Capítulo 2 · 10 min de lectura
Introducción
Un amigo, al enterarse de que este libro iba a publicarse, me ha preguntado cuál sería la diferencia entre este y el anterior sobre el mismo tema, Con Cristo en la escuela de la oración. Una respuesta a esa pregunta quizás sea la mejor introducción que pueda dar al presente volumen.
Cualquier aceptación que haya tenido la obra anterior debe atribuirse, en cuanto al contenido, a la relevancia dada a dos grandes verdades. La una era la certeza de que la oración será respondida. Hay en algunos la idea de que pedir y esperar una respuesta no es la forma más elevada de oración. La comunión con Dios, aparte de toda petición, es más que la súplica. En la petición hay algo de egoísmo y de regateo; adorar es más que rogar. En otros predomina de tal modo el pensamiento de que la oración tantas veces queda sin respuesta, que piensan más en el beneficio espiritual que se deriva del ejercicio de la oración que en los dones concretos que por ella se obtienen. Aun admitiendo la medida de verdad que hay en estos pareceres, cuando se mantienen en su justo lugar, La escuela de la oración señala cómo nuestro Señor habló continuamente de la oración como un medio de obtener lo que deseamos, y cómo Él procura de todas las maneras posibles despertar en nosotros la confiada expectación de una respuesta. Fui llevado a mostrar cómo la oración —en la que el hombre puede entrar en la mente de Dios, puede afirmar el poder real de una voluntad renovada, y hacer descender a la tierra lo que sin oración no habría sido dado— es la prueba más alta de haber sido hecho a semejanza del Hijo de Dios. Es hallado digno de entrar en comunión con Él, no solo en la adoración y el culto, sino en que su voluntad sea realmente tomada dentro del gobierno del mundo, llegando a ser el canal inteligente por el cual Dios puede cumplir su propósito eterno. El libro procuraba reiterar e inculcar las preciosas verdades que Cristo predica tan continuamente: la bendición de la oración es que usted puede pedir y recibir lo que quiera; el ejercicio más alto y la gloria de la oración es que la perseverante importunidad puede prevalecer y obtener lo que Dios al principio no podía ni quería dar.
Junto con esta verdad había una segunda que surgió con mucha fuerza al estudiar las palabras del Maestro. Respondiendo a la pregunta —pero ¿por qué, si la respuesta a la oración está tan positivamente prometida, hay tan innumerables oraciones sin respuesta?—, hallamos que Cristo nos enseñó que la respuesta dependía de ciertas condiciones. Habló de fe, de perseverancia, de orar en su nombre, de orar en la voluntad de Dios. Pero todas estas condiciones se resumían en la central: «Si permanecéis en mí, pedid todo lo que queréis, y os será hecho». Quedó claro que el poder de orar la eficaz oración de fe dependía de la vida. Solo al hombre entregado a vivir tan enteramente en Cristo y para Cristo como el pámpano en la vid y para la vid pueden estas promesas hacerse realidad. «En aquel día» —dijo Cristo, el día de Pentecostés— «pediréis en mi nombre». Solo en una vida llena del Espíritu Santo puede conocerse el verdadero poder de pedir en el nombre de Cristo. Esto condujo a subrayar la verdad de que la vida cristiana ordinaria no puede apropiarse de estas promesas. Se necesita una vida espiritual, del todo sana y vigorosa, para orar con poder. La enseñanza llevó naturalmente a insistir en la necesidad de una vida de entera consagración. Más de uno me ha dicho cómo fue al leer el libro que vio por primera vez cuál era la vida mejor que podía vivirse, y que debe vivirse, si las maravillosas promesas de Cristo han de hacerse realidad en nosotros.
En cuanto a estas dos verdades no hay cambio alguno en el presente volumen. Uno solo desearía poder exponerlas con tal claridad y fuerza que ayudara a cada amado hermano en la fe a formarse una justa impresión de la realidad y la gloria de nuestro privilegio como hijos de Dios: «Pedid todo lo que queréis, y os será hecho». El presente volumen debe su existencia al deseo de inculcar dos verdades, de las cuales antes no tenía la impresión que ahora tengo.
La una es que Cristo realmente quiso que la oración fuese el gran poder por el cual su Iglesia hiciera su obra, y que el descuido de la oración es la gran razón por la que la Iglesia no tiene mayor poder sobre las multitudes, tanto en los países cristianos como en los paganos. En el primer capítulo he expuesto cómo se han fortalecido mis convicciones respecto de esto, y qué dio ocasión a la escritura del libro. Pretende ser, en nombre mío y de mis hermanos en el ministerio y de todo el pueblo de Dios, una confesión de deficiencia y de pecado, y, al mismo tiempo, un llamado a creer que las cosas pueden ser diferentes, y que Cristo espera para capacitarnos por su Espíritu a fin de orar como Él quiere. Este llamado, por supuesto, me remite a lo que hablé en relación con el volumen anterior: que hay una vida en el Espíritu, una vida de permanecer en Cristo, a nuestro alcance, en la que el poder de la oración —tanto el poder de orar como el poder de obtener la respuesta— puede realizarse en una medida que antes no habríamos creído posible. Todo fracaso en la vida de oración, todo deseo o esperanza de tomar de veras el lugar que Cristo ha preparado para nosotros, nos lleva a la raíz misma de la doctrina de la gracia tal como se manifiesta en la vida cristiana. Solo por una entrega plena a la vida de permanencia, por el ceder a la plenitud de la dirección y vivificación del Espíritu, puede restaurarse la vida de oración a un estado verdaderamente sano. Siento profundamente cuán poco he logrado plasmar esto en el volumen como quisiera. He orado y confío en que Dios, que escoge lo débil, lo usará para su propia gloria.
La segunda verdad que he procurado inculcar es que tenemos una concepción demasiado escasa del lugar que la intercesión —a diferencia de la oración por nosotros mismos— debería ocupar en la Iglesia y en la vida cristiana. En la intercesión nuestro Rey sobre el trono halla su gloria más alta; en ella hallaremos también nosotros nuestra gloria más alta. Por medio de ella Él continúa su obra salvadora, y nada puede hacer sin ella; por ella sola podemos hacer nuestra obra, y nada aprovecha sin ella. En ella recibe Él siempre del Padre el Espíritu Santo y toda bendición espiritual para impartir; en ella también nosotros somos llamados a recibir en nosotros mismos la plenitud del Espíritu de Dios, con el poder de impartir bendición espiritual a otros. El poder de la Iglesia para bendecir de verdad descansa en la intercesión: pedir y recibir dones celestiales para llevarlos a los hombres. Y siendo esto así, no es de extrañar que, allí donde, por falta de enseñanza o de discernimiento espiritual, confiamos en nuestra propia diligencia y esfuerzo, en el influjo del mundo y de la carne, y trabajamos más de lo que oramos, la presencia y el poder de Dios no se vean en nuestra obra como quisiéramos.
Tales pensamientos me han llevado a preguntarme qué podría hacerse para despertar en los creyentes el sentido de su alto llamamiento en esto, y para ayudarlos y adiestrarlos a tomar parte en ello. Y así este libro se diferencia del anterior en el intento de abrir una escuela práctica, y de invitar a todos los que nunca han tomado parte sistemática en la gran obra de la intercesión a que comiencen y se entreguen a ella. Hay decenas de miles de obreros que han conocido y están comprobando de manera admirable lo que la oración puede hacer. Pero hay decenas de miles que trabajan con muy poca oración, y otros tantos que no trabajan porque no saben cómo ni dónde, que podrían todos ser ganados para engrosar la hueste de intercesores que han de hacer descender a la tierra las bendiciones del cielo. Por amor a ellos, y por amor a todos los que sienten la necesidad de ayuda, he preparado auxilios y sugerencias para una escuela de intercesión durante un mes (véase el Apéndice). He pedido a quienes quieran unirse que comiencen dedicando al menos diez minutos al día, de manera definida, a esta obra. Es haciendo como aprendemos a hacer; es al asir la tarea y comenzar cuando vendrá la ayuda del Espíritu de Dios. Es al oír diariamente el llamado de Dios, y ponerlo enseguida en práctica, cuando comenzará a vivir en nosotros la conciencia de que yo también soy intercesor; y cuando sentiremos la necesidad de vivir en Cristo y de estar llenos del Espíritu si hemos de hacer bien esta obra. Nada probará ni estimulará tanto la vida cristiana como el honesto intento de ser un intercesor. Es difícil concebir cuánto ganaremos nosotros mismos y la Iglesia si con todo el corazón aceptamos el puesto de honor que Dios nos ofrece. En cuanto a la escuela de intercesión, confío en que el resultado del curso del primer mes será despertar el sentimiento de cuán poco sabemos interceder. Y un segundo y un tercer mes tal vez solo ahonden el sentido de ignorancia e ineptitud. Esto será una bendición inefable. La confesión «No sabemos orar como conviene» es la introducción a la experiencia «el Espíritu intercede por nosotros»: nuestro sentido de ignorancia nos llevará a depender del Espíritu que ora en nosotros, a sentir la necesidad de vivir en el Espíritu.
Mucho hemos oído acerca del estudio sistemático de la Biblia, y alabamos a Dios por los miles y miles de clases bíblicas y lecturas de la Biblia. Que todos los que dirigen tales clases vean si no podrían abrir clases de oración, ayudando a sus alumnos a orar en secreto, y adiestrándolos para ser, ante todo, hombres de oración. Que los ministros se pregunten qué pueden hacer en esto. En ninguna parte puede la fe en la palabra de Dios ejercitarse y perfeccionarse tanto como en la intercesión que pide y espera y aguarda la respuesta. A lo largo de la Escritura, en la vida de cada santo, del propio Hijo de Dios, a lo largo de la historia de la Iglesia de Dios, Dios es, ante todo, un Dios que oye la oración. Procuremos ayudar a los hijos de Dios a conocer a su Dios, y animemos a todos los siervos de Dios a trabajar con la certeza de que la parte principal y más bendita de mi obra es pedir y recibir de mi Padre lo que puedo llevar a otros.
Ahora se comprenderá fácilmente cómo lo que este libro contiene no será sino la confirmación y el llamado a poner en práctica las dos grandes lecciones del anterior. «Pedid todo lo que queréis, y os será hecho»; «Todo lo que pidáis, creed que lo habéis recibido»: estas grandes promesas de la oración, como parte de la investidura de poder de la Iglesia para su obra, han de tomarse como literal y realmente verdaderas. «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros»; «En aquel día pediréis en mi nombre»: estas grandes condiciones de la oración son universales e inmutables. Una vida que permanece en Cristo y está llena del Espíritu, una vida enteramente entregada como un pámpano para la obra de la vid, tiene el poder de reclamar estas promesas y de orar la eficaz oración que mucho puede. Señor, enséñanos a orar.
ANDREW MURRAY.
Wellington, 1.º de septiembre de 1897.
UN LLAMADO A ORAR MÁS
Capítulo 2 completado
Introducción