El progreso del peregrino
El camino del autor

Capítulo 13 · 10 min de lectura

El camino del autor

DEL
ENVÍO DE SU SEGUNDA PARTE
DEL
PEREGRINO

Ve ahora, mi pequeño Libro, a todo lugar

donde mi primer Peregrino apenas ha mostrado su rostro:

Llama a su puerta: si alguno pregunta: «¿Quién anda ahí?»,

responde tú: «Aquí está Cristiana».

Si te invitan a entrar, entra entonces,

con todos tus muchachos; y luego, como bien sabes,

diles quiénes son, y también de dónde vinieron;

quizá los reconozcan por su semblante o su nombre:

mas si no fuera así, pregúntales de nuevo

si en otro tiempo no acogieron

a un tal Cristiano, un Peregrino. Si dicen

que sí, y que se deleitaron en su camino,

hazles saber entonces que estos eran parientes

suyos; sí, su esposa y sus hijos son.

Diles que han dejado su casa y su hogar;

que se han vuelto Peregrinos; que buscan un mundo por venir;

que han encontrado penalidades en el camino;

que hallan tribulaciones noche y día;

que han pisado serpientes; luchado con demonios;

y también vencido muchos males;

sí, háblales también de los que después,

por amor a la peregrinación, han sido firmes y valientes

defensores de ese camino; y cómo aún

rehúsan este mundo por hacer la voluntad de su Padre.

Ve a hablarles también de aquellas dulces cosas

que la peregrinación trae al Peregrino.

Que sepan también cómo son

amados de su Rey, bajo su cuidado;

qué hermosas mansiones les provee;

aunque encuentren vientos recios y crecientes mareas,

qué espléndida calma gozarán al fin,

quienes a su Señor y a sus caminos se aferran.

Quizá con el corazón y la mano te abracen

a ti, como lo hicieron con mi primogénito; y honren

a ti y a tus compañeros con tal agasajo y sustento,

que muestre bien que son amantes de los Peregrinos.

Objeción I

¿Y qué si no quieren creerme

que soy verdaderamente tuyo? Pues hay algunos

que falsifican al Peregrino y su nombre,

y buscan, con disfraz, parecer el mismo;

y por tal medio se han introducido

en las manos y las casas de no sé quiénes.

Respuesta

Es cierto que algunos, de un tiempo acá, para falsificar

a mi Peregrino, a lo suyo pusieron mi título;

sí, otros la mitad de mi nombre, y el título también,

han cosido a sus libros, para darles salida.

Mas ellos, por sus rasgos, declaran

que no son míos, sean quienes sean.

Si con tales te topas, tu único recurso

ante todos ellos es decir tu dicho

en tu propia lengua natal, que ningún hombre

usa ahora, ni con facilidad puede fingir.

Si, con todo, aún dudaren de ti,

pensando que andas, como los gitanos,

de mala manera mancillando la tierra;

o que buscas engañar a la buena gente

con cosas ilícitas; manda por mí,

y yo testificaré que sois peregrinos;

sí, testificaré que solo vosotros

sois mis Peregrinos, y eso solo bastará.

Objeción II

Mas quizá pregunte yo por él

a quienes lo desean condenado en vida y cuerpo.

¿Qué haré, cuando a tal puerta

pregunte por Peregrinos, y ellos más se enfurezcan?

Respuesta

No te espantes, mi Libro, pues tales espantajos

no son sino temores sin fundamento.

El libro de mi Peregrino ha recorrido mar y tierra,

y nunca he llegado a saber

que fuera menospreciado o echado por la puerta

por reino alguno, fuese rico o pobre.

En Francia y Flandes, donde los hombres se matan entre sí,

mi Peregrino es tenido por amigo, por hermano.

En Holanda también, se dice, según me cuentan,

mi Peregrino vale, para algunos, más que el oro.

Montañeses y bravíos irlandeses convienen

en que mi Peregrino les sea familiar.

En Nueva Inglaterra goza de tal favor,

recibe allí tan amoroso acogimiento,

que lo engalanan, lo revisten de nuevo y lo adornan con joyas,

para que muestre sus rasgos y sus miembros.

Y más aún: tan gallardo camina mi Peregrino,

que de él millares cantan y hablan cada día.

Si te acercas más a casa, se verá

que mi Peregrino no tiene motivo de vergüenza ni de temor:

ciudad y campo lo acogerán,

con un «¡Bienvenido, Peregrino!»; sí, no pueden contenerse

de sonreír, si mi Peregrino está cerca,

o asoma la cabeza en cualquier compañía.

Bizarros galanes abrazan y aman a mi Peregrino,

lo estiman mucho, sí, lo valoran por encima

de cosas de mayor bulto; sí, con deleite

dicen: «la pata de mi alondra vale más que un milano».

Las jóvenes damas, y también las señoritas,

no muestran pequeña bondad a mi Peregrino;

sus gabinetes, sus pechos y sus corazones

tiene mi Peregrino; porque él les imparte

sus lindos enigmas en tan sanos acentos,

que les rinden provecho doble a su esfuerzo

de leer; sí, creo que puedo atreverme

a decir que algunos lo aprecian muy por encima de su oro.

Los niños mismos que andan por la calle,

si acaso encuentran a mi santo Peregrino,

lo saludarán; le desearán bien, y dirán

que es el único mozo del día.

Los que nunca lo han visto, admiran sin embargo

lo que de él han oído, y mucho desean

tener su compañía, y oírle contar

aquellas historias de Peregrinos que tan bien conoce.

Sí, algunos que al principio no lo amaban,

sino que lo llamaban necio y bobo, dicen que ahora,

tras haberlo visto y oído, lo alaban

y a quienes aman se lo envían.

Por lo cual, Segunda Parte mía, no has de estar

temerosa de asomar la cabeza: nadie puede dañarte,

de cuantos bien quieren al que fue delante;

porque vienes después con un segundo acopio

de cosas tan buenas, tan ricas, tan provechosas,

para el joven, para el viejo, para el vacilante y para el firme.

Objeción III

Mas hay algunos que dicen: ríe demasiado fuerte;

y otros dicen: su cabeza está en una nube.

Algunos dicen: sus palabras e historias son tan oscuras,

que no saben cómo hallar por ellas su intención.

Respuesta

Podría uno, creo, decir: tanto sus risas como sus llantos

bien pueden adivinarse por sus ojos húmedos.

Algunas cosas son de tal índole, que hacen

reír a la imaginación, mientras duele el corazón:

cuando Jacob vio a su Raquel con las ovejas,

a un tiempo besó y lloró.

Y en cuanto a los que dicen: hay una nube en su cabeza,

eso no hace sino mostrar que su sabiduría está cubierta

con sus propios mantos —y para mover la mente

a buscar bien lo que de buena gana hallaría,

las cosas que parecen ocultas en palabras oscuras

no hacen sino atraer más a la mente piadosa

a estudiar qué encerrarán aquellos dichos,

que nos hablan en tono tan nebuloso.

Sé también que una oscura semejanza

se impondrá más a la imaginación curiosa,

y se fijará con más firmeza en el corazón y la cabeza,

que las cosas no tomadas de símiles.

Por lo cual, mi Libro, que ningún desaliento

estorbe tus viajes. Mira, eres enviada

a amigos, no a enemigos; a amigos que darán lugar

a ti, y abrazarán a tus peregrinos y tus palabras.

Además, lo que mi primer Peregrino dejó oculto,

tú, mi valiente segundo Peregrino, lo has revelado;

lo que Cristiano dejó cerrado con llave, y siguió su camino,

la dulce Cristiana lo abre con su llave.

Objeción IV

Mas a algunos no gusta el método de tu primera:

por novela la tienen; la arrojan como polvo.

Si con tales me topara, ¿qué habría de decir?

¿He de despreciarlos como ellos me desprecian, o no?

Respuesta

Cristiana mía, si con tales te encuentras,

de todos modos, con todo amor salúdalos;

no les devuelvas injuria por injuria,

mas, si fruncen el ceño, te ruego que les sonrías:

quizá sea su natural, o algún mal rumor,

lo que así les ha hecho despreciar o replicar.

A unos no gusta el pescado, a otros el queso, y a algunos

no gustan ni sus amigos, ni su propia casa u hogar;

a unos espanta el cerdo, desdeñan el pollo, no aman el ave

más de lo que aman a un cuco o a un búho.

Deja a tales, Cristiana mía, a su elección,

y busca a quienes se alegrarán de hallarte;

de ningún modo porfíes, sino, del modo más humilde,

preséntate a ellos con tu atavío de Peregrino.

Ve, pues, mi pequeño Libro, y muestra a todos

los que te acojan y te den la bienvenida,

lo que a los demás guardarás bien cerrado;

y desea que lo que les muestres sea bendecido

para su bien, y les mueva a elegir ser

Peregrinos, por otro mucho mejor que tú o yo.

Ve, pues, digo, di a todos quién eres:

di: «Yo soy Cristiana; y mi parte

es ahora, con mis cuatro hijos, contaros qué

significa para los hombres tomar la suerte de un Peregrino».

Ve también, y diles quiénes y qué son

los que ahora peregrinan contigo;

di: «He aquí a mi vecina Misericordia»: es una

que largo tiempo ha peregrinado conmigo:

venid, vedla en su rostro virginal, y aprended

a discernir entre los ociosos y los peregrinos.

Sí, aprendan de ella las jóvenes doncellas a apreciar

el mundo que ha de venir, de cualquier manera.

Cuando las livianas muchachitas siguen a Dios,

y dejan a los viejos pecadores chochos a su vara,

es como aquellos días en que los jóvenes clamaban

«¡Hosanna!» cuando los viejos se burlaban.

Después háblales del viejo Honesto, a quien hallaste

con sus canas pisando el suelo del Peregrino;

sí, diles cuán sencillo de corazón era este hombre;

cómo tras su buen Señor llevó la cruz.

Quizá con alguna cabeza cana esto logre

enamorarla de Cristo, y hacerla llorar el pecado.

Diles también cómo el señor Temeroso fue

en peregrinación, y cómo pasó el tiempo

en soledad, con temores y clamores;

y cómo, al fin, ganó el gozoso premio.

Era un buen hombre, aunque muy abatido de ánimo;

es un buen hombre, y hereda la vida.

Háblales también del señor Débil-de-Ánimo,

que no delante, sino siempre detrás quería ir.

Muéstrales también cómo estuvo a punto de ser muerto,

y cómo un tal Gran-Corazón le salvó la vida.

Este hombre era de corazón sincero; aunque débil en gracia,

podía leerse verdadera piedad en su rostro.

Después háblales del señor Presto-a-Cojear,

un hombre con muletas, mas muy sin falta.

Diles cómo el señor Débil-de-Ánimo y él

se amaban, y en el parecer mucho concordaban.

Y sepan todos que, aunque la flaqueza fue su suerte,

a veces el uno cantaba y el otro bailaba.

No olvides al señor Valiente-por-la-Verdad,

aquel hombre de coraje, aunque muy joven:

dile a cada uno que su ánimo era tan recio,

que ningún hombre pudo jamás hacerlo volver atrás;

y cómo Gran-Corazón y él no pudieron contenerse,

sino que derribaron el Castillo de la Duda, ¡y mataron a Desesperación!

No pases por alto al señor Abatimiento,

ni a Muy-Temerosa, su hija, aunque yacen

bajo tales mantos, que pueden hacerlos parecer

(a algunos) como si su Dios los hubiera abandonado.

Iban despacio, pero seguros; y, al fin,

hallaron que el Señor de los Peregrinos era su amigo.

Cuando hayas contado al mundo todas estas cosas,

vuélvete entonces, mi Libro, y pulsa estas cuerdas;

que, con solo tocarlas, harán tal música,

que harán bailar a un tullido y temblar a un gigante.

Aquellos enigmas que yacen guardados en tu pecho,

propónlos y explícalos libremente; y en cuanto al resto

de tus misteriosas líneas, queden ellas

para aquellos cuya ágil imaginación las alcance.

Sea ahora este pequeño Libro una bendición

para quienes aman este pequeño Libro y a mí;

y no tenga su comprador causa de decir

que su dinero se perdió o se malgastó.

Sí, dé este segundo Peregrino tal fruto

que convenga al gusto de cada buen Peregrino;

y persuada a algunos, que andan extraviados,

a volver sus pies y su corazón al recto camino,

Es la ferviente oración de
el Autor,
JOHN BUNYAN.

Capítulo 13 completado

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