Capítulo 15 · 7 min de lectura · 9 min de escucha
Las marcas distintivas
Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios. 1 JUAN 4:1
En septiembre de 1741, en pleno despertar, Edwards predicó en la ceremonia de graduación de Yale ante un auditorio que incluía a muchos de los críticos más feroces del movimiento. El discurso se publicó como «Las marcas distintivas de una obra del Espíritu de Dios». La situación lo exigía. El avivamiento había producido conversiones genuinas, pero también gritos, desmayos, visiones, predicadores itinerantes que denunciaban a los ministros establecidos y hombres que afirmaban recibir mensajes directos de Dios. Un partido declaraba que todo era obra del Espíritu; el otro, que era histeria. Edwards rechazó ambas posturas y se puso a proporcionar criterios de prueba.
Nueve cosas que no prueban nada
La primera mitad del argumento es negativa, y es la mitad más original. Edwards enumera cosas que, contra lo que suponían ambos partidos, no son prueba ni en un sentido ni en otro. Que una obra sea inusual, o que se lleve a cabo de maneras nunca vistas, no prueba nada. Dios no está obligado a repetir sus métodos, y la novedad no es ni una recomendación ni una objeción. Que produzca efectos corporales —lágrimas, temblores, gemidos, desmayos, desplomes— no prueba nada. Edwards admitía que una percepción real de las cosas eternas bien podía abrumar un cuerpo de carne y hueso. También admitía que tales efectos pueden ser producto de la sugestión, la excitación de la multitud y la imaginación. Por tanto, no zanjan nada. Que haya mucho ruido y mucha conversación sobre religión no prueba nada. Que la gente quede fuertemente impresionada en su imaginación no prueba nada. Que la predicación insista mucho en el terror no prueba nada. Que algunos de los afectados se engañen a sí mismos no prueba nada sobre los demás. Y —este es el punto que sus críticos no podían aceptar— que el movimiento contenga errores, imprudencias e incluso escándalos no prueba nada sobre su origen. Edwards observó que ningún avivamiento de la Escritura o de la historia ha estado jamás libre de la necedad humana, porque los avivamientos ocurren entre seres humanos. La corrupción de los convertidos no es una prueba contra su conversión; es una prueba de que aún no han sido perfeccionados.
Cinco cosas que prueban mucho
Despejado el terreno, toma sus pruebas positivas directamente de 1 Juan 4, y son tan útiles hoy como en 1741. ¿Eleva la estima por Jesús? Donde una obra lleva a las personas a una visión más alta de Cristo como Hijo de Dios y único Salvador, esa es una marca que Satanás no falsificará, porque va contra su interés.
Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios. 1 JUAN 4:2
¿Obra contra el pecado y la mundanalidad? Un movimiento que aparta a la gente de las pasiones mundanas y de los afanes de esta vida no lo está impulsando el dios de este mundo, que no tiene ningún interés en vaciar su propio reino. ¿Aumenta el aprecio por la Escritura? Una obra genuina del Espíritu afianza a las personas en la Palabra. Cualquier cosa que lleve a la gente a valorar sus propias impresiones por encima de la Palabra escrita, por espiritual que suene, va en la dirección equivocada. ¿Conduce a la verdad? El Espíritu de verdad convence a las personas de cosas que son realmente así: su propia pecaminosidad, la realidad del juicio, la suficiencia de Cristo. ¿Produce amor a Dios y a los hombres? Esta es la marca a la que Edwards dio más peso. No la excitación, no el celo, no la actividad: el amor. Y describió con precisión su falsificación: un espíritu feroz, censurador y divisivo, que condena a otros cristianos mientras pretende una espiritualidad superior, no es el Espíritu de Dios, sea lo que sea.
Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. 1 JUAN 4:7
El valor perdurable de este librito es que se niega al veredicto fácil. Ambos partidos en 1741 querían un juicio único: todo es de Dios, o todo es engaño. Edwards insistió en la postura más difícil y más exacta: que en cualquier mover real de Dios entre personas reales se mezclarán la gracia genuina y el exceso humano, y que la tarea del discernimiento es separarlos, no aprobar ni condenar el conjunto. Esa sigue siendo la postura cristiana madura, y hoy resulta incómoda exactamente de la misma manera.
Juzgar obras, no corazones
Edwards añadió una limitación importante a todo lo que contiene este capítulo, y pasarla por alto ha hecho mucho daño. Las marcas se dan para juzgar una obra —un movimiento, un ministerio, un fenómeno general— y para examinarse a uno mismo. No se dan para pronunciarse sobre el estado espiritual de los individuos.
Insistía en ello porque el despertar había producido precisamente ese abuso. Jóvenes convertidos muy seguros de sí declaraban inconversos a determinados ministros, dividían congregaciones apoyándose en su propio discernimiento y trataban sus impresiones sobre el alma de otros como si fueran revelación. Edwards consideraba esto una de las cosas más dañinas que ocurrieron en aquellos años, y lo dijo a costa de un verdadero perjuicio para su reputación entre los entusiastas del movimiento.
Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual también aclarará lo oculto de las tinieblas, y manifestará los intentos de los corazones. 1 CORINTIOS 4:5
Su razonamiento era coherente con todo lo demás que enseñaba. Si el corazón es engañoso más que todas las cosas e incognoscible incluso para su dueño, nuestra seguridad acerca del estado interior de otra persona es absurda. Vemos la conducta; no vemos el alma. Solo Dios lee los corazones, y no ha delegado esa función.
Porque el Señor no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas el Señor mira el corazón. 1 SAMUEL 16:7
Esto no significa que se nos prohíba todo juicio. Edwards dejó claro que podemos y debemos evaluar la enseñanza, valorar la conducta y ejercer la disciplina en la iglesia cuando el pecado es manifiesto. Lo que está prohibido es el veredicto seguro sobre la posición de otro ante Dios. Hay una regla práctica implícita en su modo de actuar que vale la pena adoptar. Aplícate a ti mismo las pruebas más estrictas y a los demás la lectura más caritativa. La mayoría hacemos instintivamente lo contrario, y lo llamamos discernimiento.
El amor es sufrido, es benigno …Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 1 CORINTIOS 13:4, 7
Todo lo cree, todo lo espera. Eso no es ingenuidad. Es la postura de quien sabe que no puede ver lo que solo Dios puede ver, y que ha decidido hacia qué lado inclinarse a falta de certeza.
PARA REFLEXIONAR Y ACTUAR
1. Aplica las cinco pruebas positivas a cualquier movimiento o ministerio que estés evaluando, incluida tu propia iglesia, e incluido tú mismo.
2. Deja de tratar las manifestaciones como prueba en un sentido u otro. Pregúntate qué producen a lo largo de cinco años, no qué aspecto tienen en el momento.
3. Si has descartado toda una obra por sus excesos, reconsidéralo. Separa el trigo de la paja en lugar de quemar el campo.
4. Vigila la falsificación de la quinta marca: el celo que condena a otros creyentes no es amor, por espiritual que suene.
5. Pregúntate si tus propias experiencias espirituales te han llevado a estimar más a Cristo y a amar más de verdad a las personas. Si no es así, no te aferres a ellas.
UNA ORACIÓN
Señor, dame discernimiento sin cinismo, y apertura sin credulidad. Tiendo a lo uno o a lo otro, y rara vez a ambos a la vez.
Donde tú estés obrando, que no me oponga a ti porque el envoltorio me ofende. Donde haya engaño, que no lo abrace porque el sentimiento fue intenso.
Prueba mi propia experiencia con tus marcas: ¿exalta a Cristo, me aparta del mundo, me lleva a tu Palabra, me guía a la verdad y me hace amar?
Si no es así, prefiero saberlo. Amén.
Capítulo 15 completado
Las marcas distintivas