La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
La mujer pecadora perdonada

Capítulo 33 · 4 min de lectura · 6 min de escucha

La mujer pecadora perdonada

MIENTRAS JESÚS recorría el sur de Galilea, en cierto lugar un fariseo llamado Simón lo invitó a comer en su casa. Los fariseos, como recordarás, eran personas que se tenían por muy religiosas, porque cumplían con cuidado todas las reglas: oraban a horas fijas todos los días, ya fuera en la calle o en sus casas; ayunaban, es decir, no tomaban alimento, en ciertos días; iban a la sinagoga tres veces por semana, y hacían muchas cosas para que los demás los vieran, mientras que a menudo eran ásperos y duros en su trato con la gente. Parecían buenos, pero muchas veces no eran tan buenos como parecían. En todas partes los fariseos eran, en el fondo, enemigos de Jesús. Lo vigilaban, pero no con buenos ojos.

Este fariseo, Simón, quería conocer a Jesús y conversar con él, aunque no creía en él. Pero pensaba que Jesús, que no era más que un simple carpintero convertido en rabí, o maestro, estaba por debajo de su propia categoría, y no lo trató con respeto. Cuando un hombre importante llegaba a una casa, los siervos le quitaban las sandalias y le lavaban los pies; le arreglaban el cabello y le derramaban aceite perfumado sobre la cabeza. Simón no había hecho ninguna de estas cosas con Jesús. Solo lo invitó a su casa y, sin darle siquiera agua para lavarse los pies, cubiertos de polvo por el camino, le señaló su lugar a la mesa.

En aquella tierra la gente no se sentaba en sillas para comer. Alrededor de la mesa se ponían divanes o lechos, y en ellos se recostaban los invitados, medio acostados y medio sentados, con la cabeza hacia la mesa y los pies hacia afuera. Así alcanzaban la mesa y podían servirse comida o bebida. Se comía muy poca carne, y antes de ponerla en la mesa siempre se cortaba en trocitos, de modo que los invitados no necesitaban cuchillo ni tenedor. Después de cada plato de la comida, un siervo pasaba con una vasija de agua y una toalla, y lavaba las manos de los invitados.

Mientras Jesús, y quizás también sus discípulos, estaban a la mesa durante la comida, la gente entraba y salía con libertad. De pronto entró una mujer, miró a su alrededor, vio a Jesús y se dirigió al diván donde él estaba recostado. En la mano llevaba un frasco de aceite perfumado. Rompió el frasco, sin esperar a quitarle el tapón, y derramó el aceite sobre sus pies. Le secó los pies con su largo cabello suelto; lloró sobre ellos, dejando caer muchas lágrimas sobre sus pies, y los besó una y otra vez.

Toda la gente de aquel lugar sabía quién era esta mujer y conocía la vida que había llevado. No había sido una buena mujer, sino una pecadora, y todas las personas respetables la despreciaban. Simón el fariseo se extrañó de que Jesús permitiera que semejante mujer lo tocara. Pensó dentro de sí, aunque no lo dijo en voz alta:

«Este hombre no puede ser profeta, como dicen que es; porque si fuera profeta, sabría qué clase de mujer tan vil es esta, y no dejaría que sus manos le tocaran ni siquiera los pies».

Jesús leyó los pensamientos del fariseo, porque podía ver lo que había en su mente. Le dijo: «Simón, una cosa tengo que decirte».

«Di, Maestro», respondió Simón.

Entonces Jesús dijo: «Había un prestamista a quien dos personas le debían dinero. Uno le debía quinientas monedas de plata, y el otro cincuenta. Ninguno de los dos podía pagar su deuda, y por eso el prestamista los perdonó a ambos. Dime ahora, Simón, ¿cuál de los dos lo amará más?».

«Pienso —respondió Simón— que aquel a quien perdonó más».

«Has juzgado bien», dijo Jesús. Luego se volvió hacia la mujer y siguió hablando a Simón: «¿Ves esta mujer? Cuando entré en tu casa, ni siquiera me diste agua para los pies; pero mira, ella ha mojado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso de bienvenida; pero esta mujer, desde que entró, no ha dejado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; pero ella ha derramado perfume sobre mis pies. Por eso te digo, Simón, que sus pecados, aunque son muchos, le son perdonados, porque su amor es grande; mientras que aquel a quien se le perdona poco, poco ama».

Entonces dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados».

Los que estaban a la mesa comenzaron a susurrar entre sí: «¿Quién es este, que se atribuye el derecho de perdonar pecados?».

Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado; ve en paz».

Después de esto siguió visitando las aldeas y anunciando a la gente las buenas nuevas del reino de Dios. Con él iban sus doce discípulos escogidos. Además de estos hombres, lo acompañaban algunas mujeres a quienes Jesús había sanado de diversas enfermedades. Una era María Magdalena, de quien Jesús había echado nada menos que siete espíritus malos. Otra era Juana, esposa de un hombre noble llamado Chuza, que era un alto funcionario en la corte del rey Herodes Antipas, el gobernante de Galilea. Otra se llamaba Susana, y con ellas había otras muchas mujeres. Algunas de ellas eran ricas y daban con generosidad de su dinero para ayudar a Jesús.


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