El Ministerio de la Intercesión
Dios busca intercesores

Capítulo 16 · 12 min de lectura

Dios busca intercesores

«Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas que jamás callarán, ni de día ni de noche. Vosotros que hacéis memoria del Señor, no calléis, ni le deis reposo, hasta que restablezca a Jerusalén y la ponga por alabanza en la tierra.»—Isaías 62:6, 7.

«Y vio que no había ningún hombre, y se maravilló de que no hubiera ningún intercesor.»—Isaías 59:16.

«Y miré, y no había quien ayudase; y me maravillé de que no hubiese quien sostuviese.»—Isaías 63:5.

«No hay nadie que invoque tu nombre, ni que se despierte para asirse de ti.»—Isaías 64:7.

«Y busqué un hombre entre ellos que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; pero no lo hallé.»—Ezequiel 22:30.

«Yo os elegí y os designé, para que vayáis y llevéis fruto; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé.»—Juan 15:16.

En el estudio de los cielos estrellados, cuánto depende de una debida apreciación de las magnitudes. Sin cierto sentido del tamaño de los cuerpos celestes, que tan pequeños parecen a la vista, y sin embargo son tan grandes, y de la extensión casi ilimitada de las regiones en que se mueven, aunque parezcan tan cercanos y tan familiares, no puede haber verdadero conocimiento del mundo celestial ni de su relación con esta tierra. Así sucede también con los cielos espirituales, y con la vida celestial a la que somos llamados a vivir. Así sucede especialmente en la vida de intercesión, ese intercambio maravillosísimo entre el cielo y la tierra. Todo depende de la debida apreciación de las magnitudes.

Piense tan solo en las tres que vienen primero: hay un mundo, con sus necesidades enteramente dependientes de la intercesión y esperando ser socorrido por ella; hay un Dios en el cielo, con su provisión totalmente suficiente para todas esas necesidades, esperando que se le pida; hay una Iglesia, con su vocación maravillosa y sus promesas seguras, esperando ser despertada a la conciencia de su maravillosa responsabilidad y poder.

Dios busca intercesores.—Hay un mundo con sus millones que perecen, y la intercesión es su única esperanza. Cuánto amor y cuánta labor resultan comparativamente vanos, porque hay tan poca intercesión. Mil millones viviendo como si nunca hubiera habido un Hijo de Dios que muriera por ellos. Treinta millones que cada año pasan a las tinieblas de afuera sin esperanza. Cincuenta millones que llevan el nombre cristiano, y la gran mayoría viviendo en total ignorancia o indiferencia. Millones de cristianos débiles y enfermizos; miles de obreros fatigados, que podrían ser bendecidos por la intercesión, y que podrían llegar a ser poderosos en la intercesión. Iglesias y misiones que sacrifican vida y labor, a menudo con poco resultado, por falta de intercesión. Almas, cada una de más valor que mundos enteros, que no valen menos que el precio pagado por ellas en la sangre de Cristo, y al alcance del poder que puede ganarse por la intercesión. De seguro no tenemos concepción de la magnitud de la obra que han de realizar los intercesores de Dios; de lo contrario, clamaríamos a Dios, por encima de todo, para que enviara del cielo el espíritu de intercesión.

Dios busca intercesores.—Hay un Dios de gloria capaz de suplir todas estas necesidades. Se nos dice que se deleita en la misericordia, que espera para ser clemente, que anhela derramar su bendición; que el amor que entregó al Hijo a la muerte es la medida del amor que en cada instante se cierne sobre todo ser humano. Y, con todo, no socorre. Y allí perecen, un millón al mes solo en China, y es como si Dios no se moviese. Si de tal manera ama y anhela bendecir, ha de haber alguna razón inescrutable para que se contenga. ¿Cuál puede ser? La Escritura dice: por causa de vuestra incredulidad. Es la infidelidad, y la consiguiente deslealtad, del pueblo de Dios. Él los ha tomado en sociedad consigo mismo; los ha honrado, y se ha obligado a sí mismo, al hacer de sus oraciones una de las medidas normales de la operación de su poder. La falta de intercesión es una de las principales causas de la falta de bendición. ¡Oh, que apartáramos ojo y corazón de todo lo demás y los fijáramos en este Dios que oye la oración, hasta que la magnificencia de sus promesas, y de su poder, y de su propósito de amor nos abrumara! ¡Cómo se convertiría toda nuestra vida y todo nuestro corazón en intercesión!

Dios busca intercesores.—Hay una tercera magnitud a la que se nos han de abrir los ojos: el maravilloso privilegio y poder de los intercesores. Existe una falsa humildad, que hace gran virtud del desprecio de sí misma, porque nunca ha visto su absoluta nada. Si lo hubiera visto, jamás se disculparía por su debilidad, sino que se gloriaría en su absoluta flaqueza, como la única condición para que el poder de Cristo repose sobre ella. Juzgaría de sí misma, de su poder y de su influencia delante de Dios en la oración, tan poco por lo que ve o siente como juzgamos el tamaño del sol o de las estrellas por lo que el ojo alcanza a ver. La fe ve al hombre creado a imagen y semejanza de Dios, para ser representante de Dios en este mundo y tener dominio sobre él. La fe ve al hombre redimido y elevado a la unión con Cristo, permaneciendo en él, identificado con él, y revestido de su poder en la intercesión. La fe ve al Espíritu Santo morando y orando en el corazón, intercediendo, en nuestros gemidos, conforme a Dios. La fe ve que la intercesión de los santos es parte de la vida de la Santísima Trinidad: el creyente, como hijo de Dios, pide al Padre, en el Hijo, por medio del Espíritu. La fe ve algo de la idoneidad y belleza divinas de este plan de salvación por medio de la intercesión, despierta al alma a la conciencia de su maravilloso destino, y la ciñe de fuerza para el bendito sacrificio de sí misma al que la llama.

Dios busca intercesores.—Cuando sacó a su pueblo de Egipto, apartó a la tribu sacerdotal, para que se acercara a él, y estuviera delante de él, y bendijera al pueblo en su nombre. De tiempo en tiempo buscó y halló y honró a intercesores, por cuya causa perdonó o bendijo a su pueblo. Cuando nuestro Señor dejó la tierra, dijo al círculo íntimo que había reunido en torno suyo —un círculo íntimo de especial devoción a su servicio, al cual todo discípulo tiene todavía libre acceso—: «Yo os elegí y os designé, para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé». Ya hemos notado las tres palabras maravillosas, repetidas seis veces: Todo lo que—En mi nombre—Os será hecho. En ellas Cristo puso los poderes del mundo celestial a su disposición, no para su propio uso egoísta, sino en interés de su reino. Con cuánta maravilla los usaron, bien lo sabemos. Y desde aquel tiempo, a lo largo de las edades, aquellos hombres han tenido sus sucesores, hombres que han probado cuán ciertamente obra Dios en respuesta a la oración. Y podemos alabar a Dios de que, también en nuestros días, hay un número siempre creciente que empieza a ver y a comprobar que en la iglesia y en la misión, en las grandes sociedades y en los pequeños círculos y en el esfuerzo individual, la intercesión es lo principal, el poder que mueve a Dios y abre el cielo. Van aprendiendo, y anhelan aprenderlo mejor, y que todos lo aprendan, que en toda obra por las almas la intercesión ha de ocupar el primer lugar, y que quienes en ella han recibido del cielo, en el poder del Espíritu Santo, lo que han de comunicar a otros, serán los más capaces de hacer la obra del Señor.

Dios busca intercesores.—Aunque Dios tenía en Israel a sus siervos señalados, centinelas puestos por él mismo para clamar a él día y noche y no darle reposo, a menudo hubo de maravillarse y quejarse de que no había intercesor, ninguno que se despertara para asirse de su fortaleza. Y todavía espera y se maravilla en nuestros días de que no haya más intercesores, de que no todos sus hijos se entreguen a esta obra, la más alta y santa, de que muchos de los que sí lo hacen no se ocupen de ella con mayor intensidad y perseverancia. Se maravilla de hallar a ministros de su evangelio quejándose de que sus deberes no les dejan tiempo para esto, que él tiene por su primera, su más alta, su más deleitosa, su única eficaz obra. Se maravilla de hallar a sus hijos e hijas, que han abandonado hogar y amigos por causa de él y del evangelio, tan cortos en lo que él quiso que fuese su fuerza permanente, recibiendo día tras día todo lo que necesitaban impartir a los paganos en tinieblas. Se maravilla de hallar a multitudes de sus hijos que apenas tienen concepción alguna de lo que es la intercesión. Se maravilla de hallar a otras multitudes que han aprendido que es su deber, y buscan obedecerlo, pero confiesan que poco saben de asirse de Dios o de prevalecer con él.

Dios busca intercesores.—Anhela dispensar bendiciones mayores. Anhela revelar su poder y su gloria como Dios, y su amor salvador, más abundantemente. Busca intercesores en mayor número, con mayor poder, para preparar el camino del Señor. Los busca. ¿Dónde podría buscarlos sino en su Iglesia? ¿Y cómo espera hallarlos? Confió a su Iglesia la tarea de anunciar la necesidad de su Señor, la tarea de alentarlos, adiestrarlos y prepararlos para su santo servicio. Y siempre viene de nuevo, buscando fruto, buscando intercesores. En su Palabra ha hablado de las «viudas en verdad, que esperan en Dios y perseveran en súplicas noche y día». Mira si la Iglesia está adiestrando al gran ejército de ancianos y ancianas, cuyo tiempo de obra exterior ya pasó, pero que pueden fortalecer al ejército de los «escogidos, que claman a él día y noche». Mira a la gran hueste del Esfuerzo Cristiano, los tres o cuatro millones de vidas jóvenes que se han entregado en el solemne voto: «Prometo al Señor Jesucristo que me esforzaré por hacer todo lo que él quiera que yo haga», y se maravilla de cuántos están siendo adiestrados para pasar del resplandor de la reunión semanal de oración, y de su confesión de lealtad, a engrosar la intercesión secreta que ha de salvar almas. Mira a los miles de jóvenes, hombres y mujeres, que se preparan para la obra del ministerio y de la misión, y contempla anhelante para ver si la Iglesia les está enseñando que la intercesión, el poder con Dios, ha de ser su primer cuidado, y si procura adiestrarlos y ayudarlos en ello. Mira a ver si los ministros y misioneros comprenden su oportunidad, y se afanan por adiestrar a los creyentes de su congregación hasta hacer de ellos personas que puedan «ayudar juntamente» con su oración, y «bregar con ellos en sus oraciones». Como Cristo busca la oveja perdida hasta hallarla, Dios busca intercesores. (Nota F.)

Dios busca intercesores.—No quiere, no puede, quitar la obra de las manos de su Iglesia. Y así viene, llamando y suplicando de muchas maneras. Ya por medio de un hombre a quien levanta para vivir una vida de fe en su servicio, y para probar cuán real y abundantemente responde a la oración. Ya por la historia de una iglesia que hace de la oración por las almas su punto de partida, y da testimonio de la fidelidad de Dios. A veces por una misión que prueba cómo la oración especial puede suplir una necesidad especial, y hacer descender el poder del Espíritu. Y a veces, de nuevo, por una temporada de avivamiento que viene en respuesta a la súplica unánime y urgente. De estas y de otras muchas maneras nos está mostrando Dios lo que la intercesión puede hacer, y nos suplica que despertemos y adiestremos a su gran hueste para que sea, cada uno, un pueblo de intercesores.

Dios busca intercesores.—Envía a sus siervos a llamarlos. Que los ministros hagan de esto parte de su deber. Que hagan de su iglesia una escuela de adiestramiento en la intercesión. Den al pueblo objetos definidos de oración. Anímenlos a dedicarle un tiempo determinado, aunque solo fueran diez minutos cada día. Ayúdenlos a comprender la osadía que pueden usar con Dios. Enséñenles a esperar respuestas y a estar atentos a ellas. Muéstrenles lo que es orar primero y obtener respuesta en secreto, y luego llevar esa respuesta e impartir la bendición. Digan a todo aquel que es dueño de su propio tiempo que es como los ángeles, libre para demorarse ante el trono y salir después a servir a los herederos de la salvación. Proclamen la bienaventurada nueva de que esta honra es para todo el pueblo de Dios. No hay diferencia. Aquella muchacha de servicio, este jornalero, aquel enfermo postrado en cama, esta hija en el hogar de su madre, estos hombres y jóvenes en los negocios: todos son llamados, todos, todos son necesarios. Dios busca intercesores.

Dios busca intercesores.—A medida que los ministros emprendan la obra de hallarlos y adiestrarlos, ella misma los impulsará a orar más. Cristo hizo de Pablo un modelo de su gracia antes de hacerlo predicador de ella. Bien se ha dicho: «El primer deber de un ministro es rogar humildemente a Dios que todo lo que él quiera hacer en su pueblo sea primero verdadera y plenamente hecho en él mismo». El esfuerzo por traer este mensaje de Dios puede causar mucho examen de corazón y humillación. Tanto mejor. La mejor práctica para hacer una cosa es ayudar a otros a hacerla. Oh siervos de Cristo, puestos como centinelas para clamar a Dios día y noche, despertemos a nuestro santo llamamiento. Creamos en el poder de la intercesión. Practiquémosla. Busquemos, a favor de nuestro pueblo, recibir del mismo Dios el Espíritu y la Vida que predicamos. Con nuestro espíritu y nuestra vida entregados a Dios en la intercesión, el Espíritu y la Vida que Dios les da por medio de nosotros no podrán menos que ser también Vida de Intercesión.

UN RUEGO POR MÁS ORACIÓN

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