Capítulo 6 · 13 min de lectura
A causa de su importunidad
«Os digo que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite.»—Lucas 11:8.
«Y les refirió una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar.... Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche, y él es paciente para con ellos? Os digo que pronto les hará justicia.»—Lucas 18:1-8.
Nuestro Señor Jesús consideró de tal importancia que conociéramos la necesidad de la perseverancia y la importunidad en la oración, que refirió dos parábolas para enseñárnoslo. Esto es prueba suficiente de que en este aspecto de la oración tenemos a la vez su mayor dificultad y su más alto poder. Él quiere que sepamos que en la oración no todo será fácil y llano; debemos esperar dificultades, que solo pueden vencerse mediante una perseverancia constante y resuelta.
En las parábolas, nuestro Señor presenta la dificultad como existente del lado de las personas a quienes se dirigía la petición, y la importunidad como necesaria para vencer su renuencia a escuchar. En nuestro trato con Dios, la dificultad no está de su lado, sino del nuestro. En relación con la primera parábola, nos dice que nuestro Padre está más dispuesto a dar buenas cosas a quienes se las piden que cualquier padre terrenal a dar pan a su hijo. En la segunda, nos asegura que Dios anhela hacer justicia pronto a sus escogidos. La necesidad de la oración urgente no puede deberse a que haya que hacer a Dios dispuesto o inclinado a bendecir: la necesidad está por entero en nosotros mismos. Pero como no era posible hallar ninguna ilustración terrenal de un padre amoroso o de un amigo dispuesto de quien pudiera enseñarse la lección necesaria de la importunidad, él toma al amigo reacio y al juez injusto para alentar en nosotros la fe de que la perseverancia puede vencer todo obstáculo.
La dificultad no está en el amor ni en el poder de Dios, sino en nosotros mismos y en nuestra propia incapacidad para recibir la bendición. Y sin embargo, porque existe esta dificultad en nosotros, esta falta de preparación espiritual, hay también una dificultad con Dios. Su sabiduría, su justicia, sí, su amor, no se atreven a darnos lo que nos haría daño si lo recibiéramos demasiado pronto o con demasiada facilidad. El pecado, o la consecuencia del pecado, que hace imposible que Dios dé de inmediato, es una barrera tanto del lado de Dios como del nuestro; romper este poder del pecado en nosotros mismos, o en aquellos por quienes oramos, es lo que hace del esfuerzo y del conflicto de la oración una realidad tan verdadera. Y así, en todas las edades los hombres han orado, y con razón, bajo la conciencia de que había dificultades que vencer en el mundo celestial. Al suplicar a Dios la remoción de los obstáculos desconocidos, y al ser llevados por esa súplica perseverante a un estado de total quebrantamiento e impotencia, de entera resignación a él, de unión con su voluntad y de fe capaz de asirse de él, los estorbos en ellos mismos y en el cielo eran vencidos a la vez. Cuando Dios los venció, ellos vencieron a Dios. Cuando Dios prevalece sobre nosotros, nosotros prevalecemos con Dios.
Dios nos ha constituido de tal manera que, cuanto más clara es nuestra percepción de lo razonable de una exigencia, más de corazón será nuestra entrega a ella. Una gran causa de nuestra negligencia en la oración es que parece haber algo arbitrario, o al menos algo incomprensible, en el llamado a una oración tan continua. Si pudiéramos llegar a ver que esta dificultad aparente es una necesidad divina, y que por la naturaleza misma de las cosas es fuente de indecible bendición, estaríamos más prontos, con alegría de corazón, a entregarnos a perseverar en la oración. Veamos si no podemos comprender cómo la dificultad que el llamado a la importunidad pone en nuestro camino es uno de nuestros mayores privilegios.
No sé si usted ha notado alguna vez el papel que juegan las dificultades en nuestra vida natural. Sacan a la luz las fuerzas del hombre como ninguna otra cosa. Fortalecen y ennoblecen el carácter. Se nos dice que una razón de la superioridad de las naciones del norte, como Holanda y Escocia, en fuerza de voluntad y de propósito, sobre las del soleado sur, como Italia y España, es que el clima de estas últimas ha sido demasiado hermoso, y la vida que propicia demasiado fácil y relajante; las dificultades con que las primeras han tenido que luchar han sido su mayor bien; cómo toda la naturaleza ha sido dispuesta por Dios de modo que, al sembrar y segar, como al buscar carbón u oro, nada se halla sin trabajo y esfuerzo. ¿Qué es la educación sino un desarrollo y una disciplina diarios de la mente mediante nuevas dificultades presentadas al alumno para que las venza? En cuanto una lección se vuelve fácil, el alumno pasa a otra más alta y más difícil. Tanto en la especie como en el individuo, es en el afrontar y dominar las dificultades donde se hallan nuestros más altos logros.
Así sucede también en nuestro trato con Dios. Imagínese cuál sería el resultado si el hijo de Dios no tuviera más que arrodillarse, pedir, recibir y marcharse. ¡Qué indecible pérdida para la vida espiritual se seguiría! Es en la dificultad y en la demora que reclaman una oración perseverante donde se hallarán la verdadera bendición y bienaventuranza de la vida celestial. Allí aprendemos cuán poco nos deleitamos en la comunión con Dios, y cuán poca fe viva tenemos en él. Descubrimos cuán terrenal y falto de espiritualidad es aún nuestro corazón, cuán poco tenemos del Espíritu Santo de Dios. Allí somos llevados a conocer nuestra propia debilidad e indignidad, y a ceder al Espíritu de Dios para que ore en nosotros, a ocupar nuestro lugar en Cristo Jesús y a permanecer en él como nuestro único alegato ante el Padre. Allí nuestra propia voluntad, fuerza y bondad son crucificadas. Allí resucitamos en Cristo a novedad de vida, con toda nuestra voluntad dependiente de Dios y puesta en su gloria. Comencemos a alabar a Dios por la necesidad y la dificultad de la oración importuna, como uno de sus más selectos medios de gracia.
Piense tan solo en lo que nuestro Señor Jesús debió a las dificultades de su camino. En Getsemaní fue como si el Padre no quisiera oírle: oró aún más fervientemente, hasta que «fue oído». En el camino que nos abrió, aprendió obediencia por las cosas que padeció, y así fue perfeccionado; su voluntad fue entregada a Dios; su fe en Dios fue probada y fortalecida; el príncipe de este mundo, con toda su tentación, fue vencido. Este es el camino nuevo y vivo que nos consagró; es en la oración perseverante donde caminamos con él y somos hechos partícipes de su mismo Espíritu. La oración es una forma de crucifixión, de nuestra comunión con la cruz de Cristo, de la entrega de nuestra carne a la muerte. ¡Oh cristianos! ¿No nos avergonzaremos de nuestra renuencia a sacrificar la carne y nuestra propia voluntad y el mundo, tal como se ve en nuestra renuencia a orar mucho? ¿No aprenderemos la lección que la naturaleza y Cristo por igual enseñan? La dificultad de la oración importuna es nuestro más alto privilegio; las dificultades que hay que vencer en ella nos traen nuestras más ricas bendiciones.
En la importunidad hay diversos elementos. De estos, los principales son la perseverancia, la determinación y la intensidad. Comienza con la negativa a aceptar de inmediato un rechazo. Crece hasta la determinación de perseverar, de no escatimar tiempo ni esfuerzo, hasta que llegue una respuesta. Se eleva hasta la intensidad en que todo el ser se entrega a Dios en súplica, y viene la osadía de asirse de la fuerza de Dios. Unas veces es quieta y reposada; otras, apasionada y osada. Ora se toma tiempo y es paciente; ora reclama al instante lo que desea. Bajo cualquier forma, siempre quiere decir y sabe: Dios oye la oración; yo debo ser oído.
Recordemos los maravillosos ejemplos que de ella tenemos en los santos del Antiguo Testamento. Piense en Abraham, cuando intercede por Sodoma. Una y otra vez renueva su oración, hasta que a la sexta vez ha de decir: «No se enoje ahora mi Señor». No cesa hasta que ha llegado a conocer la condescendencia de Dios al consentir cada vez a su petición, hasta que ha aprendido cuán lejos puede llegar, ha entrado en la mente de Dios y ahora reposa en la voluntad de Dios. Y por causa de él, Lot fue salvado. «Dios se acordó de Abraham, y sacó a Lot de en medio de la destrucción». ¿Y no comenzaremos nosotros, que tenemos para los gentiles una redención y unas promesas que Abraham nunca conoció, a interceder más con Dios en favor de ellos?
Piense en Jacob, cuando temía encontrarse con Esaú. El ángel del Señor le salió al encuentro en la oscuridad y luchó con él. Y cuando el ángel vio que no prevalecía, dijo: «Déjame ir». Y Jacob dijo: «No te dejaré». Y allí lo bendijo. Y aquella osadía que dijo «No», y arrancó del ángel reacio la bendición, fue tan agradable a los ojos de Dios, que allí le fue dado un nombre nuevo: «Israel, el que lucha con Dios, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido». Y a través de todas las edades los hijos de Dios han comprendido, lo que enseñan las dos parábolas de Cristo, que Dios se retiene y busca apartarse de nosotros, hasta que lo que hay en nosotros de carne, de yo y de pereza es vencido, y de tal modo prevalecemos con él que puede y debe bendecirnos. ¡Oh! ¿Por qué será que tantos hijos de Dios no tienen deseo de este honor: ser príncipes de Dios, luchadores con Dios, y vencedores? Lo que nuestro Señor nos enseñó, «Todo lo que deseéis, creed que lo habéis recibido», no es sino su manera de expresar las palabras de Jacob: «No te dejaré, si no me bendices». Esta es la importunidad que él enseña, y que debemos aprender: reclamar y tomar la bendición.
Piense en Moisés, cuando Israel había hecho el becerro de oro. Moisés volvió al Señor y dijo: «Oh, este pueblo ha cometido un gran pecado. Y ahora, si perdonas su pecado...; y si no, ráeme ahora, te ruego, de tu libro que has escrito». Aquello fue importunidad, la de quien prefería morir antes que no serle dado su pueblo. Luego, cuando Dios lo hubo oído y dijo que enviaría a su ángel con el pueblo, Moisés volvió de nuevo, y no quiso contentarse hasta que, en respuesta a su oración de que Dios mismo fuese con ellos (33:12, 17, 18), él dijo: «También haré esto que has dicho». Después, cuando en respuesta a su oración «Muéstrame tu gloria» Dios hizo pasar su bondad delante de él, al instante comenzó de nuevo a suplicar: «Vaya ahora el Señor en medio de nosotros». Y estuvo allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches (Éx. 34:28). De aquellos días dice: «Me postré delante del Señor, como la primera vez, cuarenta días y cuarenta noches; no comí pan ni bebí agua, a causa de todo vuestro pecado que habíais cometido». Como intercesor, Moisés usó de importunidad con Dios, y prevaleció. Prueba que el hombre que verdaderamente vive cerca de Dios, y con quien Dios habla cara a cara, se hace partícipe de ese mismo poder de intercesión que hay en Aquel que está a la diestra de Dios y vive siempre para interceder.
Piense en Elías en su oración, primero por fuego, y luego por lluvia. En la primera se ve la importunidad que reclama y recibe una respuesta inmediata. En la segunda, inclinándose a tierra, el rostro entre las rodillas, su respuesta al criado que había ido a mirar hacia el mar y había vuelto con el mensaje «No hay nada», fue: «Vuelve siete veces». Aquí estaba la importunidad de la perseverancia. Había dicho a Acab que habría lluvia; sabía que venía; y sin embargo oró hasta que las siete veces se cumplieron. Y es de este Elías y de esta oración que se nos enseña: «Orad unos por otros. Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras. La oración eficaz del justo puede mucho». ¿No habrá algunos que se sientan constreñidos a clamar: «¿Dónde está el Señor Dios de Elías?», este Dios que suscita una oración tan eficaz, y la oye de manera tan maravillosa? Alabado sea su nombre: él sigue siendo el mismo. ¡Que su pueblo tan solo crea que él todavía espera ser consultado! La fe en un Dios que oye la oración hará un cristiano que ama la oración.
Recordamos las marcas del verdadero intercesor tal como la parábola nos las enseñó. Un sentido de la necesidad de las almas; un amor semejante al de Cristo en el corazón; la conciencia de la propia impotencia; la fe en el poder de la oración; el valor de perseverar a pesar del rechazo; y la seguridad de una recompensa abundante: estas son las disposiciones que hacen del cristiano un intercesor, y que suscitan el poder de la oración que prevalece. Estas son las disposiciones que constituyen la hermosura y la salud de la vida cristiana, que capacitan al hombre para ser bendición en el mundo, que lo hacen un verdadero obrero cristiano, uno que en verdad recibe de Dios el pan del cielo para repartirlo a los hambrientos. Estas son las disposiciones que suscitan las más altas, las heroicas virtudes de la vida de fe. No hay nada a lo que la nobleza del carácter natural deba tanto como al espíritu de empresa y de audacia que, en los viajes o en la guerra, en la política o en la ciencia, batalla con las dificultades y las vence. No se escatima trabajo ni gasto con tal de alcanzar la victoria. ¿Y no seremos nosotros, los cristianos, capaces de afrontar las dificultades que hallamos en la oración? Es al «trabajar» y «luchar» en la oración cuando la voluntad renovada afirma su derecho real de reclamar en el nombre de Cristo lo que quiera, y ejerce el poder que Dios le ha dado para influir en los destinos de los hombres. ¿Sacrificarán los hombres del mundo la comodidad y el placer en sus empresas, y seremos nosotros tan cobardes y tan perezosos que no abramos nuestro camino con lucha hasta el lugar donde podamos hallar libertad para el cautivo y salvación para el que perece? Aprenda cada siervo de Cristo a conocer su llamamiento. Su Rey vive siempre para interceder. El Espíritu del Rey vive siempre en nosotros para interceder. Es del cielo de donde han de ser invocadas, en oración perseverante, importuna y creyente, las bendiciones que el mundo necesita. Es del cielo, en respuesta a la oración, de donde el Espíritu Santo tomará completa posesión de nosotros para hacer su obra por medio de nosotros. Reconozcamos cuán vana ha sido nuestra mucha obra por causa de nuestra poca oración. Cambiemos nuestro método, y que de aquí en adelante más oración, mucha oración, oración incesante, sea la prueba de que lo esperamos todo de Dios, y de que creemos que él nos oye.
UNA SÚPLICA POR MÁS ORACIÓN
Capítulo 6 completado
A causa de su importunidad