Capítulo 6 · 12 min de lectura
La santidad y la redención
«Santifica para mí todo primogénito.»—Éx. 13:2.
«Todos los primogénitos son míos; porque el día que herí a todos los primogénitos en la tierra de Egipto, santifiqué para mí a todos los primogénitos en Israel: míos serán: yo soy el Señor.»—Nm. 3:13; 8:17.
«Porque yo soy el Señor vuestro Dios que os hace subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo.»—Lv. 11:45.
«Yo te redimí; tú eres mío.»—Is. 43:1.
En Horeb vimos cómo la primera mención de la palabra santo en la historia del hombre caído estuvo ligada a la inauguración de un nuevo período en la revelación de Dios: el de la Redención. En la pascua tenemos la primera manifestación de lo que es la Redención; y aquí comienza el uso más frecuente de la palabra santo. En la fiesta de los panes sin levadura tenemos el símbolo del despojarse de lo viejo y el revestirse de lo nuevo, a lo cual ha de conducir la redención por la sangre. De los siete días leemos: «En el primer día habrá santa convocación, y en el séptimo día habrá santa convocación;» la reunión del pueblo redimido para conmemorar su liberación es una asamblea santa; se reúnen bajo el amparo de su Redentor, el Santo. Tan pronto como el pueblo hubo sido redimido de Egipto, la primera palabra de Dios para ellos fue: «Santifica—consagra para mí todo primogénito: mío es.» (Véase Éx. 13:2.) La palabra revela cómo la propiedad es uno de los pensamientos centrales tanto en la redención como en la santificación, el vínculo que las une. Y aunque la palabra se usa aquí solo respecto de los primogénitos, estos son considerados como el tipo de todo el pueblo. Sabemos cómo todo crecimiento y toda organización comienzan desde un centro, alrededor del cual, en círculos cada vez más amplios, se extiende la vida del organismo. Si la santidad en el género humano ha de ser verdadera y real, libre como la de Dios, ha de ser el resultado de un desarrollo que se apropia de sí mismo. Y así los primogénitos son santificados, y después los sacerdotes en su lugar, como el tipo de lo que todo el pueblo ha de ser como primogénito de Dios entre las naciones, su tesoro especial, «una nación santa.» Esta idea de la propiedad en relación con la redención y la santificación se manifiesta con especial claridad cuando Dios habla del cambio de los sacerdotes por los primogénitos (Nm. 3:12, 13; 8:16, 17): «Los levitas me son enteramente dados; en lugar de los primogénitos los he tomado para mí; porque todos los primogénitos son míos; en el día que herí a todo primogénito en la tierra de Egipto los santifiqué para mí.»
Tratemos de comprender la relación que existe entre la redención y la santidad. En el Paraíso vimos lo que fue la santificación del séptimo día por parte de Dios: tomó posesión de él, lo bendijo, reposó en él y se recreó. Donde Dios entra y reposa, allí hay santidad: cuanto más perfectamente esté el objeto preparado para que Él entre y more, tanto más perfecta es la santidad. El séptimo día fue santificado como el período para la santificación del hombre. En el primer paso mismo que Dios dio para conducirlo a su Santidad—el mandato de no comer del árbol—el hombre cayó. Dios no abandonó su plan, sino que hubo de seguir ahora un camino distinto y más lento. Después de veinticinco siglos de lenta pero necesaria preparación, ahora se revela como el Redentor. A un pueblo que había escogido y formado para sí, lo entrega a la opresión y la esclavitud, para que sus corazones sean preparados para anhelar y recibir a un Libertador. En una serie de portentos poderosos se prueba a sí mismo como el Vencedor de sus enemigos, y luego, en la sangre del Cordero pascual sobre sus puertas, les enseña lo que es la redención, no solo de un opresor injusto aquí en la tierra, sino del justo juicio que sus pecados habían merecido. La Pascua ha de ser para ellos la transición de lo visible y temporal a lo invisible y espiritual, revelando a Dios no solo como el Poderoso sino como el Santo, librándolos no solo de la casa de servidumbre sino del Ángel Destructor.
Y habiéndolos redimido así, les dice que ahora son suyos. Durante su estancia en el Sinaí y en el desierto, continuamente se les inculca el pensamiento de que ahora son el pueblo del Señor, a quienes Él ha hecho suyos por la fuerza de su brazo, para hacerlos santos para sí, así como Él es santo. El propósito de la redención es la Posesión, y el propósito de la Posesión es la semejanza con Aquel que es Redentor y Dueño, es la Santidad.
En cuanto a esta Santidad, y a la manera en que ha de ser alcanzada como resultado de la redención, hay más de una lección que la santificación de los primogénitos nos enseñará.
Ante todo, queremos comprender cuán inseparables son la redención y la santidad. Ninguna puede existir sin la otra. Solo la redención conduce a la santidad. Si busco la santidad, debo permanecer en la clara y plena experiencia de ser un redimido, y como tal de ser poseído y hecho propiedad de Dios. Con demasiada frecuencia se mira la redención por su lado negativo, como una liberación de algo: su verdadera gloria es el elemento positivo de ser redimido para Él mismo. La plena posesión de una casa significa ocuparla: si poseo una casa sin ocuparla, puede llegar a ser morada de todo lo inmundo y malo. Dios me ha redimido y me ha hecho suyo con miras a tomar completa posesión de mí. Dice de mi alma: «Es mía», y procura que su derecho de propiedad sea reconocido y plenamente manifestado. Esa será la santidad perfecta, allí donde Dios haya entrado y tomado completa y entera posesión. Es la redención la que da a Dios su derecho y poder sobre mí; es la redención la que me pone en libertad para que Dios ahora me posea y me bendiga: es la redención hecha realidad y llenando mi alma la que me traerá la seguridad y la experiencia de todo lo que su poder obrará en mí. En Dios, la redención y la santificación son una sola cosa: cuanto más me posee la redención como realidad Divina, tanto más estrechamente quedo unido al Dios-Redentor, el Santo.
Y del mismo modo, solo la santidad trae la seguridad y el gozo de la redención. Si busco aferrarme a la redención sobre un fundamento inferior, puedo ser engañado. Si me he vuelto descuidado o negligente, debería temblar ante la sola idea de confiar en la redención aparte de la santidad como su objeto. A Israel habló Dios: «Yo os hice subir de la tierra de Egipto: por tanto, seréis santos, porque yo soy santo.» Es Dios el Redentor quien nos hizo suyos, quien también nos llama a ser santos: sea para nosotros la Santidad la parte más esencial y más preciosa de la redención: la entrega de nosotros mismos a Aquel que nos ha tomado como suyos, y que se ha comprometido a hacernos suyos por entero.
Una segunda lección que se sugiere es la conexión entre la obra de Dios y la obra del hombre en la santificación. A Moisés le habla el Señor: «Santifica para mí todo primogénito.» Después dice: «Yo santifiqué para mí todo primogénito.» Lo que Dios hace, lo hace para que sea llevado a cabo y apropiado por medio de nosotros. Cuando nos dice que somos hechos santos en Cristo Jesús, que somos sus santos, no habla solo de su propósito, sino de lo que realmente ha hecho; hemos sido santificados en la única ofrenda de Cristo, y en nuestro ser creados de nuevo en Él. Pero esta obra tiene un lado humano. A nosotros viene el llamado a ser santos, a seguir la santidad, a perfeccionar la santidad. Dios nos ha hecho suyos, y nos permite decir que somos suyos: pero espera ahora que le concedamos una entrada más amplia a los lugares secretos de nuestro ser interior, para que Él lo llene todo con su plenitud. La santidad no es algo que traigamos a Dios o hagamos por Él. La santidad es lo que hay de Dios en nosotros. Dios nos ha hecho suyos en la redención, para hacerse Él mismo nuestro en la santificación. Y nuestra obra al llegar a ser santos consiste en llevar toda nuestra vida, y cada parte de ella, a la sujeción del gobierno de este santo Dios, poniendo cada miembro y cada facultad sobre su altar.
Y esto nos enseña la respuesta a la pregunta sobre la conexión entre lo súbito y lo gradual en la santificación: entre su ser una cosa completa de una vez por todas, y sin embargo imperfecta y necesitada de ser perfeccionada. Lo que Dios santifica es santo con una santidad Divina y perfecta como don suyo: el hombre ha de santificar reconociendo y manteniendo y llevando a cabo esa santidad en relación con lo que Dios ha hecho santo. Dios santificó el día de reposo: el hombre ha de santificarlo, es decir, guardarlo santo. Dios santificó a los primogénitos como suyos: Israel había de santificarlos, de tratarlos y entregarlos a Dios como santos. Dios es santo: nosotros hemos de santificarlo reconociendo y adorando y honrando esa santidad. Dios ha santificado su gran nombre, su nombre es Santo: nosotros santificamos o consagramos ese nombre cuando lo tememos, confiamos en él y lo usamos como la revelación de su Santidad. Dios santificó a Cristo: Cristo se santificó a sí mismo, manifestando en su voluntad y acción personales una conformidad perfecta con la Santidad con que Dios lo había hecho santo. Dios nos ha santificado en Cristo Jesús: hemos de ser santos entregándonos al poder de esa santidad, poniéndola en práctica, y manifestándola en toda nuestra vida y conducta. El don Divino objetivo, otorgado de una vez por todas y por completo, ha de ser apropiado como una posesión personal subjetiva; hemos de limpiarnos a nosotros mismos, perfeccionando la santidad. Redimidos para la santidad: así como los dos pensamientos están unidos en la mente y la obra de Dios, así deben estar unidos en nuestro corazón y nuestra vida.
Cuando Isaías anunció la segunda redención, la verdadera, le fue dado, aun más clara y plenamente que a Moisés, revelar el nombre de Dios como «El Redentor, el Santo de Israel.» Cuanto más estudiamos este nombre, y lo santificamos, y adoramos a Dios por él, tanto más inseparablemente se unirán las palabras, y veremos cómo, así como el Redentor es el Santo, los redimidos son también santos. Isaías dice del «camino de santidad» que los «redimidos andarán por él.» La redención que sale de la Santidad de Dios debe también conducir de nuevo a ella. Comprenderemos que ser redimidos en Cristo es ser santos en Cristo, y el llamado de nuestro Dios redentor adquirirá nuevo sentido: «Yo soy santo: sed santos.»
Sed santos, porque yo soy santo.
¡Oh Señor Dios, el Santo de Israel y su Redentor! Me postro ante ti en profunda humildad. Confieso con vergüenza que por tanto tiempo te busqué más como el Redentor que como el Santo. No sabía que fue como el Santo que habías redimido, que la redención era el fruto y el resultado de tu Santidad; que una participación en tu Santidad era su único propósito y su más alta hermosura. Solo pensaba en ser redimido de la servidumbre y de la muerte: como Israel, no comprendía que sin comunión y conformidad contigo la redención perdería su valor.
¡Dios santísimo! Te alabo por la paciencia con que soportas el egoísmo y la lentitud de tus redimidos. Te alabo por la enseñanza del Espíritu de tu Santidad, que guía a tus santos, y también a mí, a ver cómo es tu Santidad, y el llamado a ser partícipes de ella, lo que da a la redención su valor; cómo es para ti mismo como el Santo, para ser tuyos, poseídos y santificados por ti, que somos redimidos.
¡Oh Dios mío! Con un amor y un gozo y una gratitud que no pueden expresarse, te alabo por Cristo, que nos ha sido hecho por ti santificación y redención. En Él eres mi Redentor, mi Santo. En Él soy tu redimido, tu santo. ¡Oh Dios! En muda adoración me postro para adorar el amor que sobrepasa todo conocimiento, que ha hecho esto por nosotros, y para creer que en uno que ahora está ante ti, santo en Cristo, cumplirás todos tus gloriosos propósitos conforme a la grandeza de tu poder. Amén.
1. «La redención por su sangre.» La sangre la encontramos en el umbral del sendero de la Santidad. Porque es la sangre del sacrificio que el fuego de Dios consumió, y sin embargo no pudo consumir. Esa sangre tiene tal poder de santidad en sí, que leemos: «Santificados por su propia sangre.» Piense usted siempre en la santidad, u ore por ella, como quien ha sido redimido por la sangre. Viva bajo el amparo de la sangre en su poder purificador cotidiano.
2. Solo cuando conocemos la Santidad de Dios como Fuego, y nos inclinamos ante su justo juicio, podemos apreciar la preciosidad de la sangre o la realidad de la redención. Mientras solo pensemos en el amor de Dios como bondad, podremos aspirar a ser buenos; la fe en el Dios que redime despertará en nosotros la necesidad y el gozo de ser santos en Cristo.
3. ¿Ha comprendido usted el derecho de propiedad que Dios tiene sobre lo que ha redimido? ¿Ha oído una voz que dice: Mío. Tú eres mío. Pida a Dios muy humildemente que se lo diga. Escuche muy quedamente para oírlo.
4. La santidad de la criatura tiene su origen en la voluntad Divina, en la elección, la redención y la posesión Divinas. Entréguese usted a esta voluntad de Dios y regocíjese en ella.
5. Así como Dios creó, así redimió, para santificar. Tenga usted gran fe en Él para esto.
6. Deje usted que Dios tenga la entera posesión y disposición de usted. La santidad es suya; nuestra santidad consiste en dejar que Él, el Santo, lo sea todo.
Día Sexto.
Capítulo 6 completado
La santidad y la redención