no fue todo; porque Cristiana comenzó también a considerar consigo misma si su indecoroso proceder para con su esposo no habría sido una causa de que no le viera más, y de que de tal manera le fuera arrebatado. Y con esto le vinieron a la mente, en enjambres, todos sus modos ásperos, desnaturalizados e impíos para con su querido amigo; lo cual también le oprimió la conciencia, y la cargó de culpa. Quedó, además, muy quebrantada al traer a la memoria los inquietos gemidos, las amargas lágrimas y los lamentos de su esposo, y cómo endureció ella su corazón contra todas sus súplicas y amorosas persuasiones para que ella y sus hijos fueran con él; sí, no hubo cosa que Cristiano le dijera, o hiciera delante de ella, durante todo el tiempo en que su carga le colgaba a las espaldas, que no volviera sobre ella como un relámpago, y le partiera en dos el velo del corazón; especialmente aquel amargo clamor suyo, «¿Qué haré para ser salvo?», que resonaba en sus oídos muy dolorosamente.
Entonces dijo ella a sus hijos: Hijos, estamos todos perdidos. He pecado y he apartado de nosotros a vuestro padre, y se ha ido; él quería tenernos consigo, pero yo no quise ir; también os he estorbado a vosotros la vida. Con esto los muchachos rompieron a llorar, y clamaron por ir tras su padre. ¡Oh, dijo Cristiana, ojalá nos hubiera cabido en suerte ir con él! Entonces nos habría ido bien, mucho más de lo que es probable ahora. Porque, aunque antes imaginé neciamente, acerca de las aflicciones de vuestro padre, que procedían de una necia fantasía que tenía, o de que estaba dominado por humores melancólicos; ahora, sin embargo, no se me quita de la mente que brotaron de otra causa; a saber, de que le fue dada la luz de la vida, Santiago 1:23-25; Juan 8:12; con cuya ayuda, según advierto, ha escapado de los lazos de la muerte. Pr. 14:27. Entonces todos lloraron otra vez, y clamaron: ¡Oh, ay del día!
A la noche siguiente Cristiana tuvo un sueño; y he aquí que vio como si un ancho pergamino se abriera delante de ella, en el cual estaba registrada la suma de sus caminos; y los crímenes, según le pareció, se mostraban muy negros contra ella. Entonces clamó en alta voz en su sueño: «Señor, ten misericordia de mí, pecador», Lucas 18:13; y los pequeñuelos la oyeron.
Después de esto le pareció ver a dos seres de muy mal aspecto de pie junto a su lecho, que decían: ¿Qué haremos con esta mujer? pues clama por misericordia, despierta y dormida; si se le deja seguir como ha comenzado, la perderemos como hemos perdido a su esposo. Por lo cual debemos, de un modo u otro, procurar apartarla de los pensamientos de lo que ha de venir, pues de lo contrario nada en el mundo podrá impedir que se haga peregrina.
Despertó entonces con un gran sudor, y un temblor la sobrecogía; mas al cabo de un rato se durmió de nuevo. Y entonces le pareció ver a Cristiano, su esposo, en un lugar de bienaventuranza entre muchos inmortales, con un arpa en la mano, de pie y tañéndola delante de Uno que estaba sentado en un trono con un arco iris en torno a su cabeza. Vio también como si él inclinara la cabeza con el rostro hacia el pavimento que estaba bajo los pies de su Príncipe, diciendo: «Doy de corazón gracias a mi Señor y Rey por traerme a este lugar.» Entonces prorrumpió en gritos una compañía de los que estaban en derredor, y tañeron sus arpas; pero ningún viviente podía decir lo que decían sino Cristiano y sus compañeros.
A la mañana siguiente, cuando se hubo levantado, había orado a Dios y hablado un rato con sus hijos, alguien llamó con fuerza a la puerta; a quien ella respondió en voz alta, diciendo: «Si vienes en el nombre de Dios, entra.» Entonces él dijo: «Amén», y abrió la puerta, y la saludó con: «Paz sea a esta casa.» Y habiéndolo hecho, dijo: «Cristiana, ¿sabes por qué he venido?» Entonces ella se ruborizó y tembló; también su corazón comenzó a entibiarse con el deseo de saber de dónde venía, y cuál era su recado para ella. Así que él le dijo: «Mi nombre es Secreto; moro con los que están en lo alto. Se habla allí donde moro como si tú tuvieras el deseo de ir allá; también corre el rumor de que estás consciente del mal que antaño hiciste a tu esposo, endureciendo tu corazón contra su camino, y manteniendo a estos pequeñuelos en su ignorancia. Cristiana, el Misericordioso me ha enviado a decirte que él es un Dios pronto para perdonar, y que se complace en multiplicar el perdón de las ofensas. También quiere que sepas que te invita a venir a su presencia, a su mesa, y que te alimentará con lo mejor de su casa, y con la heredad de Jacob tu padre.
«Allí está Cristiano, el que fue tu esposo, con legiones más, sus compañeros, contemplando siempre aquel rostro que ministra vida a los que lo contemplan; y todos se alegrarán cuando oigan el sonido de tus pies al traspasar el umbral de tu Padre.»
Ante esto Cristiana quedó muy avergonzada en su interior, e inclinó la cabeza hasta el suelo. Este visitante prosiguió, y dijo: «Cristiana, aquí hay también una carta para ti, que he traído del Rey de tu esposo.» Así que la tomó, y la abrió, mas olía a la manera del mejor perfume. Cantares 1:3. También estaba escrita en letras de oro. El contenido de la carta era este: que el Rey quería que ella hiciera como hizo Cristiano su esposo; porque ese era el camino para llegar a su ciudad, y morar en su presencia con gozo para siempre. Ante esto la buena mujer quedó del todo vencida; así que clamó a su visitante: Señor, ¿me llevaréis a mí y a mis hijos con vos, para que también nosotros vayamos a adorar al Rey?
Entonces dijo el visitante: Cristiana, lo amargo va antes que lo dulce. Has de entrar en esta Ciudad Celestial pasando por tribulaciones, como lo hizo el que fue delante de ti. Por lo cual te aconsejo que hagas como hizo Cristiano tu esposo: ve a la Puerta Estrecha que está allá, al otro lado del llano, pues ella se halla a la cabeza del camino por el que has de subir; y te deseo toda buena andanza. También te aconsejo que pongas esta carta en tu seno, para que leas en ella para ti misma y para tus hijos hasta que la sepas de memoria; porque es uno de los cánticos que has de cantar mientras estés en esta casa de tu peregrinación, Salmo 119:54; también esta la has de entregar en la puerta más lejana.
Vi entonces en mi sueño que este anciano caballero, mientras me contaba la historia, parecía él mismo muy conmovido por ella. Prosiguió además, y dijo: Así que Cristiana reunió a sus hijos, y comenzó a dirigirse a ellos de esta manera: «Hijos míos, he estado, como podéis advertir, últimamente bajo mucha congoja en mi alma por la muerte de vuestro padre; no porque dude en absoluto de su felicidad, pues estoy ahora convencida de que está bien. También me han conmovido mucho los pensamientos acerca de mi propio estado y del vuestro, que verdaderamente creo que es por naturaleza miserable. Mi proceder para con vuestro padre en su angustia es también una gran carga para mi conciencia; pues endurecí mi propio corazón y el vuestro contra él, y rehusé ir con él en peregrinación.
Los pensamientos de estas cosas me matarían ahora del todo, de no ser por un sueño que tuve anoche, y de no ser por el aliento que este forastero me ha dado esta mañana. Venid, hijos míos, recojamos nuestras cosas, y partamos hacia la puerta que lleva al país Celestial, para que veamos a vuestro padre, y estemos con él y con sus compañeros en paz, conforme a las leyes de aquella tierra.
Entonces sus hijos rompieron a llorar, de gozo por ver el corazón de su madre así inclinado. Así que su visitante se despidió de ellos; y comenzaron a prepararse para emprender su viaje.
Mas mientras estaban así a punto de partir, dos de las mujeres que eran vecinas de Cristiana llegaron a su casa, y llamaron a su puerta. A quienes dijo ella como antes: Si venís en el nombre de Dios, entrad. Ante esto las mujeres quedaron atónitas; pues esta clase de lenguaje no solían oírlo, ni percibir que cayera de los labios de Cristiana. Con todo entraron; mas he aquí que hallaron a la buena mujer disponiéndose a partir de su casa.
Así que comenzaron, y dijeron: Vecina, decidnos, ¿qué queréis decir con esto?
Cristiana respondió, y dijo a la mayor de ellas, cuyo nombre era la Sra. Temerosa: Me estoy preparando para un viaje.
Esta Temerosa era hija de aquel que salió al encuentro de Cristiano en la Colina de la Dificultad, y quería hacerle volver atrás por miedo a los leones.
Temerosa: ¿Para qué viaje, os ruego?
Cristiana: Nada menos que para ir tras mi buen esposo. Y con esto se echó a llorar.
Temerosa: Espero que no sea así, buena vecina; te ruego que, por amor de tus pobres hijos, no te eches a perder de manera tan impropia de una mujer.
Cristiana: No, mis hijos irán conmigo; ni uno de ellos está dispuesto a quedarse atrás.
Temerosa: ¡Me pregunto en mi propio corazón qué o quién te ha traído a este pensamiento!
Cristiana: Oh vecina, si supieras tanto como yo sé, no dudo que vendrías conmigo.
Temerosa: Dime, ¿qué nuevo conocimiento has adquirido, que así aparta tu mente de tus amigos, y que te tienta a ir nadie sabe adónde?
Cristiana: Entonces respondió Cristiana: He estado dolorosamente afligida desde que mi esposo se separó de mí; pero especialmente desde que cruzó el río. Mas lo que más me atormenta es mi rudo proceder para con él cuando estaba bajo su angustia. Además, ahora estoy yo como él estaba entonces; nada me satisface sino ir en peregrinación. Anoche estaba soñando que le veía. ¡Oh, si mi alma estuviera con él! Él mora en la presencia del Rey del país; se sienta y come con él a su mesa; se ha hecho compañero de los inmortales, y se le ha dado ahora una casa donde morar, junto a la cual el mejor palacio de la tierra, si se compara, no me parece sino un muladar. 2 Co. 5:1-4. El Príncipe del lugar ha enviado también a buscarme, con promesa de acogida, si voy a él; su mensajero estuvo aquí ahora mismo, y me ha traído una carta que me invita a venir. Y con esto sacó su carta, y la leyó, y les dijo: ¿Qué diréis ahora a esto?
Temerosa: ¡Oh, la locura que se ha apoderado de ti y de tu esposo, para lanzaros a tales dificultades! Has oído, estoy segura, lo que le sucedió a tu esposo, casi al primer paso que dio en su camino, como nuestro vecino Obstinado aún puede atestiguar, pues fue con él; sí, y Flexible también, hasta que ellos, como hombres sensatos, tuvieron miedo de seguir más adelante. También oímos, por añadidura, cómo se topó con los leones, con Apolión, con la Sombra de Muerte, y muchas otras cosas. Ni ha de olvidar tampoco el peligro que corrió en la Feria de la Vanidad. Pues si él, siendo un hombre, se vio tan apurado, ¿qué podrás tú, no siendo sino una pobre mujer? Considera también que estos cuatro dulces pequeñuelos son tus hijos, tu carne y tus huesos. Por lo cual, aunque fueras tan temeraria como para echarte a perder a ti misma, con todo, por amor del fruto de tu cuerpo, quédate en casa.
Mas Cristiana le dijo: No me tientes, vecina mía; tengo ahora un precio puesto en mis manos para obtener ganancia, y sería una necia de la mayor talla si no tuviera ánimo para aprovechar la ocasión. Y en cuanto a que me hablas de todas estas tribulaciones que es probable que encuentre en el camino, tan lejos están de ser para mí un desaliento, que más bien muestran que voy por buen camino. Lo amargo ha de venir antes que lo dulce, y eso también hará lo dulce más dulce. Por lo cual, puesto que no viniste a mi casa en el nombre de Dios, como dije, te ruego que te vayas, y que no me perturbes más.
Entonces Temerosa la injurió, y dijo a su compañera: Ven, vecina Misericordia, dejémosla en sus propias manos, ya que desprecia nuestro consejo y compañía. Pero Misericordia se detuvo, y no pudo tan de buena gana condescender con su vecina; y ello por una doble razón. 1. Sus entrañas se conmovían por Cristiana. Así que dijo dentro de sí: si mi vecina se empeña en irse, iré un trecho con ella, y la ayudaré. 2. Sus entrañas se conmovían por su propia alma; porque lo que Cristiana había dicho había hecho alguna mella en su mente. Por lo cual dijo otra vez dentro de sí: aún tendré más conversación con esta Cristiana; y, si hallo verdad y vida en lo que ella diga, yo misma con todo mi corazón iré también con ella. Por lo cual Misericordia comenzó así a responder a su vecina Temerosa:
Misericordia: Vecina, es cierto que vine contigo a ver a Cristiana esta mañana; y puesto que ella está, como ves, despidiéndose por última vez del país, pienso caminar un poco con ella en esta mañana soleada, para ayudarla en su camino. Pero no le dijo su segunda razón, sino que se la guardó para sí.
Temerosa: Pues bien, veo que tú también tienes ganas de hacer el necio; pero ten cuidado a tiempo, y sé prudente: mientras estamos fuera de peligro, fuera estamos; pero cuando estamos dentro, dentro estamos.
Así que la Sra. Temerosa regresó a su casa, y Cristiana emprendió su viaje. Mas cuando Temerosa hubo llegado a su casa, mandó llamar a algunas de sus vecinas, a saber, la Sra. Ojos-de-Murciélago, la Sra. Desconsiderada, la Sra. Ligera-de-Mente y la Sra. Nada-Sabe. Así que, cuando hubieron llegado a su casa, se puso a contar la historia de Cristiana, y de su proyectado viaje. Y así comenzó su relato:
Temerosa: Vecinas, teniendo poco que hacer esta mañana, fui a hacer una visita a Cristiana; y cuando llegué a la puerta llamé, como sabéis que es nuestra costumbre; y ella respondió: Si venís en el nombre de Dios, entrad. Así que entré, pensando que todo iba bien; mas, cuando entré, la hallé preparándose para dejar el pueblo, ella y también sus hijos. De modo que le pregunté qué quería decir con aquello. Y me dijo, en pocas palabras, que estaba ahora resuelta a ir en peregrinación, como hizo su esposo. Me contó también de un sueño que había tenido, y de cómo el Rey del país donde estaba su esposo le había enviado una carta invitándola a ir allá.
Entonces dijo la Sra. Nada-Sabe: Y qué, ¿crees que se irá?
Temerosa: Sí, irse se irá, pase lo que pase; y me parece que lo sé por esto: porque lo que era mi gran argumento para persuadirla a quedarse en casa (a saber, las tribulaciones que era probable que encontrara en el camino) es un gran argumento para ella para impulsarla en su viaje. Pues me dijo con todas las letras: Lo amargo va antes que lo dulce; sí, y por cuanto es así, hace lo dulce más dulce.
La Sra. Ojos-de-Murciélago: ¡Oh, esta mujer ciega y necia! dijo ella; ¿y no escarmentará con las aflicciones de su esposo? Por mi parte, veo que, si él estuviera aquí de nuevo, se quedaría contento con el pellejo entero, y jamás correría tantos peligros por nada.
La Sra. Desconsiderada replicó también, diciendo: Fuera del pueblo con tales necias fantasiosas; buen viaje, por mi parte, digo, de ella; si se quedara donde mora, y conservara este su pensamiento, ¿quién podría vivir en paz junto a ella? pues o estará melancólica, o insociable, o hablará de tales asuntos que ninguna persona sensata puede soportar. Por lo cual, por mi parte, jamás lamentaré su partida; que se vaya, y que venga otra mejor en su lugar: nunca fue bueno el mundo desde que estos necios caprichosos moraron en él.
Entonces la Sra. Ligera-de-Mente añadió lo siguiente: Vamos, dejad a un lado esta clase de conversación. Ayer estuve en casa de Madama Lasciva, donde estuvimos tan alegres como las mozas. Pues ¿quién pensáis que había de estar allí sino yo y la Sra. Ama-la-Carne, y tres o cuatro más, con la Sra. Lujuria, la Sra. Inmundicia y algunas otras? Así que allí tuvimos música y baile, y todo lo demás que convenía para colmar el placer. Y me atrevo a decir que mi señora misma es una dama admirablemente bien educada, y el Sr. Lujuria es un mozo muy apuesto.
Capítulo 14 completado
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