Las enseñanzas clave de Jonathan Edwards
El fin para el cual Dios creó el mundo

Capítulo 3 · 8 min de lectura · 10 min de escucha

El fin para el cual Dios creó el mundo

Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén. ROMANOS 11:36

Todo en Jonathan Edwards empieza aquí, y nada en él puede entenderse sin esto. En los últimos años de su vida, en una casa abarrotada en la frontera de Massachusetts, escribió una disertación que planteaba una pregunta que la mayoría de la gente nunca se plantea. No cómo hizo Dios el mundo, ni cuándo, sino por qué. ¿Qué buscaba Dios? ¿Qué se proponía lograr con que existiera algo en absoluto?

Una respuesta que nos incomoda

Edwards respondió que el fin último de Dios al crear el mundo fue la gloria de Dios: su propia plenitud conocida, comunicada, estimada y disfrutada. Esa respuesta siempre ha inquietado a la gente, y a los lectores modernos más que a nadie. Suena a vanidad. No admiramos a los seres humanos que lo organizan todo para su propia alabanza, e instintivamente nos resistimos a un Dios que parece hacer lo mismo. Edwards se tomó en serio la objeción, y su respuesta es uno de los argumentos más estimulantes de la teología cristiana. Es así. Que cualquier ser valore algo por encima de lo más valioso sería una falsedad, un error acerca de la realidad. Si Dios es de hecho el bien supremo, la fuente y la medida de toda excelencia, entonces que Dios estimara cualquier otra cosa más que a sí mismo no sería humildad. Sería una mentira. Sería Dios prefiriendo lo menor a lo mayor, que es precisamente lo que llamamos pecado cuando lo hacemos nosotros. Así que el interés de Dios por su propia gloria no es obsesión consigo mismo. Es sencillamente Dios viendo con exactitud.

Yo soy el Señor; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria. ISAÍAS 42:8

Por qué esto es una buena noticia y no una mala

Pero Edwards fue más allá, y aquí es donde la doctrina pasa de intimidante a gloriosa. Supongamos que Dios es el bien supremo. Entonces lo mejor que podría sucederle a una criatura es recibir a Dios: conocerlo, verlo, amarlo y disfrutarlo. No hay don superior en ninguna parte del universo, porque no hay nada superior a Dios. Lo cual significa que, cuando Dios actúa para mostrar su propia gloria, no está compitiendo con nuestra felicidad. La está asegurando. Las dos cosas son el mismo acto.

Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre. SALMO 16:11

Un Dios que buscara nuestra felicidad en lugar de su gloria tendría que ofrecernos algo menor que él mismo, y por tanto nos estaría ofreciendo algo menor que lo mejor. Solo un Dios plenamente comprometido con su propia gloria puede dar a sus criaturas lo que más necesitan, porque lo que más necesitan es a él. Edwards describió todo el designio como una emanación y un retorno: la plenitud de Dios que fluye hacia la creación y luego vuelve a él en el conocimiento, el amor y el gozo de las criaturas que la han recibido. El universo no es una máquina que Dios construyó. Es un desbordamiento.

Dónde pone el acento la Escritura

No construyó su argumento sobre la filosofía, sino sobre la pura acumulación de afirmaciones bíblicas, y esa acumulación impresiona en cuanto uno empieza a mirar.

Todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice. ISAÍAS 43:7
Por mí, por amor de mí lo haré …y mi gloria no la daré a otro. ISAÍAS 48:11

La elección es para alabanza de la gloria de su gracia (Efesios 1:6). La creación es por él y para él (Colosenses 1:16). La redención desemboca en una doxología; la providencia desemboca en una doxología; el último libro de la Biblia es una larga doxología. Incluso el comer y el beber quedan sometidos al mismo fin: si, pues, coméis, o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios (1 Corintios 10:31). Lo que Edwards quería decir es que este no es un tema entre muchos en la Escritura. Es el tema que subyace a todos los demás, y una vez que el lector lo ve, ya no puede dejar de verlo.

Lo que hace en una vida

La consecuencia práctica es un reordenamiento de todo el ser, y es más penetrante de lo que parece a primera vista.

La mayoría de nosotros, si somos sinceros, sostenemos una versión del cristianismo en la que Dios es sumamente útil. Perdona, consuela, guía, provee y finalmente salva. Todo es cierto, y todo está dispuesto con nosotros en el centro y Dios orbitando alrededor de nuestras necesidades. Edwards invierte el diagrama. Dios no es el medio para nuestro florecimiento; Dios es nuestro florecimiento. La salvación no es ante todo un rescate del infierno, sino la restauración al único Objeto para el que fuimos hechos, y el infierno es terrible principalmente porque es la exclusión de ese Objeto. Por eso pudo escribir, sin ninguna sensación de forzar las cosas, que la felicidad del redimido y la gloria de Dios no son dos bienes rivales que haya que equilibrar. Son un solo bien, visto desde dos lados.

Si esto es cierto, la pregunta que hay que hacer a cualquier actividad, a cualquier ambición, a cualquier domingo por la mañana, no es ¿funcionó?, ni siquiera ¿ayudó a la gente?, sino ¿apareció Dios grande en ello? Esa pregunta, hecha en serio durante una semana, desmontará bastantes cosas.

Dos sentidos de la gloria

Edwards distinguió con cuidado entre dos cosas que puede significar la palabra gloria, y la distinción elimina la mayor parte de la dificultad que la gente tiene con esta doctrina. Está la gloria interna de Dios: la plenitud de excelencia que posee en sí mismo, completamente al margen de cualquier criatura. Esta nunca aumenta. Dios no estaba solo, incompleto ni insatisfecho antes de que existiera el mundo, y la creación no le añadió absolutamente nada. El Padre, el Hijo y el Espíritu se habían amado desde la eternidad en perfecta suficiencia.

Ahora pues, Padre, glorifícame tú junto a ti mismo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese. JUAN 17:5

Luego está la gloria externa o declarativa de Dios: esa misma plenitud que resplandece hacia fuera y es conocida, estimada y disfrutada por criaturas que antes no existían. Esta es la que aumenta, y esto es lo que Dios busca. La imagen a la que recurrió Edwards fue el sol. La luz brota de él en todas direcciones e ilumina todo lo que toca. El sol no pierde nada al brillar; la luz es sencillamente la propia naturaleza del sol que sale de él. Así, la creación no es algo que Dios necesitara. Es su plenitud que se desborda. Y entonces —esta es la parte que a él le parecía más hermosa— la luz regresa. Las criaturas que la reciben conocen, aman y se gozan en el Dios que la dio, y la corriente fluye de vuelta a su fuente. Edwards describió todo el designio como una emanación y una remanación: hacia fuera, y de nuevo a casa. Esto responde a la acusación de vanidad divina de forma más completa que cualquier argumento sobre los derechos de Dios. Una persona vanidosa necesita la admiración de los demás; su vacío se llena con la estima ajena. Dios no tiene vacío. Cuando busca su gloria entre las criaturas no está obteniendo algo que le falta; está dando algo que a ellas les falta, es decir, a sí mismo, y que ellas se lo devuelvan en adoración es la culminación del don, no un pago por él.

Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le sea recompensado? ROMANOS 11:34–35

Pablo hace esas preguntas justo antes de la doxología que encabeza este capítulo, y la secuencia es todo el argumento de Edwards en miniatura. Nadie le ha dado nada a Dios. Por tanto, de él, y por él, y para él, son todas las cosas; y por tanto, a él sea la gloria.

PARA REFLEXIONAR Y ACTUAR

1. Pregúntate, respecto a una tarea corriente de mañana —una reunión, una comida, un trabajo—, cómo podría hacerse de modo que Dios aparezca grande en ella. Luego hazla así.

2. Examina tu oración. ¿Qué proporción pide a Dios que sirva a tus propósitos, y qué proporción pide que él sea glorificado, cueste lo que te cueste?

3. Lee Efesios 1 y marca cada vez que aparecen gloria y alabanza. Observa adónde apunta todo el capítulo.

4. Nombra algo que deseas intensamente. Pregúntate con sinceridad si lo deseas más de lo que deseas a Dios, y dile a él la respuesta.

5. Memoriza el Salmo 73:25 y úsalo como prueba del corazón cuando tus deseos se desboquen.

UNA ORACIÓN
Señor Dios, me he hecho el centro de un universo que tú construiste para ti, y lo he llamado fe.
Perdóname por desear tus dones más que a ti, y por resentir una gloria que es precisamente aquello que fui hecho para disfrutar.
Enséñame que no compites con mi felicidad, que tú eres mi felicidad, y que al buscar tu propia honra me estás dando lo mejor que existe.
Haz que yo quiera lo que tú quieres. Sé glorificado en mí hoy, me resulte cómodo o no. Amén.
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