Humildad ·La humildad en la vida de Jesús

Capítulo 3 · 6 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La humildad en la vida de Jesús

“Mas yo soy entre vosotros como el que sirve.” Lucas 22 27.

En el Evangelio de Juan tenemos la vida interior de nuestro Señor abierta ante nosotros. Jesús habla con frecuencia de su relación con el Padre, de los motivos por los cuales se guía, de su conciencia del poder y del espíritu en que actúa. Aunque la palabra humilde no aparece, en ninguna otra parte de la Escritura veremos tan claramente en qué consistía su humildad. Ya hemos dicho que esta gracia no es en verdad otra cosa que aquel simple consentimiento de la criatura a dejar que Dios sea todo, en virtud del cual se entrega a que solo Él obre.

En Jesús veremos cómo, tanto como Hijo de Dios en el cielo, como hombre sobre la tierra, tomó el lugar de entera subordinación, y dio a Dios la honra y la gloria que le son debidas. Y lo que tantas veces enseñó se hizo verdad en Él mismo: “el que se humillare, será ensalzado.”

(Mateo 23:12). Como está escrito: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo” (Filipenses 2:9).

Escuchad las palabras con que nuestro Señor habla de su relación con el Padre, y cómo sin cesar usa las palabras no y nada acerca de sí mismo. El no yo con que Pablo expresa su relación con Cristo es el espíritu mismo de lo que Cristo dice de su relación con el Padre.

“No puede el Hijo hacer nada de sí mismo” (Juan 5:19).

“No puedo yo hacer nada de mí mismo. Como oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad.”

(Juan 5:30).

“No recibo gloria de los hombres” (Juan 5:41).

“He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad” (Juan 6:38).

“Mi doctrina no es mía” (Juan 7:16) “No he venido de mí mismo” (Juan 7:28) “Nada hago de mí mismo” (Juan 8:28) “No he venido de mí mismo, sino que él me envió” (Juan 8:42).

“Yo no busco mi gloria” (Juan 8:50) “Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo” (Juan 14:10).

“La palabra que oís no es mía” (Juan 14:24).

Estas palabras nos abren las raíces más profundas de la vida y la obra de Cristo. Nos dicen cómo el Dios todopoderoso pudo obrar por medio de Él su gran obra redentora. Nos muestran lo que Cristo consideraba el estado de corazón que le convenía como Hijo del Padre. Nos enseñan cuál es la naturaleza esencial y la vida de aquella redención que Cristo llevó a cabo y ahora comunica. Es esto: Él no era nada, para que Dios fuera todo. Se entregó con su voluntad y sus poderes enteramente a que el Padre obrara en Él. De su propio poder, de su propia voluntad y de su propia gloria, de toda su misión con todas sus obras y su enseñanza, de todo esto Él dijo: No soy yo; yo no soy nada; me he entregado al Padre para que obre; yo no soy nada, el Padre es todo.

Esta vida de entera abnegación, de absoluta sumisión y dependencia de la voluntad del Padre, Cristo halló que era una vida de perfecta paz y gozo. Nada perdió por darlo todo a Dios. Dios honró su confianza, e hizo todo por Él, y luego lo exaltó con su diestra a la gloria (Hechos 5:31).

Y porque Cristo se había humillado así delante de Dios, y Dios estaba siempre delante de Él, le fue posible humillarse también delante de los hombres, y ser el Siervo de todos. Su humildad era simplemente la entrega de sí mismo a Dios, para dejarle hacer en Él lo que le pluguiera, sin importar lo que los hombres a su alrededor dijeran de Él, o le hicieran.

Es en este estado de ánimo, en este espíritu y disposición, donde la redención de Cristo tiene su virtud y eficacia. Es para traernos a esta disposición que somos hechos partícipes de Cristo. Esta es la verdadera negación de sí mismo a la que nuestro Salvador nos llama: el reconocimiento de que el yo no tiene nada bueno en sí, sino como vasija vacía que Dios debe llenar, y de que su pretensión de ser o hacer algo no puede admitirse ni por un momento. Es en esto, por encima y antes de todo, en lo que consiste la conformidad con Jesús: el no ser ni hacer nada de nosotros mismos, para que Dios sea todo. Aquí tenemos la raíz y la naturaleza de la verdadera humildad. Es porque esto no se entiende ni se busca que nuestra humildad es tan superficial y tan débil.

Debemos aprender de Jesús, cómo Él es manso y humilde de corazón. Él nos enseña que la verdadera humildad nace y halla su fuerza en el conocimiento de que es Dios quien obra todo en todos, que nuestro lugar es rendirnos a Él en perfecta resignación y dependencia, en pleno consentimiento de no ser ni hacer nada de nosotros mismos. Esta es la vida que Cristo vino a revelar y a impartir: una vida para Dios que vino por la muerte al pecado y al yo. Si sentimos que esta vida es demasiado alta y está fuera de nuestro alcance, entonces debemos buscarla en Él. Es el Cristo que mora en nosotros quien vivirá en nosotros esta vida, mansa y humilde.

Si anhelamos esto, busquemos entretanto, por encima de todo, el santo secreto del conocimiento de la naturaleza de Dios, que a cada momento obra todo en todos. El secreto del cual toda la naturaleza, toda criatura, y sobre todo, todo hijo de Dios, ha de ser testigo: que no es sino una vasija, un canal, por medio del cual el Dios vivo puede manifestar las riquezas de su sabiduría, su poder y su bondad. La raíz de toda virtud y gracia, de toda fe y adoración aceptable, es que sepamos que no tenemos nada sino lo que recibimos, y que nos inclinemos en la más profunda humildad a esperar en Dios por ello.

Fue porque esta humildad no era solo un sentimiento pasajero, despertado y puesto en ejercicio cuando pensaba en Dios, sino el espíritu mismo de toda su vida, que Jesús fue tan humilde en su trato con los hombres como con Dios. Se sentía el Siervo de Dios para los hombres que Dios hizo y amó. Como consecuencia natural, se contaba a sí mismo el Siervo de los hombres, para que por medio de Él Dios pudiera hacer su obra de amor. Nunca pensó ni por un momento en buscar su honra, ni en afirmar su poder para vindicarse. Todo su espíritu era el de una vida entregada a Dios para que Él obrara en ella.

No es sino hasta que los cristianos estudien la humildad de Jesús como la esencia misma de su redención, como la bienaventuranza misma de la vida del Hijo de Dios, como la única relación verdadera con el Padre, y por tanto como aquello que Jesús debe darnos si hemos de tener parte alguna con Él. La terrible falta de una humildad real, celestial y manifiesta se convertirá en carga y dolor, y nuestra religión ordinaria será puesta a un lado para asegurar esto, la primera y principal de las señales de Cristo dentro de nosotros.

Hermano, ¿estás revestido de humildad? Pregunta a tu vida diaria. Pregunta a Jesús. Pregunta a tus amigos.

Pregunta al mundo. Y comienza a alabar a Dios porque Él te ha abierto en Jesús una humildad celestial que apenas has conocido, y por la cual puede entrar en ti una bienaventuranza celestial que posiblemente aún no has gustado.

Índice

Humildad Andrew Murray

Página 1 / 1 · 6 min restantes en el capítulo