Las enseñanzas clave de Andrew Murray
Dios busca intercesores

Capítulo 18 · 7 min de lectura · 9 min de escucha

Dios busca intercesores

Busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé. EZEQUIEL 22:30

La enseñanza de Murray sobre la oración no terminaba en el aposento interior. Salía de allí hacia el mundo entero. Creía que la forma más alta de la oración es la intercesión, la oración por los demás, y que la tarea misionera de la iglesia dependía de ella más que del dinero, de la organización o incluso de los obreros. El Ministerio de la Intercesión termina con dos capítulos que reúnen esta convicción: Dios busca intercesores y El avivamiento venidero. Son también el final natural de este libro.

Las magnitudes

Dios busca intercesores se abre con una imagen tomada de la astronomía. Quien contempla el cielo nocturno sin tener idea alguna del tamaño y la distancia de las estrellas no puede entender lo que está viendo. Lo mismo ocurre, dice Murray, con la intercesión: todo depende de una debida apreciación de las magnitudes.

Nombró tres. Hay un mundo, con necesidades incontables, que espera ser socorrido por la intercesión. Hay un Dios en el cielo, con una provisión totalmente suficiente para cada necesidad, que espera que se le pida. Y hay una iglesia, con su alta vocación y sus promesas seguras, que espera ser despertada a su responsabilidad. Entre la necesidad del mundo y la provisión de Dios se encuentra el intercesor.

Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. Los que os acordáis del Señor, no ceséis, … ni le deis tregua, hasta que confirme, y hasta que ponga a Jerusalén por alabanza en la tierra. ISAÍAS 62:6–7

Rogad al Señor de la mies

En Con Cristo en la escuela de oración hay una lección titulada La oración provee obreros. Murray observó que Jesús rara vez les dijo a sus discípulos por qué debían orar, y que lo dejaba a su sentido de la necesidad y a la guía del Espíritu. Pero aquí les dio una petición concreta.

Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies. MATEO 9:37–38

¿Por qué habían de orar los discípulos por esto, pregunta Murray, si el Señor de la mies ya ve la necesidad y Cristo mismo podía orar? Su respuesta es que Jesús estaba diciendo la verdad más profunda: creía de veras que la oración de ellos era necesaria y que serviría de algo. La oración no es una formalidad. Es uno de los medios que Dios ha establecido para la recolección de la mies y la venida de su reino.

Esta convicción marcó todo el ministerio de Murray. Instó a su iglesia a convertirse en una iglesia misionera, fundó en Wellington un instituto de formación para obreros misioneros y ayudó a establecer sociedades misioneras. Más tarde escribió un libro dedicado expresamente al tema, La clave del problema misionero, en el que sostenía que la raíz de la debilidad misionera de la iglesia era espiritual, y que su remedio era la oración.

Las marcas del intercesor

En el capítulo A causa de su importunidad, sobre la parábola del amigo a medianoche, Murray expuso lo que hace de un cristiano un intercesor. Lo enumeró en una sola frase: «Un sentido de la necesidad de las almas; un amor semejante al de Cristo en el corazón; la conciencia de la propia impotencia; la fe en el poder de la oración; el valor de perseverar a pesar del rechazo; y la seguridad de una recompensa abundante».

¿Quién de vosotros que tenga un amigo, irá a él a medianoche y le dirá: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante? LUCAS 11:5–6

Fíjate en la tercera marca: la conciencia de la propia impotencia. El hombre de la parábola no tenía nada que ponerle delante a su huésped. Ese es el punto de partida del intercesor. No podemos salvar a nadie, ni sanar a nadie, ni enviar a nadie. Solo podemos acudir a Aquel que sí puede, y seguir llamando.

Cualquiera puede hacerlo

Murray estaba convencido de que la intercesión no era una vocación especial para unos pocos, sino el privilegio de todo creyente. Hay decenas de miles, escribió, que trabajan con muy poca oración, y otros tantos que no trabajan porque no saben cómo, que podrían ser ganados para engrosar la hueste de intercesores. Los que están postrados en cama, los ancianos, los que pasan inadvertidos: todos pueden ocupar su lugar en este ministerio.

Y añadió una frase que todo creyente debería poner a prueba: «Nada probará ni estimulará tanto la vida cristiana como el honesto intento de ser un intercesor». Es fácil hablar de la oración. Es humillante intentar orar cada día, por nombre, por personas y naciones, y perseverar. El intento deja al descubierto el poco amor y la poca fe que tenemos, y nos empuja de nuevo hacia Cristo para recibir más.

Exhorto, pues, ante todas las cosas, que se hagan súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres. 1 TIMOTEO 2:1

El Intercesor detrás de los intercesores

Todo esto descansa en Cristo. Aquel que vive siempre para interceder es el modelo y el poder de todo intercesor. En el prefacio de Con Cristo en la escuela de oración, Murray escribió que el creyente, al permanecer en Cristo, es tomado e incorporado a su obra sacerdotal, y que es en la intercesión donde la iglesia ha de hallar y ejercer su poder más alto.

Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. 1 PEDRO 2:9

Dónde hace falta cautela

Murray escribía a veces como si Dios estuviera impedido de actuar hasta que su pueblo orara lo suficiente, y sus llamamientos misioneros recurrían a cifras enormes para subrayar la urgencia. Ambas cosas necesitan una mano que las equilibre. Dios no es prisionero de nuestra falta de oración. Es soberano, y obra de maneras que no vemos. Lo que enseña la Escritura es que él ha decidido obrar por medio de las oraciones de su pueblo, y que nos invita a participar en sus propósitos. Eso es un privilegio, no una carga que se nos impone para llevar sobre nuestros hombros la salvación del mundo. El intercesor ora porque Dios se lo ha pedido y porque el amor lo impulsa, no porque el destino de millones dependa de la duración de su oración.

Conviene decir también que la visión misionera de Murray se formó en una época colonial, y que parte de su lenguaje lo refleja. Su corazón, no. La compasión de Cristo por las multitudes, y su mandato de orar por obreros, pertenecen a toda época y a todo pueblo.

Porque el amor de Cristo nos constriñe. 2 CORINTIOS 5:14
PARA REFLEXIONAR Y ACTUAR

1. Considera las tres magnitudes de Murray: la necesidad del mundo, la provisión de Dios y la vocación de la iglesia. ¿Cuál has subestimado?

2. Obedece esta semana Mateo 9:38: ora por nombre por un pueblo, un lugar o una misión que necesite obreros.

3. Elige a tres personas que no conocen a Cristo y ora por ellas cada día durante un mes.

4. Mídete con las seis marcas del intercesor que señala Murray. Pide a Dios la que más te falte.

5. Si no puedes salir de casa, si eres anciano o pasas inadvertido, toma la intercesión como tu ministerio. Es uno de los más grandes que existen.

UNA ORACIÓN
Señor de la mies, la mies es mucha y los obreros pocos. Envía obreros a tu mies.
Buscaste a alguien que se pusiera en la brecha. Hazme uno de ellos, aunque no tenga nada que ponerles delante a los necesitados.
Dame un sentido de la necesidad de las almas, un amor semejante al de Cristo, fe en la oración y valor para perseverar.
Y une mis pequeñas oraciones a la intercesión de tu Hijo, que vive siempre para orar por nosotros. Amén.
Página 1 / 1 · 7 min restantes en el capítulo
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