Capítulo 5 · 7 min de lectura · 9 min de escucha
Cristo nuestro Santificador
Y el mismo Dios de paz os santifique por completo …Fiel es el que os llama; el cual también lo hará. 1 TESALONICENSES 5:23–24
En 1874, en Louisville, Simpson pastoreaba la principal iglesia presbiteriana de la ciudad y, en privado, había llegado al límite de sí mismo. Trabajaba a un ritmo que iba a quebrarlo, y sabía que la obra funcionaba con sus propios recursos. Era ortodoxo, admirado y árido. Leyendo «La vida cristiana superior» de W. E. Boardman, entró en lo que más tarde llamó recibir a Cristo como su santificación, y a partir de ahí fechó el verdadero comienzo de su ministerio.
No logro, sino recepción
El corazón de la enseñanza de Simpson en este punto cabe en una preposición. La mayoría de los creyentes abordan la santidad como algo que hay que lograr. Identificamos nuestros defectos, tomamos resoluciones, nos esforzamos, vigilamos nuestro progreso y fracasamos con una regularidad agotadora. La santificación se convierte en un proyecto de superación personal en lenguaje religioso, y sus productos característicos son el agotamiento y el fingimiento. Simpson enseñaba que la santidad se recibe, porque no es una cualidad, sino una Persona.
Mas de él sois vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, y justificación, y santificación, y redención. 1 CORINTIOS 1:30
Cristo es nuestra santificación exactamente en el sentido en que es nuestra justicia. No fabricamos lo segundo y no fabricaremos lo primero. El mismo Cristo que fue recibido para el perdón es recibido para la santidad, por la misma fe, en las mismas condiciones.
Por tanto, de la manera que habéis recibido a Cristo Jesús el Señor, así andad en Él. COLOSENSES 2:6
De la manera que habéis recibido: es decir, por fe, gratuitamente, como un regalo. Así andad: por el mismo método, hasta el final.
El pámpano y la vid
La imagen rectora de Simpson, como la de la mayoría de los maestros de la vida más profunda, es la vid.
Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. JUAN 15:4
Él destacaba que un pámpano no produce fruto a base de esfuerzo. Lleva fruto —un verbo pasivo en el original— porque a través de él fluye la savia de otra fuente. Toda la responsabilidad del pámpano es la conexión. Esto no es una invitación a la inactividad, y la propia agenda de Simpson refuta semejante lectura. Trabajó más que casi nadie de su generación. La pregunta no es si el cristiano trabaja, sino con la energía de quién funciona ese trabajo.
En lo cual también trabajo, combatiendo según la operación de él, la cual obra en mí poderosamente. COLOSENSES 1:29
Pablo trabaja; combate; y lo hace conforme a una energía que no es la suya. Simpson consideraba ese versículo la descripción exacta de la vida santificada.
Crisis y proceso
Llegamos a la parte discutida de su enseñanza, y conviene exponerla con claridad. Simpson sostenía que la santificación implica una crisis definida: un momento en el que el creyente, habiendo visto su propia insuficiencia, entrega deliberadamente todo su ser y toma a Cristo por fe como su santidad. No lo consideraba algo opcional ni un refinamiento para cristianos avanzados. Pensaba que la mayoría de los creyentes vivían muy por debajo de sus privilegios porque nunca habían hecho esa transacción. Fue igualmente claro en que la crisis no es el final. Lo que sigue es toda una vida de crecimiento, en la que la entrega hecha una vez debe mantenerse cada día y aplicarse a territorios aún no explorados.
Mas creced en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. 2 PEDRO 3:18
Ahora, la matización honesta. Muchos cristianos cuidadosos leen el Nuevo Testamento de otra manera. Sostienen que la santificación comienza en la conversión y avanza gradualmente a lo largo de la vida, que la Escritura no enseña en ninguna parte una segunda crisis distinta, y que el esquema de Simpson puede dejar a los creyentes o presumiendo de una experiencia que tuvieron una vez, o desesperados porque no encuentran ninguna. La tradición reformada en la que se crió el propio Simpson sostiene, a grandes rasgos, esta postura. El lector debe sentirse libre de sopesarla. Lo que no está en disputa —y es la sustancia de este capítulo— es que la santidad es obra de Cristo en nosotros y no un logro nuestro, que se apropia por fe y no se fabrica a fuerza de resoluciones, y que muchísimos creyentes nunca se han entregado de forma definida.
Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios. ROMANOS 6:13
Ya sea esa entrega una crisis o la primera de diez mil pequeñas consagraciones, tiene que suceder.
Hay aquí un diagnóstico que cualquiera puede aplicar. Toma el defecto contra el que más tiempo has luchado: el mal genio, la lengua, el apetito, el miedo. Pregúntate con sinceridad qué método has estado usando. Si la respuesta es resolución, vigilancia y esfuerzo, has estado intentando producir lo que solo Cristo puede ser en ti. Eso no es un argumento para no hacer nada. Es un argumento para hacer algo distinto.
Lo que no significa
Simpson tuvo cuidado de cercar esta doctrina, porque el lenguaje de la santidad se ha usado para afirmar lo que la Escritura no afirma. No significa perfección sin pecado. Simpson negaba que algún creyente llegue a un estado en el que el pecado sea imposible o la tentación no tenga fuerza. Sostenía que la capacidad de pecar permanece, que el creyente se mantiene en pie solo mediante una dependencia continua, y que quien afirme lo contrario contradice al apóstol.
Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros. 1 JUAN 1:8
No significa la erradicación de la vieja naturaleza. Lo que Simpson enseñaba era desplazamiento, no extirpación: Cristo que mora en nosotros ocupando y gobernando lo que queda, momento a momento, como un arroyo mantiene limpio su cauce porque sigue fluyendo, y no porque el cauce haya sido modificado. Y no significa el fin del crecimiento. El creyente que ha hecho la consagración más plena que sabe hacer solo ha entregado lo que podía ver en ese momento. Diez años después, Dios le mostrará un territorio que no sabía que existía, y se le pedirá de nuevo la misma entrega en un terreno nuevo.
Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto. PROVERBIOS 4:18
La imagen es la de una luz creciente, no la de una llegada. Simpson la usaba para proteger a los creyentes de dos errores a la vez: la presunción que dice que el asunto está resuelto y no requiere más atención, y la desesperación que dice que no ha pasado nada porque no ha pasado todo.
PARA REFLEXIONAR Y ACTUAR
1. Identifica el pecado contra el que más tiempo has luchado a fuerza de voluntad. Llévalo a Cristo como algo en lo que recibir la victoria, no lograrla.
2. Haz una transacción definida si nunca la has hecho: entrégate, con palabras, en una fecha concreta, y cuéntaselo a alguien.
3. Examina con la energía de quién funciona tu servicio. El agotamiento y el resentimiento suelen ser los primeros síntomas de la respuesta equivocada.
4. Practica el permanecer de forma concreta: un tiempo fijo diario de dependencia consciente antes de la jornada, no después.
5. Sostén esta doctrina con gracia. Los creyentes sinceros difieren sobre la crisis; ninguno difiere sobre la necesidad de la santidad.
UNA ORACIÓN
Señor Jesús, he estado intentando producir una santidad que solo tú puedes ser en mí.
Me he propuesto cosas y he fracasado, me he propuesto cosas y he fracasado, y a ese ciclo lo he llamado vida cristiana. Estoy cansado de él, y creo que eso es misericordia tuya.
Me entrego a ti: no una parte, y no con condiciones. Sé mi santificación tan verdaderamente como eres mi justicia.
Guárdame permaneciendo en ti. Que el fruto sea tuyo, y que yo deje de esforzarme por hacer crecer lo que solo la savia puede producir. Amén.
Capítulo 5 completado
Cristo nuestro Santificador