El Ministerio de la Intercesión
Dedicatoria

Capítulo 1 · 5 min de lectura

Dedicatoria


No hay servicio santo Que no guarde su dicha secreta: Mas, de todos los benditos ministerios, ¿Hay alguno tan amado como este? El ministerio que no puede ser Dote de un serafín asombrado, Que reviste la flaqueza mortal Con más que poder angélico; El ministerio del más puro amor, No turbado por temor alguno, Que nos manda reunirnos A los pies del Maestro Y nos guarda muy cerca.
Muchos son los ministros de Dios, Pues tal es su gracioso querer, Recordadores que de día y de noche Cumplen este santo oficio. Mientras unos callan en el sueño, Otros despiertan a nuevo servicio, Y así el santo número Ningún cambio ni azar puede quebrar. Y así los sagrados turnos Se cumplen para siempre, La marea de la gracia Por tiempo o lugar Jamás se detiene ni se aquieta.
Oh, si nuestros oídos se abrieran Para oír como los ángeles El coro de la intercesión Que se eleva pleno y verdadero, Lo oiríamos brotar suave En la luz perlada de la mañana; Creciendo entre las sombras de la tarde Con fuerza que grandiosa se congrega; Llenando el silencio bochornoso Del ardor atronador del mediodía, Y estremeciendo la solemne luz de las estrellas Con flujo cada vez más hondo.
Lo oiríamos entre el fragor Del clamor incansable de la ciudad, Y seguiríamos su suave manar Sobre el cristalino suelo del océano: Lo oiríamos flotar allá en lo alto Bajo la luna de Oriente, Y captaríamos la dorada nota Del atareado mediodía de Occidente; Y las alturas vestidas de pinos harían eco Mientras el místico canto se eleva, Y la soleada llanura Resonaría otra vez Con las notas que en miríadas se mezclan.
¿Quiénes son los benditos ministros De esta hueste que reúne al mundo? Todos los que han aprendido una sola lengua, Por cada tierra tan distante; Todos los que han aprendido la historia Del amor y la gracia de Jesús, Y anhelan que su gloria Resplandezca en todo rostro. Todos los que han conocido al Padre En Jesucristo nuestro Señor, Y conocen el poder Y aman la luz Del Espíritu en la Palabra.
Mas hay algunos que no ven Su llamado alto y grandioso, Que rara vez traspasan los umbrales, Y nunca con denuedo se paran Ante el dorado altar Sobre el suelo teñido de carmesí, Que aguardan a lo lejos y vacilan, Y no osan esperar más. ¿No os uniréis a las benditas filas En su hermoso despliegue? Que la intercesión se una a la acción de gracias Mientras hoy ministráis!
Hay pequeñuelos entre ellos, Ministros niños de la oración, Blancas vestiduras de intercesión Visten esos diminutos siervos. Primero por los cercanos y queridos Es aquel bello ministerio, Luego por los pobres niños negros, Tan lejos, más allá del mar. Las atareadas manos se juntan, Mientras el pequeño corazón eleva Con amor sencillo, A Dios en lo alto, Su oración por todo buen don.
Hay manos harto a menudo cansadas Con los quehaceres del día, Con deberes confiados por Dios, Que se afanan mientras oran. Llevan las copas de oro, Y las áureas arpas de alabanza Por todas las pruebas de cada día, Por todos los polvorientos caminos, Estas manos, tan cansadas, tan fieles, De dulces aromas están llenas, Y en el ministerio de la oración Son maravillosamente diestras.
Hay ministros sin letras, No de los grandes y sabios de la tierra, Mas poderosas y sin trabas Se elevan sus oraciones de águila. ¡Libres del granero celestial! Pues tienen la llave maestra Que abre toda la plenitud Del gran tesoro de Dios. Traen las necesidades de otros, Y todas las cosas son suyas, Pues su único gran derecho Es el nombre de Jesús Ante el trono de su Padre.
Hay nobles obreros cristianos, Los hombres de fe y de poder, Los luchadores vencedores De muchas horas de medianoche; Príncipes que prevalecen con su Dios, Que no aceptan ser negados, Que hacen bajar lluvias de bendición Para engrosar la marea que sube. El Príncipe de las Tinieblas se acobarda Ante su marcha triunfante, Su ferviente oración prevalece Para minar su sutil dominio.
Mas en este servicio del templo Están sellados y apartados Sumos sacerdotes de la intercesión, De corazón indiviso. La plenitud de la unción Sobre estos se derrama doblemente, La consagración de su Dios Está sobre cada cabeza inclinada. Llevan las copas de oro Con mano blanca y temblorosa; En el aposento tranquilo O en la vigilante penumbra Estos ministros han de estar en pie,—
Para el sacerdocio de la intercesión Misteriosamente ordenados, Cuando el extraño y oscuro don del sufrimiento Este don añadido ha ganado. Pues las santas manos alzadas En la más larga hora del sufrimiento Son en verdad dotadas por el Espíritu Con poder de intercesión. El Señor de la Bendición las llena Con su oro incontable, Un tesoro invisible, Cada vez más y más, Habrán de sostener esas manos temblorosas.
No siempre con regocijo Se realiza este ministerio, Pues más de un suspiro se mezcla Con los dulces aromas traídos. Mas cada lágrima que rocía El fuego del altar nutrido por la fe Puede ser su brillante renovación Hacia llama más pura y más alta. Mas cuando el óleo de la alegría Dios graciosamente derrama, La llama que sube al cielo, Con alabanza entremezclada, Se remonta con más pujanza.
Así la nube de incienso asciende Como por aire sereno y cristalino, Una columna que llega hasta el cielo De fe y oración entretejidas. Pues para siempre el Ángel De la Intercesión está en pie En su divino sumo sacerdocio Con manos llenas de fragancia, Para mecer el áureo incensario Ante el trono de su Padre, Con fuego del Espíritu más intenso, E incienso todo suyo.
Y para siempre el Padre Envía radiante hacia abajo Respuestas del todo maravillosas, Para coronar a sus ministros; La nube de incienso que retorna Como doradas lluvias de bendición, Discerniendo nosotros en cada gota Alguna débil oración nuestra, Transmutada en riqueza sin precio, Por Aquel que así da Toda la gloria a Jesucristo, ¡Y toda la alegría a nosotros!

F. R. Havergal.

Septiembre de 1877.

Capítulo 1 completado

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