Capítulo 4 · 6 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Recibir el Espíritu Santo
Cuando el apóstol Pablo llegó a Éfeso, encontró un pequeño grupo de doce discípulos de Cristo. Había algo en estos doce discípulos que impresionó a Pablo desfavorablemente. No se nos dice qué era. Puede ser que no hallara en ellos aquella gozosa alegría desbordante que uno aprende a esperar en todos los cristianos que han entrado realmente en la plenitud de bendición que hay para ellos en Cristo. Puede ser que a Pablo le inquietara el hecho de que solo fueran doce, pensando que, si estos doce fueran lo que debían ser, con seguridad habría ya para entonces más de doce. Fuera lo que fuese lo que impresionó desfavorablemente a Pablo, fue de inmediato a la raíz de la dificultad planteándoles la pregunta: “¿Habéis recibido el Espíritu Santo después que creísteis?” (Hechos 19:2, R. V.). Enseguida salió a la luz que no habían recibido el Espíritu Santo, que de hecho ni siquiera sabían que el Espíritu Santo hubiera sido dado. Entonces Pablo les dijo que el Espíritu Santo había sido dado, y les mostró además justamente lo que debían hacer para recibir el Espíritu Santo allí mismo, y antes de que aquella reunión terminara, el Espíritu Santo vino sobre ellos. Desde aquel día hubo en Éfeso un estado de cosas muy distinto. De inmediato brotó un gran avivamiento, de modo que toda la ciudad se conmovió: “Así crecía poderosamente la palabra del Señor, y prevalecía” (Hechos 19:20). La pregunta de Pablo a estos jóvenes discípulos de Éfeso debería plantearse a los jóvenes discípulos en todas partes: “¿Habéis recibido el Espíritu Santo?” En recibir el Espíritu Santo está el gran secreto de la alegría en nuestro propio corazón, de la victoria sobre el pecado, del poder en la oración y del servicio eficaz.
Todo el que ha recibido verdaderamente a Jesús ha de tener al Espíritu Santo morando en él en algún sentido; pero en muchos creyentes, aunque el Espíritu Santo mora en ellos, mora muy al fondo, en algún santuario escondido de su ser, más allá de la conciencia. Es algo bastante distinto, algo muchísimo mejor que esto, recibir el Espíritu Santo en el sentido que Pablo quería decir en su pregunta. Recibir el Espíritu Santo en tal sentido que uno sepa por experiencia que lo ha recibido; recibir el Espíritu Santo en tal sentido que seamos conscientes del gozo con que él llena nuestro corazón, distinto de todo gozo que jamás hayamos conocido en el mundo; recibir el Espíritu Santo en tal sentido que él gobierne nuestra vida y produzca en nosotros, en medida siempre creciente, el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; recibir el Espíritu Santo en tal sentido que seamos conscientes de que él atrae nuestro corazón a la oración de una manera que no procede de nosotros mismos; recibir el Espíritu Santo en tal sentido que seamos conscientes de su ayuda cuando damos testimonio de Cristo, cuando hablamos con otros individualmente y procuramos llevarlos a aceptar a Cristo, o cuando enseñamos una clase de escuela dominical, o hablamos en público, o hacemos cualquier otra obra para el Maestro. ¿Has recibido el Espíritu Santo? Si no, permíteme decirte cómo puedes recibirlo.
1. En primer lugar, para recibir el Espíritu Santo, uno debe estar descansando en la muerte de Cristo en la cruz por nosotros como el único y del todo suficiente fundamento sobre el cual Dios perdona todos nuestros pecados y nos absuelve.
2. Para recibir el Espíritu Santo debemos apartar todo pecado conocido. Debemos acudir a nuestro Padre celestial y pedirle que nos escudriñe por completo y saque a la luz cualquier cosa en nuestra vida —nuestra vida exterior o nuestra vida interior— que sea mala a sus ojos; y si él saca a la luz algo que le desagrada, debemos apartarlo, por muy querido que nos sea. Ha de haber una renuncia completa a todo pecado para recibir el Espíritu Santo.
3. En tercer lugar, para recibir el Espíritu Santo, ha de haber una confesión pública de Cristo ante el mundo. El Espíritu Santo no se da a los que tratan de ser discípulos en secreto, sino a los que obedecen a Cristo y lo confiesan públicamente ante el mundo.
4. En cuarto lugar, para recibir el Espíritu Santo, ha de haber una entrega absoluta de nuestra vida a Dios. Debes acudir a él y decir: “Padre celestial, aquí estoy. Tú me has comprado por precio. Soy propiedad tuya. Renuncio a todo derecho de hacer mi propia voluntad, a todo derecho de gobernar mi propia vida, a todo derecho de salirme con la mía. Me entrego a ti sin reservas: todo lo que soy y todo lo que tengo. Envíame adonde quieras, úsame como quieras, haz de mí lo que quieras: soy tuyo.” Si retenemos algo de Dios, por pequeño que parezca, eso lo echa todo a perder. Pero si lo entregamos todo a Dios, entonces Dios nos dará todo lo que él tiene. Hay algunos que retroceden ante esta entrega absoluta a Dios, pero la entrega absoluta a Dios no es más que la entrega absoluta al amor infinito. Entrégate al Padre, al Padre cuyo amor no solo es más sabio que el de cualquier padre terrenal, sino más tierno que el de cualquier madre terrenal.
5. Para recibir el Espíritu Santo debe haber una petición concreta del Espíritu Santo. Nuestro Señor Jesús dice en Lucas 11:13: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas á vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo á los que lo pidieren de él?” Simplemente pídele a Dios que te dé el Espíritu Santo y espera que lo haga, porque él dice que lo hará.
6. Por último, para recibir el Espíritu Santo, ha de haber fe, tomando sencillamente a Dios por su Palabra. Por muy terminante que sea cualquier promesa de la Palabra de Dios, solo la disfrutamos personalmente cuando creemos. Nuestro Señor Jesús dice: “Todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24, R. V.). Cuando oras pidiendo el Espíritu Santo, has pedido algo conforme a la voluntad de Dios, y por tanto puedes saber que tu oración es oída y que tienes lo que le pediste (1 Juan 5:14, 15). Puede que no te sientas distinto, pero no mires tus sentimientos, sino la promesa de Dios. Cree que la oración es oída, cree que Dios te ha dado el Espíritu Santo, y después tendrás en la experiencia real lo que has recibido por simple fe sobre la sola promesa de la Palabra de Dios.
Conviene retirarse a solas con frecuencia, arrodillarse, alzar la mirada al Espíritu Santo y poner de nuevo en sus manos el dominio entero de tu vida. Pídele que tome el dominio de tus pensamientos, el dominio de tu imaginación, el dominio de tus afectos, el dominio de tus deseos, el dominio de tus ambiciones, el dominio de tus decisiones, el dominio de tus propósitos, el dominio de tus palabras, el dominio de tus acciones, el dominio de todo, y sencillamente espera que él lo haga. Todo el secreto de la victoria en la vida cristiana consiste en dejar que el Espíritu Santo, que mora en ti, tenga paso franco e indiscutible en la conducta entera de tu vida.