Capítulo 3 · 12 min de lectura
La falta de oración
«No tenéis, porque no pedís.»—Santiago 4:2.
«Y vio que no había hombre, y se maravilló de que no hubiera quien intercediera.»—Isaías 59:16.
«Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti.»—Isaías 64:7.
En nuestra última Convención de Wellington para la Profundización de la Vida Espiritual, en abril, las reuniones de la mañana se dedicaron a la oración y la intercesión. Se halló gran bendición, tanto al escuchar lo que la Palabra enseña acerca de su necesidad y su poder, como al unirnos en súplica continua y unánime. Muchos sintieron que sabemos demasiado poco de la oración perseverante e importuna, y que esta es en verdad una de las mayores necesidades de la Iglesia.
Durante los dos últimos meses he asistido a varias convenciones. En la primera, una Convención Misionera Holandesa en Langlaagte, se había escogido la Oración como tema de los discursos. En la siguiente, en Johannesburgo, un hermano dedicado a los negocios expresó su profunda convicción de que la gran carencia de la Iglesia de nuestros días era más del espíritu y la práctica de la intercesión. Una semana después tuvimos una Conferencia Ministerial Holandesa en el Estado Libre, donde se pasaron tres días —después de dos días de servicios en la congregación sobre la obra del Espíritu Santo— considerando la relación del Espíritu con la oración. En las reuniones ministeriales celebradas en la mayoría de las convenciones siguientes, fuimos llevados a tratar el tema, y por todas partes se oía la confesión: ¡Oramos demasiado poco! Y junto con esto parecía haber un temor de que, con la presión del deber y la fuerza de la costumbre, fuese casi imposible esperar algún gran cambio.
No puedo expresar cuán honda impresión dejaron en mí estas conversaciones. Sobre todo, el pensamiento de que hubiera algo semejante a la desesperanza de parte de los siervos de Dios en cuanto a la perspectiva de que se lograra un cambio completo, y de que se hallara verdadera liberación de una deficiencia que no puede sino estorbar nuestro propio gozo en Dios y nuestro poder en Su servicio. Y pedí a Dios que me diera palabras que no solo ayudaran a dirigir la atención hacia el mal, sino que, de manera especial, despertaran la fe y suscitaran la certeza de que Dios, por Su Espíritu, nos capacitará para orar como debemos.
Permítame comenzar, en beneficio de quienes nunca han dirigido su atención a este asunto, exponiendo algunos de los hechos que prueban cuán universal es el sentimiento de deficiencia en este respecto.
El año pasado apareció un informe de un discurso dirigido a ministros por el Dr. Whyte, de Free St. George, en Edimburgo. En él decía que, siendo un joven ministro, había pensado que, del tiempo que le quedaba libre de la visitación pastoral, debía dedicar cuanto pudiera a sus libros en su estudio. Quería alimentar a su gente con lo mejor que pudiera prepararles. Pero ahora había aprendido que la oración era de mayor importancia que el estudio. Recordó a sus hermanos la elección de diáconos para hacerse cargo de las colectas, a fin de que los doce pudieran «entregarse a la oración y al ministerio de la palabra», y dijo que a veces, cuando los diáconos le traían su salario, tenía que preguntarse si él había sido tan fiel en su cometido como los diáconos lo habían sido en el suyo. Sentía como si fuera casi demasiado tarde para recobrar lo que había perdido, e instó a sus hermanos a orar más. ¡Qué solemne confesión y advertencia desde uno de los lugares eminentes: Oramos demasiado poco!
Durante la Convención de Regent Square, hace dos años, el tema surgió en una conversación con un conocido ministro de Londres. Este insistía en que, si tanto tiempo había de darse a la oración, ello implicaría el descuido de los reclamos imperativos del deber: «Está el correo de la mañana, antes del desayuno, con diez o doce cartas que deben ser contestadas. Luego están las reuniones de comité que aguardan, con innumerables compromisos más, más que suficientes para llenar el día. Es difícil ver cómo puede hacerse.»
Mi respuesta fue, en esencia, que se trataba simplemente de si el llamado de Dios a nuestro tiempo y atención era de mayor importancia que el del hombre. Si Dios estaba esperando para encontrarse con nosotros, y para darnos bendición y poder del cielo para Su obra, era una política corta de vista poner otra obra en el lugar que Dios y el esperar en Él deben tener.
En una de nuestras reuniones ministeriales, el superintendente de un gran distrito planteó el caso así: «Me levanto por la mañana y paso media hora con Dios, en la Palabra y la oración, en mi cuarto antes del desayuno. Salgo, y quedo ocupado todo el día con una multiplicidad de compromisos. No creo que pasen muchos minutos sin que eleve una oración pidiendo dirección o ayuda. Después de la labor del día, vuelvo en mis devociones vespertinas y le hablo a Dios de la obra del día. Pero de la oración intensa, definida e importuna de que habla la Escritura, se sabe poco.» ¿Qué —preguntó— debo pensar de tal vida?
Todos conocemos la diferencia entre un hombre cuyas ganancias apenas bastan para mantener a su familia y sostener su negocio, y otro cuyos ingresos le permiten ampliar el negocio y ayudar a los demás. Puede haber una vida cristiana sincera en la que haya suficiente oración para guardarnos de retroceder y solo mantener la posición que hemos alcanzado, sin mucho crecimiento en espiritualidad o en semejanza a Cristo. La actitud es más defensiva, buscando rechazar la tentación, que ofensiva, extendiéndose hacia logros más altos. Si de veras ha de haber un ir de poder en poder, con alguna amplia experiencia del poder de Dios para santificarnos y para hacer descender verdadera bendición sobre otros, tiene que haber una oración más definida y perseverante. La enseñanza de la Escritura acerca de clamar día y noche, perseverar constantemente en la oración, velar para la oración, ser oído por su importunidad, tiene que llegar a ser en alguna medida nuestra experiencia, si de veras hemos de ser intercesores.
En la convención misma siguiente, se planteó la misma cuestión de forma algo distinta: «Estoy a cargo de una estación, con un gran distrito periférico que atender. Veo la importancia de mucha oración, y sin embargo mi vida apenas deja lugar para ella. ¿Hemos de resignarnos? ¿O díganos cómo podemos alcanzar lo que anhelamos?» Reconocí que la dificultad era universal. Recordé las palabras de uno de nuestros más honrados misioneros sudafricanos, ya entrado en su reposo: él tenía la misma queja. «Por la mañana, a las cinco, los enfermos están a la puerta esperando la medicina. A las seis vienen los impresores, y tengo que ponerlos a trabajar y enseñarles. A las nueve me llama la escuela, y hasta bien entrada la noche me mantiene ocupado una copiosa correspondencia.» En mi respuesta cité un proverbio holandés: «Lo que es más pesado debe pesar más» —debe tener el primer lugar. La ley de Dios es inmutable: como en la tierra, así en nuestro trato con el cielo, solo recibimos según damos. A menos que estemos dispuestos a pagar el precio, y a sacrificar tiempo y atención y lo que parecen deberes legítimos o necesarios, en aras de los dones celestiales, no hemos de esperar una amplia experiencia del poder del mundo celestial en nuestra obra. Toda la compañía presente se unió en la triste confesión; se había pensado en ello, y lamentado, veces sin número; y sin embargo, de algún modo, allí estaban, todos esos reclamos apremiantes, y todas las ineficaces resoluciones de orar más, cerrando el camino. No necesito decir ahora a qué otros pensamientos condujo nuestra conversación; la sustancia de ellos se hallará en algunos de los capítulos posteriores de este volumen.
Permítame llamar a un testigo más. En el curso de mi viaje me encontré con uno de los Padres de Cowley, que acababa de dirigir Retiros para el clero de la Iglesia de Inglaterra. Me interesó oír de él la línea de enseñanza que sigue. En el curso de la conversación empleó la expresión «la distracción de los negocios», y salió a la luz que la hallaba una de las grandes dificultades con que tenía que lidiar en sí mismo y en otros. De sí mismo dijo que, por los votos de su Orden, estaba obligado a entregarse especialmente a la oración. Pero le resultaba sumamente difícil. Cada día tenía que estar en cuatro puntos distintos de la ciudad en que vivía; su predecesor le había dejado a cargo de varios comités en los que se esperaba que hiciera todo el trabajo; era como si todo conspirara para apartarlo de la oración.
Todo este testimonio basta, sin duda, para dejar en claro que la oración no tiene el lugar que debería tener en nuestra vida ministerial y cristiana; que la deficiencia es una que todos están dispuestos a confesar; y que las dificultades que estorban la liberación son tales que hacen casi imposible un retorno a una verdadera y plena vida de oración. ¡Bendito sea Dios —«Las cosas que son imposibles para los hombres, son posibles para Dios»! «Poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra.» Creamos, pues, que el llamado de Dios a mucha oración no tiene por qué ser una carga ni motivo de continua propia condenación. Él quiere que sea un gozo. Él puede hacerla una inspiración, dándonos fuerza para toda nuestra obra, y haciendo descender Su poder para obrar por medio de nosotros en nuestros semejantes. No temamos reconocer a plenitud el pecado que nos avergüenza, y luego enfrentarlo en el nombre de nuestro poderoso Redentor. La luz que nos muestra nuestro pecado y nos condena por él, nos mostrará también la salida de él, hacia la vida de libertad que es agradable a Dios. Si permitimos que este único asunto, la infidelidad en la oración, nos convenza de la carencia en nuestra vida cristiana que yace en su raíz, Dios usará el descubrimiento para traernos no solo el poder de orar que tanto anhelamos, sino el gozo de una vida nueva y sana, de la cual la oración es la expresión espontánea.
¿Y cuál es ahora el camino por el que nuestro sentir de la falta de oración pueda convertirse en medio de bendición, en la entrada a una senda en que el mal pueda ser vencido? ¿Cómo puede nuestro trato con el Padre, en continua oración e intercesión, llegar a ser lo que debiera ser, si nosotros y el mundo que nos rodea hemos de ser bendecidos? Según me parece, debemos comenzar por volver a la Palabra de Dios, para estudiar cuál es el lugar que Dios quiere que la oración tenga en la vida de Su hijo y de Su Iglesia. Una visión fresca de lo que la oración es conforme a la voluntad de Dios, de lo que nuestras oraciones pueden ser por la gracia de Dios, nos librará de aquellas ideas débiles y defectuosas, respecto de la absoluta necesidad de la oración continua, que yacen en la raíz de nuestro fracaso. A medida que vislumbremos lo razonable y justo de esta disposición divina, y lleguemos a la plena convicción de cuán maravillosamente encaja con el amor de Dios y con nuestra propia felicidad, seremos librados de la falsa impresión de que es una exigencia arbitraria. Con todo nuestro corazón y alma consentiremos en ella y nos regocijaremos en ella, como el único camino posible para que la bendición del cielo venga a la tierra. Todo pensamiento de tarea y carga, de propio esfuerzo y tensión, se desvanecerá en la bendita fe de que, tan sencillo como es respirar en la sana vida natural, será el orar en la vida cristiana que es guiada y llena por el Espíritu de Dios.
A medida que nos ocupemos de esta enseñanza de la Palabra de Dios sobre la oración y la aceptemos, seremos llevados a ver cómo nuestro fracaso en la vida de oración se debía a un fracaso en la vida del Espíritu. La oración es una de las funciones más celestiales y espirituales de la vida del Espíritu. ¿Cómo podríamos intentar cumplirla, o esperar hacerlo de manera que agrade a Dios, sino en la medida en que nuestra alma esté en perfecta salud, y nuestra vida verdaderamente poseída y movida por el Espíritu de Dios? La percepción del lugar que Dios quiere que la oración ocupe, y que solo ella puede ocupar, en una plena vida cristiana, nos mostrará que no hemos estado viviendo la vida verdadera, la vida abundante, y que todo pensamiento de orar más y con eficacia será vano, salvo que seamos llevados a una relación más estrecha con nuestro bendito Señor Jesús. Cristo es nuestra vida, Cristo vive en nosotros, con tal realidad que Su vida de oración en la tierra, y de intercesión en el cielo, es infundida en nosotros justo en la medida en que nuestra entrega y nuestra fe lo permitan y lo acepten. Jesucristo es el Sanador de todas las enfermedades, el Vencedor de todos los enemigos, el Libertador de todo pecado; si nuestro fracaso nos enseña a volvernos de nuevo a Él, y a hallar en Él la gracia que Él da para orar como debemos, esta humillación puede llegar a ser nuestra mayor bendición. Unámonos todos en pedir a Dios que visite nuestras almas y nos prepare para esa obra de intercesión, que es en este momento la mayor necesidad de la Iglesia y del mundo. Solo por la intercesión puede hacerse descender del cielo aquel poder que capacitará a la Iglesia para vencer al mundo. Despertemos el don dormido que yace sin uso, y procuremos reunir, adiestrar y agrupar a cuantos podamos, para que sean los que traen a Dios a la memoria, y para no darle reposo hasta que haga de Su Iglesia un gozo en la tierra. Nada sino la intensa oración creyente puede hacer frente al intenso espíritu de mundanalidad, del cual por todas partes se hace queja.
UNA SÚPLICA POR MÁS ORACIÓN
Capítulo 3 completado
La falta de oración