Capítulo 14 · 6 min de lectura · 8 min de escucha
La verdadera religión consiste en afectos santos
A quien amáis sin haberle visto; en quien creyendo, aunque al presente no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso. 1 PEDRO 1:8
En 1746, con el Gran Despertar ya atrás y sus ruinas a la vista de todos, Edwards publicó el «Tratado sobre los afectos religiosos». Es su obra maestra, y la escribió un hombre que había visto a miles profesar la conversión y había vivido lo suficiente para ver cuántas de esas conversiones perduraron. Su tesis inicial es engañosamente sencilla: la verdadera religión consiste, en gran parte, en afectos santos.
Qué entendía por afectos
Todo depende de entender bien esta palabra, y el lenguaje moderno lo pone difícil. Por afectos, Edwards no quería decir emociones en nuestro sentido: estados de ánimo, sentimientos, el clima cambiante de la vida interior. Se refería a las inclinaciones vigorosas del alma: los amores y odios asentados, los anhelos y aversiones, que realmente mueven a una persona. Un afecto es aquello hacia lo que te inclinas con todo tu ser. Los distinguía con cuidado de lo que llamaba pasiones, que son más repentinas, más corporales y más propensas a desbordarnos. Las pasiones van y vienen. Los afectos dirigen una vida. La afirmación, entonces, no es que la religión consista en tener sentimientos intensos durante el culto. Es que la religión consiste en que el corazón esté verdaderamente inclinado hacia Dios, y que, donde falta esta inclinación, lo demás que haya no es fe salvadora.
Y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todo tu poder. DEUTERONOMIO 6:5
Contra dos errores a la vez
Edwards escribía entre dos partidos, y el tratado ataca a ambos. A un lado estaban quienes, a partir de los excesos del avivamiento, concluían que la emoción en la religión es sospechosa por naturaleza: que lo seguro es una doctrina sostenida con sobriedad y un deber cumplido en silencio. Edwards consideraba esto una lectura desastrosamente errónea de la Escritura. La Biblia manda amor, gozo, esperanza, tristeza según Dios, celo, hambre y sed. Una religión que nunca toca los afectos no es más espiritual que una que sí lo hace; está muerta.
En el cuidado no perezosos; ardientes en espíritu; sirviendo al Señor. ROMANOS 12:11
Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. APOCALIPSIS 3:16
Al otro lado estaban quienes tomaban cualquier sentimiento religioso intenso como prueba de la gracia: quienes contaban las lágrimas, los éxtasis y las experiencias dramáticas como demostración. Edwards consideraba esto igualmente desastroso, y la mayor parte del tratado se dedica a desmontarlo. Su postura es que la presencia de afectos intensos no prueba nada por sí sola, y que su ausencia prueba mucho. El sentimiento es necesario, pero no suficiente. Es una línea más difícil de mantener que cualquiera de los dos extremos, y por eso el libro no satisfizo a ninguno de los dos partidos.
Por qué el corazón es la cuestión
Detrás de esto está toda la antropología de Edwards. No creía que la voluntad se mueva solo por la razón. El conocimiento que deja frío el corazón no cambia nada: todos sabemos muchísimas cosas verdaderas según las cuales no actuamos. Lo que realmente mueve a una persona es lo que ama. Los afectos, por tanto, no son un añadido decorativo de la vida cristiana; son su motor. Por eso una conversión meramente intelectual no es una conversión. Un hombre puede revisar sus opiniones sobre Dios sin que sus amores se vean tocados en absoluto, y seguirá siendo exactamente la persona que era, solo que mejor informada. Y eso explica la dirección de todo el ministerio de Edwards. Si el corazón sigue lo que le parece hermoso, la tarea del predicador no es principalmente informar ni persuadir, sino mostrar: presentar a Cristo hasta que los afectos se muevan.
Aquí hay una pregunta de diagnóstico que vale la pena llevar siempre encima. No: ¿crees lo correcto? Muchos lo creen y no han cambiado. No: ¿sientes intensamente en la iglesia? Muchos lo sienten y no han cambiado. Sino: ¿qué amas? ¿Qué te deleita de verdad, qué te entristece, qué te ocupa cuando nada te obliga? Esas respuestas, pensaba Edwards, son el mapa más fiel que existe de un alma.
Cuánto de la Escritura es afecto
Edwards respaldó su tesis con un argumento basado en el puro volumen, y vale la pena seguirlo, porque es difícil de rebatir. Piensa cuánto de lo que manda la Escritura es un afecto y no una acción.
Se nos manda amar a Dios y al prójimo, lo que el Señor mismo señaló como los mayores mandamientos. Se nos manda temer a Dios, esperar en él, regocijarnos en él siempre, tener hambre y sed de justicia, deleitarnos en su ley, ser celosos de buenas obras, ser fervientes en espíritu, tener compasión de los afligidos, aborrecer el mal, llorar por el pecado, dar gracias en todo, anhelar la venida de Cristo. Cada una de estas cosas es un estado del corazón. Ninguna se puede producir solo con una decisión, y ninguna se puede fingir por mucho tiempo.
Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios? SALMO 42:2
Piensa ahora en los santos mismos. Los Salmos, que son el libro de oración de la iglesia, son casi por entero afecto: anhelo, dolor, júbilo, pavor, gratitud, indignación ante la injusticia. David danza. Jeremías llora. Pablo está dispuesto a ser anatema por sus hermanos de sangre. El Señor Jesús llora ante una tumba, se conmueve de compasión, se regocija en espíritu, se entristece por la dureza de corazón y suda en agonía en un huerto.
Jesús lloró. JUAN 11:35
La conclusión de Edwards fue que una religión que ocupa el intelecto y la voluntad pero deja intactos los afectos no se parece en nada a la religión descrita en la Biblia. Sea lo que sea eso, no es de lo que habla la Escritura. Añadió una observación más, que desarma una objeción común. A veces la gente alega su temperamento: que sencillamente no son emotivos por naturaleza, y que su fe es más callada que la de otros. Edwards admitía diferencias reales de carácter. Pero notó que las mismas personas que se declaran incapaces de sentir intensamente en la religión son con frecuencia capaces de una pasión considerable por el dinero, la política, la reputación, el deporte o la familia. Los afectos funcionan. La cuestión es a qué están ligados.
PARA REFLEXIONAR Y ACTUAR
1. Pregúntate en qué te deleitas realmente, a diferencia de lo que apruebas. La distancia entre esas dos listas es la medida honesta de tu corazón.
2. Si tu fe se ha vuelto puramente cerebral, admítelo. Pide a Dios que mueva tus afectos, no solo que informe tu mente.
3. Si tu fe se alimenta de experiencias, admítelo también, y empieza a probarlas con las señales de los capítulos siguientes.
4. Fíjate en lo que te entristece esta semana. ¿Te turban las cosas que entristecen a Dios, o solo las que te incomodan a ti?
5. Dedica tiempo deliberadamente a contemplar a Cristo en lugar de analizarte a ti mismo. Los afectos siguen a la mirada.
UNA ORACIÓN
Señor, he sostenido verdades sobre ti sin amarte, y he sentido intensamente en tu presencia sin ser transformado.
Líbrame de una religión de la cabeza que nunca llega al corazón, y de una religión de los sentimientos que nunca llega a la vida.
Dame afectos santos: amor verdadero por lo que tú amas, dolor verdadero por lo que te entristece, anhelo verdadero de tu presencia cuando nada me obliga.
Muéstrame a Cristo hasta que mi corazón se mueva. Amén.
Capítulo 14 completado
La verdadera religión consiste en afectos santos