El progreso del peregrino
La Décima Etapa

Capítulo 11 · 23 min de lectura

La Décima Etapa

Entonces Cristiano se dirigió así a su compañero:

Cristiano: Bien, ven, mi buen Esperanzado; veo que tú y yo debemos caminar solos otra vez.

Así vi en mi sueño que ellos siguieron adelante con paso ligero, e Ignorancia venía cojeando detrás. Entonces dijo Cristiano a su compañero: Mucho me compadezco de este pobre hombre; ciertamente le irá mal al final.

Esperanzado: ¡Ay! En nuestra ciudad hay muchísimos en su condición, familias enteras, sí, calles enteras, y aun de peregrinos; y si hay tantos en nuestra región, ¿cuántos crees que habrá en el lugar donde él nació?

Cristiano: En verdad, la palabra dice: «Cegó los ojos de ellos, para que no vean», etc.

Pero, ahora que estamos solos, ¿qué piensas de tales hombres? ¿Acaso no tienen en algún momento, según crees, convicciones de pecado, y, por consiguiente, temores de que su estado es peligroso?

Esperanzado: No; respóndela tú mismo, pues eres el mayor.

Cristiano: Entonces digo que a veces (según pienso) puede que sí; pero, siendo naturalmente ignorantes, no comprenden que tales convicciones tienden a su bien; y por eso buscan desesperadamente sofocarlas, y presuntuosamente continúan lisonjeándose en el camino de sus propios corazones.

Esperanzado: Creo, como dices, que el temor tiende mucho al bien de los hombres, y a enderezarlos al comienzo de su peregrinaje.

Cristiano: Sin duda alguna así es, si es recto; pues así dice la palabra: «El temor del Señor es el principio de la sabiduría». Job 28:28; Salmos 111:10; Proverbios 1:7; 9:10.

Esperanzado: ¿Cómo describirás el temor recto?

Cristiano: El temor verdadero o recto se descubre por tres cosas:

1. Por su origen: es causado por convicciones salvadoras a causa del pecado.

2. Impulsa al alma a asirse firmemente de Cristo para la salvación.

3. Engendra y mantiene en el alma una gran reverencia hacia Dios, su palabra y sus caminos; conservándola tierna, y haciéndola temerosa de apartarse de ellos, a diestra o a siniestra, hacia cualquier cosa que pueda deshonrar a Dios, quebrantar su paz, contristar al Espíritu, o hacer que el enemigo hable con oprobio.

Esperanzado: Bien dicho; creo que has dicho la verdad. ¿Ya casi hemos pasado la Tierra Encantada?

Cristiano: ¿Por qué? ¿Estás cansado de esta conversación?

Esperanzado: No, en verdad, sino que quisiera saber dónde estamos.

Cristiano: No nos quedan ya más de dos millas por recorrer en ella. Pero volvamos a nuestro asunto.

Ahora bien, los ignorantes no saben que tales convicciones que tienden a infundirles temor son para su bien, y por eso buscan sofocarlas.

Esperanzado: ¿Cómo buscan sofocarlas?

Cristiano: 1. Piensan que esos temores son obra del diablo (aunque en verdad son obra de Dios), y pensando así los resisten, como cosas que directamente tienden a su ruina. 2. También piensan que esos temores tienden a echar a perder su fe; cuando, ¡ay de ellos, pobres hombres!, no tienen fe alguna; y por eso endurecen sus corazones contra ellos. 3. Presumen que no deben temer, y por tanto, a despecho de ellos, se vuelven presuntuosamente confiados. 4. Ven que esos temores tienden a quitarles su lamentable y vieja santidad propia, y por eso los resisten con todas sus fuerzas.

Esperanzado: Algo de esto conozco por mí mismo; pues antes de conocerme a mí mismo así me sucedía.

Cristiano: Bien, por ahora dejaremos a nuestro vecino Ignorancia a solas, y pasaremos a otra cuestión provechosa.

Esperanzado: De todo corazón; pero comenzarás tú, como siempre.

Cristiano: Pues bien, ¿no conociste, hace unos diez años, a un tal Temporal en tu región, que era entonces hombre adelantado en la religión?

Esperanzado: ¡Que si lo conocí! Sí; vivía en Singracia, una ciudad como a dos millas de Honradez, y habitaba junto a la casa de un tal Vuelve-atrás.

Cristiano: Cierto; vivía bajo el mismo techo que él. Pues bien, aquel hombre estuvo una vez muy despierto: creo que entonces tuvo alguna visión de sus pecados, y de la paga que les correspondía.

Esperanzado: Soy de tu parecer, pues (no estando mi casa a más de tres millas de la suya) él venía a mí muchas veces, y eso con muchas lágrimas. En verdad me compadecía del hombre, y no estaba del todo sin esperanza respecto a él; pero bien se ve que no es todo el que clama: «¡Señor, Señor!».

Cristiano: Me dijo una vez que estaba resuelto a emprender el peregrinaje, como nosotros lo hacemos ahora; pero de repente trabó amistad con un tal Sálvate-a-ti-mismo, y entonces se volvió un extraño para mí.

Esperanzado: Ahora bien, ya que hablamos de él, indaguemos un poco en la razón de la súbita apostasía suya y de otros semejantes.

Cristiano: Puede ser muy provechoso; pero comienza tú.

Esperanzado: Pues bien, a mi juicio hay cuatro razones para ello:

1. Aunque las conciencias de tales hombres son despertadas, sus mentes no son cambiadas: por tanto, cuando el poder de la culpa se desvanece, cesa aquello que los movía a ser religiosos; por lo cual vuelven naturalmente a su propio rumbo; así como vemos que el perro que está enfermo de lo que ha comido, mientras dura su mal, vomita y arroja todo; no que haga esto por libre voluntad (si es que puede decirse que un perro tiene voluntad), sino porque le revuelve el estómago: pero ahora, cuando su mal ha pasado, y aliviado así su estómago, no estando sus deseos en modo alguno apartados de su vómito, se vuelve y lo lame todo; y así es verdad lo que está escrito: «El perro vuelve a su vómito». 2 Pedro 2:22. Así, digo, estando ardientes por el cielo únicamente en virtud del sentimiento y del temor de los tormentos del infierno, a medida que su sentimiento y temor de la condenación se enfría y amaina, así se enfrían también sus deseos del cielo y de la salvación. De modo que sucede que, cuando su culpa y su temor se han ido, mueren sus deseos del cielo y de la felicidad, y vuelven de nuevo a su rumbo.

2. Otra razón es que tienen temores serviles que los dominan: hablo ahora de los temores que tienen de los hombres; «El temor del hombre pondrá lazo». Proverbios 29:25. Así pues, aunque parezcan ardientes por el cielo mientras las llamas del infierno les rodean los oídos, sin embargo, cuando ese terror ha pasado un poco, se entregan a segundos pensamientos, a saber, que es bueno ser prudente y no correr (por no saben qué) el riesgo de perderlo todo, o al menos de meterse en dificultades inevitables e innecesarias; y así se avienen de nuevo con el mundo.

3. La vergüenza que acompaña a la religión se les atraviesa también como un obstáculo en su camino: son orgullosos y altivos, y la religión, a sus ojos, es baja y despreciable: por tanto, cuando han perdido su sentimiento del infierno y de la ira venidera, vuelven de nuevo a su antiguo rumbo.

4. La culpa, y el meditar en el terror, les son penosos; no les gusta ver su miseria antes de caer en ella; aunque quizá el verla al principio, si amaran esa visión, podría hacerlos huir a donde huyen los justos y están seguros; pero como, según insinué antes, rehúyen los pensamientos de culpa y de terror, por tanto, una vez que se libran de sus despertares acerca de los terrores y la ira de Dios, endurecen de buena gana sus corazones, y escogen tales caminos que los endurecerán cada vez más.

Cristiano: Estás bastante cerca del asunto, pues el fondo de todo es la falta de un cambio en su mente y su voluntad. Y por eso no son sino como el malhechor que comparece ante el juez: se estremece y tiembla, y parece arrepentirse de todo corazón, pero el fondo de todo es el temor a la horca: no que tenga detestación alguna de la ofensa, como es evidente; porque, con solo dar libertad a este hombre, seguirá siendo ladrón, y por tanto un bribón todavía; mientras que, si su mente hubiera cambiado, sería de otra manera.

Esperanzado: Ahora que te he mostrado la razón de su retroceso, muéstrame tú la manera de ello.

Cristiano: Lo haré de buena gana.

1. Apartan sus pensamientos, cuanto pueden, del recuerdo de Dios, de la muerte y del juicio venidero.

2. Luego van dejando poco a poco los deberes privados, como la oración a solas, el refrenar sus concupiscencias, la vigilancia, el dolor por el pecado, y cosas semejantes.

3. Después rehúyen la compañía de los cristianos vivos y fervientes.

4. Tras esto, se enfrían para el deber público, como el oír, el leer, la conversación piadosa, y cosas semejantes.

5. Entonces empiezan a buscar defectos, como decimos, en los mantos de algunos de los piadosos, y eso diabólicamente, para tener un pretexto aparente con que arrojar la religión (a causa de algunas flaquezas que han descubierto en ellos) a sus espaldas.

6. Luego empiezan a adherirse y a asociarse con hombres carnales, disolutos y licenciosos.

7. Después dan rienda suelta a conversaciones carnales y licenciosas en secreto; y se alegran si pueden ver tales cosas en algunos que son tenidos por honrados, para hacerlo ellos con más desenfado siguiendo su ejemplo.

8. Tras esto empiezan a jugar abiertamente con pecados pequeños.

9. Y entonces, ya endurecidos, se muestran tal como son. Así, lanzados de nuevo al abismo de la miseria, a menos que un milagro de gracia lo impida, perecen eternamente en sus propios engaños.

Ahora vi en mi sueño que, para este tiempo, los peregrinos habían atravesado la Tierra Encantada, y entraban en la tierra de Beulá, cuyo aire era muy dulce y agradable, Isaías 62:4-12; Cantares 2:10-12; y estando el camino directamente a través de ella, se solazaron allí por una temporada. Sí, aquí oían continuamente el canto de las aves, y veían cada día aparecer las flores en la tierra, y oían la voz de la tórtola en el país. En esta tierra el sol brilla de noche y de día: por lo cual esto estaba más allá del Valle de Sombra de Muerte, y también fuera del alcance del Gigante Desesperación; ni podían, desde este lugar, ver siquiera el Castillo de la Duda. Aquí estaban a la vista de la ciudad a la que iban; y también aquí salieron a su encuentro algunos de sus habitantes; pues en esta tierra solían caminar los seres resplandecientes, porque estaba en los confines del cielo. En esta tierra también fue renovado el pacto entre la Esposa y el Esposo; sí, aquí, «como el esposo se goza por la esposa, así se goza Dios por ellos». Aquí no les faltó ni trigo ni vino; pues en este lugar hallaron en abundancia lo que habían buscado en todo su peregrinaje. Aquí oyeron voces desde la ciudad, voces fuertes, que decían: «Decid a la hija de Sion: ¡He aquí viene tu salvación! ¡He aquí su recompensa con él!». Aquí todos los habitantes del país los llamaban «el Pueblo Santo, los Redimidos del Señor, los Buscados», etc.

Ahora bien, al caminar por esta tierra, tenían mayor regocijo que en las regiones más remotas del reino al que se dirigían; y acercándose a la ciudad, tuvieron de ella una vista aún más perfecta: estaba edificada de perlas y piedras preciosas, y sus calles estaban empedradas de oro; de suerte que, por razón de la gloria natural de la ciudad, y del reflejo de los rayos del sol sobre ella, Cristiano enfermó de deseo; Esperanzado tuvo también uno o dos accesos de la misma enfermedad: por lo cual se detuvieron aquí un rato, clamando a causa de sus angustias: «Si veis a mi amado, decidle que estoy enferma de amor».

Pero, habiéndose fortalecido un poco, y siendo más capaces de soportar su enfermedad, prosiguieron su camino, y llegaron cada vez más cerca, donde había huertos, viñas y jardines, cuyas puertas se abrían al camino real. Ahora bien, al llegar a estos lugares, he aquí que el jardinero estaba en el camino; a quien los peregrinos dijeron: ¿De quién son estas hermosas viñas y jardines? Él respondió: Son del Rey, y están plantados aquí para su propio deleite, y también para el solaz de los peregrinos. Entonces el jardinero los introdujo en las viñas, y los invitó a refrescarse con las delicias, Deuteronomio 23:24; también les mostró allí los paseos y los cenadores del Rey donde él se deleitaba en estar: y aquí se quedaron y durmieron.

Ahora contemplé en mi sueño que hablaban más en su sueño en este tiempo que en todo su viaje; y, estando yo cavilando sobre ello, el jardinero me dijo aun a mí: ¿Por qué cavilas sobre el asunto? Es la naturaleza del fruto de las uvas de estas viñas «deslizarse tan suavemente que hace hablar los labios de los que están dormidos». Cantares 7:9.

Así vi que, cuando despertaron, se dispusieron a subir a la ciudad. Pero, como dije, el reflejo del sol sobre la ciudad (pues la ciudad era de oro puro, Apocalipsis 21:18) era tan sumamente glorioso, que aún no podían contemplarla a cara descubierta, sino por medio de un instrumento hecho para ese fin. 2 Corintios 3:18. Así vi que, mientras seguían adelante, salieron a su encuentro dos hombres con vestiduras que brillaban como el oro, y también sus rostros resplandecían como la luz.

Estos hombres preguntaron a los peregrinos de dónde venían; y ellos se lo dijeron. Les preguntaron también dónde se habían hospedado, qué dificultades y peligros, qué consuelos y placeres habían encontrado en el camino; y ellos se lo dijeron. Entonces dijeron los hombres que los habían encontrado: No os quedan sino dos dificultades más por enfrentar, y entonces estaréis en la Ciudad.

Cristiano entonces y su compañero pidieron a los hombres que fueran con ellos: y ellos les dijeron que lo harían; Pero, dijeron, debéis obtenerlo por vuestra propia fe. Así vi en mi sueño que siguieron juntos hasta que llegaron a la vista de la puerta.

Ahora vi además que entre ellos y la puerta había un río; pero no había puente para pasarlo, y el río era muy profundo. A la vista, pues, de este río, los peregrinos quedaron muy consternados; pero los hombres que iban con ellos dijeron: Debéis pasar a través de él, o no podéis llegar a la puerta.

Los peregrinos entonces empezaron a preguntar si no había otro camino hacia la puerta. A lo cual respondieron: Sí; pero a nadie, salvo a dos, a saber, Enoc y Elías, se le ha permitido pisar esa senda desde la fundación del mundo, ni se le permitirá hasta que suene la última trompeta. Los peregrinos entonces, especialmente Cristiano, empezaron a desalentarse en su ánimo, y miraron de un lado y de otro, pero no hallaron camino alguno por el cual pudieran librarse del río. Entonces preguntaron a los hombres si las aguas eran todas de una misma profundidad. Dijeron: No; sin embargo, en tal caso no podían ayudarlos; pues, dijeron, lo hallaréis más profundo o más somero según creáis en el Rey del lugar.

Entonces se dispusieron a entrar en el agua, y al entrar, Cristiano empezó a hundirse, y clamando a su buen amigo Esperanzado, dijo: Me hundo en aguas profundas; las olas pasan sobre mi cabeza; todas sus ondas pasan sobre mí. Selah.

Entonces dijo el otro: Ten buen ánimo, hermano mío: siento el fondo, y es firme. Entonces dijo Cristiano: ¡Ah, amigo mío! Los dolores de la muerte me han rodeado; no veré la tierra que fluye leche y miel. Y con esto una gran oscuridad y horror cayeron sobre Cristiano, de modo que no podía ver delante de sí. También aquí perdió en gran medida sus sentidos, de suerte que no podía recordar ni hablar con orden de ninguno de aquellos dulces refrigerios que había hallado en el camino de su peregrinaje. Pero todas las palabras que hablaba tendían aún a revelar que tenía horror en la mente, y temores en el corazón de que moriría en aquel río, y nunca obtendría la entrada por la puerta. También aquí, como percibieron los que estaban cerca, estaba muy embargado por los pensamientos angustiosos de los pecados que había cometido, tanto después como antes de comenzar a ser peregrino. Se observó asimismo que estaba turbado por apariciones de duendes y espíritus malignos; pues de continuo lo daba a entender con palabras.

Esperanzado, pues, tuvo aquí mucho trabajo para mantener la cabeza de su hermano por encima del agua; sí, a veces se hundía del todo, y luego, al cabo de un rato, volvía a subir medio muerto. Esperanzado se esforzaba también por consolarlo, diciendo: Hermano, veo la puerta, y hombres que están junto a ella para recibirnos; pero Cristiano respondía: Es a ti, es a ti a quien esperan; pues tú has sido esperanzado desde que te conocí. Y también lo has sido tú, le dijo a Cristiano. ¡Ah, hermano! (dijo), de seguro, si yo estuviera en lo recto, él se levantaría ahora para ayudarme; pero por mis pecados me ha traído al lazo, y me ha abandonado. Entonces dijo Esperanzado: Hermano mío, has olvidado por completo el texto donde se dice de los malos: «No hay ataduras en su muerte, sino que su vigor está firme; no pasan trabajos como los demás hombres, ni son azotados como los otros hombres». Salmos 73:4,5. Estas tribulaciones y angustias por las que pasas en estas aguas no son señal de que Dios te haya abandonado; sino que son enviadas para probarte, si traerás a la memoria lo que hasta ahora has recibido de su bondad, y vivirás de él en tus angustias.

Entonces vi en mi sueño que Cristiano estuvo cavilando un rato. A quien también Esperanzado añadió estas palabras: Ten buen ánimo, Jesucristo te sana. Y con esto Cristiano prorrumpió con gran voz: ¡Oh, lo veo otra vez!; y me dice: «Cuando pasares por las aguas, yo seré contigo; y por los ríos, no te anegarán». Isaías 43:2. Entonces ambos cobraron ánimo, y el enemigo quedó después de eso quieto como una piedra, hasta que hubieron pasado. Cristiano, por tanto, encontró en seguida suelo firme donde pisar, y así resultó que el resto del río no era sino somero. De este modo lo atravesaron.

Ahora bien, en la orilla del río, al otro lado, vieron de nuevo a los dos hombres resplandecientes, que allí los esperaban. Por lo cual, habiendo salido del río, los saludaron, diciendo: Somos espíritus ministradores, enviados para servir a favor de los que serán herederos de la salvación. Así siguieron hacia la puerta.

Ahora bien, debéis notar que la ciudad se alzaba sobre un poderoso monte; pero los peregrinos subieron aquel monte con facilidad, porque tenían a estos dos hombres para conducirlos de los brazos: habían dejado asimismo sus vestiduras mortales en el río; pues, aunque entraron con ellas, salieron sin ellas. Subieron, pues, aquí con mucha agilidad y rapidez, aunque el cimiento sobre el cual estaba fabricada la ciudad era más alto que las nubes; subieron, por tanto, a través de la región del aire, conversando dulcemente mientras iban, consolados porque habían pasado con seguridad el río, y tenían tan gloriosos compañeros que los atendían.

La conversación que tuvieron con los seres resplandecientes fue acerca de la gloria del lugar; los cuales les dijeron que su hermosura y gloria eran inexpresables. Allí, dijeron, está «el Monte Sion, la Jerusalén celestial, la incontable compañía de ángeles, y los espíritus de los justos hechos perfectos». Hebreos 12:22-24. Vais ahora, dijeron, al paraíso de Dios, donde veréis el árbol de la vida, y comeréis de sus frutos que nunca se marchitan: y cuando lleguéis allí se os darán vestiduras blancas, y vuestro andar y vuestro hablar serán cada día con el Rey, sí, todos los días de la eternidad. Apocalipsis 2:7; 3:4,5; 22:5. Allí no volveréis a ver tales cosas como las que visteis cuando estabais en la región inferior sobre la tierra; a saber, tristeza, enfermedad, aflicción y muerte; «porque las primeras cosas pasaron». Apocalipsis 21:4. Vais ahora a Abraham, a Isaac y a Jacob, y a los profetas, hombres que Dios ha apartado del mal venidero, y que ahora están «descansando en sus lechos, andando cada uno en su rectitud». Los hombres entonces preguntaron: ¿Qué hemos de hacer en el lugar santo? A lo cual se les respondió: Allí recibiréis el consuelo de toda vuestra fatiga, y tendréis gozo por toda vuestra tristeza; segaréis lo que habéis sembrado, sí, el fruto de todas vuestras oraciones, lágrimas y sufrimientos por el Rey en el camino. Gálatas 6:7,8. En aquel lugar llevaréis coronas de oro, y gozaréis de la perpetua vista y visión del Santo; pues «allí le veréis tal como él es». 1 Juan 3:2. Allí también le serviréis continuamente con alabanza, con júbilo y acción de gracias, a aquel a quien deseasteis servir en el mundo, aunque con mucha dificultad, a causa de la flaqueza de vuestra carne. Allí vuestros ojos se deleitarán con ver, y vuestros oídos con oír la apacible voz del Poderoso. Allí volveréis a gozar de vuestros amigos que han ido allá antes que vosotros; y allí recibiréis con gozo a todo aquel que os siga al lugar santo después de vosotros. Allí también seréis revestidos de gloria y majestad, y puestos en un cortejo digno de cabalgar con el Rey de Gloria. Cuando él venga con sonido de trompeta en las nubes, como sobre las alas del viento, vosotros vendréis con él; y cuando él se siente en el trono del juicio, vosotros os sentaréis junto a él; sí, y cuando pronuncie sentencia sobre todos los obradores de iniquidad, sean ángeles u hombres, vosotros también tendréis voz en aquel juicio, porque fueron enemigos suyos y vuestros. Asimismo, cuando él vuelva de nuevo a la ciudad, iréis también vosotros con sonido de trompeta, y estaréis para siempre con él. 1 Tesalonicenses 4:14-17; Judas 14,15; Daniel 7:9,10; 1 Corintios 6:2,3.

Ahora bien, mientras se acercaban así a la puerta, he aquí que una compañía del ejército celestial salió a su encuentro: a quienes los otros dos seres resplandecientes dijeron: Estos son los hombres que amaron a nuestro Señor cuando estaban en el mundo, y que lo dejaron todo por su santo nombre; y él nos ha enviado a buscarlos, y los hemos traído hasta aquí en su ansiado viaje, para que entren y miren con gozo el rostro de su Redentor. Entonces el ejército celestial dio un gran grito, diciendo: «Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero». Apocalipsis 19:9. Salieron también en este momento a su encuentro varios de los trompeteros del Rey, vestidos con ropas blancas y resplandecientes, quienes, con sonidos melodiosos y fuertes, hicieron resonar aun los cielos con su son. Estos trompeteros saludaron a Cristiano y a su compañero con diez mil bienvenidas del mundo; y esto lo hicieron con gritos y sonido de trompeta.

Hecho esto, los rodearon por todos lados; unos iban delante, otros detrás, y algunos a la derecha, y algunos a la izquierda (como para escoltarlos a través de las regiones superiores), sonando continuamente mientras iban, con melodioso son, en notas altas; de suerte que la sola visión era, para quien podía contemplarla, como si el cielo mismo hubiera descendido a recibirlos. Así, pues, caminaron juntos; y, mientras caminaban, de continuo estos trompeteros, con son gozoso, mezclando su música con miradas y ademanes, seguían dando a entender a Cristiano y a su hermano cuán bienvenidos eran a su compañía, y con cuánta alegría salían a recibirlos. Y ahora estos dos hombres estaban, por así decirlo, en el cielo, antes de llegar a él, embelesados con la vista de los ángeles, y con el oír de sus melodiosas notas. Aquí también tenían a la vista la ciudad misma; y les parecía oír que todas las campanas de ella repicaban, para darles la bienvenida a ella. Pero, sobre todo, los cálidos y gozosos pensamientos que tenían acerca de su propia morada allí con tal compañía, y eso por los siglos de los siglos; ¡oh, con qué lengua o pluma podría expresarse su glorioso gozo! Así llegaron a la puerta.

Ahora bien, cuando hubieron llegado a la puerta, había escrito sobre ella, en letras de oro,

«Bienaventurados los que guardan sus mandamientos, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad».

Entonces vi en mi sueño que los hombres resplandecientes les mandaron llamar a la puerta: lo cual, cuando lo hicieron, algunos desde arriba se asomaron por encima de la puerta, a saber, Enoc, Moisés y Elías, etc., a quienes se les dijo: Estos peregrinos han venido de la Ciudad de Destrucción, por el amor que profesan al Rey de este lugar; y entonces los peregrinos les entregaron cada uno su certificado, que habían recibido al principio: fueron, pues, llevados aquellos ante el Rey, quien, cuando los hubo leído, dijo: ¿Dónde están los hombres? A lo cual se le respondió: Están de pie fuera de la puerta. El Rey entonces mandó abrir la puerta, «Para que entre la nación justa (dijo él) que guarda la verdad».

Isaías 26:2.

Ahora vi en mi sueño que estos dos hombres entraron por la puerta; y he aquí que, al entrar, fueron transfigurados; y les fueron puestas vestiduras que brillaban como el oro. Había también quienes salieron a su encuentro con arpas y coronas, y se las dieron; las arpas para alabar con ellas, y las coronas en señal de honor. Entonces oí en mi sueño que todas las campanas de la ciudad repicaron de nuevo de gozo, y que se les dijo:

«entrad en el gozo de vuestro señor».

Oí también a los hombres mismos, que cantaban con gran voz, diciendo:

«Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos».

Ahora bien, justo cuando las puertas se abrieron para dejar entrar a los hombres, miré tras ellos, y he aquí que la ciudad brillaba como el sol; también las calles estaban empedradas de oro; y por ellas caminaban muchos hombres, con coronas en sus cabezas, palmas en sus manos, y arpas de oro, para cantar alabanzas con ellas.

Había también entre ellos algunos que tenían alas, y se respondían unos a otros sin cesar, diciendo: Santo, santo, santo es el Señor. Y después de eso cerraron las puertas; lo cual, cuando lo hube visto, deseé hallarme entre ellos.

Ahora bien, mientras contemplaba todas estas cosas, volví la cabeza para mirar atrás, y vi a Ignorancia llegar a la orilla del río; pero pronto lo atravesó, y eso sin la mitad de la dificultad que los otros dos hombres habían encontrado. Pues sucedió que había entonces en aquel lugar un tal Vana-Esperanza, un barquero, que con su barca lo ayudó a pasar; así que él, como los otros que vi, subió el monte, para llegar a la puerta; solo que vino solo, ni hombre alguno salió a su encuentro con el menor aliento. Cuando hubo llegado a la puerta, alzó la vista al escrito que había arriba, y luego empezó a llamar, suponiendo que la entrada le sería concedida prontamente; pero los hombres que se asomaban por lo alto de la puerta le preguntaron: ¿De dónde vienes?, ¿y qué quieres? Él respondió: He comido y bebido en presencia del Rey, y él ha enseñado en nuestras calles. Entonces le pidieron su certificado, para entrar y mostrárselo al Rey: así que buscó a tientas en su seno alguno, y no halló ninguno. Entonces dijeron: ¿No tienes ninguno? Pero el hombre no respondió palabra. Así que se lo dijeron al Rey, pero él no quiso bajar a verlo, sino que mandó a los dos seres resplandecientes, que habían conducido a Cristiano y a Esperanzado a la ciudad, que salieran y tomaran a Ignorancia, y lo ataran de pies y manos, y se lo llevaran. Entonces lo tomaron, y lo llevaron por el aire hasta la puerta que vi en la ladera del monte, y lo metieron allí. Entonces vi que había un camino al infierno, aun desde la puerta del cielo, tanto como desde la Ciudad de Destrucción. Así desperté, y he aquí que era un sueño.

Página 1 / 1 · 23 min restantes en el capítulo