Capítulo 8 · 13 min de lectura
La santidad y la obediencia
«Vosotros habéis visto lo que hice a los egipcios, y cómo os llevé sobre alas de águilas, y os he traído a mí mismo. Ahora, pues, si oyereis atentamente mi voz, y guardareis mi pacto, seréis mi especial tesoro por encima de todos los pueblos: me seréis una nación santa.»—Éx. 19:4–6.
Israel ha llegado a Horeb. Ha de darse la ley y de hacerse el pacto. He aquí las primeras palabras de Dios al pueblo; habla de la redención y de su bendición, la comunión con Él mismo: «Vosotros habéis visto cómo os he traído a mí mismo.» Habla de la santidad como su propósito en la redención: «Me seréis una nación santa.» Y como vínculo entre ambas coloca la obediencia: «Si de veras obedeciereis mi voz, me seréis una nación santa.» La voluntad de Dios es la expresión de su santidad; al hacer su voluntad, entramos en contacto con su santidad. El vínculo entre la Redención y la Santidad es la Obediencia.
Esto nos remite a lo que vimos en el Paraíso. Dios santificó el séptimo día como el tiempo para santificar al hombre. ¿Y qué fue lo primero que hizo con este propósito? Le dio un mandamiento. La obediencia a aquel mandamiento habría abierto la puerta, habría sido la entrada, a la Santidad de Dios. La santidad es un atributo moral; y moral es aquello que una voluntad libre escoge y determina por sí misma. Lo que Dios crea y da es solamente bueno por naturaleza; lo que el hombre quiere recibir de Dios y de su voluntad, y de veras hace suyo, tiene valor moral, y conduce a la santidad. En la creación Dios manifestó su sabia y buena voluntad. Su santa voluntad la expresa en sus mandamientos. A medida que esa santa voluntad entra en la voluntad del hombre, a medida que la voluntad del hombre acepta la voluntad de Dios y se une a ella, él llega a ser santo. Después de la creación, en el séptimo día, Dios tomó al hombre para asociarlo a su obra de santificación a fin de hacerlo santo. La obediencia es el camino a la santidad, porque es el camino a la unión con la santa voluntad de Dios; en el hombre no caído, como en el hombre caído, en la redención aquí y en la gloria arriba, en todos los santos ángeles, en Cristo mismo, el Santo de Dios, la obediencia es el camino de la santidad. Ella no es la santidad misma: pero a medida que la voluntad se abre para aceptar y hacer la voluntad de Dios, Dios se comunica a sí mismo y comunica su Santidad. Obedecer su voz es seguirle mientras Él guía en el camino hacia la plena revelación y comunicación de sí mismo y de su bienaventurada naturaleza como el Santo.
Obediencia. No el conocimiento de la voluntad de Dios, ni siquiera la aprobación, ni siquiera la voluntad de hacerla, sino el hacerla. El conocimiento, la aprobación y la voluntad han de conducir a la acción; la voluntad de Dios ha de ser hecha. «Si de veras obedecéis mi voz, me seréis una nación santa.» No es la fe, ni la adoración, ni la profesión lo que Dios pide aquí en primer lugar de su pueblo cuando habla de santidad; es la obediencia. La voluntad de Dios ha de ser hecha en la tierra, como en el cielo. «Acordaos y haced todos mis mandamientos, para que seáis santos a vuestro Dios» (Núm. 15:40). «Santificaos, pues, y sed santos; y guardaréis mis estatutos y los pondréis por obra. Yo soy el Señor que os santifico» (Lev. 20:7, 8). «Guardaréis, pues, mis mandamientos y los pondréis por obra: Yo soy el Señor: seré santificado en medio de los hijos de Israel: Yo soy el Señor que os santifico, que os saqué de la tierra de Egipto» (22:31, 33).
Un momento de reflexión nos aclarará la razón de esto. Es en la obra de un hombre donde manifiesta lo que es. Puedo saber lo que es bueno, y sin embargo no aprobarlo. Puedo aprobarlo, y sin embargo no quererlo. Puedo en cierto sentido quererlo, y sin embargo carecer de la energía, o del sacrificio de mí mismo, o de la fuerza que despierte y haga la cosa. Pensar es más fácil que querer, y querer es más fácil que hacer. Solo la acción prueba si el objeto de mi interés tiene completo dominio sobre mí. Dios quiere que su voluntad sea hecha. Solo esto es obediencia. Solo en esto se ve si todo el corazón, con toda su fuerza y voluntad, se ha entregado a la voluntad de Dios; si la vivimos, y estamos dispuestos, a cualquier sacrificio, a hacerla nuestra practicándola. Dios no tiene otro camino para hacernos santos. «Guardaréis mis estatutos y los pondréis por obra: Yo soy el Señor que os santifico.»
Para todos los que buscan la santidad esta es una lección de profunda importancia. La obediencia no es la santidad; la santidad es algo mucho más alto, algo que viene de Dios a nosotros, o más bien, algo de Dios que entra en nosotros. Pero la obediencia es indispensable para la santidad: esta no puede existir sin ella. Por tanto, mientras su corazón busca seguir la enseñanza de la palabra de Dios, y mira con fe a lo que Dios ha hecho, según le ha hecho a usted santo en Cristo, y a lo que Dios aún ha de hacer por medio del Espíritu de Santidad al cumplir la promesa: «El mismo Dios de paz os santifique por completo», nunca por un momento olvide ser obediente. «Si de veras obedecéis mi voz, me seréis una nación santa.» Comience por hacer enseguida todo lo que parezca recto hacer. Renuncie enseguida a todo lo que la conciencia le diga que no se atreve a afirmar que es conforme a la voluntad de Dios. No solamente ore por luz y fuerza, sino actúe; haga lo que Dios dice. «El que hace la voluntad de Dios es mi hermano», dice Jesús. Todo hijo de Dios ha sido engendrado de la voluntad de Dios: en ella tiene su vida. Hacer la voluntad del Padre es el alimento, la fuerza, la marca de todo hijo de Dios.
No es nada menos que la entrega a semejante vida de sencilla y entera obediencia lo que está implicado en llegar a ser cristiano. Hay, ¡ay!, demasiados cristianos que, por falta ya sea de una instrucción adecuada, o de una atención adecuada a la enseñanza de la palabra de Dios, nunca han comprendido el lugar de suprema importancia que la obediencia ocupa en la vida cristiana. No saben que Cristo, y la redención, y la fe conducen todos a ella, porque solo a través de ella está el camino a la comunión del Amor, y la Semejanza, y la Gloria de Dios. Todos, posiblemente, hemos sufrido por ello nosotros mismos: en nuestras oraciones y esfuerzos en pos de la paz perfecta y el reposo de la fe, en pos del gozo permanente y el creciente poder de la vida cristiana, ha habido un algo secreto que estorbaba la bendición, o que causaba la rápida pérdida de lo que se había alcanzado. Una impresión equivocada acerca de la absoluta necesidad de la obediencia era probablemente la causa. Nunca se insistirá con demasiado empeño en que la gratuidad y el poderoso vigor de la gracia tienen esto por objeto desde nuestra conversión en adelante: el restaurarnos a la obediencia activa y a la armonía con la voluntad de Dios de las cuales habíamos caído por el primer pecado en el Paraíso. La obediencia conduce a Dios y a su Santidad. Es en la obediencia donde la voluntad se moldea, y el carácter se forma, y se edifica un hombre interior que Dios puede vestir y adornar con la hermosura de la santidad.
Cuando un cristiano descubre que este ha sido el eslabón que faltaba, la causa del fracaso y de la oscuridad, no hay más remedio que, en un gran acto de entrega, escoger deliberadamente la obediencia —una obediencia universal, de todo corazón— como la ley de su vida en el poder del Espíritu Santo. Que no tema hacer suyas las palabras de Israel en el Sinaí, en respuesta al mensaje de Dios que estamos considerando: «Todo lo que el Señor ha dicho, haremos»; «Todo lo que el Señor ha dicho haremos, y obedeceremos.» Lo que la ley no pudo hacer, por cuanto era débil a causa de la carne, Dios lo ha hecho por el don de su Hijo y de su Espíritu. A la promulgación de la ley del Sinaí sobre tablas de piedra le ha sucedido la promulgación de la ley del Espíritu sobre la tabla del corazón: el Espíritu Santo es el poder de la obediencia, y es así el Espíritu de Santidad, quien, en la obediencia, prepara nuestros corazones para ser la morada del Santo. En esta fe entreguémonos a una vida de obediencia: es el camino del Nuevo Testamento hacia la realización de la promesa: «Si de veras obedeciereis mi voz, me seréis una nación santa.»
Ya hemos visto cómo la santidad, en su misma naturaleza, supone la relación personal con Dios, su presencia personal. «Yo os he traído a mí mismo; si obedecéis, me seréis a mí una nación santa.» Es a medida que comprendemos y retenemos con firmeza este elemento personal que la obediencia llegará a ser posible, y conducirá a la santidad. Note bien las palabras de Dios: «Si obedecéis mi voz, y guardáis mi pacto.» La voz es más que una ley o un libro; siempre implica una persona viva y el trato con ella. Esto es lo que constituye el secreto de la obediencia del evangelio: oír la voz y seguir la conducción de Jesús como amigo personal, como Salvador vivo. Es ser guiado por el Espíritu de Dios, teniéndole a Él para que revele la Presencia, y la Voluntad, y el Amor del Padre, que obrará en nosotros esa relación personal que el Nuevo Testamento entiende cuando habla de hacer todo para el Señor, como agradando a Dios.
Semejante obediencia es la senda de la santidad. Cada uno de sus actos es un vínculo con el Dios vivo, una entrega del ser a la voluntad de Dios, para que Dios mismo tome posesión. En el proceso de asimilación, lento pero seguro, por el cual la voluntad de Dios, como alimento de nuestras almas, es incorporada a nuestro ser más íntimo, nuestra naturaleza espiritual se fortalece, se espiritualiza, creciendo hasta ser un templo santo en el cual Dios puede revelarse y establecer su morada.
Que cada creyente procure comprender esto. Cuando Dios santificó el séptimo día como su período de santificación, nos enseñó que no podía hacerlo de una vez. La revelación y comunicación de la santidad ha de ser gradual, a medida que el hombre es preparado para recibirla. La obra santificadora de Dios con cada uno de nosotros, como con el género humano, necesita tiempo. El tiempo que necesita y busca es la vida de una obediencia diaria, de cada hora. Todo lo que se gasta en la propia voluntad, y no en la relación viva con el Señor, se pierde. Pero cuando el corazón procura día tras día escuchar la voz y obedecerla, el Santo mismo vela sobre sus palabras para cumplirlas: «Me seréis una nación santa.» De un modo del cual el alma de antemano apenas puede tener concepción, Dios cubrirá con su sombra el corazón obediente y hará en él su morada. El hábito de escuchar siempre la voz y obedecerla será solamente la edificación del templo: el Dios vivo mismo, el Santo, vendrá a establecer su morada. La gloria del Señor llenará la casa, y la promesa se hará realidad: «Yo lo santificaré con mi gloria.»
«Yo os he traído a mí mismo; si de veras obedecéis mi voz, me seréis a mí una nación santa.» ¡Buscadores de la santidad! Dios le ha traído a usted a sí mismo. Y ahora su voz le habla todos los pensamientos de su corazón, para que, al recibirlos, y hacerlos suyos, y hacer suya la voluntad de Dios viviéndola y practicándola, entre usted en la más completa unión con Él mismo, la unión de la voluntad tanto como de la vida, y así llegue a ser un pueblo santo para Él. Que la obediencia —el escuchar y el hacer la voluntad de Dios— sea el gozo y la gloria de su vida; ella le dará acceso a la Santidad de Dios.
Sed santos, porque yo soy santo.
¡Oh Dios mío! Tú me has redimido para ti mismo, para tenerme por completo como cosa tuya, poseyendo y llenando mi ser más íntimo con tu propia semejanza, tu perfecta voluntad, y la gloria de tu Santidad. Y buscas adiestrarme, en el poder de una voluntad libre y amante, para que tome tu voluntad y la haga mía, a fin de que en el centro mismo de mi ser tenga tu propia perfección morando en mí. Y en tus palabras revelas tu voluntad, para que, al aceptarlas y guardarlas, domine su Divino contenido, y quiera todo lo que tú quieres.
¡Oh Dios mío! déjame vivir día tras día en tal comunión contigo, que de veras oiga en todo tu voz, la voz viva del Dios vivo hablándome. Que el Espíritu Santo, el Espíritu de tu Santidad, sea para mí tu voz que me guía en la senda de una obediencia sencilla y de niño. Te bendigo porque he visto que Cristo, en quien soy santo, fue el obediente, que en la obediencia se santificó a sí mismo para llegar a ser mi santificación, y que permanecer en Él, tu Hijo obediente y santo, es permanecer en tu voluntad tal como fue hecha una vez por Él, y ha de ser hecha ahora por mí. ¡Oh Dios mío! de veras obedeceré tu voluntad: hazme tú uno de tu nación santa, un especial tesoro por encima de todos los pueblos. Amén.
1. «Se hizo obediente hasta la muerte.» «Aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia.» «Vengo a hacer tu voluntad.» «En esa voluntad somos santificados.» El ejemplo de Cristo nos enseña que la obediencia es el único camino a la Santidad o a la gloria de Dios. Sea esta su consagración: una entrega en todo para buscar y hacer la voluntad de Dios.
2. Somos «santos en Cristo»—en este Cristo que hizo la voluntad de Dios y fue obediente hasta la muerte. En Él es que somos; en Él somos santos. Su obediencia es el suelo en el cual somos plantados, y hemos de estar arraigados. «Es mi comida hacer su voluntad»; la obediencia fue el sustento de su vida; al hacer la voluntad de Dios atraía el alimento Divino; así ha de ser también con nosotros.
3. A medida que usted estudia lo que es ser y permanecer en Cristo, a medida que se regocija de estar en Él, recuerde siempre que es en Cristo, que obedeció, en quien Dios le ha plantado a usted.
4. Si alguna vez se siente perplejo acerca de la santidad, entréguese de nuevo a hacer la voluntad de Dios, y vaya y hágala. Nuestro es obedecer, de Dios es santificar.
5. Santos en Cristo. Cristo se santificó a sí mismo por la obediencia, haciendo la voluntad de Dios, y en esa voluntad, tal como fue hecha por Él, hemos sido santificados. Al aceptar esa voluntad tal como fue hecha por Él, al aceptarle a Él, soy santo. Al aceptar esa voluntad de Dios, como algo que ha de ser hecho por mí, llego a ser santo. Estoy en Él; en cada acto de obediencia viva, entro en comunión viva con Él, y atraigo el poder de su vida a la mía.
6. La obediencia depende de oír la voz. No imagine que usted conoce la voluntad de Dios. Ore y espere la enseñanza interior del Espíritu.
Octavo Día.
Capítulo 8 completado
La santidad y la obediencia