Capítulo 17 · 13 min de lectura
El avivamiento venidero
«¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti?»—Sal. 85:6.
«Oh Señor, aviva tu obra en medio de los años.»—Hab. 3:2.
«Aunque ande yo en medio de la angustia, tú me vivificarás; tu diestra me salvará.»—Sal. 138:7.
«Habito con el de corazón humilde y contrito, para vivificar el corazón de los contritos.»—Is. 57:15.
«Venid y volvamos al Señor; porque él desgarró, y él nos sanará. Él nos dará vida.»—Os. 6:1, 2.
El avivamiento venidero—con frecuencia se oye esta palabra. No son pocos los maestros que ven las señales de su cercanía y anuncian con confianza su pronta aparición. En el aumento del interés por las misiones, en las noticias de avivamientos en lugares donde todo estaba muerto o frío, en las multitudes de nuestros jóvenes reunidos en Asociaciones de Estudiantes y de otra índole o en Sociedades de Esfuerzo Cristiano, en las puertas abiertas por todas partes en el mundo cristiano y en el pagano, en las victorias ya alcanzadas en los campos blancos para la siega, dondequiera que entran obreros creyentes y llenos de esperanza, hallan la certeza de un tiempo de poder y bendición como no lo hemos conocido. La Iglesia está a punto de entrar en una nueva era de creciente espiritualidad y mayor expansión.
Hay otros que, aunque admiten la verdad de algunos de estos hechos, temen sin embargo que las conclusiones que de ellos se sacan sean parciales y prematuras. Ven que el interés por las misiones ha aumentado, pero señalan a cuán pequeño círculo se limita, y cuán fuera de toda proporción está con lo que debiera ser. Para la gran mayoría de los miembros de la Iglesia, para la mayor parte de la Iglesia, todavía no es en modo alguno una cuestión de vida. Nos recuerdan el poder de la mundanalidad y del formalismo, el aumento del espíritu de codicia y de amor a los placeres entre los que profesan ser cristianos, la falta de espiritualidad en tantas y tantas de nuestras iglesias, y el continuo y al parecer creciente alejamiento de multitudes del Día y de la Palabra de Dios, como prueba de que el gran avivamiento ciertamente no ha comenzado, y que apenas se piensa en él. Dicen que no ven la profunda humillación, el intenso anhelo, la ferviente oración que aparecen como precursores de todo verdadero avivamiento.
Hay errores de la mano derecha y de la mano izquierda que son igualmente peligrosos. Debemos procurar tanto ser guardados del Optimismo superficial, que nunca alcanza a medir la extensión del mal, como del Pesimismo sin esperanza, que ni puede alabar a Dios por lo que ha hecho, ni confiar en Él para lo que está dispuesto a hacer. El primero se pierde en una feliz autocomplacencia, gozándose en su celo, su diligencia y su aparente éxito, y jamás ve la necesidad de la confesión y de una gran lucha en oración, antes de que estemos preparados para enfrentar y vencer a las huestes de las tinieblas. El segundo prácticamente entrega el mundo a Satanás, y casi ora y se regocija de ver que las cosas empeoran, para apresurar la venida de Aquel que ha de ponerlo todo en orden. Guárdenos Dios de uno y otro error, y cumpla la promesa: «Tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él, cuando torzáis a la mano derecha y cuando torzáis a la mano izquierda». Escuchemos las lecciones que sugieren los pasajes que hemos citado; ellas pueden ayudarnos a orar bien la oración: «¡Aviva tu obra, oh Señor!».
1. «¡Aviva tu obra, oh Señor!»—Lea de nuevo los pasajes de la Escritura, y vea cómo todos contienen un solo pensamiento: el avivamiento es obra de Dios; solo Él puede darlo; ha de venir de lo alto. Con frecuencia corremos el peligro de mirar lo que Dios ha hecho y está haciendo, y de contar con ello como prenda de que en seguida hará más. Y todo el tiempo puede ser verdad que nos está bendiciendo hasta la medida de nuestra fe o de nuestro sacrificio, y que no puede dar mayor medida, hasta que haya un nuevo descubrimiento y confesión de lo que le está estorbando. O quizá estemos mirando todas las señales de vida y de bien que nos rodean, y felicitándonos por todas las organizaciones y agencias que se van creando, mientras que no se siente rectamente la necesidad de la intervención poderosa y directa de Dios, ni se cultiva la entera dependencia de Él. La regeneración, el dar la vida divina, todos reconocemos que es acto de Dios, un milagro de su poder. La restauración o el avivamiento de la vida divina, en un alma o en una Iglesia, es igualmente una obra sobrenatural. Para tener el discernimiento espiritual que sabe entender las señales de los cielos y pronosticar el avivamiento venidero, necesitamos penetrar hondamente en la mente y la voluntad de Dios en cuanto a sus condiciones, y a la preparación de quienes oran por él o han de ser usados para traerlo. «Ciertamente no hará nada el Señor Dios, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas». Es Dios quien ha de dar el avivamiento; es Dios quien revela su secreto; es el espíritu de absoluta dependencia de Dios, dándole a Él la honra y la gloria, lo que preparará para él.
2. «¡Aviva tu obra, oh Señor!»—Una segunda lección que se sugiere es que el avivamiento que Dios ha de dar será dado en respuesta a la oración. Ha de pedirse y recibirse directamente de Dios mismo. Quienes algo saben de la historia de los avivamientos recordarán cuántas veces esto se ha comprobado; tanto los avivamientos mayores como los más locales han sido claramente atribuidos a una oración especial. En nuestros propios días hay numerosas congregaciones y misiones donde los avivamientos especiales o permanentes están —toda la gloria sea a Dios— ligados a una oración sistemática y creyente. El avivamiento venidero no será la excepción. Un espíritu extraordinario de oración, que impulse a los creyentes a mucha oración secreta y unida, apremiándolos a «rogar encarecidamente» en sus súplicas, será una de las señales más seguras de que se acercan lluvias y torrentes de bendición.
Que todos los que están cargados por la falta de espiritualidad, por el bajo estado de la vida de Dios en los creyentes, escuchen el llamado que viene a todos. Si ha de haber avivamiento —un avivamiento poderoso, divino—, requerirá de nuestra parte una entrega correspondiente en la oración y en la fe. Que ningún creyente se crea demasiado débil para ayudar, ni se imagine que no se le echará de menos. Si él comienza primero, el don que hay en él puede ser de tal modo avivado que, para su círculo o su vecindario, llegue a ser el intercesor escogido de Dios. Pensemos en la necesidad de las almas, en todos los pecados y faltas del pueblo de Dios, en el poco poder que hay en tanta predicación, y comencemos a clamar cada día: «¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti?». Y grabemos hondamente esta verdad en nuestros corazones: todo avivamiento viene, como vino Pentecostés, como fruto de la oración unida y continua. El avivamiento venidero ha de comenzar con un gran avivamiento de oración. Es en el aposento, con la puerta cerrada, donde primero se oirá el estruendo de la abundancia de la lluvia. Un aumento de la oración secreta en ministros y miembros será el seguro heraldo de la bendición.
3. «¡Aviva tu obra, oh Señor!»—Una tercera lección que nuestros textos enseñan es que es a los humildes y contritos a quienes se promete el avivamiento. Queremos que el avivamiento venga sobre los soberbios y los satisfechos de sí mismos, para quebrantarlos y salvarlos. Dios lo dará, pero solo con la condición de que aquellos que ven y sienten el pecado de los demás tomen sobre sí la carga de la confesión y la lleven, y que todos los que oran por el poder avivador de Dios para su Iglesia, y lo reclaman con fe, se humillen confesando los pecados de ella. La necesidad de avivamiento siempre señala una decadencia anterior; y la decadencia siempre fue causada por el pecado. La humillación y la contrición han sido siempre las condiciones del avivamiento. En toda intercesión, la confesión del pecado del hombre y del justo juicio de Dios es siempre un elemento esencial.
A lo largo de toda la historia de Israel vemos esto continuamente. Se manifiesta en las reformas bajo los piadosos reyes de Judá. Lo oímos en la oración de hombres como Esdras, Nehemías y Daniel. En Isaías, Jeremías y Ezequiel, así como en los profetas menores, es la nota dominante de toda advertencia como de toda promesa. Si no hay humillación ni abandono del pecado, no puede haber avivamiento ni liberación: «Estos hombres han puesto sus ídolos en su corazón. ¿Acaso he de ser yo consultado por ellos?». «A este miraré: a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla ante mi palabra». En medio de las más bondadosas promesas de visitación divina, está siempre esta nota: «Avergonzaos y confundíos por vuestros caminos, casa de Israel».
Lo mismo hallamos en el Nuevo Testamento. El Sermón del Monte promete el reino a los pobres y a los que lloran. En las Epístolas a los corintios y a los gálatas, la religión del hombre, de la sabiduría mundana y de la confianza en la carne, es expuesta y denunciada; sin que sea confesada y abandonada, todas las promesas de la gracia y del Espíritu serán vanas. En las Epístolas a las siete iglesias hallamos cinco de las cuales Aquel de cuya boca sale la espada aguda de dos filos dice que tiene algo contra ellas. En cada una de ellas la palabra clave de su mensaje es —no para los inconversos, sino para la Iglesia— ¡Arrepiéntete! Todas las gloriosas promesas que cada una de estas Epístolas contiene, hasta la última, con su «Abre la puerta y entraré»; «Al que venciere le concederé que se siente conmigo en mi trono», dependen de esa sola palabra: ¡Arrepiéntete!
Y si ha de haber un avivamiento, no entre los perdidos, sino en nuestras iglesias, para dar una membresía santa y espiritual, ¿no será menester que se oiga aquel toque de trompeta: Arrepentíos? ¿Fue solo en Israel, en el ministerio de reyes y profetas, donde había tanto mal en el pueblo de Dios que debía ser limpiado? ¿Fue solo en la Iglesia del primer siglo donde Pablo, Santiago y nuestro mismo Señor tuvieron que hablar palabras tan severas? ¿O no hay en la Iglesia de nuestros días una idolatría del dinero, del talento y de la cultura, un espíritu mundano que la hace infiel a su único Esposo y Señor, una confianza en la carne que contrista y resiste al Espíritu Santo de Dios? ¿No hay casi por todas partes una confesión de la falta de espiritualidad y de poder espiritual? Que todos los que anhelan el avivamiento venidero, y procuran apresurarlo con sus oraciones, pidan esto por encima de todo: que el Señor prepare a sus profetas para ir delante de Él a su mandato: «Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y muestra a mi pueblo su transgresión». Todo avivamiento profundo entre el pueblo de Dios ha de tener sus raíces en un profundo sentir y confesión del pecado. Hasta que quienes quieran guiar a la Iglesia por la senda del avivamiento den fiel testimonio contra los pecados de la Iglesia, es de temer que halle al pueblo sin preparación. Los hombres quisieran tener un avivamiento como fruto de sus agencias y de su progreso. El camino de Dios es el opuesto: es de la muerte, reconocida como el merecido del pecado, confesada como total impotencia, de donde Él aviva. Él aviva el corazón del contrito.
4. «¡Aviva tu obra, oh Señor!»—Hay un último pensamiento, sugerido por el texto de Oseas. Es al volvernos al Señor como vendrá el avivamiento; porque si no nos hubiéramos apartado de Él, su vida estaría entre nosotros con poder. «Venid y volvamos al Señor; porque él desgarró, y él nos sanará; hirió, y él nos vendará. Él nos dará vida, y viviremos delante de él». Como hemos dicho, no puede haber vuelta al Señor donde no hay sentimiento ni confesión del extravío. Volvamos al Señor ha de ser la nota dominante del avivamiento. Volvamos, reconociendo y abandonando todo lo que haya habido en la Iglesia que no sea enteramente conforme a su mente y a su espíritu. Volvamos, entregando y desechando todo lo que haya habido en nuestra religión, o junto a ella, del poder de los dos grandes enemigos de Dios: la confianza en la carne o el espíritu del mundo. Volvamos, reconociendo cuán indivisiblemente ha de poseernos Dios, para llenarnos de su Espíritu y usarnos para el reino de su Hijo. ¡Oh, volvamos, en la entrega de una dependencia y una devoción que no tiene más medida que el reclamo absoluto de Aquel que es el Señor! Volvamos al Señor con todo nuestro corazón, para que Él nos haga y nos guarde enteramente suyos. Él nos dará vida, y viviremos delante de Él. Volvámonos al Dios de Pentecostés, como Cristo llevó a sus discípulos a volverse a Él, y el Dios de Pentecostés se volverá a nosotros.
Es para esta vuelta al Señor que se necesita la gran obra de la intercesión. Es aquí donde el avivamiento venidero ha de hallar su fuerza. Comencemos como individuos, en secreto, a interceder con Dios, confesando todo lo que veamos de pecado o de estorbo, en nosotros mismos o en otros. Si no hubiera ningún otro pecado, ciertamente en la falta de oración hay materia suficiente para el arrepentimiento, la confesión y la vuelta al Señor. Procuremos fomentar el espíritu de confesión, de súplica y de intercesión en quienes nos rodean. Ayudemos a alentar y a instruir a los que se creen demasiado débiles. Alcemos nuestra voz para proclamar las grandes verdades. El avivamiento ha de venir de lo alto; el avivamiento ha de recibirse por fe de lo alto y hacerse descender por la oración; el avivamiento viene a los humildes y contritos, para que lo lleven a otros; si volvemos al Señor con todo nuestro corazón, Él nos dará vida. Sobre quienes ven estas verdades descansa la solemne responsabilidad de entregarse a testificar de ellas y a ponerlas por obra.
Y mientras cada uno de nosotros intercede por el avivamiento en toda la Iglesia, clamemos también a Dios, de manera especial y al mismo tiempo, por nuestro propio vecindario o esfera de trabajo. Que en todo ministro y obrero haya «grandes escudriñamientos del corazón» en cuanto a si están dispuestos a dar a la oración tal proporción de tiempo y de fuerzas como Dios querría. Que ellos, aun siendo en público los guías de sus círculos mayores o menores, se entreguen en secreto a ocupar su lugar en la primera fila del gran ejército de intercesión, que ha de prevalecer con Dios antes de que puedan venir el gran avivamiento y los torrentes de bendición. De todos los que hablan o piensan en el avivamiento, o lo anhelan, que ni uno solo se retraiga de esta gran obra de súplica sincera, ferviente y precisa: ¡Aviva tu obra, oh Señor! ¿No volverás a darnos vida otra vez?
Venid y volvamos al Señor: ¡Él nos dará vida! Y conozcamos, prosigamos en conocer al Señor. «Su salida es segura como el alba; y vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía que riega la tierra». Amén. Así sea.
Capítulo 17 completado
El avivamiento venidero