Capítulo 15 · 14 min de lectura
Pablo, modelo de oración
«Ve y pregunta por uno llamado Saulo de Tarso; porque, he aquí, él ora».—Hechos 9:11.
«Por esta causa fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí, el primero, toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna».—1 Timoteo 1:16.
Dios tomó a su propio Hijo, y lo hizo nuestro Ejemplo y nuestro Modelo. A veces parece como si el poder del ejemplo de Cristo se perdiera en el pensamiento de que él, en quien no hay pecado, no es hombre como nosotros lo somos. Nuestro Señor tomó a Pablo, un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y lo hizo un modelo de lo que él podía hacer por uno que era el primero de los pecadores. Y Pablo, el hombre que, más que ningún otro, ha dejado su marca sobre la Iglesia, ha sido siempre invocado como hombre modelo. En su dominio de la verdad divina, y en su enseñanza de ella; en su devoción a su Señor, y en su celo que se consumía en el servicio de él; en su profunda experiencia del poder del Cristo que mora dentro y de la comunión de su cruz; en la sinceridad de su humildad, y en la sencillez y la audacia de su fe; en su entusiasmo y su perseverancia misioneros —en todo esto, y en mucho más, «la gracia de nuestro Señor Jesús fue sobreabundante en él». Cristo lo dio, y la Iglesia lo ha aceptado, como un modelo de lo que Cristo querría, de lo que Cristo obraría. Siete veces habla Pablo de los creyentes que le siguen: (1 Corintios 4:16), «Por tanto, os ruego que seáis imitadores de mí»; (11:1), «Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo»; Filipenses 3:17; 4:9; 1 Tesalonicenses 1:6; 2 Tesalonicenses 3:7-9.
Si Pablo, como modelo de oración, no es tan estudiado ni invocado como lo es en otros aspectos, no es porque no sea también en esto una prueba tan notable de lo que la gracia puede hacer, ni porque no necesitemos, en este respecto, tanto la ayuda de su ejemplo. Un estudio de Pablo como modelo de oración traerá una rica recompensa de instrucción y de aliento. Las palabras que nuestro Señor usó de él en su conversión, «he aquí, él ora», pueden tomarse como la nota dominante de su vida. La visión celestial que lo puso de rodillas gobernó desde entonces su vida. Cristo a la diestra de Dios, en quien somos bendecidos con toda bendición espiritual, lo era todo para él; orar y esperar el poder celestial en su obra y sobre su obra, del cielo directamente por la oración, era el simple fruto de su fe en el Glorificado. También en esto quiso Cristo que él fuera un modelo, para que aprendamos que, precisamente en la medida en que la celestialidad de Cristo y de sus dones, la índole no mundana de los poderes que obran para la salvación, sean conocidos y creídos, la oración llegará a ser el elevarse espontáneo del corazón hacia la única fuente de su vida. Veamos lo que sabemos de Pablo.
Los hábitos de oración de Pablo.
Estos se revelan casi inconscientemente. Él escribe (Romanos 1:9): «Dios me es testigo, de que sin cesar hago mención de vosotros siempre en mis oraciones. Porque anhelo veros, para comunicaros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados». Romanos 10:1; 9:2, 3: «Mi deseo del corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación»; «tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón; porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos». 1 Corintios 1:4: «Doy gracias a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús». 2 Corintios 6:4, 6: «antes bien, nos recomendamos como ministros de Cristo, en desvelos, en ayunos». Gálatas 4:19: «Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros». Efesios 1:16: «no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones». Efesios 3:14: «doblo mis rodillas ante el Padre, para que os dé el ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior». Filipenses 1:3, 4, 8, 9: «Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros. Porque Dios me es testigo de cómo os amo a todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo. Y esto oro»—Colosenses 1:3, 9: «Damos gracias a Dios, orando siempre por vosotros. Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir»—Colosenses 2:1: «quisiera que supieseis cuán gran lucha tengo por vosotros, y por cuantos no han visto mi rostro en la carne». 1 Tesalonicenses 1:2: «Damos gracias a Dios siempre por todos vosotros, haciendo mención de vosotros en nuestras oraciones». 3:9: «nos gozamos por causa de vosotros delante de nuestro Dios, orando de noche y de día con gran insistencia, para que completemos lo que falte a vuestra fe». 2 Tesalonicenses 1:3: «Debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros. Por lo cual también oramos siempre por vosotros». 2 Timoteo 1:3: «Doy gracias a Dios, de que sin cesar me acuerdo de ti noche y día». Filemón 4: «Doy gracias a mi Dios, haciendo mención de ti siempre en mis oraciones».
Estos pasajes, tomados en conjunto, nos dan el retrato de un hombre cuyas palabras, «Orad sin cesar», eran sencillamente la expresión de su vida diaria. Tenía tal sentido de la insuficiencia de la simple conversión; de la necesidad de que la gracia y el poder del cielo fuesen traídos abajo para los jóvenes convertidos por medio de la oración; de la necesidad de mucha e incesante oración, de día y de noche, para traerlo abajo; de la certeza de que la oración lo traería abajo, que su vida era oración continua y muy definida. Tenía tal sentido de que todo debía venir de lo alto, y tal fe en que vendría en respuesta a la oración, que la oración no era ni un deber ni una carga, sino el vuelco natural del corazón hacia el único lugar de donde podía posiblemente obtener lo que buscaba para otros.
Los contenidos de las oraciones de Pablo.
Es de tanta importancia saber qué oraba Pablo, como cuán frecuente y fervientemente lo hacía. La intercesión es una obra espiritual. Nuestra confianza en ella dependerá mucho de saber que pedimos conforme a la voluntad de Dios. Cuanto más distintamente pedimos cosas celestiales, que sentimos que sólo Dios puede otorgar, que estamos seguros de que él otorgará, tanto más directa y urgente será nuestra apelación a Dios solo. Cuanto más imposibles sean las cosas que buscamos, tanto más nos apartaremos de toda obra humana hacia la oración y hacia Dios solo.
En las Epístolas, además de las expresiones en que habla de su orar, tenemos cierto número de oraciones bien definidas en que Pablo da voz al deseo de su corazón por aquellos a quienes escribe. En ellas vemos que su primer deseo era siempre que fuesen «confirmados» en la vida cristiana. Por mucho que alabara a Dios cuando oía de una conversión, sabía cuán débiles eran los jóvenes convertidos, y cómo para su afianzamiento nada valdría sin la gracia del Espíritu obtenida por la oración. Si observamos algunas de las principales de estas oraciones, veremos lo que él pedía y obtenía.
Tomemos las dos oraciones en Efesios —la una por luz, la otra por fortaleza—. En la primera (1:15), ora por el Espíritu de sabiduría para iluminarlos a conocer cuál era su vocación, cuál su herencia, cuán grande el poder de Dios que obra en ellos. La iluminación y el conocimiento espirituales eran su gran necesidad, que habían de obtenerse para ellos por medio de la oración. En la segunda (3:15), pide que el poder que habían sido llevados a ver en Cristo obre en ellos, y que sean fortalecidos con poder divino, de modo que tengan al Cristo que mora dentro, y el amor que sobrepasa el conocimiento, y la plenitud de Dios que realmente venga sobre ellos. Estas eran cosas que sólo podían venir directamente del cielo; estas eran cosas que él pedía y esperaba. Si queremos aprender el arte de intercesión de Pablo, no debemos pedir nada menos para los creyentes de nuestros días.
Miremos la oración en Filipenses (1:9-11). Allí, también, es primero por el conocimiento espiritual; luego viene una vida sin mancha, y luego una vida fructífera para la gloria de Dios. Así también en la hermosa oración en Colosenses (1:9-11). Primero, el conocimiento espiritual y el entendimiento de la voluntad de Dios; luego, el ser fortalecidos con todo poder para toda paciencia y gozo.
O tomemos las dos oraciones en 1 Tesalonicenses (3:12, 13, y 5:23). La una: «El Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros, para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad». La otra: «Que Dios os santifique por completo, y os guarde irreprensibles». Las palabras mismas son tan elevadas que apenas entendemos, menos aún creemos, y menos aún experimentamos lo que significan. Pablo vivía tan en el mundo celestial, estaba tan en su casa en la santidad y la omnipotencia de Dios y de su amor, que tales oraciones eran la expresión natural de lo que sabía que Dios podía y quería hacer. «Dios afirme vuestros corazones, irreprensibles en santidad», «Dios os santifique por completo» —el hombre que cree estas cosas y las desea, orará por ellas para otros. Las oraciones son todas una prueba de que él busca para ellos la vida misma del cielo sobre la tierra. No es de extrañar que no sea tentado a confiar en ningún medio humano, sino que lo espera sólo del cielo. Otra vez digo, cuanto más tomemos las oraciones de Pablo como nuestro modelo, y hagamos suyos sus deseos por los creyentes por quienes oramos, tanto más la oración al Dios del cielo llegará a ser como nuestro aliento diario.
Las peticiones de oración de Pablo.
Estas no son menos instructivas que sus propias oraciones por los santos. Prueban que él no tiene la oración por ninguna prerrogativa especial de un apóstol; llama al más humilde y sencillo de los creyentes a reclamar su derecho. Prueban que él no piensa que sólo los nuevos convertidos o los cristianos débiles necesiten oración; él mismo, como miembro del cuerpo, depende de sus hermanos y de sus oraciones. Después de haber predicado el evangelio por veinte años, todavía pide oración para poder hablar como debe hablar. No una vez para siempre, no por un tiempo, sino día tras día, y eso sin cesar, ha de buscarse la gracia y traerse abajo del cielo para su obra. La espera unida y continua en Dios es para Pablo la única esperanza de la Iglesia. Con el Espíritu Santo entró en el mundo una vida celestial, la vida del Señor en el cielo; nada sino la comunicación ininterrumpida con el cielo puede sostenerla.
Oíd con cuánta seriedad pide oración —Romanos 15:30: «Os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo, y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios; para que sea librado de los incrédulos que están en Judea, y para que llegue a vosotros con gozo por la voluntad de Dios». ¡Cuán notablemente fueron respondidas ambas oraciones: Romanos 15:5, 6, 13! El hecho notable de que el poder mundial de Roma, que en Pilato con Cristo, en Herodes con Pedro, en Filipos, había probado su antagonismo al reino de Dios, de repente se convierta en el protector de Pablo, y le asegure una escolta segura hasta Roma, sólo puede explicarse por estas oraciones.
2 Corintios 1:10, 11: «en quien esperamos que aún nos librará, cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración». Efesios 6:18, 19: «orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para hablar con denuedo, como debo hablar». Filipenses 1:19: «sé que esto (esta aflicción) resultará en mi liberación, por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo». Colosenses 4:2, 3, 4: «Perseverad en la oración; y orando por nosotros, para que Dios nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, para que lo manifieste como debo hablar». 1 Tesalonicenses 5:25: «Hermanos, orad por nosotros». Filemón 22: «confío en que por vuestras oraciones os seré concedido».
Vimos cómo oró Cristo, y enseñó a sus discípulos a orar. Vemos cómo oró Pablo, y enseñó a las iglesias a orar. Como el Maestro, así el siervo nos llama a creer y a probar que la oración es el poder tanto del ministerio como de la Iglesia. De su fe tenemos un resumen en estas notables palabras acerca de algo que le causaba pena: «esto resultará en mi liberación por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo». Tanto como miraba a su Señor en el cielo, miraba a sus hermanos en la tierra, para asegurarse la suministración de aquel Espíritu para él. El Espíritu del cielo y la oración en la tierra estaban para él, como para los doce después de Pentecostés, inseparablemente unidos. Hablamos a menudo del celo, la devoción y el poder apostólicos —quiera Dios darnos un avivamiento de oración apostólica.
Permítanme preguntar una vez más: ¿ocupa la obra de intercesión el lugar que debería tener en la Iglesia? ¿Se entiende comúnmente en la obra del Señor que todo depende de obtener de Dios aquella «suministración del Espíritu de Cristo» para nosotros y en nosotros, que puede dar a nuestra obra su verdadero poder para bendecir? Este es el orden divino de Cristo para toda obra, la suya y la de sus siervos; este es el orden que Pablo siguió: primero venir cada día, como quien no tiene nada, y recibir de Dios «la suministración del Espíritu» en la intercesión; luego ir e impartir lo que le ha venido del cielo.
En todas sus instrucciones, nuestro Señor Jesús habló mucho más a menudo a sus discípulos acerca de su orar que de su predicar. En el discurso de despedida, dijo poco acerca de predicar, pero mucho acerca del Espíritu Santo, y de que pidieran cualquier cosa que quisieran en su nombre. Si hemos de volver a esta vida de los primeros apóstoles y de Pablo, y aceptar realmente cada día la verdad —mi primera obra, mi única fuerza es la intercesión, para asegurar el poder de Dios sobre las almas que me han sido confiadas—, debemos tener el valor de confesar el pecado pasado, y de creer que hay liberación. Romper con los viejos hábitos, resistir el clamor de los deberes apremiantes que siempre se han salido con la suya, subordinar toda otra demanda a esta, aprueben otros o no, no será fácil al principio. Pero los hombres o las mujeres que sean fieles no sólo tendrán una recompensa para sí mismos, sino que llegarán a ser bienhechores de sus hermanos. «Y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar».
¿Pero es realmente posible? ¿Puede ser en verdad que quienes nunca han sido capaces de afrontar, y mucho menos de vencer, la dificultad, lleguen sin embargo a ser poderosos en la oración? Dígame: ¿fue realmente posible que Jacob llegara a ser Israel, un príncipe que prevaleció con Dios? Lo fue. Las cosas que son imposibles para los hombres son posibles para Dios. ¿No ha recibido usted, en verdad, del Padre, como el gran fruto de la redención de Cristo, el Espíritu de súplica, el Espíritu de intercesión? Deténgase un momento y piense lo que eso significa. ¿Y dudará usted todavía si Dios es capaz de hacerle uno de los que «luchan con Dios», un príncipe que prevalece con él? Oh, desterremos todo temor, y reclamemos por la fe la gracia para la cual tenemos al Espíritu Santo morando en nosotros, la gracia de súplica, la gracia de intercesión. Creamos quieta y perseverantemente que él vive en nosotros, y nos capacitará para hacer nuestra obra. No temamos aceptar por la fe y rendirnos a la gran verdad de que la intercesión, así como es la gran obra del Rey en el trono, es la gran obra de sus siervos en la tierra. Tenemos al Espíritu Santo, que trae la vida de Cristo a nuestros corazones, para capacitarnos para esta obra. Comencemos de una vez y avivemos el don que hay en nosotros. A medida que apartemos cada día nuestro tiempo para la intercesión, y contemos con el poder capacitador del Espíritu, crecerá la confianza de que podemos, en nuestra medida, seguir a Pablo así como él siguió a Cristo.
UNA SÚPLICA POR MÁS ORACIÓN
Capítulo 15 completado
Pablo, modelo de oración