El Ministerio de la Intercesión
¿Quién librará?

Capítulo 9 · 14 min de lectura

¿Quién librará?

«¿No hay bálsamo en Galaad? ¿No hay allí médico? ¿Por qué, pues, no se ha restaurado la salud de la hija de mi pueblo?»—Jeremías 8:22.

«Convertíos, hijos rebeldes, y yo sanaré vuestras rebeliones. He aquí, nosotros venimos a ti, porque tú eres el Señor nuestro Dios.»—Jeremías 3:22.

«Sáname, oh Señor, y seré sano.»—Jeremías 12:14.

«¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Doy gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor. La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.»—Romanos 7:24, 8:2.

Durante una de nuestras convenciones, un caballero vino a verme para pedir consejo y ayuda. Era, evidentemente, un cristiano sincero y bien instruido. Durante algunos años había estado en circunstancias muy difíciles, procurando dar testimonio de Cristo. El resultado era una sensación de fracaso e infelicidad. Su queja era que no sentía gusto por la Palabra, y que, aunque oraba, era como si su corazón no estuviera en ello. Si hablaba a otros, o entregaba un tratado, lo hacía por sentido del deber: el amor y el gozo no estaban presentes. Anhelaba ser lleno del Espíritu de Dios, pero cuanto más lo buscaba, más lejos parecía estar. ¿Qué debía pensar de su estado, y había alguna salida?

Mi respuesta fue que todo el asunto me parecía muy sencillo: él vivía bajo la ley y no bajo la gracia. Mientras siguiera así, no podía haber cambio alguno. Escuchó con atención, pero no alcanzaba a ver exactamente lo que yo quería decir.

Le recordé la diferencia, la absoluta oposición, entre la ley y la gracia. La ley exige; la gracia concede. La ley manda, pero no da fuerza para obedecer; la gracia promete, y cumple, hace todo lo que nos es necesario hacer. La ley agobia, abate y condena; la gracia consuela, y fortalece y alegra. La ley apela al yo, para que haga cuanto pueda; la gracia señala a Cristo, para que lo haga todo. La ley llama al esfuerzo y a la tensión, y nos empuja hacia una meta que jamás podemos alcanzar; la gracia obra en nosotros toda la bienaventurada voluntad de Dios. Le hice ver que su primer paso debía ser, en lugar de luchar contra todo ese fracaso, aceptarlo plenamente, junto con la lección de su propia impotencia, tal como Dios había estado procurando enseñársela, y, con esta confesión, postrarse delante de Dios en total desamparo. Allí sería el lugar donde aprendería que, si la gracia no le daba liberación y fuerza, nunca podría hacerlo mejor de lo que lo había hecho, y que la gracia, en verdad, lo obraría todo por él. Debía salir de debajo de la ley, del yo y del esfuerzo, y tomar su lugar bajo la gracia, permitiendo que Dios lo hiciera todo.

En conversaciones posteriores me dijo que el diagnóstico de la enfermedad había sido correcto. Admitió que la gracia debía hacerlo todo. Y, sin embargo, tan hondo estaba el pensamiento de que nosotros debemos hacer algo, de que al menos debemos aportar nuestra fidelidad para asegurar la obra de la gracia, que temía que su vida no fuera muy distinta; que no estaría a la altura de la tensión de las nuevas dificultades hacia las que ahora se dirigía. Había, en medio de toda aquella intensa sinceridad, un trasfondo de desesperación: no podía vivir como sabía que debía. Ya he dicho, en el capítulo inicial, que en algunas de nuestras reuniones había advertido este tono de desaliento. Y no hay ministro que haya tenido contacto estrecho con almas que buscan vivir enteramente para Dios, «andar como es digno del Señor, agradándole en todo», que no sepa que esto hace imposible el verdadero progreso. Y por hablar especialmente de la falta de oración, y del deseo de vivir una vida de oración más plena, ¡cuántas son las dificultades que hay que afrontar! Cuántas veces hemos resuelto orar más y mejor, y hemos fracasado. No tenemos la fuerza de voluntad que algunos tienen, capaces con una sola resolución de dar la vuelta y cambiar sus hábitos. La presión del deber es tan grande como siempre lo fue; es tan difícil hallar tiempo para orar más; el verdadero deleite en la oración, que nos capacitaría para perseverar, es lo que no sentimos; no poseemos el poder de suplicar e interceder como deberíamos; nuestras oraciones, en lugar de ser un gozo y una fuerza, son fuente de continua condenación propia y de duda. A veces hemos llorado, confesado y resuelto; pero, a decir la honesta verdad, no esperamos —porque no vemos el camino hacia ello— ningún gran cambio.

Es evidente que, mientras prevalezca este espíritu, muy poca esperanza de mejora puede haber. El desaliento ha de traer derrota. Uno de los primeros objetivos de un médico es siempre despertar la esperanza; sin ella, sabe que sus medicinas con frecuencia aprovecharán poco. Ninguna enseñanza de la Palabra de Dios acerca del deber, de la urgente necesidad, del bienaventurado privilegio de orar más, de la oración eficaz, servirá de algo mientras se oiga el secreto susurro: No hay esperanza. Nuestro primer cuidado ha de ser descubrir la causa oculta del fracaso y de la desesperación, y luego mostrar cuán divinamente segura es la liberación. Debemos, a no ser que nos conformemos con nuestro estado, escuchar y unirnos a la pregunta: «¿No hay bálsamo en Galaad? ¿No hay allí médico? ¿Por qué, pues, no se ha restaurado la salud de la hija de mi pueblo?» Debemos escuchar, y recibir en nuestro corazón, la divina promesa con la respuesta que halló: «Convertíos, hijos rebeldes, y yo sanaré vuestras rebeliones. He aquí, nosotros venimos a ti, porque tú eres el Señor nuestro Dios.» Debemos venir con la oración personal, y con la fe de que habrá una respuesta personal. ¿No hemos de comenzar aun ahora a reclamarla en cuanto a la falta de oración, y a creer que Dios nos ayudará? «Sáname, oh Señor, y seré sano.»

Siempre importa distinguir entre los síntomas de una enfermedad y la enfermedad misma. La debilidad y el fracaso en la oración son señal de debilidad en la vida espiritual. Si un paciente pidiera a un médico que le diese algo para estimular su débil pulso, se le diría que esto le aprovecharía de poco. El pulso es el índice del estado del corazón y de todo el organismo: el médico se esfuerza por restaurar la salud. Lo que todo el que de buena gana quisiera orar con más fidelidad y eficacia ha de aprender es esto: que toda su vida espiritual se halla en estado enfermizo, y necesita restauración. Es cuando llega a mirar, no solo sus deficiencias en la oración, sino la carencia en la vida de fe, de la cual esto es el síntoma, que despertará plenamente a la seria naturaleza de la enfermedad. Verá entonces la necesidad de un cambio radical en toda su vida y conducta, si su vida de oración, que no es sino el pulso del organismo espiritual, ha de indicar salud y vigor. Dios nos ha creado de tal modo que el ejercicio de toda función sana produce gozo. La oración ha de ser tan sencilla y natural como respirar o trabajar lo es para un hombre sano. La renuencia que sentimos, y el fracaso que confesamos, son la propia voz de Dios que nos llama a reconocer nuestra enfermedad, y a acudir a Él por la sanidad que ha prometido.

¿Y cuál es, pues, la enfermedad de la cual la falta de oración es el síntoma? No podemos hallar mejor respuesta que la señalada en las palabras: «No estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.»

Aquí se ha sugerido la posibilidad de dos clases de vida cristiana. Puede haber una vida en parte bajo la ley y en parte bajo la gracia; o bien, una vida enteramente bajo la gracia, en la plena libertad del esfuerzo propio, y en la plena experiencia de la fuerza divina que ella puede dar. Un verdadero creyente puede estar viviendo todavía en parte bajo la ley, en el poder del esfuerzo propio, esforzándose por hacer lo que no puede lograr. El continuo fracaso en su vida cristiana que confiesa se debe a una sola cosa: confía en sí mismo, y trata de hacer lo mejor que puede. Ora, en verdad, y busca la ayuda de Dios, pero sigue siendo él, en su fuerza, ayudado por Dios, quien ha de hacer la obra. En las epístolas a los Romanos, a los Corintios y a los Gálatas, sabemos cómo Pablo les dice que no han recibido otra vez el espíritu de esclavitud, que están libres de la ley, que ya no son siervos sino hijos; que de nada deben guardarse tanto como de enredarse de nuevo en el yugo de esclavitud. Por todas partes es el contraste entre la ley y la gracia, entre la carne, que está bajo la ley, y el Espíritu, que es el don de la gracia, y por medio de quien la gracia realiza toda su obra. En nuestros días, tal como en aquellas primeras edades, el gran peligro es vivir bajo la ley, y servir a Dios con la fuerza de la carne. En la gran mayoría de los cristianos parece ser el estado en que permanecen toda su vida. De ahí la carencia, en tan gran medida, de verdadera vida santa y de poder en la oración. No saben que todo fracaso no puede tener sino una sola causa: los hombres procuran hacer por sí mismos lo que solo la gracia puede hacer en ellos, lo que la gracia con toda certeza hará.

Muchos no estarán dispuestos a admitir que esta es su enfermedad, que no están viviendo «bajo la gracia». Imposible, dicen. «Desde lo profundo de mi corazón», clama un cristiano, «creo y sé que no hay nada bueno en mí, y que lo debo todo a la gracia sola». «He pasado mi vida», dice un ministro, «y hallado mi gloria en predicar y exaltar las doctrinas de la gracia gratuita». «Y yo», responde un misionero, «¿cómo habría podido jamás pensar en ver salvados a los paganos, si mi única confianza no hubiera estado en el mensaje que traía, y en el poder en que confiaba, de la sobreabundante gracia de Dios?». Seguramente usted no puede decir que nuestros fracasos en la oración —y con tristeza los confesamos— se deben a que no vivimos «bajo la gracia». Esta no puede ser nuestra enfermedad.

Sabemos cuán a menudo un hombre puede estar padeciendo una enfermedad sin saberlo. Lo que tiene por leve dolencia resulta ser un mal peligroso. No estemos demasiado seguros de que no vivimos, en gran medida, todavía «bajo la ley», mientras nos consideramos viviendo enteramente «bajo la gracia». Muy frecuentemente la razón de este error es el sentido limitado que se atribuye a la palabra «gracia». Así como limitamos a Dios mismo, por nuestros pensamientos pequeños o incrédulos acerca de Él, así limitamos su gracia en el momento mismo en que nos deleitamos en expresiones como las «riquezas de la gracia», la «gracia sobreabundante». ¿No ha sido acaso el término mismo, «gracia que sobreabunda», desde el libro de Bunyan en adelante, ceñido a la sola y grande y bienaventurada verdad de la justificación gratuita, con perdón siempre renovado y gloria eterna para el más vil de los pecadores, mientras que la otra verdad, igualmente bienaventurada, de la «gracia que sobreabunda» en la santificación no es plenamente conocida? Pablo escribe: «Mucho más reinarán en vida por Jesucristo los que reciben la abundancia de la gracia.» Aquel reinar en vida, como vencedor sobre el pecado, es aun aquí en la tierra. «Donde el pecado abundó» en el corazón y en la vida, «sobreabundó la gracia, para que la gracia reinase por la justicia» en toda la vida y el ser del creyente. Es de este reinado de la gracia en el alma que Pablo pregunta: «¿Pecaremos porque estamos bajo la gracia?», y responde: «En ninguna manera.» La gracia no es solo perdón del pecado, sino poder sobre el pecado; la gracia toma el lugar que el pecado tenía en la vida, y se compromete, así como el pecado había reinado dentro en el poder de la muerte, a reinar en el poder de la vida de Cristo. Es de esta gracia que Cristo habló: «Bástate mi gracia», y Pablo respondió: «Me gloriaré en mi debilidad; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.» Es de esta gracia, la cual, cuando estamos dispuestos a confesarnos totalmente impotentes y desamparados, entra a obrarlo todo en nosotros, que Pablo enseña en otro lugar: «Poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abundéis para toda buena obra.»

Ha sucedido a menudo que quien busca a Dios y la salvación ha leído su Biblia largo tiempo, y sin embargo nunca ha visto la verdad de una justificación por la fe, gratuita, plena e inmediata. Una vez que sus ojos fueron abiertos, y la aceptó, quedó asombrado de hallarla por todas partes. Del mismo modo, muchos creyentes, que sostienen las doctrinas de la gracia gratuita en cuanto al perdón, jamás han visto su maravilloso sentido cuando ella se compromete a obrar en nosotros toda nuestra vida, y realmente nos da fuerza a cada momento para todo lo que el Padre quiera que seamos y hagamos. Cuando la luz de Dios brilla en nuestro corazón con esta bienaventurada verdad, sabemos lo que Pablo quiere decir: «No yo, sino la gracia de Dios.» Ahí tiene usted de nuevo la doble vida cristiana. La una, en la que ese «No yo» —no soy nada, nada puedo hacer— no ha llegado todavía a ser una realidad. La otra, cuando se ha hecho el maravilloso intercambio, y la gracia ha tomado el lugar de nuestro esfuerzo, y decimos y sabemos: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí.» Puede entonces llegar a ser una experiencia de toda la vida: «La gracia de nuestro Señor fue sobreabundante, con la fe y el amor que es en Cristo Jesús.»

¡Amado hijo de Dios! ¿Qué piensa usted?, ¿no es posible que esto haya sido lo que ha faltado en su vida, la causa de su fracaso en la oración? Usted no sabía cómo la gracia le capacitaría para orar, si una vez toda la vida estuviera bajo su poder. Procuró, con sincero esfuerzo, vencer su renuencia o su frialdad en la oración, pero fracasó. Se esforzó, con cuanto motivo de vergüenza o de amor pudo imaginar, por moverse a ella, pero de nada sirvió. ¿No vale la pena preguntar al Señor si el mensaje que le traigo como siervo suyo no será para usted más verdadero de lo que piensa? Su falta de oración se debe a un estado enfermizo de la vida, y la enfermedad no es sino esta: usted no ha aceptado, para la vida diaria y para todo deber, la plena salvación que la palabra trae: «No estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.» Tan universal y tan penetrante como la exigencia de la ley y el reinado del pecado, sí, mucho más sobreabundante, es la provisión de la gracia y el poder por el cual ella nos hace reinar en vida. (Nota B.)

En el capítulo que sigue a aquel en que Pablo escribió: «No estáis bajo la ley, sino bajo la gracia», nos da un cuadro de la vida de un creyente bajo la ley, con la amarga experiencia en que termina: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» Su respuesta a la pregunta, «Doy gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor», muestra que hay liberación de una vida tenida cautiva bajo malos hábitos contra los cuales se ha luchado en vano. Esa liberación es por el Espíritu Santo, que da la plena experiencia de lo que la vida de Cristo puede obrar en nosotros: «La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.» La ley de Dios solo podía entregarnos al poder de la ley del pecado y de la muerte. La gracia de Dios puede introducirnos, y mantenernos, en la libertad del Espíritu. Podemos ser librados de la triste vida bajo el poder que nos llevó cautivos, de modo que no hacíamos lo que queríamos. El Espíritu de vida en Cristo puede librarnos de nuestro continuo fracaso en la oración, y capacitarnos también en esto para andar como es digno del Señor, agradándole en todo.

¡Oh, no pierda la esperanza, no se desaliente! Hay bálsamo en Galaad; hay allí un Médico; hay sanidad para nuestra enfermedad. Lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios. Lo que usted no ve posibilidad de hacer, la gracia lo hará. Confiese la enfermedad; confíe en el Médico; reclame la sanidad; ore la oración de fe: «Sáname, y seré sano.» Usted también puede llegar a ser un hombre de oración, y orar la oración eficaz que puede mucho.

UN RUEGO POR MÁS ORACIÓN

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