Santo en Cristo
La santidad y la creación

Capítulo 4 · 11 min de lectura

La santidad y la creación

«Y bendijo Dios el día de reposo, y lo santificó, porque en él había reposado de toda la obra que Dios creó e hizo.»—Gén. 2:3.

En Génesis tenemos el Libro de los Comienzos. A sus tres primeros capítulos debemos de manera especial una luz divina que resplandece sobre las muchas preguntas para las cuales la sabiduría humana jamás pudo hallar respuesta. En nuestra búsqueda de la Santidad, también allá somos conducidos. En todo el libro de Génesis la palabra Santo aparece una sola vez. Pero esa vez en tal conexión que nos abre el manantial secreto de donde brota todo lo que la Biblia tiene que enseñarnos o darnos de esta bendición celestial. El pleno sentido de la palabra preciosa que anhelamos dominar, de la bendición inapreciable de la que anhelamos tomar posesión, «Santificados en Cristo,» tiene su origen en lo que aquí está escrito de aquel acto maravilloso de Dios, por el cual cerró Su obra de creación, y reveló cuán maravillosamente habría de ser continuada y perfeccionada. Cuando Dios bendijo el día séptimo, y lo santificó, lo levantó por encima de los demás días, y lo apartó para una obra y una revelación de Sí mismo, sobrepasando en gloria a todo lo que le había precedido. En esta sencilla expresión, la Escritura nos revela el carácter de Dios como el Santo, que hace santo; la manera en que hace santo, al entrar y reposar; y el poder de la bendición con que el hacer santo de Dios va siempre acompañado. Estas tres lecciones hallaremos de la más profunda importancia estudiarlas bien, pues contienen los principios fundamentales de todo lo que la Escritura habrá de enseñarnos en nuestra búsqueda de la Santidad.

1. Dios santificó el día de reposo. De los seis días anteriores la palabra clave fue, desde el primer llamamiento a la existencia del cielo y de la tierra, hasta la formación del hombre: Dios creó. De pronto una nueva palabra y una nueva obra de Dios es introducida: Dios santificó. Algo más alto que la creación, aquello para lo cual la creación ha de existir, va ahora a ser revelado; Dios Todopoderoso va ahora a ser conocido como Dios Santísimo. Y así como la obra de la creación muestra Su Poder, sin que ese Poder sea mencionado, así el santificar Él el día séptimo revela Su carácter como el Santo. Como la Omnipotencia es la principal de Sus atributos naturales, así la Santidad es el primero de Sus atributos morales. Y así como Él solo es Creador, así Él solo es Santificador; hacer santo es Su obra tan verdadera y exclusivamente como crear. ¡Bienaventurado el hijo de Dios que verdadera y plenamente cree esto!

Dios santificó el día de reposo. La palabra puede enseñarnos cuál es la naturaleza de la obra que Dios hace cuando hace santo. La Santificación en el Paraíso no puede ser esencialmente distinta de la Santificación en la Redención. Dios había declarado que todas Sus obras, y el hombre, la principal de ellas, eran buenas en gran manera. Y sin embargo no eran santas. La obra de los seis días no tenía nada de contaminación ni de pecado, y sin embargo no era santa. El día séptimo necesitaba ser hecho santo de manera especial, para la gran obra de hacer santo al hombre, que ya era bueno en gran manera. En Éxodo, Dios dice claramente que Él santificó el día de reposo, con miras a la santificación del hombre. «Para que sepáis que yo soy el Señor que os santifico.» La bondad, la inocencia, la pureza, la libertad del pecado, no son la Santidad. La bondad es la obra de la omnipotencia, un atributo de la naturaleza, tal como Dios la crea; la santidad es algo infinitamente más alto. Hablamos de la santidad de Dios como Su infinita perfección moral; la perfección moral del hombre solo podía venir en el uso de su voluntad, consintiendo libremente en la voluntad de Dios y permaneciendo en ella. Solo así podía llegar a ser santo. El día séptimo fue hecho santo por Dios como prenda de que Él haría santo al hombre. En las edades que precedieron al día séptimo, el período de la Creación, el Poder, la Sabiduría y la Bondad de Dios habían sido desplegados. La edad venidera, en el período del día séptimo, ha de ser la dispensación de la santidad: Dios hizo santo el día séptimo.

2. Dios santificó el día de reposo, porque en él reposó de toda Su obra. Este reposo era algo real. En la Creación, Dios había, por así decirlo, salido de Sí mismo para dar a luz algo nuevo; al reposar, ahora vuelve de Su obra creadora a Sí mismo, para gozarse en Su amor sobre el hombre que ha creado, y comunicarse a él. Esto nos descubre la manera en que Dios hace santo. La conexión entre el reposar y el hacer santo no era arbitraria; el hacer santo no era una ocurrencia posterior; en la naturaleza misma de las cosas no podía ser de otro modo: Él santificó porque reposó en él; santificó al reposar. Al contemplar Su obra acabada, y muy especialmente al hombre, se goza en ella, y, como lo tenemos en Éxodo, «fue refrigerado,» este tiempo de Su reposo divino es el tiempo en que llevará a la perfección lo que ha comenzado, y hará al hombre, creado a Su imagen, verdaderamente partícipe de Su más alta gloria, Su Santidad.

Donde Dios reposa en complacencia y amor, allí hace santo. La Presencia de Dios revelándose, entrando, y tomando posesión, es lo que constituye la verdadera Santidad. A medida que descendemos por las edades, estudiando el despliegue progresivo de lo que es la Santidad, esta verdad nos saldrá al encuentro de continuo. En la morada de Dios en el cielo, en Su templo en la tierra, en Su Hijo amado, en la persona del creyente por medio del Espíritu Santo, hallaremos por doquier que la Santidad no es algo que el hombre es o hace, sino que siempre viene donde Dios viene. En el más hondo sentido de las palabras: donde Dios entra para reposar, allí santifica. Y cuando lleguemos a estudiar la revelación del Nuevo Testamento acerca de la manera en que hemos de ser santos, hallaremos en esto una de nuestras primeras y más hondas lecciones. Es al entrar nosotros en el reposo de Dios que llegamos a ser partícipes de Su Santidad. «Los que hemos creído entramos en aquel reposo;» «El que ha entrado en su reposo, también él ha reposado de sus obras, como Dios de las Suyas.» Es cuando el alma cesa de sus propios esfuerzos, y reposa en Aquel que todo lo ha acabado por nosotros, y todo lo acabará en nosotros, cuando el alma se entrega en la quieta confianza de la fe verdadera a reposar en Dios, que conocerá lo que es la verdadera Santidad. Donde el alma entra en la quietud sabática de la perfecta confianza, Dios viene a guardar santo Su reposo; y el alma donde Él reposa, la santifica. Ya hablemos de Su propio día, «Él lo santificó,» ya de Su propio pueblo «santificados en Cristo,» el secreto de la Santidad es siempre el mismo: «Él santificó porque reposó.»

3. Y luego leemos: «Él bendijo y lo santificó.» Tal como se usa en el primer capítulo y a lo largo del libro de Génesis, la palabra «Dios bendijo» es de gran significación. «Fructificad y multiplicaos» fue, así para Adán como más tarde para Noé y Abraham, la exposición divina de su sentido. La bendición con que Dios bendijo a Adán, a Noé y a Abraham era la de la fecundidad y el aumento, el poder de reproducirse y multiplicarse. Cuando Dios bendijo el día séptimo, lo llenó de tal modo con el poder viviente de Su Santidad, que en él esa Santidad pudiera aumentar y reproducirse a sí misma en aquellos que, como Él, procuran entrar en su reposo y santificarlo. El día séptimo es aquel en que todavía vivimos. De cada uno de los días de la creación está escrito, hasta el último: «Y fue la tarde y la mañana el día sexto.» Del séptimo no se ha hecho aún el registro; vivimos en él ahora, el propio día de Dios de reposo y santidad y bendición. Entrando en él de manera muy especial, y tomando posesión de él, como el tiempo para gozarse Él en Su criatura, y manifestar la plenitud de Su amor al santificarla, ha hecho de la dispensación en que ahora vivimos una de bendición divina y poderosa. Y al mismo tiempo nos ha enseñado qué es la bendición. La Santidad es bienaventuranza. La comunión con Dios en Su santo reposo es bienaventuranza. Y así como todas las bendiciones de Dios en Cristo tienen una sola fuente, la Santidad de Dios, así todas tienen un solo fin, hacernos partícipes de esa Santidad. Dios creó, y bendijo; con la bendición de la creación. Dios santificó, y bendijo; con la bendición sabática de Su reposo. La bendición de la Creación, de bondad y fecundidad y dominio, ha de ser coronada por la bendición sabática del reposo en Dios y de la santidad en comunión con Él.

La obra acabada de la Creación de Dios fue estropeada por el pecado, y nuestra comunión con Él en la bendición de Su santo reposo quedó cortada. La obra acabada de la redención nos abrió un reposo más verdadero y una entrada más segura en la Santidad de Dios. Como Él reposó en Su santo día, así ahora reposa en Su Santo Hijo. En Él podemos ahora entrar plenamente en el reposo de Dios. «Hechos santos en Cristo,» reposemos en Él. Reposemos, porque vemos que tan maravillosamente como Dios por Su gran poder acabó Su obra de Creación, así completará y perfeccionará Su obra de santificación. Entreguémonos a Dios en Cristo, para reposar donde Él reposó, para ser hechos santos con Su propia santidad, y para ser bendecidos con la propia bendición de Dios. Dios el Santificador es el nombre ahora inscrito sobre el trono de Dios el Creador. En el umbral de la historia del género humano resplandece esta palabra de infinita promesa y esperanza: «Dios bendijo y santificó el día séptimo porque en él reposó.»

Sed santos, porque yo soy santo.

¡Bendito Señor Dios! Me postro ante Ti en humilde adoración. Te adoro como Dios el Creador, y Dios el Santificador. Tú te has revelado como Dios Todopoderoso y Dios Santísimo. Te ruego que me enseñes a conocerte y a confiar en Ti como tal.

Humildemente te pido gracia para aprender y retener las profundas verdades espirituales que has revelado al hacer santo el día de reposo. Tu propósito en la creación del hombre es manifestar Tu Santidad, y hacerlo partícipe de ella. Oh, enséñame a creer en Ti como Dios mi Creador y Santificador, a creer con todo mi corazón que el mismo poder Todopoderoso que dio la bendición de la creación del día sexto, nos asegura la bendición de la santificación del día séptimo. Tu voluntad es nuestra santificación.

Y enséñame, Señor, a comprender mejor cómo viene esta bendición. Es donde Tú entras para reposar, para refrescarte y revelarte, que haces santo. ¡Oh Dios mío! sea mi corazón Tu lugar de reposo. Yo quisiera, en la quietud y la confianza de una fe reposada, reposar en Ti, creyendo que Tú lo haces todo en mí. Sea tal comunión contigo, y Tu amor, y Tu voluntad, para mí el secreto de una vida de santidad. Lo pido en el nombre de nuestro Señor Jesús, en quien nos has santificado. Amén.

1. Dios el Creador es Dios el Santificador. La Omnipotencia que hizo la primera obra hace también la segunda. Puedo confiar en que Dios Todopoderoso me hará santo. Dios es santo: si Dios lo es todo para mí, Su presencia será mi santidad.

2. El reposo es cesar de la obra, no para no trabajar más, sino para comenzar una nueva obra. Dios reposa y comienza en seguida a hacer santo aquello en que reposa. Él creó por la palabra de Su poder; reposa en Su amor. La Creación fue la edificación del templo; la santificación es el entrar y tomar posesión. ¡Oh, ese maravilloso entrar en la naturaleza humana!

3. Dios reposa solo en lo que es reposado, enteramente a Su disposición. Es en el reposo de la fe que debemos mirar a Dios el Santificador; Él vendrá y guardará Su santo día de reposo en el alma reposada. Nosotros reposamos en el reposo de Dios; Dios reposa en nuestro reposo.

4. El Dios que reposa en el hombre que hizo, y al reposar santifica, y al santificar bendice: este es nuestro Dios; alábelo y adórelo. Y confíe en que Él hará Su obra.

5. ¡Reposo! qué palabra tan sencilla. ¡El Reposo de Dios! qué inconcebible plenitud de Vida y de Amor en esa palabra. Meditemos en ella y adoremos delante de Él, hasta que nos cubra con su sombra y entremos en él—el Reposo de Dios. El Reposo pertenece a Dios: solo Él puede darlo, haciéndonos partícipes del Suyo propio.


Cuarto día.


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