Capítulo 3 · 12 min de lectura
La provisión de Dios para la santidad
«A los que son hechos santos en Cristo Jesús, llamados a ser santos.» —1 Corintios 1:2.
«A todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos. Saludad a cada santo en Cristo Jesús.» —Filipenses 1:1; 4:21.
¡Santo! ¡En Cristo! En estas dos expresiones tenemos quizá las palabras más maravillosas de toda la Biblia.
¡Santo! La palabra de sentido insondable, que los serafines pronuncian con el rostro cubierto. ¡Santo! La palabra en la que se concentran todas las perfecciones de Dios, y de la cual su gloria no es sino el resplandor que se derrama. ¡Santo! La palabra que revela el propósito con que Dios pensó en el hombre desde la eternidad, y que dice cuál ha de ser la gloria más alta del hombre en la eternidad venidera: ¡ser partícipe de su santidad!
¡En Cristo! ¡La palabra en la que se descubren toda la sabiduría y el amor de Dios! ¡El Padre que entrega a su Hijo para que sea uno con nosotros! ¡El Hijo que muere en la cruz para hacernos uno con él! ¡El Espíritu Santo del Padre que mora en nosotros para establecer y mantener esa unión! ¡En Cristo! ¡Qué resumen de lo que la redención ha hecho, y de la vida inconcebiblemente bienaventurada en la que al hijo de Dios le es permitido habitar! ¡En Cristo! La única lección que tenemos que estudiar en la tierra. La única respuesta de Dios a todas nuestras necesidades y oraciones. ¡En Cristo! La garantía y el anticipo de la gloria eterna.
¡Qué riqueza de sentido y de bendición en las dos palabras unidas: ¡Santo en Cristo! He aquí la provisión de Dios para nuestra santidad, la respuesta de Dios a nuestra pregunta: ¿cómo ser santos? Una y otra vez, al oír el llamado, Sed vosotros santos, así como yo soy santo, es como si hubiera, y siempre hubiera de haber, un gran abismo entre la santidad de Dios y la del hombre. ¡En Cristo! es el puente que salva el abismo; más aún, su plenitud lo ha colmado. ¡En Cristo! Dios y el hombre se encuentran; ¡en Cristo! la santidad de Dios nos ha hallado, y nos ha hecho suyos; se ha hecho humana, y de veras puede llegar a ser nuestra propia santidad. A los clamores angustiados y a los anhelos del corazón de miles de almas sedientas que han creído en Jesús y que, sin embargo, no saben cómo ser santas, he aquí la respuesta de Dios: Vosotros sois santos en Cristo Jesús. ¡Si tan solo escucharan y creyeran; si tan solo tomaran estas palabras divinas y las repitieran, de ser necesario, mil veces, cómo brillaría la luz de Dios y llenaría sus corazones de gozo y de amor al repetirlas: Sí, ahora lo veo. ¡Santo en Cristo! ¡Hecho santo en Cristo Jesús!
Al disponernos a estudiar estas palabras maravillosas, recordemos que solo Dios mismo puede revelarnos qué es verdaderamente la santidad. Temamos nuestros propios pensamientos y crucifiquemos nuestra propia sabiduría. Entreguémonos a recibir, en el poder de la vida del mismo Dios, que obra en nosotros por el Espíritu Santo, aquello que es más hondo y más verdadero que el pensamiento humano: a Cristo mismo como nuestra santidad. En esta dependencia de la enseñanza del Espíritu de santidad, busquemos sencillamente aceptar lo que la Santa Escritura pone delante de nosotros; así como la revelación del Santo en la antigüedad fue muy lenta y gradual, contentémonos con seguir con paciencia, paso a paso, la senda de la luz resplandeciente a través de la Palabra; ella brillará cada vez más hasta el día perfecto.
Habremos de estudiar primero la palabra Santo en el Antiguo Testamento. En Israel como pueblo santo, figura de nosotros que ahora somos santos en Cristo, veremos con qué plenitud de símbolos procuró Dios grabar en la constitución misma del pueblo alguna comprensión de lo que él quería que fuesen. En la ley veremos cómo Santo es la gran palabra clave de la redención a la que aquella estaba destinada a servir y a preparar. En los profetas oiremos cómo la santidad de Dios se revela como la fuente de la que había de brotar la redención venidera: no es tanto de la santidad como del Santo de quien hablan, el cual, en amor redentor y en justicia salvadora, se daría a conocer como el Dios de su pueblo.
Y cuando el sentido de la palabra haya quedado algo esclarecido, y la honda necesidad de esa bendición haya sido manifestada en el Antiguo Testamento, vendremos al Nuevo para hallar cómo fue suplida esa necesidad. En Cristo, el Santo de Dios, la santidad divina se hallará en la vida humana y en la naturaleza humana; una voluntad verdaderamente humana, hecha perfecta y creciendo por la obediencia hasta la completa unión con toda la santa voluntad de Dios. En el sacrificio de sí mismo en la cruz, aquella naturaleza santa se entregó a la muerte, para que, como el grano de trigo, pudiera por la muerte volver a vivir y reproducirse en nosotros. En el don, desde el trono, del Espíritu de la santidad de Dios, que representa y revela y comunica al Cristo invisible, la vida santa de Cristo desciende y toma posesión de su pueblo, y ellos llegan a ser uno con él. Así como el Antiguo Testamento no tuvo palabra más alta que aquella, Santo, el Nuevo no tiene ninguna más honda que esta, en Cristo. El estar en él, el permanecer en él, el estar arraigados en él, el crecer en él y hacia él en todas las cosas, son las expresiones divinas en las que la maravillosa y completa unidad entre nosotros y nuestro Salvador se acerca a nosotros cuanto puede el lenguaje humano.
Y cuando el Antiguo y el Nuevo Testamento hayan dado cada uno su mensaje, el uno enseñándonos qué significa Santo, el otro qué significa en Cristo, tenemos en la palabra de Dios, que une los dos, el resumen más completo de la Gran Redención que el amor de Dios ha provisto. La certeza eterna, la maravillosa suficiencia, la infinita eficacia de la santidad que Dios ha preparado para nosotros en su Hijo, todo queda revelado en este bendito, Santo en Cristo.
«¡Los santos en Cristo Jesús!» Tal es el nombre, amados hermanos en la fe, que llevamos en la Santa Escritura, en el lenguaje del Espíritu Santo. No es una mera declaración de doctrina que seamos santos en Cristo; no es una profunda discusión teológica a la que se nos invita; sino que, desde lo hondo del corazón amoroso de Dios, viene una voz que así se dirige a sus amados hijos. Es el nombre con el que el Padre llama a sus hijos. Ese nombre nos habla de la provisión de Dios para que seamos santos. Es la revelación de lo que Dios nos ha dado, y de lo que ya somos; de lo que Dios espera obrar en nosotros, y de lo que puede ser nuestro en posesión personal y práctica. Ese nombre, aceptado con gratitud, confesado con gozo, alegado con confianza, será la prenda y el poder para alcanzar la santidad a la que hemos sido llamados.
Y así hallaremos, a medida que avancemos, que todo nuestro estudio y toda la enseñanza de Dios se comprenderán en tres grandes lecciones. La primera, una revelación: «Yo soy santo;» la segunda, un mandato: «Sed santos;» la tercera, un don, el vínculo entre las dos: «Vosotros sois santos en Cristo.»
Primero viene la revelación: «Yo soy santo». Nuestro estudio ha de hacerse de rodillas, en espíritu de adoración y de profunda humildad. Dios ha de revelarse a nosotros, si hemos de saber qué es Santo. Se nos ha de mostrar la profunda impureza de nuestra naturaleza y de todo lo que es de la naturaleza; con Moisés y con Isaías, cuando el Santo se les reveló, hemos de temer y temblar, y confesar cuán totalmente incapaces somos para la revelación o la comunión, sin la purificación del fuego. En la conciencia de la absoluta impotencia de nuestra propia sabiduría o entendimiento para conocer a Dios, nuestras almas, en contrición, quebrantadas de nosotros mismos y de nuestro poder o esfuerzos, han de rendirse al Espíritu de Dios, el Espíritu de santidad, para que revele a Dios como el Santo. Y a medida que comenzamos a conocerle en su infinita justicia, en su ardiente y celoso fuego contra todo lo que es pecado, y en su infinito amor abnegado para librar al pecador de su pecado y llevarlo a su propia perfección, aprenderemos a admirar y a adorar a este Dios glorioso, a sentir y a lamentar nuestra terrible desemejanza de él, a anhelar y a clamar por alguna parte en la belleza divina y en la bienaventuranza de esta santidad.
Y entonces vendrá, con nuevo sentido, el mandato: «Sed santos, porque yo soy santo». ¡Oh, hermanos míos! Ustedes que profesan obedecer los mandamientos de su Dios, den a este mandato, que sobrepasa y abarca todo, el primer lugar en su corazón y en su vida que él reclama. Sean santos con la semejanza de la santidad de Dios. Sean santos como él es santo. Y si hallan que, cuanto más meditan y estudian, menos pueden abarcar esta infinita santidad; que cuanto más la alcanzan por momentos, más desesperan de una santidad tan divina, recuerden que ese quebrantamiento y esa desesperación son justamente lo que el mandato había de obrar. Aprendan a cesar de su propia sabiduría tanto como de su propia bondad; acérquense en pobreza de espíritu para dejar que el Santo les muestre cuán por encima del conocimiento o del poder humano está la santidad que él exige; al alma que cesa de sí misma y no tiene confianza en la carne, él le mostrará y le dará la santidad a la que nos llama.
Es a los tales a quienes el gran don de la santidad en Cristo se vuelve inteligible y aceptable. Cristo acerca la santidad de Dios al mostrarla en la conducta y el trato humanos. La acerca al quitar la barrera entre ella y nosotros, entre Dios y nosotros. La acerca porque nos hace uno con él mismo. «Santo en Cristo:» nuestra santidad es un don divino, guardado para nosotros, comunicado a nosotros, que obra poderosamente en nosotros porque estamos en él. «¡En Cristo!» ¡oh, aquel maravilloso en! nuestra vida misma arraigada en la vida de Cristo. Aquel santo Hijo y Siervo del Padre, hermoso en su vida de amor y de obediencia en la tierra, santificándose a sí mismo por nosotros: esa vida de Cristo, el terreno en que estoy plantado y arraigado, el suelo del cual extraigo como mi alimento cada cualidad suya y su naturaleza misma. ¡Cómo derrama esa palabra su luz tanto sobre la revelación, «Yo soy santo,» como sobre el mandato, «Sed santos, como yo soy,» y los une en uno! En Cristo veo qué es la santidad de Dios, y qué es mi santidad. En él ambas son una, y ambas son mías. En él soy santo; permaneciendo y creciendo en él, puedo ser santo en toda manera de vivir, como Dios es santo.
Sed santos, porque yo soy santo.
¡Oh Dios santísimo! Te suplicamos: revela tú a tus hijos qué significa que no solo los has llamado a la santidad, sino que aun los has llamado por este nombre: «los santos en Cristo Jesús». ¡Oh, que todo hijo tuyo sepa que lleva este nombre, sepa qué significa y qué poder hay en él para hacerlo lo que lo llama! ¡Santo Señor Dios! ¡Oh, que pronto venga el tiempo de tu visitación, y cada hijo tuyo en la tierra sea conocido como un santo!
Para este fin te rogamos que reveles a tus santos qué es tu santidad. Enséñanos a adorar y a esperar hasta que hayas hablado a nuestras almas, con poder divino, tu palabra: «Yo soy santo». ¡Oh, que ella nos escudriñe y nos convenza de nuestra impureza!
Y revélanos, te rogamos, que, tan santo como tú eres, un fuego consumidor, así de santo es tu mandato en su propósito firme e inflexible de tenernos santos. ¡Oh Dios! haz que tu voz resuene por lo hondo de nuestro ser, con un poder del que no hay escape: Sed santos, sed santos.
Y así, entre tu infinita santidad por un lado y nuestra impureza por el otro, seamos impelidos y atraídos a aceptar a Cristo como nuestra santificación, a permanecer en él como nuestra vida y nuestro poder para ser lo que tú quieres que seamos: «Santos en Cristo Jesús.»
¡Oh Padre! haz que tu Espíritu haga de esta preciosa palabra vida y verdad dentro de nosotros. Amén.
1. Usted entra de nuevo en el estudio de un misterio divino. «No te apoyes en tu propia prudencia;» espere la enseñanza del Espíritu de verdad.
2. En Cristo. Un comentarista dice: «La frase denota dos hechos morales: primero, el acto de fe por el cual el hombre se aferra a Cristo; segundo, la comunidad de vida con él contraída por medio de esta fe.» Hay todavía otro hecho, el mayor de todos: que es por un acto de poder divino que estoy en Cristo y soy guardado en él. Es esto lo que quiero comprender: lo divino de mi posición en Jesús.
3. Comprenda los dos lados de la verdad. Usted es santo en Cristo con una santidad divina. En la fe de eso, usted ha de ser santo, de llegar a ser santo con una santidad humana, la santidad divina manifiesta en toda la conducta de una vida humana.
4. Este Cristo es una Persona viva, un Salvador amoroso: ¡cómo se deleitará en tomar posesión completa y hacer toda la obra en usted! Retenga esto a lo largo de todo el camino a medida que avanzamos: usted tiene un derecho sobre Cristo, sobre su amor y su poder, para hacerlo santo. Como redimido suyo, usted está en este momento, sea quien sea y esté donde esté, en él. Su santa presencia y su amor le rodean. Usted está en él, en el recinto de aquel tierno amor que siempre le ciñe con su santa presencia. En esa presencia, aceptada y hecha realidad, está su santidad.
Tercer día.
Capítulo 3 completado
La provisión de Dios para la santidad