El Ministerio de la Intercesión
El Espíritu de súplica

Capítulo 12 · 14 min de lectura

El Espíritu de súplica

«Derramaré sobre la casa de David el Espíritu de gracia y de súplica».—Zac. 12:10.

«El Espíritu también ayuda nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos».—Rom. 8:26, 27.

«Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos».—Ef. 6:18.

«Orando en el Espíritu Santo».—Judas 20.

El Espíritu Santo ha sido dado a todo hijo de Dios para ser su vida. Habita en él, no como un Ser aparte en una parte de su naturaleza, sino como su vida misma. Es el poder o la energía divina por la cual su vida es mantenida y fortalecida. Todo lo que el creyente es llamado a ser o a hacer, el Espíritu Santo puede obrarlo y lo obrará en él. Si no conoce al Santo Huésped ni se rinde a Él, el bendito Espíritu no puede obrar, y su vida es una vida enfermiza, llena de fracaso y de pecado. A medida que se rinde, y espera, y obedece la guía del Espíritu, Dios obra en él todo lo que es agradable a su vista.

Este Espíritu Santo es, en primer lugar, un Espíritu de oración. Fue prometido como «Espíritu de gracia y súplica», la gracia para la súplica. Fue enviado a nuestros corazones como «el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: Abba, Padre». Nos capacita para decir, en verdadera fe y con creciente comprensión de su sentido: Padre nuestro que estás en los cielos. «Intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios». Y cuando oramos en el Espíritu, nuestra adoración es tal como Dios la busca, «en espíritu y en verdad». La oración no es sino la respiración del Espíritu en nosotros; el poder en la oración procede del poder del Espíritu en nosotros, en quien esperamos y en quien confiamos. El fracaso en la oración procede de la debilidad de la obra del Espíritu en nosotros. Nuestra oración es el índice de la medida de la obra del Espíritu en nosotros. Para orar rectamente, la vida del Espíritu debe ser recta en nosotros. Para elevar la oración eficaz y poderosa del justo, todo depende de estar lleno del Espíritu.

Hay tres lecciones muy sencillas que el creyente, que quisiera gozar la bendición de ser enseñado a orar por el Espíritu de oración, debe conocer. La primera es: Crea que el Espíritu habita en usted (Ef. 1:13). En lo más hondo y recóndito de su ser, oculto e inadvertido, todo hijo de Dios tiene morando en él al santo y poderoso Espíritu de Dios. Lo sabe por la fe, la fe que, aceptando la palabra de Dios, hace real aquello de lo cual aún no ve señal alguna. «Recibimos la promesa del Espíritu por la fe». Mientras midamos nuestro poder para orar rectamente y con perseverancia por lo que sentimos, o por lo que creemos poder lograr, quedaremos desanimados cuando oigamos cuánto debemos orar. Pero cuando creemos con serenidad que, en medio de toda nuestra consciente debilidad, el Espíritu Santo como Espíritu de súplica habita dentro de nosotros, con el propósito mismo de capacitarnos para orar en la manera y la medida que Dios quiere de nosotros, nuestros corazones se llenarán de esperanza. Seremos fortalecidos en la certeza que yace en la raíz misma de una vida cristiana feliz y fructífera: que Dios ha hecho abundante provisión para que seamos lo que Él quiere que seamos. Comenzaremos a perder nuestro sentido de carga y de temor y de desánimo por no orar jamás lo suficiente, porque vemos que el Espíritu Santo mismo orará, está orando, en nosotros.

La segunda lección es: Guárdese sobre todo de contristar al Espíritu Santo (Ef. 4:30). Si lo hace, ¿cómo podrá Él obrar en usted el sereno, confiado y bendito sentido de aquella unión con Cristo que hace que sus oraciones sean gratas al Padre? Guárdese de contristarlo por el pecado, por la incredulidad, por el egoísmo, por la infidelidad a su voz en la conciencia. No piense que contristarlo es una necesidad: eso corta los nervios mismos de su fuerza. No considere imposible obedecer el mandato: «No contristéis al Espíritu Santo». Él mismo es el poder de Dios para hacerle obediente. El pecado que surge en usted contra su voluntad, la tendencia a la pereza, o al orgullo, o a la propia voluntad, o a la pasión que se levanta en la carne, su voluntad puede, en el poder del Espíritu, rechazarlo al instante, y echarlo sobre Cristo y su sangre, y su comunión con Dios queda inmediatamente restaurada. Acepte cada día al Espíritu Santo como su Guía y Vida y Fortaleza; puede contar con Él para que haga en su corazón todo lo que allí debe hacerse. Él, el Invisible y no sentido, pero conocido por la fe, da allí, invisible y no sentido, el amor y la fe y el poder de obediencia que usted necesita, porque revela a Cristo invisible dentro de usted, como realmente su Vida y su Fortaleza. No contriste al Espíritu Santo desconfiando de Él, porque no siente su presencia en usted.

Especialmente en el asunto de la oración, no lo contriste. No espere, cuando confía en Cristo para que lo introduzca en una vida de oración nueva y sana, que podrá de golpe orar con tanta facilidad, poder y gozo como bien quisiera. No; puede que no venga de una vez. Pero inclínese sencillamente y en silencio delante de Dios en su ignorancia y debilidad. Esa es la mejor y más verdadera oración: ponerse delante de Dios tal como usted es, y contar con el Espíritu oculto que ora en usted. «No sabemos qué hemos de pedir como conviene»; la ignorancia, la dificultad, la lucha, marcan nuestra oración de principio a fin. Pero «el Espíritu ayuda nuestra debilidad». ¿Cómo? «El mismo Espíritu», más hondo que nuestros pensamientos o sentimientos, «intercede por nosotros con gemidos indecibles». Cuando usted no halla palabras, cuando sus palabras parecen frías y débiles, crea sencillamente: El Espíritu Santo está orando en mí. Aquiétese delante de Dios, y déle tiempo y ocasión; a su tiempo usted aprenderá a orar. Guárdese de contristar al Espíritu de oración, no honrándolo en paciente y confiada entrega a su intercesión en usted.

La tercera lección: «Sed llenos del Espíritu» (Ef. 5:18). Creo que hemos visto el sentido de la gran verdad: solo la vida espiritual sana puede orar rectamente. El mandato viene a cada uno de nosotros: «Sed llenos del Espíritu». Eso implica que, mientras algunos se contentan con el principio, con una pequeña medida de la obra del Espíritu, es la voluntad de Dios que seamos llenos del Espíritu. Eso significa, de nuestra parte, que todo nuestro ser debe entregarse enteramente al Espíritu Santo, para ser poseído y gobernado solo por Él. Y, de parte de Dios, que podemos contar con el Espíritu Santo y esperar que tome posesión de nosotros y nos llene. ¿No se ha debido evidentemente nuestro fracaso en la oración a que no hemos aceptado al Espíritu de oración por vida nuestra; a que no nos hemos rendido enteramente a Él, a quien el Padre dio como el Espíritu de su Hijo, para obrar en nosotros la vida del Hijo? Estemos, cuando menos, dispuestos a recibirlo, a entregarnos a Dios y a confiar en Él para ello. No contristemos otra vez voluntariamente al Espíritu Santo rehusando, descuidando, vacilando en buscar tenerlo tan plenamente como Él está dispuesto a darse a nosotros. Si en algo hemos visto que la oración es la gran necesidad de nuestra obra y de la Iglesia, si en algo hemos deseado o resuelto orar más, volvámonos a la fuente misma de todo poder y bendición: creamos que el Espíritu de oración, aun en su plenitud, es para nosotros.

Todos admitimos el lugar que el Padre y el Hijo tienen en nuestra oración. Es al Padre a quien oramos, y de quien esperamos la respuesta. Es en el mérito, y el nombre, y la vida del Hijo, permaneciendo en Él y Él en nosotros, en lo que confiamos para ser oídos. Pero ¿hemos comprendido que en la Santísima Trinidad las Tres Personas tienen un lugar igual en la oración, y que la fe en el Espíritu Santo de intercesión como orando en nosotros es tan indispensable como la fe en el Padre y en el Hijo? ¡Cuán claramente lo tenemos en las palabras: «Por medio de Cristo tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre»! Tanto como la oración debe ser al Padre, y por medio del Hijo, debe ser por el Espíritu. Y el Espíritu no puede orar de otra manera en nosotros que como vive en nosotros. Solo cuando nos entregamos al Espíritu que vive y ora en nosotros, la gloria del Dios que oye la oración, y la siempre bendita y eficacísima mediación del Hijo, pueden ser conocidas por nosotros en su poder. (Nota D.)

Nuestra última lección: Orad en el Espíritu por todos los santos (Ef. 6:18). El Espíritu, que es llamado «el Espíritu de súplica», es también y muy especialmente el Espíritu de intercesión. De Él se dice: «el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles». «Intercede por los santos». Es la misma palabra que se usa de Cristo: «que también intercede por nosotros». El pensamiento es esencialmente el de la mediación: uno que intercede por otro. Cuando el Espíritu de intercesión toma plena posesión de nosotros, todo egoísmo —como si lo quisiéramos aparte de su intercesión por otros, y lo tuviéramos para nosotros solos— es desterrado, y comenzamos a valernos de nuestro maravilloso privilegio de interceder por los hombres. Anhelamos vivir la vida de Cristo, de sacrificio que se consume por otros, mientras nuestro corazón se entrega sin cesar a Dios para obtener su bendición para los que nos rodean. La intercesión llega a ser entonces, no un incidente o una parte ocasional de nuestras oraciones, sino su único gran objeto. La oración por nosotros mismos toma entonces su verdadero lugar, simplemente como un medio para capacitarnos mejor para ejercer más eficazmente nuestro ministerio de intercesión.

¿Se me permitirá dirigir una palabra muy personal a cada uno de mis lectores? He suplicado humildemente a Dios que me dé lo que pueda darles: luz y ayuda divinas para abandonar de veras la vida de fracaso en la oración, y para entrar, aun ahora, y de una vez, en la vida de intercesión que el Espíritu Santo puede capacitarlos para llevar. Puede hacerse por un simple acto de fe, reclamando la plenitud del Espíritu, es decir, la medida plena del Espíritu que usted es capaz, a los ojos de Dios, de recibir, y que Él está por tanto dispuesto a otorgar. ¿No querría usted, aun ahora, aceptar esto por la fe?

Permítame recordarle lo que sucede en la conversión. La mayoría de nosotros, y probablemente usted también, buscó por un tiempo la paz en esfuerzos y luchas por dejar el pecado y agradar a Dios. Pero no la halló así. La paz del perdón de Dios vino por la fe, confiando en la palabra de Dios acerca de Cristo y de su salvación. Usted había oído de Cristo como el don de su amor, sabía que Él era también para usted, había sentido los impulsos y las atracciones de su gracia; pero jamás, hasta que por la fe en la palabra de Dios lo aceptó como el don de Dios para usted, conoció la paz y el gozo que Él puede dar. Creer en Él y en su amor salvador hizo toda la diferencia, y cambió su relación, de uno que siempre lo había contristado, a uno que lo amaba y le servía. Y, sin embargo, después de un tiempo, mil veces se ha maravillado usted de amarle y servirle tan mal.

En el tiempo de su conversión, poco sabía usted del Espíritu Santo. Más adelante oyó de que Él habita en usted, y de que es el poder de Dios en usted para todo lo que el Padre se propone que usted sea, y, sin embargo, su morada y su obra interior han sido algo vago e indefinido, y apenas una fuente de gozo o de fuerza. En la conversión aún no conocía usted su necesidad de Él, y menos aún lo que podía esperar de Él. Pero sus fracasos se lo han enseñado. Y ahora comienza usted a ver cómo lo ha estado contristando, al no confiar en Él ni seguirlo, al no permitirle obrar en usted toda la buena voluntad de Dios.

Todo esto puede cambiar. Así como usted, después de buscar a Cristo, y de orar a Él, y de tratar sin éxito de servirle, halló descanso al aceptarlo por la fe, así también puede usted aun ahora entregarse a la plena dirección del Espíritu Santo, y reclamarlo y aceptarlo para que obre en usted lo que Dios quiera. ¿No lo hará usted? Acéptelo sencillamente por la fe como el don de Cristo, para ser el Espíritu de toda su vida, y también de su vida de oración, y podrá contar con Él para que tome el mando. Podrá entonces comenzar, por más débil que se sienta e incapaz de orar rectamente, a inclinarse en silencio delante de Dios, con la certeza de que Él le enseñará a orar.

Mi querido hermano, así como conscientemente por la fe aceptó usted a Cristo para el perdón, puede conscientemente ahora, con la misma fe, aceptar a Cristo, que da el Espíritu Santo para hacer su obra en usted. «Cristo nos redimió para que recibiésemos la promesa del Espíritu por la fe». Arrodíllese, y crea sencillamente que el Señor Cristo, que bautiza con el Espíritu Santo, comienza ahora en usted, en respuesta a su fe, la bendita vida de una plena experiencia del poder del Espíritu que mora en su interior. Dependa con la mayor confianza de Él, aparte de todo sentimiento o experiencia, como del Espíritu de súplica y de intercesión para hacer su obra. Renueve ese acto de fe cada mañana, cada vez que ore; confíe en Él, contra toda apariencia, para que obre en usted —esté seguro de que está obrando— y Él le dará a conocer lo que es el gozo del Espíritu Santo como el poder de su vida.

«Derramaré el Espíritu de súplica». ¿No comienza usted a ver que el misterio de la oración es el misterio de la morada divina? Dios en el cielo da su Espíritu en nuestros corazones para ser allí el poder divino que ora en nosotros, y que nos atrae hacia lo alto, hacia nuestro Dios. Dios es Espíritu, y nada sino una vida y un Espíritu semejantes dentro de nosotros puede tener comunión con Él. Para esto fue creado el hombre: para que Dios morase y obrase en él, y fuese la vida de su vida. Fue esta morada divina lo que el pecado perdió. Fue esto lo que Cristo vino a mostrar en su vida, a recobrar para nosotros en su muerte, y luego a impartirnos al venir otra vez del cielo en el Espíritu para vivir en sus discípulos. Es esto, la morada de Dios por medio del Espíritu, lo único que puede explicar y capacitarnos para apropiarnos las maravillosas promesas dadas a la oración. Dios da el Espíritu también como Espíritu de Súplica, para mantener su vida divina dentro de nosotros como una vida de la cual la oración se eleva siempre hacia lo alto.

Sin el Espíritu Santo nadie puede llamar Señor a Jesús, ni clamar: Abba, Padre; nadie puede adorar en espíritu y en verdad, ni orar sin cesar. El Espíritu Santo es dado al creyente para ser y hacer en él todo lo que Dios quiere que sea o haga. Le es dado especialmente como el Espíritu de oración y de súplica. ¿No está claro que todo en la oración depende de que confiemos en que el Espíritu Santo hace su obra en nosotros, entregándonos a su dirección, dependiendo única y enteramente de Él?

Leemos: «Esteban era un varón lleno de fe y del Espíritu Santo». Los dos van siempre juntos, en exacta proporción el uno con el otro. A medida que nuestra fe ve al Espíritu en nosotros y confía en que ora, y espera en Él, Él hará su obra; y es el anhelo ardiente, y la súplica ferviente, y la fe definida lo que el Padre busca. Conozcámoslo, pues, y, en la fe de Cristo que sin cesar lo da, cultivemos la confianza segura de que podemos aprender a orar como el Padre quiere de nosotros.

UN RUEGO POR MÁS ORACIÓN

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