El Ministerio de la Intercesión
Mi Dios me oirá

Capítulo 14 · 13 min de lectura

Mi Dios me oirá

«Por tanto, el Señor esperará para tener piedad de vosotros. Bienaventurados todos los que esperan en él. Tendrá gran piedad de ti a la voz de tu clamor; cuando la oyere, te responderá.»—Isa. 30:18, 19.

«El Señor oirá cuando yo clame a él.»—Sal. 4:3.

«Yo te he invocado, porque tú me oirás, oh Dios!»—Sal. 17:6.

«Yo miraré al Señor; esperaré al Dios de mi salvación: mi Dios me oirá.»—Miq. 7:7.

El poder de la oración descansa en la fe de que Dios la oye. En más de un sentido esto es verdad. Es esta fe la que da al hombre valor para orar. Es esta fe la que le da poder para prevalecer con Dios. En el momento en que tengo la seguridad de que Dios me oye a mí también, me siento movido a orar y a perseverar en la oración. Me siento fuerte para reclamar y tomar por fe la respuesta que Dios da. Una gran razón de la falta de oración es la carencia de la seguridad viva y gozosa: «Mi Dios me oirá». Si una vez los siervos de Dios alcanzaran una visión del Dios vivo esperando conceder su petición, y otorgar todos los dones celestiales del Espíritu que necesitan, para sí mismos o para aquellos a quienes sirven, ¡cómo se dejaría todo a un lado para hacer tiempo y lugar para este único poder que puede asegurar la bendición celestial: la oración de fe!

Cuando un hombre puede decir, y dice, con fe viva: «¡Mi Dios me oirá!», ciertamente nada puede apartarlo de la oración. Sabe que lo que no puede hacer ni lograr en la tierra, puede hacerse y se hará por él desde el cielo. Inclinémonos cada uno de nosotros en quietud delante de Dios, y esperemos en Él para que se revele como el Dios que oye la oración. En su presencia, los pensamientos maravillosos que se reúnen en torno a la verdad central se desplegarán ante nosotros.

1. «Mi Dios me oirá.»—¡Qué certeza tan bendita!—Tenemos la palabra de Dios en promesas incontables. Tenemos miles de testigos del hecho de que la han hallado verdadera. Lo hemos experimentado en nuestras vidas. Hemos tenido al Hijo de Dios venido del cielo con el mensaje de que si pedimos, el Padre dará. Lo hemos tenido a Él mismo orando en la tierra, y siendo oído. Y lo tenemos ahora en el cielo, sentado a la diestra de Dios e intercediendo por nosotros. Dios oye la oración; Dios se deleita en oír la oración. Ha permitido a su pueblo mil veces ser probado, para que fuese compelido a clamar a Él, y aprendiese a conocerle como el que oye la oración.

Confesemos con vergüenza cuán poco hemos creído esta verdad maravillosa, en el sentido de recibirla en nuestro corazón, y permitirle poseer y gobernar todo nuestro ser. Que aceptemos una verdad no es suficiente; el Dios vivo, de quien habla la verdad, debe a su luz ser revelado de tal manera, que toda nuestra vida transcurra en su presencia, con la conciencia tan clara como la de un niño pequeño hacia su padre terrenal: sé con certeza que mi padre me oye.

¡Amado hijo de Dios! Usted sabe por experiencia cuán poco le ha aprovechado una comprensión intelectual de la verdad. Ruegue a Dios que se le revele. Si quiere vivir una vida de oración diferente, inclínese cada vez, antes de orar, en silencio para adorar a este Dios; para esperar hasta que repose sobre usted algún recto sentido de su cercanía y de su disposición a responder. Así comenzará usted a orar con las palabras: «¡Mi Dios me oirá!»

2. «Mi Dios me oirá.» ¡Qué gracia tan maravillosa!—Piense en Dios en su majestad infinita, en su gloria del todo incomprensible, en su santidad inaccesible, sentado en un trono de gracia, esperando ser propicio, invitándole y animándole a orar con su promesa: «Clama a mí, y yo te responderé». Piense en usted mismo, en su nada e impotencia como criatura; en su miseria y transgresiones como pecador; en su debilidad e indignidad como santo; y alabe la gloria de aquella gracia que le permite decir con osadía, acerca de su oración por usted mismo y por los demás: «Mi Dios me oirá». Piense en cómo no queda abandonado a sí mismo, ni a lo que usted pueda lograr, en este maravilloso trato con Dios. Dios le ha unido con Cristo; en Él y en su Nombre tiene usted su confianza; en el trono Él ora con usted y por usted; en el estrado del trono usted ora con Él y en Él. Su dignidad, y el deleite del Padre en oírle, son la medida de su confianza, la seguridad de ser oído. Hay más. Piense en el Espíritu Santo, el Espíritu del propio Hijo de Dios, enviado a su corazón para clamar: Abba, Padre, y para ser en usted un Espíritu de Súplica, cuando no sabe qué pedir como conviene. Piense, en toda su insignificancia e indignidad, que es usted tan acepto como Cristo mismo. Piense, en toda su ignorancia y debilidad, en el Espíritu que intercede conforme a Dios dentro de usted, y clame: «¡Qué gracia tan maravillosa! Por Cristo tengo acceso al Padre, por el Espíritu. Puedo creerlo, lo creo: “Mi Dios me oirá.”»

3. «Mi Dios me oirá.»—¡Qué misterio tan profundo!—Hay dificultades que no pueden menos que surgir a veces y desconcertar aun al corazón sincero. Está la cuestión de la voluntad soberana, sapientísima y que todo lo dispone de Dios. ¿Cómo pueden nuestros deseos, a menudo tan necios, y nuestra voluntad, a menudo tan egoísta, prevalecer sobre aquella voluntad perfecta o cambiarla? ¿No sería mejor dejarlo todo a la disposición de Aquel que sabe lo que es mejor, y se deleita en darnos lo mejor? ¿O cómo puede nuestra oración cambiar lo que Él ha ordenado de antemano? Luego está la cuestión de la necesidad de la oración perseverante, y de la larga espera de la respuesta. Si Dios es Amor Infinito, y se deleita más en dar que nosotros en recibir, ¿dónde está la necesidad de la súplica y de la lucha, de la urgencia, y de la larga demora de que hablan la Escritura y la experiencia? Surgiendo de esto hay todavía otra cuestión: la de la multitud de oraciones aparentemente vanas y sin respuesta. Cuántos han rogado por seres queridos, y estos mueren sin ser salvos. Cuántos claman por años por bendición espiritual, y no viene respuesta alguna. Pensar en todo esto prueba nuestra fe, y nos hace vacilar al decir: «Mi Dios me oirá».

¡Amado! La oración, en su poder con Dios, y la fidelidad de Él a su promesa de oírla, es un profundo misterio espiritual. A las preguntas formuladas arriba pueden darse respuestas que quitan algo de la dificultad. Pero, después de todo, lo primero y lo último que debe decirse es esto: tan poco como podemos comprender a Dios podemos comprender esto, uno de los más benditos de sus atributos, que Él oye la oración. Es un misterio espiritual: nada menos que el misterio de la Santísima Trinidad. Dios oye porque oramos en su Hijo, porque el Espíritu Santo ora en nosotros. Si hemos creído y reclamado la vida de Cristo como nuestra salud, y la plenitud del Espíritu como nuestra fuerza, no vacilemos en creer también en el poder de nuestra oración. El Espíritu Santo puede capacitarnos para creerlo y gozarnos en ello, aun donde no toda pregunta ha sido aún respondida. Él lo hará, a medida que ponemos nuestras dudas en el seno de Dios, confiamos en su fidelidad, y nos entregamos humildemente a obedecer su mandato de orar sin cesar. Todo arte despliega sus secretos y su belleza solo al hombre que lo practica. Al alma humilde que ora en la obediencia de la fe, que practica la oración y la intercesión con diligencia, porque Dios lo pide, le será revelado el secreto del Señor, y el pensamiento del profundo misterio de la oración, en vez de ser un problema fatigoso, será una fuente de gozo, adoración y fe, en la cual se oye siempre el estribillo incesante: «¡Mi Dios me oirá!»

4. «Mi Dios me oirá.» ¡Qué solemne responsabilidad!—Cuántas veces nos quejamos de tinieblas, de debilidad, de fracaso, como si no hubiera remedio para ello. Y Dios ha prometido, en respuesta a nuestra oración, suplir toda nuestra necesidad, y darnos su luz, su fuerza y su paz. ¡Ojalá comprendiéramos la responsabilidad de tener tal Dios, y tales promesas, con el pecado y la vergüenza de no valernos de ellas hasta lo sumo! Cuán confiados deberíamos sentirnos de que la gracia que hemos aceptado y en la que hemos confiado para capacitarnos a orar como debemos, nos será dada.

Hay más. Este acceso a un Dios que oye la oración está especialmente destinado a hacernos intercesores por nuestros semejantes. Así como Cristo obtuvo su derecho de intercesión prevaleciente al entregarse a sí mismo en sacrificio a Dios por los hombres, y por medio de ello recibe las bendiciones que dispensa, así también, si nosotros verdaderamente con Cristo nos hemos entregado a Dios por los hombres, participamos de su derecho de intercesión, y podemos obtener los poderes del mundo celestial también para ellos. El poder de vida y muerte está en nuestras manos (1 Juan 5:16). En respuesta a la oración, el Espíritu puede ser derramado, las almas pueden ser convertidas, los creyentes pueden ser afirmados. En la oración, el reino de las tinieblas puede ser vencido, las almas sacadas de la prisión a la libertad de Cristo, y la gloria de Dios revelada. Por medio de la oración, la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, puede ser esgrimida con poder, y, tanto en la predicación pública como en la conversación privada, los más rebeldes hechos inclinarse a los pies de Jesús.

¡Qué responsabilidad para la Iglesia entregarse a la obra de la intercesión! ¡Qué responsabilidad para todo ministro, misionero, obrero, apartado para la salvación de las almas, entregarse por entero a poner en práctica y probar su fe: «Mi Dios me oirá»! Y qué llamado a todo creyente, en vez de enterrar y perder este talento, de procurar hasta lo sumo usarlo en oración y súplica por todos los santos y por todos los hombres. Mi Dios me oirá: cuanto más profunda sea nuestra entrada en la verdad de este poder maravilloso que Dios ha dado a los hombres, tanto más entera será nuestra entrega a la obra de la intercesión.

5. «Mi Dios me oirá.» ¡Qué perspectiva tan bendita!—Lo veo: todos los fracasos de mi vida pasada se han debido a la falta de esta fe. Mi fracaso, especialmente en la obra de la intercesión, ha tenido su raíz más profunda en esto: no viví en la plena fe de la bendita seguridad: «¡Mi Dios me oirá!» ¡Alabado sea Dios! Comienzo a verlo; lo creo. Todo puede ser diferente. O, más bien, lo veo a Él, le creo a Él. «¡Mi Dios me oirá!» ¡Sí, a mí, aun a mí! Por común e insignificante que yo sea, ocupando apenas un lugar muy pequeño, de modo que apenas se me echará de menos cuando parta, aun yo tengo acceso a este Dios Infinito, con la confianza de que Él me oye. Uno con Cristo, guiado por el Espíritu Santo, me atrevo a decir: «Oraré por otros, porque estoy seguro de que mi Dios me escuchará: “Mi Dios me oirá.”» ¡Qué perspectiva tan bendita ante mí: toda ansiedad terrenal y espiritual cambiada por la paz de Dios, que cuida de todo y oye la oración! ¡Qué perspectiva tan bendita en mi obra! Saber que, aun cuando la respuesta se demore largamente, y haya un llamado a mucha oración paciente y perseverante, la verdad permanece infaliblemente cierta: «¡Mi Dios me oirá!»

¡Y qué perspectiva tan bendita para la Iglesia de Cristo si tan solo todos diéramos a la oración su lugar, diéramos a la fe en Dios su lugar, o, más bien, diéramos al Dios que oye la oración su lugar! ¿No es esta la única gran cosa por la cual, aquellos que en alguna pequeña medida comienzan a ver la urgente necesidad de la oración, deben orar en primer lugar? Cuando Dios, al principio, una y otra vez, derramó el Espíritu sobre su pueblo que oraba, estableció la ley para todo tiempo: cuanta oración, tanto del Espíritu. Que cada uno que pueda decir «Mi Dios me oirá» se una a la ferviente súplica de que, por toda la Iglesia, esa verdad sea restaurada a su verdadero lugar, y la bendita perspectiva se hará realidad: una Iglesia que ora, revestida del poder del Espíritu Santo.

6. «Mi Dios me oirá.» ¡Qué necesidad de enseñanza Divina!—Necesitamos esto, tanto para poder sostener esta palabra en fe viva, como para hacer pleno uso de ella en la intercesión. Se ha dicho, y no puede decirse demasiado a menudo ni con demasiada seriedad, que la única cosa necesaria para la Iglesia de nuestros días es el poder del Espíritu Santo. Precisamente porque esto es así, del lado Divino, podemos también decir con igual verdad que, del lado humano, la única cosa necesaria es más oración, más oración creyente y perseverante. Al hablar de la falta del poder del Espíritu, y de la condición para recibirlo, alguien usó esta expresión: el obstáculo no está en la línea perpendicular, sino en la horizontal. Es de temer que esté en ambas. Hay mucho que confesar y quitar en nosotros si el Espíritu ha de obrar libremente. Pero es especialmente en la línea perpendicular donde está el obstáculo: la mirada hacia arriba, y la profunda dependencia, y el fuerte clamor a Dios, y la eficaz oración de fe que prevalece; todo esto falta tristemente. Y precisamente esto es la única cosa necesaria.

¿No nos dispondremos todos a aprender la lección que hará posible la oración prevaleciente: la lección de una fe que siempre canta «Mi Dios me oirá»? Por sencilla y elemental que sea, necesita práctica y paciencia, necesita tiempo y enseñanza celestial, para aprenderla rectamente. Bajo la impresión de un pensamiento luminoso, o de una experiencia bendita, puede parecer que conocemos la lección perfectamente. Pero una y otra vez volverá la necesidad de hacer de esto nuestra primera oración: que el Dios que oye la oración nos enseñe a creerla, y así a orar rectamente. Si lo deseamos, podemos contar con Él; Él, que se deleita en oír la oración y en responderla, Él, que dio a su Hijo para que orase siempre por nosotros y con nosotros, y a su Espíritu Santo para orar en nosotros, podemos estar seguros de que no hay oración que Él oiga con más certeza que esta: que se revele a sí mismo como el Dios que oye la oración, de modo que todo nuestro ser responda: «Mi Dios me oirá.»

UNA SÚPLICA POR MÁS ORACIÓN

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