El Ministerio de la Intercesión
Notas

Capítulo 18 · 13 min de lectura

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NOTA A, cap. VI, p. 73

Justamente hoy he estado conversando con una misionera muy fervorosa de la India. Ella confiesa y lamenta la falta de oración. Pero —al menos en la India— difícilmente podría ser de otro modo. Usted solo dispone de las horas de la mañana, de seis a once, para su trabajo. Algunos han intentado levantarse a las cuatro para conseguir el tiempo que creen necesitar, y han sufrido, y han tenido que desistir. Otros han procurado tomar tiempo después del almuerzo, y han sido hallados dormidos de rodillas. Usted no es dueño de sí mismo, y debe actuar junto con otros. Nadie que no haya estado en la India puede comprender la dificultad; no es posible asegurar tiempo suficiente para mucha intercesión.

Si la dificultad existiera solo en el calor de la India, uno podría callar. Pero, ¡ay!, en el más frío invierno de Londres, y en el clima templado de Sudáfrica, en todas partes se halla el mismo problema. Si una vez sintiéramos de veras —la intercesión es la parte más importante de nuestra obra, asegurar la presencia y el poder de Dios en plena medida es lo esencial, este es nuestro primer deber—, todas nuestras horas de trabajo quedarían subordinadas a esta única cosa.

¡Que Dios nos muestre a todos si en verdad hay una dificultad insuperable de la que no somos responsables, si es solo un error que estamos cometiendo, o un pecado con el cual lo estamos contristando a Él y estorbando a su Espíritu!

Si hacemos la pregunta que George Muller hizo una vez a un cristiano, quien se quejaba de no poder hallar tiempo suficiente para el estudio de la Palabra y la oración —si una hora menos de trabajo, digamos cuatro horas, con el alma morando en la plena luz de Dios, no sería más próspera y eficaz que cinco horas con la deprimente conciencia de la infidelidad y la pérdida del poder que podría obtenerse en la oración—, la respuesta no será difícil. Cuanto más lo pensamos, más sentimos que, cuando obreros fervorosos y piadosos permiten, contra su mejor voluntad, que lo espiritual sea desplazado por la ocupación incesante y la fatiga que esta trae, ha de ser porque la vida espiritual no es en ellos suficientemente fuerte como para mandar que la labor se aparte hasta que la presencia de Dios en Cristo y el poder del Espíritu hayan sido plenamente asegurados.

Escuchemos a Cristo cuando dice: «Dad a César lo que es de César» —que el deber y el trabajo tengan su lugar— «y a Dios lo que es de Dios». Que la adoración en el Espíritu, la entera dependencia y la continua espera en Dios para la plena experiencia de su presencia y su poder cada día, y la fortaleza de Cristo obrando en nosotros, tengan siempre el primer lugar. Toda la cuestión es simplemente esta: ¿ha de tener Dios el lugar, el amor, la confianza, el tiempo de comunión personal que Él reclama, de modo que todo nuestro obrar sea Dios obrando en nosotros?

NOTA B, cap. VII, p. 89

Permítame relatar aquí una historia que aparece en una de las obras del Dr. Boardman. Una dama de buena posición, bien conocida como obrera fructífera entre los dependientes de su esposo, lo había invitado a venir y dirigirse a ellos. «Y luego —añadió ella—, quiero hablarle de cierta atadura mía.» Cuando él hubo hablado ante la reunión de ella, y halló que muchos habían sido llevados a Cristo por su medio, se preguntó cuál sería su aflicción. Ella pronto se lo dijo. Dios había bendecido su obra, pero, ¡ay!, el deleite que una vez había tenido en la palabra de Dios y en la oración secreta se había perdido. Y ella había hecho cuanto podía por recobrarlo, y había fracasado. «¡Ah! Ese es justamente su error» —dijo él. «¿Cómo así? ¿No debería yo hacer todo lo posible para que se quite la frialdad?» «Dígame —dijo él—, ¿fue usted salvada haciendo todo lo posible?» «¡Oh, no! Durante mucho tiempo intenté hacerlo, mas solo hallé descanso cuando dejé de intentar y confié en Cristo.» «Y eso es lo que necesita hacer ahora. Entre en su aposento a la hora señalada, por más apagada que se sienta, y colóquese delante de su Señor. No trate de despertar un fervor que no siente; sino dígale con calma que Él ve cómo todo anda mal, cuán desvalida está usted, y confíe en que Él la bendecirá. Él lo hará; a medida que usted confíe con calma, su Espíritu obrará.»

La sencilla historia puede enseñar a muchos cristianos una lección muy bendita en la vida de oración. Usted ha aceptado que Cristo Jesús lo haga íntegro, y le dé fuerzas para andar en novedad de vida; usted ha reclamado que el Espíritu Santo sea en usted el Espíritu de Súplica e Intercesión; pero no se admire si sus sentimientos no cambian de una vez, o si su poder de oración no viene del modo que usted quisiera. Es una vida de fe. Por la fe recibimos el Espíritu Santo y todas sus operaciones. La fe no atiende ni a la vista ni al sentimiento, sino que descansa, aun cuando parezca no haber poder para orar, en la seguridad de que el Espíritu está orando en nosotros mientras nos inclinamos en silencio delante de Dios. El que así espera en fe, y honra al Espíritu Santo, y se entrega a Él, pronto hallará que la oración comenzará a brotar. Y el que persevera en la fe de que, por medio de Cristo y por el Espíritu, cada oración, por débil que sea, es acepta a Dios, aprenderá la lección de que es posible ser enseñado por el Espíritu, y llevado a andar como es digno del Señor, para agradarle en todo.

NOTA C, cap. IX, p. 111

Justamente ayer de nuevo —tres días después de la conversación mencionada en la nota al cap. VII— me encontré con una joven y consagrada misionera del interior. Mientras avanzaba una conversación sobre la oración, ella intervino sin que se le preguntara, con esta observación: «Pero realmente es imposible hallar el tiempo para orar como quisiéramos.» Solo pude responder: «El tiempo es una cantidad que se acomoda a nuestra voluntad; para aquello que nuestro corazón considera de veras de primera importancia en el día, pronto lograremos hallar tiempo.» Seguramente ha de ser que el ministerio de la intercesión nunca ha sido presentado a nuestros estudiantes en los seminarios teológicos y en las casas de formación misionera como la parte más importante de la obra de su vida. Hemos pensado en nuestra labor de predicar o de visitar como nuestro verdadero deber, y en la oración como un medio subordinado para realizar esa obra con éxito. ¿No cambiaría por completo toda la situación si considerásemos el ministerio de la intercesión como lo principal —obtener la bendición y el poder de Dios para las almas que nos han sido confiadas? Entonces nuestra obra ocuparía su justo lugar, y vendría a ser la tarea subordinada de dispensar realmente las bendiciones que habíamos recibido de Dios. Fue cuando el amigo, a medianoche, en respuesta a su oración, hubo recibido de Otro cuanto necesitaba, que pudo abastecer a su amigo hambriento. Fue la intercesión —el salir e importunar— la obra difícil; volver a casa con su rica provisión para repartirla era obra fácil y gozosa. Este es el orden divino de Cristo para toda su obra, hermano mío: venga primero, en total pobreza, cada día, y reciba de Dios la bendición en la intercesión; vaya luego gozoso a repartirla.

NOTA D, cap. X, p. 123

Permítame una vez más remitir a mis lectores a William Law, y repetir lo que he dicho antes: que ningún libro me ha ayudado tanto a penetrar en el lugar y la obra del Espíritu Santo en la economía de la redención como su Discurso al Clero.

El modo en que él expone cómo el único propósito de Dios era morar en el hombre, haciéndolo partícipe de su bondad y de su gloria, de ningún otro modo que viviendo y obrando Él mismo en él, nos da la clave de lo que Pentecostés y el envío del Espíritu del Hijo de Dios a nuestros corazones realmente significan. Es Cristo, en el nombre de Dios, recobrando y tomando de nuevo posesión del hogar que Él había creado para sí mismo. Es Dios entrando en las secretas profundidades de nuestra naturaleza para «obrar así el querer como el hacer», para «obrar lo que es agradable a su vista en Cristo Jesús». Es a medida que esta verdad entra en nosotros, y vemos que no hay ni puede haber bien alguno en nosotros sino lo que Dios obra, que veremos luz sobre el divino misterio de la oración, y creeremos en el Espíritu Santo como aquel que respira dentro de nosotros deseos que Dios cumplirá cuando cedamos a ellos, y creyentemente los presentemos en el nombre de Cristo. Veremos entonces que tan maravilloso y prevaleciente como la intercesión y la oración que pasan del Hijo encarnado al Padre en el cielo, es nuestro trato con Dios; el Espíritu, que es Dios, respirando y orando en nosotros en medio de toda nuestra flaqueza sus divinas peticiones nacidas del cielo: ¡qué cosa tan celestial llega a ser la oración!

La última parte del libro antes mencionado consiste en extractos de las cartas de Law. Estas se han publicado por separado como un pequeño volumen de un chelín. Nadie que se tome el tiempo de leer con calma y dominar la enseñanza tan sencilla pero profunda que ellas contienen, dejará de ser maravillosamente fortalecido en la confianza que se necesita, si hemos de orar mucho y con denuedo. A medida que aprendemos que el Espíritu Santo está dentro de nosotros para revelar allí a Cristo, para hacernos en realidad viva partícipes de su muerte, de su vida, de su mérito, de su disposición, de modo que Él sea formado dentro de nosotros, comenzaremos a ver cuán divinamente justo y seguro es que nuestras intercesiones en su nombre hayan de ser oídas; su propio Espíritu mantiene la unión viva con Él mismo, en quien somos acercados a Dios, y nos da confianza para el acceso; lo que tan débilmente he dicho en el capítulo sobre el Espíritu de Súplica cobrará nuevo sentido; y, lo que es más, el ejercicio de la oración una nueva atracción; su solemne y divino misterio nos humillará, su inefable privilegio nos elevará en fe y adoración.

NOTA E, cap. XI, p. 136

Hay una cuestión, la más profunda de todas, en la que no he entrado en este libro. He hablado de la falta de oración en el cristiano individual como síntoma de una enfermedad. Pero ¿qué diremos de esto: que exista una difusión tan extendida de este fallo en dar una debida proporción de tiempo y de fuerza a la oración? ¿No necesitamos inquirir: cómo es que la Iglesia de Cristo, dotada del Espíritu Santo, no puede formar a sus ministros, obreros y miembros para poner primero lo que es primero? ¿Cómo es que la confesión de que se ora demasiado poco, y el llamado a orar más, se oyen con tanta frecuencia, y sin embargo el mal continúa? El Espíritu de Dios, el Espíritu de Súplica e Intercesión, está en la Iglesia y en todo creyente. Seguramente ha de haber algún otro espíritu de gran poder que resiste y estorba a este Espíritu de Dios. Así es, en efecto. El espíritu del mundo, que bajo todas sus bellas y aun religiosas actividades es el espíritu del dios de este siglo, es el gran estorbo. Todo lo que se hace en la tierra, sea dentro o fuera de la Iglesia, es hecho por uno de estos dos espíritus. Lo que en el individuo es la carne, es en la humanidad como un todo el espíritu del mundo; y todo el poder que la carne tiene en el individuo se debe al lugar dado al espíritu de este siglo en la Iglesia y en la vida cristiana. Es el espíritu del mundo el gran estorbo al espíritu de oración. Todos nuestros más fervorosos llamados a los hombres a orar más serán vanos, a menos que este mal sea reconocido, combatido y vencido. El creyente y la Iglesia han de ser enteramente librados del espíritu del mundo.

¿Y cómo ha de hacerse esto? No hay sino un camino: la Cruz de Cristo, «por la cual», como dice Pablo, «el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo». Solo por medio de la muerte al mundo podemos ser librados de su espíritu. La separación ha de ser vital y entera. Solo por la aceptación de nuestra crucifixión con Cristo podemos vivir esta confesión, y, crucificados al mundo, mantener la posición de irreconciliable hostilidad hacia todo lo que es de su espíritu y no del Espíritu de Dios; y solo Dios mismo, por su divino poder, puede introducirnos y mantenernos día a día muertos al pecado, y vivos para Dios en Cristo Jesús. La cruz, con su vergüenza y su separación del mundo, y su muerte a todo lo que es de la carne y del yo, es el único poder que puede vencer al espíritu del mundo.

He sentido con tanta fuerza que esta verdad necesita ser afirmada de nuevo, que espero, si a Dios le place, publicar un volumen, La Cruz de Cristo, con la indagación de lo que la palabra de Dios enseña acerca de nuestra participación real con Cristo en su crucifixión. Cristo oró camino de la cruz. Con la oración se llevó a sí mismo a la cruz. Oró en la cruz. Ora siempre como el fruto de la cruz. A medida que la Iglesia vive en la cruz, y la cruz vive en la Iglesia, el espíritu de oración será dado. En Cristo fue el espíritu de crucifixión y la muerte lo que fue la fuente del Espíritu y el Poder de la Intercesión. Con nosotros no puede ser de otro modo.

NOTA F, cap. XIV, p. 177

Más de una vez he hablado de la necesidad de adiestrar a los cristianos en la obra de la intercesión. En una nota anterior he planteado la pregunta de si, en la enseñanza de nuestros seminarios teológicos y casas de formación misionera, se presta suficiente atención a la oración como la parte más importante, y en cierto sentido la más difícil, de la obra para la cual se prepara a los estudiantes. Me he preguntado si no sería posible ofrecer a quienes estén dispuestos, durante su vida de estudiantes, a someterse a un curso de adiestramiento, alguna ayuda en forma de indicaciones y sugerencias sobre lo que hace falta para dar a la oración el lugar y el poder que debería tener en nuestro ministerio.

Por regla general, es en la vida estudiantil donde el carácter ha de formarse para los años venideros, y es en el mundo estudiantil de hoy donde ha de influirse en la Iglesia del futuro. Si Dios me permite llevar a cabo un plan que apenas ha madurado del todo todavía, desearía publicar un volumen, el Manual de Oración del Estudiante, que combine la enseñanza de la Escritura sobre lo que más se necesita para hacer de nosotros hombres de oración, con tales direcciones prácticas que puedan ayudar a un joven cristiano, que se prepara para consagrar con éxito su vida al servicio de Dios, a cultivar tal espíritu y hábito de oración que permanezca con él a través de toda su vida y sus labores venideras.

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